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jueves, 25 de septiembre de 2008

EL PEQUEÑO HÉROE DE HARLEM.




El pequeño héroe de Harlem.

Cerca de la ciudad de Harlem, célebre por sus tulipanes, vivía un muchacho llamado Hans. Un día salió a pasear con su hermanito a lo largo del dique.
Y llegaron lejos, muy lejos, hasta un lugar donde no había ni casas ni granjas, sólo campos de cebada y flores silvestres. Hans estaba cansado; trepó por el dique y se sentó encima; su hermano se quedó abajo para coger violetas. De repente, el hermanito le llamó:

-¡Hans, mira que agujerito más divertido! ¡Salen de él pompas de jabón!
-¿Un agujero? ¿Dónde?
-Aquí, en el muro. El agua entra por él. Se dejó resbalar hasta abajo y miró.
-Es un agujero en el dique.


Miró a su derecha, nadie; a su izquierda, nadie; ¡Y la ciudad estaba tan lejos, tan lejos! Hans sabía que muy pronto el agua atravesaría el agujero si no lo cerraban en seguida. ¿Qué hacer? ¿Correr hasta la ciudad? Los hombres habían salido de pesca. ¡Quién sabe cuando volverían! Ahora las gotitas se habían convertido en un hilillo de agua que se deslizaba con regularidad y alrededor del agujero. De pronto, Hans tuvo una idea. Hundió su dedo índice en el agujero y dijo a su hermano:


-Corre, ¡de prisa, de prisa! ¡Dieting! Di a la gente que hay un agujero en el dique. Diles que lo mantendré taponado hasta que vengan.


El niño comprendió por la mirada de su hermano que se trataba de algo grave y se puso a correr tan deprisa como sus piernecitas podían llevarle. Y Hans se quedó solo, con el dedo en el dique. De vez en cuando, una ola que había roto más fuerte, rociaba con su espuma los cabellos del muchacho. Poco a poco su mano se fue quedando tiesa. Intentó frotársela con la mano, pero se iba quedando cada vez más tiesa. Miró hacia la ciudad y su larga carretera blanca. Nadie. El frío le subió por la muñeca a lo largo del brazo y hasta el hombro. Le pareció que hacía horas que se había ido su hermano. ¡Se sentía tan solo y tan cansado! Apoyó su cabeza contra el muro para descansar un poco. Entonces le pareció oír la voz del mar que le decía:

-Soy el océano. Nadie puede luchar contra mí. ¿Quién eres tú para querer impedir mi paso? ¡Ten cuidado, ten cuidado!

El corazón de Hans latía fuertemente. ¿Acaso no vendrá nadie jamás?
Y el agua chapoteaba contra las piedras murmurando:

-¡Pasaré, pasaré, pasaré! ¡Y te ahogaré, te ahogaré, te ahogaré!


Hans sintió deseos de retirar su dedo. ¡Tenía tanto miedo! Pero, ¿y si el agujero se hacía más grande y rompía el dique? Apretó los dientes, y hundió su dedo más profundamente que antes.


-¡Tú no pasarás¡ ¡Y yo no huiré!


En aquel momento oyó gritar. Lejos, muy lejos, en la carretera se vislumbraba una nube de polvo y luego, una masa negra que avanzaba. ¡Sí, eran los hombres de la ciudad! Reconoció enseguida a su padre y a sus vecinos. Traían cestos y gritaban: ¡Ánimo! ¡Ya llegamos! ¡Resiste! Y al cabo de un instante, ya estaban allí. Cuando vieron a Hans, pálido de frío y de sufrimiento, con su dedo apretando contra las piedras, lanzaron un “¡Hurra!” de entusiasmo. Su padre le tomó en brazos y frotó sus miembros rígidos y los hombres le dijeron que era un verdadero héroe y que había salvado la ciudad. Una vez reparado el dique, volvieron a la ciudad llevando triunfalmente a Hans sobre sus hombros. Y todavía hoy se cuenta en Harlem la historia del muchacho que salvó la ciudad.

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jueves, 18 de septiembre de 2008

LA RANA Y EL BUEY.


LA RANA Y EL BUEY.


Una rana vio a un buey. Y el buey le pareció her­mosísimo.

“¡Qué grande es! ¡Qué grande es! -se dijo-. Yo soy muy pequeña y no me gusta, quisiera ser tan grande como el buey.”

Y la ranita empezó a comer mucho para llegar a ser grande, grande como el buey. No tenía siempre hambre, pero no dejaba de comer, y le decía a su her­manita rana:


-Mírame bien, hermana mía, mira a ver si crezco, mira si soy tan grande como el buey.

-¡Oh, no! No eres tan grande como el buey.


La ranita comía todavía más y engordó tanto que casi no podía saltar.


-Mírame ahora, si soy tan grande como el buey.

-¡Oh, no! No eres tan grande como el buey. Eres muchísimo más pequeña. Nunca serás tan grande como el buey.


Pero la ranita quería ser grande como el buey. Y se puso a comer hierba y moscas y todo lo que encontraba para comer. Se había convertido en una gorda, gordísima rana, pero no era tan grande como el buey y su hermanita se burlaba de ella:


-Comes en vano, nunca serás como el buey, eres sólo una ranita. ¿Por qué quieres ser tan grande como el buey?


Pero la rana no hacia caso de su hermana. ¡Seguía comiendo! ¿Y sabéis lo que pasó? ¡Comió demasiado, se puso enferma y se murió!

¡Ah! Tonta y envidiosa ranita. ¿Por qué no quiso ser una ranita? Las ranas son muy graciosas, ¡tan pequeñas...! ¡Qué feas serían si fuesen grandes como bueyes! ¡No podrían saltar sobre la hierba!, ni esconderse entre las hojas o en los cañaverales, cuando alguien las quiere coger.

(Adaptación de un cuento publicado por Sara Cone Bryant).


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martes, 16 de septiembre de 2008

LOS NUDOS DE LA RED




LOS NUDOS DE LA RED.

Un día, dos niños llegaron a una pequeña aldea junto a la mar, para ver a un marinero que conocían. Encontraron a un marinero sentado a la puerta de su casa, frente al océano, haciendo nudos en un cabo.

-Buenos días, ¿cómo estáis?

-Muy bien, gracias. Hemos oído decir que usted tenía un barco y hemos pensado que quizá quisiera llevarnos para que pudiéramos aprender su manejo.

-Esto es lo que deseamos por encima de todo.

-Cada cosa a su tiempo. Ahora estoy muy ocupado, pero quizá cuando haya terminado mi trabajo, lleve a uno de vosotros conmigo; si estáis dispuestos a aprender. Ahora debo marcharme, pero he ahí unos cabos que deben ser anudados; podríais hacerlo vosotros, porque es necesario que esto se haga.

Les enseñó la manera de hacer los nudos y se fue. Cuando estuvo lejos, el mayor de los niños corrió hacia la ventana y miró hacia fuera.

-Veo el mar. Las olas llegan hasta la playa, junto a la casa. Están cubiertas de espuma, como los caballos que se encabritan y luego se vuelven hacia atrás. ¡Ven a verlo!
-No puedo. Estoy a punto de hacer un nudo.
-¡Veo la barca! Baila en el mar como una bailarina. No he visto jamás nada tan bonito. ¡Ven a verlo!
-¡No puedo! Estoy a punto de hacer otro nudo.
-Sería maravilloso navegar. Creo que el marinero me llevará con él, porque soy el mayor y sé más que tú. No necesito mirar cómo se hacen los nudos, porque ya lo sé.

En aquel preciso momento volvió el marinero.

-¡Bien! Ya he terminado. ¿Qué habéis hecho mientras me esperabais?
-Yo he mirado el barco. ¡Qué bello es! ¡Me alegro de poder subir a él!
-Yo he hecho nudos.
-Entonces ven tú. Te llevaré conmigo en mi barco y te enseñaré a pilotarlo.
-¡Pero yo soy el mayor! ¡Y sé mucho más que él!
-Puede ser. Pero es necesario aprender a hacer un nudo antes de querer navegar.
-Yo he aprendido a hacer nudos. Los hago muy bien.
-¿Cómo puedes saberlo, si nos has hecho ninguno?
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

(Adaptación de un cuento de Sara Cone Bryant).

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EPAMINONDAS Y SU MADRINA




EPAMINONDAS Y SU MADRINA.


Había una vez una buena mujer que sólo tenía un hijo. Como era muy pobre quiso ponerle un gran nombre. Por eso le llamó Epaminondas, que es el nombre de un antiguo general griego.
El niño tenía pues un nombre glorioso, pero eso no le importaba demasiado.
Su madrina le quería mucho y le daba alguna cosa cuando Epaminondas iba a visitarla.

Un buen día la madrina le regaló un bizcocho.

- No lo pierdas, Epaminondas, no lo pierdas. Llévatelo a casa muy apretado.
- No temas, madrina, no lo perderé.

Pero apretó la mano con tanta, tanta fuerza, que cuando llegó a casa ya no quedaban más que unas pocas migajas.

-¿Qué traes aquí, Epaminondas?
- Un bizcocho, madre.
-¡Un bizcocho! ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? ¿Qué maneras son esas de llevar un bizcocho? Un bizcocho se envuelve, muy bien envuelto, en un papel de seda, y después se mete dentro del sombrero. Entonces te pones el sombrero y, muy despacio y muy derecho para que no se te caiga, vienes tranquilamente a casa. ¿Has entendido?
- Sí, madre.

A los pocos días fue otra vez a casa de su madrina y ésta le regaló mantequilla fresca para su madre.
Epaminondas cogió la mantequilla, la envolvió en un papel de seda cuidadosamente y la puso dentro de su sombrero; luego se colocó el sombrero sobre la cabeza y empezó a andar hacia su casa, muy derecho y despacio.
Era verano y el sol abrasaba; la mantequilla empezó a derretirse dentro del sombrero y goteaba por todas partes. Y cuando Epaminondas llegó a su casa la mantequilla no estaba dentro del sombrero, sino encima de Epaminondas.
La madre, al verle, se echó las manos a la cabeza.

- ¡Epaminondas! ¿Qué traes aquí?
- Mantequilla, madre.
- ¿Mantequilla? ¡Válgame Dios, Epaminondas! ¿Qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? La mantequilla tienes que envolverla en hojas frescas. La mojarás, una y otra vez, en todas las fuentes que veas hasta llegar a casa. ¿Has entendido?
- Sí, madre.

La vez siguiente, cuando Epaminondas fue a visitar a su madrina, le regaló un perrito muy mono. Epaminondas, lo envolvió en unas grandes y frescas hojas, y por el camino lo fue mojando en todas las fuentes hasta llegar a casa; y cuando llegó el pobre perrito estaba medio muerto y tiritando.

- ¿Epaminondas, hijo mío, qué traes aquí?
- Un perrito, madre.
- ¿Un perrito? Epaminondas, ¿qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? Esta no es manera de llevar un perrito. Un perrito se lleva atándole una cuerda al cuello y tirando de ella con mucho cuidado, «así», para que el animalito ande. ¿Has entendido?
- Sí, madre.

Cuando volvió a casa de su madrina, la buena mujer le regaló un pan recién sacado del horno.
Epaminondas le ató una cuerda, y tirando de él con mucho cuidado, «así» volvió a su casa.

- ¿Qué traes aquí, Epaminondas, hijo mío?
- Un pan, madre, que me ha regalado mi madrina.
-¿Un pan? ¡Ay, Epaminondas! No tienes ni así de inteligencia, ni nunca has tenido, ni nunca tendrás. Ni volverás a casa de tu madrina ni te explicaré nada ya. Desde ahora iré yo a todas partes.

Al día siguiente su madre se preparó para ir a casa de su madrina y le dijo:

- Epaminondas, tú has visto que acabo de cocer en el horno seis pasteles y los he puesto sobre una tabla delante de la puerta, para que se enfríen. Vigila que no se los coma el gato y, si tienes que salir, mira bien cómo pasas por encima de ellos con cuidado.
- Sí, madre.

Y cuando Epaminondas quiso salir “miró muy bien cómo pasaba por encima de ellos con cuidado” mientras ponía exactamente los pies encima de cada pastel.
¿Y sabéis lo que pasó cuando volvió su madre? Nadie ha sabido explicármelo, pero a lo mejor vosotros lo adivináis.
Lo que es seguro es que Epaminondas no probó aquellos pasteles.

(Adaptación de un cuento de Sara Cone Bryant).

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