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miércoles, 2 de mayo de 2018

Los tres toritos



Los tres toritos.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un hombre que tenía cuatro hijos, tres varones mayorcitos y una niña más pequeña, que se quedó viudo. El hombre volvió a casarse, pero lo hizo con una mujer que era más mala que un dolor de muelas. Así que los tres hermanos, cansados de cómo les trataba, se marcharon, se hicieron una cabaña en el bosque y allí se hicieron cazadores.
Al poco tiempo, la niña también cogió el camino y se marchó. Llegó sin saberlo a la cabaña de sus hermanos, entró en ella y todo lo encontró revuelto y desordenado. Inmediatamente dejó todo aquello en orden y reluciente, convirtiéndolo en un hogar donde se podía vivir. Terminada la tarea, la niña, se escondió en el bosque cuando llegaron sus hermanos...
H. menor: Mirad, ¿quién habrá estado aquí?
H. mayor: ¡Nos ha dejado preparada la comida!
H. mediano: Vayamos con la perrita al bosque hasta dar con ella. No debe estar muy lejos.
Narrador: Efectivamente, la perrita, siguiendo el rastro los llevó al pie de un árbol al que la niña se había subido para no ser descubierta.
¡Todos se pusieron muy contentos y comenzaron una vida en paz y en armonía!
Los hermanos salían a cazar y ella llevaba el hogar en compañía de la perrita.
Un día ésta se orinó en la lumbre de la chimenea hasta que la apagó por completo.
Niña: ¡Perra mala! ¡A ver cómo preparo ahora la comida! ¡Yo no sé hacer fuego!
Narrador: La niña salió a buscar por el bosque hasta que encontró otra casa. Y llamó a la puerta...
Maruja: ¡Vete corriendo! Esta es la casa de la bruja Curuja. ¡Mi madre no debe verte, ella es capaz de lo peor! Has tenido suerte ahora no está en casa.
Niña: Por favor, sólo necesito algo de brasas para encender el fuego.
Maruja: Está bien. Toma, pero debes irte enseguida y no volver.
Narrador: Al día siguiente, la bruja Curuja se presentó en la cabaña de la niña cuando solo estaba ella.
Curuja: A mi hija Maruja le noté enseguida que algo había pasado. Así que vengo a cobrarme las brasas que te llevaste.
Niña: ¿Y cómo le voy a pagar, bruja Curuja?
Curuja: Vendré todos los días a chuparte un poquito el dedo corazón y tú lo sacarás por la cerradura.
Narrador: La niña aceptó el trató y la bruja venía cada día a chuparle el dedo cuando estaba sola. Poco a poco la niña fue enfermando y sus hermanos al darse cuenta consiguieron que les contara lo que había pasado.
H. mayor: Ahora se va a enterar la bruja Curuja de nosotros. Recibirá su merecido. Hermanos, escuchad:
H. menor: ¿Si...?
H.mediano: Dinos.
H. mayor: Está bien. Cavaremos una fosa delante de la puerta, la taparemos con una sábana y echaremos hierbas y tierra por encima. Cuando la bruja Curuja se acerque, caerá en la trampa.
Curuja: ¡Ahhhh....!
Narrador: Así sucedió. Los tres hermanos salieron con sus palas y la enterraron.
Al poco tiempo brotaron en el mismo lugar tres coliflores embrujadas.
H. mayor: ¡Escúchame bien, hermanita! Por nada del mundo eches en la comida estas coliflores. ¿Me has entendido?
Niña: Sí.
Narrador: Pasó el tiempo y la niña se olvidó de la advertencia. Un día, echó las coliflores en la olla. Cuando sus hermanos probaron la comida, se convirtieron en tres toritos.
Niña: ¿Qué he hecho? ¡Mis pobres hermanos convertidos en toritos...! ¿Qué he hecho?
Narrador: Los siguió tratando como antes, como lo que eran: sus tres queridos hermanos convertidos en toritos.
Acertó a pasar por allí el hijo del rey y le dijo:
Príncipe: ¿Por qué una joven tan hermosa y delicada como tú está cuidando animales salvajes y violentos? Vente, cásate conmigo y vivirás en mi palacio.
Niña: Ya quisiera, señor. Estos tres toritos que ves aquí son mis hermanos por siempre encantados por mi culpa.
Príncipe: Si encantados quedaron, desencantados con el tiempo serán. Vendrán con nosotros y en misma mesa nuestra comerán.
Narrador: Aceptó la niña y se casaron, pero vivía en el palacio una tía lejana del príncipe, muy envidiosa, que había querido casar a su hija con él. Un día, cuando la niña estaba descuidada, le clavó un alfiler encantado en la cabeza y la convirtió en paloma. Luego, como era medio bruja, dotó a su hija de la apariencia de la reina. Ésta la primera orden que dio fue...:
Falsa reina: ¡Estoy harta de estos toros que todo lo ensucian! ¡Siempre atrayendo a las moscas! ¡A la plaza ahora mismo! ¡Que los toreen hasta que mueran!
Narrador: El príncipe no comprendía el cambio tan repentino de su esposa y no quiso acudir a la plaza. A lo lejos se oía el bullicio de la fiesta. Una paloma se posó en su mano y él comenzó a acariciarla. Se dio cuenta de un pequeño bulto que tenía la paloma en la cabeza. Retiró el alfiler y, al instante, apareció su mujer. Todo lo ocurrido lo supo por su boca y, antes de que dieran muerte al primer toro, les clavaron el alfiler de la paloma. Los toros volvieron a su ser natural: los tres hermosos jóvenes hermanos de la reina.
La malvada tía y su horrenda hija fueron encerradas en la torre más alta del castillo por siempre jamás.

El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

La princesa muda



La princesa muda.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un rey que se sentía viejo para gobernar y deseaba dejar la corona a su heredero. Pero sólo tenía una hija, caprichosa, y que no se quería casar. Tan caprichosa era que un día le dijo a su doncella:
Princesa: ¡Todo el mundo tiene piojos menos yo! ¿Yo quiero un piojo!
Narrador: La doncella, a una chiquilla que iba cargadita de piojos, le cogió uno y se lo llevó a la princesa.
Princesa: ¡Es un piojo precioso! ¡A éste lo voy a criar yo!
Narrador: El piojo engordó tanto de las cosas que le daba de comer que tuvo que ponerlo en un corralito, como si fuera un cerdo. El rey, cuando se enteró, se puso hecho una furia. Mandó matar el piojo y, cuando la piel estuvo seca y estirada, ordenó hacer un pandero que colocaron en la puerta del palacio. Mandó llamar a su hija y le dijo:
Rey: ¡Ahora tendrás que casarte con aquél que adivine de qué está hecho el pandero, tanto si te gusta como si no!
Narrador: De todas partes llegaron príncipes y caballeros, pero ninguno acertaba. “De lagarto”, “de cabra”, “de camello”, decían unos y otros, y la princesa se burlaba de ellos.
Un día, vio venir a un príncipe del que se quedó prendada. Éste dijo:
Príncipe: ¡De serpiente es el pandero!
Princesa: ¡Escuchadme, caballero! ¡De piojo es el pandero!
Narrador: Desde el balcón le avisó ella, pero el caballero se marchaba y no pudo oírla. Pero un viejo y andrajoso vagabundo sí la oyó. Pidió audiencia para ver al rey y disimulando dijo:
Vagabundo: ¡Este pandero está hecho de piojo cebado!
Rey: ¡Oh, Dios mío, este andrajoso con más pulgas que una jauría de perros lo ha acertado!
Princesa: ¡Que sepáis, padre mío, que no pienso casarme con este zarrapastroso!
Rey: Veréis, buen hombre, sin duda será mejor para vos que cambiemos el trato. Un saco lleno de monedas de oro y no hay boda.
Vagabundo: Ni hablar, yo quiero lo prometido, la mano de la princesa.
Rey: ¿Dos sacos?
Vagabundo: La princesa.
Rey: Está bien. Hija mía, ahora no tienes más remedio que casarte con este vagabundo porque la palabra de un rey no puede volverse atrás.
Narrador: Total, después de muchas discusiones, aseado y con ropas nuevas, la princesa se casó obligada con el viejo vagabundo.
Terminada la ceremonia quiso conocer sus propiedades y le dijo:
Vagabundo: Querida, vamos a dar una vueltecista por nuestras tierras.
Narrador: Llegaron al río y la princesa tuvo que echarse a cuestas al viejo.
Vagabundo: ¿Quién me dijera a mi que tan viejo iba a ser caballero? ¡Ja, ja, ja!
Princesa: ¡Bribón, encima te burlas de mi! ¡Al agua irás!
Narrador: El viejo al agarrarse le dio un mordisco en la nuca a su esposa, y ella se quedó sin habla. Luego se hundió y se ahogó.
La princesa, al darse cuenta de lo sucedido, no quiso volver al palacio y echó andar sola por los caminos, pidiendo limosnas. Todos se compadecían de aquella triste mudita...
Un día llegó al palacio de aquel príncipe que tanto le había gustado y que no supo acertar de qué estaba hecho el pandero. Les dio tanta lástima que la admitieron de criada. Por aquel entonces preparaban la boda del príncipe con la princesa de otro reino. Ella, junto a otras criadas, cosía y bordaba el ajuar de boda de la futura reina.
Y llegó el día de la boda. Todas las criadas se colocaron a uno y otro lado de la escalinata con sus velas encendidas para levantarlas al paso de los novios.
Novia: ¡A ver esa bobilla, que se le mancha la manga amarilla!
Narrador: Tanta rabia le dio a la muda, que de pronto empezó a hablar.
Princesa: ¿Y a mí qué me importa? ¡Para eso soy la hija del rey de Castilla!
Narrador: El príncipe se maravilló al oírla decir aquello y, como no le había gustado el detalle de soberbia de la otra, se casó en ese mismo instante con la hija del rey de Castilla. Y colorín colorado, que este piojoso cuento se ha terminado.


El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

Las tres preguntas


Las tres preguntas.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un capitán de los ejércitos del rey que vivía tan feliz y contento, sin ninguna preocupación, que un día colocó un cartel en la puerta de su casa que decía así: “Aquí vive el capitán sin cuidados”. Aquel cartel llegó a oídos del rey y éste lo hizo llamar.
Rey: Vamos a ver, ¿por qué dice usted que es un general sin cuidados?
Capitán: Ay, majestad, que yo no sabía que pudiera hacer daño a nadie con esa frase.
Rey: Pues para que tenga más cuidado, para que tenga en qué preocuparse, le voy a hacer tres preguntas. Y, si en el término de tres días no me las contesta, le quitaré el empleo de capitán y lo mandaré como soldado raso al frente de batalla.
Capitán: Lo que ordene su Majestad.
Rey: La primera es cuánto valgo yo. La segunda, en cuánto tiempo se puede dar la vuelta al mundo; y la tercera, ¿hay alguna verdad mentira?
Narrador: Se volvió para su casa muy preocupado y se pasó el día sin hablar y sin querer hablar con nadie. Tenía este capitán un soldado que hacía las tareas de asistente y que era muy espabilado; al verlo tan cabizbajo le dijo:
Soldado: Perdone, mi capitán, ¿le pasa algo? ¿Quiere que le prepare una buena cena para aliviarle las penas? ¿Prefiere mejor un afeitado apurado? ¿Le limpio las botas?
Capitán: No, muchacho, no. Déjame tranquilo.
Narrador: Tanto insistió el soldado que el capitán le contó lo que había pasado y las tres preguntas que debía responder ante el rey.
Soldado: ¿No es más que eso? Pues pierda usted cuidado, que yo se lo arreglo todo, mi capitán. Sólo tiene que prestarme sus ropas que yo sabré responderle adecuadamente a su Majestad.
Narrador: Conque al día siguiente se presenta ante rey...
Rey: Y bien, capitán, ¿cuánto valgo yo?
Soldado: Majestad, si a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas, a su Majestad lo dejaremos en veintinueve.
Rey: Está bien, hombre, está bien. Ahora va la segunda: ¿en cuánto tiempo se puede dar la vuelta al mundo?
Soldado: Pues en el caballo de carrera que es el sol, en veinticuatro horas, Majestad.
Rey: Vaya, vaya, muy ingenioso... Está bien. Vamos por la tercera, capitán “sin cuidados”: dígame una verdad mentira.
Soldado: Pues una verdad mentira es que creéis estar hablando con un capitán, el capitán “sin cuidados” y estáis hablando con un simple soldado que es el recadero, el cocinero y el limpiabotas del capitán “sin cuidados”.
Narrador: Y le hizo tanta gracia al rey, que perdonó al capitán, pero a cambio se quedó con tan espabilado soldado. Y colorín colorado este descuidado cuento se ha acabado.





Vídeo y audio de este cuento, aquí.

domingo, 15 de enero de 2017

¿Quién recoge las cacas del perro?

Ilustración: Gusti
¿Quién recoge las cacas del perro?
(Ricardo Alcántara, adaptado)


Madre: ¡Pablo o Papá, uno de vosotros, que abra la puerta!
Pablo: Yo voy, mamá. Estoy levantado, iba para el cuarto. ¿Quién será tan tarde? ¡Oh, qué perro más simpático! ¡Es precioso! ¡Papá, mamá, mirad qué perro nos han dejado en la puerta de la casa!
Padre: ¡Oh, qué cachorrito más lindo! ¡Se nota que es de raza!
Madre: ¡Alto ahí los dos! ¿Que os conozco! En casa no quiero perros.
Pablo y Padre: Pero, ¿¡por qué!?
Madre: Pues... porque yo tendría que ocuparme de él.
Padre: No digas eso, mamá. Te equivocas, nosotros lo cuidaríamos, ¿verdad, Pablo?
Pablo: Claro que sí, papá.
Madre: Ah... ¡como si no os conociera!
Narrador: Ya tenemos al perro durmiendo, aquella misma noche, en una caja junto a la chimenea.
A la mañana siguiente.
Pablo: Uhmm..., ¿qué te parece Zambo?
Padre: No sé, no sé..., no me gusta. Zambo es la persona que tiene juntas las rodillas.
Pablo: Papá, llevamos ya más de media hora así, sin ponernos de acuerdo sobre el nombre...
Padre: ¿Y Tento?
Pablo: ¡Mira, está moviendo el rabo! Parece que le gusta.
Padre: Y mucho. No para de moverse.
Pablo: ¡Tento! ¡Tento! Mi cachorrín. Así te llamaremos, ¿verdad, papá?
Padre: Bonito nombre: corto y sonoro. ¡Tento!
Madre: Mmmm..., esto no me gusta nada.
Narrador: Tento era divertido y cariñoso, pero como cualquier perro tenía sus inconvenientes... ¡también hacía caca!
Madre: ¡Lo que faltaba! ¡Haciendo sus necesidades en medio de la cocina! ¡Eh, vosotros, los amantes de los perros, ya estáis sacando a Tento a la calle a que haga sus necesidades! ¿Entendido?
Pablo: No te preocupes, mamá. Nosotros nos encargaremos, ¿verdad, papá?
Padre: Por supuesto. Lo sacaremos dos veces al día. Así no ensuciará la casa.
Madre: Ya podéis estar comprándole una correa para cuando lo saquéis de paseo.
Pablo: A la orden. Vamos, papá, a por la correa.

Narrador: A la mañana siguiente con Tento de paseo por la calle, se encontraron con un policía municipal.
Policía: Buenos días.
Padre: Buenos días.
Policía: Bonito perro. ¿Es vuestro?
Pablo y Padre: Sí.
Policía: ¿Supongo que recogerán las cacas de esta monada de perro? Porque en caso contrario les recuerdo que tengo un talonario de multas que les está esperando.
Padre: No se preocupe agente. Vamos, Pablo, que Tento está sospechosamente dándoles vueltas a aquel árbol.
Pablo: Corre, papá, cógelo en brazos antes de que se la haga.

Narrador: Ya en casa...
Pablo: ¡Qué susto, mamá, Tento estuvo a punto de hacerse caca con el policía allí delante!
Madre: ¿Y quién pensáis que va a recoger las cacas del perro?
Padre: ¡Oh, yo desde luego no, qué asco!
Pablo: ¡Pues anda que a mí! Yo de pensarlo, tengo fatigas.
Pablo y Padre: ¡Qué asco!
Madre: Pues alguien tendrá que recogerlas.
Pablo: Ya lo tengo: le enseñaremos a hacerlo en el water, como hacemos las personas.
Padre: No veo esa solución muy clara, Pablo. ¿Tú lo ves sentado en la taza del water?
Pablo: La verdad es que no, papá...
Madre: Me parece que no hay otra solución: ¡tendremos que regalarlo! ¡Y a ver quién lo quiere!
Padre: Eso no es una solución, querida, ¡es un disparate!
Pablo: Mirad, Tento, parece que nos ha oído y ha salido disparado.
Madre: ¿¡No habrá salido corriendo para hacer otra vez caca en la cocina!?
Pablo: No, mamá, se ha escondido debajo de mi cama.
Padre: Creo que tienes razón, no tendremos más remedio que regalarlo. Pablo, ven, tendremos que dar el perro a alguien...
Pablo: ¡Papá...!
Madre: ¡Vaya par de inútiles! Me ocuparé yo de las cacas del perro.
Narrador: Al oírla, Tento corrió a su lado, mientras saltaba y meneaba el rabo lleno de alegría.
A partir de entonces, Tento solo atendía a su ama. A los otros les ignoraba como si no les viera.
Pablo: Anda, Tento, ven, toma una galleta rellena de chocolate.
Padre: Tento, bonito, coge la pelotita.
Narrador: Y Tento, ni caso, a ninguno de los dos. Toda su atención se la dedicaba a su ama. Claro, Pablo y su padre rabiaban de celos porque el perro ni siquiera les dirigía la mirada.
Pablo: ¿Qué podríamos hacer para que nos eche cuenta, papá?
Padre: No lo sé, hijo.
Madre: Yo sí lo sé. Cuidad a Tento como yo lo hago y ya veréis como todo cambia.
Narrador: Aunque a regañadientes, no tuvieron más remedio que aceptar la idea de la madre. ¡No había otra salida! Así que cuando llegó la hora de sacarlo a la calle para hacer sus necesidades le pusieron su correa y salieron sin protestar.
Pablo: ¡Vamos, Tento!
Narrador: Y cuando llegó el momento más delicado, Pablo y su padre, recogieron las cacas del perro en una bolsa de plástico.
Pablo: Ánimo, papá.
Narrador: A partir de entonces, Tento jugaba con unos y otros volviendo la normalidad a toda la familia. 

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domingo, 18 de diciembre de 2016

Miguelín, el valiente


Miguelín, el Valiente.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)
Narrador: Había una vez un matrimonio que tenía tres hijos. El menor de ellos se llamaba Miguelín y, aunque pequeño, era muy listo y valiente. Un día, como sus padres eran muy pobres, les dijeron que ya no podían seguir manteniéndolos y que tenían que salir a buscarse la vida.
Anda que anda, llegaron a una casa enorme cuando la noche se tragaba la luz de la tarde. Llamaron a la puerta y salió a recibirlos una horrible giganta:
Giganta: ¿Qué andáis buscando por aquí?
Miguelín: Nada, señora. Nos hemos perdido y no sabemos donde pasar la noche.
Giganta: Está bien, muchachos, podéis quedaros aquí. Os daré algo de cenar y mañana seguiréis vuestro camino. Pasad.
Narrador: El gigante se alegro mucho al verlos. Como sólo tenían una cama, arrimó a sus tres hijas, que ya estaban dormidas, al lado de la ventana y ellos se acostaron al filo de la cama. Miguelín sospechaba de tanta amabilidad y permanecía despierto. Le oyó decir al gigante:
Gigante: En cuanto se duerman les corto el pescuezo y ya tenemos comida para mañana.
Narrador: Miguelín despertó a sus hermanos:
Miguelín: Vamos, despertad, no hagáis ruido. Pasemos a las tres hijas al filo de la cama y hagámonos los dormidos.
Narrador: Llegó de puntillas en la oscuridad el gigante con un cuchillo y, sin saber que eran ellas, mató a sus tres hijas. Al amanecer los tres hermanos escaparon por una ventana.
Corriendo, corriendo llegaron al castillo del rey. Éste nombró a Miguelín consejero para asuntos de gigantes y sus hermanos le tomaron más envidia. Un día le dijeron al rey:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que el gigante tiene el caballo más hermoso del mundo, y que Miguelín es capaz de traéroslo?
Rey: Lo quiero, lo quiero. Miguelín, tráelo.
Narrador: Miguelín se puso en camino y cuando llegó a casa del gigante se coló en la cuadra entrando por la gatera. Le amarró al caballo unos trozos de sacos en la pezuñas para que no hiciera ruido al andar, se montó en él y, tan campante, se lo llevó al rey. Los hermanos se morían de la envidia.
Otro día le dijeron a la reina:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que la giganta tiene el loro más parlanchín que se haya visto y oído, y que Miguelín es capaz de traéroslo?
Narrador: Allá que fue otra vez Miguelín a casa de la giganta. Se metió por la gatera, llegó hasta el dormitorio y cuando fue a echarle mano al loro, éste empezó a gritar:
Loro: ¡Giganta, que me roban! ¡Giganta, que me roban!
Giganta: ¡Qué dices, mamarracho! ¡Si aquí no hay nadie...! ¡Toma para que no me despiertes más en una temporada!
Narrador: Y le dio un manotazo al loro que lo dejó listo. La giganta se volvió a dormir y pudo llevarse al loro como si tal cosa.
La reina quedó contentísima con su loro, pero la envidia crecía y crecía en los corazones de los hermanos. Otro día le dijeron a la hija del rey:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que en la cama de los gigantes está la manta más bonita del mundo, y que Miguelín dice que le gustaría traérosla para regalo de boda?
Narrador: Y Miguelín tuvo que volver por tercera vez a la casa de los gigantes. Se escondió debajo de la cama y comenzó a tirar de la manta:
Gigante: Giganta, deja de tirar de la manta o te doy un sopapo.
Giganta: ¡No soy yo quien tira, eres tú como siempre!
Gigante: ¿Yo...? !Ahora verás!
Narrador: Y comenzaron a perseguirse por la casa el uno al otro sin dejar de darse guantazos. Miguelín aprovechó la confusión para coger la manta y salir corriendo.
Cuando la princesa vio aquella manta tan preciosa se quedó enamoradita de Miguelín. El rey y la reina consintieron la boda, que fue muy sonada. Y Miguelín lo primero que hizo fue mandar a sus hermanos a casa de sus padres, cargados de regalos, para quitárselos de encima. Y colorín, colorado, este gigantesco cuento se ha acabado.



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viernes, 8 de enero de 2016

Las trs naranjas encantadas.


Las tres naranjas encantadas.
(Cuento popular español)
Narrador: Esto era una vez un príncipe de buen corazón, valiente e inteligente. Cierto día se estaba lavando con una jofaina de oro y al terminar, sin darse cuenta, echó el agua por el balcón. Una vieja mujer que pasaba por allí se mojó toda, de los pies a la cabeza. Muy enfadada, como era medio bruja, le echó esta maldición:
Mujer 1ª: ¡Muérete si no logras encontrar las tres naranjas encantadas, sin ellas jamás podrás saber lo que es el amor!
Narrador: Inmediatamente decidió salir en busca de aquellas tres naranjas. Después de mucho cabalgar, un día, al anochecer, llegó a una lujosa mansión en medio del camino. Una hermosa señora vestida de seda y oro acudió a abrirle la puerta.
Luna: ¿Qué deseas forastero?
Príncipe: Señora, ando peregrinando en busca de las tres naranjas encantadas. Sólo encontraré el amor si logro apoderarme de ellas.
Luna: Así está escrito en el libro de las estrellas, mis eternas compañeras de la noche, pero no sé dónde se encuentran; mejor será que sigas cabalgando hasta el palacio de mi hermano el sol; él, que todo lo ilumina, es fácil que las haya visto en alguna parte.
Narrador: Cabalgó días y días hasta que por fin encontró el palacio del sol.
Sol: Bienvenido, príncipe; ya me avisó mi hermana Luna de tu extraño deseo que te hace viajar tan lejos de tu país. Tan poco yo sé dónde está lo que buscas, pero mi hermano el aire que está en todas partes es posible que lo sepa. Su palacio queda muy cerca de aquí.
Narrador: Llegó a su palacio del que se levantaban enormes cúpulas que llegaban hasta el cielo envueltas en espesa niebla y el Aire le habló así:
Aire: Las tres preciosas naranjas que buscas se encuentran en el jardín mágico, exactamente en el cuarto naranjo empezando por la derecha. Pero has de tener mucho cuidado porque un duende vigila el parque todo el día. ¡Que tengas suerte, muchacho!
Narrador: El príncipe llegó al jardín mágico y sin entrar en él, encaramado en la tapia, logró apoderarse de las tres naranjas. Luego partió veloz en su caballo y el duende no logró alcanzarlo. Ya lejos se detuvo para que su caballo pastara y bebiera. Él notaba su garganta seca y partió una naranja. Al momento apareció ante él una hermosa doncella con un niño.
Doncella: Dame agua para lavarme, toalla para secarme y peine para peinarme, si no me vuelvo a mi naranjal.
Narrador: El príncipe se quedó mudo ante aquella extraña petición. Entonces la naranja se volvió a cerrar sola y la doncella y el niño volvieron a quedar dentro; luego la naranja se le escapó de sus manos y se perdió en el aire. Muy triste montó en su caballo para regresar al palacio de su padres. Cuando abrió la segunda naranja también le ocurrió lo mismo. Entonces decidió no abrir la tercera naranja hasta no tener en sus manos lo que con certeza le iba a pedir la tercera doncella. Después de mucho cabalgar llegó a una aldea y en una posada pidió que le trajeran una jofaina con agua, una toalla y un peine. Entonces partió la tercer naranja y salió de ella la más hermosa doncella del mundo con un niño en brazos.
Doncella: Dame agua para lavarme, toalla para secarme y peine para peinarme, si no me vuelvo a mi naranjal.
Vaya, lo tenías todo preparado. Bueno, mejor será que me lleve todo esto a la fuente, debajo de un árbol. Es más agradable lavarse y peinarse allí que en un cuarto de una pobre posada.
Narrador: Ya en la fuente, al pie de un frondoso árbol el príncipe le dijo.
Príncipe: Mira, yo me adelantaré con mi caballo al palacio de mis padres para recogerte con una rica carroza. Así, mis padres estarán prevenidos de que regreso a casa.
Doncella: Como tú desees, pero no tardes mucho, mi amor; mientras te esperaré subida en el árbol.
Narrador: Después de haberse marchado el príncipe llegó a la fuente una fea y desagradable mujer con un cántaro. Entonces vio reflejada en la superficie del agua la hermosa cara de la muchacha y la del pequeñín que le acompañaba. Asombrada, levantó la cabeza y descubrió a la doncella y al niño sentados en una rama. La perversa mujer le dijo melosamente.
Mujer 2ª: Linda muchacha que te estás peinando, ¿quieres que te peine yo resalada? Mis manos son de plata para trenzar el cabello. Prueba y verás.
Narrador: Bajó del árbol y empezó a peinarle, pero de pronto le clavó un grueso alfiler en la cabeza y en lugar de la hermosa doncella apareció a los pies de la malvada mujer una blanca paloma que empezó a revolotear a los pies del niño. El príncipe se quedó mudo de asombro al ver convertida en una mujer tan fea aquella hermosa muchacha a la que él había dejado allí. Muy compungido los llevó a palacio, mientras el pequeñín no apartaba la vista de una preciosa paloma que durante el trayecto les venía siguiendo.
Mujer 2ª: Amado mío, has de matar a esa impertinente paloma que no para de revolotear en torno al niño.
Príncipe: ¿Y por qué tengo que matar a una indefensa paloma que además distrae al niño?
Narrador: Entonces el niño cogió la paloma entre sus manos y al ver que tenía algo clavado en su cabeza se lo arrancó con fuerza. Al instante la paloma se convirtió en la hermosa joven de la naranja. El príncipe la abrazo emocionado y la malvada mujer, al verse descubierta, saltó de la carroza con tan mala fortuna que los cascos de los caballos la pisaron y acabaron con su vida. Y así termina este cuento. Tal como me lo contaron, yo te lo cuento.



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miércoles, 2 de diciembre de 2015

RaKoPamPumPim


Ra-Ko-Pam-Pum-Pim.

Narrador: Había una vez un molinero que era muy jactancioso, siempre iba diciendo que lo suyo era lo mejor del mundo.
Un día llegó a tal extremo que afirmó que su hija era capaz de hilar la paja en oro. Al día siguiente, esta mentira del molinero estaba en boca de todo el mundo y la noticia llegó a oídos del rey. Éste le mandó recado para que trajera a su hija inmediatamente a palacio.
Hija: ¡Pero, padre, padre, cómo se os ha ocurrido decir tal mentira! Esto nos va a costar la vida a los dos.
Padre: Sí, hija mía, cometí un grave error y ahora me errepiento bien de lo que hice, pero ya no hay remedio.
Narrador: El rey, que aún se mantenía soltero, al ver a la hija del molinero se quedo maravillado por su hermosura.
Rey: Bienvenida a palacio, gentil molinera. Estoy en guerra y necesito oro, mucho oro, para armar mi ejército. Me han dicho que tú eres capaz de convertir la paja en oro. Si es así me harías un gran favor hilando un poco para mí.
Narrador: La hija del molinero no se atrevió a revelarle la verdad al rey y fue conducida a una habitación repleta de paja hasta el techo. Cuando se vio sola empezó a llorar desesperadamente. De pronto, entre lágrimas, vio ante si a un extraño hombrecillo barbudo que le dijo:
Duende: Hola, molinera, si me prometes darme lo que te pida te hilo la paja en oro.
Hija: Te daré lo que desees si me sacas de este apuro.
Narrador: Al día siguiente, el rey se llevó una grata sorpresa al ver convertida toda la paja en oro. Le rogó que hilara la paja que había en otra habitación. Ella, cuando se quedó a solas, lloró de nuevo.
Duende: Molinera, molinera, si quieres te hilo la paja en oro pero me tendrás que dar lo que te pida.
Hija: Está bien, poca cosa tengo, pero tuyo es si me ayudas.
Duende: Quiero tu anillo.
Hija: Ahí lo tienes, de buena gana te lo doy con tal de que me saques de este apuro.
Narrador: El duende comenzó a hilar y en menos de diez minutos estaba convertida toda la paja en un montón de oro. Al día siguiente, cuando el rey entró en la habitación se alegró tanto que prometió casarse con ella si le hilaba un tercer montón de paja. La molinera esperó la visita del duende aquella noche con tranquilidad.
Duende: Hola, molinera, ¿quieres que te hile paja? Sólo pongo la condición de que me des lo que te pida.
Hija: Está bien.
Duende: Si quieres que te hile la paja me tendrás que dar tu primer hijo. Sé que pronto serás reina y sé también que tendrás un hijo varón dentro de un año aproximadamente.
Narrador: La hija del molinero no supo qué hacer y asintió a lo dicho por el duende. El duende hiló toda la paja, el rey se casó con la hija del molinero y al cabo de un año tuvieron un hijo varón, como había anunciado el duende...
Duende: Vengo a por tu hijo.
Hija: Pues no te lo doy, antes tendrás que matarme.
Duende: Bueno, te voy a dar tres días para que averigües cómo me llamo. Si logras acertar mi nombre podrás quedarte con tu hijo. Durante tres noches seguidas vendré a preguntártelo. No lo olvides.
Narrador: El duende tras decir esto desapareció. La reina se pasó todo el día pensando el nombre. Llegó la noche y se presentó el duende:
Duende: Sabes ya..., ¿cómo me llamo, bella reina?
Hija: Antonio.
Duende: No. Has fallado. Mañana volveré.
Narrador: Al día siguiente a la misma hora se presentó el duende.
Duende: Y hoy..., ¿has averiguado cómo me llamo?
Hija: Ricardo.
Duende: Oh, mi dulce reina, no, tampoco; ya sólo te queda un día.
Narrador: La reina entonces mandó a un criado de toda confianza que siguiera al duende para que le contara todo lo que viera y oyera. El criado vio que se metía en el bosque y tras mucho andar se paró junto a una hoguera y saltando y bailando como loco empezó a cantar.
Duende: Mañana el hijo de la reina será mío, nadie es capaz de saber que me llamo “Ra-ko-pam-pum-pim”.
Narrador: El criado no quiso saber más, rápidamente echó a correr y se alejó de allí. Al llegar a palacio se lo contó todo a la reina. Al día siguiente, el duende se presentó puntualmente ante la reina:
Duende: Bueno, querida reina y mamá, por fin llegó el tercer día; dime... ¿cómo me llamo?
Hija: Te llamas Ra-ko-pam-pum-pim.
Narrador: Al oír su nombre el duende pegó un bufido de rabia y desapareció para siempre de allí.
Y desde entonces nunca más volvió a importunar a nadie.

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domingo, 2 de agosto de 2015

El valiente Juan Chiruguete mata a ocho y espanta a siete.



A partir de 8 años.
El valiente Juan Chiruguete mata a ocho y espanta a siete
 (Cuento popular)
Narrador: En Soria había un zapatero remendón, que se pasaba el día arreglando zapatos sin ganar casi nada.
Un día estaba muy cansado y en una caja de betún cayeron mil moscas, le dio el zapatero un fuerte manotazo y mató ocho moscas y espantó siete. Enseguida cogió un papel y escribió este rótulo: “El valiente Juan de Chiruguete mata ocho y espanta siete.” Y se lo puso en el sombrero. Tan orgulloso estaba de su proeza que decidió cerrar la tienda y correr mundo.
Ya por la tarde llegó al palacio de un rey, y éste al verlo le dijo:

Rey: ¡Eh, buen hombre! ¿Es cierto que mataste a ocho y espantaste a siete? 
Juan: Sí, majestad, es cierto. 
Rey: ¿Y te atreverías a matar a un terrible gigante que vive en un cercano castillo y nos tiene a todos atemorizados? 
Juan: Señor, Juan Chiruguete, es capaz de todo. La duda ofende. Yo no tengo miedo a nada. ¿Es cierto, majestad, lo que he oído por ahí que quien mate al gigante se casará con la princesa, vuestra hija? 
Rey: Sí, es cierto. Y ahora... ¿qué te hace falta?  
Juan: Comer bien y diez monedas. No necesito más.  
Rey: Pero, Juan Chiruguete, ¿cómo vas a matar al gigante sin armas?
Juan: Si os lo dijera ahora sabríais igual que yo. A su debido tiempo ya os lo explicaré. Perdonad. 
Narrador: Al día siguiente, con las diez monedas compró una cuerda, un pájaro, un huevo y un moral. Luego se dirigió al castillo de su enemigo el gigante. Éste cuando se acercó le vio el letrero y se echó a reír:
Gigante: Con que mata ocho y espanta siete de un golpe, ¿eh? ¡Vaya una gracia! ¡Verás como te zampo de un solo bocado... 
Juan: Eso hemos de verlo. Si se cree tan listo, ¿por qué no acepta una apuesta? Veamos quién tira una piedra más lejana. 
Narrador: Tiró el gigante primero. Y cuando el gigante estaba mirando su piedra para ver donde caía, soltó don Juan el pájaro. El gigante se quedó con la boca abierta viendo cómo, lo que él creía una piedra, se perdía en la lejanía. Gigante: ¡Diablo, me has ganado, ratón! Bueno, veamos ahora a ver quién saca más agua de una piedra.
Narrador: Y fueron a ver quién sacaba más agua de una piedra. Cogió el gigante una piedra y la hizo pedazos apretándola. Juan sacó disimuladamente el huevo del morral y lo apretó también. Claro, como salía más agua del huevo, dijo el gigante admirado: 
Gigante: ¡Diablo, que me has ganado otra vez! 
Juan: Si todavía no está usted convencido de que a todo le gano, vamos a otra cosa. 
Gigante: Pues ahora vamos al que coma más gachas.  
Narrador: Y fueron al que comiera más gachas. El gigante hizo un puchero de gachas y se pusieron a comer. El gigante comía una barbaridad. Pero Juan se hacía el que comía y echaba las gachas en el morral que se había atado al cuello. Cuando el gigante se hartó: 
Gigante: Bueno, Juan Chiruguete, yo ya no como más. Y tú ¿qué tal estás de gachas? 
Juan: Cállese, hombre, que yo apenas voy comenzando a comer. 
Narrador: Y con las dos manos hacía que comía gachas, y las echaba en el morral. Y ya el gigante dijo: 
Gigante: ¡Basta ya, hombre del diablo! Ya me has ganado otra vez. Ahora vamos a la última. Vamos a correr, que a eso no me gana nadie. 
Juan: Está bien, pero en mi pueblo al pequeño siempre le dan ventaja y le dejan correr primero.  
Gigante: Está bien, te daré hasta aquel árbol de ventaja. ¡Vamos, empieza a correr! 
Narrador: Cuando Juan perdió de vista el gigante, comenzó a tirar las gachas de su morral por todo el camino. El gigante al ver las gachas en el suelo dijo: Gigante: ¡Pillastre, conque te has abierto la panza para sacar las gachas y así correr más aprisa. Ahora verás, yo haré lo mismo.
Narrador: Y el muy tonto sacó su cuchillo y se abrió la panza de arriba a bajo. Claro está, en menos de cinco minutos había muerto. Entonces salió Juan de su escondite, lo ató con la cuerda que llevaba y dejándolo tendido en el suelo, se encaminó hacia el palacio del rey. Cuando llegó éste le preguntó: 
Rey: Juan, ¿has matado al gigante?  
Juan: Sí, majestad, en medio del bosque está, atado y con las tripas al aire. Narrador: Entonces trajeron al gigante a palacio y el rey muy contento casó a su hija la princesa con Juan de Chiruguete. Éste muy contento no paraba de repetir: 
Juan: Yo soy Juan de Chiruguete, mata ocho y espanta siete. 
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