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jueves, 24 de octubre de 2019

El pavo que abría y cerraba la cola


El pavo que abría y cerraba la cola.
(Ana Mª Machado. Adaptado. Ilustraciones: Ivone Ralha. Edit. Everest)

Narrador: A la orilla de un lago, un pavo real se preguntaba mientras se pavoneaba mirándose en el agua:
Pavo: ¿Soy feo? ¿Soy guapo?
Narrador: Cuando abría su cola en abanico, toda verde, violeta, azul brillante, se veía bonito y elegante. Pero al mirar sus pies y su andar tan desgarbado, sentía una gran vergüenza y tristeza. Un día fue invitado a una fiesta que sería más sonada que la gala del sapo.
Pavo: ¿Será divertida? ¿Será aburrida? ¿Qué opináis, señora paloma mensajera?
Paloma: Claro que será divertida. Una fiesta nunca es aburrida. No debéis faltar.
Narrador: Luego, animado, abrió su gran cola y ensayó unos pasos de baile. Hasta que oyó las carcajadas de un cardenal bailarín que se entrenaba para la fiesta y rápidamente cerró su cola:
Cardenal: ¡Jajaja! ¡Qué animal más torpe, más desmañado! Este baile será alocado.... ¡Jajaja!
Narrador: Un gorrión que pasaba por allí, al verlo tan alicaído, así le habló:
Gorrión: ¿Por qué tanta tristeza en su cabeza?
Pavo: Es que yo bailo muy mal...
Gorrión: Eso no importa en tan hermoso animal.
Narrador: Y el pavo real, así animado, abrió la cola con plumas para todos los lados. Pero, con tan mala fortuna, que acabó perdiendo una en el rincón derecho. La tristeza fue tremenda. Y se quedó de nuevo amilanado, con cara de pena horrenda. Un periquito, que pasaba en ese momento, le preguntó:
Periquito: ¿Por qué tanto sufrimiento?
Pavo: He perdido una pluma y eso es muy malo.
Periquito: No es tan malo, no creas. Es señal de que te va a crecer una nueva.
Narrador: El pavo real volvió a animarse y abrió su abanico. Entonces llegó el bienteveo y se río al son de burla:
Bienteveo: ¡Vaya, vaya, un pavo real, con la cola incompleta! !No nunca visto, me voy a dormir la siesta!
Narrador: Y, de nuevo, el pavo real encogió la cola y trató de desaparecer con ella. Así se pasó toda la tarde: abría y cerraba, abría y cerraba, cambiando de idea con cada animal que encontraba.
Al final del día acabó bizco, con la lengua fuera, sudado, desmadejado, hecho un desastre y cansado de abrir y cerrar la cola a toda hora. Decidió que ya no iría a la fiesta y se marchó de allí para evitar que todo el mundo se riese de él. Fue entonces cuando escuchó, escondido tras un arbusto, una conversación entre dos buitres:
Buitre 1º: Muero de impaciencia porque llega la hora del baile... Esa fiesta será fenomenal.
Buitre 2º: No faltará de nada: buena comida, agua fresquita, muchos amigos y música a rabiar...
Narrador: El pavo real, al verlos, se echó a reír de aquellos dos pájaros que no bailaban, ni sabían cantar, y cuyas plumas no eran multicolores como las de él. ¡Dos horribles buitres contentos y felices porque se acercaba la hora del baile!
Pavo: ¡Jajaja! ¿No os da vergüenza? ¿Feos como sois y oliendo tan mal? Cuando bailéis todo el mundo se va a desmayar.
Buitre 1º: Nada de eso... Todo el mundo va a estar muy ocupado tratando de comer y beber, de cantar y bailar, de verse y conversar. Y si alguien quiere se puede reír. No por eso me voy a dejar de divertir.
Buitre 2º: Ni feos, ni malolientes, ¿te enteras? Los buitres somos bonitos, tenemos el color de la ciruela y el león, de la mora y la puesta de sol...
Buitre 1º: Tú sí eres una ave espantosa, con esa cola escandalosa, que se abre y se cierra como un cajón. Eres verde, eres morada, eres azul y estás lleno de bolitas...
Buitre 2º: ¡Pero debemos reconocer que nos encantan tus patitas...! Además, lo de ser bonito o feo, sólo es cuestión de relleno.
Narrador: Entonces, el pavo real, no pudo por menos que reír y, cuando los dos se fueron volando, se quedó pensando:
Pavo: Que la fealdad sea colosal o la belleza sea de artista, no depende del animal, sino del punto de vista. Cada uno es diferente y lo que más importa es uno, realmente.
Narrador: Y allá fue el pavo real, realmente animado, a una fiesta muy divertida, abriendo su cola y sin vergüenzas por sus andares de toda la vida.


El texto de este de este relato como fue narrado lo tienes aquí.





viernes, 27 de septiembre de 2019

Presa de pájaro

Presa de pájaro.
(Hermanos Grimm)
A partir de 8 años.

Narrador: Había una vez una mujer que se quedó dormida con su niño bajo un árbol. Pero un ave de rapiña que lo vio en su regazo voló hasta ellos, se lo llevó con el pico y lo colocó en lo alto de otro árbol lejano. La madre, cuando despertó, no fue capaz de encontrarlo y se marchó desconsolada sin comprender qué había pasado.
Un guardabosques oyó el llanto del niño y localizó el árbol en cuya copa estaba sentado el niño pequeño.
El hombre trepó al árbol, bajó al niño y pensó:
Guarda: “Llévate el niño a casa y lo criarás con tu pequeña Elena”.Narrador: Lo llevó a casa y los dos niños crecieron juntos. Pero como había sido encontrado en un árbol y lo había llevado un pájaro, le puso el nombre de Presa de pájaro. Presa de pájaro y Elena se querían tanto que cuando uno no veía al otro se ponía triste.
El guardabosques tenía una vieja cocinera, que una tarde cogió dos cubos y comenzó a acarrear agua, y no fue sólo una vez sino muchas a la fuente. Elena vio todo esto y dijo:
Elena: Oye, vieja Sanne, ¿para qué traes tanta agua?Sanne: Si no se lo dices a nadie, te lo contaré.Elena: Puedes estar segura, no se lo contaré a nadie.Sanne: Bien. Mañana temprano, cuando el guardabosques vaya de caza, herviré agua y, cuando esté la marmita en ebullición, echaré a Presa de pájaro dentro y lo cocinaré.Narrador: A la mañana siguiente, muy temprano, se levantó el guardabosques y se fue de caza. Al poco rato, Elena despertó a Presa de pájaro y le dijo:Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida.Elena: Te lo diré solamente a ti: la vieja Sanne acarreó ayer por la tarde mucha agua a casa; yo le pregunté por qué hacía eso y ella me respondió que si yo no se lo decía a nadie, ella me lo contaría, y dijo que mañana por la mañana, cuando padre estuviera de caza, haría que la marmita llena de agua entrara en ebullición y te echaría a ti dentro para cocerte. Vamos a levantarnos rápidamente y a marcharnos juntos.Narrador: Cuando el agua hervía en la marmita, la cocinera fue a los dormitorios para coger a Presa de pájaro y echarlo dentro. Pero cuando entró y se acercó a las camas, ya se habían marchado los dos niños. Entonces le entró un miedo tremendo:Sanne: ¿Qué voy a decir cuando regrese a casa el guardabosques y vea que los niños se han ido? ¡Rápido, ve detrás de ellos a ver si todavía los alcanzas!Narrador: A continuación envió la cocinera a tres siervos tras ellos. Los niños estaban sentados ante el bosque cuando vieron correr a los tres siervos. Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca. Nunca en mi vida.Elena: Conviértete en rosal y yo seré una de tus rosas.Narrador: Cuando los tres siervos llegaron al bosque, allí no había más que un arbusto de rosas y una rosita en él, pero los niños no estaban en lugar alguno. Siervo: Aquí no hay nada que hacer. Volvamos a la casa y le diremos a la vieja que aquí sólo hay un rosal con su rosita.
Narrador: Ya en la casa...Sanne: ¡Estúpidos! Deberíais haber partido el rosal, cortado la rosa y habérmelos traído a casa. ¡Rápido, hacedlo!Narrador: Tuvieron que salir de nuevo a buscarlos, pero los niños los vieron venir a lo lejos:Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.
Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida.Elena: Transfórmate en capilla y yo en una corona dentro de ella.Narrador: Cuando llegaron los tres siervos, allí no había más que una iglesia y una corona.Siervo: ¿Qué hacemos aquí? Volvamos a casa.
Narrador: Cuando llegaron a la casa...
Sanne: Y bien, ¿qué habéis encontrado? ¿Dónde están los niños?
Siervo: Ni rastro de ellos. Sólo hemos visto una capilla en la que había una corona.Sanne: ¡Estúpidos! ¿Por qué no habéis roto la capilla? ¡Tendríais que haber traído la corona a casa!Narrador: A continuación se puso ella misma en marcha y fue con los tres sirvientes en busca de los niños. Los niños los vieron venir a lo lejos.
Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida. Elena: Conviértete en estanque y yo en pato encima de él.Narrador: La cocinera se acercó y cuando vio el estanque se agachó y quiso bebérselo. Pero el pato llegó nadando a toda velocidad, la cogió con el pico por la cabeza, la arrastró hasta dentro del agua y la vieja bruja se ahogó. Entonces los niños se fueron a casa muy contentos, y si no han muerto, todavía viven.

El audio y/o vídeo de este relato lo tienes aquí.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Los tres cabritillos


Los tres cabritillos.

Narrador: Había una vez tres cabritillos que eran hermanos. Un día decidieron pasar a lo otra orilla del río donde había una hierba verde que estaba diciendo: "Cómeme, cómeme".
Para atravesar el río debían atravesar un puente y debajo de él tenía su guarida un ogro feo y gruñón.
El primero en querer atravesar el puente fue el más joven de los cabritillos: 

Ogro: ¿Quién pasa por encima de mi puente? 
Cabritillo 1: Soy yo, el más pequeño de los tres cabritillos del bosque. Voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿Y a quién has pedido permiso? Te voy a comer ahora mismo. Cabritillo 1: No, no lo hagas, que soy muy pequeño y estoy muy flaco. Espera un poco que más atrás viene mi hermano que es mayor que yo.  
Ogro: Bueno, bueno. Si es así, puedes marchar. 
Narrador: Al poco rato llegó el segundo de los cabritillos y, al pasar, se oyeron sus pezuñas. 
Ogro: ¿Quién está cruzando por encima de mi puente?  
Cabritillo 2: Soy yo, el segundo cabritillo del bosque que voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿No sabes que debes avisar? Espera un poco que voy a comerte. 
Cabritillo 2: Bueno; pero antes te quiero decir que, si tienes un poco de paciencia, por allí viene mi hermano, el mayor, que tiene mejor bocado.  
Ogro: Está bien. Esperaré. Puedes irte. 
Narrador: Un momento más tarde, el mayor de los cabritillos llegó al puente. 
Ogro: ¿Quién anda par ahí? ¿Quién pasa por mi puente?
Narrador: Gritó el ogro relamiéndose de gusto, al ver que ya tenía un buen banquete.  
Cabritillo 3: Soy yo, el cabritillo mayor del bosque, que quiero pasar a la montaña a comer hierba fresca y verde.
Ogro: Ah, ¿Eres tú? Te esperaba. No te vayas, que te voy a hincar el diente.  
Cabritillo 3: Ven, aquí me tienes, acércate que te voy a traspasar con mis cuernos.
Narrador: Y dicho y hecho. Se lanzó sobre el ogro, le dio unos cuantos topetazos y lo tiró al río. Menudo susto y remojón.
Sin más, atravesó tranquilamente el puente y se reunió con sus hermanos. Y en los prados se quedaron comiendo cuanto quisieron.

El audio y el vídeo de este cuento lo tienes aquí.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El tarro de aceitunas



El tarro de aceitunas.
(Las mil y una noches)
Narrador: Una vez, hace muchos tiempo, un mercader de Bagdad, que se llamaba Alí Cofia, decidió viajar a la ciudad sagrada de La Meca. Para los creyentes musulmanes es una obligación visitar una vez en la vida por lo menos esa sagrada ciudad. Alí arregló todos sus negocios, alquiló su casa y dejó todas sus pertenencias. Pero, al final, se dio cuenta de que le sobraban mil monedas de oro. Como no tenía ya lugar donde dejarlas puesto que se había deshecho de todo, se le ocurrió que podría guardarlas en un tarro de aceitunas.
Así lo hizo, guardó las mil monedas de oro en el fondo del tarro y luego lo llenó con aceitunas. Después le pidió a un amigo, que tenía fama de honrado, que le guardara el tarro de aceitunas hasta que regresara de su viaje. Al fin, Alí Cofia emprendió su viaje con dos camellos cargados de telas muy finas que pensaba vender en La Meca, aprovechando su viaje.
Cuando cumplió con su promesa de visitar la ciudad sagrada, se dirigió a otros países, siempre comerciando, de modo que en estos viajes pasó siete años.
Mientras tanto, una noche, la esposa del mercader al que le había dejado encargado su tarro de aceitunas, tuvo un gran antojo de comer éstas.
Amigo: Mujer, tu antojo es fácil de cumplir, porque, recordarás que mi amigo Alí antes de marcharse me dejó encargado un gran tarro de aceitunas. Y hace tanto tiempo que hizo esto… y como no sabemos nada de él seguro es que le ha ocurrido algo. ¡Quién sabe! A lo mejor hasta ya se murió. ¿Por qué no me das una lámpara y bajo al almacén a buscar unas cuantas aceitunas del tarro? Mujer: ¡Ni lo quiera Alá! ¡Cómo se te ocurre semejante idea! Cuando alguien nos confía algo en depósito debemos respetarlo. Uno no sabe si Alí regresará un día u otro, y si no encuentra su tarro tal y como él lo dejó, ¿qué pensaría de ti? No, mejor deja el tarro como está y no lo toques… además, ya no tengo antojo de aceitunas.Narrador: Pero, a pesar de todos estos sabios consejos, el mercader no hizo caso a su mujer. Destapó el tarro y encontró que las aceitunas se habían podrido. Vacío el tarro y empezaron a caer unas cuantas monedas. Al ver el oro, el mercader se volvió loco de ambición.
A la mañana siguiente, el mercader, sin decir nada, tomó las mil monedas de oro, luego llenó el tarro con aceitunas frescas que había comprado; tapó el frasco y dejó todo como estaba antes.
Alí Cofia, por su parte, finalmente, regresó a su ciudad. Unos días después decidió ir a ver a su amigo el mercader honesto al cual le había dejado encargado su tarro de aceitunas. El otro mercader lo abrazó y lo felicitó por su feliz regreso y le entregó la llave del almacén para que él mismo tomara su tarro. Alí le dio las gracias y se llevó su cargamento a la posada donde se hospedaba. Alí vació las aceitunas, que todavía estaban muy frescas, pero del dinero ¡no había nada! Inmediatamente Alí fue a reclamar sus monedas.
Alí: Amigo, vengo a decirte que el tarro de aceitunas que te confié no sólo contenía aceitunas, sino mil monedas de oro que yo mismo coloqué en el fondo y éstas han desaparecido. Si tú las tomaste porque necesitabas el dinero está bien, podemos arreglarlo…
Amigo: ¿Acaso me estas diciendo que soy un ladrón? Cuando trajiste tu tarro, tú mismo lo pusiste en el lugar en el que lo encontraste. Nadie ha tomado nada y tal parece que no sabes agradecer un favor. ¡Ahora márchate de mi casa!
Narrador: Alí no sabía qué hacer, así que se dirigió al tribunal donde llevó su caso, pero como era la palabra de Alí contra la del mercader, el juez no supo qué hacer. Finalmente, el juez mandó llamar a dos expertos aceituneros a quienes les presentaron el tarro de aceitunas, tomó una y se la dio a uno de los aceituneros.Juez: ¿Qué te parecen?Aceitunero: Excelentes, señor. Están muy frescas, deben de ser de este año.Juez: Debes estar equivocado porque estas aceitunas fueron puestas en el tarro hace siete años.Aceitunero: Señor, que las pruebe el otro aceitunero, pero yo le aseguro que son de este mismo año.Narrador: El otro experto probó también las aceitunas, corroborando lo que había dicho el primero. De esta forma, el juez supo cómo resolver este problema. Castigó al mercader que había sido deshonesto y mal amigo, y a Alí Cofia le fueron devueltas sus mil monedas de oro.


El audio de este cuento lo tienes aquí.

Los tres toritos



Los tres toritos.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un hombre que tenía cuatro hijos, tres varones mayorcitos y una niña más pequeña, que se quedó viudo. El hombre volvió a casarse, pero lo hizo con una mujer que era más mala que un dolor de muelas. Así que los tres hermanos, cansados de cómo les trataba, se marcharon, se hicieron una cabaña en el bosque y allí se hicieron cazadores.
Al poco tiempo, la niña también cogió el camino y se marchó. Llegó sin saberlo a la cabaña de sus hermanos, entró en ella y todo lo encontró revuelto y desordenado. Inmediatamente dejó todo aquello en orden y reluciente, convirtiéndolo en un hogar donde se podía vivir. Terminada la tarea, la niña, se escondió en el bosque cuando llegaron sus hermanos...
H. menor: Mirad, ¿quién habrá estado aquí?
H. mayor: ¡Nos ha dejado preparada la comida!
H. mediano: Vayamos con la perrita al bosque hasta dar con ella. No debe estar muy lejos.
Narrador: Efectivamente, la perrita, siguiendo el rastro los llevó al pie de un árbol al que la niña se había subido para no ser descubierta.
¡Todos se pusieron muy contentos y comenzaron una vida en paz y en armonía!
Los hermanos salían a cazar y ella llevaba el hogar en compañía de la perrita.
Un día ésta se orinó en la lumbre de la chimenea hasta que la apagó por completo.
Niña: ¡Perra mala! ¡A ver cómo preparo ahora la comida! ¡Yo no sé hacer fuego!
Narrador: La niña salió a buscar por el bosque hasta que encontró otra casa. Y llamó a la puerta...
Maruja: ¡Vete corriendo! Esta es la casa de la bruja Curuja. ¡Mi madre no debe verte, ella es capaz de lo peor! Has tenido suerte ahora no está en casa.
Niña: Por favor, sólo necesito algo de brasas para encender el fuego.
Maruja: Está bien. Toma, pero debes irte enseguida y no volver.
Narrador: Al día siguiente, la bruja Curuja se presentó en la cabaña de la niña cuando solo estaba ella.
Curuja: A mi hija Maruja le noté enseguida que algo había pasado. Así que vengo a cobrarme las brasas que te llevaste.
Niña: ¿Y cómo le voy a pagar, bruja Curuja?
Curuja: Vendré todos los días a chuparte un poquito el dedo corazón y tú lo sacarás por la cerradura.
Narrador: La niña aceptó el trató y la bruja venía cada día a chuparle el dedo cuando estaba sola. Poco a poco la niña fue enfermando y sus hermanos al darse cuenta consiguieron que les contara lo que había pasado.
H. mayor: Ahora se va a enterar la bruja Curuja de nosotros. Recibirá su merecido. Hermanos, escuchad:
H. menor: ¿Si...?
H.mediano: Dinos.
H. mayor: Está bien. Cavaremos una fosa delante de la puerta, la taparemos con una sábana y echaremos hierbas y tierra por encima. Cuando la bruja Curuja se acerque, caerá en la trampa.
Curuja: ¡Ahhhh....!
Narrador: Así sucedió. Los tres hermanos salieron con sus palas y la enterraron.
Al poco tiempo brotaron en el mismo lugar tres coliflores embrujadas.
H. mayor: ¡Escúchame bien, hermanita! Por nada del mundo eches en la comida estas coliflores. ¿Me has entendido?
Niña: Sí.
Narrador: Pasó el tiempo y la niña se olvidó de la advertencia. Un día, echó las coliflores en la olla. Cuando sus hermanos probaron la comida, se convirtieron en tres toritos.
Niña: ¿Qué he hecho? ¡Mis pobres hermanos convertidos en toritos...! ¿Qué he hecho?
Narrador: Los siguió tratando como antes, como lo que eran: sus tres queridos hermanos convertidos en toritos.
Acertó a pasar por allí el hijo del rey y le dijo:
Príncipe: ¿Por qué una joven tan hermosa y delicada como tú está cuidando animales salvajes y violentos? Vente, cásate conmigo y vivirás en mi palacio.
Niña: Ya quisiera, señor. Estos tres toritos que ves aquí son mis hermanos por siempre encantados por mi culpa.
Príncipe: Si encantados quedaron, desencantados con el tiempo serán. Vendrán con nosotros y en misma mesa nuestra comerán.
Narrador: Aceptó la niña y se casaron, pero vivía en el palacio una tía lejana del príncipe, muy envidiosa, que había querido casar a su hija con él. Un día, cuando la niña estaba descuidada, le clavó un alfiler encantado en la cabeza y la convirtió en paloma. Luego, como era medio bruja, dotó a su hija de la apariencia de la reina. Ésta la primera orden que dio fue...:
Falsa reina: ¡Estoy harta de estos toros que todo lo ensucian! ¡Siempre atrayendo a las moscas! ¡A la plaza ahora mismo! ¡Que los toreen hasta que mueran!
Narrador: El príncipe no comprendía el cambio tan repentino de su esposa y no quiso acudir a la plaza. A lo lejos se oía el bullicio de la fiesta. Una paloma se posó en su mano y él comenzó a acariciarla. Se dio cuenta de un pequeño bulto que tenía la paloma en la cabeza. Retiró el alfiler y, al instante, apareció su mujer. Todo lo ocurrido lo supo por su boca y, antes de que dieran muerte al primer toro, les clavaron el alfiler de la paloma. Los toros volvieron a su ser natural: los tres hermosos jóvenes hermanos de la reina.
La malvada tía y su horrenda hija fueron encerradas en la torre más alta del castillo por siempre jamás.

El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

Un fantasma infeliz



Un fantasma infeliz.

Narrador: Son las 11 en punto de la noche y Kate y Sally, dos hermanas gemelas, duermen profundamente en su desordenado dormitorio. De repente, se oyen unos golpes en la chimenea y Kate se despierta sobresaltada.
Kate: ¡Ah! ¡Sally, despierta! ¡Vamos, despierta! ¡Oh, estás profundamente dormida!
Sally: ¿Qué pasa, hermanita? ¿Por qué me despiertas?
Kate: Hay un ruido y viene de la chimenea.
Sally: Yo no escucho ningún ruido, Kate. Vamos, déjame dormir.
Kate: ¡Sshh! ¡Escucha! ¡Ahí está! ¿Lo oyes? Es un fantasma.
Sally: ¡Bah, eso no es un fantasma! Es el viento. Mira, ahora está en silencio, Kate. Quiero dormir, estoy cansada.
Narrador: Ahora son las 12 en punto de la noche y Kate se ha despertado de nuevo con un sonido desconocido que ha escuchado.
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Kate: ¡Vamos, Sally, despierta!
Sally: ¿Qué pasa ahora, Kate?
Kate: ¡Escucha bien, Sally! Es un fantasma.
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Sally: Ya te he dicho que eso no es un fantasma. Es el viento que sopla en la chimenea. Duérmete de una vez, por favor.
Kate: El ruido es cada vez más fuerte. ¡Oh, no! ¡Estoy asustada!
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Sally: ¡Qué haces, Kate!
Kate: ¿No lo ves? Meterme en tu cama. Tengo miedo.
Narrador: De repente, un fantasma salió de la chimenea. Un fantasma totalmente blanco que se echó sobre la cama y que decía...:
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Narrador: Un fantasma de los de verdad, que movía los brazos y decía cada vez más alto:
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Narrador: Entonces, Sally, como es una chica muy valiente, se puso de pie en la cama y le dijo:
Sally: ¡Uhhh para ti también! ¡Uhhhh! ¿No sabes qué hora es? ¿No tienes un reloj? Es más de medianoche. Ahora vete. Quiero dormir.
Fantasma: ¡Uhhh..., bua, bua, bua..!
Kate: ¿Qué te pasa, fantasma?
Fantasma: ¡Bua..., estoy tan solo! ¡No tengo ni un amigo!
Kate: ¡Pobre, fantasma! Yo seré tu amiga.
Fantasma: ¡Oh, gracias! Y vendré a verte todas las noches.
Sally: ¡Oh, no! Todas las noches, no.
Kate: De acuerdo. Vendrás una vez a la semana y sin hacer ruido.
Fantasma: Sin hacer ruido. Lo prometo. Gracias. Hasta la semana que viene. Adiós.
Kate: Adiós. Te veré la semana que viene.
Sally: ¡Viva! Ahora podré dormir.
Narrador: Y el fantasma se marchó en silencio por la chimenea.

Vídeo y audio de este cuento, aquí.

Las tres preguntas


Las tres preguntas.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un capitán de los ejércitos del rey que vivía tan feliz y contento, sin ninguna preocupación, que un día colocó un cartel en la puerta de su casa que decía así: “Aquí vive el capitán sin cuidados”. Aquel cartel llegó a oídos del rey y éste lo hizo llamar.
Rey: Vamos a ver, ¿por qué dice usted que es un general sin cuidados?
Capitán: Ay, majestad, que yo no sabía que pudiera hacer daño a nadie con esa frase.
Rey: Pues para que tenga más cuidado, para que tenga en qué preocuparse, le voy a hacer tres preguntas. Y, si en el término de tres días no me las contesta, le quitaré el empleo de capitán y lo mandaré como soldado raso al frente de batalla.
Capitán: Lo que ordene su Majestad.
Rey: La primera es cuánto valgo yo. La segunda, en cuánto tiempo se puede dar la vuelta al mundo; y la tercera, ¿hay alguna verdad mentira?
Narrador: Se volvió para su casa muy preocupado y se pasó el día sin hablar y sin querer hablar con nadie. Tenía este capitán un soldado que hacía las tareas de asistente y que era muy espabilado; al verlo tan cabizbajo le dijo:
Soldado: Perdone, mi capitán, ¿le pasa algo? ¿Quiere que le prepare una buena cena para aliviarle las penas? ¿Prefiere mejor un afeitado apurado? ¿Le limpio las botas?
Capitán: No, muchacho, no. Déjame tranquilo.
Narrador: Tanto insistió el soldado que el capitán le contó lo que había pasado y las tres preguntas que debía responder ante el rey.
Soldado: ¿No es más que eso? Pues pierda usted cuidado, que yo se lo arreglo todo, mi capitán. Sólo tiene que prestarme sus ropas que yo sabré responderle adecuadamente a su Majestad.
Narrador: Conque al día siguiente se presenta ante rey...
Rey: Y bien, capitán, ¿cuánto valgo yo?
Soldado: Majestad, si a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas, a su Majestad lo dejaremos en veintinueve.
Rey: Está bien, hombre, está bien. Ahora va la segunda: ¿en cuánto tiempo se puede dar la vuelta al mundo?
Soldado: Pues en el caballo de carrera que es el sol, en veinticuatro horas, Majestad.
Rey: Vaya, vaya, muy ingenioso... Está bien. Vamos por la tercera, capitán “sin cuidados”: dígame una verdad mentira.
Soldado: Pues una verdad mentira es que creéis estar hablando con un capitán, el capitán “sin cuidados” y estáis hablando con un simple soldado que es el recadero, el cocinero y el limpiabotas del capitán “sin cuidados”.
Narrador: Y le hizo tanta gracia al rey, que perdonó al capitán, pero a cambio se quedó con tan espabilado soldado. Y colorín colorado este descuidado cuento se ha acabado.





Vídeo y audio de este cuento, aquí.

martes, 1 de mayo de 2018

Piojito y Pulguita



Piojito y pulguita.
(Grimm)
Narrador: Un piojito y una pulguita vivían juntos en el mismo hogar y estaban fabricando cerveza en una cáscara de huevo. El piojito entonces cayó dentro y se abrasó. La pulguita al verlo se puso a gritar. La pequeña puerta del cuarto dijo entonces:
Puerta: ¿Por qué gritas, pulguita?
Pulguita: Porque el piojito se ha abrasado.
Narrador: La puertecita se puso a chirriar. Habló entonces una escobita que había en un rinconcito:
Escoba: ¿Por qué chirrías, puertecita?
Puerta: ¿Cómo no voy a chirriar si el piojito se ha abrasado y la pulguita está llorando?
Narrador: Así, la pequeña escoba se puso a barrer terriblemente. Pasó entonces por allí un carrito y dijo:
Carro: ¿Por qué barres, escobita?
Escoba: ¿Cómo no voy a barrer si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando y la puertecita chirriando?
Narrador: El carrito dijo entonces que iba a correr terriblemente, y se puso a correr terriblemente. Pasó corriendo junto al montoncito de estiércol y éste dijo:
Estiércol: ¿Por qué corres, carrito?
Carro: ¿Cómo no voy a correr si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando y la escobita barriendo?
Narrador: El montoncito de estiércol dijo entonces que iba a empezar a arder, y se puso a arder terriblemente. Había allí un arbolito que le dijo:
Árbol: Montoncito de estiércol, ¿por qué ardes?
Estiércol: ¿Cómo no voy a arder si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo y el carrito corriendo?
Narrador: Entonces el arbolito dijo que se iba a sacudir, y se sacudió y perdió todas sus hojas. Aquello lo vio una muchachita que llevaba un cantarito y dijo:
Muchacha: Arbolito, ¿por qué te sacudes?
Árbol: ¿Cómo no me voy a sacudir si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo, el carrito corriendo y el montoncito de estiércol ardiendo?
Narrador: La muchachita dijo que iba a hacer pedazos su cantarito e hizo pedazos su cantarito.
Fuente: Muchachita, ¿por qué haces pedazos tu cantarito?
Narrador: Dijo entonces la fuentecita.
Muchacha: ¿Cómo no voy a hacer pedazos mi cantarito si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo, el carrito corriendo, el montoncito de estiércol ardiendo y el arbolito sacudiéndose?
Fuente: Ay, pues entonces yo me voy a desaguar.
Narrador: Y se puso a desaguarse tan terriblemente que se ahogaron todos: la muchachita, el arbolito, el montoncito de estiércol, el carrito, la escobita, la pulguita y el piojito.

El audio de este cuento lo tienes aquí.

Las tres hojas de la serpiente


Las tres hojas de la serpiente.
(Hermanos Grimm)
Narrador: Vivía una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. Díjole entonces éste:
Hijo: Padre mío, estáis muy necesitado, y soy una carga para vos. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.
Narrador: El padre le dio su bendición y se despidió con honda tristeza.
El joven se alistó en el ejército y partió para la guerra.
Hijo: ¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!
Narrador: Fue tal su arrojo y valentía en el campo de batalla que el rey, al saber que sólo gracias a él se debió la derrota del enemigo, lo recompensó nombrándolo el primero del reino.
Tenía el monarca una hija hermosísima, pero muy caprichosa. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido, que no prometiese antes que, en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura:
Princesa: Si de verdad me ama, ¿para qué querrá seguir viviendo?.
Narrador: Por su parte, ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes el marido. Tal condición había ahuyentado a todos los pretendientes; pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, la pidió a su padre, el rey.
Rey: ¿Sabes la promesa que has de hacer?
Hijo: Que debo bajar con ella a la tumba, si muere antes que yo. Tan grande es mi amor, que no me arredra este peligro.
Narrador: Consintió entonces el Rey, y se celebró la boda. Vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Cuando hubo muerto, su esposo recordó la promesa que había hecho. Le horrorizaba la
idea de ser sepultado en vida; pero no había escapatoria posible. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil pensar en la huida. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta de piedra.
Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Cuando hubiera consumido aquellas vituallas, habría de morir de hambre y sed.
Una vez que tenía la mirada fija en la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó:
Hijo: ¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!
Narrador: Y la partió en tres pedazos. Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta y despedazada. Pero regresó a los pocos momentos, llevando en la boca tres hojas verdes. Cogió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al príncipe se le ocurrió que quizás las milagrosas hojas tendrían también efecto sobre las personas. Las recogió y aplicó una en la boca de la difunta, y las dos restantes, en sus ojos. Y he aquí que apenas lo hubo hecho, la sangre empezó a circular y restituyó al lívido rostro su color sonrosado. Respiró la muerta y, abriendo los ojos, dijo:
Princesa: ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
Hijo: Estás conmigo, esposa querida.
Narrador: Luego se dirigieron a la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuertemente, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó personalmente a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida. Todos se alegraron sobremanera ante la inesperada solución del triste caso. El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:
Hijo: Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarlas!
Narrador: Sin embargo, se produjo un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, quiso él emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre, y los dos esposos embarcaron. Ya en la nave, comenzó a sentir inclinación hacia el piloto que los conducía. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, cogiendo ella a su marido por la cabeza y el otro por los pies, lo arrojaron al mar. Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:
Princesa: Regresemos ahora a casa; diremos que murió en ruta. Yo te alabaré ante mi padre en términos tales, que me casará contigo y te hará heredero del reino.
Narrador: Pero el fiel criado, que había asistido a la escena, bajó al agua un botecito sin ser advertido de nadie, sacó del agua el cuerpo del ahogado, y, con ayuda de las tres hojas milagrosas que llevaba consigo lo restituyó felizmente a la vida.
Los dos remaron con todas sus fuerzas y llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Éste, al conocer la perversidad de su hija, dijo:
Rey: No puedo creer que haya obrado tan criminalmente; mas pronto la verdad saldrá a la luz del día.
Narrador: Poco después llegó el barco, y la princesa se presentó ante su padre con semblante de tristeza.
Rey: ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
Princesa: ¡Ay, padre querido! Ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte, y puede contároslo todo.
Rey: Voy a resucitar al difunto.
Narrador: Y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres. Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón. Pero el Rey dijo:
Rey: No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te restituyó la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.
Narrador: Fue embarcada junto con su cómplice en un navío perforado y llevada a alta mar, donde muy pronto los dos fueron tragados por las olas.



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