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viernes, 27 de septiembre de 2019

Presa de pájaro

Presa de pájaro.
(Hermanos Grimm)
A partir de 8 años.

Narrador: Había una vez una mujer que se quedó dormida con su niño bajo un árbol. Pero un ave de rapiña que lo vio en su regazo voló hasta ellos, se lo llevó con el pico y lo colocó en lo alto de otro árbol lejano. La madre, cuando despertó, no fue capaz de encontrarlo y se marchó desconsolada sin comprender qué había pasado.
Un guardabosques oyó el llanto del niño y localizó el árbol en cuya copa estaba sentado el niño pequeño.
El hombre trepó al árbol, bajó al niño y pensó:
Guarda: “Llévate el niño a casa y lo criarás con tu pequeña Elena”.Narrador: Lo llevó a casa y los dos niños crecieron juntos. Pero como había sido encontrado en un árbol y lo había llevado un pájaro, le puso el nombre de Presa de pájaro. Presa de pájaro y Elena se querían tanto que cuando uno no veía al otro se ponía triste.
El guardabosques tenía una vieja cocinera, que una tarde cogió dos cubos y comenzó a acarrear agua, y no fue sólo una vez sino muchas a la fuente. Elena vio todo esto y dijo:
Elena: Oye, vieja Sanne, ¿para qué traes tanta agua?Sanne: Si no se lo dices a nadie, te lo contaré.Elena: Puedes estar segura, no se lo contaré a nadie.Sanne: Bien. Mañana temprano, cuando el guardabosques vaya de caza, herviré agua y, cuando esté la marmita en ebullición, echaré a Presa de pájaro dentro y lo cocinaré.Narrador: A la mañana siguiente, muy temprano, se levantó el guardabosques y se fue de caza. Al poco rato, Elena despertó a Presa de pájaro y le dijo:Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida.Elena: Te lo diré solamente a ti: la vieja Sanne acarreó ayer por la tarde mucha agua a casa; yo le pregunté por qué hacía eso y ella me respondió que si yo no se lo decía a nadie, ella me lo contaría, y dijo que mañana por la mañana, cuando padre estuviera de caza, haría que la marmita llena de agua entrara en ebullición y te echaría a ti dentro para cocerte. Vamos a levantarnos rápidamente y a marcharnos juntos.Narrador: Cuando el agua hervía en la marmita, la cocinera fue a los dormitorios para coger a Presa de pájaro y echarlo dentro. Pero cuando entró y se acercó a las camas, ya se habían marchado los dos niños. Entonces le entró un miedo tremendo:Sanne: ¿Qué voy a decir cuando regrese a casa el guardabosques y vea que los niños se han ido? ¡Rápido, ve detrás de ellos a ver si todavía los alcanzas!Narrador: A continuación envió la cocinera a tres siervos tras ellos. Los niños estaban sentados ante el bosque cuando vieron correr a los tres siervos. Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca. Nunca en mi vida.Elena: Conviértete en rosal y yo seré una de tus rosas.Narrador: Cuando los tres siervos llegaron al bosque, allí no había más que un arbusto de rosas y una rosita en él, pero los niños no estaban en lugar alguno. Siervo: Aquí no hay nada que hacer. Volvamos a la casa y le diremos a la vieja que aquí sólo hay un rosal con su rosita.
Narrador: Ya en la casa...Sanne: ¡Estúpidos! Deberíais haber partido el rosal, cortado la rosa y habérmelos traído a casa. ¡Rápido, hacedlo!Narrador: Tuvieron que salir de nuevo a buscarlos, pero los niños los vieron venir a lo lejos:Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.
Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida.Elena: Transfórmate en capilla y yo en una corona dentro de ella.Narrador: Cuando llegaron los tres siervos, allí no había más que una iglesia y una corona.Siervo: ¿Qué hacemos aquí? Volvamos a casa.
Narrador: Cuando llegaron a la casa...
Sanne: Y bien, ¿qué habéis encontrado? ¿Dónde están los niños?
Siervo: Ni rastro de ellos. Sólo hemos visto una capilla en la que había una corona.Sanne: ¡Estúpidos! ¿Por qué no habéis roto la capilla? ¡Tendríais que haber traído la corona a casa!Narrador: A continuación se puso ella misma en marcha y fue con los tres sirvientes en busca de los niños. Los niños los vieron venir a lo lejos.
Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida. Elena: Conviértete en estanque y yo en pato encima de él.Narrador: La cocinera se acercó y cuando vio el estanque se agachó y quiso bebérselo. Pero el pato llegó nadando a toda velocidad, la cogió con el pico por la cabeza, la arrastró hasta dentro del agua y la vieja bruja se ahogó. Entonces los niños se fueron a casa muy contentos, y si no han muerto, todavía viven.

El audio y/o vídeo de este relato lo tienes aquí.

lunes, 11 de marzo de 2019

El ahijado del rey

El ahijado del rey. 1ª Parte.
(Adaptado de “Cuentos populares del mediterráneo”, Ana Cristina Herreros, Edit. Siruela).

Narrador: Había una vez un rey que emprendió un largo viaje por mar, pero en mitad de la noche se desató una fuerte tempestad que hizo naufragar la nave.
Marinero: ¡Estamos perdidos, majestad, tendremos que abandonar el barco o nos iremos con ella al fondo del mar!
Capitán: ¡Abandonad la nave, nos hundimos! ¡Agarraos a todo lo que flote y que Dios reparta suerte!
Narrador: El rey y algunos marineros más sobrevivieron y fueron arrastrados por el mar hasta la isla de Chipre. Allí, solos en la noche, se dirigieron hacia la única luz que brillaba a lo lejos que procedía de la cabaña de un pastor.
Rey: Buenas noches, pastor.
Pastor: Buenas noches, sed bienvenidos.
Narrador: El pastor mató a un cordero para asarlo y agasajar a sus invitados. Sucedió que aquella misma tarde la mujer del pastor tuvo un hijo y el rey le dijo:
Rey: Escucha, pastor, soy rey de un país no muy lejano y me gustaría bautizar a tu hijo recién nacido. Después me iré.
Pastor: Como guste su majestad.
Narrador: Al cabo de tres días, el rey bautizó al niño y se convirtió en su padrino. Luego, cuando llegó el momento de marcharse, el rey le dio un anillo al pastor y le pidió que le enviase a su hijo cuando llegase a la mayoría de edad.
Cuando el chico cumplió los dieciséis años, su padre le dijo:
Pastor: Ha llegado el momento, hijo mío, de que te presentes ante tu padrino, el rey. Márchate y lleva contigo mi bendición.
Narrador: Por el camino se cruzó con un hombre calvo que no tenía ni un pelo en la cabeza que le dijo:
Calvo: ¿Adónde vas, muchacho?
Hijo: Mi padrino el rey me ha dado este anillo y voy a presentarme ante él.
Calvo: En ese caso llévame contigo. Si le dices al rey que soy de tu familia, quizá me de un trabajo.
Hijo: Vale, amigo, ven conmigo.
Narrador: Caminaron durante mucho tiempo. Tenían sed pero no encontraron agua por ningún sitio. Al fin, encontraron un pozo. El agua estaba muy profunda. Entonces el calvo le propuso al chico:
Calvo: Mira, bajaría yo, pero tú pesas menos. Yo te sujeto con una cuerda. No tengas miedo, que te sujeto con fuerza.
Narrador: El chico bajo al fondo del pozo atado por la cuerda. Allí la soltó y la ató a la jarra de agua para subirla, y el calvo bebió.
Hijo: Ahora, échame la cuerda para que suba yo.
Calvo: ¿Subir tú? He sudado mucho para bajarte ¿y ahora quieres que te suba? Mira, sólo si me das el anillo y le dices al rey que soy yo su ahijado y que tú eres mi criado, entonces te sacaré del pozo.
Narrador: El chico tuvo que aceptar lo que le proponía el calvo si quería salvar su vida.
Calvo: Júrame que nunca dirás la verdad.
Hijo: Juro por mi vida que no te denunciaré hasta la muerte.
Narrador: Después de subirlo se pusieron en camino hasta el palacio del rey.
Soldado: ¿Alto! ¿Quién va? ¿Qué queréis forasteros?
Calvo: El ahijado del rey acompañado de su sirviente. Aquí porto el anillo que lo atestigua.
Soldado: Está bien, si eres el ahijado del rey, puedes entrar.

El ahijado del rey. 2ª Parte.

Narrador: El rey no podía creer que aquel calvo tan feo fuese su ahijado. Pero ¿qué le iba a hacer? Lo alojó en palacio y al chico lo mandó a las cuadras a cuidar a los caballos. Con el tiempo el chico se hizo amigo de la vieja criada del rey.
Un día el chico miraba un nido de golondrinas. Mamá golondrina reñía a su marido por haber tardado tanto en traer la comida para sus crías. El chico se echó a reír. El calvo y el rey pasaron por allí:
Calvo: Ve, majestad, se burla de mi porque soy calvo.
Rey: ¿Por qué te ríes?
Hijo: Majestad, las golondrinas se comportan como los humanos. Ella riñe a su marido por haber tardado tanto en traer la comida a las crías.
Calvo: Ya que entiende el lenguaje de los animales, mandadle a la India a buscar el pájaro de Pipirís.
Rey: Eso muchacho, tráeme ese pájaro o te cortaré la cabeza.
Narrador: Ya a solas, la criada del rey, viendo la preocupación del muchacho, le dijo:
Criada: Diablos, te envían a la mismísima muerte. Han ido a buscar ese pájaro cientos de hombres y todos murieron porque ninguno ha vuelto con él. De todos modos, yo sé de un caballo, que si consigues montarlo, te llevará por los aires hasta la India. Cuando llegues, espera a que las dos hogueras se apaguen y espolea entonces a tu caballo para pasar por encima de ellas. El pájaro de Pipirís tiene su nido en la rama de un árbol todo de oro. Cuando lo atrapes, vuelve a todo galope.
Narrador: Todo lo que había dicho la vieja criada era verdad y el chico siguió sus consejos. Cuando regresó al palacio con el pájaro el calvo se asombró mucho de verlo regresar con vida. A los pocos días le dijo al rey:
Calvo: Padrino, pídele al chico que nos traiga a Blondina, la muchacha de los cabellos de oro.
Rey: No le podemos pedir algo así. Todos los que lo intentaron murieron en el empeño. Blondina ha construido las torres de su castillo con las cabezas de los pretendientes y sus esqueletos sirvieron para construir los muros.
Narrador: Pero tanto insistió que el rey acabó cediendo:
Rey: Ve y tráeme a Blondina.
Narrador: De nuevo la vieja criada tuvo que consolar al muchacho:
Criada: ¿Qué te pasa, muchacho?
Hijo: Que quieren que traiga a Blondina.
Criada: Ay, hijo mío,qué tarea tan difícil te piden. Te diré qué puedes hacer. Pide al rey que te dé cuarenta odres llenos de miel, cuarenta llenos de mijo y un saco lleno de monedas de oro. Si haces lo que te digo, todo saldrá bien.
Narrador: Todo lo que pidió le fue concedido. Cuando se hizo de noche llegó con su caballo a un gran pozo. Entonces el caballo le dijo:
Caballo: Déjame pastar mientras tu duermes.
Narrador: Pero al poco tiempo el caballo le interrumpió su sueño:
Caballo: ¡Vamos, de prisa, hay inocentes en peligro!
Narrador: Efectivamente, una serpiente enroscada de un árbol cercano amenazaba con sus fauces abiertas las crías de un águila que estaban indefensas en su nido. El chico trepó por el tronco, desenvainó su espada y de un certero tajo mató a la serpiente. En esto llegó la madre de las crías de águila agitando sus alas:
Águila: ¡Cómo te atreves a atacar a mis pobres crías con tu espada, cobarde? ¡Te arrancaré los ojos con mis garras y sabrás lo que es el poder de un águila!
Aguilucho: ¡No, mamá! ¡Él nos ha salvado la vida, mató a la serpiente que quería devorarnos!
Aguila: ¿Qué quieres recibir por el bien que nos has hecho?
Hijo: Nada.
Aguila: Coge esta pluma. Cuando necesites mi ayuda, ponla encima de unas brasas y yo llegaré volando en tu ayuda.
Narrador: El chico siguió cabalgando hasta que llegaron a un bosque. El caballo al observar un enorme hormiguero le dijo:
Caballo: Baja de mi grupa y llévame de la brida para no pisar el hormiguero.
Hijo: ¡Qué buena vista tienes amigo! Ya está. Iremos con cuidado.
Narrador: Al salir del bosque se encontraron con la reina de las hormigas y su destacamento de soldados.
Reina Hormigas: ¡Eh, vosotros, por dónde habéis pisado! ¿No habréis aplastado a mis tropas?
Hijo: No, hemos venido con cuidado para no hacerles daño, pero, ¿por qué estáis tan lejos del hormiguero?
Reina Hormigas: Ay, hemos tenido que salir del bosque en busca de comida, pero aquí tampoco encontramos nada.
Narrador: Entonces el chico vació los cuarenta odres de mijo que le había pedido al rey y se los ofreció a la reina de las hormigas.
Reina Hormigas: Por este bien que nos has hecho, coge esta alita. Cuando me necesites, sólo tienes que ponerla sobre unas brasas y yo acudiré en seguida.
Hijo: Gracias, Reina de las Hormigas. Ahora, debo seguir mi camino.
Narrador: Cabalgó y cabalgó hasta que llegó al mar y en la orilla se encontraron con un enorme pez tirado que se agitaba intentando volver al mar. El chico lo cogió y lo devolvió al agua. El pez le dijo:
Pez: Por este bien que me has hecho, ¿qué quieres que te dé?
Hijo: Nada
Pez: Coge esta escama. Cuando me necesites, ponla sobre unas brasas y yo llegaré para ayudarte.
Narrador: El chico continuó su camino, pero al llegar a un arroyo vio como el agua arrastraba un panel de abejas. Con la punta de sus espada lo sacó del agua y luego volcó los cuarenta odres de miel. Las abejas, se la comieron toda, y así, bien alimentadas, pudieron reponerse de su desventura.
Reina Abejas: Por este bien que nos has hecho quiero que cojas este aguijón. Cuando me necesites, ponlo sobre unas brasas y yo llegaré zumbando.
Narrador: Cogió el aguijón y se lo metió en el bolsillo, junto a todo lo demás: la escama, la alita y la pluma. Siguió caminando y se encontró con una vieja.
Hijo: Buenos días, abuela, ¿podría decirme dónde vive Blondina?
Vieja: Vive aquí. Pero es mejor que sigas tu camino si no quieres encontrar la muerte en este lugar.
El ahijado del rey. 3ª Parte.

Narrador: Pero él siguió hasta que llegó al palacio y se presentó ante el rey, padre de la princesa Blondina.
Padre Blondina: Bienvenido seas a nuestro reina. Dime, ¿qué te trae por aquí?
Hijo: He venido para pediros a a vuestra hija Blondina.
Padre Blondina: Te la daré si consigues traerme ante de tres días este anillo que ves en mi mano y que ahora mismo voy a tirar al mar. Si no lo encuentras te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico se dirigió con su caballo al mar. Allí encendió un fuego y sobre las brasas del fuego echó la escama del pez. Éste asomó en la superficie del agua.
Pez: ¿Qué puedo hacer por ti, amigo?
Hijo: El anillo que el rey ha tirado al agua. Si no lo encuentro me cortará la cabeza.
Narrador: Y el pez convocó a todos los peces del mar y se pusieron a buscar hasta que lo encontraron.
Pez: Toma. Aquí tienes el anillo.
Narrador: Sin más tardanza se lo llevó al padre de Blondina.
Padre Blondina: Muy bien, joven. Pero todavía te queda otra prueba. Voy a mezclar todo el grano que hay en el reino. Tienes una noche para separar el grano mezclado. Si lo consigues, te daré a mi hija, si no, te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico se acordó del alita de la reina de las hormigas y la convocó según lo convenido. Ésta reunió a todo su ejército y en dos horas estaba todo el grano separado. Cuando el rey llegó a la mañana siguiente al granero, vio que todo el grano estaba separado: el trigo, la cebada y el maíz.
Padre Blondina: Muy bien, lo has logrado de nuevo. Pero todavía tendrás que superar una última prueba. Tienes que traerme el agua de la vida, si no lo consigues, ya sabes, te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico no sabía que hacer, pero colocó sobre las brasas la pluma del águila.
Águila: ¿En qué puedo ayudarte, amigo?
Hijo: El rey me ha pedido que le traiga el agua de la vida, si no lo consigo, me cortará la cabeza.
Águila: No te preocupes. El agua de la vida se encuentra en el interior de aquella montaña. Pide que te hagan una copa de oro y espérame allí.
Narrador: Cuando el chico tuvo la copa se dirigió a la montaña y se la entregó al águila. Ésta penetró en el interior, la llenó con el agua de la vida y se la devolvió al chico. Al día siguiente, el chico se la llevó al rey.
Padre Blondina: Veamos si es de verdad el agua de la vida.
Narrador: Y cogiendo su espada, le cortó el cuello al primero que encontró. Vertió el agua de la vida y el desgraciado volvió a su ser como si nada hubiese pasado.
Padre Blondina: Está bien, te daré a mi hija. Pero todavía te queda otra prueba: vendrán a esta habitación treinta y nueve chicas y también mi hija, todas irán vestidas de rojo y tendrán la cara cubierta. Entre las cuarenta deberás escoger, y la que escojas, ésa te llevarás.
Narrador: El chico recurrió al aguijón de la abeja que cuando se presentó lo tranquilizó diciendo:
Reina Abejas: No tengas miedo. Ahora mismo voy a buscar a la princesa y antes de que se cambie de ropa le haré una marca. Después, cuando la pongan con las otras treinta y nueve, volaré encima de ella y así no podrás equivocarte.
Narrador: Y así sucedió. Cuando las cuarenta muchachas estuvieron juntas, el chico supo a quién elegir. El rey ya no pudo someterlo a más pruebas.
Padre Blondina: Muy bien. El cielo te ha sido propicio, has elegido a mi hija. Tuya es.
Narrador: El chico llevó a Blondina al palacio de su padrino el rey. En cuanto llegó, el calvo se enamoró perdidamente de ella y para liberarse del chico le dijo al rey:
Calvo: Pídele al chico que trepe al manzano para coja los frutos más hermosos que son los más altos.
Rey: ¡Por Dios, no puedo pedirle eso! Esas manzanas están altísimas, podría caerse.
Calvo: Sí, sí, padrino, sí puedes, para este chico no hay hazañas imposibles.
Rey: ¡Olvídalo! Estás cada vez más caprichoso y consentido.
Narrador: Pero en cuanto el rey se dio media vuelta, el calvo le ordenó que subiera por las manzanas. El chico obedeció, pero una rama cedió y cayó al suelo con la manzana en la mano. Al comprobar el calvo que el chico había muerto, lo enterró allí mismo, en una zanja. Luego, se presentó ante Blondina con la manzana en la mano.
Blondina: ¿Y tú quién eres?
Calvo: Yo soy el amo de ese chico que os ha traído hasta aquí, y vuestro futuro esposo.
Blondina: ¡Vete de aquí inmediatamente! ¡Estúpido! ¡Presuntuoso! ¡Qué te has creído insolente!
Rey: ¿A qué vienen esos gritos, Blondina?
Blondina: Majestad, llevaos a este calvo medio loco, que no puedo ni verlo. Y haced que venga el que me ha traído hasta aquí porque es a él al único que quiero.
Rey: ¿Dónde está el chico?
Calvo: Se cayó del manzano y se mató. Así que lo enterré al pie del árbol.
Blondina: Vamos, hay que desenterrarlo inmediatamente. Y, tú, desgraciado, apártate de mi camino.
Calvo: Lo que tu digas mi querida Blondina.
Blondina: ¡Qué asco de hombre! ¡Vamos, es que no puedo con él...!
Narrador: Cuando sacaron el cuerpo del chico, Blondina le vertió el agua de la vida y el chico volvió a su ser.
Hijo: Y ahora, majestad, vais a conocer la verdad. Juré por mi vida que no lo denunciaría hasta la muerte, pero ahora que ya he muerto, no tengo que seguir cumpliendo el juramento y soy libre para contar la verdad de todo lo ocurrido.
Narrador: Y el chico contó toda la historia. El rey, cuando conoció el relato completo, ordenó que atasen al calvo a la cola de un caballo y lo arrastrasen por todo el reino. El chico se casó con Blondina y, cuando el rey murió, fue proclamado nuevo rey y reinó en aquel país.



El audio de este cuento dividido en tres partes lo tienes aquí.



martes, 23 de octubre de 2018

La novia del bandolero


A partir de 10 años.
La novia del bandolero.
(Hermanos Grimm).

Narrador: Érase una vez un molinero que tenía una hija muy linda, y cuando ya fue crecida, deseaba verla bien casada. Pensaba:
Molinero: Si se presenta un pretendiente como Dios manda y la pide, se la daré.
Narrador: Poco tiempo después, llegó uno que parecía muy rico, y como el molinero no sabía nada malo de él, le prometió a su hija. La muchacha, sin embargo, no sentía por él la inclinación que es natural que una prometida sienta por su novio, ni le inspiraba confianza el mozo. Cada vez que lo veía o pensaba en él, una extraña angustia le oprimía el corazón. Un día le dijo él:
Novio: Eres mi prometida, y nunca has venido a visitarme. 
Novia: Aún no sé dónde está tu casa. 
Novio: Mi casa está en medio del bosque oscuro. 
Narrador: Ella todo era inventar pretextos, diciendo que no sabría hallar el camino, pero un día el novio le dijo muy decidido: 
Novio: El próximo domingo tienes que venir a casa. He invitado ya a mis amigos, y para que encuentres el camino en el bosque, esparciré cenizas. 
Narrador: Llegó el domingo, y la muchacha se puso en camino; sin saber por qué, sentía un extraño temor, y para asegurarse de que a la vuelta no se extraviaría, se llenó los bolsillos de guisantes y lentejas.
A la entrada del bosque vio el rastro de ceniza y lo siguió; pero a cada paso tiraba al suelo, a derecha e izquierda, unos guisantes. Tuvo que andar casi todo el día antes de llegar al centro del bosque, donde más oscuro era. Allí había una casa solitaria, de aspecto tenebroso y lúgubre. Dominando su aprensión, entró en la casa; dentro reinaba un profundo silencio, y no se veía nadie en parte alguna. De pronto se oyó una voz:
 

Pájaro: Vuélvete, vuélvete, joven prometida. Asesinos viven en esta guarida. 
Narrador: La muchacha levantó los ojos y vio que la voz era de un pájaro, encerrado en una jaula que colgaba de la pared. 
Pájaro: Vuélvete, vuélvete, joven prometida. Asesinos viven en esta guarida. 
Narrador: Siguió la muchacha recorriendo toda la casa; pero estaba completamente desierta, sin un alma viviente. Llegó al fin a la bodega, donde había una mujer viejísima, que no cesaba de menear la cabeza. 
Novia: ¿Podríais decirme si vive aquí mi prometido? 
Vieja: ¡Ay, pobre niña ¡Dónde te has metido! Estás en una guarida de bandidos. Creíste ser una novia y celebrar pronto tu boda, pero es con la muerte con quien vas a desposarte. Mira lo que he tenido que preparar para ti: Este gran caldero con agua. Cuando te tengan en su poder, te despedazarán sin piedad, y, después de cocerte, te comerán, pues se alimentan de carne humana. Si yo no me apiado de ti y te salvo, estás perdida. 
Narrador: Dichas estas palabras, la vieja la condujo detrás de un gran barril, donde no pudiese ser vista. 
Vieja: Permanece callada como un ratoncito, sin mover ni un dedo. De lo contrario no hay salvación para ti. Por la noche, mientras los bandidos duerman, huiremos. Hace tiempo que estoy esperando la oportunidad. 
Narrador: Casi en el mismo momento se presentó la pandilla de desalmados. Traían raptada otra doncella, estaban borrachos y no hacían caso de sus lamentaciones y lágrimas. Le dieron a beber tres vasos de vino y le estalló el corazón. Le arrancaron entonces los hermosos vestidos, cortaron su cuerpo a pedazos y lo salaron. Uno de los bandidos observó que la joven asesinada llevaba un anillo de oro en el dedo meñique y, como no pudiera quitárselo, le cortó el dedo de un hachazo. El dedo saltó en el aire y fue a caer en el regazo de la novia. El bandido se puso a buscarlo por todas partes. No encontrándolo, le dijo otro de los asesinos:
Bandido 1: ¡Maldita sea, no sé dónde ha caído el anillo! 
Novio: ¿Has mirado detrás del barril grande? 
Vieja: Venid a comer, ya lo buscaréis mañana. No se va a escapar el dedo. 
Bandido 1: La vieja tiene razón, mañana lo buscaremos.
Narrador: La mujer les echó un somnífero en el vino, y al poco rato todos dormían y roncaban, tendidos en la bodega. La vieja abrió la puerta y ambas escaparon a toda prisa. El viento había esparcido la ceniza, pero los guisantes y lentejas, que habían germinado y brotado, mostraban ahora el camino a la luz de la luna. Las dos mujeres llegaron al molino a la mañana siguiente. Entonces la muchacha contó a su padre todo lo que le había ocurrido.
Llego el día designado para celebrar la boda y el padre dijo a los presentes.
Molinero: Mis queridos parientes e invitados, sentaos todos a la mesa. Me gustaría que contarais alguna historia para distraer a la concurrencia.
Narrador: La novia permanecía callada, y entonces le dijo su prometido:
Novio: Anda, corazoncito, ¿no sabes nada? ¡Cuéntanos algo! 
Novia: Pues voy a contaros un sueño que he tenido. He aquí que soñé que caminaba a través de un bosque, sola, y llegué a una casa. No había en ella alma viviente, pero de la pared colgaba una jaula, y un pájaro encerrado en ella me gritó: "Vuélvete, vuélvete, joven prometida.
Asesinos viven en esta guarida."

Lo gritó dos veces. Tesoro mío, sólo es un sueño. Entonces yo recorrí todas las habitaciones, y todas estaban desiertas; ¡pero daban un miedo!. Finalmente, bajé a la bodega, donde había una mujer viejísima. Le pregunté: "¿Vive mi novio en esta casa?." Y ella me respondió: "¡Ay, hija mía, has caído en una cueva de asesinos! Tu novio vive aquí, pero te matará y despedazará, y luego de cocerte se te comerá." Tesoro mío, sólo es un sueño. Pero la vieja me ocultó detrás de un gran barril, y, estando allí disimulada, entraron los bandidos, con ellos traían a una doncella, a la que forzaron a beber de tres clases de vino: blanco, tinto y amarillo, por lo cual le estalló el corazón. Tesoro mío, sólo es un sueño. Quitáronle entonces sus primorosos vestidos, cortaron sobre una mesa su hermoso cuerpo a pedazos y le echaron sal. Tesoro mío, sólo es un sueño. Uno de los bandidos observó que conservaba aún un anillo en el dedo meñique, y, como le costara sacarlo, cogiendo un hacha le cortó el dedo, el cual, saltando por encima del barril, fue a caerme en el regazo. Y aquí está el dedo con el anillo.
 

Narrador: Con estas palabras, sacó el dedo y lo mostró a los presentes.
El bandido, que en el curso del relato se había ido volviendo blanco como la cera, se levantó de un brinco y trató de huir, pero los invitados lo sujetaron, y lo entregaron a la autoridad. Y fue ajusticiado con toda su banda, en castigo de sus crímenes.

El audio y el vídeo de este relato lo tienes, aquí.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Los tres cabritillos


Los tres cabritillos.

Narrador: Había una vez tres cabritillos que eran hermanos. Un día decidieron pasar a lo otra orilla del río donde había una hierba verde que estaba diciendo: "Cómeme, cómeme".
Para atravesar el río debían atravesar un puente y debajo de él tenía su guarida un ogro feo y gruñón.
El primero en querer atravesar el puente fue el más joven de los cabritillos: 

Ogro: ¿Quién pasa por encima de mi puente? 
Cabritillo 1: Soy yo, el más pequeño de los tres cabritillos del bosque. Voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿Y a quién has pedido permiso? Te voy a comer ahora mismo. Cabritillo 1: No, no lo hagas, que soy muy pequeño y estoy muy flaco. Espera un poco que más atrás viene mi hermano que es mayor que yo.  
Ogro: Bueno, bueno. Si es así, puedes marchar. 
Narrador: Al poco rato llegó el segundo de los cabritillos y, al pasar, se oyeron sus pezuñas. 
Ogro: ¿Quién está cruzando por encima de mi puente?  
Cabritillo 2: Soy yo, el segundo cabritillo del bosque que voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿No sabes que debes avisar? Espera un poco que voy a comerte. 
Cabritillo 2: Bueno; pero antes te quiero decir que, si tienes un poco de paciencia, por allí viene mi hermano, el mayor, que tiene mejor bocado.  
Ogro: Está bien. Esperaré. Puedes irte. 
Narrador: Un momento más tarde, el mayor de los cabritillos llegó al puente. 
Ogro: ¿Quién anda par ahí? ¿Quién pasa por mi puente?
Narrador: Gritó el ogro relamiéndose de gusto, al ver que ya tenía un buen banquete.  
Cabritillo 3: Soy yo, el cabritillo mayor del bosque, que quiero pasar a la montaña a comer hierba fresca y verde.
Ogro: Ah, ¿Eres tú? Te esperaba. No te vayas, que te voy a hincar el diente.  
Cabritillo 3: Ven, aquí me tienes, acércate que te voy a traspasar con mis cuernos.
Narrador: Y dicho y hecho. Se lanzó sobre el ogro, le dio unos cuantos topetazos y lo tiró al río. Menudo susto y remojón.
Sin más, atravesó tranquilamente el puente y se reunió con sus hermanos. Y en los prados se quedaron comiendo cuanto quisieron.

El audio y el vídeo de este cuento lo tienes aquí.

martes, 1 de mayo de 2018

Las tres hojas de la serpiente


Las tres hojas de la serpiente.
(Hermanos Grimm)
Narrador: Vivía una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. Díjole entonces éste:
Hijo: Padre mío, estáis muy necesitado, y soy una carga para vos. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.
Narrador: El padre le dio su bendición y se despidió con honda tristeza.
El joven se alistó en el ejército y partió para la guerra.
Hijo: ¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!
Narrador: Fue tal su arrojo y valentía en el campo de batalla que el rey, al saber que sólo gracias a él se debió la derrota del enemigo, lo recompensó nombrándolo el primero del reino.
Tenía el monarca una hija hermosísima, pero muy caprichosa. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido, que no prometiese antes que, en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura:
Princesa: Si de verdad me ama, ¿para qué querrá seguir viviendo?.
Narrador: Por su parte, ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes el marido. Tal condición había ahuyentado a todos los pretendientes; pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, la pidió a su padre, el rey.
Rey: ¿Sabes la promesa que has de hacer?
Hijo: Que debo bajar con ella a la tumba, si muere antes que yo. Tan grande es mi amor, que no me arredra este peligro.
Narrador: Consintió entonces el Rey, y se celebró la boda. Vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Cuando hubo muerto, su esposo recordó la promesa que había hecho. Le horrorizaba la
idea de ser sepultado en vida; pero no había escapatoria posible. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil pensar en la huida. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta de piedra.
Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Cuando hubiera consumido aquellas vituallas, habría de morir de hambre y sed.
Una vez que tenía la mirada fija en la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó:
Hijo: ¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!
Narrador: Y la partió en tres pedazos. Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta y despedazada. Pero regresó a los pocos momentos, llevando en la boca tres hojas verdes. Cogió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al príncipe se le ocurrió que quizás las milagrosas hojas tendrían también efecto sobre las personas. Las recogió y aplicó una en la boca de la difunta, y las dos restantes, en sus ojos. Y he aquí que apenas lo hubo hecho, la sangre empezó a circular y restituyó al lívido rostro su color sonrosado. Respiró la muerta y, abriendo los ojos, dijo:
Princesa: ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
Hijo: Estás conmigo, esposa querida.
Narrador: Luego se dirigieron a la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuertemente, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó personalmente a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida. Todos se alegraron sobremanera ante la inesperada solución del triste caso. El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:
Hijo: Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarlas!
Narrador: Sin embargo, se produjo un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, quiso él emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre, y los dos esposos embarcaron. Ya en la nave, comenzó a sentir inclinación hacia el piloto que los conducía. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, cogiendo ella a su marido por la cabeza y el otro por los pies, lo arrojaron al mar. Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:
Princesa: Regresemos ahora a casa; diremos que murió en ruta. Yo te alabaré ante mi padre en términos tales, que me casará contigo y te hará heredero del reino.
Narrador: Pero el fiel criado, que había asistido a la escena, bajó al agua un botecito sin ser advertido de nadie, sacó del agua el cuerpo del ahogado, y, con ayuda de las tres hojas milagrosas que llevaba consigo lo restituyó felizmente a la vida.
Los dos remaron con todas sus fuerzas y llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Éste, al conocer la perversidad de su hija, dijo:
Rey: No puedo creer que haya obrado tan criminalmente; mas pronto la verdad saldrá a la luz del día.
Narrador: Poco después llegó el barco, y la princesa se presentó ante su padre con semblante de tristeza.
Rey: ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
Princesa: ¡Ay, padre querido! Ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte, y puede contároslo todo.
Rey: Voy a resucitar al difunto.
Narrador: Y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres. Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón. Pero el Rey dijo:
Rey: No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te restituyó la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.
Narrador: Fue embarcada junto con su cómplice en un navío perforado y llevada a alta mar, donde muy pronto los dos fueron tragados por las olas.



El audio y vídeo de este cuento lo tienes aquí.


El porquerizo


El porquerizo.
(Christian Andersen)

Narrador: Érase una vez el príncipe de un reino muy pequeño que deseaba casarse. Era bastante osado y se propuso pedírselo a la hija del emperador. Entonces, pensó qué debía enviarle algunos presentes para obsequiarla y así poder llamar su atención.
Príncipe: ¡Decidido, sí! No encontrará fragancia más suave que la rosa que da el rosal que crece sobre la tumba de mi padre. Ah, y también le enviaré mi ruiseñor, su canto le entusiasmará.
Narrador: Los regalos fueron llevados al salón del palacio en dos grandes cajas de plata. La princesa, que se encontraba allí con sus damas y su padre, el emperador, estaba ansiosa por abrirlos:
Princesa: ¡Cuánto me gustaría que fuese un pequeño gatito! ¡Oh, qué desilusión es una rosa!
Dama: ¡Qué linda es!
Emperador: Es más que bonita, ¡es hermosa!
Todos: ¡Hermosa!
Narrador: Dijeron las damas y el emperador, pero a la princesa algo le molestó
Princesa: ¡Ay, papá, qué lástima! ¡No es artificial, sino natural!
Dama: ¡Qué lástima! ¡Es natural!
Emperador: Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja.
Narrador: Y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.
Emperador: Este pájaro me recuerda la caja de música de mi difunta esposa, la emperatriz. Es la misma melodía, el mismo canto. ¡Oh, cuánto la echo de menos...!
Princesa: Espero que este pájaro no sea natural, ¿verdad?
Emperador: Pues, sí que lo es; es un pájaro de verdad.
Princesa: Entonces, dejadlo en libertad. Ah, y decidle al mensajero que ha traído los regalos... que no quiero ver a su príncipe.
Dama: ¡Un pájaro de verdad y una rosa natural, ¡qué vulgaridad! Este príncipe ha de ser muy inculto y maleducado.

Narrador: Pero el príncipe no se dio por vencido. Se embadurnó la cara de color terroso y, calándose un sombrero hasta las orejas, se presentó en la escalinata que daba acceso al palacio donde casualmente tomaba el sol el emperador.
Príncipe: Buenos días, señor Emperador. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?
Emperador: Bueno. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos, muchos cerdos.
Narrador: Y así pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un mísero cuartucho junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Se pasaba el día trabajando, y al anochecer elaboraba un pucherito, rodeado de cascabeles; tan pronto el pucherito rompió a hervir las campanillas tocaron una vieja melodía:

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.


He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo:
Princesa: ¡Es mi canción favorita! Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.
Dama: Como dispongáis mi señora, pero antes me calzaré estos zuecos. Eh, tú, porquero, ¿cuánto pides por tu puchero?
Príncipe: Diez besos de la princesa.
Dama: ¡Dios nos asista!
Príncipe: Éste es el precio, no puedo rebajarlo.
Princesa: ¿Qué te ha dicho?
Dama: No me atrevo a repetirlo. Es demasiado indecente.
Princesa: Entonces dímelo al oído.
Dama: (Bisbiseo).
Princesa: ¡Oh, qué grosero! ¡Vámonos!

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.

Escuchad, suena otra vez mi canción. Ve de nuevo y pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.
Narrador: Pero su respuesta fue...:
Príncipe: Muchas gracias. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.
Princesa: ¡Es un fastidio! Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.
Narrador: Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.
El porquerizo no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses del mundo.
Un día al pasar por el lugar... (suena una carrañaca seguida de vals)
Princesa: ¡Oh, esto es magnífico! ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?
Dama: Esta vez, ¡pide cien besos de la princesa!
Princesa: ¡Este hombre está loco! Pero hay que estimular el Arte. Por algo soy la hija del Emperador. Está bien, poneos delante de mí como la otra vez Dile que le daré diez besos, como la otra vez.
Narrador: Y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla. En ese momento el Emperador salió al balcón para tomar algo de aire fresco y se caló las lentes.
Emperador: ¿Qué alboroto hay en la pocilga? Las damas de la Corte que cestán haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.
Dama: Ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis...
Narrador: El Emperador llegó a donde estaban las damas y al contemplar la escena entró en cólera y golpeó a su hija con la zapatilla en la cabeza.
Emperador: ¿Qué significa esto? ¡Qué besuqueo es éste! ¡Fuera todos de aquí! ¡No quiero volver a verte jamás! ¡Fuera de mi reino, hija infame! ¡Y vosotras también! ¡Fuera de mi vista todo el mundo!
Narrador: Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.
Y he aquí a la princesa llorando, mientras llovía a cántaros.
Princesa: ¡Ay, mísera de mí! ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!
Narrador: Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe.
Príncipe: Ahora sé que mereces todo mi desprecio. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, pero sí creíste que, para divertirte, podías besar al porquerizo; ¡puesto esto es lo que has salido ganando!
Narrador: Y una vez hubo pronunciado estas palabras, le dijo adiós para siempre y regresó a su reino, mientras ella se quedó allí sola y abandonada.

El audio de este cuento lo tienes aquí.