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miércoles, 2 de mayo de 2018

El pájaro de fuego

El pájaro de fuego.
(Cuento popular ruso)
Narrador: En cierto reino vivía el zar Berendei con sus tres hijos. Poseía un hermoso jardín con un manzano que daba frutos de oro, pero sucedió que comenzaron a robarle las manzanas de oro por las noches. El zar redobló la vigilancia, pero nadie descubrió al ladrón. Sus tres hijos decidieron guardar el jardín, pero los dos mayores fracasaron. Cuando Iván, el menor de los hermanos, hizo su guardia permaneció totalmente despierto. Vio que un pájaro de fuego estaba posado en una rama del manzano y picoteaba las manzanas de oro.
Iván asió de la cola al ave, pero el pájaro de fuego se debatió con tanta fuerza que logró escapar, dejando en la mano del príncipe una pluma de su cola.
A la mañana siguiente, Iván se presentó ante su padre.
Zar Berendéi: Di, querido Iván, ¿has visto al ladrón?
Iván: No lo he atrapado, querido padre, pero sé ya quién comete fechorías en vuestro jardín. Aquí tienes un recuerdo del ladrón. Es el pájaro de fuego.
Zar Berendéi: Queridos hijos ¿por qué no vais a recorrer el mundo hasta encontrar al pájaro de fuego? Si no lo hacéis así, cualquier día volverá por aquí a robarme mis manzanas.
Narrador: Los hijos se pusieron en camino, cada uno en una dirección. Iván cabalgó mucho tiempo y llegó a una encrucijada. Allí, en un mojón de piedra, estaba escrito:
Iván: “Aquel que siga por el camino de en medio, sufrirá frío y hambre; el que coja el de la derecha, saldrá sano y salvo, pero perderá su caballo; y el que vaya por el de la izquierda, será asesinado, pero su caballo vivirá.”
Narrador: Iván tomó el camino de la derecha. Poco después su caballo fue ferozmente atacado y degollado por un lobo gris que desapareció en la espesura. Al anochecer, el gran lobo gris surgió del bosque:
Lobo: ¿Por qué, Iván, te veo tan triste, tan abatido?
Iván: ¿Cómo no voy a estarlo, lobo gris? Me he quedado sin mi buen caballo.
Lobo: Tú fuiste quien escogió este camino. Sin embargo me da pena verte tan cabizbajo. Dime ¿qué te lleva tan lejos? ¿A dónde vas?
Iván: Mi padre, el zar Berendei, me ha enviado a recorrer el mundo en busca del pájaro de fuego.
Lobo: En tu buen caballo no hubieras encontrado el pájaro de fuego en tres años. Sólo yo sé dónde anida y sólo yo puedo ayudarte a atraparlo. En fin, ya que me he comido tu caballo, te serviré fielmente. Monta en mi lomo y sujétate con fuerza.
Narrador: Cruzaron bosques y lagos y, por fin, llegaron a una fortaleza de altas murallas. El lobo se detuvo y dijo:
Lobo: Escúchame y recuerda bien lo que te digo. Salta la muralla y en un palacete verás una ventana en la que hay una jaula de oro con el pájaro de fuego. Toma el pájaro pero no toques la jaula o te sucederá una gran desgracia.
Narrador: Todo lo realizó como dijo el lobo pero, cuando vio la jaula, Iván fue tentado por la codicia...
Iván: ¿Acaso puedo dejar aquí una jaula tan preciosa?
Narrador: En cuanto sus dedos la rozaron, la guardia se despertó, lo apresaron y fue llevado ante el zar Afrón.
Zar Afrón: ¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿De qué padre eres hijo?
Iván: Me llamo Iván, hijo del zar Berendéi. Tu pájaro de fuego acostumbra robar las manzanas de oro del jardín de mi padre. Él me envió a buscarlo y atraparlo.
Zar Afrón:¡Qué vergüenza! ¡El hijo de un zar metido a ladrón! Si me prestas un servicio, te perdonaré e incluso te daré el pájaro de fuego. Tendrás que cruzar los veintinueve países, hasta llegar al trigésimo, donde reina el zar Kusmán, y traerme su caballo de crines de oro.
Narrador: En poco tiempo el lobo gris llevó a Iván a la fortaleza del zar Kusmán.
Lobo: Salta el muro, Iván. La guardia está durmiendo. Ve a la cuadra y saca de allí el caballo, pero ten buen cuidado de no tocar la brida, o volverá a sucederte una gran desgracia.
Narrador: Pero, de nuevo, la brida de oro despertó la codicia de Iván y al tocarla la guardia despertó y lo llevaron ante la presencia del zar. Éste, cuando supo quien era, le propuso un trato.
Zar Kusmán: ¡Si hubieras venido a mi encuentro honradamente, yo, por respeto a tu padre, te hubiera regalado mi caballo! En fin, te perdonaré si me prestas un servicio. El zar Dalmat tiene una hija que se llama Elena la Hermosa. Tráela aquí y te daré el caballo de crines de oro con su brida.
Narrador: Cuando regresó a donde lo esperaba el lobo...:
Lobo: Yo me desvivo por servirte y tú lo echas todo a perder! Esta vez, Iván, iré yo mismo a buscar a la princesa. Tú emprende el regreso, que pronto te daré alcance.
Narrador: Poco después, el lobo gris asió de sus ropas a Elena la Hermosa y dio alcance a Iván. Por fin, llegó con Elena la Hermosa e Iván al reino del zar Kusmán. El lobo le preguntó ...:
Lobo: ¿Por qué te veo tan triste y abatido, Iván?
Iván: ¿Cómo quieres que no esté triste, lobo gris? ¡Amo a Elena la Hermosa con todo mi corazón! ¿Acaso puedo cambiarla por un caballo?
Lobo: No te separaré de tu amada. Voy a transformarme en Elena y tú me entregarás al zar Kusmán. Mientras, la princesa te aguardará en este bosque y, cuando tengas el caballo de crines de oro, vendrás a buscarla. Partid enseguida los dos, que yo me reuniré con vosotros un poco más tarde.
Narrador: Escondieron a Elena en una cabaña. El lobo, tras dar una voltereta, se convirtió en Elena la Hermosa e Iván la llevó ante el zar Kusmán.
Zar Kusmán: Te agradezco mucho, Iván Zarévich, que me hayas traído la novia. Toma el caballo de crines de oro con su brida.
Narrador: Sólo quedaba dirigirse al reino del zar Afrón para entregarle el caballo a cambio del pájaro de fuego. Iván se encaprichó esta vez con el corcel de las crines de oro. El lobo gris de transformó en el caballo y fue llevado ante el zar Afrón. Éste, tomándolo por auténtico, entregó el pájaro de fuego a Iván que pronto se reunió en el bosque con Elena y el corcel verdadero. Por su parte, el lobo, en la primera oportunidad, transformado en caballo, se encabritó, el zar saltó de la silla y cayó de cabeza en un cenagal. En lugar de un caballo con las crines de oro, fue un lobo gris el que se dio a la fuga.
Iván se casó con Elena la Hermosa y vivieron muchos años felices, tan unidos que no podían pasar ni un minuto el uno sin el otro.


El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

jueves, 8 de diciembre de 2016

La princesa rana

La princesa rana.
(Afanasiev. Adaptado)
Narrador: Érase una vez cierto reino en el que vivía un zar que tenía tres hijos. Cuando se hicieron mayores, el zar los reunió y les dijo:
Rey: Mis queridos hijos, quisiera casaros antes de hacerme viejo, deseo tener nietos y entretenerme con ellos. Tomad cada uno una flecha, salid al campo y disparadla. Allí donde caiga vuestra flecha, allí tendréis que buscar esposa.
Narrador: Las flechas de los dos hermanos mayores mayores fueron recogidas por las hijas de un noble y un rico mercader. La flecha del hermano menor, el príncipe Iván, llegó a un pantano. Había allí una rana, que saltaba de piedra en piedra y sostenía la flecha entre sus patas.
Iván: Rana, ranita, dame mi flecha.
Rana: Cásate conmigo.
Iván: ¿Qué dices? ¿Acaso puedo yo casarme con una rana?
Rana: Cásate conmigo, esa es tu suerte.
Narrador: Hubo tres bodas en el palacio del zar: la del hijo mayor con la hija de un noble, la del mediano con la hija del mercader y la de Iván con la rana. Un buen día, el zar hizo llamar a sus hijos y les dijo:
Rey: Quisiera saber cuál de vuestras mujeres tiene mejores manos para la
costura. Decidles que, para mañana, deben hacerme una camisa cada una.
Narrador: Cuando la rana supo los deseos del rey, por la noche, se desprendió de su piel, se convirtió en Vasilisa la Sabia, batió las palmas y dijo:
Vasilisa: ¡Madrecitas, ayas mías, acudid sin dilación! Haced, para mañana por la mañana, una camisa como la de mi padre.
Narrador: A la mañana siguiente los hermanos llevaron a su padre las tres camisas. El rey al ver la que le mostraba el príncipe Iván dijo:
Rey: ¡Oh, verdaderamente, ésta es la más hermosa! ¡Digna de ser lucida en una fiesta! Veamos cuál de vuestras mujeres es la mejor haciendo pan. Que cada una me cueza para mañana un pan blanco y tierno.
Narrador: A la mañana siguiente, el príncipe Iván se presentó con un pan
dorado, relleno de pasas y decorado con torres y palacios, mientras que los otros dos hermanos llevaron un pan quemado y negro como un tizón.
Rey: ¡Oh, este pan es para ser comido en los días de fiesta! Esta tarde quiero que acudáis con vuestras esposas a una fiesta que voy a celebrar.
Narrador: Iván regresó a sus aposentos con el corazón apesadumbrado.
Rana: Croac-croac, Iván Zarévich ¿Qué pena te acongoja? ¿Es que tu padre no ha sido cariñoso contigo?
Iván: Tengo una buena razón para atormentarme. Ha ordenado mi padre que vaya contigo a su fiesta. Dime, ¿puedo, acaso, mostrarte delante de la gente?
Rana: No te apenes Iván, ve solo a la fiesta, yo iré después y me reuniré allí contigo. Cuando oigas ruidos y truenos diles a los invitados: Es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Narrador: Ya en la fiesta los hermanos, acompañados por sus engalanadas esposas, se burlaban de él.
H. mayor: ¿Por qué has venido sin tu mujer? Podrías haberla traído envuelta en el pañuelo. ¿Dónde has encontrado a esa beldad? ¡Seguro que tuviste que hurgar en fangosos pantanos y apestosos ríos para dar con ella!
Iván: No teman, queridos invitados, sólo es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Narrador: Ante la puerta del palacio se detuvo una carroza de oro tirada por seis caballos blancos, y de ella descendió Vasilisa la Sabia vistiendo un traje azul cuajado de estrellas.
Después del baile, Vasilisa, sacudió la manga izquierda, y ante ella apareció un lago; sacudió la derecha, y por la superficie del lago se deslizaron unos cisnes de plumaje blanco como la nieve. El zar y sus invitados no cabían en sí del asombro.
Mientras tanto, Iván salió sin ser visto, corrió a sus aposentos, encontró la piel de la rana y la arrojó al fuego.
Cuando Vasilisa la Sabia vio que la piel había desaparecido, reprochó a su esposo con tristeza:
Vasilisa: ¡Ay, Iván! ¿Qué has hecho? Si hubieras esperado tres días más, habría sido tuya para siempre. Ahora tendremos que separarnos. Búscame más allá de los veintinueve países, en el trigésimo reino, en los dominios de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Narrador: Vasilisa la Sabia se transformó en un cuclillo gris y salió volando por la ventana. Iván se despidió de su tierra y salió en busca de su mujer.
Nadie supo cuánto anduvo, pero sus botas quedaron sin suelas y sus ropas se hicieron jirones. Un buen día se encontró con un viejo en mitad de un camino.
Viejo: ¡Buenos días joven! ¿A dónde vas, qué camino llevas?
Narrador: Iván le contó sus penas y el anciano le dijo:
Viejo: ¡Ay, Iván! ¿Por qué quemaste la piel de la rana? No se la habías
puesto tú, y no eras tú quien debía quitársela. Vasilisa la Sabia nació más lista, más inteligente que su padre. Enfadado por eso, él le ordenó que viviera tres años transformada en rana. En fin, quiero ayudarte. Toma este ovillo de hilo, déjalo rodar y síguelo adonde quiera que te lleve.
Narrador: Iván echó a andar en pos del ovillo y por el camino perdonó la vida a un oso, un ánade, una liebre a los que no mató con sus flechas.
Siguiendo el ovillo, llegó a la orilla del mar. Un sollo agonizaba boqueando sobre la arena.
Sollo: ¡Ay, Iván, compadécete de mí, échame al mar azul! ¡No me dejes morir y algún día te prestaré un buen servicio!
Narrador: Echó el sollo al mar y pasado cierto tiempo el ovillo llegó a un bosque. Había allí una casa. Iván entró y vio durmiendo a la bruja Yagá Pata de Palo, los dientes sobre un estante y la nariz clavada en el techo.
Yagá: ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Qué vientos te traen? ¿Vas en busca del destino o huyes de él sin tino?
Iván: ¿Es forma ésta de acoger a un forastero? Primero hay que ofrecerle un baño, darle de comer hasta saciar su hambre y darle de beber hasta apagar su sed. Luego, cuando haya descansado, se le puede interrogar, antes no.
Narrador: Ya satisfecho, Iván le contó a la bruja Yagá que iba en busca de su mujer, Vasilisa la Sabia.
Yagá: Ya estaba enterada. Tu mujer vive ahora en el palacio de Koschéi el Inmortal. Difícil te va a ser quitársela, vencer a Koschéi no es coser y cantar.
La muerte de Koschéi se encuentra en la punta de una aguja, la aguja está encerrada en un huevo, el huevo en el interior de un pato, el pato vive dentro de una liebre, la liebre está encerrada en un cofre de piedra, y el cofre se halla en la copa de un alto roble del que cuida Koschéi como de las niñas de sus ojos.
Narrador: A la mañana siguiente reanudó el camino. Mucho anduvo pero por fin vio un alto roble en cuya copa descansaba el cofre de piedra.
De pronto apareció un oso que arrancó de cuajo el roble. El cofre cayó y se hizo añicos. Salió de él una liebre que echó a correr pero otra liebre le dio alcance. De la liebre muerta salió un pato que voló alto en el cielo. Pero un ánade se precipitó sobre él y le dio un terrible aletazo. El pato dejó caer un huevo, y el huevo se hundió en las profundidades del mar. ¿Cómo iba a encontrar el huevo en el fondo del mar? Pero, de pronto, un sollo nadó hacia la orilla, llevando en la boca el huevo. Iván cogió el huevo y con él fue en busca de Koschéi.
Al ver el huevo, Koschéi se echó a temblar. Entonces Iván cascó el huevo, sacó de dentro la aguja y le rompió la punta. Y éste fue el fin de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Vasilisa la Sabia salió corriendo al encuentro de su esposo y le besó en los labios.
Regresaron Iván y Vasilisa a su hogar, y en él vivieron felices y contentos hasta el fin de los tiempos.

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miércoles, 30 de noviembre de 2016

El zar Saltán



El zar Saltán.
(Alexander Pushkin. Adaptado)

Narrador: Érase una vez tres hermanas que hilaban sentadas junto a la ventana en una noche del más frío invierno... 
H. mayor: Si yo fuera zarina prepararía sola un festín para el mundo entero. 
H. mediana: Si fuera yo zarina hilaría un tejido de oro tan hermoso y delicado que todo el mundo lo admiraría. 
H. menor: Si yo fuera zarina le daría a nuestro zar un hijo muy fuerte. Narrador: Un momento después el zar apareció en la cabaña de las tres hermanas.
Zar: ¡Os saludo! Debéis disculparme porque estabais cerca de la ventana y alcancé a escuchar lo que conversabais. ¿De verdad, quieres darle un hijo al zar?
H. menor: Sí, señor.
Zar: Tus deseos serán cumplidos. Serás mi zarina. Y vosotras, mis queridas palomas, os encargaréis de las cocinas y los telares de palacio.
 Narrador: El zar se casó el mismo día. En la cocina gruñía la cocinera, y lloraba la hilandera junto a su rueca, envidiosas ambas de su hermana la zarina. La zarina, fiel a su palabra, quedó encinta desde aquella misma noche. Por aquel tiempo hubo una guerra: el zar Saltán se puso al frente de sus tropas y se despidió de su esposa.
Nació el príncipe y la zarina envió un mensaje a su marido para comunicarle la buena nueva. Las celosas hermanas lo cambiaron por otro que decía que había traído al mundo un monstruo. El zar contestó que la zarina y el niño fueran respetados hasta su regreso, pero las malvadas hermanas lo cambiaron por otro en el que zar daba la orden de arrojar al mar a la madre y al niño. Así pues, metieron a la madre y al bebé en un tonel y los arrojaron al mar. Sin embargo, el príncipe crecía por horas hasta convertirse en un muchacho alto y fuerte.
Príncipe: ¡Ah, ola mía, tú que vas a donde quieres, quebrando las rocas y llevando las naves en tus ondas! ¡Ten piedad de nosotros y vuelve a dejarnos en tierra!
 Narrador: Las olas lo escucharon y depositaron el barril en la playa. Habían llegado a una isla desierta donde sólo había un roble solitario.
 Príncipe: Todo esto está muy bien, pero tendré que fabricar un arco para que podamos almorzar…
Narrador: De pronto, escuchó un grito de terror y un estruendo que agitaba las aguas: un cisne blanco era atacado por un feroz halcón. Éste fue abatido por un certero flechazo. El cisne le dijo:
Cisne: Salvaste mi vida dando muerte a un monstruo perverso. Que nada te preocupe de ahora en adelante porque cuidaré de ti y de tu madre. 
Narrador: El cisne inicio el vuelo. Descansaron y, al despertar, descubrieron con asombro cerca de allí una ciudad amurallada con cúpulas doradas. 
Príncipe: Madre, no dudo de que veremos aún mayores maravillas. Estoy seguro de que es obra de mi cisne. 
Narrador: Ya en la ciudad fueron recibidos por una inmensa multitud al repique de todas las campanas. El mismo día el príncipe fue reconocido como rey y tomó el nombre de Guidón.
Un día un barco mercante atracó en el puerto. Guidón recibió a los mercaderes y les preguntó:
 Príncipe: ¿Qué clase de mercancía lleváis, caballeros, y hacia dónde os dirigís ahora? 
Comerciante: Navegamos por el mundo entero y vendemos pieles de marta y de zorro; pero ahora vamos a Oriente al reino del zar Saltán. 
Príncipe: Os deseo una feliz travesía, y os ruego saludéis de parte mía al buen zar Saltán. 
Narrador: Los navegantes se hicieron a la mar seguidos por la mirada del príncipe, que se quedó muy triste.
Pero vio de pronto al blanco cisne que se acercaba por las olas.
 
Cisne: ¡Te saludo, buen príncipe! ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan triste? 
Príncipe: Estoy triste por no haber visto desde hace tanto tiempo a mi padre. 
Cisne: Pues me es fácil complacerte: te transformaré en seguida en mosquito, y así, volando, podrás seguir al navío. 
Narrador: Y así sucedió. Transformado en mosquito alcanzó la nave, llegaron al reino de Saltán y los comerciantes se presentaron ante el zar. Éste los interrogó pero las perversas hermanas estaban presentes: 
Zar: ¿Qué prodigios habéis visto en vuestros viajes? 
Comerciante: Hemos navegado por todos los mares, mi señor, pero lo más asombroso fue que en una isla desierta, donde lo único vivo era un roble, ahora hay una hermosa ciudad amurallada. La gobierna el príncipe Guidón, quien te saluda con respeto. 
Zar: Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar a su príncipe Guidón. 
Narrador: Una de las hermanas, sospechando lo peor, dijo: 
H. mayor: ¡Vaya una cosa milagrosa! Conozco un bosque en el que crece un pino. Debajo de él hay una ardilla que canta y come nueces. Aquellas nueces tienen corteza de oro y el fruto de esmeralda. ¡Esto sí que puede decirse que es una maravilla!
Narrador: Guidón, después de picar a su tía la cocinera en el ojo, regresó a su reino. Ya allí, cuando el cisne conoció la invención de su malvada tía, lo llevó a un patio de su palacio donde vio el pino, la ardilla, las nueces de oro y las esmeraldas.
Príncipe: Gracias, mi fiel cisne.
Cisne: Sabes que cuidaré de ti y de tu madre. 
Narrador: Volvieron los comerciantes, contemplaron la maravilla hecha realidad, partieron hacia el reino de Saltán y Guidón, transformado en moscardón, les acompañó en el barco. En el palacio del zar relataron:
Zar: Y bien, ¿que maravillas han contemplado esta vez?
Comerciante: Hemos visto una cosa en verdad milagrosa: en el palacio del rey Guidón crece un enorme pino, bajo el cual se levanta un kiosco de cristal. En este kiosco vive una ardilla que, mientras canta, va rompiendo nueces. Pero las nueces no son como las otras: su cáscara es de oro puro y su fruto es una esmeralda; con las cáscaras se acuñan monedas y las muchachas recogen las esmeraldas y las ocultan en sus cofres. El príncipe Guidón, que te manda sus saludos.
 Zar: Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar a su príncipe Guidón. 
H. mayor: ¡Vaya un milagro! Sé de una cosa mucho más sorprendente. En cierto lugar, cuando el mar se agita cubriendo la orilla de blanca espuma, salen de las olas treinta y tres héroes gigantes, capitaneados por Cernamor. ¡Esto sí que puede decirse que es una maravilla!
Narrador: El moscardón, silbó y zumbó y de pronto picó a su tía en el ojo izquierdo.
H. mayor: ¡Ahhhh! ¡Te cazaremos, maldito!
Narrador: Pero era tarde ya. Guidón salió volando por la ventana y regresó a su tierra.
Una vez más caminó por la playa y le contó al cisne las fabulaciones inventadas por su malvada tía cada vez que su padre, el zar, expresaba el deseo de visitar la isla.
Cisne: ¡Bueno, príncipe! No te preocupes. Si no es más que esto, es fácil arreglarlo. Conozco a estos jóvenes héroes: son mis hermanos, y haré que se presenten aquí.
Narrador: De pronto, el mar comenzó a hervir y los treinta y tres héroes marcharon hacia la playa guiados por el propio Cernamor.
Cernamor: La princesa-cisne nos envía para proteger tu ciudad. Cada día saldremos al mar para hacer la ronda en torno a los muros. Así es que pronto nos volveremos a ver. Y ahora, adiós, pues nos molesta el aire de la tierra. 
Narrador: Nuevamente los mercaderes anclaron en el puerto y el príncipe, transformado por el cisne en un zángano, partió con ellos. Cuando los comerciantes contaron la maravilla de los soldados que surgían del mar, la hermana mayor, interrumpió:
H. mayor: ¡Vaya una maravilla! ¿Qué tiene de particular que unos mancebos salgan del mar para vigilar una ciudad? Conozco una cosa… ¡pero ésa sí que es en verdad maravillosa! Al otro lado del mar existe una princesa de belleza tal que es imposible dejar de mirarla. En sus trenzas se oculta la luna y una estrella resplandece en su frente. ¡Éste sí es un verdadero milagro!
Narrador: El príncipe se indignó, zumbó en torno a ella y la picó en la nariz.
H. mayor: ¡A él! ¡a él! ¡Esta vez te cazaremos, maldito! 
Narrador: Pero el zángano voló por la ventana, atravesó tranquilamente el mar y regresó a su isla. El cisne lo encontró caminando por la playa y le preguntó por qué seguía tan triste:
Príncipe: Porque no tengo aquí a nadie que me acompañe. Me siento muy solo. En la corte de mi padre escuché hablar de una princesa tan hermosa que es imposible dejar de mirarla.  
Cisne: Esa princesa existe. No necesitas ir muy lejos: Yo soy la princesa que buscas.
Narrador: Un instante después Guidón tuvo ante sus ojos la princesa más hermosa que pudo haber imaginado.
Un día, Guidón y su esposa, la princesa-cisne, contemplaban las velas en el horizonte:
Príncipe: Mira, es mi padre el zar quien se aproxima.
Narrador: Efectivamente, era él. Hirvió el mar y salieron los soldados; la ardilla cantaba y partía nueces de oro con esmeraldas y todos con gran alegría entraron en el palacio del trono donde se celebró un gran banquete en honor al feliz reencuentro. Todos se sentaron a comer, todos..., excepto uno de los ministros del zar que dichoso se arrojó al suelo a jugar con el gato de palacio.

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miércoles, 22 de abril de 2015

El campesino, el osos y la zorra.




El Campesino, el Oso y la Zorra.
(Afanasiev. Adaptado)

Narrador: Un día un campesino estaba labrando su campo,cuando se acercó a él un Oso y le gritó:
Oso: ¡Campesino, te voy a matar!
Campesino: ¡No me mates! Yo sembraré los nabos y luego los repartiremos entre los dos; yo me quedaré con las raíces y te daré a ti las hojas.
Narrador: Consintió el Oso y se marchó al bosque. Llegó el tiempo de la recolección. El campesino empezó a escarbar la tierra y a sacar los nabos, y el Oso salió del bosque para recibir su parte.
Oso: ¡Hola, campesino! Ha llegado el tiempo de recoger la cosecha y cumplir tu promesa.
Campesino: Con mucho gusto, amigo. Si quieres, yo mismo te llevaré tu parte.
Narrador: Y después de haber recogido todo, le llevó al bosque un carro cargado de hojas de nabo. El Oso quedó muy satisfecho de lo que él creía un honrado reparto.
Un día el aldeano cargó su carro con los nabos y se dirigió a la ciudad para
venderlos; pero en el camino tropezó con el Oso, que le dijo:
Oso: ¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?
Campesino: Pues, amigo, voy a la ciudad a vender las raíces de los nabos.
Oso: Muy bien, pero déjame probar qué tal saben.
Narrador: Apenas el Oso los probó, rugió furioso:
Oso: ¡Ah, miserable! ¡Cómo me has engañado! ¡Las raíces saben mucho mejor que las hojas! Cuando siembres otra vez, me darás las raíces y tú te quedarás con las hojas.
Campesino: Bien.
Narrador: Y en vez de sembrar nabos sembró trigo. Llegó el tiempo de la recolección y tomó para sí las espigas, las desgranó, las molió y de la harina amasó y coció ricos panes, mientras que al Oso le dio las raíces del trigo.
Viendo el Oso que otra vez el campesino se había burlado de él, rugió:
Oso: ¡Campesino! ¡Estoy muy enfadado contigo! ¡No te atrevas a ir al bosque por leña, porque te mataré en cuanto te vea!
Narrador: Cuando no tuvo más remedio entró sigilosamente en el bosque en busca de leña. La zorra salió a su encuentro.
Zorra: ¿Qué te pasa? ¿Por qué andas tan despacito?
Campesino: Tengo miedo de encontrar al Oso, que se ha enfadado conmigo, amenazándome con matarme si me atrevo a entrar en el bosque.
Zorra: No te apures, yo te salvaré; pero dime lo que me darás a cambio.
Campesino: No seré avaro: si me ayudas, te daré una docena de gallinas.
Zorra: Conforme. No temas al Oso; corta la leña que quieras y entre tanto yo
daré gritos fingiendo que han venido cazadores. Si el Oso te pregunta qué significa ese ruido dile que corren los cazadores por el bosque persiguiendo a los lobos y a los osos.
Narrador: El campesino se puso a cortar leña y pronto llegó el Oso corriendo a todo correr.
Oso: ¡Eh, viejo amigo! ¿Qué significan esos gritos?
Campesino: Son los cazadores que persiguen a los lobos y a los osos.
Oso: ¡Oh, amigo! ¡No me denuncies a ellos! Protégeme y escóndeme debajo de tu carro.
Narrador: Entretanto la Zorra, que gritaba escondiéndose detrás de los zarzales, preguntó:
Zorra: ¡Hola, campesino! ¿Has visto por aquí a algún oso?
Campesino: No he visto nada.
Zorra: ¿Qué es lo que tienes debajo del carro?
Campesino: Es un tronco de árbol.
Zorra: Si fuese un tronco no estaría debajo del carro, sino en él y atado con una cuerda.
Narrador: Entonces el Oso dijo en voz baja al campesino:
Oso: Ponme lo más pronto posible en el carro y átame con una cuerda.
Narrador: El campesino no se lo hizo repetir. Puso al Oso en el carro, lo ató con una cuerda y empezó a darle golpes en la cabeza con el hacha hasta que lo mató.
Pronto acudió la Zorra y dijo al campesino:
Zorra: ¿Dónde está el Oso?
Campesino: Ya está muerto.
Zorra: Está bien. Ahora, amigo mío, tienes que cumplir lo que me prometiste.
Campesino: Con mucho gusto, amiguita; vamos a mi casa y allí te daré las gallinas.
Narrador: El campesino se sentó en el carro y se dirigió a su casa, y la Zorra iba corriendo delante.
Al acercarse a su cabaña, el campesino silbó a sus perros azuzándolos para que cogiesen a la Zorra. Ésta echó a correr hacia el bosque, y una vez allí se escondió en su cueva. Después de tomar aliento empezó a preguntar:
Zorra: ¡Hola, mis ojos! ¿Qué habéis hecho mientras corría?
Ojos: ¡Hemos mirado el camino para que no dieses un tropezón!
Zorra: ¿Y vosotros, mis oídos?
Oídos: ¡Hemos escuchado si los perros se iban acercando!
Zorra: ¿Y vosotros, mis pies?
Pies: ¡Hemos corrido a todo correr para que no te alcanzaran los perros!
Zorra: Y tú, rabo, ¿qué has hecho?
Rabo: Yo me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo, te
cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.
Zorra: ¡Ah, canalla! ¡Pues recibirás lo que mereces!
Narrador: Y sacando el rabo fuera de la cueva, exclamó:
Zorra: ¡Comedlo, perros!
Narrador: Éstos cogieron con sus dientes el rabo, tiraron, sacaron a la Zorra de su cueva y la hicieron pedazos. 
 

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