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martes, 23 de octubre de 2018

La novia del bandolero


A partir de 10 años.
La novia del bandolero.
(Hermanos Grimm).

Narrador: Érase una vez un molinero que tenía una hija muy linda, y cuando ya fue crecida, deseaba verla bien casada. Pensaba:
Molinero: Si se presenta un pretendiente como Dios manda y la pide, se la daré.
Narrador: Poco tiempo después, llegó uno que parecía muy rico, y como el molinero no sabía nada malo de él, le prometió a su hija. La muchacha, sin embargo, no sentía por él la inclinación que es natural que una prometida sienta por su novio, ni le inspiraba confianza el mozo. Cada vez que lo veía o pensaba en él, una extraña angustia le oprimía el corazón. Un día le dijo él:
Novio: Eres mi prometida, y nunca has venido a visitarme. 
Novia: Aún no sé dónde está tu casa. 
Novio: Mi casa está en medio del bosque oscuro. 
Narrador: Ella todo era inventar pretextos, diciendo que no sabría hallar el camino, pero un día el novio le dijo muy decidido: 
Novio: El próximo domingo tienes que venir a casa. He invitado ya a mis amigos, y para que encuentres el camino en el bosque, esparciré cenizas. 
Narrador: Llegó el domingo, y la muchacha se puso en camino; sin saber por qué, sentía un extraño temor, y para asegurarse de que a la vuelta no se extraviaría, se llenó los bolsillos de guisantes y lentejas.
A la entrada del bosque vio el rastro de ceniza y lo siguió; pero a cada paso tiraba al suelo, a derecha e izquierda, unos guisantes. Tuvo que andar casi todo el día antes de llegar al centro del bosque, donde más oscuro era. Allí había una casa solitaria, de aspecto tenebroso y lúgubre. Dominando su aprensión, entró en la casa; dentro reinaba un profundo silencio, y no se veía nadie en parte alguna. De pronto se oyó una voz:
 

Pájaro: Vuélvete, vuélvete, joven prometida. Asesinos viven en esta guarida. 
Narrador: La muchacha levantó los ojos y vio que la voz era de un pájaro, encerrado en una jaula que colgaba de la pared. 
Pájaro: Vuélvete, vuélvete, joven prometida. Asesinos viven en esta guarida. 
Narrador: Siguió la muchacha recorriendo toda la casa; pero estaba completamente desierta, sin un alma viviente. Llegó al fin a la bodega, donde había una mujer viejísima, que no cesaba de menear la cabeza. 
Novia: ¿Podríais decirme si vive aquí mi prometido? 
Vieja: ¡Ay, pobre niña ¡Dónde te has metido! Estás en una guarida de bandidos. Creíste ser una novia y celebrar pronto tu boda, pero es con la muerte con quien vas a desposarte. Mira lo que he tenido que preparar para ti: Este gran caldero con agua. Cuando te tengan en su poder, te despedazarán sin piedad, y, después de cocerte, te comerán, pues se alimentan de carne humana. Si yo no me apiado de ti y te salvo, estás perdida. 
Narrador: Dichas estas palabras, la vieja la condujo detrás de un gran barril, donde no pudiese ser vista. 
Vieja: Permanece callada como un ratoncito, sin mover ni un dedo. De lo contrario no hay salvación para ti. Por la noche, mientras los bandidos duerman, huiremos. Hace tiempo que estoy esperando la oportunidad. 
Narrador: Casi en el mismo momento se presentó la pandilla de desalmados. Traían raptada otra doncella, estaban borrachos y no hacían caso de sus lamentaciones y lágrimas. Le dieron a beber tres vasos de vino y le estalló el corazón. Le arrancaron entonces los hermosos vestidos, cortaron su cuerpo a pedazos y lo salaron. Uno de los bandidos observó que la joven asesinada llevaba un anillo de oro en el dedo meñique y, como no pudiera quitárselo, le cortó el dedo de un hachazo. El dedo saltó en el aire y fue a caer en el regazo de la novia. El bandido se puso a buscarlo por todas partes. No encontrándolo, le dijo otro de los asesinos:
Bandido 1: ¡Maldita sea, no sé dónde ha caído el anillo! 
Novio: ¿Has mirado detrás del barril grande? 
Vieja: Venid a comer, ya lo buscaréis mañana. No se va a escapar el dedo. 
Bandido 1: La vieja tiene razón, mañana lo buscaremos.
Narrador: La mujer les echó un somnífero en el vino, y al poco rato todos dormían y roncaban, tendidos en la bodega. La vieja abrió la puerta y ambas escaparon a toda prisa. El viento había esparcido la ceniza, pero los guisantes y lentejas, que habían germinado y brotado, mostraban ahora el camino a la luz de la luna. Las dos mujeres llegaron al molino a la mañana siguiente. Entonces la muchacha contó a su padre todo lo que le había ocurrido.
Llego el día designado para celebrar la boda y el padre dijo a los presentes.
Molinero: Mis queridos parientes e invitados, sentaos todos a la mesa. Me gustaría que contarais alguna historia para distraer a la concurrencia.
Narrador: La novia permanecía callada, y entonces le dijo su prometido:
Novio: Anda, corazoncito, ¿no sabes nada? ¡Cuéntanos algo! 
Novia: Pues voy a contaros un sueño que he tenido. He aquí que soñé que caminaba a través de un bosque, sola, y llegué a una casa. No había en ella alma viviente, pero de la pared colgaba una jaula, y un pájaro encerrado en ella me gritó: "Vuélvete, vuélvete, joven prometida.
Asesinos viven en esta guarida."

Lo gritó dos veces. Tesoro mío, sólo es un sueño. Entonces yo recorrí todas las habitaciones, y todas estaban desiertas; ¡pero daban un miedo!. Finalmente, bajé a la bodega, donde había una mujer viejísima. Le pregunté: "¿Vive mi novio en esta casa?." Y ella me respondió: "¡Ay, hija mía, has caído en una cueva de asesinos! Tu novio vive aquí, pero te matará y despedazará, y luego de cocerte se te comerá." Tesoro mío, sólo es un sueño. Pero la vieja me ocultó detrás de un gran barril, y, estando allí disimulada, entraron los bandidos, con ellos traían a una doncella, a la que forzaron a beber de tres clases de vino: blanco, tinto y amarillo, por lo cual le estalló el corazón. Tesoro mío, sólo es un sueño. Quitáronle entonces sus primorosos vestidos, cortaron sobre una mesa su hermoso cuerpo a pedazos y le echaron sal. Tesoro mío, sólo es un sueño. Uno de los bandidos observó que conservaba aún un anillo en el dedo meñique, y, como le costara sacarlo, cogiendo un hacha le cortó el dedo, el cual, saltando por encima del barril, fue a caerme en el regazo. Y aquí está el dedo con el anillo.
 

Narrador: Con estas palabras, sacó el dedo y lo mostró a los presentes.
El bandido, que en el curso del relato se había ido volviendo blanco como la cera, se levantó de un brinco y trató de huir, pero los invitados lo sujetaron, y lo entregaron a la autoridad. Y fue ajusticiado con toda su banda, en castigo de sus crímenes.

El audio y el vídeo de este relato lo tienes, aquí.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Los tres toritos



Los tres toritos.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un hombre que tenía cuatro hijos, tres varones mayorcitos y una niña más pequeña, que se quedó viudo. El hombre volvió a casarse, pero lo hizo con una mujer que era más mala que un dolor de muelas. Así que los tres hermanos, cansados de cómo les trataba, se marcharon, se hicieron una cabaña en el bosque y allí se hicieron cazadores.
Al poco tiempo, la niña también cogió el camino y se marchó. Llegó sin saberlo a la cabaña de sus hermanos, entró en ella y todo lo encontró revuelto y desordenado. Inmediatamente dejó todo aquello en orden y reluciente, convirtiéndolo en un hogar donde se podía vivir. Terminada la tarea, la niña, se escondió en el bosque cuando llegaron sus hermanos...
H. menor: Mirad, ¿quién habrá estado aquí?
H. mayor: ¡Nos ha dejado preparada la comida!
H. mediano: Vayamos con la perrita al bosque hasta dar con ella. No debe estar muy lejos.
Narrador: Efectivamente, la perrita, siguiendo el rastro los llevó al pie de un árbol al que la niña se había subido para no ser descubierta.
¡Todos se pusieron muy contentos y comenzaron una vida en paz y en armonía!
Los hermanos salían a cazar y ella llevaba el hogar en compañía de la perrita.
Un día ésta se orinó en la lumbre de la chimenea hasta que la apagó por completo.
Niña: ¡Perra mala! ¡A ver cómo preparo ahora la comida! ¡Yo no sé hacer fuego!
Narrador: La niña salió a buscar por el bosque hasta que encontró otra casa. Y llamó a la puerta...
Maruja: ¡Vete corriendo! Esta es la casa de la bruja Curuja. ¡Mi madre no debe verte, ella es capaz de lo peor! Has tenido suerte ahora no está en casa.
Niña: Por favor, sólo necesito algo de brasas para encender el fuego.
Maruja: Está bien. Toma, pero debes irte enseguida y no volver.
Narrador: Al día siguiente, la bruja Curuja se presentó en la cabaña de la niña cuando solo estaba ella.
Curuja: A mi hija Maruja le noté enseguida que algo había pasado. Así que vengo a cobrarme las brasas que te llevaste.
Niña: ¿Y cómo le voy a pagar, bruja Curuja?
Curuja: Vendré todos los días a chuparte un poquito el dedo corazón y tú lo sacarás por la cerradura.
Narrador: La niña aceptó el trató y la bruja venía cada día a chuparle el dedo cuando estaba sola. Poco a poco la niña fue enfermando y sus hermanos al darse cuenta consiguieron que les contara lo que había pasado.
H. mayor: Ahora se va a enterar la bruja Curuja de nosotros. Recibirá su merecido. Hermanos, escuchad:
H. menor: ¿Si...?
H.mediano: Dinos.
H. mayor: Está bien. Cavaremos una fosa delante de la puerta, la taparemos con una sábana y echaremos hierbas y tierra por encima. Cuando la bruja Curuja se acerque, caerá en la trampa.
Curuja: ¡Ahhhh....!
Narrador: Así sucedió. Los tres hermanos salieron con sus palas y la enterraron.
Al poco tiempo brotaron en el mismo lugar tres coliflores embrujadas.
H. mayor: ¡Escúchame bien, hermanita! Por nada del mundo eches en la comida estas coliflores. ¿Me has entendido?
Niña: Sí.
Narrador: Pasó el tiempo y la niña se olvidó de la advertencia. Un día, echó las coliflores en la olla. Cuando sus hermanos probaron la comida, se convirtieron en tres toritos.
Niña: ¿Qué he hecho? ¡Mis pobres hermanos convertidos en toritos...! ¿Qué he hecho?
Narrador: Los siguió tratando como antes, como lo que eran: sus tres queridos hermanos convertidos en toritos.
Acertó a pasar por allí el hijo del rey y le dijo:
Príncipe: ¿Por qué una joven tan hermosa y delicada como tú está cuidando animales salvajes y violentos? Vente, cásate conmigo y vivirás en mi palacio.
Niña: Ya quisiera, señor. Estos tres toritos que ves aquí son mis hermanos por siempre encantados por mi culpa.
Príncipe: Si encantados quedaron, desencantados con el tiempo serán. Vendrán con nosotros y en misma mesa nuestra comerán.
Narrador: Aceptó la niña y se casaron, pero vivía en el palacio una tía lejana del príncipe, muy envidiosa, que había querido casar a su hija con él. Un día, cuando la niña estaba descuidada, le clavó un alfiler encantado en la cabeza y la convirtió en paloma. Luego, como era medio bruja, dotó a su hija de la apariencia de la reina. Ésta la primera orden que dio fue...:
Falsa reina: ¡Estoy harta de estos toros que todo lo ensucian! ¡Siempre atrayendo a las moscas! ¡A la plaza ahora mismo! ¡Que los toreen hasta que mueran!
Narrador: El príncipe no comprendía el cambio tan repentino de su esposa y no quiso acudir a la plaza. A lo lejos se oía el bullicio de la fiesta. Una paloma se posó en su mano y él comenzó a acariciarla. Se dio cuenta de un pequeño bulto que tenía la paloma en la cabeza. Retiró el alfiler y, al instante, apareció su mujer. Todo lo ocurrido lo supo por su boca y, antes de que dieran muerte al primer toro, les clavaron el alfiler de la paloma. Los toros volvieron a su ser natural: los tres hermosos jóvenes hermanos de la reina.
La malvada tía y su horrenda hija fueron encerradas en la torre más alta del castillo por siempre jamás.

El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

La princesa muda



La princesa muda.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un rey que se sentía viejo para gobernar y deseaba dejar la corona a su heredero. Pero sólo tenía una hija, caprichosa, y que no se quería casar. Tan caprichosa era que un día le dijo a su doncella:
Princesa: ¡Todo el mundo tiene piojos menos yo! ¿Yo quiero un piojo!
Narrador: La doncella, a una chiquilla que iba cargadita de piojos, le cogió uno y se lo llevó a la princesa.
Princesa: ¡Es un piojo precioso! ¡A éste lo voy a criar yo!
Narrador: El piojo engordó tanto de las cosas que le daba de comer que tuvo que ponerlo en un corralito, como si fuera un cerdo. El rey, cuando se enteró, se puso hecho una furia. Mandó matar el piojo y, cuando la piel estuvo seca y estirada, ordenó hacer un pandero que colocaron en la puerta del palacio. Mandó llamar a su hija y le dijo:
Rey: ¡Ahora tendrás que casarte con aquél que adivine de qué está hecho el pandero, tanto si te gusta como si no!
Narrador: De todas partes llegaron príncipes y caballeros, pero ninguno acertaba. “De lagarto”, “de cabra”, “de camello”, decían unos y otros, y la princesa se burlaba de ellos.
Un día, vio venir a un príncipe del que se quedó prendada. Éste dijo:
Príncipe: ¡De serpiente es el pandero!
Princesa: ¡Escuchadme, caballero! ¡De piojo es el pandero!
Narrador: Desde el balcón le avisó ella, pero el caballero se marchaba y no pudo oírla. Pero un viejo y andrajoso vagabundo sí la oyó. Pidió audiencia para ver al rey y disimulando dijo:
Vagabundo: ¡Este pandero está hecho de piojo cebado!
Rey: ¡Oh, Dios mío, este andrajoso con más pulgas que una jauría de perros lo ha acertado!
Princesa: ¡Que sepáis, padre mío, que no pienso casarme con este zarrapastroso!
Rey: Veréis, buen hombre, sin duda será mejor para vos que cambiemos el trato. Un saco lleno de monedas de oro y no hay boda.
Vagabundo: Ni hablar, yo quiero lo prometido, la mano de la princesa.
Rey: ¿Dos sacos?
Vagabundo: La princesa.
Rey: Está bien. Hija mía, ahora no tienes más remedio que casarte con este vagabundo porque la palabra de un rey no puede volverse atrás.
Narrador: Total, después de muchas discusiones, aseado y con ropas nuevas, la princesa se casó obligada con el viejo vagabundo.
Terminada la ceremonia quiso conocer sus propiedades y le dijo:
Vagabundo: Querida, vamos a dar una vueltecista por nuestras tierras.
Narrador: Llegaron al río y la princesa tuvo que echarse a cuestas al viejo.
Vagabundo: ¿Quién me dijera a mi que tan viejo iba a ser caballero? ¡Ja, ja, ja!
Princesa: ¡Bribón, encima te burlas de mi! ¡Al agua irás!
Narrador: El viejo al agarrarse le dio un mordisco en la nuca a su esposa, y ella se quedó sin habla. Luego se hundió y se ahogó.
La princesa, al darse cuenta de lo sucedido, no quiso volver al palacio y echó andar sola por los caminos, pidiendo limosnas. Todos se compadecían de aquella triste mudita...
Un día llegó al palacio de aquel príncipe que tanto le había gustado y que no supo acertar de qué estaba hecho el pandero. Les dio tanta lástima que la admitieron de criada. Por aquel entonces preparaban la boda del príncipe con la princesa de otro reino. Ella, junto a otras criadas, cosía y bordaba el ajuar de boda de la futura reina.
Y llegó el día de la boda. Todas las criadas se colocaron a uno y otro lado de la escalinata con sus velas encendidas para levantarlas al paso de los novios.
Novia: ¡A ver esa bobilla, que se le mancha la manga amarilla!
Narrador: Tanta rabia le dio a la muda, que de pronto empezó a hablar.
Princesa: ¿Y a mí qué me importa? ¡Para eso soy la hija del rey de Castilla!
Narrador: El príncipe se maravilló al oírla decir aquello y, como no le había gustado el detalle de soberbia de la otra, se casó en ese mismo instante con la hija del rey de Castilla. Y colorín colorado, que este piojoso cuento se ha terminado.


El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

Un fantasma infeliz



Un fantasma infeliz.

Narrador: Son las 11 en punto de la noche y Kate y Sally, dos hermanas gemelas, duermen profundamente en su desordenado dormitorio. De repente, se oyen unos golpes en la chimenea y Kate se despierta sobresaltada.
Kate: ¡Ah! ¡Sally, despierta! ¡Vamos, despierta! ¡Oh, estás profundamente dormida!
Sally: ¿Qué pasa, hermanita? ¿Por qué me despiertas?
Kate: Hay un ruido y viene de la chimenea.
Sally: Yo no escucho ningún ruido, Kate. Vamos, déjame dormir.
Kate: ¡Sshh! ¡Escucha! ¡Ahí está! ¿Lo oyes? Es un fantasma.
Sally: ¡Bah, eso no es un fantasma! Es el viento. Mira, ahora está en silencio, Kate. Quiero dormir, estoy cansada.
Narrador: Ahora son las 12 en punto de la noche y Kate se ha despertado de nuevo con un sonido desconocido que ha escuchado.
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Kate: ¡Vamos, Sally, despierta!
Sally: ¿Qué pasa ahora, Kate?
Kate: ¡Escucha bien, Sally! Es un fantasma.
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Sally: Ya te he dicho que eso no es un fantasma. Es el viento que sopla en la chimenea. Duérmete de una vez, por favor.
Kate: El ruido es cada vez más fuerte. ¡Oh, no! ¡Estoy asustada!
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Sally: ¡Qué haces, Kate!
Kate: ¿No lo ves? Meterme en tu cama. Tengo miedo.
Narrador: De repente, un fantasma salió de la chimenea. Un fantasma totalmente blanco que se echó sobre la cama y que decía...:
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Narrador: Un fantasma de los de verdad, que movía los brazos y decía cada vez más alto:
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Narrador: Entonces, Sally, como es una chica muy valiente, se puso de pie en la cama y le dijo:
Sally: ¡Uhhh para ti también! ¡Uhhhh! ¿No sabes qué hora es? ¿No tienes un reloj? Es más de medianoche. Ahora vete. Quiero dormir.
Fantasma: ¡Uhhh..., bua, bua, bua..!
Kate: ¿Qué te pasa, fantasma?
Fantasma: ¡Bua..., estoy tan solo! ¡No tengo ni un amigo!
Kate: ¡Pobre, fantasma! Yo seré tu amiga.
Fantasma: ¡Oh, gracias! Y vendré a verte todas las noches.
Sally: ¡Oh, no! Todas las noches, no.
Kate: De acuerdo. Vendrás una vez a la semana y sin hacer ruido.
Fantasma: Sin hacer ruido. Lo prometo. Gracias. Hasta la semana que viene. Adiós.
Kate: Adiós. Te veré la semana que viene.
Sally: ¡Viva! Ahora podré dormir.
Narrador: Y el fantasma se marchó en silencio por la chimenea.

Vídeo y audio de este cuento, aquí.

Las tres preguntas


Las tres preguntas.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un capitán de los ejércitos del rey que vivía tan feliz y contento, sin ninguna preocupación, que un día colocó un cartel en la puerta de su casa que decía así: “Aquí vive el capitán sin cuidados”. Aquel cartel llegó a oídos del rey y éste lo hizo llamar.
Rey: Vamos a ver, ¿por qué dice usted que es un general sin cuidados?
Capitán: Ay, majestad, que yo no sabía que pudiera hacer daño a nadie con esa frase.
Rey: Pues para que tenga más cuidado, para que tenga en qué preocuparse, le voy a hacer tres preguntas. Y, si en el término de tres días no me las contesta, le quitaré el empleo de capitán y lo mandaré como soldado raso al frente de batalla.
Capitán: Lo que ordene su Majestad.
Rey: La primera es cuánto valgo yo. La segunda, en cuánto tiempo se puede dar la vuelta al mundo; y la tercera, ¿hay alguna verdad mentira?
Narrador: Se volvió para su casa muy preocupado y se pasó el día sin hablar y sin querer hablar con nadie. Tenía este capitán un soldado que hacía las tareas de asistente y que era muy espabilado; al verlo tan cabizbajo le dijo:
Soldado: Perdone, mi capitán, ¿le pasa algo? ¿Quiere que le prepare una buena cena para aliviarle las penas? ¿Prefiere mejor un afeitado apurado? ¿Le limpio las botas?
Capitán: No, muchacho, no. Déjame tranquilo.
Narrador: Tanto insistió el soldado que el capitán le contó lo que había pasado y las tres preguntas que debía responder ante el rey.
Soldado: ¿No es más que eso? Pues pierda usted cuidado, que yo se lo arreglo todo, mi capitán. Sólo tiene que prestarme sus ropas que yo sabré responderle adecuadamente a su Majestad.
Narrador: Conque al día siguiente se presenta ante rey...
Rey: Y bien, capitán, ¿cuánto valgo yo?
Soldado: Majestad, si a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas, a su Majestad lo dejaremos en veintinueve.
Rey: Está bien, hombre, está bien. Ahora va la segunda: ¿en cuánto tiempo se puede dar la vuelta al mundo?
Soldado: Pues en el caballo de carrera que es el sol, en veinticuatro horas, Majestad.
Rey: Vaya, vaya, muy ingenioso... Está bien. Vamos por la tercera, capitán “sin cuidados”: dígame una verdad mentira.
Soldado: Pues una verdad mentira es que creéis estar hablando con un capitán, el capitán “sin cuidados” y estáis hablando con un simple soldado que es el recadero, el cocinero y el limpiabotas del capitán “sin cuidados”.
Narrador: Y le hizo tanta gracia al rey, que perdonó al capitán, pero a cambio se quedó con tan espabilado soldado. Y colorín colorado este descuidado cuento se ha acabado.





Vídeo y audio de este cuento, aquí.

El pájaro de fuego

El pájaro de fuego.
(Cuento popular ruso)
Narrador: En cierto reino vivía el zar Berendei con sus tres hijos. Poseía un hermoso jardín con un manzano que daba frutos de oro, pero sucedió que comenzaron a robarle las manzanas de oro por las noches. El zar redobló la vigilancia, pero nadie descubrió al ladrón. Sus tres hijos decidieron guardar el jardín, pero los dos mayores fracasaron. Cuando Iván, el menor de los hermanos, hizo su guardia permaneció totalmente despierto. Vio que un pájaro de fuego estaba posado en una rama del manzano y picoteaba las manzanas de oro.
Iván asió de la cola al ave, pero el pájaro de fuego se debatió con tanta fuerza que logró escapar, dejando en la mano del príncipe una pluma de su cola.
A la mañana siguiente, Iván se presentó ante su padre.
Zar Berendéi: Di, querido Iván, ¿has visto al ladrón?
Iván: No lo he atrapado, querido padre, pero sé ya quién comete fechorías en vuestro jardín. Aquí tienes un recuerdo del ladrón. Es el pájaro de fuego.
Zar Berendéi: Queridos hijos ¿por qué no vais a recorrer el mundo hasta encontrar al pájaro de fuego? Si no lo hacéis así, cualquier día volverá por aquí a robarme mis manzanas.
Narrador: Los hijos se pusieron en camino, cada uno en una dirección. Iván cabalgó mucho tiempo y llegó a una encrucijada. Allí, en un mojón de piedra, estaba escrito:
Iván: “Aquel que siga por el camino de en medio, sufrirá frío y hambre; el que coja el de la derecha, saldrá sano y salvo, pero perderá su caballo; y el que vaya por el de la izquierda, será asesinado, pero su caballo vivirá.”
Narrador: Iván tomó el camino de la derecha. Poco después su caballo fue ferozmente atacado y degollado por un lobo gris que desapareció en la espesura. Al anochecer, el gran lobo gris surgió del bosque:
Lobo: ¿Por qué, Iván, te veo tan triste, tan abatido?
Iván: ¿Cómo no voy a estarlo, lobo gris? Me he quedado sin mi buen caballo.
Lobo: Tú fuiste quien escogió este camino. Sin embargo me da pena verte tan cabizbajo. Dime ¿qué te lleva tan lejos? ¿A dónde vas?
Iván: Mi padre, el zar Berendei, me ha enviado a recorrer el mundo en busca del pájaro de fuego.
Lobo: En tu buen caballo no hubieras encontrado el pájaro de fuego en tres años. Sólo yo sé dónde anida y sólo yo puedo ayudarte a atraparlo. En fin, ya que me he comido tu caballo, te serviré fielmente. Monta en mi lomo y sujétate con fuerza.
Narrador: Cruzaron bosques y lagos y, por fin, llegaron a una fortaleza de altas murallas. El lobo se detuvo y dijo:
Lobo: Escúchame y recuerda bien lo que te digo. Salta la muralla y en un palacete verás una ventana en la que hay una jaula de oro con el pájaro de fuego. Toma el pájaro pero no toques la jaula o te sucederá una gran desgracia.
Narrador: Todo lo realizó como dijo el lobo pero, cuando vio la jaula, Iván fue tentado por la codicia...
Iván: ¿Acaso puedo dejar aquí una jaula tan preciosa?
Narrador: En cuanto sus dedos la rozaron, la guardia se despertó, lo apresaron y fue llevado ante el zar Afrón.
Zar Afrón: ¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿De qué padre eres hijo?
Iván: Me llamo Iván, hijo del zar Berendéi. Tu pájaro de fuego acostumbra robar las manzanas de oro del jardín de mi padre. Él me envió a buscarlo y atraparlo.
Zar Afrón:¡Qué vergüenza! ¡El hijo de un zar metido a ladrón! Si me prestas un servicio, te perdonaré e incluso te daré el pájaro de fuego. Tendrás que cruzar los veintinueve países, hasta llegar al trigésimo, donde reina el zar Kusmán, y traerme su caballo de crines de oro.
Narrador: En poco tiempo el lobo gris llevó a Iván a la fortaleza del zar Kusmán.
Lobo: Salta el muro, Iván. La guardia está durmiendo. Ve a la cuadra y saca de allí el caballo, pero ten buen cuidado de no tocar la brida, o volverá a sucederte una gran desgracia.
Narrador: Pero, de nuevo, la brida de oro despertó la codicia de Iván y al tocarla la guardia despertó y lo llevaron ante la presencia del zar. Éste, cuando supo quien era, le propuso un trato.
Zar Kusmán: ¡Si hubieras venido a mi encuentro honradamente, yo, por respeto a tu padre, te hubiera regalado mi caballo! En fin, te perdonaré si me prestas un servicio. El zar Dalmat tiene una hija que se llama Elena la Hermosa. Tráela aquí y te daré el caballo de crines de oro con su brida.
Narrador: Cuando regresó a donde lo esperaba el lobo...:
Lobo: Yo me desvivo por servirte y tú lo echas todo a perder! Esta vez, Iván, iré yo mismo a buscar a la princesa. Tú emprende el regreso, que pronto te daré alcance.
Narrador: Poco después, el lobo gris asió de sus ropas a Elena la Hermosa y dio alcance a Iván. Por fin, llegó con Elena la Hermosa e Iván al reino del zar Kusmán. El lobo le preguntó ...:
Lobo: ¿Por qué te veo tan triste y abatido, Iván?
Iván: ¿Cómo quieres que no esté triste, lobo gris? ¡Amo a Elena la Hermosa con todo mi corazón! ¿Acaso puedo cambiarla por un caballo?
Lobo: No te separaré de tu amada. Voy a transformarme en Elena y tú me entregarás al zar Kusmán. Mientras, la princesa te aguardará en este bosque y, cuando tengas el caballo de crines de oro, vendrás a buscarla. Partid enseguida los dos, que yo me reuniré con vosotros un poco más tarde.
Narrador: Escondieron a Elena en una cabaña. El lobo, tras dar una voltereta, se convirtió en Elena la Hermosa e Iván la llevó ante el zar Kusmán.
Zar Kusmán: Te agradezco mucho, Iván Zarévich, que me hayas traído la novia. Toma el caballo de crines de oro con su brida.
Narrador: Sólo quedaba dirigirse al reino del zar Afrón para entregarle el caballo a cambio del pájaro de fuego. Iván se encaprichó esta vez con el corcel de las crines de oro. El lobo gris de transformó en el caballo y fue llevado ante el zar Afrón. Éste, tomándolo por auténtico, entregó el pájaro de fuego a Iván que pronto se reunió en el bosque con Elena y el corcel verdadero. Por su parte, el lobo, en la primera oportunidad, transformado en caballo, se encabritó, el zar saltó de la silla y cayó de cabeza en un cenagal. En lugar de un caballo con las crines de oro, fue un lobo gris el que se dio a la fuga.
Iván se casó con Elena la Hermosa y vivieron muchos años felices, tan unidos que no podían pasar ni un minuto el uno sin el otro.


El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

martes, 1 de mayo de 2018

El hombrecito de mazapán


 
El hombrecito de mazapán.

Narrador: Había una vez un viejecito y una viejecita que se sentían muy solos porque no tenían hijos.
Un día la viejecita hizo un Hombrecito de Mazapán. Su chaquetita la hizo de chocolate y el gorro y los zapatos de azúcar reluciente.
Había acabado de poner pasas negras para hacer los botones de su chaquetita... cuando el Hombrecito saltó y salió corriendo de la casa, hacia el jardín y la calle.
El viejecito y la viejecita le persiguieron hasta el final del pueblo... pero él, riéndose, gritó:
Hombrecito: ¡Corred, corred lo más rápido que podáis! ¡No me podréis coger, pues soy el Hombre de Mazapán!
Narrador: Y no le pudieron coger. El Hombrecito de Mazapán pasó junto a una vaca blanca y negra que pasaba cerca del camino.
Vaca:¡Detente, Hombrecito de Mazapán! ¡Me gustaría comerte!
Narrador: Pero el Hombrecito se alejó corriendo y riéndose:
Hombrecito: Me he escapado de un viejecito y una viejecita, y también podré escaparme de ti. ¡No me podrás coger, pues soy el Hombre de Mazapán!
Narrador: Y la vaca no pudo cogerle. El Hombrecito de Mazapán corrió y corrió hasta que llegó a una granja en donde había algunos granjeros trabajando. Cuando le vieron, pararon de trabajar y le dijeron:
Granjero: Espera un poco Hombrecito de Mazapán, nos gustaría poderte comer.
Hombrecito: ¡Me he escapado de una viejecita, de un viejecito y de una vaca, y también podré escaparme de vosotros! ¡Corred, corred lo que podáis! ¡No me podréis coger, pues soy el Hombrecito de Mazapán!
Narrador: Entonces pensó que nadie podría cogerle, así que cuando un zorro comenzó a perseguirle en el bosque, él se rió:
Hombrecito: Me he escapado de una viejecita, un viejecito, una vaca y de una granja llena de granjeros. ¡Y también podré escaparme de ti! ¡Corre, corre lo que más puedas! ¡No podrás cogerme, pues soy el Hombrecito de Mazapán!
Narrador: Luego llegó a la orilla de un río y vio que no podía cruzarlo nadando.
Zorro: Salta sobre mi cola, yo te cruzaré.
Narrador: Cuando se habían alejado un poco de la orilla, le dijo el zorro:
Zorro: ¡Eres muy pesado para mi cola, Hombrecito de Mazapán, salta sobre mi lomo! Creo que ahí te estás mojando, salta sobre mi hombro. Oh, mi hombro se está hundiendo; ponte en mi nariz.
Narrador: Y el Hombrecito de Mazapán se colocó con cuidado sobre la nariz del zorro.
En aquel momento llegaron a la otra orilla del río, cuando de repente el zorro echó hacia atrás su cabeza... ¡para dar un mordisco!
Hombrecito: ¡Oh, soy una cuarta parte menos! ¿Cómo?, ¡ahora ya soy la mitad menos! ¡Por todos los cielos, ahora soy tres cuartas partes menos!
Narrador: Y después de esto, el Hombrecito de Mazapán nunca volvió a decir una sola palabra más.

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Las tres hojas de la serpiente


Las tres hojas de la serpiente.
(Hermanos Grimm)
Narrador: Vivía una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. Díjole entonces éste:
Hijo: Padre mío, estáis muy necesitado, y soy una carga para vos. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.
Narrador: El padre le dio su bendición y se despidió con honda tristeza.
El joven se alistó en el ejército y partió para la guerra.
Hijo: ¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!
Narrador: Fue tal su arrojo y valentía en el campo de batalla que el rey, al saber que sólo gracias a él se debió la derrota del enemigo, lo recompensó nombrándolo el primero del reino.
Tenía el monarca una hija hermosísima, pero muy caprichosa. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido, que no prometiese antes que, en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura:
Princesa: Si de verdad me ama, ¿para qué querrá seguir viviendo?.
Narrador: Por su parte, ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes el marido. Tal condición había ahuyentado a todos los pretendientes; pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, la pidió a su padre, el rey.
Rey: ¿Sabes la promesa que has de hacer?
Hijo: Que debo bajar con ella a la tumba, si muere antes que yo. Tan grande es mi amor, que no me arredra este peligro.
Narrador: Consintió entonces el Rey, y se celebró la boda. Vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Cuando hubo muerto, su esposo recordó la promesa que había hecho. Le horrorizaba la
idea de ser sepultado en vida; pero no había escapatoria posible. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil pensar en la huida. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta de piedra.
Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Cuando hubiera consumido aquellas vituallas, habría de morir de hambre y sed.
Una vez que tenía la mirada fija en la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó:
Hijo: ¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!
Narrador: Y la partió en tres pedazos. Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta y despedazada. Pero regresó a los pocos momentos, llevando en la boca tres hojas verdes. Cogió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al príncipe se le ocurrió que quizás las milagrosas hojas tendrían también efecto sobre las personas. Las recogió y aplicó una en la boca de la difunta, y las dos restantes, en sus ojos. Y he aquí que apenas lo hubo hecho, la sangre empezó a circular y restituyó al lívido rostro su color sonrosado. Respiró la muerta y, abriendo los ojos, dijo:
Princesa: ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
Hijo: Estás conmigo, esposa querida.
Narrador: Luego se dirigieron a la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuertemente, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó personalmente a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida. Todos se alegraron sobremanera ante la inesperada solución del triste caso. El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:
Hijo: Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarlas!
Narrador: Sin embargo, se produjo un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, quiso él emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre, y los dos esposos embarcaron. Ya en la nave, comenzó a sentir inclinación hacia el piloto que los conducía. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, cogiendo ella a su marido por la cabeza y el otro por los pies, lo arrojaron al mar. Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:
Princesa: Regresemos ahora a casa; diremos que murió en ruta. Yo te alabaré ante mi padre en términos tales, que me casará contigo y te hará heredero del reino.
Narrador: Pero el fiel criado, que había asistido a la escena, bajó al agua un botecito sin ser advertido de nadie, sacó del agua el cuerpo del ahogado, y, con ayuda de las tres hojas milagrosas que llevaba consigo lo restituyó felizmente a la vida.
Los dos remaron con todas sus fuerzas y llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Éste, al conocer la perversidad de su hija, dijo:
Rey: No puedo creer que haya obrado tan criminalmente; mas pronto la verdad saldrá a la luz del día.
Narrador: Poco después llegó el barco, y la princesa se presentó ante su padre con semblante de tristeza.
Rey: ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
Princesa: ¡Ay, padre querido! Ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte, y puede contároslo todo.
Rey: Voy a resucitar al difunto.
Narrador: Y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres. Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón. Pero el Rey dijo:
Rey: No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te restituyó la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.
Narrador: Fue embarcada junto con su cómplice en un navío perforado y llevada a alta mar, donde muy pronto los dos fueron tragados por las olas.



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