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domingo, 16 de diciembre de 2018

El Sr. Conejo y la Sra. Zorra


El señor conejo y la señora zorra.
(Fábula)

Narrador: Era el señor Conejo un animalito travieso y astuto, y tan insolente como una urraca. Continuamente gastaba pesadas bromas a sus vecinos, que en vano buscaban la ocasión de echarle mano. Un día dijo el señor Lobo a la señora Zorra, compañera de correrías.
Lobo: Si esta noche no damos caza a ese animalejo y de él hacemos sabrosa cena, me avergonzaré de ser lobo. Mira, tú no tienes que hacer más que esto: vete a casa ahora mismo, métete en la cama, hazte la muerta y procura estarte muy quieta, hasta que venga el señor Conejo y se acerque a ti. Entonces échale la garra.
Narrador: Así lo hizo la señora zorra: se marchó a su casa y se metió en cama. Mientras tanto, el señor Lobo se dirigió a casa del señor Conejo, y llamó a la puerta.
Lobo: Malas noticias, señor Conejo; la pobre señora Zorra ha muerto esta mañana y yo he salido a ocuparme de su entierro.
Narrador: Se alejó el señor Lobo, y el señor Conejo, curioso por saber de cerca lo ocurrido, se fue a casa de la señora Zorra. Atisbó por la puerta y la vio tendida en la cama, tan rígida como un palo y tal como si estuviese muerta. Pero como el señor Conejo no tenía pelo de tonto ni se dejaba engañar tan fácilmente, exclamó en alta voz y como si hablase consigo mismo:
Conejo: ¡Pobre señora Zorra! Parece mentira que haya muerto; pero así es, desgraciadamente. Lo mejor que puedo hacer es sentarme aquí hasta que vayan llegando los vecinos. Pero, vamos, no puedo creer que haya muerto, si es verdad lo que he oído decir de que las zorras, después de muertas, se quedan meneando una pata trasera.
Narrador: Al oír esto, la señora Zorra juzgó que tenía que hacer ver que estaba verdaderamente muerta, y se puso a menear la pata.
Lo vio el señor Conejo y salió de allí como un rayo, y no paró de correr hasta que llegó a su casa.
Aquella noche el señor Lobo y la señora Zorra no tuvieron otro remedio que acostarse sin cenar.

El audio de este relato lo tienes, aquí.



martes, 23 de octubre de 2018

La novia del bandolero


A partir de 10 años.
La novia del bandolero.
(Hermanos Grimm).

Narrador: Érase una vez un molinero que tenía una hija muy linda, y cuando ya fue crecida, deseaba verla bien casada. Pensaba:
Molinero: Si se presenta un pretendiente como Dios manda y la pide, se la daré.
Narrador: Poco tiempo después, llegó uno que parecía muy rico, y como el molinero no sabía nada malo de él, le prometió a su hija. La muchacha, sin embargo, no sentía por él la inclinación que es natural que una prometida sienta por su novio, ni le inspiraba confianza el mozo. Cada vez que lo veía o pensaba en él, una extraña angustia le oprimía el corazón. Un día le dijo él:
Novio: Eres mi prometida, y nunca has venido a visitarme. 
Novia: Aún no sé dónde está tu casa. 
Novio: Mi casa está en medio del bosque oscuro. 
Narrador: Ella todo era inventar pretextos, diciendo que no sabría hallar el camino, pero un día el novio le dijo muy decidido: 
Novio: El próximo domingo tienes que venir a casa. He invitado ya a mis amigos, y para que encuentres el camino en el bosque, esparciré cenizas. 
Narrador: Llegó el domingo, y la muchacha se puso en camino; sin saber por qué, sentía un extraño temor, y para asegurarse de que a la vuelta no se extraviaría, se llenó los bolsillos de guisantes y lentejas.
A la entrada del bosque vio el rastro de ceniza y lo siguió; pero a cada paso tiraba al suelo, a derecha e izquierda, unos guisantes. Tuvo que andar casi todo el día antes de llegar al centro del bosque, donde más oscuro era. Allí había una casa solitaria, de aspecto tenebroso y lúgubre. Dominando su aprensión, entró en la casa; dentro reinaba un profundo silencio, y no se veía nadie en parte alguna. De pronto se oyó una voz:
 

Pájaro: Vuélvete, vuélvete, joven prometida. Asesinos viven en esta guarida. 
Narrador: La muchacha levantó los ojos y vio que la voz era de un pájaro, encerrado en una jaula que colgaba de la pared. 
Pájaro: Vuélvete, vuélvete, joven prometida. Asesinos viven en esta guarida. 
Narrador: Siguió la muchacha recorriendo toda la casa; pero estaba completamente desierta, sin un alma viviente. Llegó al fin a la bodega, donde había una mujer viejísima, que no cesaba de menear la cabeza. 
Novia: ¿Podríais decirme si vive aquí mi prometido? 
Vieja: ¡Ay, pobre niña ¡Dónde te has metido! Estás en una guarida de bandidos. Creíste ser una novia y celebrar pronto tu boda, pero es con la muerte con quien vas a desposarte. Mira lo que he tenido que preparar para ti: Este gran caldero con agua. Cuando te tengan en su poder, te despedazarán sin piedad, y, después de cocerte, te comerán, pues se alimentan de carne humana. Si yo no me apiado de ti y te salvo, estás perdida. 
Narrador: Dichas estas palabras, la vieja la condujo detrás de un gran barril, donde no pudiese ser vista. 
Vieja: Permanece callada como un ratoncito, sin mover ni un dedo. De lo contrario no hay salvación para ti. Por la noche, mientras los bandidos duerman, huiremos. Hace tiempo que estoy esperando la oportunidad. 
Narrador: Casi en el mismo momento se presentó la pandilla de desalmados. Traían raptada otra doncella, estaban borrachos y no hacían caso de sus lamentaciones y lágrimas. Le dieron a beber tres vasos de vino y le estalló el corazón. Le arrancaron entonces los hermosos vestidos, cortaron su cuerpo a pedazos y lo salaron. Uno de los bandidos observó que la joven asesinada llevaba un anillo de oro en el dedo meñique y, como no pudiera quitárselo, le cortó el dedo de un hachazo. El dedo saltó en el aire y fue a caer en el regazo de la novia. El bandido se puso a buscarlo por todas partes. No encontrándolo, le dijo otro de los asesinos:
Bandido 1: ¡Maldita sea, no sé dónde ha caído el anillo! 
Novio: ¿Has mirado detrás del barril grande? 
Vieja: Venid a comer, ya lo buscaréis mañana. No se va a escapar el dedo. 
Bandido 1: La vieja tiene razón, mañana lo buscaremos.
Narrador: La mujer les echó un somnífero en el vino, y al poco rato todos dormían y roncaban, tendidos en la bodega. La vieja abrió la puerta y ambas escaparon a toda prisa. El viento había esparcido la ceniza, pero los guisantes y lentejas, que habían germinado y brotado, mostraban ahora el camino a la luz de la luna. Las dos mujeres llegaron al molino a la mañana siguiente. Entonces la muchacha contó a su padre todo lo que le había ocurrido.
Llego el día designado para celebrar la boda y el padre dijo a los presentes.
Molinero: Mis queridos parientes e invitados, sentaos todos a la mesa. Me gustaría que contarais alguna historia para distraer a la concurrencia.
Narrador: La novia permanecía callada, y entonces le dijo su prometido:
Novio: Anda, corazoncito, ¿no sabes nada? ¡Cuéntanos algo! 
Novia: Pues voy a contaros un sueño que he tenido. He aquí que soñé que caminaba a través de un bosque, sola, y llegué a una casa. No había en ella alma viviente, pero de la pared colgaba una jaula, y un pájaro encerrado en ella me gritó: "Vuélvete, vuélvete, joven prometida.
Asesinos viven en esta guarida."

Lo gritó dos veces. Tesoro mío, sólo es un sueño. Entonces yo recorrí todas las habitaciones, y todas estaban desiertas; ¡pero daban un miedo!. Finalmente, bajé a la bodega, donde había una mujer viejísima. Le pregunté: "¿Vive mi novio en esta casa?." Y ella me respondió: "¡Ay, hija mía, has caído en una cueva de asesinos! Tu novio vive aquí, pero te matará y despedazará, y luego de cocerte se te comerá." Tesoro mío, sólo es un sueño. Pero la vieja me ocultó detrás de un gran barril, y, estando allí disimulada, entraron los bandidos, con ellos traían a una doncella, a la que forzaron a beber de tres clases de vino: blanco, tinto y amarillo, por lo cual le estalló el corazón. Tesoro mío, sólo es un sueño. Quitáronle entonces sus primorosos vestidos, cortaron sobre una mesa su hermoso cuerpo a pedazos y le echaron sal. Tesoro mío, sólo es un sueño. Uno de los bandidos observó que conservaba aún un anillo en el dedo meñique, y, como le costara sacarlo, cogiendo un hacha le cortó el dedo, el cual, saltando por encima del barril, fue a caerme en el regazo. Y aquí está el dedo con el anillo.
 

Narrador: Con estas palabras, sacó el dedo y lo mostró a los presentes.
El bandido, que en el curso del relato se había ido volviendo blanco como la cera, se levantó de un brinco y trató de huir, pero los invitados lo sujetaron, y lo entregaron a la autoridad. Y fue ajusticiado con toda su banda, en castigo de sus crímenes.

El audio y el vídeo de este relato lo tienes, aquí.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Miguelín, el valiente


Miguelín, el Valiente.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)
Narrador: Había una vez un matrimonio que tenía tres hijos. El menor de ellos se llamaba Miguelín y, aunque pequeño, era muy listo y valiente. Un día, como sus padres eran muy pobres, les dijeron que ya no podían seguir manteniéndolos y que tenían que salir a buscarse la vida.
Anda que anda, llegaron a una casa enorme cuando la noche se tragaba la luz de la tarde. Llamaron a la puerta y salió a recibirlos una horrible giganta:
Giganta: ¿Qué andáis buscando por aquí?
Miguelín: Nada, señora. Nos hemos perdido y no sabemos donde pasar la noche.
Giganta: Está bien, muchachos, podéis quedaros aquí. Os daré algo de cenar y mañana seguiréis vuestro camino. Pasad.
Narrador: El gigante se alegro mucho al verlos. Como sólo tenían una cama, arrimó a sus tres hijas, que ya estaban dormidas, al lado de la ventana y ellos se acostaron al filo de la cama. Miguelín sospechaba de tanta amabilidad y permanecía despierto. Le oyó decir al gigante:
Gigante: En cuanto se duerman les corto el pescuezo y ya tenemos comida para mañana.
Narrador: Miguelín despertó a sus hermanos:
Miguelín: Vamos, despertad, no hagáis ruido. Pasemos a las tres hijas al filo de la cama y hagámonos los dormidos.
Narrador: Llegó de puntillas en la oscuridad el gigante con un cuchillo y, sin saber que eran ellas, mató a sus tres hijas. Al amanecer los tres hermanos escaparon por una ventana.
Corriendo, corriendo llegaron al castillo del rey. Éste nombró a Miguelín consejero para asuntos de gigantes y sus hermanos le tomaron más envidia. Un día le dijeron al rey:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que el gigante tiene el caballo más hermoso del mundo, y que Miguelín es capaz de traéroslo?
Rey: Lo quiero, lo quiero. Miguelín, tráelo.
Narrador: Miguelín se puso en camino y cuando llegó a casa del gigante se coló en la cuadra entrando por la gatera. Le amarró al caballo unos trozos de sacos en la pezuñas para que no hiciera ruido al andar, se montó en él y, tan campante, se lo llevó al rey. Los hermanos se morían de la envidia.
Otro día le dijeron a la reina:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que la giganta tiene el loro más parlanchín que se haya visto y oído, y que Miguelín es capaz de traéroslo?
Narrador: Allá que fue otra vez Miguelín a casa de la giganta. Se metió por la gatera, llegó hasta el dormitorio y cuando fue a echarle mano al loro, éste empezó a gritar:
Loro: ¡Giganta, que me roban! ¡Giganta, que me roban!
Giganta: ¡Qué dices, mamarracho! ¡Si aquí no hay nadie...! ¡Toma para que no me despiertes más en una temporada!
Narrador: Y le dio un manotazo al loro que lo dejó listo. La giganta se volvió a dormir y pudo llevarse al loro como si tal cosa.
La reina quedó contentísima con su loro, pero la envidia crecía y crecía en los corazones de los hermanos. Otro día le dijeron a la hija del rey:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que en la cama de los gigantes está la manta más bonita del mundo, y que Miguelín dice que le gustaría traérosla para regalo de boda?
Narrador: Y Miguelín tuvo que volver por tercera vez a la casa de los gigantes. Se escondió debajo de la cama y comenzó a tirar de la manta:
Gigante: Giganta, deja de tirar de la manta o te doy un sopapo.
Giganta: ¡No soy yo quien tira, eres tú como siempre!
Gigante: ¿Yo...? !Ahora verás!
Narrador: Y comenzaron a perseguirse por la casa el uno al otro sin dejar de darse guantazos. Miguelín aprovechó la confusión para coger la manta y salir corriendo.
Cuando la princesa vio aquella manta tan preciosa se quedó enamoradita de Miguelín. El rey y la reina consintieron la boda, que fue muy sonada. Y Miguelín lo primero que hizo fue mandar a sus hermanos a casa de sus padres, cargados de regalos, para quitárselos de encima. Y colorín, colorado, este gigantesco cuento se ha acabado.



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