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jueves, 11 de febrero de 2016

Los trabajos de Hércules II

Los trabajos de Hércules II.
(Basado en Los doce trabajos de Hércules, Christian Grenier, Anaya, y Los trabajos de Hércules, Milan)

Narradora: Hércules había realizado siete trabajos para su primo Euristeo, pero aún debía de saldar su deuda para expiar su culpa con seis terribles tareas más. Atrapó a la cierva de los pies de bronce; se apoderó del cinturón de Hipólita, reina de las Amazonas; robó los bueyes de Gerión; custodiados por un perro de dos cabezas y un dragón de siete; limpió los establos del rey Augías, desviando la corriente de un río, que albergaban tres mil bueyes y no habían sido limpiados en treinta años; pero, sin duda, la tarea más complicada fue cuando su primo Euristeo le ordenó que realizara el que sería su último trabajo:
Euristeo: Hércules, quiero que me traigas a Cerbero, el guardián de los infiernos.
Hércules: ¡Euristeo, sabes que es una locura! ¡Sabes que solo los muertos pueden acceder a la región del Tártaro! ¡Nadie conoce donde se encuentra la cueva por la que penetrar al reino de Plutón!
Euristeo: ¡Tráeme a Cerbero y habrás cumplido las órdenes del oráculo!
Narradora: Efectivamente, Hércules debía visitar una región subterránea, el Tártaro, donde el dios Plutón gobernaba el reino de los muertos, si quería saldar su deuda. Caronte era el barquero encargado de que las almas atravesaran el río Estigio. Ya en la otra orilla, se abrían las puertas del Tártaro. Nadie podía regresar. El can Cerbero, un perro con tres cabezas y cola de dragón, guardaba las puertas siempre abiertas para que ninguna alma pudiera salir.
Júpiter, consciente de la dificultad de la tarea, mandó a Mercurio que lo llevase a la caverna que comunicaba con el reino subterráneo. Ya en el interior apareció un lago de hirvientes aguas negras que emitían un hedor nauseabundo. Una barca más negra que el propio río, conducida por un arisco y barbado anciano, apareció entre las sombras.
Almas ambiente: ¡Déjame subir, déjame subir! ¡Te lo suplico!¡Cógeme a mi, barquero, traigo las monedas para el viaje! ¡Caronte, apiádate de nosotros! ¡No nos vuelvas a dejar en esta infecta orilla! ¡Por piedad, sácanos de aquí!
Caronte: ¡Apartaos! ¡Apartaos! ¡No, tú no, baja de la barca! Al morir no pensante en meter en tu boca el óbolo para pagar el viaje, ¿verdad? Vete a penar a la orilla que prefieras de los cuatro ríos otros cien años, miserable. ¡Apartaos, os he dicho!
Mercurio: Caronte, ¿me recuerdas?
Caronte: Como no. Bien sé que sois Mercurio, el hijo de Júpiter.
Mercurio: Es voluntad de mi padre que llevéis a Hércules a la otra orilla.
Caronte: Pero bien sabéis...
Mercurio: Sin rechistar, ¿entendido? A él solo en ese viaje.
Caronte: Así sea. No seré yo quien se niegue a la voluntad de los dioses.
Mercurio: Aquí termina mi misión. Ahora tendrás que arreglártelas tú solo.
Caronte: ¡No te muevas, joven! ¡Vas a conseguir que nos caigamos a las aguas mágicas del Estigio!
Hércules: ¡Aquiles bien que se bañó en ellas!
Caronte: No sé bañó. Su madre, para que fuera inmortal, lo sumergió en las aguas del río cuando era un niño. Pero como lo sostuvo por el talón, esa parte de su cuerpo quedó vulnerable. Cuidado, que vamos a atracar. Y un buen día, Aquiles encontró la muerte por una flecha clavada en el talón.
Hércules: ¿Qué camino he de tomar ahora?
Caronte: Ese es el Campo de la Verdad. Allí es donde los ayudantes de Plutón pesan las almas de los muertos. Las almas buenas serán enviadas a los Campos Elíseos por aquel camino que asciende; sin embargos, los pecadores, se verán condenados a las profundidades del Tártaro. Tomad el sendero que baja si es a ese nefasto lugar a donde queréis ir.
Narradora: Algo después, Hércules atravesó dos puertas monumentales y vio al dios Plutón sentado en su trono.
Plutón: ¿Quién eres?
Hércules: Mi nombre es Hércules. Mi primo Euristeo, al que debo obediencia, me ha ordenado que le lleve tu perro, Cerbero.
Plutón: ¡Desde luego no te falta valor! Conozco tu fama. ¿Así que quieres enfrentarte a él? Está bien. Pero lo harás sin ningún arma. Y bien, Cerbero, ¿a qué esperas para atacar y morder?
Narradora: Hércules agarró al animal por el cuello y apretó hasta sofocarlo. Sus gemidos se hicieron cada vez más débiles.
Plutón: ¡Espera! No mates a mi fiel Cerbero. Toma esta correa para que te lo puedas llevar. Sin él las sombras podrán escapar de mi reino.
Narradora: En el camino de regreso hacia Tirinto, por su mente pasó todo lo que su primo le había encargado: las doce hazañas y los ocho años de servicio. Ya en los muros de la ciudad...
Hércules: Euristeo, aquí tienes lo que me pediste; al guardián del Tártaro.
Euristeo: Pero...¿es Cerbero? ¿El guardián de los Infiernos? Y... ¿lo has traído hasta aquí?
Hércules: ¿No es eso lo que querías?
Euristeo: Has conseguido llevar a cabo todos los trabajos que te impuse, Hércules. Has logrado tu libertad y has ganado.
Hércules: No te confundas Euristeo, en esta partida tú y yo sólo hemos sido simples peones en manos de los dioses, que dirimían sus diferencias valiéndose de nosotros.
Euristeo: Contéstame, Hércules, ¿qué ocurrirá ahora con las sombras..., con las almas de los muertos...?
Hércules: Tarde te acuerdas de las consecuencias de tu desafío al mismísimo Plutón. Ahora nada les impedirá salir del Tártaro.
Euristeo: ¡Hércules, te lo ruego, ve y devuelve este animal a su amo!
Hércules: ¿No juraste que mi último trabajo sería capturar a Cerbero? ¿Aún tendré que hacer una tarea más?
Euristeo: ¡Hércules, hazlo por mí!
Hércules: ¿Por ti? No, Euristeo, por ti, no; lo haré por el bien de todos, para que aquellos que han maltratado a sus semejantes permanezcan para siempre en los Infiernos.
Narradora: A la mañana siguiente, volvió a emprender el camino hacia los Infiernos y devolvió a Cerbero a su amo.
Absuelto de sus faltas y liberado de los castigos a los que había sido condenado, sentía su mente liberada y su corazón ligero. Al final de su existencia, tras un último suplicio, su alma regresaría al Olimpo, a casa de su padre divino.


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miércoles, 3 de febrero de 2016

Los trabajos de Hércules I



Los trabajos de Hércules I.
(Basado en Los doce trabajos de Hércules, Christian Grenier, Anaya, y Los trabajos de Hércules, Milan)

Narrador: Hércules se dirigió a Tirinto para ponerse a las órdenes de su primo, Euristeo, rey de la ciudad, y así realizar durante ocho años los trabajos que aquél le ordenase; única forma de lavar sus crímenes ante los dioses.
Venció al terrible León de Nemea que, invulnerable a cualquier tipo de armas, Hércules estranguló con sus propias manos. Dio caza al gigantesco Jabalí del monte Erimanto tras cinco días de persecución sin tregua. Se enfrentó a Las aves del lago Estimfalo, que devoraban a los hombres y a los rebaños; con El toro de Creta; con Los caballos del rey Diomedes, que se alimentaban de carne humana; con La hidra del pantano de Lerna, cuyas cabezas volvían a crecer cada vez que se las cortaba. Hércules salió vencedor de todas esas empresas gracias no sólo al empleo se la fuerza sino también de la inteligencia.
Un día, el cruel Euristeo, le dijo:
Euristeo: Hércules, quiero que me traigas las manzanas doradas del jardín de las Hespérides.
Hércules: Euristeo, nadie sabe dónde se encuentra ese jardín. Además, sus manzanas son sagradas; fueron el regalo que Gea hizo a Juno con motivo de su matrimonio con Júpiter.
Euristeo: ¿Acaso olvidas que has de obedecer mis órdenes, Hércules? Márchate, y cuanto antes mejor. ¡Y no vuelvas si no es con ellas...!
Narrador: Tras una larga e infructuosa búsqueda, las ninfas del río Eridán le dijeron:
Ninfa: Nosotras no lo sabemos, pero pregúntale a nuestro padre.
Hércules: ¿Vuestro padre?
Ninfa: Sí, el dios Nereo. Lo encontrarás dormitando a la sombra de una roca. Es un anciano lleno de arrugas.
Nereo: ¡Insolente! ¿Cómo te atreves a interrumpir mi sueño?
Narrador: Al instante, Nereo, se transformó en un león y se abalanzó sobre él. Hércules no tardó en dominar a la fiera. Luego, Nereo, se convirtió en una serpiente y agarrándola por el cuello...:
Hércules: Nereo, no me das miedo...
Nereo: ¡Jajaja! ¡Está bien, Hércules, no cabe duda que eres obstinado! Has de saber que el jardín de las Hespérides se encuentra cerca del famoso monte Atlas.
Hercules: ¿Donde habita el gigante que sostiene la bóveda celeste?
Nereo: Efectivamente. Pero ten cuidado, Hércules, porque Ladón, el dragón de cien cabezas, custodia la entrada al jardín.
Hercules: No le tengo miedo.
Nereo: Hazme caso, emplea tu astucia y procura que sea el mismo Atlas quien consigas las manzanas por ti.
Hercules: Nereo, ¿cómo podré agradecértelo?
Nereo: Sigue tu camino y deja que siga durmiendo la siesta.
Narrador: Caminaba ya cerca de las cimas del monte Atlas cuando se quedó maravillado al contemplar en el pico de la montaña al gigante más impresionante que jamás hubiera conocido. Sus brazos sostenían por encima de su cabeza la inmensa bóveda celeste. Hércules le explicó quién era y por qué estaba allí.
Atlas: Sólo tienes que pedirle al fiel guardián del jardín, Ladón, que te lleve hasta el árbol.
Hercules: Escucha, te propongo sustituirte mientras tu vas por la manzanas doradas; así podrás descansar.
Atlas: ¿Estarías dispuesto a hacer eso por mi?
Hercules: Lo intentaré, Atlas, pero tendrás que darte prisa, pues no soy tan fuerte como tú.
Narrador: Atlas se alejó mientras Hércules con el paso del tiempo se impacientaba y temía no poder resistir. De repente, lo vio aparecer portando una cesta en la que resplandecían las manzanas doradas.
Hercules: Temí que no volvieras.
Atlas: He estado pensando que sostienes muy bien la bóveda celeste y que seré yo el que vaya a llevarle las manzanas a Euristeo. Así te ahorro el viaje de vuelta y yo podré darme un paseo. !Jajaja! ¡Estoy encantado de haber encontrado sustituto!
Hercules: ¡Espera, espera! No te marches aún. El cielo no está bien acomodado en mis hombros. ¡Ayúdame a equilibrar bien el peso antes de partir!
Atlas: ¡Qué quieres que haga?
Hercules: Sostenlo un momento mientras yo adopta la postura adecuada. Así, eso es, muy bien, cógela tú ahora!
Narrador: Hércules le pasó el pesado fardo y luego le dijo:
Hercules: Te agradezco que depositaras tanta confianza en mi, pero debo ser yo el que entregue esas manzanas a Euristeo. Sigue así, que lo haces muy bien. Sin duda, eres el más adecuado para sostener el cielo.
Narrador: Cuando llegó a Tirinto, Euristeo, asustado, al ver las manzanas dijo:
Euristeo: ¡Hércules! Estas frutas son de Juno, sé que son sagradas. No pensé que las conseguirías...¡quédatelas tú, no las quiero volver a ver!
Narrador: Minerva, diosa de la guerra y de la sabiduría, que sabía los peligros que corría Hércules al tener las manzanas propiedad de Juno, se le apareció en sueños:
Minerva: Hércules, puedes estar tranquilo. Vengo a recuperar las manzanas de oro. Yo misma las devolveré.
Narrador: Cuando Hércules despertó, en el cesto ya no había nada más que unas extrañas frutas, para él desconocidas, que se parecían vagamente a las famosas manzanas. Hércules probó su zumo; su sabor era ácido y delicioso. Aquellas frutas que Minerva había colocado en el lugar de las manzanas de oro se llamarían más tarde igual que su color: naranjas.
A Hércules aún le quedaban más trabajos que realizar para expiar su culpa, pero esa..., esa es otra historia.

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jueves, 30 de mayo de 2013

Hércules 1ª parte.

Julia Rodríguez Morales.



Hércules 1ª Parte: El nacimiento.
(Adaptado de Christian Grenier. Los doce trabajos de Hércules. Editorial Anaya)

Narradora: Anfitrión, rey de Tebas, había tenido que abandonar la ciudad al frente de sus tropas para repeler la agresión de sus enemigos vecinos.
En su ausencia, una pequeña guarnición quedaría de guardia para proteger la ciudad.
Aquella noche, Filos, alarmado, despertó a la guardia que se había quedado dormida a las puertas de la ciudad.

Filos: ¡Vamos, despertaos! ¿Oís ese ruido de galope a lo lejos? ¡Son los telebeos! ¡Vienen a tomar la ciudad por sorpresa!

Narradora: El pánico corrió por sus venas. Inmediatamente antes de partir, Anfitrión le había hecho el siguiente encargo:

Anfitrión: Dejo a Alcmena bajo tu protección. ¡Cuida de que durante mi ausencia no le suceda nada malo!

Narradora: Hacía poco tiempo que Anfitrión se había casado con la bella Alcmena, hija del rey de Micenas.

Filos: No. Aguardad... Eso no es un ejército en marcha: ¡No oigo más que el galopar de un caballo!

Narradora: De repente, un caballo surgió de la oscuridad montado por un jinete con resplandeciente armadura. Filos dio un paso al frente:

Filos: ¡Alto! ¿Quién eres, forastero? ¡Habríamos podido darte muerte! ¿Acaso ignoras que estamos en guerra?
Júpiter: Lo sé mejor que nadie. ¿Así recibís al amo de estos lugares?
Filos: ¿Sois vos, señor? ¿Cómo venís solo, a estas horas y sin escolta?
Júpiter: Sois unos soldados muy valientes. Filos, condúceme hasta donde está mi esposa.
Filos: Majestad, perdonad mi osadía, ¿debemos temer la victoria de nuestros enemigos?
Júpiter: No te preocupes, Filos. Mi visita no tiene nada que ver con la guerra. Echo en falta a la hermosa Alcmena. He querido darle una sorpresa.

Narradora: Ya en el dormitorio, Alcmena, al reconocer a su esposo, no pudo contener su angustia:

Alcmena: ¡Anfitrión! ¿Qué haces aquí? ¿Qué catástrofe me vienes a anunciar?
Júpiter: ¡Ninguna, amada mía! Tenía tantas ganas de verte... Alcmena, tu belleza es tan grande que hasta los propios dioses se condenarían por ti...
Alcmena: ¡Ven!
Júpiter: Pero bueno, Filos, ¿todavía sigues ahí? ¿No te parece que ha llegado el momento en que nos dejes a solas?

Narradora: Cuando Filos regresó a las puertas de la ciudad, del cielo empezó a caer una extraña lluvia: gotitas de oro que cubrieron los cerros de los alrededores y la ciudad de Tebas.

Filos: ¡Mirad! Esta no es una noche cualquiera.

Narradora: El forastero volvió a aparecer en las puertas de la ciudad y, sin decir palabra, partió al galope al tiempo que la lluvia dejó de caer.
Al poco tiempo, Anfitrión regresó victorioso con su ejército a Tebas. Al reunirse con Alcmena le dijo:

Anfitrión: ¡Amada mía, estos meses sin verte me han parecido eternos! Hace tiempo que aguardaba este momento...
Alcmena: Pero si conseguiste escaparte y venir a verme a escondidas. ¿Sabes que de esa noche espero un hijo?
Anfitrión: ¿De qué me hablas? ¡Yo no me he separado de mis tropas! ¿Quién es ese hombre que confundiste conmigo?
Alcmena: ¿Cómo puedes pensar que te confundiera con otro?
Anfitrión: Alcmena, ¿qué mentira inventas para esconder tu infidelidad?

Narradora: Anfitrión hizo llamar a Filos quien confirmó las palabras de su esposa. El rey, en un rapto de ira, desenvainó la espada. En aquel mismo instante, un intenso resplandor iluminó la estancia y el dios Júpiter apareció envuelto en una aureola de luz vestido con la misma armadura que llevaba aquella noche.

Júpiter: Aplaca tu cólera, Anfitrión. Alcmena no te ha traicionado. Fui yo el que adopté tus rasgos para poderla visitar. Sí, lleva en su seno a un hijo que llegará a ser un héroe. ¡Su fuerza y sus hazañas serán legendarias! ¡Y al niño le pondréis por nombre Hércules!

Narradora: Luego desapareció en medio de un relámpago seguido de un gran trueno.
En el Olimpo, la morada de los dioses, Juno, esposa de Júpiter, que había escuchado punto por punto las palabras de su infiel marido, le esperaba con toda su cólera:

Juno: ¡De modo que me has vuelto a engañar con otra! ¡Tienes la despreciable costumbre de mezclarte con las humanas para hacerles hijos!
Júpiter: ¡Te juro que será la última vez! Hércules será invencible. Gobernará Micenas, reino de su madre, y Tirinto, reino de su padre.
Juno: ¡No corras tanto, Júpiter! A ese niño yo ya lo odio. Otro niño podría llegar a ser rey de esas ciudades.
Júpiter: ¿Otro niño? ¿Cuál?
Juno: El que tendrán Esténelo y Nícipe, su esposa. ¿Acaso olvidas que Esténelo es también descendiente de Perseo?

Narradora: Júpiter sabía que aquel niño aún no había nacido. Así que recurrió a su astucia:

Júpiter: Tienes razón, Juno. Los dos primos no podrán reinar a la vez. Te propongo que el que nazca primero tenga absoluta prioridad sobre el otro.
Juno: De acuerdo. ¿Me das tu palabra, Júpiter?
Júpiter: ¡Te la doy!

Narradora: Pero Juno consiguió que Nícipe quedara embarazada y que el niño naciera antes de tiempo; una criatura débil y menuda, que llevaría el nombre de Euristeo, futuro rey de Micenas y de Tirinto. Los planes de Júpiter se vinieron abajo y Hércules no tendría más remedio que acatar sus órdenes.
Poco después, Alcmena dio a luz dos niños. Uno de ellos, de un tamaño fuera de lo común y de una belleza excepcional, Hércules, llamaba la atención por su fuerza y robustez.
Pero Juno quería eliminar a ese posible rival de su protegido Euristeo y una noche dejó a los pies del pequeño Hércules dos enormes serpientes dispuestas a estrangularlo enroscadas a su cuerpo. El pequeño con sus gordezuelas manos de repente las agarró por el cuello y dio fin a sus vidas y al mortal encargo que portaban.
Júpiter no tardó en enterarse de aquel cobarde intento de asesinato. Fue en busca de su aliado Mercurio, el dios de las sandalias aladas, para que aquella misma noche llevara volando al pequeño Hércules al Olimpo. Ya allí lo acercó sigilosamente a los pechos de Juno que estaba profundamente dormida.

Júpiter: ¡Bebe! ¡Bebe, hijo mío, la leche de los dioses! ¡Cada gota de esa leche te aproxima a la inmortalidad!

Narradora: Juno seguía dormida y Hércules seguía mamando hasta que por fin sació su hambre. Júpiter lo separó de sus pechos y se lo entregó a Mercurio:

Júpiter: ¡Vamos, de prisa, llévaselo a sus padres! ¡Y vuelve en seguida! Juno no debe sospechar nada.

Narradora: Mientras Mercurio regresaba a la ciudad de Tebas, la oscura bóveda celeste se cubrió con la leche que del pecho de Juno seguía manando. Y así fue como aquella noche en que Hércules mamó a los pechos de Juno nació la Vía Láctea.


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Hércules 2ª parte.

Julia Rodriguez Morales.

Hércules 2ª Parte: Infancia y juventud.
(Adaptado de Christian Grenier. Los doce trabajos de Hércules. Editorial Anaya)

Narrador: Al poco tiempo, un fuerte relámpago despertó a Anfitrión en medio de la noche. Era Júpiter que se presentaba ante el rey de Tebas:

Júpiter: ¡A Hércules le aguarda un destino glorioso! Encárgate de su formación y edúcalo como si fuera tu propio hijo. Pero desconfía de las estratagemas de mi esposa Juno, que ha jurado acabar con mi hijo.
Anfitrión: Así haré, poderoso Júpiter.

Narrador: Hércules desde pequeño demostró poseer una especial habilidad en el manejo de las armas así como una descomunal fuerzas, pero rehuía el conocimiento de la gramática y el cálculo que le resultaban muy aburridas.
Cierto día discutía con su maestro Lino:

Lino: Para que te consueles, Hércules, te dejo elegir el libro sobre el que trabajaremos hoy.
Hércules niño: Son todos muy aburridos: tragedias, odas, poemas... Espera, este me gusta.
Lino: ¡Te burlas de mí! Es un libro de cocina.
Hércules niño: ¡Pero tú me dijiste que hoy podría elegir!
Lino: ¡En eso se reconoce tu glotonería! ¡No piensas más que en comer y pelearte! ¡Estoy perdiendo el tiempo contigo! ¡Así que me marcho!

Narrador: Hércules de un manotazo obligó a su maestro a sentarse.

Hércules niño: ¡Vamos a trabajar sobre el texto que yo he elegido, como tú dijiste!

Narrador: Lino, irritado, le dio una bofetada. ¡Jamás hasta entonces nadie se había atrevido a ponerle una mano encima! Hércules le arrojó el taburete sobre el que estaba sentado a la cabeza y el maestro cayó al suelo.

Hércules niño: ¡Lino, por favor, perdóname! ¡Lino, contéstame, te lo ruego!

Narrador: Pero, Lino, no podría ya contestarle jamás pues estaba muerto. Anfitrión dudaba sobre si revelarle el secreto sobre su origen divino, causa de de la desmesurada fuerza que tenía. Pensó que todavía no había llegado la hora, pero se reunió con él y le dijo:

Anfitrión: No eres más que un niño, Hércules, pero tienes que expiar tu culpa. Saldrás de este palacio y te irás al monte Citerón a vivir con los pastores. ¡Ojalá, que en medio de la naturaleza, puedas ejercer esa fuerza que te domina y hacer algo útil por aquellos con quienes compartirás su existencia! No volverás a palacio hasta que cumplas dieciocho años.

Narrador: Juno, que observaba a los hombres desde el monta Olimpo, no pudo reprimir su alegría:

Juno: ¡Este joven héroe es tan impulsivo que el mismo corre a su perdición! Ni siquiera va a ser necesario que intervenga.

Narrador: Transcurrió el tiempo y su cuerpo se fue robusteciendo todavía más y su hermosura llegó a ser impresionante. Pero, temeroso de su propia fuerza, medía todos sus actos para no provocar ningún hecho irreparable.
Una mañana, uno de los pastores con los que vivía fue a quejarse en el campamento:

Pastor: ¡El león que arrasa este monte me ha comido seis corderos! ¡Quién podrá liberarnos de ese monstruo! ¡Ninguno de los cazadores del rey Anfitrión se atreve a enfrentarse a él!

Narrador: Aquella misma noche armado con jabalina y espada, Hércules, se lanzó en su persecución. Un mes duró aquel acoso hasta que una mañana el animal se detuvo exhausto. De un golpe, Hércules lo traspasó con su lanza y luego lo descuartizó:

Hércules: Mañana me presentaré ante las puertas de Tebas con su piel. Ya he cumplido dieciocho años y puede que mi padre me perdone.

Narrador: Al día siguiente, cerca de la ciudad, se encontró con un grupo de gente que también se encaminaban a ella. Se ciñó la piel de león sobre sus hombros y se dirigió a ellos:

Hércules: ¿Qué motivo os lleva a Tebas? ¿Acaso vais a rendir homenaje a mi padre, el rey Anfitrión?
Emisario: ¿Homenaje? ¡Él es el que tiene que darnos cuentas!
Hércules: ¡Qué cuentas! ¡Explicaos!
Emisario: Somos embajadores de Ergino, rey de la ciudad de Orcómeno, venimos, como todos los años, a reclamar al rey Anfitrión el tributo de cien bueyes por el delito que antaño cometió la ciudad.
Hércules: ¿De cuál delito habláis?
Emisario: Pues, la verdad es que ya no nos acordamos pero se sigue manteniendo la tradición del tributo.
Hércules: ¡No debió ser muy grave esa falta cuando ya la habéis olvidado! Así que dad media vuelta y no se os ocurra volver a aparecer por Tebas!

Narrador: Los emisarios de Ergino blandieron sus espadas y Hércules, midiendo los golpes con toda precisión, fue cercenándoles las orejas o la nariz a cada uno de ellos. Luego les ató las manos a la espalda y les colgó sus apéndices al cuello.

Hércules: Ya podéis regresar junto a vuestro amo. ¡Y no olvidéis decirle que esos collares son el tributo que les envía la ciudad de Tebas.

Narrador: El regreso de Hércules a palacio se celebró con una gran fiesta. El héroe le entregó a Anfitrión la piel de león que había cazado y, luego, le contó cómo había logrado liberar a la ciudad de su deuda. Al oír esta hazaña, el rey frunció el entrecejo y dijo:
Anfitrión: Mucho me temo que Ergino no va a estar muy contento del trato que le has dado a sus embajadores...

Narrador: Pero esa..., esa es otra historia.


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