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martes, 1 de mayo de 2018

El porquerizo


El porquerizo.
(Christian Andersen)

Narrador: Érase una vez el príncipe de un reino muy pequeño que deseaba casarse. Era bastante osado y se propuso pedírselo a la hija del emperador. Entonces, pensó qué debía enviarle algunos presentes para obsequiarla y así poder llamar su atención.
Príncipe: ¡Decidido, sí! No encontrará fragancia más suave que la rosa que da el rosal que crece sobre la tumba de mi padre. Ah, y también le enviaré mi ruiseñor, su canto le entusiasmará.
Narrador: Los regalos fueron llevados al salón del palacio en dos grandes cajas de plata. La princesa, que se encontraba allí con sus damas y su padre, el emperador, estaba ansiosa por abrirlos:
Princesa: ¡Cuánto me gustaría que fuese un pequeño gatito! ¡Oh, qué desilusión es una rosa!
Dama: ¡Qué linda es!
Emperador: Es más que bonita, ¡es hermosa!
Todos: ¡Hermosa!
Narrador: Dijeron las damas y el emperador, pero a la princesa algo le molestó
Princesa: ¡Ay, papá, qué lástima! ¡No es artificial, sino natural!
Dama: ¡Qué lástima! ¡Es natural!
Emperador: Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja.
Narrador: Y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.
Emperador: Este pájaro me recuerda la caja de música de mi difunta esposa, la emperatriz. Es la misma melodía, el mismo canto. ¡Oh, cuánto la echo de menos...!
Princesa: Espero que este pájaro no sea natural, ¿verdad?
Emperador: Pues, sí que lo es; es un pájaro de verdad.
Princesa: Entonces, dejadlo en libertad. Ah, y decidle al mensajero que ha traído los regalos... que no quiero ver a su príncipe.
Dama: ¡Un pájaro de verdad y una rosa natural, ¡qué vulgaridad! Este príncipe ha de ser muy inculto y maleducado.

Narrador: Pero el príncipe no se dio por vencido. Se embadurnó la cara de color terroso y, calándose un sombrero hasta las orejas, se presentó en la escalinata que daba acceso al palacio donde casualmente tomaba el sol el emperador.
Príncipe: Buenos días, señor Emperador. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?
Emperador: Bueno. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos, muchos cerdos.
Narrador: Y así pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un mísero cuartucho junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Se pasaba el día trabajando, y al anochecer elaboraba un pucherito, rodeado de cascabeles; tan pronto el pucherito rompió a hervir las campanillas tocaron una vieja melodía:

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.


He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo:
Princesa: ¡Es mi canción favorita! Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.
Dama: Como dispongáis mi señora, pero antes me calzaré estos zuecos. Eh, tú, porquero, ¿cuánto pides por tu puchero?
Príncipe: Diez besos de la princesa.
Dama: ¡Dios nos asista!
Príncipe: Éste es el precio, no puedo rebajarlo.
Princesa: ¿Qué te ha dicho?
Dama: No me atrevo a repetirlo. Es demasiado indecente.
Princesa: Entonces dímelo al oído.
Dama: (Bisbiseo).
Princesa: ¡Oh, qué grosero! ¡Vámonos!

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.

Escuchad, suena otra vez mi canción. Ve de nuevo y pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.
Narrador: Pero su respuesta fue...:
Príncipe: Muchas gracias. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.
Princesa: ¡Es un fastidio! Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.
Narrador: Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.
El porquerizo no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses del mundo.
Un día al pasar por el lugar... (suena una carrañaca seguida de vals)
Princesa: ¡Oh, esto es magnífico! ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?
Dama: Esta vez, ¡pide cien besos de la princesa!
Princesa: ¡Este hombre está loco! Pero hay que estimular el Arte. Por algo soy la hija del Emperador. Está bien, poneos delante de mí como la otra vez Dile que le daré diez besos, como la otra vez.
Narrador: Y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla. En ese momento el Emperador salió al balcón para tomar algo de aire fresco y se caló las lentes.
Emperador: ¿Qué alboroto hay en la pocilga? Las damas de la Corte que cestán haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.
Dama: Ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis...
Narrador: El Emperador llegó a donde estaban las damas y al contemplar la escena entró en cólera y golpeó a su hija con la zapatilla en la cabeza.
Emperador: ¿Qué significa esto? ¡Qué besuqueo es éste! ¡Fuera todos de aquí! ¡No quiero volver a verte jamás! ¡Fuera de mi reino, hija infame! ¡Y vosotras también! ¡Fuera de mi vista todo el mundo!
Narrador: Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.
Y he aquí a la princesa llorando, mientras llovía a cántaros.
Princesa: ¡Ay, mísera de mí! ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!
Narrador: Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe.
Príncipe: Ahora sé que mereces todo mi desprecio. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, pero sí creíste que, para divertirte, podías besar al porquerizo; ¡puesto esto es lo que has salido ganando!
Narrador: Y una vez hubo pronunciado estas palabras, le dijo adiós para siempre y regresó a su reino, mientras ella se quedó allí sola y abandonada.

El audio de este cuento lo tienes aquí.


miércoles, 20 de julio de 2016

El compañero de viaje.


El compañero de viaje.
(Hans Christian Andersen, adaptado)

Primera Parte.
Narrador: Aquella noche fue la más dura para Juan, pues su padre se hallaba enfermo e iba a morir.
Padre: Has sido un buen hijo, Juan, y Dios te ayudará por los caminos del mundo. ¡Adiós, hijo, no me olvides!
Juan: ¡Padre, padre! ¡No te vayas, no me dejes solo!
Narrador: Nadie le quedaba en la Tierra, ni padre ni madre; era hijo único. Solo, estaba completamente solo.
Después de enterrar a su padre preparó su pequeña mochila y escondió en su cinturón toda su herencia: cincuenta florines en total; con ella se disponía a correr mundo. Aquella noche durmió en pleno campo a cubierto de un almiar y, al llegar la tarde del día siguiente, el cielo comenzó a encapotarse. Pronto comenzaría a llover: Aceleró el paso para refugiarse en una pequeña iglesia situada en lo alto de una colina.
Juan: He tenido suerte, la puerta sólo está entornada. Me sentaré en un rincón, estoy muy cansado y necesito reposar.
Narrador: Antes de que pudiera darse cuenta, se quedó profundamente dormido. A medianoche lo despertó el ruido en el interior del templo. Dos hombres habían abierto un féretro en el que había un difunto que esperaba la hora de recibir sepultura. Juan, al verlos, no tuvo miedo y salió de entre las sombras.
Juan: ¿Qué estáis haciendo? No se debe molestar a los muertos. ¡Dejadlo descansar en paz!
Malvado 1: ¡Tonterías! ¡Nos engañó! Nos debía dinero y no pudo pagarlo; y ahora que ha muerto no cobraremos un céntimo. Por eso queremos vengarnos. Vamos a arrojarlo como a un perro ante la puerta de la iglesia.
Juan: Sólo tengo cincuenta florines. Es toda mi fortuna, pero os los daré de buena gana si me prometéis dejar en paz al pobre difunto. Yo me las arreglaré sin dinero. Estoy sano y fuerte, y nada me faltará.
Malvado 2: Bien. Si te avienes a pagar su deuda no le haremos nada, te lo prometemos. 
Juan: Tomad, los cincuenta florines.
Malvado 1: ¡Ya hemos cobrado con creces la deuda! ¡Vámonos! ¡Jajaja!
Malvado 2: ¡Sí, vámonos! Gracias a este idiota el difunto puede descansar en paz. ¡Jajaja!
Narrador: Juan colocó nuevamente el cadáver en el féretro y se alejó contento de aquel lugar.
Poco después, al salir del bosque resonó a su espalda una voz de hombre:
Compañero: ¡Hola, compañero! ¿Adónde vas?
Juan: Por esos mundos de Dios. No tengo padre ni madre y soy pobre, sólo me tengo a mi mismo.
Compañero: También yo voy a correr mundo. ¿Quieres que lo hagamos en compañía?
Juan: ¡De acuerdo!
Narrador: Al mediodía, se sentaron a la sombra de un árbol para descansar cuando pasó una anciana que llevaba un haz de leña sobre su espalda. De pronto, resbaló y cayó dando un grito de dolor.
Anciana: ¡Ah, ah, mi pierna, mi pierna! ¡Me he roto la pierna! ¡Mi pierna!
Juan: ¡Pobre mujer! No se apure, nosotros le ayudaremos, la llevaremos en brazos hasta su casa.
Compañero: No será necesario, con el ungüento que llevo en este frasco sanará y podrá llegar a casa.
Anciana: Dios te lo pague, buen hombre.
Narrador: No será necesario, señora, con esas tres retamas que lleva me sentiré pagado.
Anciana: ¡Mucho pides...! Pero tuyas serán si es verdad el poder sanador de tu bálsamo.
Compañero: Un poco de mi ungüento sobre la pierna y sanará. Ya está. Levántese.
Anciana: ¡Oh, ya puedo andar y mejor que antes! ¡Dios te bendiga, buen hombre, Dios te bendiga! Ahí te dejo las retamas. ¡Adiós! ¡Adiós!
Juan: ¿Para qué quieres las varas?
Compañero: Son tres bonitas escobas. Me gustan, qué quieres que te diga; yo soy así de extraño. ¡Vámonos, sigamos nuestro camino!
Narrador: Llegaron al siguiente pueblo y se detuvieron en una posada muy animada porque un titiritero estaba actuando con su compañía. Entre el público se hallaba un carnicero acompañado de su perro de presa. De repente, el animal se abalanzó sobre una de las marionetas y la destrozó.
Titiritero: ¡Oh, qué horror, qué ruina! ¡Mis marionetas, mi reina despedaza! ¡Tendré que suspender mis actuaciones! ¡Era la marioneta más divertida!
Compañero: Tranquilízate, titiritero, con este ungüento quedará como nueva y las tres restantes marionetas también.
Titiritero: ¿¡Oh, señor, cómo os lo podría agradecer!?
Compañero: Nada más fácil. Sólo tienes que darme el sable que llevas a la cintura.
Narrador: En cuanto untó a las marionetas con el ungüento, comenzaron a bailar animadamente. Las muchachas de entre el público comenzaron a bailar también. ¡Todo el mundo acabó bailando!
A la mañana siguiente, cuando Juan y su compañero abandonaron el pueblo, vieron como un cisne descendía hasta que al fin cayó inerte ante sus pies.
El compañero de viaje de Juan cortó las alas con el sable.
Juan: ¡Qué alas tan hermosas!
Compañero: Y no sabes lo valiosas que son. Me las llevaré. ¡Qué bien hice al adquirir este sable!
Narrador: Caminaron millas y millas hasta que llegaron a la gran ciudad donde se encontraba el palacio del Rey.
Ya en la posada, la dueña les contó...:
Posadera: El Rey es una excelente persona, incapaz de causar mal a nadie; pero, en cambio, su hija, ¡ay, Dios nos guarde!, es una princesa perversa. Belleza no le falta, ninguna podía compararse con ella; pero, ¿y de qué le sirve? Es una bruja, culpable de la muerte de numerosos pretendientes, sean príncipes o no. Todo el mundo puede presentarse para pedir su mano, pero tienen que adivinar tres cosas que ella haya pensado. El que las acierte se convertirá en marido y futuro rey, pero el que fracasa con las tres respuestas, es ahorcado o decapitado al primer fallo.
Juan: ¿No has dicho que el Rey es una buena persona?
Compañero: Continúa, por favor.
Posadera: El Rey, su padre, es muy anciano y no sabe cómo impedir las maldades de su hija. Está tan amargado por tanta tristeza y miseria, que pasa los días de rodillas, junto con sus soldados, rogando por la conversión de la princesa; pero nada consigue.
Juan: ¡Qué horrible princesa! Una buena azotaina, he aquí lo que necesita. Si yo fuese el Rey, pronto cambiaría.
Narrador: De pronto se oyó un gran griterío en la carretera. Pasaba la princesa. Era realmente tan hermosa, que todo el mundo se olvidaba de su maldad y se ponía a vitorearla.
Al verla, Juan en el acto quedó enamorado de ella. Era imposible, pensó, que fuese una bruja, capaz de mandar ahorcar o decapitar a los que no adivinaban sus acertijos.
Juan: Todos están facultados para solicitarla, incluso el más pobre de los mendigos; iré, pues, al palacio; no tengo más remedio.
Narrador: A la mañana siguiente, Juan, se presentó en el palacio del Rey…
Juan: Majestad, vengo a pediros la mano de vuestra hija.
Rey: No lo intentes, joven, acabarás malamente, como los demás. Es una locura que procures adivinar los malditos acertijos.
Juan: Estoy decidido firmemente, señor.
Rey: Ven, acompáñame al jardín y verás lo que te espera. ¡Ya lo ves! !Mira qué macabro panorama! Te espera la misma suerte que a todos ésos: la muerte. Mejor es que renuncies. Me harías sufrir mucho, pues no puedo soportar estos horrores.
Narrador: Pero nada obtuvo el Rey. Debía presentarse en palacio a la mañana siguiente y si acertaba la primera adivinanza tendría que volver otras dos veces.

Segunda Parte.
Narrador: Al anochecer, en la posada, el amigo de Juan preparó un buen ponche.
Compañero: Vamos a alegrarnos y a brindar por la salud de la princesa.
Juan: Sí, brindemos por ella.
Compañero: Y por tu suerte. Bebe, bebe, Juan y descansa.
Narrador: Una vez que Juan quedó sumido en un profundo sueño, su compañero cogió las grandes alas que había cortado al cisne y se las sujetó a la espalda. Cogió las varas recibidas de la vieja de la pierna rota, abrió la ventana, y, echando a volar por encima de la ciudad, se dirigió al palacio. Allí se posó en un rincón, bajo la ventana del aposento de la princesa.
Dieron las doce en el reloj, se abrió la ventana, y la princesa salió volando, envuelta en un largo manto blanco y con alas negras, alejándose en dirección a una alta montaña. El compañero de Juan se hizo invisible, para que la doncella no pudiese notar su presencia, y se lanzó en su persecución. Cuando la alcanzó, se puso a azotarla con su vara, con tanta fuerza que la sangre fluía de su piel. A cada azote la princesa exclamaba:
Princesa: ¡Qué manera de granizar!
Narrador: Finalmente, llegó a la montaña y la hija del Rey, seguida de modo invisible por el amigo de Juan, entró en una espaciosa sala, toda ella construida de plata y oro. ¡Qué espanto! En el centro del piso había un trono, soportado por cuatro esqueletos de caballo. Ocupaba el trono un viejo hechicero que invitó a la princesa a sentarse a su lado, mientras daba la orden para que empezase la música:
Hechicero: ¡Que suene la música y comience el baile!
Narrador: Jamás se ha visto tal concierto. Pequeños trasgos negros con fuegos fatuos en la gorra danzaban por la sala. Los cortesanos no eran sino palos de escoba rematados por cabezas de repollo, a las que el brujo había infundido vida y recubierto con vestidos bordados.
Terminado el baile, la princesa contó al hechicero que se había presentado un nuevo pretendiente.
Princesa: ¿Qué enigma debo plantearle cuando mañana se presente en palacio?
Hechicero: Te diré... Yo elegiría algo que sea tan fácil que ni siquiera se le ocurra pensar en ello. Piensa... en tus zapatos; no lo adivinará. Entonces lo mandarás decapitar, y cuando vuelvas mañana por la noche, no te olvides de traerme sus ojos, pues me los quiero comer.
Narrador: A la mañana siguiente, en la posada…
Compañero: Sabes, Juan, he tenido un extraño sueño acerca de la princesa y de su zapato. Un malvado brujo, que vivía en el interior de una montaña, le decía a la hija del Rey que te preguntara en qué estabas pensado y la respuesta era que en tus zapatos.
Juan: Lo mismo puede ser esto que otra cosa. Tal vez sea precisamente lo que has soñado. Sea como fuere, nos despediremos, pues si yerro no nos volveremos a ver.
Narrador: Se abrazaron, y Juan se encaminó al palacio. Ya en él…
Princesa: Buenos días. ¿Estás dispuesto para la prueba?
Juan: Sí, princesa. Podéis formularla.
Princesa: Bien. ¡Veremos de qué eres capaz! ¿En qué estoy pensando?
Juan: En sus zapatos.
Princesa: ¡Oh, has acertado!
Rey: ¡Bravo, joven, bravo! ¡Jejeje, es el primero que acierta! ¡Vamos, mis cortesanos, aplaudan, aplaudan; muestren su alegría como yo! (6)
Narrador: La segunda prueba también la superó Juan gracias a su compañero cuando acertó al responder al segundo enigma de la princesa …:
Princesa: Bien. ¿En qué estoy pensando?
Juan: ¡Guantes!
Narrador: Ya sólo faltaba que Juan adivinase la tercera vez; si lo conseguía, se casaría con la bella muchacha, y a la muerte del anciano Rey heredaría el trono; pero si fallaba, perdería la vida, y el brujo se comería sus hermosos ojos azules.
Aquella noche, en la sala de la montaña…
Princesa: Juan lo ha acertado por segunda vez; no podemos permitir que lo haga una tercera vez. Me vería obligada a casarme con él y no podré volver nunca más a la montaña.
Hechicero: ¡No lo adivinará! Pensaré algo que jamás pueda ocurrírsele, a menos que sea un encantador más grande que yo. Esta noche te acompañaré de regreso al palacio. Entonces te diré en voz baja en qué debes pensar. Creo que en esta sala alguien puede estar escuchando lo que no debe.
Narrador: Ya de regreso, volaban a través de una terrible tormenta…
Hechicero: ¡Nunca una tormenta me azotó de un modo tan doloroso!
Princesa: Dime, ¿en qué debo pensar?
Hechicero: Aquí estamos seguro, nadie puede oírnos. Piensa en mi cabeza.
Narrador: Cuando el brujo dejó a la princesa y se disponía a regresar a la montaña, el misterioso compañero de Juan, agarrándolo por la luenga barba, de un sablazo, le separó la horrible cabeza de los hombros, sin que el mago lograse verlo. Luego arrojó el cuerpo al lago para que fuera devorado por los peces. Después envolvió la cabeza en un paño y, una vez que llegó a la posada, se acostó.
A la mañana siguiente entregó el envoltorio a Juan, diciéndole que no lo abriese hasta que la princesa le preguntase en qué había pensado.
Princesa: ¿En qué he pensado, Juan?
Narrador: Por toda contestación, éste desató el paño, y todos quedaron horrorizados al ver la fea cabeza del hechicero.
Rey: ¡Guardad, silencio!
Princesa: Has acertado de nuevo. Esta noche se celebrará la boda.
Rey:¡Eso está bien! ¡Así se hacen las cosas! ¡Ahora, sí! ¡Vamos, mis cortesanos, aplaudan, aplaudan!
Narrador: Sin embargo, la princesa seguía aún embrujada y no podía sufrir a Juan. El compañero de viaje dio a Juan tres plumas de las alas del cisne y una botellita que contenía unas gotas, diciéndole cómo debía proceder…:
Compañero: Coloca junto a la cama un gran barril lleno de agua, échale las plumas blanca y las gotas. Empuja a la princesa para que caiga en el agua y sumérgela tres veces. No te olvides, ¡sumérgela tres veces! Con esto quedará desencantada y se enamorará de ti.
Juan: Así lo haré, querido amigo. ¡Tres veces!
Narrador: Juan lo hizo tal y como su compañero le había indicado. En la primera, la princesa adquirió la figura de un enorme cisne negro de ojos centelleantes; la segunda vez que la zambulló salió el cisne blanco; nuevamente sumergió el ave en el agua, y en el mismo instante quedó convertida en una hermosísima princesa. Era todavía más bella que antes, y con lágrimas en los maravillosos ojos le dio las gracias por haberla librado de su hechizo.
A la mañana siguiente, el primero en llegar a palacio fue el compañero de viaje, con un bastón en la mano y el hato a la espalda.
Compañero: Debo partir, querido Juan.
JJuan: Ven a mis brazos, querido amigo. Te ruego que no te marches, quédate a mi lado pues a ti debo toda mi felicidad.
Compañero: No, mi hora ha sonado. No hice sino pagar mi deuda. ¿Te acuerdas de aquel muerto con quien quisieron cebarse aquellos malvados? Diste cuanto tenías para que pudiese descansar en paz en la tumba. Pues aquel muerto soy yo.
Narrador: Y en el mismo momento desapareció.
Juan y la princesa se amaron entrañablemente, y el anciano Rey vivió días felices, en los que pudo sentar a sus nietecitos sobre sus rodillas y jugar con ellos con el cetro.



El audio y el vídeo de este cuento, aquí.
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domingo, 10 de abril de 2016

La princesa y el guisante.


LA PRINCESA Y EL GUISANTE
(Hans Christian Andersen, adaptado)

Hace muchísimo tiempo, había un príncipe que buscaba esposa. Tenía menudo problema el joven, pues deseaba casarse con una princesa auténtica. Recorrió el mundo entero y conoció a muchas princesas, pero todas ellas tenían algún aspecto sospechoso que le impedía saber si eran verdaderas. Por tanto, se dio por vencido y retornó a su reino.
Cierta noche en que una tormenta terrible arreciaba, sintieron que alguien golpeaba en el castillo. Cuando el sirviente regresó, lo acompañaba una joven empapada que aseguraba ser una princesa.
La reina no creyó en su palabra y dispuso una prueba. Ordenó al ama de llaves que preparara el lecho para la princesa y le dio instrucciones de cómo hacerlo.
El ama obedeció a la reina y colocó un guisante sobre la cama y sobre éste, colocó veinte colchones y sobre ellos veinte edredones. Así estuvo listo el lecho para la princesa.
La princesa pasó la noche en la recámara que le asignaron y a la mañana siguiente, cuando se levantó y bajó a desayunar, los reyes le preguntaron cómo había pasado la noche, a lo que respondió:
-No pude pegar un ojo. Había algo duro en la cama y tengo el cuerpo lleno de magulladuras.
Al oír esto, los reyes supieron que estaban delante de una verdadera princesa, pues solamente una, podría sentir el guisante debajo de tantos colchones.
Esta noticia puso feliz al príncipe, quien le propuso matrimonio de inmediato. La princesa aceptó y se casaron.
El guisante fue llevado al museo, donde todavía se exhibe, a menos que alguien lo haya comido.
Esta es una historia verdadera.


El audio de este relato lo puedes oír, aquí.
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martes, 15 de diciembre de 2015

La pequeña cerillera

La pequeña cerillera.
(Hans Christian Andersen)

Narrador: ¡Qué frío hacía! Nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta... Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron!
Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad.
Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío.
En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvía a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida!
Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio. En un ángulo que formaban dos casas se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo.
No se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas.
Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: Dio una llama clara, cálida; una luz maravillosa.
Le pareció que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, la volvió transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.
Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad.
Millares de velitas, ardían en las ramas verdes. La pequeña levantó los dos bracitos... y entonces la cerilla se apagó.
Las velas se levantaron hacia el cielo y la niña pudo ver cómo se convertían en estrellas relucientes. Luego, una de ellas cruzó el cielo y dejó una estela luminosa como el fuego.
Niña: Alguien se está muriendo.
Narrador: Pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho:
Abuela: Cuando una estrella cruza el cielo, un alma se eleva hacia Dios.
Narrador: Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.
Niña: ¡Abuelita! ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.
Narrador: Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Así llegaron hasta Dios.
Pero a la mañana siguiente, la pequeña niña aún estaba sentada en un rincón, con las mejillas rosadas y una dulce sonrisa en los labios... Estaba muerta, congelada por el frío de la Noche Vieja y fría mañana del Nuevo Año iluminaba su delicado cuerpo cuando la encontraron con todas sus cerillas consumidas en la mano. La gente dedujo que la niña había tratado de calentarse con ellas.
Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni cómo su anciana abuelita la había conducido hacia la Gloria en la Noche Vieja.


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El audio de este relato lo tienes aquí.





domingo, 15 de febrero de 2015

Pulgarcita

Eric Kincaid

Pulgarcita.
(Hans Christian Andersen.Adaptado)
Narrador: Érase una mujer que anhelaba tener un niño. Un día decidió acudir a una vieja bruja y ésta le dijo:
Bruja: Ahí tienes un grano de cebada. Plántalo en una maceta y verás maravillas.
Narrador: Sembró el grano y brotó una flor grande y espléndida, parecida a un tulipán, que tenía los pétalos cerrados. La mujer besó aquellos pétalos rojos y amarillos y se abrió la flor con un chasquido, pero en el centro del cáliz se veía una niña pequeñísima, no más larga que un dedo pulgar; por eso la llamaron Pulgarcita. Le dio por cuna una preciosa cáscara de nuez y de día jugaba navegando sobre una hoja de tulipán que flotaba a modo de barquilla.
Una noche, se presentó un sapo, que saltó por un cristal roto de la ventana.
Sapo: ¡Sería una bonita mujer para mi hijo!
Narrador: El sapo se llevó dormida a Pulgarcita en su cáscara de nuez y la depositó en un pétalo de nenúfar en medio del arroyo para que no escapara, mientras él y su hijo le preparaban su habitación debajo del cenagal. Cuando se hizo de día despertó la pequeña, y al ver donde se encontraba prorrumpió a llorar amargamente. Los pececillos que nadaban se reunieron todos en el agua, alrededor del verde tallo que sostenía la hoja, lo cortaron con los dientes y la hoja salió flotando río abajo, llevándose a Pulgarcita fuera del alcance del sapo.
Una bonita mariposa vino a pararse sobre la hoja. Pulgarcita se desató el cinturón, ató un extremo en torno a la mariposa y el otro a la hoja; y así la barquilla avanzaba mucho más rápida.
Más he aquí que pasó volando un gran abejorro y rodeó con sus garras su cuerpecito y fue a depositarlo en un árbol. Otro abejorro al verla dijo:
Abejorro: ¡Sólo tiene dos piernas! ¡No tiene antenas! ¡Uf, que fea! Deja que se vaya.
Narrador: La bajó al pie del árbol, y la depositó sobre una margarita. Todo el verano se pasó la pobre Pulgarcita completamente sola en el inmenso bosque. Para comer recogía néctar de las flores y bebía del rocío que todas las mañanas se depositaba en las hojas. Pero luego vino el invierno, el frío y largo invierno. Los pájaros se marcharon y los árboles y las flores se secaron. Pulgarcita pasaba un frío horrible, pues tenía todos los vestidos rotos. Se envolvió en una hoja seca, pero no conseguía entrar en calor; tiritaba de frío.
Llegó frente a la puerta del ratón de campo, llamó a la puerta como una pordiosera y pidió un trocito de grano de cebada.
Ratón: ¡Pobre pequeña! Puedes pasar el invierno aquí, si quieres. Cuidarás mi casa, y me contarás cuentos, que me gustan mucho.
Narrador: Un día le dijo el ratón:
Ratón: Hoy tendremos visita. Mi vecino suele venir todas las semanas a verme. Es aún más rico que yo; tiene grandes salones y lleva una hermosa casaca de terciopelo negro. Si lo quisieras por marido nada te faltaría. Sólo que es ciego; habrás de explicarle las historias más bonitas que sepas.
Narrador: El topo vino, en efecto, de visita y se enamoró de la niña por su hermosa voz. Fueron a ver su casa y en un corredor se encontraron una golondrina muerta. El topo, con su corta pata, dio un empujón y dijo:
Topo: Ésta ya no volverá a chillar. ¡Qué pena, nacer pájaro! A Dios gracias, ninguno de mis hijos lo será. ¡Vaya hambre la que pasan en invierno!
Narrador: Aquella noche Pulgarcita no pudo pegar un ojo; saltó de la cama, fue en busca de la golondrina y la cubrió con hojas y algodón. Aplicó entonces la cabeza contra el pecho del pájaro y tuvo un estremecimiento; le pareció como si algo latiera en él. Y, en efecto, era el corazón, pues la golondrina no estaba muerta. El calor la volvía a la vida. Regresó al día siguiente y ya tenía abierto los ojos. Durante todo el invierno la cuidó hasta que recuperó sus fuerzas.
Golondrina: ¡Gracias, mi linda pequeñuela! Ya he entrado en calor; pronto habré recobrado las fuerzas y podré salir de nuevo a volar bajo los rayos del sol.
Narrador: Entonces la golondrina le contó que se había lastimado un ala en una mata espinosa, y por eso no pudo seguir volando con la ligereza de sus compañeras, las cuales habían emigrado a las tierras cálidas. Cayó al suelo, y ya no recordaba nada más, ni sabía cómo había ido a parar allí.
Cuando llegó la primavera, el sol comenzó a calentar la tierra y Pulgarcita hizo un agujero en el techo del túnel para que la golondrina pudiera salir. Sabía lo que le esperaba: la boda con el topo, a quien no quería; la soledad y la oscuridad de aquellas galerías. Entonces la golondrina revoloteando en el aire le dijo:
Golondrina: ¡Vamos! Ponte sobre mi espalda y te llevaré volando conmigo.
Narrador: Y así fue cómo la golondrina llevó a Pulgarcita al lugar donde ellas hacen sus nidos; el mismo lugar, donde las personas diminutas como ella, viven en el interior de hermosas flores blancas.

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miércoles, 3 de septiembre de 2014

El ruiseñor







El ruiseñor.
(Hans Christian Andersen. Adaptación)
Narrador: El palacio del Emperador de la China era el más espléndido del mundo entero y el jardín imperial, tan extenso que el propio jardinero no tenía idea de dónde terminaba. Aquel bosque llegaba hasta el mar hondo y azul; grandes embarcaciones podían navegar por debajo de las ramas, y allí vivía un ruiseñor que cantaba tan primorosamente que todos se detenían a escuchar sus trinos.
De todos los países llegaban viajeros a la ciudad imperial, y admiraban el palacio y el jardín; pero en cuanto oían al ruiseñor, exclamaban:
Viajero: ¡Dios santo, y qué hermoso!¡Esto es lo mejor de todo!
Narrador: Un día estaba leyendo el emperador lo que decían acerca de la ciudad, del palacio y del jardín cuando...:
Emperador: «Pero lo mejor de todo es el ruiseñor.» ¿Qué es esto? ¿El ruiseñor? Jamás he oído hablar de él. ¿Es posible que haya un pájaro así en mi imperio, y precisamente en mi jardín? Nadie me ha informado. ¡Está bueno que uno tenga que enterarse de semejantes cosas por los libros!
Narrador: Y mandó llamar al mayordomo de palacio.
Emperador: Según parece, hay aquí un pájaro de lo más notable, llamado ruiseñor. Se dice que es lo mejor que existe en mi imperio; ¿por qué no se me ha informado de este hecho?
Mayordomo: Es la primera vez que oigo hablar de él. Nunca ha sido presentado en la Corte.
Emperador: Pues ordeno que acuda esta noche a cantar en mi presencia. El mundo entero sabe lo que tengo, menos yo.
Mayordomo: Vuestra Majestad Imperial no debe creer todo lo que se escribe; son fantasías.
Emperador: Pero el libro en que lo he leído me lo ha enviado el poderoso Emperador del Japón; por tanto, no puede ser mentiroso. Quiero oír al ruiseñor. Que acuda esta noche a mi presencia para cantar. Si no se presenta mandaré que todos los cortesanos sean pateados en el estómago después de cenar.
Narrador: El mayordomo y media Corte con él estuvieron buscando y preguntado por el notable ruiseñor, conocido por todo el mundo menos por la Corte. Finalmente dieron en la cocina con una pobre muchachita que exclamó:
Muchacha: ¡Dios mío! ¿El ruiseñor? ¡Claro que lo conozco! ¡qué bien canta! Todas las noches me paro a descansar en el bosque y le oigo cantar.
Mayordomo: Pequeña fregaplatos, te daré un empleo fijo en la cocina si puedes traernos al ruiseñor; está citado para esta noche.
Cortesano 1: ¡Oh! ¡Ya lo tenemos! Ahora que caigo en ello, no es la primera vez que lo oigo.
Cortesano 2: ¡Magnífico! Ya lo oigo, suena como las campanillas de la iglesia.
Muchacha: No, eso son ranas. Pero creo que no tardaremos en oírlo. ¡Es él! ¡Escuchen, escuchen! ¡Allí está! Mi pequeño ruiseñor, nuestro Soberano quiere que cantes en su presencia.
Ruiseñor: ¡Con mucho gusto!
Mayordomo: Mi pequeño y excelente ruiseñor tengo el honor de invitarlo a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podrá deleitar con su magnífico canto a Su Imperial Majestad.
Ruiseñor: Suena mejor en el bosque....
Narrador: En palacio todo había sido pulido y fregado. Fueron colocadas las flores más exquisitas. En medio del gran salón, habían puesto una percha de oro para el ruiseñor. Toda la Corte estaba presente y el ruiseñor cantó tan deliciosamente que las lágrimas acudieron a los ojos del Soberano. Quedó tan complacido que dijo que le regalaría su chinela de oro para que se la colgase al cuello.
Ruiseñor: He visto lágrimas en los ojos del Emperador; éste es para mí el mejor premio.
Narrador: Realmente el ruiseñor causó sensación. Se quedó en la Corte, en una jaula particular, con libertad para salir dos veces durante el día y una durante la noche. Pusieron a su servicio diez criados, a los cuales estaba sujeto por medio de una cinta de seda que le ataron alrededor de la pierna.
Un buen día el Emperador recibió un gran paquete rotulado: «El ruiseñor».
Emperador: He aquí un nuevo libro acerca de nuestro famoso pájaro.
Narrador: Pero resultó que no era un libro, sino un pequeño ingenio, un ruiseñor artificial, cubierto de diamantes, rubíes y zafiros. Sólo había que darle cuerda y se ponía a cantar una de las melodías que cantaba el de verdad, levantando y bajando la cola.
Emperador: ¡Soberbio! Ahora van a cantar juntos. ¡Qué dúo harán!
Narrador: Y los hicieron cantar a dúo; pero la cosa no marchaba, pues el ruiseñor auténtico lo hacía a su manera y el artificial iba con cuerda. En adelante, el pájaro artificial tuvo que cantar solo. Obtuvo tanto éxito como el otro; además, era mucho más bonito, pues brillaba como un puñado de pulseras y broches. El ruiseñor verdadero sin que nadie se diera cuenta, saliendo por la ventana abierta, volvió a su verde bosque. Mientras tanto, el Director de la Orquesta Imperial aseguraba que el ruiseñor mecánico era muy superior al verdadero.
Director Orquesta Imperial: Fíjense Vuestras Señorías, y especialmente Su Majestad, que con el ruiseñor de carne y hueso nunca se puede saber qué es lo que va a cantar. En cambio, en el artificial todo está determinado de antemano. Se oirá tal cosa y tal otra, y nada más. En él todo tiene su explicación: se puede abrir y poner de manifiesto cómo obra la inteligencia humana, viendo cómo están dispuestas las ruedas, cómo se mueven, cómo una se engrana con la otra.
Todos: ¡Oh!
Narrador: El ruiseñor de verdad fue desterrado del país. El pájaro mecánico estuvo en adelante junto a la cama del Emperador, sobre una almohada de seda. El Director de la Orquesta Imperial escribió una obra de veinticinco tomos sobre el pájaro mecánico; que todo el mundo afirmó haberla leído y entendido, pues de otro modo habrían pasado por tontos y recibido patadas en el estómago. Así transcurrieron las cosas durante un año. Pero he aquí que una noche, estando el pájaro en pleno canto, el Emperador oyó de pronto un «¡crac!» en el interior del mecanismo; algo había saltado. La música cesó.
Fue llamado el relojero, quien manifestó que los pernos estaban gastados y no era posible sustituirlos por otros nuevos que asegurasen el funcionamiento de la música. Desde entonces sólo se pudo hacer cantar al pájaro una vez al año.
Pasaron cinco años, cuando una gran desgracia cayó sobre el país. El Emperador estaba enfermo de muerte. Frío y pálido yacía el Emperador en su grande y suntuoso lecho.
Emperador: ¡Música, música! ¡Oh tú, pajarillo de oro, canta, canta! Te di oro y objetos preciosos, con mi mano te colgué del cuello mi chinela dorada. ¡Canta, canta ya!
Narrador: De pronto resonó un canto maravilloso. Era el pequeño ruiseñor vivo, posado en una rama.
Emperador: Sigue, lindo ruiseñor, sigue. ¡Gracias, gracias! ¡Bien te conozco, avecilla celestial! Te desterré de mi reino; sin embargo, con tus cantos has alejado de mi lecho los malos espíritus, has ahuyentado de mi corazón la Muerte. ¿Cómo podré recompensarte?
Ruiseñor: Ya me has recompensado. Arranqué lágrimas a tus ojos la primera vez que canté para ti; esto no lo olvidaré nunca. Pero ahora duerme y recupera las fuerzas, que yo seguiré cantando.
Narrador: El Soberano quedó sumido en un dulce sueño. El sol entraba por la ventana cuando el Emperador se despertó, sano y fuerte.
Emperador: ¡Nunca te separarás de mi lado! Cantarás cuando te apetezca; y en cuanto al pájaro mecánico, lo romperé en mil pedazos.
Ruiseñor: No lo hagas. Él cumplió su misión mientras pudo; guárdalo como hasta ahora. Yo no puedo anidar ni vivir en palacio, pero permíteme que venga cuando se me ocurra; entonces me posaré junto a la ventana y te cantaré para que estés contento y reflexiones. Te cantaré de los felices y también de los que sufren; y del mal y del bien que se hace a tu alrededor sin tú saberlo. Prefiero tu corazón a tu corona... Pero debes prometerme una cosa.
Emperador: ¡Lo que quieras!
Ruiseñor: Una cosa te pido: que no digas a nadie que tienes un pajarito que te cuenta todas las cosas. ¡Saldrás ganando!


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