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miércoles, 2 de mayo de 2018

Los tres toritos



Los tres toritos.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un hombre que tenía cuatro hijos, tres varones mayorcitos y una niña más pequeña, que se quedó viudo. El hombre volvió a casarse, pero lo hizo con una mujer que era más mala que un dolor de muelas. Así que los tres hermanos, cansados de cómo les trataba, se marcharon, se hicieron una cabaña en el bosque y allí se hicieron cazadores.
Al poco tiempo, la niña también cogió el camino y se marchó. Llegó sin saberlo a la cabaña de sus hermanos, entró en ella y todo lo encontró revuelto y desordenado. Inmediatamente dejó todo aquello en orden y reluciente, convirtiéndolo en un hogar donde se podía vivir. Terminada la tarea, la niña, se escondió en el bosque cuando llegaron sus hermanos...
H. menor: Mirad, ¿quién habrá estado aquí?
H. mayor: ¡Nos ha dejado preparada la comida!
H. mediano: Vayamos con la perrita al bosque hasta dar con ella. No debe estar muy lejos.
Narrador: Efectivamente, la perrita, siguiendo el rastro los llevó al pie de un árbol al que la niña se había subido para no ser descubierta.
¡Todos se pusieron muy contentos y comenzaron una vida en paz y en armonía!
Los hermanos salían a cazar y ella llevaba el hogar en compañía de la perrita.
Un día ésta se orinó en la lumbre de la chimenea hasta que la apagó por completo.
Niña: ¡Perra mala! ¡A ver cómo preparo ahora la comida! ¡Yo no sé hacer fuego!
Narrador: La niña salió a buscar por el bosque hasta que encontró otra casa. Y llamó a la puerta...
Maruja: ¡Vete corriendo! Esta es la casa de la bruja Curuja. ¡Mi madre no debe verte, ella es capaz de lo peor! Has tenido suerte ahora no está en casa.
Niña: Por favor, sólo necesito algo de brasas para encender el fuego.
Maruja: Está bien. Toma, pero debes irte enseguida y no volver.
Narrador: Al día siguiente, la bruja Curuja se presentó en la cabaña de la niña cuando solo estaba ella.
Curuja: A mi hija Maruja le noté enseguida que algo había pasado. Así que vengo a cobrarme las brasas que te llevaste.
Niña: ¿Y cómo le voy a pagar, bruja Curuja?
Curuja: Vendré todos los días a chuparte un poquito el dedo corazón y tú lo sacarás por la cerradura.
Narrador: La niña aceptó el trató y la bruja venía cada día a chuparle el dedo cuando estaba sola. Poco a poco la niña fue enfermando y sus hermanos al darse cuenta consiguieron que les contara lo que había pasado.
H. mayor: Ahora se va a enterar la bruja Curuja de nosotros. Recibirá su merecido. Hermanos, escuchad:
H. menor: ¿Si...?
H.mediano: Dinos.
H. mayor: Está bien. Cavaremos una fosa delante de la puerta, la taparemos con una sábana y echaremos hierbas y tierra por encima. Cuando la bruja Curuja se acerque, caerá en la trampa.
Curuja: ¡Ahhhh....!
Narrador: Así sucedió. Los tres hermanos salieron con sus palas y la enterraron.
Al poco tiempo brotaron en el mismo lugar tres coliflores embrujadas.
H. mayor: ¡Escúchame bien, hermanita! Por nada del mundo eches en la comida estas coliflores. ¿Me has entendido?
Niña: Sí.
Narrador: Pasó el tiempo y la niña se olvidó de la advertencia. Un día, echó las coliflores en la olla. Cuando sus hermanos probaron la comida, se convirtieron en tres toritos.
Niña: ¿Qué he hecho? ¡Mis pobres hermanos convertidos en toritos...! ¿Qué he hecho?
Narrador: Los siguió tratando como antes, como lo que eran: sus tres queridos hermanos convertidos en toritos.
Acertó a pasar por allí el hijo del rey y le dijo:
Príncipe: ¿Por qué una joven tan hermosa y delicada como tú está cuidando animales salvajes y violentos? Vente, cásate conmigo y vivirás en mi palacio.
Niña: Ya quisiera, señor. Estos tres toritos que ves aquí son mis hermanos por siempre encantados por mi culpa.
Príncipe: Si encantados quedaron, desencantados con el tiempo serán. Vendrán con nosotros y en misma mesa nuestra comerán.
Narrador: Aceptó la niña y se casaron, pero vivía en el palacio una tía lejana del príncipe, muy envidiosa, que había querido casar a su hija con él. Un día, cuando la niña estaba descuidada, le clavó un alfiler encantado en la cabeza y la convirtió en paloma. Luego, como era medio bruja, dotó a su hija de la apariencia de la reina. Ésta la primera orden que dio fue...:
Falsa reina: ¡Estoy harta de estos toros que todo lo ensucian! ¡Siempre atrayendo a las moscas! ¡A la plaza ahora mismo! ¡Que los toreen hasta que mueran!
Narrador: El príncipe no comprendía el cambio tan repentino de su esposa y no quiso acudir a la plaza. A lo lejos se oía el bullicio de la fiesta. Una paloma se posó en su mano y él comenzó a acariciarla. Se dio cuenta de un pequeño bulto que tenía la paloma en la cabeza. Retiró el alfiler y, al instante, apareció su mujer. Todo lo ocurrido lo supo por su boca y, antes de que dieran muerte al primer toro, les clavaron el alfiler de la paloma. Los toros volvieron a su ser natural: los tres hermosos jóvenes hermanos de la reina.
La malvada tía y su horrenda hija fueron encerradas en la torre más alta del castillo por siempre jamás.

El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

La princesa muda



La princesa muda.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un rey que se sentía viejo para gobernar y deseaba dejar la corona a su heredero. Pero sólo tenía una hija, caprichosa, y que no se quería casar. Tan caprichosa era que un día le dijo a su doncella:
Princesa: ¡Todo el mundo tiene piojos menos yo! ¿Yo quiero un piojo!
Narrador: La doncella, a una chiquilla que iba cargadita de piojos, le cogió uno y se lo llevó a la princesa.
Princesa: ¡Es un piojo precioso! ¡A éste lo voy a criar yo!
Narrador: El piojo engordó tanto de las cosas que le daba de comer que tuvo que ponerlo en un corralito, como si fuera un cerdo. El rey, cuando se enteró, se puso hecho una furia. Mandó matar el piojo y, cuando la piel estuvo seca y estirada, ordenó hacer un pandero que colocaron en la puerta del palacio. Mandó llamar a su hija y le dijo:
Rey: ¡Ahora tendrás que casarte con aquél que adivine de qué está hecho el pandero, tanto si te gusta como si no!
Narrador: De todas partes llegaron príncipes y caballeros, pero ninguno acertaba. “De lagarto”, “de cabra”, “de camello”, decían unos y otros, y la princesa se burlaba de ellos.
Un día, vio venir a un príncipe del que se quedó prendada. Éste dijo:
Príncipe: ¡De serpiente es el pandero!
Princesa: ¡Escuchadme, caballero! ¡De piojo es el pandero!
Narrador: Desde el balcón le avisó ella, pero el caballero se marchaba y no pudo oírla. Pero un viejo y andrajoso vagabundo sí la oyó. Pidió audiencia para ver al rey y disimulando dijo:
Vagabundo: ¡Este pandero está hecho de piojo cebado!
Rey: ¡Oh, Dios mío, este andrajoso con más pulgas que una jauría de perros lo ha acertado!
Princesa: ¡Que sepáis, padre mío, que no pienso casarme con este zarrapastroso!
Rey: Veréis, buen hombre, sin duda será mejor para vos que cambiemos el trato. Un saco lleno de monedas de oro y no hay boda.
Vagabundo: Ni hablar, yo quiero lo prometido, la mano de la princesa.
Rey: ¿Dos sacos?
Vagabundo: La princesa.
Rey: Está bien. Hija mía, ahora no tienes más remedio que casarte con este vagabundo porque la palabra de un rey no puede volverse atrás.
Narrador: Total, después de muchas discusiones, aseado y con ropas nuevas, la princesa se casó obligada con el viejo vagabundo.
Terminada la ceremonia quiso conocer sus propiedades y le dijo:
Vagabundo: Querida, vamos a dar una vueltecista por nuestras tierras.
Narrador: Llegaron al río y la princesa tuvo que echarse a cuestas al viejo.
Vagabundo: ¿Quién me dijera a mi que tan viejo iba a ser caballero? ¡Ja, ja, ja!
Princesa: ¡Bribón, encima te burlas de mi! ¡Al agua irás!
Narrador: El viejo al agarrarse le dio un mordisco en la nuca a su esposa, y ella se quedó sin habla. Luego se hundió y se ahogó.
La princesa, al darse cuenta de lo sucedido, no quiso volver al palacio y echó andar sola por los caminos, pidiendo limosnas. Todos se compadecían de aquella triste mudita...
Un día llegó al palacio de aquel príncipe que tanto le había gustado y que no supo acertar de qué estaba hecho el pandero. Les dio tanta lástima que la admitieron de criada. Por aquel entonces preparaban la boda del príncipe con la princesa de otro reino. Ella, junto a otras criadas, cosía y bordaba el ajuar de boda de la futura reina.
Y llegó el día de la boda. Todas las criadas se colocaron a uno y otro lado de la escalinata con sus velas encendidas para levantarlas al paso de los novios.
Novia: ¡A ver esa bobilla, que se le mancha la manga amarilla!
Narrador: Tanta rabia le dio a la muda, que de pronto empezó a hablar.
Princesa: ¿Y a mí qué me importa? ¡Para eso soy la hija del rey de Castilla!
Narrador: El príncipe se maravilló al oírla decir aquello y, como no le había gustado el detalle de soberbia de la otra, se casó en ese mismo instante con la hija del rey de Castilla. Y colorín colorado, que este piojoso cuento se ha terminado.


El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

Un fantasma infeliz



Un fantasma infeliz.

Narrador: Son las 11 en punto de la noche y Kate y Sally, dos hermanas gemelas, duermen profundamente en su desordenado dormitorio. De repente, se oyen unos golpes en la chimenea y Kate se despierta sobresaltada.
Kate: ¡Ah! ¡Sally, despierta! ¡Vamos, despierta! ¡Oh, estás profundamente dormida!
Sally: ¿Qué pasa, hermanita? ¿Por qué me despiertas?
Kate: Hay un ruido y viene de la chimenea.
Sally: Yo no escucho ningún ruido, Kate. Vamos, déjame dormir.
Kate: ¡Sshh! ¡Escucha! ¡Ahí está! ¿Lo oyes? Es un fantasma.
Sally: ¡Bah, eso no es un fantasma! Es el viento. Mira, ahora está en silencio, Kate. Quiero dormir, estoy cansada.
Narrador: Ahora son las 12 en punto de la noche y Kate se ha despertado de nuevo con un sonido desconocido que ha escuchado.
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Kate: ¡Vamos, Sally, despierta!
Sally: ¿Qué pasa ahora, Kate?
Kate: ¡Escucha bien, Sally! Es un fantasma.
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Sally: Ya te he dicho que eso no es un fantasma. Es el viento que sopla en la chimenea. Duérmete de una vez, por favor.
Kate: El ruido es cada vez más fuerte. ¡Oh, no! ¡Estoy asustada!
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Sally: ¡Qué haces, Kate!
Kate: ¿No lo ves? Meterme en tu cama. Tengo miedo.
Narrador: De repente, un fantasma salió de la chimenea. Un fantasma totalmente blanco que se echó sobre la cama y que decía...:
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Narrador: Un fantasma de los de verdad, que movía los brazos y decía cada vez más alto:
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Narrador: Entonces, Sally, como es una chica muy valiente, se puso de pie en la cama y le dijo:
Sally: ¡Uhhh para ti también! ¡Uhhhh! ¿No sabes qué hora es? ¿No tienes un reloj? Es más de medianoche. Ahora vete. Quiero dormir.
Fantasma: ¡Uhhh..., bua, bua, bua..!
Kate: ¿Qué te pasa, fantasma?
Fantasma: ¡Bua..., estoy tan solo! ¡No tengo ni un amigo!
Kate: ¡Pobre, fantasma! Yo seré tu amiga.
Fantasma: ¡Oh, gracias! Y vendré a verte todas las noches.
Sally: ¡Oh, no! Todas las noches, no.
Kate: De acuerdo. Vendrás una vez a la semana y sin hacer ruido.
Fantasma: Sin hacer ruido. Lo prometo. Gracias. Hasta la semana que viene. Adiós.
Kate: Adiós. Te veré la semana que viene.
Sally: ¡Viva! Ahora podré dormir.
Narrador: Y el fantasma se marchó en silencio por la chimenea.

Vídeo y audio de este cuento, aquí.

domingo, 23 de octubre de 2016

El círculo del 99


EL CIRCULO DEL 99.
Había una vez un hombre que vivía en un gran castillo, lleno de habitaciones, grandes jardines y mucho lujo. Sin embargo, este hombre, como muchos otros, no se sentía feliz.
A pesar de ser cortesano del rey y tener mucha fortuna y gran prestigio sentía que le faltaba algo. Nunca estaba contento con lo que tenía.
En el castillo trabajaba un hombre que siempre estaba alegre; realizaba sus tareas con placer y en su rostro se dibujaba una eterna sonrisa.
Al encontrarse con él, el cortesano se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, se sintiera feliz.
Un buen día, comentó el asunto con uno de sus consejeros:

- No entiendo cómo este sirviente puede sentirse feliz. No lo he visto nunca enojado, en su cara siempre hay dibujada una sonrisa.
- Lo que sucede, mi señor, es que este hombre no ha ingresado en el "círculo del 99": es por esto que él es feliz", contestó el consejero.
- ¿Y qué es el "círculo del 99? -preguntó el cortesano muy extrañado.
- Se lo voy a demostrar -dijo el consejero.- Hoy a la noche, cuando el sirviente llegue a su casa, dejaremos en su puerta una bolsa con 99 monedas de oro. El resto lo comprobará usted por su cuenta.

Y así sucedió. Por la noche, cuando el sirviente se encontraba en su humilde casa, feliz, con su esposa y sus hijos, el cortesano y el consejero golpearon en la puerta del pobre hombre y dejaron en el suelo la bolsa con las 99 monedas. Rápidamente se escondieron detrás de un árbol y observaron todo lo que sucedía en la casa.
El hombre abrió la puerta, miró hacia un lado y hacia el otro, pero no vio a nadie. Sin embargo, encontró en el suelo una bolsa que parecía no tener dueño. La recogió del suelo y entró en su casa. Al ver el contenido, comenzó a llorar de alegría, ¡una bolsa con monedas de oro! ¡Qué bien le venía este regalo! A partir de ese momento no tendría más preocupaciones: sus hijos podrían vestir y comer como los ricos, y su mujer se compraría los más hermosos vestidos. Serían aún más felices.
Pero en ese momento decidió contar las monedas, para saber cuán grande era su fortuna. Y comenzó con la cuenta: una, dos, tres, ochenta, noventa, noventa y ocho, noventa y nueve...
El hombre se puso furioso, no podía creer lo que estaba pasando.

- ¡Me robaron una moneda! -comenzó a gritar-. ¡No hay justicia en este mundo! ¡Alguien se llevó mi moneda!

Y fue en ese instante cuando el hombre entró en el "círculo del 99".
La expresión de su cara cambió, la eterna sonrisa se transformó en una mueca bronca y de odio, y la sensación de felicidad desapareció para siempre.
En el trabajo, el pobre hombre ya no sonreía ni era amable con la gente, hasta con el cortesano se mostraba hostil.
Un buen día, el cortesano le preguntó qué le ocurría, ¿por qué andaba siempre con esa expresión tan triste en su cara?

- Y qué crees tú, ¿que debo andar siempre contento? -dijo casi gruñendo-. Yo no soy tu bufón. Hago mi trabajo, y por eso me pagan, nadie puede obligarme a estar alegre.

Frente a esta contestación tan agresiva, el cortesano se ofendió mucho y pronto comprendió lo que significaba pertenecer al "círculo del 99". Ese pobre hombre vivió el resto de su vida creyendo que le faltaba una moneda para ser feliz. Y él, el cortesano con tantos recursos y tanto prestigio, vivía de la misma manera, creyendo que siempre le faltaría algo para sentirse completamente dichoso.



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lunes, 5 de septiembre de 2016

La nieve de Chelm.

La nieve de Chelm.

(Isaac Bashevis Singer)

Chelm era una aldea de tontos: tontos jóvenes y tontos viejos. Una noche alguien espió a la luna, que se reflejaba en un barril de agua. La gente de Chelm imaginó que había caído allí. Sellaron el barril para que la luna no se escapara. Cuando a la mañana destaparon el barril y comprobaron que la luna ya no estaba allí, los aldeanos concluyeron que había sido robada. Llamaron a la policía, y, cuando el ladrón no pudo ser hallado, los tontos de Chelm lloraron y gimieron.
De todos los tontos de Chelm, los más famosos eran los siete ancianos. Como eran los tontos más rematados y más viejos, gobernaban en Chelm. De tanto pensar, tenían las barbas blancas y las frentes muy anchas.
Una vez, durante toda una noche de Hannukkah, la nieve no cesó de caer. Cubrió todo Chelm como un manto de plata. La luna brilló, las estrellas titilaron, y la nieve relució como perlas y diamantes.
Esa noche los siete ancianos estaban sentados y reflexionando, mientras arrugaban sus frentes. La aldea necesitaba dinero, y no sabían cómo obtenerlo. De repente, el más anciano de ellos, Groham el Gran Tonto, exclamó:
¡La nieve es plata!
¡Veo perlas en la nieve! –gritó otro.
¡Y yo veo diamantes! –agregó un tercero.
Para los ancianos de Chelm estaba claro que había caído un tesoro del cielo.
Pero pronto comenzaron a preocuparse. A la gente de Chelm le gustaba caminar, y ciertamente terminarían por pisotear el tesoro. ¿Qué se podía hacer? El tonto Tudras tuvo una idea.
Enviemos un mensajero que golpee en todas las ventanas y comunique a todos que deben permanecer en sus casas hasta que se hayan recogido la plata, las perlas y los diamantes.
Durante un rato los ancianos quedaron satisfechos. Se restregaron las manos y aprobaron la astuta idea. Pero entonces Lekisch el memo hizo notar con aflicción:
El mensajero mismo pisoteará el tesoro.
Los ancianos comprendieron que Lekisch tenía razón, y otra vez arrugaron las frentes en un esfuerzo por solucionar el problema.
¡Ya lo tengo! –exclamó Shmerel el Buey.
Dinos, dinos –rogaron los ancianos.
El mensajero no debe ir a pie. Debe ser transportado sobre una mesa, para que sus pies no toquen la preciosa nieve.
Todos quedaron encantados con la solución de Shmerel el Buey, y los ancianos, batiendo palmas, admiraron su sabiduría.
Los ancianos enviaron inmediatamente a alguien a la cocina a buscar a Gimpel, el chico de los recados, y lo pusieron sobre una mesa. Y ahora ¿quién habría de transportar la mesa? Fue una suerte que en la cocina estuvieran Treitle el cocinero, Berel el pelador de patatas, Yukel el mezclador de ensaladas, y Yontel, que cuidaba a la cabra de la comunidad. Se les ordenó a los cuatro que llevaran la mesa en la que Gimpel se había puesto de pie. Cada uno sostuvo una pata. Arriba estaba Gimpel con un martillo de madera, para golpear en las ventanas de los aldeanos. Entonces salieron.
En cada ventana Gimpel golpeaba y decía:
Nadie debe salir de casa esta noche. Ha caído un tesoro del cielo y está prohibido pisarlo.
La gente de Chelm obedeció a los ancianos y permaneció en sus casas durante toda la noche. Entretanto los propios ancianos se sentaron, tratando de imaginar cómo harían mejor uso del tesoro, una vez que lo recogieran.
El tonto Tudras propuso que lo vendieran y compraran una gansa que pusiera huevos de oro. Así la comunidad tendría unos ingresos fijos. Lekisch el memo tuvo otra idea. ¿Por qué no comprar anteojos que hicieran parecer más grandes todas las cosas a los habitantes de Chelm? Las casas, las calles y las tiendas parecerían más grandes, y desde luego, si Chelm parecía más grande, pues entonces sería más grande. Ya no sería una aldea, sino una gran ciudad.
Surgieron otras ideas igualmente ingeniosas. Pero mientras los ancianos sopesaban sus diversos planes, llegó la mañana y brilló el sol. Miraron por la ventana y, caramba, vieron que la nieve había sido pisoteada. Las pesadas botas de los porteadores de la mesa habían destruido el tesoro.
Los ancianos de Chelm se acariciaron sus blancas barbas y admitieron que habían cometido un error. ¿Quizás, razonaron, otras cuatro personas debían haber llevado a los cuatro hombres que llevaron la mesa en la que estaba Gimpel, el chico de los recados?
Tras largas deliberaciones los ancianos decidieron que, si durante el próximo Hannukkah llegaba a caer otro tesoro del cielo, eso era exactamente lo que habrían de hacer.
Aunque los aldeanos se quedaron sin tesoro, estaban llenos de esperanzas para el año siguiente y elogiaron a los ancianos, con quienes sabían que se podía contar para encontrar una solución, por muy difícil que fuera el problema.



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miércoles, 10 de agosto de 2016

Los tres osos.

Los tres osos.

Narrador: Había una vez tres osos que vivían juntos, en una casa en mitad del bosque. Uno de ellos era un oso muy, muy pequeño; el segundo era un oso de tamaño mediano y el tercero era un enorme oso.
Cada uno de ellos tenía una escudilla para su sopa; una escudilla pequeñita para el oso pequeñito, una escudilla mediana para el oso mediano, y una escudilla grandísima, para el enorme, enorme oso.
Y cada uno tenía una silla para sentarse: una silla pequeña para el oso pequeñito, una silla mediana para el oso mediano, y una silla muy grande para el oso grande.
Y tenían también cada uno una cama para acostarse, una cama grandísima para el oso grande, una cama mediana para el oso mediano, y una cama pequeñita, pequeñita, para el pequeño, pequeñísimo oso.
Un día, después de haber cocido sus sopas y haberlas vertido en sus escudillas, fueron a dar un paseo por el bosque, mientras la sopa se enfriaba. Era una sopa buenísima.
Y mientras se paseaban, llegó a la casa una niña llamada Ricitos de Oro. No conocía aquel sitio, ni había visto jamás la casita de los osos. Era una casita tan graciosa que olvidó todas las reglas que su mamá le recordaba siempre.
Miró por la ventana, después por el ojo de la cerradura y, viendo que no había nadie en la habitación, abrió la puerta y entró. Se relamió de gusto al ver la comida que se enfriaba sobre la mesa.
Si Ricitos de Oro hubiera recordado lo que su mamá le decía siempre, habría esperado la vuelta de los osos y seguramente ellos le habrían dado un poco de sus sopas porque eran muy buenos.
Un poco bruscos ¡claro!, es su manera de ser.
Pero, a pesar de ello, muy acogedores. Pero Ricitos de Oro lo olvidó todo y ella misma, se sirvió.
Primero la sopa del oso grande, pero estaba demasiado caliente.
Después probó la sopa del oso mediano, pero estaba demasiado fría.
Entonces fue hacia la escudilla del oso pequeño y también la probó. No estaba ni fría ni caliente, sino en su justo punto; tan buena la encontró que se la comió toda.
Después Ricitos de Oro se subió a la silla del oso grande pero la encontró demasiado dura.
Probó después la del oso mediano, pero la encontró demasiado blanda.
Entonces probó la silla del oso pequeño y no la encontró ni demasiado dura ni demasiado blanda, sino justo como debía ser. Se hundió tan profundamente en el fondo de la silla que se rompió.
Se levantó, subió por la escalera y entró en la habitación de arriba donde estaban las tres camas de los osos. También probó las tres camas y se acostó finalmente sobre la cama del oso pequeño. Ricitos de Oro se tapó con la colcha y se durmió profundamente.
Entre tanto, los osos se dirigían hacia su casa. Ricitos de Oro había dejado las cucharas dentro de las escudillas.
Oso grande: ¡Alguien ha tocado mi sopa!
Narrador: Y cuando el oso mediano miró su escudilla, vio que la cuchara también estaba dentro.
Oso mediano: ¡Alguien también ha tocado mi sopa!
Oso pequeño: ¡Alguien ha tocado mi sopa y se la ha comido toda!
Narrador: Al ver esto, los tres osos comprendieron que alguien había entrado en la casa y se dispusieron a buscar a su alrededor.
Oso grande: ¡Alguien se ha sentado en mi silla!
Oso mediano: ¡Alguien se ha sentado en mi silla!
Oso pequeño: ¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto completamente, ¡oh, oh, oh!
Narrador: Entonces, al ver los osos que allí no encontraban nada, decidieron subir a la habitación de arriba. Pero Ricitos de Oro había cambiado de lugar la almohada y el edredón.
Oso grande: ¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Oso mediano: ¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Narrador: Y cuando el pequeño, pequeñísimo oso fue a mirar la suya, encontró que la almohada estaba en su sitio, que el edredón estaba en su sitio, y... sobre la almohada vio algo dorado, era... ¡el pelo de Ricitos de Oro!
Oso pequeño: Alguien se ha acostado en mi cama y... ¡todavía está en ella!
Narrador: Ricitos de Oro había oído durante su sueño el vozarrón del oso grande, pero creyó que era un trueno. Luego, había oído la voz mediana del oso mediano, pero creyó que le hablaban en sueños.
Pero la voz aflautada del oso pequeño traspasó sus oídos y la despertó. Se sentó sobre la cama y, cuando vio los tres osos a un lado, saltó por el otro, y corrió hacia la ventana. La ventana estaba abierta y Ricitos de Oro saltó por ella y corrió a casa con su mamá, tan deprisa como sus piernas pudieron llevarla.


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domingo, 31 de julio de 2016

El árbol generoso.



El árbol generoso.
(Shel Silverstein. Adaptado)
Narradora 1: Había una vez un árbol... Que amaba a un pequeño niño. Y todos los días el niño venía y recogía sus hojas para hacerse con ellas una corona y jugar al rey del bosque.
Narrador 2: Subía por su tronco y se mecía en sus ramas y comía manzanas y ambos jugaban al escondite. Y cuando estaba cansado, dormía bajo su sombra y el niño amaba al árbol mucho y el árbol era feliz.
Narradora 3: Pero el tiempo pasó y el niño creció y el árbol se quedaba a menudo solo.
Narradora 1: Pero un día, el árbol vio venir a su niño y le dijo:
Árbol: Ven, Niño súbete a mi tronco y mécete en mis ramas y come mis manzanas y juega bajo mi sombra y sé feliz.
Niño: Ya soy muy grande para trepar y jugar. Yo quiero comprar cosas y divertirme, necesito dinero. ¿Podrías dármelo?
Árbol: Lo siento pero yo no tengo dinero. Sólo tengo hojas y manzanas. Coge mis manzanas y véndelas en la ciudad así tendrás dinero y serás feliz.
Narrador 2: Y, así, él se subió al árbol, recogió las manzanas y se las llevó y el árbol se sintió feliz.
Narradora 3: Pero pasó mucho tiempo y su niño no volvía y el árbol estaba triste.Y entonces, un día regresó y el árbol se agitó alegremente y le dijo: Árbol: Ven, Niño, súbete a mi tronco, mécete en mis ramas y sé feliz.
Niño: Estoy muy ocupado para trepar árboles. Necesito una casa que me sirva de abrigo. Quiero una esposa y unos niños, y por eso quiero una casa. ¿Puedes tú dármela?”
Árbol: Yo no tengo casa. El bosque es mi hogar, pero tú puedes cortar mis ramas y hacerte una casa. Entonces serás feliz.
Narradora 1: Y así él cortó sus ramas y se la llevó para construir su casa. Y el árbol se sintió feliz...
Narrador 2: Pero pasó mucho tiempo y su niño no volvía.
Narradora 3: Y cuando regresó el árbol estaba tan feliz que apenas pudo hablar.
Árbol: Ven, Niño. Ven y juega.
Niño: Estoy muy viejo y triste para jugar. Quiero un bote que me lleve lejos de aquí. ¿Puedes tú dármelo?
Árbol: Corta mi tronco y hazte un bote. Entonces podrás navegar lejos... y serás feliz.
Narradora 1: Y así él cortó el tronco y se hizo un bote y navegó lejos. Y el árbol se sintió feliz.
Narrador 2: Pero no realmente.
Narradora 3: Y después de mucho tiempo, su niño volvió nuevamente.
Árbol: Lo siento, Niño, pero ya no tengo nada para darte, ya no me quedan manzanas.
Niño: Mis dientes son muy débiles para comer manzanas.
Árbol: Ya no me quedan ramas, tú ya no puedes mecerte en ellas.
Niño: Estoy muy viejo para columpiarme en las ramas.
Árbol: Ya no tengo tronco, tú ya no puedes trepar.
Niño: Estoy muy cansado para trepar.
Árbol: Quisiera poder darte algo...pero ya no me queda nada. Soy solo un viejo tocón. Lo siento...
Niño: Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar tranquilo para reposar, estoy muy cansado.
Árbol: Bien, un viejo tocón es bueno para sentarse y descansar. Ven, Niño, siéntate. Siéntate y descansa.
Narradora 1: Y él se sentó
Narrador 2: Y el árbol fue feliz.



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miércoles, 20 de julio de 2016

El compañero de viaje.


El compañero de viaje.
(Hans Christian Andersen, adaptado)

Primera Parte.
Narrador: Aquella noche fue la más dura para Juan, pues su padre se hallaba enfermo e iba a morir.
Padre: Has sido un buen hijo, Juan, y Dios te ayudará por los caminos del mundo. ¡Adiós, hijo, no me olvides!
Juan: ¡Padre, padre! ¡No te vayas, no me dejes solo!
Narrador: Nadie le quedaba en la Tierra, ni padre ni madre; era hijo único. Solo, estaba completamente solo.
Después de enterrar a su padre preparó su pequeña mochila y escondió en su cinturón toda su herencia: cincuenta florines en total; con ella se disponía a correr mundo. Aquella noche durmió en pleno campo a cubierto de un almiar y, al llegar la tarde del día siguiente, el cielo comenzó a encapotarse. Pronto comenzaría a llover: Aceleró el paso para refugiarse en una pequeña iglesia situada en lo alto de una colina.
Juan: He tenido suerte, la puerta sólo está entornada. Me sentaré en un rincón, estoy muy cansado y necesito reposar.
Narrador: Antes de que pudiera darse cuenta, se quedó profundamente dormido. A medianoche lo despertó el ruido en el interior del templo. Dos hombres habían abierto un féretro en el que había un difunto que esperaba la hora de recibir sepultura. Juan, al verlos, no tuvo miedo y salió de entre las sombras.
Juan: ¿Qué estáis haciendo? No se debe molestar a los muertos. ¡Dejadlo descansar en paz!
Malvado 1: ¡Tonterías! ¡Nos engañó! Nos debía dinero y no pudo pagarlo; y ahora que ha muerto no cobraremos un céntimo. Por eso queremos vengarnos. Vamos a arrojarlo como a un perro ante la puerta de la iglesia.
Juan: Sólo tengo cincuenta florines. Es toda mi fortuna, pero os los daré de buena gana si me prometéis dejar en paz al pobre difunto. Yo me las arreglaré sin dinero. Estoy sano y fuerte, y nada me faltará.
Malvado 2: Bien. Si te avienes a pagar su deuda no le haremos nada, te lo prometemos. 
Juan: Tomad, los cincuenta florines.
Malvado 1: ¡Ya hemos cobrado con creces la deuda! ¡Vámonos! ¡Jajaja!
Malvado 2: ¡Sí, vámonos! Gracias a este idiota el difunto puede descansar en paz. ¡Jajaja!
Narrador: Juan colocó nuevamente el cadáver en el féretro y se alejó contento de aquel lugar.
Poco después, al salir del bosque resonó a su espalda una voz de hombre:
Compañero: ¡Hola, compañero! ¿Adónde vas?
Juan: Por esos mundos de Dios. No tengo padre ni madre y soy pobre, sólo me tengo a mi mismo.
Compañero: También yo voy a correr mundo. ¿Quieres que lo hagamos en compañía?
Juan: ¡De acuerdo!
Narrador: Al mediodía, se sentaron a la sombra de un árbol para descansar cuando pasó una anciana que llevaba un haz de leña sobre su espalda. De pronto, resbaló y cayó dando un grito de dolor.
Anciana: ¡Ah, ah, mi pierna, mi pierna! ¡Me he roto la pierna! ¡Mi pierna!
Juan: ¡Pobre mujer! No se apure, nosotros le ayudaremos, la llevaremos en brazos hasta su casa.
Compañero: No será necesario, con el ungüento que llevo en este frasco sanará y podrá llegar a casa.
Anciana: Dios te lo pague, buen hombre.
Narrador: No será necesario, señora, con esas tres retamas que lleva me sentiré pagado.
Anciana: ¡Mucho pides...! Pero tuyas serán si es verdad el poder sanador de tu bálsamo.
Compañero: Un poco de mi ungüento sobre la pierna y sanará. Ya está. Levántese.
Anciana: ¡Oh, ya puedo andar y mejor que antes! ¡Dios te bendiga, buen hombre, Dios te bendiga! Ahí te dejo las retamas. ¡Adiós! ¡Adiós!
Juan: ¿Para qué quieres las varas?
Compañero: Son tres bonitas escobas. Me gustan, qué quieres que te diga; yo soy así de extraño. ¡Vámonos, sigamos nuestro camino!
Narrador: Llegaron al siguiente pueblo y se detuvieron en una posada muy animada porque un titiritero estaba actuando con su compañía. Entre el público se hallaba un carnicero acompañado de su perro de presa. De repente, el animal se abalanzó sobre una de las marionetas y la destrozó.
Titiritero: ¡Oh, qué horror, qué ruina! ¡Mis marionetas, mi reina despedaza! ¡Tendré que suspender mis actuaciones! ¡Era la marioneta más divertida!
Compañero: Tranquilízate, titiritero, con este ungüento quedará como nueva y las tres restantes marionetas también.
Titiritero: ¿¡Oh, señor, cómo os lo podría agradecer!?
Compañero: Nada más fácil. Sólo tienes que darme el sable que llevas a la cintura.
Narrador: En cuanto untó a las marionetas con el ungüento, comenzaron a bailar animadamente. Las muchachas de entre el público comenzaron a bailar también. ¡Todo el mundo acabó bailando!
A la mañana siguiente, cuando Juan y su compañero abandonaron el pueblo, vieron como un cisne descendía hasta que al fin cayó inerte ante sus pies.
El compañero de viaje de Juan cortó las alas con el sable.
Juan: ¡Qué alas tan hermosas!
Compañero: Y no sabes lo valiosas que son. Me las llevaré. ¡Qué bien hice al adquirir este sable!
Narrador: Caminaron millas y millas hasta que llegaron a la gran ciudad donde se encontraba el palacio del Rey.
Ya en la posada, la dueña les contó...:
Posadera: El Rey es una excelente persona, incapaz de causar mal a nadie; pero, en cambio, su hija, ¡ay, Dios nos guarde!, es una princesa perversa. Belleza no le falta, ninguna podía compararse con ella; pero, ¿y de qué le sirve? Es una bruja, culpable de la muerte de numerosos pretendientes, sean príncipes o no. Todo el mundo puede presentarse para pedir su mano, pero tienen que adivinar tres cosas que ella haya pensado. El que las acierte se convertirá en marido y futuro rey, pero el que fracasa con las tres respuestas, es ahorcado o decapitado al primer fallo.
Juan: ¿No has dicho que el Rey es una buena persona?
Compañero: Continúa, por favor.
Posadera: El Rey, su padre, es muy anciano y no sabe cómo impedir las maldades de su hija. Está tan amargado por tanta tristeza y miseria, que pasa los días de rodillas, junto con sus soldados, rogando por la conversión de la princesa; pero nada consigue.
Juan: ¡Qué horrible princesa! Una buena azotaina, he aquí lo que necesita. Si yo fuese el Rey, pronto cambiaría.
Narrador: De pronto se oyó un gran griterío en la carretera. Pasaba la princesa. Era realmente tan hermosa, que todo el mundo se olvidaba de su maldad y se ponía a vitorearla.
Al verla, Juan en el acto quedó enamorado de ella. Era imposible, pensó, que fuese una bruja, capaz de mandar ahorcar o decapitar a los que no adivinaban sus acertijos.
Juan: Todos están facultados para solicitarla, incluso el más pobre de los mendigos; iré, pues, al palacio; no tengo más remedio.
Narrador: A la mañana siguiente, Juan, se presentó en el palacio del Rey…
Juan: Majestad, vengo a pediros la mano de vuestra hija.
Rey: No lo intentes, joven, acabarás malamente, como los demás. Es una locura que procures adivinar los malditos acertijos.
Juan: Estoy decidido firmemente, señor.
Rey: Ven, acompáñame al jardín y verás lo que te espera. ¡Ya lo ves! !Mira qué macabro panorama! Te espera la misma suerte que a todos ésos: la muerte. Mejor es que renuncies. Me harías sufrir mucho, pues no puedo soportar estos horrores.
Narrador: Pero nada obtuvo el Rey. Debía presentarse en palacio a la mañana siguiente y si acertaba la primera adivinanza tendría que volver otras dos veces.

Segunda Parte.
Narrador: Al anochecer, en la posada, el amigo de Juan preparó un buen ponche.
Compañero: Vamos a alegrarnos y a brindar por la salud de la princesa.
Juan: Sí, brindemos por ella.
Compañero: Y por tu suerte. Bebe, bebe, Juan y descansa.
Narrador: Una vez que Juan quedó sumido en un profundo sueño, su compañero cogió las grandes alas que había cortado al cisne y se las sujetó a la espalda. Cogió las varas recibidas de la vieja de la pierna rota, abrió la ventana, y, echando a volar por encima de la ciudad, se dirigió al palacio. Allí se posó en un rincón, bajo la ventana del aposento de la princesa.
Dieron las doce en el reloj, se abrió la ventana, y la princesa salió volando, envuelta en un largo manto blanco y con alas negras, alejándose en dirección a una alta montaña. El compañero de Juan se hizo invisible, para que la doncella no pudiese notar su presencia, y se lanzó en su persecución. Cuando la alcanzó, se puso a azotarla con su vara, con tanta fuerza que la sangre fluía de su piel. A cada azote la princesa exclamaba:
Princesa: ¡Qué manera de granizar!
Narrador: Finalmente, llegó a la montaña y la hija del Rey, seguida de modo invisible por el amigo de Juan, entró en una espaciosa sala, toda ella construida de plata y oro. ¡Qué espanto! En el centro del piso había un trono, soportado por cuatro esqueletos de caballo. Ocupaba el trono un viejo hechicero que invitó a la princesa a sentarse a su lado, mientras daba la orden para que empezase la música:
Hechicero: ¡Que suene la música y comience el baile!
Narrador: Jamás se ha visto tal concierto. Pequeños trasgos negros con fuegos fatuos en la gorra danzaban por la sala. Los cortesanos no eran sino palos de escoba rematados por cabezas de repollo, a las que el brujo había infundido vida y recubierto con vestidos bordados.
Terminado el baile, la princesa contó al hechicero que se había presentado un nuevo pretendiente.
Princesa: ¿Qué enigma debo plantearle cuando mañana se presente en palacio?
Hechicero: Te diré... Yo elegiría algo que sea tan fácil que ni siquiera se le ocurra pensar en ello. Piensa... en tus zapatos; no lo adivinará. Entonces lo mandarás decapitar, y cuando vuelvas mañana por la noche, no te olvides de traerme sus ojos, pues me los quiero comer.
Narrador: A la mañana siguiente, en la posada…
Compañero: Sabes, Juan, he tenido un extraño sueño acerca de la princesa y de su zapato. Un malvado brujo, que vivía en el interior de una montaña, le decía a la hija del Rey que te preguntara en qué estabas pensado y la respuesta era que en tus zapatos.
Juan: Lo mismo puede ser esto que otra cosa. Tal vez sea precisamente lo que has soñado. Sea como fuere, nos despediremos, pues si yerro no nos volveremos a ver.
Narrador: Se abrazaron, y Juan se encaminó al palacio. Ya en él…
Princesa: Buenos días. ¿Estás dispuesto para la prueba?
Juan: Sí, princesa. Podéis formularla.
Princesa: Bien. ¡Veremos de qué eres capaz! ¿En qué estoy pensando?
Juan: En sus zapatos.
Princesa: ¡Oh, has acertado!
Rey: ¡Bravo, joven, bravo! ¡Jejeje, es el primero que acierta! ¡Vamos, mis cortesanos, aplaudan, aplaudan; muestren su alegría como yo! (6)
Narrador: La segunda prueba también la superó Juan gracias a su compañero cuando acertó al responder al segundo enigma de la princesa …:
Princesa: Bien. ¿En qué estoy pensando?
Juan: ¡Guantes!
Narrador: Ya sólo faltaba que Juan adivinase la tercera vez; si lo conseguía, se casaría con la bella muchacha, y a la muerte del anciano Rey heredaría el trono; pero si fallaba, perdería la vida, y el brujo se comería sus hermosos ojos azules.
Aquella noche, en la sala de la montaña…
Princesa: Juan lo ha acertado por segunda vez; no podemos permitir que lo haga una tercera vez. Me vería obligada a casarme con él y no podré volver nunca más a la montaña.
Hechicero: ¡No lo adivinará! Pensaré algo que jamás pueda ocurrírsele, a menos que sea un encantador más grande que yo. Esta noche te acompañaré de regreso al palacio. Entonces te diré en voz baja en qué debes pensar. Creo que en esta sala alguien puede estar escuchando lo que no debe.
Narrador: Ya de regreso, volaban a través de una terrible tormenta…
Hechicero: ¡Nunca una tormenta me azotó de un modo tan doloroso!
Princesa: Dime, ¿en qué debo pensar?
Hechicero: Aquí estamos seguro, nadie puede oírnos. Piensa en mi cabeza.
Narrador: Cuando el brujo dejó a la princesa y se disponía a regresar a la montaña, el misterioso compañero de Juan, agarrándolo por la luenga barba, de un sablazo, le separó la horrible cabeza de los hombros, sin que el mago lograse verlo. Luego arrojó el cuerpo al lago para que fuera devorado por los peces. Después envolvió la cabeza en un paño y, una vez que llegó a la posada, se acostó.
A la mañana siguiente entregó el envoltorio a Juan, diciéndole que no lo abriese hasta que la princesa le preguntase en qué había pensado.
Princesa: ¿En qué he pensado, Juan?
Narrador: Por toda contestación, éste desató el paño, y todos quedaron horrorizados al ver la fea cabeza del hechicero.
Rey: ¡Guardad, silencio!
Princesa: Has acertado de nuevo. Esta noche se celebrará la boda.
Rey:¡Eso está bien! ¡Así se hacen las cosas! ¡Ahora, sí! ¡Vamos, mis cortesanos, aplaudan, aplaudan!
Narrador: Sin embargo, la princesa seguía aún embrujada y no podía sufrir a Juan. El compañero de viaje dio a Juan tres plumas de las alas del cisne y una botellita que contenía unas gotas, diciéndole cómo debía proceder…:
Compañero: Coloca junto a la cama un gran barril lleno de agua, échale las plumas blanca y las gotas. Empuja a la princesa para que caiga en el agua y sumérgela tres veces. No te olvides, ¡sumérgela tres veces! Con esto quedará desencantada y se enamorará de ti.
Juan: Así lo haré, querido amigo. ¡Tres veces!
Narrador: Juan lo hizo tal y como su compañero le había indicado. En la primera, la princesa adquirió la figura de un enorme cisne negro de ojos centelleantes; la segunda vez que la zambulló salió el cisne blanco; nuevamente sumergió el ave en el agua, y en el mismo instante quedó convertida en una hermosísima princesa. Era todavía más bella que antes, y con lágrimas en los maravillosos ojos le dio las gracias por haberla librado de su hechizo.
A la mañana siguiente, el primero en llegar a palacio fue el compañero de viaje, con un bastón en la mano y el hato a la espalda.
Compañero: Debo partir, querido Juan.
JJuan: Ven a mis brazos, querido amigo. Te ruego que no te marches, quédate a mi lado pues a ti debo toda mi felicidad.
Compañero: No, mi hora ha sonado. No hice sino pagar mi deuda. ¿Te acuerdas de aquel muerto con quien quisieron cebarse aquellos malvados? Diste cuanto tenías para que pudiese descansar en paz en la tumba. Pues aquel muerto soy yo.
Narrador: Y en el mismo momento desapareció.
Juan y la princesa se amaron entrañablemente, y el anciano Rey vivió días felices, en los que pudo sentar a sus nietecitos sobre sus rodillas y jugar con ellos con el cetro.



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