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lunes, 11 de marzo de 2019

El ahijado del rey

El ahijado del rey. 1ª Parte.
(Adaptado de “Cuentos populares del mediterráneo”, Ana Cristina Herreros, Edit. Siruela).

Narrador: Había una vez un rey que emprendió un largo viaje por mar, pero en mitad de la noche se desató una fuerte tempestad que hizo naufragar la nave.
Marinero: ¡Estamos perdidos, majestad, tendremos que abandonar el barco o nos iremos con ella al fondo del mar!
Capitán: ¡Abandonad la nave, nos hundimos! ¡Agarraos a todo lo que flote y que Dios reparta suerte!
Narrador: El rey y algunos marineros más sobrevivieron y fueron arrastrados por el mar hasta la isla de Chipre. Allí, solos en la noche, se dirigieron hacia la única luz que brillaba a lo lejos que procedía de la cabaña de un pastor.
Rey: Buenas noches, pastor.
Pastor: Buenas noches, sed bienvenidos.
Narrador: El pastor mató a un cordero para asarlo y agasajar a sus invitados. Sucedió que aquella misma tarde la mujer del pastor tuvo un hijo y el rey le dijo:
Rey: Escucha, pastor, soy rey de un país no muy lejano y me gustaría bautizar a tu hijo recién nacido. Después me iré.
Pastor: Como guste su majestad.
Narrador: Al cabo de tres días, el rey bautizó al niño y se convirtió en su padrino. Luego, cuando llegó el momento de marcharse, el rey le dio un anillo al pastor y le pidió que le enviase a su hijo cuando llegase a la mayoría de edad.
Cuando el chico cumplió los dieciséis años, su padre le dijo:
Pastor: Ha llegado el momento, hijo mío, de que te presentes ante tu padrino, el rey. Márchate y lleva contigo mi bendición.
Narrador: Por el camino se cruzó con un hombre calvo que no tenía ni un pelo en la cabeza que le dijo:
Calvo: ¿Adónde vas, muchacho?
Hijo: Mi padrino el rey me ha dado este anillo y voy a presentarme ante él.
Calvo: En ese caso llévame contigo. Si le dices al rey que soy de tu familia, quizá me de un trabajo.
Hijo: Vale, amigo, ven conmigo.
Narrador: Caminaron durante mucho tiempo. Tenían sed pero no encontraron agua por ningún sitio. Al fin, encontraron un pozo. El agua estaba muy profunda. Entonces el calvo le propuso al chico:
Calvo: Mira, bajaría yo, pero tú pesas menos. Yo te sujeto con una cuerda. No tengas miedo, que te sujeto con fuerza.
Narrador: El chico bajo al fondo del pozo atado por la cuerda. Allí la soltó y la ató a la jarra de agua para subirla, y el calvo bebió.
Hijo: Ahora, échame la cuerda para que suba yo.
Calvo: ¿Subir tú? He sudado mucho para bajarte ¿y ahora quieres que te suba? Mira, sólo si me das el anillo y le dices al rey que soy yo su ahijado y que tú eres mi criado, entonces te sacaré del pozo.
Narrador: El chico tuvo que aceptar lo que le proponía el calvo si quería salvar su vida.
Calvo: Júrame que nunca dirás la verdad.
Hijo: Juro por mi vida que no te denunciaré hasta la muerte.
Narrador: Después de subirlo se pusieron en camino hasta el palacio del rey.
Soldado: ¿Alto! ¿Quién va? ¿Qué queréis forasteros?
Calvo: El ahijado del rey acompañado de su sirviente. Aquí porto el anillo que lo atestigua.
Soldado: Está bien, si eres el ahijado del rey, puedes entrar.

El ahijado del rey. 2ª Parte.

Narrador: El rey no podía creer que aquel calvo tan feo fuese su ahijado. Pero ¿qué le iba a hacer? Lo alojó en palacio y al chico lo mandó a las cuadras a cuidar a los caballos. Con el tiempo el chico se hizo amigo de la vieja criada del rey.
Un día el chico miraba un nido de golondrinas. Mamá golondrina reñía a su marido por haber tardado tanto en traer la comida para sus crías. El chico se echó a reír. El calvo y el rey pasaron por allí:
Calvo: Ve, majestad, se burla de mi porque soy calvo.
Rey: ¿Por qué te ríes?
Hijo: Majestad, las golondrinas se comportan como los humanos. Ella riñe a su marido por haber tardado tanto en traer la comida a las crías.
Calvo: Ya que entiende el lenguaje de los animales, mandadle a la India a buscar el pájaro de Pipirís.
Rey: Eso muchacho, tráeme ese pájaro o te cortaré la cabeza.
Narrador: Ya a solas, la criada del rey, viendo la preocupación del muchacho, le dijo:
Criada: Diablos, te envían a la mismísima muerte. Han ido a buscar ese pájaro cientos de hombres y todos murieron porque ninguno ha vuelto con él. De todos modos, yo sé de un caballo, que si consigues montarlo, te llevará por los aires hasta la India. Cuando llegues, espera a que las dos hogueras se apaguen y espolea entonces a tu caballo para pasar por encima de ellas. El pájaro de Pipirís tiene su nido en la rama de un árbol todo de oro. Cuando lo atrapes, vuelve a todo galope.
Narrador: Todo lo que había dicho la vieja criada era verdad y el chico siguió sus consejos. Cuando regresó al palacio con el pájaro el calvo se asombró mucho de verlo regresar con vida. A los pocos días le dijo al rey:
Calvo: Padrino, pídele al chico que nos traiga a Blondina, la muchacha de los cabellos de oro.
Rey: No le podemos pedir algo así. Todos los que lo intentaron murieron en el empeño. Blondina ha construido las torres de su castillo con las cabezas de los pretendientes y sus esqueletos sirvieron para construir los muros.
Narrador: Pero tanto insistió que el rey acabó cediendo:
Rey: Ve y tráeme a Blondina.
Narrador: De nuevo la vieja criada tuvo que consolar al muchacho:
Criada: ¿Qué te pasa, muchacho?
Hijo: Que quieren que traiga a Blondina.
Criada: Ay, hijo mío,qué tarea tan difícil te piden. Te diré qué puedes hacer. Pide al rey que te dé cuarenta odres llenos de miel, cuarenta llenos de mijo y un saco lleno de monedas de oro. Si haces lo que te digo, todo saldrá bien.
Narrador: Todo lo que pidió le fue concedido. Cuando se hizo de noche llegó con su caballo a un gran pozo. Entonces el caballo le dijo:
Caballo: Déjame pastar mientras tu duermes.
Narrador: Pero al poco tiempo el caballo le interrumpió su sueño:
Caballo: ¡Vamos, de prisa, hay inocentes en peligro!
Narrador: Efectivamente, una serpiente enroscada de un árbol cercano amenazaba con sus fauces abiertas las crías de un águila que estaban indefensas en su nido. El chico trepó por el tronco, desenvainó su espada y de un certero tajo mató a la serpiente. En esto llegó la madre de las crías de águila agitando sus alas:
Águila: ¡Cómo te atreves a atacar a mis pobres crías con tu espada, cobarde? ¡Te arrancaré los ojos con mis garras y sabrás lo que es el poder de un águila!
Aguilucho: ¡No, mamá! ¡Él nos ha salvado la vida, mató a la serpiente que quería devorarnos!
Aguila: ¿Qué quieres recibir por el bien que nos has hecho?
Hijo: Nada.
Aguila: Coge esta pluma. Cuando necesites mi ayuda, ponla encima de unas brasas y yo llegaré volando en tu ayuda.
Narrador: El chico siguió cabalgando hasta que llegaron a un bosque. El caballo al observar un enorme hormiguero le dijo:
Caballo: Baja de mi grupa y llévame de la brida para no pisar el hormiguero.
Hijo: ¡Qué buena vista tienes amigo! Ya está. Iremos con cuidado.
Narrador: Al salir del bosque se encontraron con la reina de las hormigas y su destacamento de soldados.
Reina Hormigas: ¡Eh, vosotros, por dónde habéis pisado! ¿No habréis aplastado a mis tropas?
Hijo: No, hemos venido con cuidado para no hacerles daño, pero, ¿por qué estáis tan lejos del hormiguero?
Reina Hormigas: Ay, hemos tenido que salir del bosque en busca de comida, pero aquí tampoco encontramos nada.
Narrador: Entonces el chico vació los cuarenta odres de mijo que le había pedido al rey y se los ofreció a la reina de las hormigas.
Reina Hormigas: Por este bien que nos has hecho, coge esta alita. Cuando me necesites, sólo tienes que ponerla sobre unas brasas y yo acudiré en seguida.
Hijo: Gracias, Reina de las Hormigas. Ahora, debo seguir mi camino.
Narrador: Cabalgó y cabalgó hasta que llegó al mar y en la orilla se encontraron con un enorme pez tirado que se agitaba intentando volver al mar. El chico lo cogió y lo devolvió al agua. El pez le dijo:
Pez: Por este bien que me has hecho, ¿qué quieres que te dé?
Hijo: Nada
Pez: Coge esta escama. Cuando me necesites, ponla sobre unas brasas y yo llegaré para ayudarte.
Narrador: El chico continuó su camino, pero al llegar a un arroyo vio como el agua arrastraba un panel de abejas. Con la punta de sus espada lo sacó del agua y luego volcó los cuarenta odres de miel. Las abejas, se la comieron toda, y así, bien alimentadas, pudieron reponerse de su desventura.
Reina Abejas: Por este bien que nos has hecho quiero que cojas este aguijón. Cuando me necesites, ponlo sobre unas brasas y yo llegaré zumbando.
Narrador: Cogió el aguijón y se lo metió en el bolsillo, junto a todo lo demás: la escama, la alita y la pluma. Siguió caminando y se encontró con una vieja.
Hijo: Buenos días, abuela, ¿podría decirme dónde vive Blondina?
Vieja: Vive aquí. Pero es mejor que sigas tu camino si no quieres encontrar la muerte en este lugar.
El ahijado del rey. 3ª Parte.

Narrador: Pero él siguió hasta que llegó al palacio y se presentó ante el rey, padre de la princesa Blondina.
Padre Blondina: Bienvenido seas a nuestro reina. Dime, ¿qué te trae por aquí?
Hijo: He venido para pediros a a vuestra hija Blondina.
Padre Blondina: Te la daré si consigues traerme ante de tres días este anillo que ves en mi mano y que ahora mismo voy a tirar al mar. Si no lo encuentras te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico se dirigió con su caballo al mar. Allí encendió un fuego y sobre las brasas del fuego echó la escama del pez. Éste asomó en la superficie del agua.
Pez: ¿Qué puedo hacer por ti, amigo?
Hijo: El anillo que el rey ha tirado al agua. Si no lo encuentro me cortará la cabeza.
Narrador: Y el pez convocó a todos los peces del mar y se pusieron a buscar hasta que lo encontraron.
Pez: Toma. Aquí tienes el anillo.
Narrador: Sin más tardanza se lo llevó al padre de Blondina.
Padre Blondina: Muy bien, joven. Pero todavía te queda otra prueba. Voy a mezclar todo el grano que hay en el reino. Tienes una noche para separar el grano mezclado. Si lo consigues, te daré a mi hija, si no, te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico se acordó del alita de la reina de las hormigas y la convocó según lo convenido. Ésta reunió a todo su ejército y en dos horas estaba todo el grano separado. Cuando el rey llegó a la mañana siguiente al granero, vio que todo el grano estaba separado: el trigo, la cebada y el maíz.
Padre Blondina: Muy bien, lo has logrado de nuevo. Pero todavía tendrás que superar una última prueba. Tienes que traerme el agua de la vida, si no lo consigues, ya sabes, te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico no sabía que hacer, pero colocó sobre las brasas la pluma del águila.
Águila: ¿En qué puedo ayudarte, amigo?
Hijo: El rey me ha pedido que le traiga el agua de la vida, si no lo consigo, me cortará la cabeza.
Águila: No te preocupes. El agua de la vida se encuentra en el interior de aquella montaña. Pide que te hagan una copa de oro y espérame allí.
Narrador: Cuando el chico tuvo la copa se dirigió a la montaña y se la entregó al águila. Ésta penetró en el interior, la llenó con el agua de la vida y se la devolvió al chico. Al día siguiente, el chico se la llevó al rey.
Padre Blondina: Veamos si es de verdad el agua de la vida.
Narrador: Y cogiendo su espada, le cortó el cuello al primero que encontró. Vertió el agua de la vida y el desgraciado volvió a su ser como si nada hubiese pasado.
Padre Blondina: Está bien, te daré a mi hija. Pero todavía te queda otra prueba: vendrán a esta habitación treinta y nueve chicas y también mi hija, todas irán vestidas de rojo y tendrán la cara cubierta. Entre las cuarenta deberás escoger, y la que escojas, ésa te llevarás.
Narrador: El chico recurrió al aguijón de la abeja que cuando se presentó lo tranquilizó diciendo:
Reina Abejas: No tengas miedo. Ahora mismo voy a buscar a la princesa y antes de que se cambie de ropa le haré una marca. Después, cuando la pongan con las otras treinta y nueve, volaré encima de ella y así no podrás equivocarte.
Narrador: Y así sucedió. Cuando las cuarenta muchachas estuvieron juntas, el chico supo a quién elegir. El rey ya no pudo someterlo a más pruebas.
Padre Blondina: Muy bien. El cielo te ha sido propicio, has elegido a mi hija. Tuya es.
Narrador: El chico llevó a Blondina al palacio de su padrino el rey. En cuanto llegó, el calvo se enamoró perdidamente de ella y para liberarse del chico le dijo al rey:
Calvo: Pídele al chico que trepe al manzano para coja los frutos más hermosos que son los más altos.
Rey: ¡Por Dios, no puedo pedirle eso! Esas manzanas están altísimas, podría caerse.
Calvo: Sí, sí, padrino, sí puedes, para este chico no hay hazañas imposibles.
Rey: ¡Olvídalo! Estás cada vez más caprichoso y consentido.
Narrador: Pero en cuanto el rey se dio media vuelta, el calvo le ordenó que subiera por las manzanas. El chico obedeció, pero una rama cedió y cayó al suelo con la manzana en la mano. Al comprobar el calvo que el chico había muerto, lo enterró allí mismo, en una zanja. Luego, se presentó ante Blondina con la manzana en la mano.
Blondina: ¿Y tú quién eres?
Calvo: Yo soy el amo de ese chico que os ha traído hasta aquí, y vuestro futuro esposo.
Blondina: ¡Vete de aquí inmediatamente! ¡Estúpido! ¡Presuntuoso! ¡Qué te has creído insolente!
Rey: ¿A qué vienen esos gritos, Blondina?
Blondina: Majestad, llevaos a este calvo medio loco, que no puedo ni verlo. Y haced que venga el que me ha traído hasta aquí porque es a él al único que quiero.
Rey: ¿Dónde está el chico?
Calvo: Se cayó del manzano y se mató. Así que lo enterré al pie del árbol.
Blondina: Vamos, hay que desenterrarlo inmediatamente. Y, tú, desgraciado, apártate de mi camino.
Calvo: Lo que tu digas mi querida Blondina.
Blondina: ¡Qué asco de hombre! ¡Vamos, es que no puedo con él...!
Narrador: Cuando sacaron el cuerpo del chico, Blondina le vertió el agua de la vida y el chico volvió a su ser.
Hijo: Y ahora, majestad, vais a conocer la verdad. Juré por mi vida que no lo denunciaría hasta la muerte, pero ahora que ya he muerto, no tengo que seguir cumpliendo el juramento y soy libre para contar la verdad de todo lo ocurrido.
Narrador: Y el chico contó toda la historia. El rey, cuando conoció el relato completo, ordenó que atasen al calvo a la cola de un caballo y lo arrastrasen por todo el reino. El chico se casó con Blondina y, cuando el rey murió, fue proclamado nuevo rey y reinó en aquel país.



El audio de este cuento dividido en tres partes lo tienes aquí.



miércoles, 2 de mayo de 2018

Hermanito y hermanita



Hermanito y hermanita.
(Hermanos Grimm. Adaptado).

Narrador: Un hermanito tomó a su hermanita de la mano, y le dijo: 
Hermanito: Desde que ha muerto nuestra madre no hemos tenido una hora feliz; nuestra madrastra nos pega todos los días, y si nos arrimamos a ella, nos echa a patadas. Los mendrugos del pan que quedan son nuestro alimento, y al perro le trata mucho mejor que a nosotros. ¡Si lo supiera nuestra madre! ¿No sería mejor irnos a correr el mundo! ¡Acaso nos vaya mejor!  
Narrador: Caminaron todo el día y al llegar la noche penetraron en un bosque muy espeso. Estaban tan fatigados que se acurrucaron en el hueco de un árbol y se durmieron. Al día siguiente, el sol calentaba con sus rayos el interior del árbol. 
Hermanito: Tengo sed, hermanita, si supiera dónde hay una fuente, iría a beber. Me parece que he oído sonar una, vamos a buscarla. 
Narrador: Pero la madrastra, que era una malvada hechicera, les había visto marcharse, siguió sus pasos a hurtadillas y echó hierbas encantadas en todas las fuentes del bosque. Cuando llegaron a una fuente, la hermanita oyó murmurar estas palabras: 
Fuente: El que de mi agua bebe, en cervatillo se vuelve. 
Hermanita: ¡No bebas, por Dios, hermanito, porque te volverías ciervo y huirías de mí! 
Narrador: Pero el hermanito se había arrodillado cerca de la fuente y comenzó a beber; apenas tocaron sus labios el agua, se convirtió en cervatillo. 
Hermanita: No tengas cuidado, mi querido cervatillo, yo no te abandonaré nunca. 
Narrador: Y quitándose su liga dorada, le hizo un collar; después, con algunos juncos, tejió una soguilla, con la que ató al animal. Finalmente, llegaron a una casita... 
Hermanita: Aquí podemos detenernos y quedarnos a vivir. 
Narrador: Pasó el tiempo y, un día, el rey de aquel país llegó al bosque con una partida de caza. El cervatillo oyó todo aquel ruido y sentía no encontrarse cerca. 
Hermanito: ¡Ah, déjame ir a la cacería, no puedo resignarme a estar aquí! 
Hermanita: Pero regresa por la tarde. Cerraré la puerta y para que te conozca, di cuando llames: "Hermanita, déjame entrar." Si no dices eso, no abriré.  
Narrador: El rey y sus cazadores vieron al hermoso animal, y corrieron en su persecución sin poderle alcanzar. Pero a la caída de la tarde uno de los cazadores le hirió ligeramente en el pie y a duras penas pudo escaparse. Siguió sus huellas hasta llegar a la casita donde le oyó decir: 
Hermanito: Hermanita, déjame entrar. 
Narrador: Y vio cómo le abrían la puerta y la cerraban en seguida. El cazador se dirigió a donde estaba el rey y le refirió lo que había visto y oído.
El rey dijo:
 

Rey: Mañana continuará también la caza. 
Narrador: La hermanita le lavó la sangre de la herida, le aplicó hierbas y le dijo: 
Hermanita: Ve a descansar a la cama para curarte, mi querido cervatillo. 
Narrador: A la mañana siguiente, al oír en el bosque el sonido de la cacería...: 
Hermanito: No puedo parar aquí, necesito salir, no me cogerán con tanta facilidad. 
Hermanita: Hoy te van a matar, no quiero dejarte salir. 
Hermanito: Me moriré aquí de disgusto si no me dejas salir; cuando oigo la corneta de caza, me parece que se me van los pies. 
Narrador: La hermanita le abrió la puerta llena de tristeza, y él se lanzó al bosque alegre y decidido. El rey apenas le vio, dijo a los cazadores. 
Rey: Perseguidle hasta la noche, pero no le hagáis daño. 
Narrador: En cuanto se puso el sol, dijo el rey al cazador: 
Rey: Ven y enséñame la pequeña casa del bosque. 
Narrador: Cuando llegaron a la puerta, llamó y dijo: 
Rey: Hermanita, déjame entrar. 
Narrador: Se abrió la puerta y entró el rey, hallando a una joven tan hermosa como no había visto otra en este mundo. 
Rey: ¿Quieres venir conmigo a mi palacio y ser mi esposa? 
Hermanita: Sí, más es preciso que venga conmigo el cervatillo, no puedo separarme de él. 
Narrador: El rey llevó a la joven a su palacio, donde se celebró la boda, y vivieron felices mucho tiempo. El cervatillo saltaba y corría por el jardín del palacio; sin embargo, la malvada madrastra, cuando supo que eran tan felices, y vivían con tanta prosperidad, se dedicó a buscar con el mayor cuidado un medio para hundir a los dos en la desgracia. Su hija verdadera, que era tan fea como la noche y sólo tenía un ojo, le reconvenía diciéndole:
Hija: La ventura de llegar a ser reina es a mí a quien pertenece. 
Madrastra: ¡No tengas cuidado! Cuando sea el momento te ayudaré.  
Narrador: En efecto, cuando la reina dio a luz un hermoso niño, como el rey estaba de caza, la hechicera tomó la forma de una doncella, entró en el cuarto en que se hallaba acostada la reina y le dijo: 
Madrastra: Venid, vuestro baño está preparado y os sentará muy bien; ¡rápido, antes de que se enfríe!
Narrador: Acompañada de su hija, la llevaron al baño donde la encerraron. Habían organizado un verdadero incendio para que se asfixiara.
Después, cogió la vieja a su hija, la acostó en la cama; le dio también la apariencia de la reina y, para que no lo notase el rey, le mandó que estuviera echada siempre del lado que era tuerta.
Cuando a la caída de la tarde volvió el rey y supo que le había nacido un hijo, se alegró de todo corazón y quiso ir a la cama de su querida mujer para ver cómo estaba.

Madrastra: No abráis, por Dios, las ventanas; la reina no puede ver la luz todavía; necesita descanso. 
Narrador: Cuando dieron las doce de la noche y todos dormían, la niñera, que estaba en el cuarto del niño, vio entrar a la verdadera madre. Sacó al niño de la cuna, lo tomó en sus brazos y le dio de mamar. Después volvió a ponerlo en su sitio y corrió las cortinas. No se olvidó tampoco del cervatillo, se acercó al rincón donde estaba tendido y le acarició el lomo. Salió después sin decir una palabra.
Volvió muchas noches y la niñera la veía siempre, pero no se atrevía a hablarle. Al cabo de algún tiempo la madre comenzó a hablar por la noche:
Hermanita: ¿Qué hace mi hijito? ¿Mi ciervo dónde está? Volveré una vez más, y ya no vendré jamás.
Narrador: La niñera no le contestó, pero apenas había desaparecido, corrió a contárselo al rey: 
Rey: ¡Dios mío! ¿Qué significa esto? La próxima noche velaré junto al niño. 
Narrador: En efecto, la noche siguiente se apareció la madre, y dijo:
Hermanita: ¿Qué hace mi hijito? ¿Y mi ciervo dónde está? He venido esta vez y ya no volveré más.
Rey: Tú no puedes ser otra que mi amada esposa.
Hermanita: Sí, soy tu mujer querida. 
Narrador: Y en ese momento recobró la vida de nuevo, tan hermosa y fresca como una rosa. Refirió al rey el crimen que habían cometido la malvada hechicera y su hija. El rey las mandó comparecer ante el tribunal, donde fueron condenadas. La hija fue conducida a un bosque, donde la despedazaron las bestias salvajes y la hechicera fue condenada a la hoguera, pereciendo miserablemente entre las llamas. En el momento en que se convirtió en cenizas recobró el ciervo su forma humana, y hermanito y hermanita vivieron felices hasta el final de sus días.

El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

El pájaro de fuego

El pájaro de fuego.
(Cuento popular ruso)
Narrador: En cierto reino vivía el zar Berendei con sus tres hijos. Poseía un hermoso jardín con un manzano que daba frutos de oro, pero sucedió que comenzaron a robarle las manzanas de oro por las noches. El zar redobló la vigilancia, pero nadie descubrió al ladrón. Sus tres hijos decidieron guardar el jardín, pero los dos mayores fracasaron. Cuando Iván, el menor de los hermanos, hizo su guardia permaneció totalmente despierto. Vio que un pájaro de fuego estaba posado en una rama del manzano y picoteaba las manzanas de oro.
Iván asió de la cola al ave, pero el pájaro de fuego se debatió con tanta fuerza que logró escapar, dejando en la mano del príncipe una pluma de su cola.
A la mañana siguiente, Iván se presentó ante su padre.
Zar Berendéi: Di, querido Iván, ¿has visto al ladrón?
Iván: No lo he atrapado, querido padre, pero sé ya quién comete fechorías en vuestro jardín. Aquí tienes un recuerdo del ladrón. Es el pájaro de fuego.
Zar Berendéi: Queridos hijos ¿por qué no vais a recorrer el mundo hasta encontrar al pájaro de fuego? Si no lo hacéis así, cualquier día volverá por aquí a robarme mis manzanas.
Narrador: Los hijos se pusieron en camino, cada uno en una dirección. Iván cabalgó mucho tiempo y llegó a una encrucijada. Allí, en un mojón de piedra, estaba escrito:
Iván: “Aquel que siga por el camino de en medio, sufrirá frío y hambre; el que coja el de la derecha, saldrá sano y salvo, pero perderá su caballo; y el que vaya por el de la izquierda, será asesinado, pero su caballo vivirá.”
Narrador: Iván tomó el camino de la derecha. Poco después su caballo fue ferozmente atacado y degollado por un lobo gris que desapareció en la espesura. Al anochecer, el gran lobo gris surgió del bosque:
Lobo: ¿Por qué, Iván, te veo tan triste, tan abatido?
Iván: ¿Cómo no voy a estarlo, lobo gris? Me he quedado sin mi buen caballo.
Lobo: Tú fuiste quien escogió este camino. Sin embargo me da pena verte tan cabizbajo. Dime ¿qué te lleva tan lejos? ¿A dónde vas?
Iván: Mi padre, el zar Berendei, me ha enviado a recorrer el mundo en busca del pájaro de fuego.
Lobo: En tu buen caballo no hubieras encontrado el pájaro de fuego en tres años. Sólo yo sé dónde anida y sólo yo puedo ayudarte a atraparlo. En fin, ya que me he comido tu caballo, te serviré fielmente. Monta en mi lomo y sujétate con fuerza.
Narrador: Cruzaron bosques y lagos y, por fin, llegaron a una fortaleza de altas murallas. El lobo se detuvo y dijo:
Lobo: Escúchame y recuerda bien lo que te digo. Salta la muralla y en un palacete verás una ventana en la que hay una jaula de oro con el pájaro de fuego. Toma el pájaro pero no toques la jaula o te sucederá una gran desgracia.
Narrador: Todo lo realizó como dijo el lobo pero, cuando vio la jaula, Iván fue tentado por la codicia...
Iván: ¿Acaso puedo dejar aquí una jaula tan preciosa?
Narrador: En cuanto sus dedos la rozaron, la guardia se despertó, lo apresaron y fue llevado ante el zar Afrón.
Zar Afrón: ¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿De qué padre eres hijo?
Iván: Me llamo Iván, hijo del zar Berendéi. Tu pájaro de fuego acostumbra robar las manzanas de oro del jardín de mi padre. Él me envió a buscarlo y atraparlo.
Zar Afrón:¡Qué vergüenza! ¡El hijo de un zar metido a ladrón! Si me prestas un servicio, te perdonaré e incluso te daré el pájaro de fuego. Tendrás que cruzar los veintinueve países, hasta llegar al trigésimo, donde reina el zar Kusmán, y traerme su caballo de crines de oro.
Narrador: En poco tiempo el lobo gris llevó a Iván a la fortaleza del zar Kusmán.
Lobo: Salta el muro, Iván. La guardia está durmiendo. Ve a la cuadra y saca de allí el caballo, pero ten buen cuidado de no tocar la brida, o volverá a sucederte una gran desgracia.
Narrador: Pero, de nuevo, la brida de oro despertó la codicia de Iván y al tocarla la guardia despertó y lo llevaron ante la presencia del zar. Éste, cuando supo quien era, le propuso un trato.
Zar Kusmán: ¡Si hubieras venido a mi encuentro honradamente, yo, por respeto a tu padre, te hubiera regalado mi caballo! En fin, te perdonaré si me prestas un servicio. El zar Dalmat tiene una hija que se llama Elena la Hermosa. Tráela aquí y te daré el caballo de crines de oro con su brida.
Narrador: Cuando regresó a donde lo esperaba el lobo...:
Lobo: Yo me desvivo por servirte y tú lo echas todo a perder! Esta vez, Iván, iré yo mismo a buscar a la princesa. Tú emprende el regreso, que pronto te daré alcance.
Narrador: Poco después, el lobo gris asió de sus ropas a Elena la Hermosa y dio alcance a Iván. Por fin, llegó con Elena la Hermosa e Iván al reino del zar Kusmán. El lobo le preguntó ...:
Lobo: ¿Por qué te veo tan triste y abatido, Iván?
Iván: ¿Cómo quieres que no esté triste, lobo gris? ¡Amo a Elena la Hermosa con todo mi corazón! ¿Acaso puedo cambiarla por un caballo?
Lobo: No te separaré de tu amada. Voy a transformarme en Elena y tú me entregarás al zar Kusmán. Mientras, la princesa te aguardará en este bosque y, cuando tengas el caballo de crines de oro, vendrás a buscarla. Partid enseguida los dos, que yo me reuniré con vosotros un poco más tarde.
Narrador: Escondieron a Elena en una cabaña. El lobo, tras dar una voltereta, se convirtió en Elena la Hermosa e Iván la llevó ante el zar Kusmán.
Zar Kusmán: Te agradezco mucho, Iván Zarévich, que me hayas traído la novia. Toma el caballo de crines de oro con su brida.
Narrador: Sólo quedaba dirigirse al reino del zar Afrón para entregarle el caballo a cambio del pájaro de fuego. Iván se encaprichó esta vez con el corcel de las crines de oro. El lobo gris de transformó en el caballo y fue llevado ante el zar Afrón. Éste, tomándolo por auténtico, entregó el pájaro de fuego a Iván que pronto se reunió en el bosque con Elena y el corcel verdadero. Por su parte, el lobo, en la primera oportunidad, transformado en caballo, se encabritó, el zar saltó de la silla y cayó de cabeza en un cenagal. En lugar de un caballo con las crines de oro, fue un lobo gris el que se dio a la fuga.
Iván se casó con Elena la Hermosa y vivieron muchos años felices, tan unidos que no podían pasar ni un minuto el uno sin el otro.


El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

jueves, 8 de diciembre de 2016

La princesa rana

La princesa rana.
(Afanasiev. Adaptado)
Narrador: Érase una vez cierto reino en el que vivía un zar que tenía tres hijos. Cuando se hicieron mayores, el zar los reunió y les dijo:
Rey: Mis queridos hijos, quisiera casaros antes de hacerme viejo, deseo tener nietos y entretenerme con ellos. Tomad cada uno una flecha, salid al campo y disparadla. Allí donde caiga vuestra flecha, allí tendréis que buscar esposa.
Narrador: Las flechas de los dos hermanos mayores mayores fueron recogidas por las hijas de un noble y un rico mercader. La flecha del hermano menor, el príncipe Iván, llegó a un pantano. Había allí una rana, que saltaba de piedra en piedra y sostenía la flecha entre sus patas.
Iván: Rana, ranita, dame mi flecha.
Rana: Cásate conmigo.
Iván: ¿Qué dices? ¿Acaso puedo yo casarme con una rana?
Rana: Cásate conmigo, esa es tu suerte.
Narrador: Hubo tres bodas en el palacio del zar: la del hijo mayor con la hija de un noble, la del mediano con la hija del mercader y la de Iván con la rana. Un buen día, el zar hizo llamar a sus hijos y les dijo:
Rey: Quisiera saber cuál de vuestras mujeres tiene mejores manos para la
costura. Decidles que, para mañana, deben hacerme una camisa cada una.
Narrador: Cuando la rana supo los deseos del rey, por la noche, se desprendió de su piel, se convirtió en Vasilisa la Sabia, batió las palmas y dijo:
Vasilisa: ¡Madrecitas, ayas mías, acudid sin dilación! Haced, para mañana por la mañana, una camisa como la de mi padre.
Narrador: A la mañana siguiente los hermanos llevaron a su padre las tres camisas. El rey al ver la que le mostraba el príncipe Iván dijo:
Rey: ¡Oh, verdaderamente, ésta es la más hermosa! ¡Digna de ser lucida en una fiesta! Veamos cuál de vuestras mujeres es la mejor haciendo pan. Que cada una me cueza para mañana un pan blanco y tierno.
Narrador: A la mañana siguiente, el príncipe Iván se presentó con un pan
dorado, relleno de pasas y decorado con torres y palacios, mientras que los otros dos hermanos llevaron un pan quemado y negro como un tizón.
Rey: ¡Oh, este pan es para ser comido en los días de fiesta! Esta tarde quiero que acudáis con vuestras esposas a una fiesta que voy a celebrar.
Narrador: Iván regresó a sus aposentos con el corazón apesadumbrado.
Rana: Croac-croac, Iván Zarévich ¿Qué pena te acongoja? ¿Es que tu padre no ha sido cariñoso contigo?
Iván: Tengo una buena razón para atormentarme. Ha ordenado mi padre que vaya contigo a su fiesta. Dime, ¿puedo, acaso, mostrarte delante de la gente?
Rana: No te apenes Iván, ve solo a la fiesta, yo iré después y me reuniré allí contigo. Cuando oigas ruidos y truenos diles a los invitados: Es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Narrador: Ya en la fiesta los hermanos, acompañados por sus engalanadas esposas, se burlaban de él.
H. mayor: ¿Por qué has venido sin tu mujer? Podrías haberla traído envuelta en el pañuelo. ¿Dónde has encontrado a esa beldad? ¡Seguro que tuviste que hurgar en fangosos pantanos y apestosos ríos para dar con ella!
Iván: No teman, queridos invitados, sólo es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Narrador: Ante la puerta del palacio se detuvo una carroza de oro tirada por seis caballos blancos, y de ella descendió Vasilisa la Sabia vistiendo un traje azul cuajado de estrellas.
Después del baile, Vasilisa, sacudió la manga izquierda, y ante ella apareció un lago; sacudió la derecha, y por la superficie del lago se deslizaron unos cisnes de plumaje blanco como la nieve. El zar y sus invitados no cabían en sí del asombro.
Mientras tanto, Iván salió sin ser visto, corrió a sus aposentos, encontró la piel de la rana y la arrojó al fuego.
Cuando Vasilisa la Sabia vio que la piel había desaparecido, reprochó a su esposo con tristeza:
Vasilisa: ¡Ay, Iván! ¿Qué has hecho? Si hubieras esperado tres días más, habría sido tuya para siempre. Ahora tendremos que separarnos. Búscame más allá de los veintinueve países, en el trigésimo reino, en los dominios de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Narrador: Vasilisa la Sabia se transformó en un cuclillo gris y salió volando por la ventana. Iván se despidió de su tierra y salió en busca de su mujer.
Nadie supo cuánto anduvo, pero sus botas quedaron sin suelas y sus ropas se hicieron jirones. Un buen día se encontró con un viejo en mitad de un camino.
Viejo: ¡Buenos días joven! ¿A dónde vas, qué camino llevas?
Narrador: Iván le contó sus penas y el anciano le dijo:
Viejo: ¡Ay, Iván! ¿Por qué quemaste la piel de la rana? No se la habías
puesto tú, y no eras tú quien debía quitársela. Vasilisa la Sabia nació más lista, más inteligente que su padre. Enfadado por eso, él le ordenó que viviera tres años transformada en rana. En fin, quiero ayudarte. Toma este ovillo de hilo, déjalo rodar y síguelo adonde quiera que te lleve.
Narrador: Iván echó a andar en pos del ovillo y por el camino perdonó la vida a un oso, un ánade, una liebre a los que no mató con sus flechas.
Siguiendo el ovillo, llegó a la orilla del mar. Un sollo agonizaba boqueando sobre la arena.
Sollo: ¡Ay, Iván, compadécete de mí, échame al mar azul! ¡No me dejes morir y algún día te prestaré un buen servicio!
Narrador: Echó el sollo al mar y pasado cierto tiempo el ovillo llegó a un bosque. Había allí una casa. Iván entró y vio durmiendo a la bruja Yagá Pata de Palo, los dientes sobre un estante y la nariz clavada en el techo.
Yagá: ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Qué vientos te traen? ¿Vas en busca del destino o huyes de él sin tino?
Iván: ¿Es forma ésta de acoger a un forastero? Primero hay que ofrecerle un baño, darle de comer hasta saciar su hambre y darle de beber hasta apagar su sed. Luego, cuando haya descansado, se le puede interrogar, antes no.
Narrador: Ya satisfecho, Iván le contó a la bruja Yagá que iba en busca de su mujer, Vasilisa la Sabia.
Yagá: Ya estaba enterada. Tu mujer vive ahora en el palacio de Koschéi el Inmortal. Difícil te va a ser quitársela, vencer a Koschéi no es coser y cantar.
La muerte de Koschéi se encuentra en la punta de una aguja, la aguja está encerrada en un huevo, el huevo en el interior de un pato, el pato vive dentro de una liebre, la liebre está encerrada en un cofre de piedra, y el cofre se halla en la copa de un alto roble del que cuida Koschéi como de las niñas de sus ojos.
Narrador: A la mañana siguiente reanudó el camino. Mucho anduvo pero por fin vio un alto roble en cuya copa descansaba el cofre de piedra.
De pronto apareció un oso que arrancó de cuajo el roble. El cofre cayó y se hizo añicos. Salió de él una liebre que echó a correr pero otra liebre le dio alcance. De la liebre muerta salió un pato que voló alto en el cielo. Pero un ánade se precipitó sobre él y le dio un terrible aletazo. El pato dejó caer un huevo, y el huevo se hundió en las profundidades del mar. ¿Cómo iba a encontrar el huevo en el fondo del mar? Pero, de pronto, un sollo nadó hacia la orilla, llevando en la boca el huevo. Iván cogió el huevo y con él fue en busca de Koschéi.
Al ver el huevo, Koschéi se echó a temblar. Entonces Iván cascó el huevo, sacó de dentro la aguja y le rompió la punta. Y éste fue el fin de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Vasilisa la Sabia salió corriendo al encuentro de su esposo y le besó en los labios.
Regresaron Iván y Vasilisa a su hogar, y en él vivieron felices y contentos hasta el fin de los tiempos.

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