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jueves, 24 de octubre de 2019

El pavo que abría y cerraba la cola


El pavo que abría y cerraba la cola.
(Ana Mª Machado. Adaptado. Ilustraciones: Ivone Ralha. Edit. Everest)

Narrador: A la orilla de un lago, un pavo real se preguntaba mientras se pavoneaba mirándose en el agua:
Pavo: ¿Soy feo? ¿Soy guapo?
Narrador: Cuando abría su cola en abanico, toda verde, violeta, azul brillante, se veía bonito y elegante. Pero al mirar sus pies y su andar tan desgarbado, sentía una gran vergüenza y tristeza. Un día fue invitado a una fiesta que sería más sonada que la gala del sapo.
Pavo: ¿Será divertida? ¿Será aburrida? ¿Qué opináis, señora paloma mensajera?
Paloma: Claro que será divertida. Una fiesta nunca es aburrida. No debéis faltar.
Narrador: Luego, animado, abrió su gran cola y ensayó unos pasos de baile. Hasta que oyó las carcajadas de un cardenal bailarín que se entrenaba para la fiesta y rápidamente cerró su cola:
Cardenal: ¡Jajaja! ¡Qué animal más torpe, más desmañado! Este baile será alocado.... ¡Jajaja!
Narrador: Un gorrión que pasaba por allí, al verlo tan alicaído, así le habló:
Gorrión: ¿Por qué tanta tristeza en su cabeza?
Pavo: Es que yo bailo muy mal...
Gorrión: Eso no importa en tan hermoso animal.
Narrador: Y el pavo real, así animado, abrió la cola con plumas para todos los lados. Pero, con tan mala fortuna, que acabó perdiendo una en el rincón derecho. La tristeza fue tremenda. Y se quedó de nuevo amilanado, con cara de pena horrenda. Un periquito, que pasaba en ese momento, le preguntó:
Periquito: ¿Por qué tanto sufrimiento?
Pavo: He perdido una pluma y eso es muy malo.
Periquito: No es tan malo, no creas. Es señal de que te va a crecer una nueva.
Narrador: El pavo real volvió a animarse y abrió su abanico. Entonces llegó el bienteveo y se río al son de burla:
Bienteveo: ¡Vaya, vaya, un pavo real, con la cola incompleta! !No nunca visto, me voy a dormir la siesta!
Narrador: Y, de nuevo, el pavo real encogió la cola y trató de desaparecer con ella. Así se pasó toda la tarde: abría y cerraba, abría y cerraba, cambiando de idea con cada animal que encontraba.
Al final del día acabó bizco, con la lengua fuera, sudado, desmadejado, hecho un desastre y cansado de abrir y cerrar la cola a toda hora. Decidió que ya no iría a la fiesta y se marchó de allí para evitar que todo el mundo se riese de él. Fue entonces cuando escuchó, escondido tras un arbusto, una conversación entre dos buitres:
Buitre 1º: Muero de impaciencia porque llega la hora del baile... Esa fiesta será fenomenal.
Buitre 2º: No faltará de nada: buena comida, agua fresquita, muchos amigos y música a rabiar...
Narrador: El pavo real, al verlos, se echó a reír de aquellos dos pájaros que no bailaban, ni sabían cantar, y cuyas plumas no eran multicolores como las de él. ¡Dos horribles buitres contentos y felices porque se acercaba la hora del baile!
Pavo: ¡Jajaja! ¿No os da vergüenza? ¿Feos como sois y oliendo tan mal? Cuando bailéis todo el mundo se va a desmayar.
Buitre 1º: Nada de eso... Todo el mundo va a estar muy ocupado tratando de comer y beber, de cantar y bailar, de verse y conversar. Y si alguien quiere se puede reír. No por eso me voy a dejar de divertir.
Buitre 2º: Ni feos, ni malolientes, ¿te enteras? Los buitres somos bonitos, tenemos el color de la ciruela y el león, de la mora y la puesta de sol...
Buitre 1º: Tú sí eres una ave espantosa, con esa cola escandalosa, que se abre y se cierra como un cajón. Eres verde, eres morada, eres azul y estás lleno de bolitas...
Buitre 2º: ¡Pero debemos reconocer que nos encantan tus patitas...! Además, lo de ser bonito o feo, sólo es cuestión de relleno.
Narrador: Entonces, el pavo real, no pudo por menos que reír y, cuando los dos se fueron volando, se quedó pensando:
Pavo: Que la fealdad sea colosal o la belleza sea de artista, no depende del animal, sino del punto de vista. Cada uno es diferente y lo que más importa es uno, realmente.
Narrador: Y allá fue el pavo real, realmente animado, a una fiesta muy divertida, abriendo su cola y sin vergüenzas por sus andares de toda la vida.


El texto de este de este relato como fue narrado lo tienes aquí.





viernes, 27 de septiembre de 2019

Presa de pájaro

Presa de pájaro.
(Hermanos Grimm)
A partir de 8 años.

Narrador: Había una vez una mujer que se quedó dormida con su niño bajo un árbol. Pero un ave de rapiña que lo vio en su regazo voló hasta ellos, se lo llevó con el pico y lo colocó en lo alto de otro árbol lejano. La madre, cuando despertó, no fue capaz de encontrarlo y se marchó desconsolada sin comprender qué había pasado.
Un guardabosques oyó el llanto del niño y localizó el árbol en cuya copa estaba sentado el niño pequeño.
El hombre trepó al árbol, bajó al niño y pensó:
Guarda: “Llévate el niño a casa y lo criarás con tu pequeña Elena”.Narrador: Lo llevó a casa y los dos niños crecieron juntos. Pero como había sido encontrado en un árbol y lo había llevado un pájaro, le puso el nombre de Presa de pájaro. Presa de pájaro y Elena se querían tanto que cuando uno no veía al otro se ponía triste.
El guardabosques tenía una vieja cocinera, que una tarde cogió dos cubos y comenzó a acarrear agua, y no fue sólo una vez sino muchas a la fuente. Elena vio todo esto y dijo:
Elena: Oye, vieja Sanne, ¿para qué traes tanta agua?Sanne: Si no se lo dices a nadie, te lo contaré.Elena: Puedes estar segura, no se lo contaré a nadie.Sanne: Bien. Mañana temprano, cuando el guardabosques vaya de caza, herviré agua y, cuando esté la marmita en ebullición, echaré a Presa de pájaro dentro y lo cocinaré.Narrador: A la mañana siguiente, muy temprano, se levantó el guardabosques y se fue de caza. Al poco rato, Elena despertó a Presa de pájaro y le dijo:Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida.Elena: Te lo diré solamente a ti: la vieja Sanne acarreó ayer por la tarde mucha agua a casa; yo le pregunté por qué hacía eso y ella me respondió que si yo no se lo decía a nadie, ella me lo contaría, y dijo que mañana por la mañana, cuando padre estuviera de caza, haría que la marmita llena de agua entrara en ebullición y te echaría a ti dentro para cocerte. Vamos a levantarnos rápidamente y a marcharnos juntos.Narrador: Cuando el agua hervía en la marmita, la cocinera fue a los dormitorios para coger a Presa de pájaro y echarlo dentro. Pero cuando entró y se acercó a las camas, ya se habían marchado los dos niños. Entonces le entró un miedo tremendo:Sanne: ¿Qué voy a decir cuando regrese a casa el guardabosques y vea que los niños se han ido? ¡Rápido, ve detrás de ellos a ver si todavía los alcanzas!Narrador: A continuación envió la cocinera a tres siervos tras ellos. Los niños estaban sentados ante el bosque cuando vieron correr a los tres siervos. Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca. Nunca en mi vida.Elena: Conviértete en rosal y yo seré una de tus rosas.Narrador: Cuando los tres siervos llegaron al bosque, allí no había más que un arbusto de rosas y una rosita en él, pero los niños no estaban en lugar alguno. Siervo: Aquí no hay nada que hacer. Volvamos a la casa y le diremos a la vieja que aquí sólo hay un rosal con su rosita.
Narrador: Ya en la casa...Sanne: ¡Estúpidos! Deberíais haber partido el rosal, cortado la rosa y habérmelos traído a casa. ¡Rápido, hacedlo!Narrador: Tuvieron que salir de nuevo a buscarlos, pero los niños los vieron venir a lo lejos:Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.
Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida.Elena: Transfórmate en capilla y yo en una corona dentro de ella.Narrador: Cuando llegaron los tres siervos, allí no había más que una iglesia y una corona.Siervo: ¿Qué hacemos aquí? Volvamos a casa.
Narrador: Cuando llegaron a la casa...
Sanne: Y bien, ¿qué habéis encontrado? ¿Dónde están los niños?
Siervo: Ni rastro de ellos. Sólo hemos visto una capilla en la que había una corona.Sanne: ¡Estúpidos! ¿Por qué no habéis roto la capilla? ¡Tendríais que haber traído la corona a casa!Narrador: A continuación se puso ella misma en marcha y fue con los tres sirvientes en busca de los niños. Los niños los vieron venir a lo lejos.
Elena: Si no me abandonas, yo tampoco te abandonaré.Presa de pájaro: Nunca, nunca en mi vida. Elena: Conviértete en estanque y yo en pato encima de él.Narrador: La cocinera se acercó y cuando vio el estanque se agachó y quiso bebérselo. Pero el pato llegó nadando a toda velocidad, la cogió con el pico por la cabeza, la arrastró hasta dentro del agua y la vieja bruja se ahogó. Entonces los niños se fueron a casa muy contentos, y si no han muerto, todavía viven.

El audio y/o vídeo de este relato lo tienes aquí.

lunes, 11 de marzo de 2019

El ahijado del rey

El ahijado del rey. 1ª Parte.
(Adaptado de “Cuentos populares del mediterráneo”, Ana Cristina Herreros, Edit. Siruela).

Narrador: Había una vez un rey que emprendió un largo viaje por mar, pero en mitad de la noche se desató una fuerte tempestad que hizo naufragar la nave.
Marinero: ¡Estamos perdidos, majestad, tendremos que abandonar el barco o nos iremos con ella al fondo del mar!
Capitán: ¡Abandonad la nave, nos hundimos! ¡Agarraos a todo lo que flote y que Dios reparta suerte!
Narrador: El rey y algunos marineros más sobrevivieron y fueron arrastrados por el mar hasta la isla de Chipre. Allí, solos en la noche, se dirigieron hacia la única luz que brillaba a lo lejos que procedía de la cabaña de un pastor.
Rey: Buenas noches, pastor.
Pastor: Buenas noches, sed bienvenidos.
Narrador: El pastor mató a un cordero para asarlo y agasajar a sus invitados. Sucedió que aquella misma tarde la mujer del pastor tuvo un hijo y el rey le dijo:
Rey: Escucha, pastor, soy rey de un país no muy lejano y me gustaría bautizar a tu hijo recién nacido. Después me iré.
Pastor: Como guste su majestad.
Narrador: Al cabo de tres días, el rey bautizó al niño y se convirtió en su padrino. Luego, cuando llegó el momento de marcharse, el rey le dio un anillo al pastor y le pidió que le enviase a su hijo cuando llegase a la mayoría de edad.
Cuando el chico cumplió los dieciséis años, su padre le dijo:
Pastor: Ha llegado el momento, hijo mío, de que te presentes ante tu padrino, el rey. Márchate y lleva contigo mi bendición.
Narrador: Por el camino se cruzó con un hombre calvo que no tenía ni un pelo en la cabeza que le dijo:
Calvo: ¿Adónde vas, muchacho?
Hijo: Mi padrino el rey me ha dado este anillo y voy a presentarme ante él.
Calvo: En ese caso llévame contigo. Si le dices al rey que soy de tu familia, quizá me de un trabajo.
Hijo: Vale, amigo, ven conmigo.
Narrador: Caminaron durante mucho tiempo. Tenían sed pero no encontraron agua por ningún sitio. Al fin, encontraron un pozo. El agua estaba muy profunda. Entonces el calvo le propuso al chico:
Calvo: Mira, bajaría yo, pero tú pesas menos. Yo te sujeto con una cuerda. No tengas miedo, que te sujeto con fuerza.
Narrador: El chico bajo al fondo del pozo atado por la cuerda. Allí la soltó y la ató a la jarra de agua para subirla, y el calvo bebió.
Hijo: Ahora, échame la cuerda para que suba yo.
Calvo: ¿Subir tú? He sudado mucho para bajarte ¿y ahora quieres que te suba? Mira, sólo si me das el anillo y le dices al rey que soy yo su ahijado y que tú eres mi criado, entonces te sacaré del pozo.
Narrador: El chico tuvo que aceptar lo que le proponía el calvo si quería salvar su vida.
Calvo: Júrame que nunca dirás la verdad.
Hijo: Juro por mi vida que no te denunciaré hasta la muerte.
Narrador: Después de subirlo se pusieron en camino hasta el palacio del rey.
Soldado: ¿Alto! ¿Quién va? ¿Qué queréis forasteros?
Calvo: El ahijado del rey acompañado de su sirviente. Aquí porto el anillo que lo atestigua.
Soldado: Está bien, si eres el ahijado del rey, puedes entrar.

El ahijado del rey. 2ª Parte.

Narrador: El rey no podía creer que aquel calvo tan feo fuese su ahijado. Pero ¿qué le iba a hacer? Lo alojó en palacio y al chico lo mandó a las cuadras a cuidar a los caballos. Con el tiempo el chico se hizo amigo de la vieja criada del rey.
Un día el chico miraba un nido de golondrinas. Mamá golondrina reñía a su marido por haber tardado tanto en traer la comida para sus crías. El chico se echó a reír. El calvo y el rey pasaron por allí:
Calvo: Ve, majestad, se burla de mi porque soy calvo.
Rey: ¿Por qué te ríes?
Hijo: Majestad, las golondrinas se comportan como los humanos. Ella riñe a su marido por haber tardado tanto en traer la comida a las crías.
Calvo: Ya que entiende el lenguaje de los animales, mandadle a la India a buscar el pájaro de Pipirís.
Rey: Eso muchacho, tráeme ese pájaro o te cortaré la cabeza.
Narrador: Ya a solas, la criada del rey, viendo la preocupación del muchacho, le dijo:
Criada: Diablos, te envían a la mismísima muerte. Han ido a buscar ese pájaro cientos de hombres y todos murieron porque ninguno ha vuelto con él. De todos modos, yo sé de un caballo, que si consigues montarlo, te llevará por los aires hasta la India. Cuando llegues, espera a que las dos hogueras se apaguen y espolea entonces a tu caballo para pasar por encima de ellas. El pájaro de Pipirís tiene su nido en la rama de un árbol todo de oro. Cuando lo atrapes, vuelve a todo galope.
Narrador: Todo lo que había dicho la vieja criada era verdad y el chico siguió sus consejos. Cuando regresó al palacio con el pájaro el calvo se asombró mucho de verlo regresar con vida. A los pocos días le dijo al rey:
Calvo: Padrino, pídele al chico que nos traiga a Blondina, la muchacha de los cabellos de oro.
Rey: No le podemos pedir algo así. Todos los que lo intentaron murieron en el empeño. Blondina ha construido las torres de su castillo con las cabezas de los pretendientes y sus esqueletos sirvieron para construir los muros.
Narrador: Pero tanto insistió que el rey acabó cediendo:
Rey: Ve y tráeme a Blondina.
Narrador: De nuevo la vieja criada tuvo que consolar al muchacho:
Criada: ¿Qué te pasa, muchacho?
Hijo: Que quieren que traiga a Blondina.
Criada: Ay, hijo mío,qué tarea tan difícil te piden. Te diré qué puedes hacer. Pide al rey que te dé cuarenta odres llenos de miel, cuarenta llenos de mijo y un saco lleno de monedas de oro. Si haces lo que te digo, todo saldrá bien.
Narrador: Todo lo que pidió le fue concedido. Cuando se hizo de noche llegó con su caballo a un gran pozo. Entonces el caballo le dijo:
Caballo: Déjame pastar mientras tu duermes.
Narrador: Pero al poco tiempo el caballo le interrumpió su sueño:
Caballo: ¡Vamos, de prisa, hay inocentes en peligro!
Narrador: Efectivamente, una serpiente enroscada de un árbol cercano amenazaba con sus fauces abiertas las crías de un águila que estaban indefensas en su nido. El chico trepó por el tronco, desenvainó su espada y de un certero tajo mató a la serpiente. En esto llegó la madre de las crías de águila agitando sus alas:
Águila: ¡Cómo te atreves a atacar a mis pobres crías con tu espada, cobarde? ¡Te arrancaré los ojos con mis garras y sabrás lo que es el poder de un águila!
Aguilucho: ¡No, mamá! ¡Él nos ha salvado la vida, mató a la serpiente que quería devorarnos!
Aguila: ¿Qué quieres recibir por el bien que nos has hecho?
Hijo: Nada.
Aguila: Coge esta pluma. Cuando necesites mi ayuda, ponla encima de unas brasas y yo llegaré volando en tu ayuda.
Narrador: El chico siguió cabalgando hasta que llegaron a un bosque. El caballo al observar un enorme hormiguero le dijo:
Caballo: Baja de mi grupa y llévame de la brida para no pisar el hormiguero.
Hijo: ¡Qué buena vista tienes amigo! Ya está. Iremos con cuidado.
Narrador: Al salir del bosque se encontraron con la reina de las hormigas y su destacamento de soldados.
Reina Hormigas: ¡Eh, vosotros, por dónde habéis pisado! ¿No habréis aplastado a mis tropas?
Hijo: No, hemos venido con cuidado para no hacerles daño, pero, ¿por qué estáis tan lejos del hormiguero?
Reina Hormigas: Ay, hemos tenido que salir del bosque en busca de comida, pero aquí tampoco encontramos nada.
Narrador: Entonces el chico vació los cuarenta odres de mijo que le había pedido al rey y se los ofreció a la reina de las hormigas.
Reina Hormigas: Por este bien que nos has hecho, coge esta alita. Cuando me necesites, sólo tienes que ponerla sobre unas brasas y yo acudiré en seguida.
Hijo: Gracias, Reina de las Hormigas. Ahora, debo seguir mi camino.
Narrador: Cabalgó y cabalgó hasta que llegó al mar y en la orilla se encontraron con un enorme pez tirado que se agitaba intentando volver al mar. El chico lo cogió y lo devolvió al agua. El pez le dijo:
Pez: Por este bien que me has hecho, ¿qué quieres que te dé?
Hijo: Nada
Pez: Coge esta escama. Cuando me necesites, ponla sobre unas brasas y yo llegaré para ayudarte.
Narrador: El chico continuó su camino, pero al llegar a un arroyo vio como el agua arrastraba un panel de abejas. Con la punta de sus espada lo sacó del agua y luego volcó los cuarenta odres de miel. Las abejas, se la comieron toda, y así, bien alimentadas, pudieron reponerse de su desventura.
Reina Abejas: Por este bien que nos has hecho quiero que cojas este aguijón. Cuando me necesites, ponlo sobre unas brasas y yo llegaré zumbando.
Narrador: Cogió el aguijón y se lo metió en el bolsillo, junto a todo lo demás: la escama, la alita y la pluma. Siguió caminando y se encontró con una vieja.
Hijo: Buenos días, abuela, ¿podría decirme dónde vive Blondina?
Vieja: Vive aquí. Pero es mejor que sigas tu camino si no quieres encontrar la muerte en este lugar.
El ahijado del rey. 3ª Parte.

Narrador: Pero él siguió hasta que llegó al palacio y se presentó ante el rey, padre de la princesa Blondina.
Padre Blondina: Bienvenido seas a nuestro reina. Dime, ¿qué te trae por aquí?
Hijo: He venido para pediros a a vuestra hija Blondina.
Padre Blondina: Te la daré si consigues traerme ante de tres días este anillo que ves en mi mano y que ahora mismo voy a tirar al mar. Si no lo encuentras te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico se dirigió con su caballo al mar. Allí encendió un fuego y sobre las brasas del fuego echó la escama del pez. Éste asomó en la superficie del agua.
Pez: ¿Qué puedo hacer por ti, amigo?
Hijo: El anillo que el rey ha tirado al agua. Si no lo encuentro me cortará la cabeza.
Narrador: Y el pez convocó a todos los peces del mar y se pusieron a buscar hasta que lo encontraron.
Pez: Toma. Aquí tienes el anillo.
Narrador: Sin más tardanza se lo llevó al padre de Blondina.
Padre Blondina: Muy bien, joven. Pero todavía te queda otra prueba. Voy a mezclar todo el grano que hay en el reino. Tienes una noche para separar el grano mezclado. Si lo consigues, te daré a mi hija, si no, te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico se acordó del alita de la reina de las hormigas y la convocó según lo convenido. Ésta reunió a todo su ejército y en dos horas estaba todo el grano separado. Cuando el rey llegó a la mañana siguiente al granero, vio que todo el grano estaba separado: el trigo, la cebada y el maíz.
Padre Blondina: Muy bien, lo has logrado de nuevo. Pero todavía tendrás que superar una última prueba. Tienes que traerme el agua de la vida, si no lo consigues, ya sabes, te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico no sabía que hacer, pero colocó sobre las brasas la pluma del águila.
Águila: ¿En qué puedo ayudarte, amigo?
Hijo: El rey me ha pedido que le traiga el agua de la vida, si no lo consigo, me cortará la cabeza.
Águila: No te preocupes. El agua de la vida se encuentra en el interior de aquella montaña. Pide que te hagan una copa de oro y espérame allí.
Narrador: Cuando el chico tuvo la copa se dirigió a la montaña y se la entregó al águila. Ésta penetró en el interior, la llenó con el agua de la vida y se la devolvió al chico. Al día siguiente, el chico se la llevó al rey.
Padre Blondina: Veamos si es de verdad el agua de la vida.
Narrador: Y cogiendo su espada, le cortó el cuello al primero que encontró. Vertió el agua de la vida y el desgraciado volvió a su ser como si nada hubiese pasado.
Padre Blondina: Está bien, te daré a mi hija. Pero todavía te queda otra prueba: vendrán a esta habitación treinta y nueve chicas y también mi hija, todas irán vestidas de rojo y tendrán la cara cubierta. Entre las cuarenta deberás escoger, y la que escojas, ésa te llevarás.
Narrador: El chico recurrió al aguijón de la abeja que cuando se presentó lo tranquilizó diciendo:
Reina Abejas: No tengas miedo. Ahora mismo voy a buscar a la princesa y antes de que se cambie de ropa le haré una marca. Después, cuando la pongan con las otras treinta y nueve, volaré encima de ella y así no podrás equivocarte.
Narrador: Y así sucedió. Cuando las cuarenta muchachas estuvieron juntas, el chico supo a quién elegir. El rey ya no pudo someterlo a más pruebas.
Padre Blondina: Muy bien. El cielo te ha sido propicio, has elegido a mi hija. Tuya es.
Narrador: El chico llevó a Blondina al palacio de su padrino el rey. En cuanto llegó, el calvo se enamoró perdidamente de ella y para liberarse del chico le dijo al rey:
Calvo: Pídele al chico que trepe al manzano para coja los frutos más hermosos que son los más altos.
Rey: ¡Por Dios, no puedo pedirle eso! Esas manzanas están altísimas, podría caerse.
Calvo: Sí, sí, padrino, sí puedes, para este chico no hay hazañas imposibles.
Rey: ¡Olvídalo! Estás cada vez más caprichoso y consentido.
Narrador: Pero en cuanto el rey se dio media vuelta, el calvo le ordenó que subiera por las manzanas. El chico obedeció, pero una rama cedió y cayó al suelo con la manzana en la mano. Al comprobar el calvo que el chico había muerto, lo enterró allí mismo, en una zanja. Luego, se presentó ante Blondina con la manzana en la mano.
Blondina: ¿Y tú quién eres?
Calvo: Yo soy el amo de ese chico que os ha traído hasta aquí, y vuestro futuro esposo.
Blondina: ¡Vete de aquí inmediatamente! ¡Estúpido! ¡Presuntuoso! ¡Qué te has creído insolente!
Rey: ¿A qué vienen esos gritos, Blondina?
Blondina: Majestad, llevaos a este calvo medio loco, que no puedo ni verlo. Y haced que venga el que me ha traído hasta aquí porque es a él al único que quiero.
Rey: ¿Dónde está el chico?
Calvo: Se cayó del manzano y se mató. Así que lo enterré al pie del árbol.
Blondina: Vamos, hay que desenterrarlo inmediatamente. Y, tú, desgraciado, apártate de mi camino.
Calvo: Lo que tu digas mi querida Blondina.
Blondina: ¡Qué asco de hombre! ¡Vamos, es que no puedo con él...!
Narrador: Cuando sacaron el cuerpo del chico, Blondina le vertió el agua de la vida y el chico volvió a su ser.
Hijo: Y ahora, majestad, vais a conocer la verdad. Juré por mi vida que no lo denunciaría hasta la muerte, pero ahora que ya he muerto, no tengo que seguir cumpliendo el juramento y soy libre para contar la verdad de todo lo ocurrido.
Narrador: Y el chico contó toda la historia. El rey, cuando conoció el relato completo, ordenó que atasen al calvo a la cola de un caballo y lo arrastrasen por todo el reino. El chico se casó con Blondina y, cuando el rey murió, fue proclamado nuevo rey y reinó en aquel país.



El audio de este cuento dividido en tres partes lo tienes aquí.



miércoles, 2 de mayo de 2018

La princesa muda



La princesa muda.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un rey que se sentía viejo para gobernar y deseaba dejar la corona a su heredero. Pero sólo tenía una hija, caprichosa, y que no se quería casar. Tan caprichosa era que un día le dijo a su doncella:
Princesa: ¡Todo el mundo tiene piojos menos yo! ¿Yo quiero un piojo!
Narrador: La doncella, a una chiquilla que iba cargadita de piojos, le cogió uno y se lo llevó a la princesa.
Princesa: ¡Es un piojo precioso! ¡A éste lo voy a criar yo!
Narrador: El piojo engordó tanto de las cosas que le daba de comer que tuvo que ponerlo en un corralito, como si fuera un cerdo. El rey, cuando se enteró, se puso hecho una furia. Mandó matar el piojo y, cuando la piel estuvo seca y estirada, ordenó hacer un pandero que colocaron en la puerta del palacio. Mandó llamar a su hija y le dijo:
Rey: ¡Ahora tendrás que casarte con aquél que adivine de qué está hecho el pandero, tanto si te gusta como si no!
Narrador: De todas partes llegaron príncipes y caballeros, pero ninguno acertaba. “De lagarto”, “de cabra”, “de camello”, decían unos y otros, y la princesa se burlaba de ellos.
Un día, vio venir a un príncipe del que se quedó prendada. Éste dijo:
Príncipe: ¡De serpiente es el pandero!
Princesa: ¡Escuchadme, caballero! ¡De piojo es el pandero!
Narrador: Desde el balcón le avisó ella, pero el caballero se marchaba y no pudo oírla. Pero un viejo y andrajoso vagabundo sí la oyó. Pidió audiencia para ver al rey y disimulando dijo:
Vagabundo: ¡Este pandero está hecho de piojo cebado!
Rey: ¡Oh, Dios mío, este andrajoso con más pulgas que una jauría de perros lo ha acertado!
Princesa: ¡Que sepáis, padre mío, que no pienso casarme con este zarrapastroso!
Rey: Veréis, buen hombre, sin duda será mejor para vos que cambiemos el trato. Un saco lleno de monedas de oro y no hay boda.
Vagabundo: Ni hablar, yo quiero lo prometido, la mano de la princesa.
Rey: ¿Dos sacos?
Vagabundo: La princesa.
Rey: Está bien. Hija mía, ahora no tienes más remedio que casarte con este vagabundo porque la palabra de un rey no puede volverse atrás.
Narrador: Total, después de muchas discusiones, aseado y con ropas nuevas, la princesa se casó obligada con el viejo vagabundo.
Terminada la ceremonia quiso conocer sus propiedades y le dijo:
Vagabundo: Querida, vamos a dar una vueltecista por nuestras tierras.
Narrador: Llegaron al río y la princesa tuvo que echarse a cuestas al viejo.
Vagabundo: ¿Quién me dijera a mi que tan viejo iba a ser caballero? ¡Ja, ja, ja!
Princesa: ¡Bribón, encima te burlas de mi! ¡Al agua irás!
Narrador: El viejo al agarrarse le dio un mordisco en la nuca a su esposa, y ella se quedó sin habla. Luego se hundió y se ahogó.
La princesa, al darse cuenta de lo sucedido, no quiso volver al palacio y echó andar sola por los caminos, pidiendo limosnas. Todos se compadecían de aquella triste mudita...
Un día llegó al palacio de aquel príncipe que tanto le había gustado y que no supo acertar de qué estaba hecho el pandero. Les dio tanta lástima que la admitieron de criada. Por aquel entonces preparaban la boda del príncipe con la princesa de otro reino. Ella, junto a otras criadas, cosía y bordaba el ajuar de boda de la futura reina.
Y llegó el día de la boda. Todas las criadas se colocaron a uno y otro lado de la escalinata con sus velas encendidas para levantarlas al paso de los novios.
Novia: ¡A ver esa bobilla, que se le mancha la manga amarilla!
Narrador: Tanta rabia le dio a la muda, que de pronto empezó a hablar.
Princesa: ¿Y a mí qué me importa? ¡Para eso soy la hija del rey de Castilla!
Narrador: El príncipe se maravilló al oírla decir aquello y, como no le había gustado el detalle de soberbia de la otra, se casó en ese mismo instante con la hija del rey de Castilla. Y colorín colorado, que este piojoso cuento se ha terminado.


El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

Hermanito y hermanita



Hermanito y hermanita.
(Hermanos Grimm. Adaptado).

Narrador: Un hermanito tomó a su hermanita de la mano, y le dijo: 
Hermanito: Desde que ha muerto nuestra madre no hemos tenido una hora feliz; nuestra madrastra nos pega todos los días, y si nos arrimamos a ella, nos echa a patadas. Los mendrugos del pan que quedan son nuestro alimento, y al perro le trata mucho mejor que a nosotros. ¡Si lo supiera nuestra madre! ¿No sería mejor irnos a correr el mundo! ¡Acaso nos vaya mejor!  
Narrador: Caminaron todo el día y al llegar la noche penetraron en un bosque muy espeso. Estaban tan fatigados que se acurrucaron en el hueco de un árbol y se durmieron. Al día siguiente, el sol calentaba con sus rayos el interior del árbol. 
Hermanito: Tengo sed, hermanita, si supiera dónde hay una fuente, iría a beber. Me parece que he oído sonar una, vamos a buscarla. 
Narrador: Pero la madrastra, que era una malvada hechicera, les había visto marcharse, siguió sus pasos a hurtadillas y echó hierbas encantadas en todas las fuentes del bosque. Cuando llegaron a una fuente, la hermanita oyó murmurar estas palabras: 
Fuente: El que de mi agua bebe, en cervatillo se vuelve. 
Hermanita: ¡No bebas, por Dios, hermanito, porque te volverías ciervo y huirías de mí! 
Narrador: Pero el hermanito se había arrodillado cerca de la fuente y comenzó a beber; apenas tocaron sus labios el agua, se convirtió en cervatillo. 
Hermanita: No tengas cuidado, mi querido cervatillo, yo no te abandonaré nunca. 
Narrador: Y quitándose su liga dorada, le hizo un collar; después, con algunos juncos, tejió una soguilla, con la que ató al animal. Finalmente, llegaron a una casita... 
Hermanita: Aquí podemos detenernos y quedarnos a vivir. 
Narrador: Pasó el tiempo y, un día, el rey de aquel país llegó al bosque con una partida de caza. El cervatillo oyó todo aquel ruido y sentía no encontrarse cerca. 
Hermanito: ¡Ah, déjame ir a la cacería, no puedo resignarme a estar aquí! 
Hermanita: Pero regresa por la tarde. Cerraré la puerta y para que te conozca, di cuando llames: "Hermanita, déjame entrar." Si no dices eso, no abriré.  
Narrador: El rey y sus cazadores vieron al hermoso animal, y corrieron en su persecución sin poderle alcanzar. Pero a la caída de la tarde uno de los cazadores le hirió ligeramente en el pie y a duras penas pudo escaparse. Siguió sus huellas hasta llegar a la casita donde le oyó decir: 
Hermanito: Hermanita, déjame entrar. 
Narrador: Y vio cómo le abrían la puerta y la cerraban en seguida. El cazador se dirigió a donde estaba el rey y le refirió lo que había visto y oído.
El rey dijo:
 

Rey: Mañana continuará también la caza. 
Narrador: La hermanita le lavó la sangre de la herida, le aplicó hierbas y le dijo: 
Hermanita: Ve a descansar a la cama para curarte, mi querido cervatillo. 
Narrador: A la mañana siguiente, al oír en el bosque el sonido de la cacería...: 
Hermanito: No puedo parar aquí, necesito salir, no me cogerán con tanta facilidad. 
Hermanita: Hoy te van a matar, no quiero dejarte salir. 
Hermanito: Me moriré aquí de disgusto si no me dejas salir; cuando oigo la corneta de caza, me parece que se me van los pies. 
Narrador: La hermanita le abrió la puerta llena de tristeza, y él se lanzó al bosque alegre y decidido. El rey apenas le vio, dijo a los cazadores. 
Rey: Perseguidle hasta la noche, pero no le hagáis daño. 
Narrador: En cuanto se puso el sol, dijo el rey al cazador: 
Rey: Ven y enséñame la pequeña casa del bosque. 
Narrador: Cuando llegaron a la puerta, llamó y dijo: 
Rey: Hermanita, déjame entrar. 
Narrador: Se abrió la puerta y entró el rey, hallando a una joven tan hermosa como no había visto otra en este mundo. 
Rey: ¿Quieres venir conmigo a mi palacio y ser mi esposa? 
Hermanita: Sí, más es preciso que venga conmigo el cervatillo, no puedo separarme de él. 
Narrador: El rey llevó a la joven a su palacio, donde se celebró la boda, y vivieron felices mucho tiempo. El cervatillo saltaba y corría por el jardín del palacio; sin embargo, la malvada madrastra, cuando supo que eran tan felices, y vivían con tanta prosperidad, se dedicó a buscar con el mayor cuidado un medio para hundir a los dos en la desgracia. Su hija verdadera, que era tan fea como la noche y sólo tenía un ojo, le reconvenía diciéndole:
Hija: La ventura de llegar a ser reina es a mí a quien pertenece. 
Madrastra: ¡No tengas cuidado! Cuando sea el momento te ayudaré.  
Narrador: En efecto, cuando la reina dio a luz un hermoso niño, como el rey estaba de caza, la hechicera tomó la forma de una doncella, entró en el cuarto en que se hallaba acostada la reina y le dijo: 
Madrastra: Venid, vuestro baño está preparado y os sentará muy bien; ¡rápido, antes de que se enfríe!
Narrador: Acompañada de su hija, la llevaron al baño donde la encerraron. Habían organizado un verdadero incendio para que se asfixiara.
Después, cogió la vieja a su hija, la acostó en la cama; le dio también la apariencia de la reina y, para que no lo notase el rey, le mandó que estuviera echada siempre del lado que era tuerta.
Cuando a la caída de la tarde volvió el rey y supo que le había nacido un hijo, se alegró de todo corazón y quiso ir a la cama de su querida mujer para ver cómo estaba.

Madrastra: No abráis, por Dios, las ventanas; la reina no puede ver la luz todavía; necesita descanso. 
Narrador: Cuando dieron las doce de la noche y todos dormían, la niñera, que estaba en el cuarto del niño, vio entrar a la verdadera madre. Sacó al niño de la cuna, lo tomó en sus brazos y le dio de mamar. Después volvió a ponerlo en su sitio y corrió las cortinas. No se olvidó tampoco del cervatillo, se acercó al rincón donde estaba tendido y le acarició el lomo. Salió después sin decir una palabra.
Volvió muchas noches y la niñera la veía siempre, pero no se atrevía a hablarle. Al cabo de algún tiempo la madre comenzó a hablar por la noche:
Hermanita: ¿Qué hace mi hijito? ¿Mi ciervo dónde está? Volveré una vez más, y ya no vendré jamás.
Narrador: La niñera no le contestó, pero apenas había desaparecido, corrió a contárselo al rey: 
Rey: ¡Dios mío! ¿Qué significa esto? La próxima noche velaré junto al niño. 
Narrador: En efecto, la noche siguiente se apareció la madre, y dijo:
Hermanita: ¿Qué hace mi hijito? ¿Y mi ciervo dónde está? He venido esta vez y ya no volveré más.
Rey: Tú no puedes ser otra que mi amada esposa.
Hermanita: Sí, soy tu mujer querida. 
Narrador: Y en ese momento recobró la vida de nuevo, tan hermosa y fresca como una rosa. Refirió al rey el crimen que habían cometido la malvada hechicera y su hija. El rey las mandó comparecer ante el tribunal, donde fueron condenadas. La hija fue conducida a un bosque, donde la despedazaron las bestias salvajes y la hechicera fue condenada a la hoguera, pereciendo miserablemente entre las llamas. En el momento en que se convirtió en cenizas recobró el ciervo su forma humana, y hermanito y hermanita vivieron felices hasta el final de sus días.

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