sábado, 10 de abril de 2010
El ratón de campo y el ratón de ciudad.
sábado, 6 de marzo de 2010
¿Qué hace el ratoncito Pérez con los dientes?
miércoles, 3 de febrero de 2010
El señor de los siete colores.
miércoles, 6 de enero de 2010
Los músicos de Bremen.
LOS MUSICOS DE BREMEN
Había una vez un molinero que tenía un burro; y ese burro se llamaba Orejas Largas. Orejas Largas había sido siempre un fiel servidor de su amo, pero los años no pasaban en balde y, Orejas Largas, se encontraba cada vez más mayor y cansado. El molinero, que consideraba que su burro ya no le servía para trabajar, le dijo que lo iba a llevar al descuartizador para venderlo como carne. Y el pobre Orejas Largas estaba muy apenado:
- Así es como me pagan tantos años de servicio. Dejaré a mi amo y me iré..., me iré..., ¡a la ciudad de Bremen! Y allí trabajaré..., trabajaré..., ¡como músico!
Y así fue como Orejas Largas emprendió su camino rumbo a la ciudad de Bremen.
Al poco rato, a un lado del camino, se encontró con un perro.
- ¿Qué haces aquí, Gran Ladrido?
- Ya ves, aquí estoy; descansando un rato, viendo el camino.
- Y ¿qué te pasa que estás tan triste?
- Mi amo me ha echado... Dice que ya no corro como antes y que ya no sirvo para cazar..., y me ha echado.
- Entonces, ¡vente conmigo! A mi también me han echado. Voy a la ciudad de Bremen. Voy a convertirme en músico de la ciudad. Me gustaría mucho que me acompañaras...
Y el perro emprendió con el burro la dirección que él llevaba: ¡La ciudad de Bremen!
Al poco tiempo, en un cruce de caminos, se encontraron al gato.
- ¿Qué haces ahí, Terror de los Ratones?
- Estoy recuperando el aliento. Mi amo, el granjero, dice que ya no sirvo para cazar ratones, que soy demasiado viejo.
- A nosotros también nos han echado. Vamos a convertirnos en músicos en la ciudad de Bremen. ¡Vente con nosotros!
Y los tres enfilaron el camino: ¡Siempre rumbo a la ciudad de Bremen!
Y llegaron a un pueblo, y cruzaron el río y se encontraron con una granja; y en la granja, una valla; y en la valla, el gallo.
- ¿Qué haces señor Cantamañanas?
- Que...,¿qué hago ? ¡que...¿qué hago?! Cacarear, cacarear, y nada más que cacarear porque si no cacareo.... Mi amo..., psiii..., ¡prestad oído!
Era el granjero que en la cocina estaba afilando, bien afilado, ¡el cuchillo! El próximo día tenía invitados: sus vecinos venían a cenar.
- ¿Habéis oído? ¡ Habéis oído ! Es el cuchillo de mi amo. Mañana tiene invitados y, como tiene invitados, no se le ha ocurrido mejor idea que ponerme a mí como plato: ¡ Sííí ! Primero, me va a cortar el pescuezo; luego, me va a desangrar; después, me va a poner en un barreño con agua caliente para quitarme todas las plumas; luego, me va a trocear: ¡Clan, clan, clan! Y, finalmente, me va a echar en una cacerola, junto con otras cosas, y me va a cocinar.
- Mira, gallo, nosotros vamos a ser músicos en la ciudad de Bremen. Quizás a ti también puedan contratarte. ¡Vente con nosotros!
Y los cuatro amigos- perro, burro, gato y gallo -siguieron el camino siempre rumbo a la ciudad de Bremen, donde esperaban encontrar una nueva vida y fortuna.
Al caer la tarde divisaron la luz de una cabaña. Se dirigieron sigilosamente a ella y el burro se acercó a la ventana para ver qué había adentro.
- ¿Qué pasa?, ¿qué pasa?-, preguntó, inquieto, el gallo.
- Veo una mesa repleta de comida y a siete bribones dispuestos a un festín.
- Hay que hacer algo. ¡Hay que hacer algo! Se nos tiene que ocurrir alguna idea.
Y esa idea se les ocurrió. El burro colocó sus patas delanteras en el alfeizar de la ventana; el perro, de un salto, se situó a lomos del burro; encima de él fue a parar el gato; y coronando esta torre, el gallo encontró su asiento. Y de repente, los cuatro músicos que iban a Bremen, comenzaron su concierto.
Y los siete bribones, aterrorizados por el estallido de los cristales y por los animales que se les echaban encima, se precipitaron sobre la puerta; tomaron el patio y se internaron en el bosque, donde esperaron a que se les pasara el miedo.
Mientras tanto, nuestros cuatro amigos, se dieron el gran festín. Y, cuando tuvieron sueño, se fueron a dormir. El burro fue a tumbarse sobre la paja, en el patio; el perro, detrás de la puerta; el gato, junto a la estufa; y gallo se encaramó en lo alto de la chimenea.
Pero mientras ellos dormían, el jefe de la banda encargó al bribón más bobo de todos los bobos de todos los bribones, que fuera a echar un vistazo para ver qué ocurría en la cabaña. Este llegó a ella. Todo estaba quieto, todo estaba oscuro, sólo el resplandor de unas ascuas refulgían en la noche. Pero no eran unas ascuas:¡Eran los ojos del gato!
El bribón más bobo de todos los bribones, dirigió sus pasos hacia la puerta; entró dentro de la cabaña con la intención de avivar las ascuas para tener algo de luz y, en ese momento, ¡zas!, el gato se abalanzó sobre él y le arañó la cara. Asustado, se fue hacia la puerta y el perro le dio un mordisco en la pierna. Al llegar al patio, ¡pum!, el burro de una coz lo mandó a la chimenea; donde el gallo, con media docena de picotazos, se encargó de rematar la faena.
Y suerte tuvo este bribón que pudo contar a sus compinches lo que le había pasado:
- En la cabaña hay una bruja, muy bruja. ¡Mirad, mirad lo que me ha hecho en la cara! ¡Mirad qué arañazos! Pero, ahí no acaba eso: En la puerta un ayudante te mete unas cuchillas... ¡Mira, mira lo que me ha hecho! Luego llegas al patio y de dos puñetazos- ¡como si fueran coces! -, te mandan a la chimenea, donde tiene otro ayudante que te hace esto que tengo en el cuello. ¡Mira! Yo, me voy.
Y los siete bribones se dieron a la fuga con la esperanza de encontrar otro bosque y otra cabaña donde poder seguir planeando sus fechorías.
Y..., nuestros cuatro amigos,- perro, burro, gato y gallo -vivieron felices y contentos en la cabaña del bosque. Y allí entonaron los más hermosos conciertos..., aunque nunca hubiesen ido a la ciudad de Bremen.
Y..., agh, agh, agh..., colorín colorado..., guau, este cuento..., ¡kikirikííí!, se ha terminado...., miauuu...
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lunes, 23 de noviembre de 2009
El hada del espino.
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lunes, 2 de noviembre de 2009
Seres fantásticos III: Los unicornios.
jueves, 1 de octubre de 2009
El patito feo
El patito feo.
(Adaptación)
Cierto día los huevos que anidaba mamá pata rompieron el cascarón y los patitos vinieron al mundo; salvo un huevo, más grande que el resto, que se demoraba en salir. Por fin rompió el cascarón y la pata, al ver lo grande y feo que era, exclamó:
-¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros.
Al otro día hizo un tiempo maravilloso y mamá pata llevó a todos los patitos al foso para nadar. De regreso al corral, mamá pata les dijo:
- Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Fíjense en que lleva una cinta roja atada a una pierna. ¡No metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!
La vieja pata al verlos pasar, le dijo:
-¡Qué lindos niños tienes, muchacha! Todos son muy hermosos, excepto uno. Sin embargo, estos otros patitos son encantadores.
La vieja pata los invitó a pasar. Todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas.
-¡Qué feo es!
Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban y le decían:
-¡Ojalá te agarre el gato, grandullón!
Entonces el patito huyó del corral hasta que llegó a los grandes pantanos donde vivían los patos salvajes.
A la mañana siguiente, los patos salvajes miraron a su nuevo compañero.
-¿Y tú qué cosa eres? ¡Eres más feo que un espantapájaros! Pero eso no importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.
¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.
De repente, se oyó -¡bang, bang!-, los cazadores se presentaron con sus escopetas y perros de caza. Los patos y los gansos espantados emprendieron el vuelo. Un enorme y espantoso perro apareció junto a él: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo!
-Por suerte soy tan feo que ni los perros tienen ganas de comerme-. Y se tendió allí muy quieto.
Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. La vieja, que no andaba muy bien de la vista al verlo, dijo:
-¡Qué suerte! Ahora tendremos huevos de pata. Le daremos unos días de prueba.
Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo.
El patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Recordó el aire fresco y el sol, y sintió ganas de irse a nadar en el agua. Fue y se lo contó a la gallina.
-¡Vamos! ¿Qué te pasa? Bien se ve que no tienes nada que hacer.
-¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! ¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!
-Sí, muy agradable. Me parece que te has vuelto loco.
-No me comprendes.
-¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable? No eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí.
-Creo que me voy a recorrer el ancho mundo.
-Sí, vete.
Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.
Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío.
Cierta tarde emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia las tierras cálidas. Se elevaron muy alto, muy alto, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud.
¡Cuán frío se presentó aquel invierno! Sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera.
Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Y en eso surgieron en la laguna, frente a él, tres hermosos cisnes blancos. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido.
-¡Volaré hasta esas regias aves! Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.
Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.
-¡Sí, mátenme, mátenme! -gritó inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!
Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.
En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas.
-¡Ahí va un nuevo cisne! ¡Es el más hermoso!
-¡Sí, hay un cisne nuevo! ¡Qué joven y esbelto es!
Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes.
El audio de este relato lo tienes aquí.
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