miércoles, 3 de febrero de 2010

El señor de los siete colores.

 

El señor de los siete colores.
(Leyenda mazateca, México)

Cuenta que hace mucho tiempo el arco iris era un señor muy pobre. Tan pobre que no tenía ropa que ponerse.
Su desnudez le apenaba mucho y decidió un día buscar una solución, pero no se le ocurría nada:
-¿De dónde voy a sacar yo ropa?
Y se ponía aún más triste.
Un día brillo en el cielo un gran relámpago, y decidió ir a visitarle.
-Tal vez el pueda ayudarme.
Así que se puso en camino y, después de varios días de viaje, llegó ante él.
Mientras le contaba sus penas, el relámpago le miraba con tristeza y parecía estar pensativo. Hasta que habló:
-Grande es mi poder, pero no tanto como para darte ropa. Sin embargo tu historia me ha conmovido y por eso te voy a hacer un regalo. Te voy a dar siete colores. Con ellos podrás pintarte el cuerpo y vestirte para siempre. Además, aparecerás ante la gente después de las tempestades y anunciarás la llegada del sol. La gente te querrá y te mirará con asombro.
Y así fue como, a partir de ese momento, al arco iris se le llamó el Señor de los Siete Colores. Y, como me lo contaron, te lo cuento.


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miércoles, 6 de enero de 2010

Los músicos de Bremen.





LOS MUSICOS DE BREMEN


Había una vez un molinero que tenía un burro; y ese burro se llamaba Orejas Largas. Orejas Largas había sido siempre un fiel servidor de su amo, pero los años no pasaban en balde y, Orejas Largas, se encontraba cada vez más mayor y cansado. El molinero, que consideraba que su burro ya no le servía para trabajar, le dijo que lo iba a llevar al descuartizador para venderlo como carne. Y el pobre Orejas Largas estaba muy apenado:
- Así es como me pagan tantos años de servicio. Dejaré a mi amo y me iré..., me iré..., ¡a la ciudad de Bremen! Y allí trabajaré..., trabajaré..., ¡como músico!
Y así fue como Orejas Largas emprendió su camino rumbo a la ciudad de Bremen.
Al poco rato, a un lado del camino, se encontró con un perro.
- ¿Qué haces aquí, Gran Ladrido?
- Ya ves, aquí estoy; descansando un rato, viendo el camino.
- Y ¿qué te pasa que estás tan triste?
- Mi amo me ha echado... Dice que ya no corro como antes y que ya no sirvo para cazar..., y me ha echado.
- Entonces, ¡vente conmigo! A mi también me han echado. Voy a la ciudad de Bremen. Voy a convertirme en músico de la ciudad. Me gustaría mucho que me acompañaras...
Y el perro emprendió con el burro la dirección que él llevaba: ¡La ciudad de Bremen!
Al poco tiempo, en un cruce de caminos, se encontraron al gato.
- ¿Qué haces ahí, Terror de los Ratones?
- Estoy recuperando el aliento. Mi amo, el granjero, dice que ya no sirvo para cazar ratones, que soy demasiado viejo.
- A nosotros también nos han echado. Vamos a convertirnos en músicos en la ciudad de Bremen. ¡Vente con nosotros!


Y los tres enfilaron el camino: ¡Siempre rumbo a la ciudad de Bremen!
Y llegaron a un pueblo, y cruzaron el río y se encontraron con una granja; y en la granja, una valla; y en la valla, el gallo.

- ¿Qué haces señor Cantamañanas?
- Que...,¿qué hago ? ¡que...¿qué hago?! Cacarear, cacarear, y nada más que cacarear porque si no cacareo.... Mi amo..., psiii..., ¡prestad oído!

Era el granjero que en la cocina estaba afilando, bien afilado, ¡el cuchillo! El próximo día tenía invitados: sus vecinos venían a cenar.

- ¿Habéis oído? ¡ Habéis oído ! Es el cuchillo de mi amo. Mañana tiene invitados y, como tiene invitados, no se le ha ocurrido mejor idea que ponerme a mí como plato: ¡ Sííí ! Primero, me va a cortar el pescuezo; luego, me va a desangrar; después, me va a poner en un barreño con agua caliente para quitarme todas las plumas; luego, me va a trocear: ¡Clan, clan, clan! Y, finalmente, me va a echar en una cacerola, junto con otras cosas, y me va a cocinar.

- Mira, gallo, nosotros vamos a ser músicos en la ciudad de Bremen. Quizás a ti también puedan contratarte. ¡Vente con nosotros!
Y los cuatro amigos- perro, burro, gato y gallo -siguieron el camino siempre rumbo a la ciudad de Bremen, donde esperaban encontrar una nueva vida y fortuna.
Al caer la tarde divisaron la luz de una cabaña. Se dirigieron sigilosamente a ella y el burro se acercó a la ventana para ver qué había adentro.
- ¿Qué pasa?, ¿qué pasa?-, preguntó, inquieto, el gallo.
- Veo una mesa repleta de comida y a siete bribones dispuestos a un festín.
- Hay que hacer algo. ¡Hay que hacer algo! Se nos tiene que ocurrir alguna idea.
Y esa idea se les ocurrió. El burro colocó sus patas delanteras en el alfeizar de la ventana; el perro, de un salto, se situó a lomos del burro; encima de él fue a parar el gato; y coronando esta torre, el gallo encontró su asiento. Y de repente, los cuatro músicos que iban a Bremen, comenzaron su concierto.
Y los siete bribones, aterrorizados por el estallido de los cristales y por los animales que se les echaban encima, se precipita­ron sobre la puerta; tomaron el patio y se internaron en el bosque, donde esperaron a que se les pasara el miedo.
Mientras tanto, nuestros cuatro amigos, se dieron el gran festín. Y, cuando tuvieron sueño, se fueron a dormir. El burro fue a tumbarse sobre la paja, en el patio; el perro, detrás de la puerta; el gato, junto a la estufa; y gallo se encaramó en lo alto de la chimenea.
Pero mientras ellos dormían, el jefe de la banda encargó al bribón más bobo de todos los bobos de todos los bribones, que fuera a echar un vistazo para ver qué ocurría en la cabaña. Este llegó a ella. Todo estaba quieto, todo estaba oscuro, sólo el resplandor de unas ascuas refulgían en la noche. Pero no eran unas ascuas:¡Eran los ojos del gato!
El bribón más bobo de todos los bribones, dirigió sus pasos hacia la puerta; entró dentro de la cabaña con la intención de avivar las ascuas para tener algo de luz y, en ese momento, ¡zas!, el gato se abalanzó sobre él y le arañó la cara. Asustado, se fue hacia la puerta y el perro le dio un mordisco en la pierna. Al llegar al patio, ¡pum!, el burro de una coz lo mandó a la chimenea; donde el gallo, con media docena de picotazos, se encargó de rematar la faena.
Y suerte tuvo este bribón que pudo contar a sus compinches lo que le había pasado:
- En la cabaña hay una bruja, muy bruja. ¡Mirad, mirad lo que me ha hecho en la cara! ¡Mirad qué arañazos! Pero, ahí no acaba eso: En la puerta un ayudante te mete unas cuchillas... ¡Mira, mira lo que me ha hecho! Luego llegas al patio y de dos puñetazos- ¡como si fueran coces! -, te mandan a la chimenea, donde tiene otro ayudante que te hace esto que tengo en el cuello. ¡Mira! Yo, me voy.
Y los siete bribones se dieron a la fuga con la esperanza de encontrar otro bosque y otra cabaña donde poder seguir planeando sus fechorías.
Y..., nuestros cuatro amigos,- perro, burro, gato y gallo -vivieron felices y contentos en la cabaña del bosque. Y allí entona­ron los más hermosos conciertos..., aunque nunca hubiesen ido a la ciudad de Bremen.

Y..., agh, agh, agh..., colorín colorado..., guau, este cuento..., ¡kikirikííí!, se ha terminado...., miauuu...

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lunes, 23 de noviembre de 2009

El hada del espino.



 
El hada del espino.


En los meses de marzo y abril florece el espino, y cuando lo hace, sus ramas se llenan de flores blancas formando un copito como de nieve. Sus ramas desprenden un agradable perfume que anuncia la llegada de la primavera. Si vas por el bosque aún en invierno y divisas un espino florido, quiere decir que faltan pocos días para que estalle la primavera. Y es que en él, una pequeña hada se oculta todo el año, para que cuando lleguen las noches frías de invierno no se sita triste. Le cuenta historias de otros árboles, como la del manzano que se enfadó porque un joven se quedó dormido sobre su tronco y le daba golpes con sus ramas para que se despertara y se fuera…
Cuando llega la primavera, el espino se siente fuerte y sus hermosas flores son la envidia del bosque. Entonces la pequeña hada que en él habita se pone su mejor traje blanco, resplandeciente.
Si en primavera cuelgas una cinta de color blanco sobre las ramas del Espino Albar, el hadita del Espino se asomará a concederte un deseo. Pero eso, eso es un secreto que debes conservar entre tú y yo.



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lunes, 2 de noviembre de 2009

Seres fantásticos III: Los unicornios.

Los unicornios: La historia de Bella y el unicornio.




¡Ay, los unicornios! Os dirán que los unicornios no existen, que son animales fantásticos... No echéis cuenta y cuando contempléis su innegable hermosura, pensad que este animal, con forma de caballo y un único cuerno en la cabeza, representa la libertad, el valor y la belleza.
Dicen que su cuerno era capaz de traer felicidad y una larga y próspera vida a su poseedor; y cuentan que nobles y reyes llegaban a pagar grandes cantidades de dinero por algo que, al no haber visto nunca, no podían asegurar que fuese o no un cuerno del mítico animal.
El cuerno del unicornio es sin duda el origen de su leyenda pues aseguran que molido o entero tenía poderes curativos. Casi todas las historias también coinciden en que al arrancarle el cuerno la muerte del unicornio resultaba irremediable...
Ahora os contaré la historia de BELLA Y EL UNICORNIO.


Bella era la más hermosa de todas las mujeres. Pero su corazón era frío, duro como la roca, jamás ninguna emoción había anidado en él.
Una tarde vio en el río el reflejo de un ser fabuloso que la miraba desde el agua y Bella se supo cautiva, hechizada, presa de sus emociones... y viva por fin.
Al minuto siguiente él ya no estaba. Y aunque buscó y le llamó, no encontró a su Unicornio.
Desde entonces, Bella descuidó su aspecto y sus ojos azules se cubrieron con un velo de tristeza. Pero seguía sabiéndose viva...
Cada amanecer recorría el acantilado más alto, con su vestido agitándose al viento, la melena enredándose alrededor de su rostro, buscando en el horizonte lo que nadie acertaba a imaginar.
Un día, Bella empezó a hilar una red con sus largos cabellos. Tejió y tejió y cierto día, cuando los hombres miraron al acantilado, vieron una inmensa tela de araña que se balanceaba al viento y cubría el acantilado entero, desde la costa hasta el confín del mar. Y allí esperaba Bella, y tras un tiempo apareció su Unicornio, trotando sobre las olas, mirándola fijamente. Y en la red de Bella quedó atrapado su Unicornio.
Ella se acercó y acarició su piel, su crin, mientras sonreía por saber suyo al Unicornio. Creyó que al caer en la red, el Unicornio no podría sino quererla siempre, como ella haría con él. Pero el Unicornio habló, habló de lo absurdo de los amores que encarcelan y esclavizan al otro, de que la red conseguiría atrapar su cuerpo pero que su corazón no podría ser su cautivo, que sólo se ama desde la libertad...
Bella quedó confundida, la red se deshizo instantáneamente y el Unicornio escapó. Se quedó quieta, inmóvil, tanto que su cuerpo empezó a convertirse en una estatua de piedra, hermosa, la más perfecta que nadie jamás hubiera esculpido.


Desde ese día, la estatua de Bella en lo alto del acantilado ve acercarse a muchachas enamoradas que le cuentan sus sueños, sus ilusiones...
Cuentan que hay alguien que llega con las primeras luces del alba y deja descansar unos instantes su cabeza en su regazo... Luego se marcha, corriendo veloz, galopando sobre la espuma de las olas. Es el Unicornio.

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jueves, 1 de octubre de 2009

El patito feo

El patito feo.

(Adaptación)

Cierto día los huevos que anidaba mamá pata rompieron el cascarón y los patitos vinieron al mundo; salvo un huevo, más grande que el resto, que se demoraba en salir. Por fin rompió el cascarón y la pata, al ver lo grande y feo que era, exclamó:

-¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros.

Al otro día hizo un tiempo maravilloso y mamá pata llevó a todos los patitos al foso para nadar. De regreso al corral, mamá pata les dijo:

- Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Fíjense en que lleva una cinta roja atada a una pierna. ¡No metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!

La vieja pata al verlos pasar, le dijo:

-¡Qué lindos niños tienes, muchacha! Todos son muy hermosos, excepto uno. Sin embargo, estos otros patitos son encantadores.

La vieja pata los invitó a pasar. Todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas.

-¡Qué feo es!

Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban y le decían:

-¡Ojalá te agarre el gato, grandullón!

Entonces el patito huyó del corral hasta que llegó a los grandes pantanos donde vivían los patos salvajes.

A la mañana siguiente, los patos salvajes miraron a su nuevo compañero.

-¿Y tú qué cosa eres? ¡Eres más feo que un espantapájaros! Pero eso no importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.

¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.

De repente, se oyó -¡bang, bang!-, los cazadores se presentaron con sus escopetas y perros de caza. Los patos y los gansos espantados emprendieron el vuelo. Un enorme y espantoso perro apareció junto a él: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo!

-Por suerte soy tan feo que ni los perros tienen ganas de comerme-. Y se tendió allí muy quieto.

Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. La vieja, que no andaba muy bien de la vista al verlo, dijo:

-¡Qué suerte! Ahora tendremos huevos de pata. Le daremos unos días de prueba.

Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo.

El patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Recordó el aire fresco y el sol, y sintió ganas de irse a nadar en el agua. Fue y se lo contó a la gallina.

-¡Vamos! ¿Qué te pasa? Bien se ve que no tienes nada que hacer.

-¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! ¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!

-Sí, muy agradable. Me parece que te has vuelto loco.

-No me comprendes.

-¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable? No eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí.

-Creo que me voy a recorrer el ancho mundo.

-Sí, vete.

Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.

Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío.

Cierta tarde emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia las tierras cálidas. Se elevaron muy alto, muy alto, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud.

¡Cuán frío se presentó aquel invierno! Sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera.

Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Y en eso surgieron en la laguna, frente a él, tres hermosos cisnes blancos. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido.

-¡Volaré hasta esas regias aves! Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.

Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.

-¡Sí, mátenme, mátenme! -gritó inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!

Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.

En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas.

-¡Ahí va un nuevo cisne! ¡Es el más hermoso!

-¡Sí, hay un cisne nuevo! ¡Qué joven y esbelto es!

Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes.

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domingo, 30 de agosto de 2009

El traje nuevo del emperador.

EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR.

Hace muchos años vivía un emperador que sólo pensaba en estrenar vestidos y gastaba toda su fortuna en engalanarse. Sólo le interesaba lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido para cada hora del día, y así como de un rey lo más frecuente es decir que se encuentra reunido en el Consejo, de él se decía siempre: «El emperador está en el ropero».

La ciudad en que vivía era muy alegre y cada día la visitaban muchos forasteros. Un día llegaron dos pícaros que se hicieron pasar por tejedores; decían que eran capaces de tejer las telas más finas que pudiera imaginarse y que el traje hecho con aquel material tenía la virtud de hacerse invisible para todos aquellos que no fuesen merecedores del cargo que ocupaban o que fueran tontos de solemnidad.

- Será un traje admirable. Si lo llevase podría descubrir a los hombres de mi imperio que son indignos de su cargo y distinguiría entre los listos y los tontos. He de encargar inmediatamente que me hagan un traje de esa maravillosa tela.

Y entregó una gran cantidad de dinero a los dos estafadores para que se pusiesen a trabajar enseguida. Estos montaron dos telares y fingieron tejer en ellos todo el día aunque, en realidad, estaban completamente vacíos.

- Me gustaría saber cómo está la tela –pensaba el emperador; pero al acordarse de que quien fuese tonto o indigno de su cargo no podría verla, creyó que sería mejor enviar a otro a que viera, antes que él, cómo iban las cosas. Y así mandó a su viejo honrado ministro que se presentó en el taller donde los dos pícaros estaban trabajando en los telares vacíos.

-¡Bendito sea Dios! ¡Si no veo nada! -exclamó para sí el ministro, pero se guardó de decirlo en voz alta.

Los dos estafadores le rogaron que se acercase y le preguntaron su opinión sobre aquel espléndido dibujo y la entonación exquisita de sus colores.

-¡Dios mío! ¿Cómo es posible que sea tan estúpido? Nunca lo hubiera imaginado. Es necesario que nadie lo sepa. ¿Quizás sea indigno de mi cargo? No, no puedo confesar que no veo la tela.

- Bueno, ¿qué os parece este paño?

-¡Oh! ¡Es precioso..., un verdadero encanto! ¡Qué dibujo y qué colores! Le diré al emperador lo muy satisfecho que estoy de vuestra tarea.

En la ciudad todos hablaban de la maravillosa tela, y el mismo emperador quiso verla cuando aún estaba en el telar.

Con varios de sus más distinguidos cortesanos, el emperador fue a ver a los dos embaucadores, que seguían trabajando afanosamente, pero sin hilos.

- ¿No es magnífico? ¡Vea Su Majestad, qué dibujos, qué colores!- Y señalaban el vacío telar, creyendo que los demás veían el tejido.

- ¿Qué es esto? ¡No veo nada en absoluto! ¡Qué horror! ¿Soy tonto acaso? ¿O es que no merezco ser emperador? Esto es lo más espantoso que podía ocurrirme. ¡Oh, espléndido! Merece mi real aprobación-. E inclinándose muy satisfecho, examinó el vacío telar con gran detenimiento para que no se creyera que no veía nada.

Todos los del séquito miraban y remiraban y, aunque no conseguían ver más que los otros, decían como el emperador:

- ¡Oh, es una tela fantástica, espléndida! ¡Maravillosa! ¡Debéis haceros un traje, majestad! ¡Qué colores! ¡Qué brillo!-. Y todos aconsejaron a su señor que se hiciese un traje de aquella magnífica tela para la gran procesión que pronto iba a celebrarse.

Las alabanzas corrieron de boca en boca y todos se mostraron entusiasmados. El emperador concedió a los dos estafadores la Cruz de Caballeros y el titulo de Tejedores de la Corte Imperial.

La víspera del día señalado para la procesión, los pícaros estuvieron trabajando toda la noche con más de dieciséis velas encendidas. La gente pudo ver cómo se afanaban para acabar a tiempo el nuevo traje del emperador. Simularon sacar la tela del telar y durante mucho rato cortaron el aire con grandes tijeras y cosieron con agujas sin hilo, hasta que gritaron, por fin:

-¡El nuevo traje del emperador está listo!

El mismo emperador acudió al taller con los cortesanos más distinguidos y los dos pillastres levantaron los brazos, como si sostuvieran algo, diciendo:

- ¡Ved los pantalones! ¡El vestido! ¡La capa! Son tan finos como una tela de araña. Se diría que no se lleva nada, pero ahí está precisamente su gracia.

- ¡Es verdad el traje ha quedado espléndido! -decían los cortesanos sin ver nada, porque nada había que ver.

- ¿Tendrá Su Majestad Imperial la bondad de quitarse la ropa que lleva, para que podamos ayudarle a vestir el nuevo traje ante el espejo?

El emperador se desnudó y los dos truhanes simularon entregarle las nuevas prendas, haciendo, luego, como si le abrochasen y le atasen algo a la cintura. El emperador, mientras tanto, se miraba al espejo, volviéndose a un lado y a otro.

-¡Oh! ¡Qué bien le sienta! ¡Qué elegante! ¡Qué dibujos! ¡Qué colores! ¡Es un traje precioso! -decían todos-.

- En la puerta esperan a Su Majestad con el palio para ir a la procesión -dijo el maestro de ceremonias.

- ¡Estoy listo! ¿Verdad que me cae admirablemente?- Y se volvió a mirar otra vez en el espejo, simulando que se complacía en admirar sus galas.

Los chambelanes que habían de llevarle el manto se agacharon hasta el suelo, como si cogiesen la cola y, luego, fingieron sostener algo en sus manos, porque no querían exponerse a que creyeran que no veían nada.

El emperador se incorporó a la procesión bajo el solemne palio, y todas las gentes que le veían desde la calle o desde las ventanas de las casas, exclamaban:

-¡Qué magnífico traje lleva el emperador! ¡Qué cola tan larga! ¡Qué bien le sienta!

Nadie quería que los demás pensasen que no veía nada, para no descubrir o su estupidez o su incapacidad para el puesto que ocupaba.

- ¡Pero si no lleva nada puesto! -dijo un niño. Y unos y otros comentaron lo que el niño había dicho:

- ¡No lleva nada! ¡Un niño dice que no lleva nada puesto! ¡El emperador va desnudo!

Y el emperador se sintió muy incómodo, porque le parecía que tenían razón; pero pensó:

- Ahora que ya estoy aquí, debo seguir adelante.

Y se estiró con más arrogancia aún, y los chambelanes siguieron detrás, serios como siempre, llevando una cola que no existía.


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jueves, 23 de julio de 2009

El pescador y su mujer. (Cuentos ilustrados VII)


El pescador y su mujer.

(Adaptación del cuento de los hermanos Grimm).

Un pescador y su mujer vivían en una choza junto al mar. Un día al tirar de la caña, sacó un enorme rodaballo. El pez le dijo que le dejara con vida, que él era un príncipe encantado y que ni siquiera le sabría bien. Así lo hizo el pescador y volvió a su miserable choza.
Al enterarse de la historia su mujer, muy enfadada, le obligó a volver al mar para que le pidiera al pez una casa.

El hombre que no se atrevía a llevarle la contraria a su mujer, volvió a la orilla del mar. Luego llamó al rodaballo y le pidió lo que quería su mujer, y el pez se la concedió.
Cuando el hombre regresó se encontró con una preciosa casa. Pasó una semana, o quizá dos, y la mujer le dijo al marido que fuera de nuevo a buscar al rodaballo porque ella quería vivir ahora en un gran castillo de piedra. Discutieron, pero él volvió a la orilla del mar. El mar ya no estaba amarillo y verde, sino violeta y azul. El rodaballo le concedió el castillo. Pero su mujer de todo se cansaba y deseaba más y más. Y así, pidió convertirse en rey, y luego en emperador.

Pero también de ser rey y emperador se cansó. No estaba conforme con nada.
-Ahora que soy emperador, quiero ser papa y nada más. Ve a decírselo al rodaballo.
-¡Pero, mujer! ¡Qué cosas se te antojan! Papa, Papa, Papa sólo hay uno. Tú no puedes serlo, porque ya hay uno.
-Ve y dile que tengo que ser papa hoy mismo.

Cuando regresó del pedirle al rodaballo el nuevo deseo, el pescador se encontró con una enorme iglesia rodeada de un espléndido palacio. Todos los reyes y emperadores se arrodillaban ante su mujer y le besaban las sandalias. Pero ella aún no estaba satisfecha y su ambición no la dejó dormir en toda la noche.

Cuando vio que salía el sol y lanzaba sus primeros rayos, se le ocurrió una idea:
-¡Marido! ¡Levántate! Y vete a decirle al rodaballo que quiero ser como Dios.
-¡Ay, mujer! ¡El rodaballo no puede hacer eso! ¡Ya es suficiente ser papa!
Y le dio tal patada al pescador que éste se vistió y salió corriendo como un loco.

El mar se llevaba las rocas, retumbaban los truenos y culebreaban los relámpagos.
-¿Pero qué más quiere tu mujer?
-¡Ay! Ahora quiere ser como Dios.
-Vuélvete a tu casa: tu mujer está sentada en la pocilga que tenía al principio.
Y allí es donde viven desde entonces y hasta el día de hoy.

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