martes, 14 de abril de 2015

Un robot para las vacaciones.


A partir de 8 años.


Un robot para las vacaciones.
(Marie Tenaille y Monique Touvay. Adaptado)

Narrador: Era el momento… era el minuto esperado. Por fin el profesor Nikelec sabría de qué era capaz el pequeño robot que había construido en su taller.
Nikelec: ¡Ya está: conectado! ¡Bien, funciona! Te llamarás Gotou. Te he construido como un ser inteligente. Las conexiones que hay dentro de tu cabeza harán que me obedezcas al sonido de mi voz. Tú sabrás hacer de todo. ¡Serás Gotou el HáceloTodo!
Goto: O.K. de acuerdo. Me gustaría que me llamaras Goto-el Robot.
Nikelec: Entonces serás Goto.
Narrador: El profesor Nikelec, un poco asombrado, creyó que sería necesario algún tipo de ajuste, todavía. Pero lo haría a la mañana siguiente y dejó al muñeco de metal en el estudio y él se fue al jardín a regar sus claveles.
El pequeño robot se dirigió, con paso decidido, hacia la puerta del taller. Giró el picaporte y salió. Avanzó con rapidez por un camino de tierra. No tardó en dejar atrás su casa y acercarse a la autopista. En un par de minutos alcanzó una gasolinera. Un auto de color rojo se estacionó frente al dispensador de combustible. El pequeño robot, muy cerca del auto, sin saber por qué, levantó su brazo derecho.
Alec: Mira, un robot que está haciendo auto-stop.
Cecile: Subámoslo, antes que papá reanude la marcha.
Narrador: De un salto Goto se encaramó en el asiento trasero. Ya se había instalado.
Ludó:¡Oye! me aplastas. Este es mi lugar.
Alec y Cecile: Shiss. ¡El robot es nuestro secreto! Calla Ludó, papá y mamá no pueden darse cuenta.
Narrador: Atrás, en el asiento trasero, retomada la autopista, Ludó, Alec y Cecile cuchicheaban sin parar. Le preguntaban cientos de cosas al robot.
Cecile: ¿Qué sabes hacer?
Goto: Todo. Un poco de todo.
Alec: Eso estará por verse...
Mamá: Chicos, ¿qué cuchicheáis por ahí?
Alec: ¡Mamá! ¿Por qué no jugamos a las preguntas y a las respuestas?
Mamá: Buena idea. ¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?
Goto: Rosado.
Alec: Rosado.
Todos: ¡Ja,ja,ja,ja!
Papá: ¿Cuál es la altura de la Giralda?
Goto: Cuatrocientos un metros.
Cecile: Cuatrocientos un metros.
Papá: ¡Error! La cifra es al revés.
Mamá: ¿Altura del Mulhacén?
Goto: Tiene 8.743 metros.
Niños: 8.743 metros.
Mamá: Hoy no han acertado ninguna. ¿Qué les sucede?
Papá: Estamos llegando, chicos. Ahí está el albergue. Comienzan nuestras vacaciones.
Mamá: Niños, descargad el coche mientras papá y yo vamos a revisar las habitaciones.
Alec: Quédate dentro del coche. Que papá y mamá no te vean.
Cecile: Solo nosotros sabremos que estás aquí. Nosotros bajaremos las maletas.
Goto: O.K. de acuerdo.
Cecile: Es muy divertido.
Ludó: Un poco chiflado a veces.
Alec: A mí me encanta cómo es.
Goto: O.K., de acuerdo.
Narrador: ¡Rayos! De repente, sin que los niños lo pudieran contener, Goto tomó las maletas y volvió a ponerlas dentro del coche. Decididamente todo lo hacía al revés.
Mamá: ¡Oh, qué es esto!
Papá: ¡Un robot doméstico! Mirad niños; un robot. Apuesto a que nunca habían visto uno así.
Goto: Brrrmmm... Aggggg.....
Alec: Lo hemos tomado en la gasolinera, cuando estaba haciendo auto-stop.
Ludó: Es nuestro amigo.
Cecile: Y se llama Goto.
Papá: ¿Y qué sabe hacer?
Alec: Él sabe hacer de todo y comprende todo.
Goto: ¿Quieren que haga algo?
Narrador: Grave error porque Goto todo lo hacía al revés: untaba betún en las tostadas en vez de mantequilla, mojaba con la manguera a todo el mundo en lugar de regar el jardín, confundía la botella de agua mineral con la del fregasuelos... En fin, para evitar nuevos errores tomaron a Goto y se lo llevaron a una de las habitaciones. Allí, en la televisión, aparecía el profesor Nikelec que hacía una petición a la audiencia. Goto lo reconoció.
Nikelec: Mi pequeño robot Goto se ha escapado de casa y lo grave es que aún yo no había verificado todas sus conexiones. Puede cometer errores. Sabe hacer de todo, pero le falta un gramo de razón. Si lo ven o lo encuentran, por favor devuélvanmelo. Se lo suplico.
Papá: Es necesario devolverlo a su inventor.
Mamá: Es lo mejor.
Narrador: Por primera vez en el día los niños estaban de acuerdo. Una hora después estaban en casa del profesor Nikelec. Cuando el robot bajó del coche corrió a los brazos de su padre. Éste lo estrechó con cariño. Los niños observaban emocionados.
Nikelec: ¿Goto, mi pequeño! ¿Dónde te habías metido? ¡Ven a mis brazos!
Goto: ¿Papá Nikelec...!
Nikelec: Voy de inmediato a corregir las conexiones...
Narrador: En el taller destapó con sumo cuidado la cabeza de su muñeco. Desconectó los cables que comandaban las múltiples acciones del pequeño robot, esas que conducían a locuras y errores; solo dejó en su lugar los “chips” del habla y del movimiento, y de paso reconectó el cable amarillo, ese que controlaba las emociones de su invento y generaba un sentimiento parecido al amor, en el pecho rígido de Goto.



 

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viernes, 20 de marzo de 2015

Tío Grillo, el adivino.


Tío Grillo, el adivino.

Érase una vez un hombre que se llamaba «Tío Grillo». Era muy pobre y no tenía oficio ni beneficio. Para ganarse la vida, decidió un día hacerse pasar por adivino y en la puerta de su casa puso un letrero que decía : «Aquí vive Tío Grillo, el adivino».
Pero antes, robó unas cuantas cosas y las escondió en otros sitios. Primero robó una sábana y la escondió en el horno del pueblo. La dueña de la sábana fue a su casa a consultarle y él le dijo dónde estaba, como si lo hubiera adivinado. La mujer recogió su sábana y le pagó con un pan y un chorizo. Otro día, le robó un caballo a un señorito y lo llevó a un prado que estaba muy lejos. El señorito fue a consultarle y, como Tío Grillo se lo acertó, le dio en pago un jamón.
Así se fue haciendo famoso «Tío Grillo, el adivino».
Un día, llamaron a su puerta y eran soldados que venían de parte del rey para que acertara dónde estaba un anillo muy valioso que le habían robado a su majestad.
Tío Grillo salió con los soldados pero por el camino iba pensando: «Esto va a ser mi perdición. A ver qué hago yo cuando llegue a palacio».
Cuando llegaron a palacio le dice el rey:
Tío Grillo, te he mandado llamar para que me digas dónde está el anillo de mi familia que me han robado. Pero, si no me lo adivinas, morirás.
Majestad, lo que usted me pide es muy difícil. Voy a necesitar tres días para pensarlo.
Está bien. Mando que te encierren en una habitación. Pero, podrás comer y beber todo lo que quieras. Cada día, un criado te llevará lo que pidas.
Cuando se cumplió el primer día, un criado fue a llevarle lo que había pedido, y dice el Tío Grillo:
¡Ay, señor San Bruno, que de los tres ya he visto uno!
El criado se fue corriendo a la cocina a buscar a sus dos compañeros, pues entre los tres habían robado el anillo, y les dice:
¡El Tío Grillo me ha reconocido!
Los otros dos no se lo creyeron, y dice el segundo:
Mañana, voy yo a llevarle la comida.
Al otro día, entró el criado en la habitación y el Tío Grillo dice:
¡Ay, señor San Marcos, que de los tres ya he visto dos!
El criado se fue corriendo a la cocina y se lo contó a los otros. El tercero tampoco se lo creía y fue a llevarle la comida a la mañana siguiente. En cuanto lo vio aparecer, dice el Tío Grillo, con un suspiro muy fuerte:
¡Ay, señor San Andrés, que ya he visto los tres!
Entonces el criado le dice:
Por favor, ¡cállese usted! Si no nos descubre, le decimos dónde está el anillo y además le damos mucho dinero.
El Tío Grillo en seguida comprendió lo que pasaba. Le pareció bien y los ladrones le dieron tres mil reales y le dijeron que el anillo del rey lo habían escondido en el buche del pavo real.
Ya llegó el rey y le preguntó al Tío Grillo dónde estaba el anillo. Entonces él se lo dijo y era verdad.
El rey se puso tan contento, que le entregó muchos regalos al Tío Grillo y se ofreció él mismo a acompañarlo hasta su casa. Se montaron en una carroza y, cuando ya iban de viaje, se coló un grillo por la ventana. Tío Grillo no se dio cuenta, pero el rey sí y lo cogió y se lo escondió en una mano. Entonces le dice al Tío Grillo:
Veamos si eres tan buen adivino. Si lo aciertas, te casas con mi hija. Y si no, morirás. ¿Qué es lo que tengo en la mano?
El Tío Grillo no supo qué contestar, porque no había visto nada. Entonces dice:
¡Ay, Grillo, Grillo, en qué apuros te ves!
¡Caramba! ¡Pues lo has acertado! ¡Ahora te tienes que casar con mi hija!
Y se casó el Tío Grillo con la hija del rey, y vivieron felices y a mí me dejaron con tres palmos de narices.


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domingo, 8 de marzo de 2015

La princesa está triste.

La princesa está triste.
(Carlo Frabetti. Adaptado)

Cortesano: !La princesa está triste!
Cortesana: ¿Qué tendrá la princesa?
Todos: ¡Oh, pobre princesa!

Narrador 1º: La cosa era para estar preocupados.
Narradora: Y sorprendidos.
Narrador 1º: Porque la princesa era joven, hermosa, inteligente...
Narradora: Tenía todo lo que una chica de su edad podía desear
Narrador 2º: Y más. Mucho más.
Narradora: De modo que a la pregunta...:
Todos: ¿Qué tendrá la princesa?
Narradora: Se podría contestar diciendo que la princesa lo tenía prácticamente todo.

Narrador 2º: Tenía más cosas de las que tú podrías pedir en un día.
Narrador 1º: Imagínate que te pasas un día entero pidiendo cosas a la mayor velocidad posible. Algo así como:
Narradora: Quiero una bicicleta unos patines una pelota un caballo un canguro un elefante un barco un globo un submarino un cofre lleno de monedas de oro una bossa de canicas una casita de chocolate un circo de pulgas una piscina una cama elástica un trapecio un columpio una cometa un teatro de marionetas...
Narrador 1º: Sin comas ni nada, para poder pedir más cosas por minuto.
Narrador 2º: Pues bien, si te pasaras un día entero pidiendo cosas sin parar y te las dieran todas, no tendrías tantas cosas como nuestra princesa.

Narradora: Algunas de las cosas de la lista anterior no las tenía, claro, pues era una princesa de las antiguas, de la época de los castillos y los caballeros andantes.
Narrador 2º: No tenía bicicleta, pues aún no se había inventado, y, por la misma razón, no tenía un globo ni un submarino.
Narrador 1º: No tenía un canguro, porque aún no se había descubierto Australia, que es donde viven los canguros.
Narradora: Tampoco tenía una casita de chocolate, pues aún no se había descubierto América, que es de donde procede el cacao.
Narrador 2º: Pero como la princesa nunca había oído hablar de las bicicletas ni de los globos ni de los submarinos, ni de los canguros ni del chocolate, no podía desear ni echar de menos ninguna de esas cosas.
Narrador 1º: Y tampoco podía echar de menos las otras cosas, las que sí se conocían en su época, porque las tenía todas.

Narradora: Cuando los pajes y las doncellas se preguntaban:
Todos: ¿Qué tendrá la princesa?
Narradora: La pregunta era, en realidad:
Todos: ¿Qué no tendrá?
Narradora: Es decir:
Todos: ¿Qué le faltará?
Narradora: Y la respuesta, como acabamos de ver, era...
Todos: Nada.
Narrador 2º: No le faltaba nada, puesto que lo tenía todo.
Narrador 1º: Pero entonces, ¿por qué estaba triste?

Narradora: Puede que estés pensando que a lo mejor estaba triste porque, a pesar de tenerlo todo, o casi todo, no le hacían caso o no la atendían debidamente.
Narrador 2º: Pero no era así. En absoluto. La princesa tenía una legión de doncellas. Una se ocupaba de su cabello.
Narrador 1º: Otras dos, de sus ojos (una del ojo derecho y otra del izquierdo).
Narrador 2º: Dos más, de sus orejas (una de la oreja derecha y otra de la izquierda).
Narrador 1º: Otra, de su nariz.; otra de su boca de fresa; otra de su cuello...
Narrador 2º: Otras dos, de sus manos (una de la mano derecha y otra de la izquierda), y así sucesivamente.

Narradora: La princesa dormía sobre siete colchones de plumas, uno encima del otro. Se bañaba cada mañana en agua de rosas. Tenía un guardarropa con vestidos de todos los colores, incluidos uno del color de la luna y otro del color del sol.
Narrador 2º: Comía todos los días a la carta; mejor dicho, a la baraja, pues podía elegir entre cuarenta cartas diferentes, en cada una de las cuales había más de cien platos...


Narrador 1º: Pero estaba triste.
Narradora: Nunca reía.
Narrador 2º: Ni siquiera sonreía.

Todos: La princesa está triste.
Narrador 1º: Comentaba la gente en las calles y las plazas del reino, en las posadas y los mercados.
Todos: ¿Qué tendrá la princesa?
Narradora: Se preguntaban todos. Y nadie sabía la respuesta.


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domingo, 15 de febrero de 2015

Pulgarcita

Eric Kincaid

Pulgarcita.
(Hans Christian Andersen.Adaptado)
Narrador: Érase una mujer que anhelaba tener un niño. Un día decidió acudir a una vieja bruja y ésta le dijo:
Bruja: Ahí tienes un grano de cebada. Plántalo en una maceta y verás maravillas.
Narrador: Sembró el grano y brotó una flor grande y espléndida, parecida a un tulipán, que tenía los pétalos cerrados. La mujer besó aquellos pétalos rojos y amarillos y se abrió la flor con un chasquido, pero en el centro del cáliz se veía una niña pequeñísima, no más larga que un dedo pulgar; por eso la llamaron Pulgarcita. Le dio por cuna una preciosa cáscara de nuez y de día jugaba navegando sobre una hoja de tulipán que flotaba a modo de barquilla.
Una noche, se presentó un sapo, que saltó por un cristal roto de la ventana.
Sapo: ¡Sería una bonita mujer para mi hijo!
Narrador: El sapo se llevó dormida a Pulgarcita en su cáscara de nuez y la depositó en un pétalo de nenúfar en medio del arroyo para que no escapara, mientras él y su hijo le preparaban su habitación debajo del cenagal. Cuando se hizo de día despertó la pequeña, y al ver donde se encontraba prorrumpió a llorar amargamente. Los pececillos que nadaban se reunieron todos en el agua, alrededor del verde tallo que sostenía la hoja, lo cortaron con los dientes y la hoja salió flotando río abajo, llevándose a Pulgarcita fuera del alcance del sapo.
Una bonita mariposa vino a pararse sobre la hoja. Pulgarcita se desató el cinturón, ató un extremo en torno a la mariposa y el otro a la hoja; y así la barquilla avanzaba mucho más rápida.
Más he aquí que pasó volando un gran abejorro y rodeó con sus garras su cuerpecito y fue a depositarlo en un árbol. Otro abejorro al verla dijo:
Abejorro: ¡Sólo tiene dos piernas! ¡No tiene antenas! ¡Uf, que fea! Deja que se vaya.
Narrador: La bajó al pie del árbol, y la depositó sobre una margarita. Todo el verano se pasó la pobre Pulgarcita completamente sola en el inmenso bosque. Para comer recogía néctar de las flores y bebía del rocío que todas las mañanas se depositaba en las hojas. Pero luego vino el invierno, el frío y largo invierno. Los pájaros se marcharon y los árboles y las flores se secaron. Pulgarcita pasaba un frío horrible, pues tenía todos los vestidos rotos. Se envolvió en una hoja seca, pero no conseguía entrar en calor; tiritaba de frío.
Llegó frente a la puerta del ratón de campo, llamó a la puerta como una pordiosera y pidió un trocito de grano de cebada.
Ratón: ¡Pobre pequeña! Puedes pasar el invierno aquí, si quieres. Cuidarás mi casa, y me contarás cuentos, que me gustan mucho.
Narrador: Un día le dijo el ratón:
Ratón: Hoy tendremos visita. Mi vecino suele venir todas las semanas a verme. Es aún más rico que yo; tiene grandes salones y lleva una hermosa casaca de terciopelo negro. Si lo quisieras por marido nada te faltaría. Sólo que es ciego; habrás de explicarle las historias más bonitas que sepas.
Narrador: El topo vino, en efecto, de visita y se enamoró de la niña por su hermosa voz. Fueron a ver su casa y en un corredor se encontraron una golondrina muerta. El topo, con su corta pata, dio un empujón y dijo:
Topo: Ésta ya no volverá a chillar. ¡Qué pena, nacer pájaro! A Dios gracias, ninguno de mis hijos lo será. ¡Vaya hambre la que pasan en invierno!
Narrador: Aquella noche Pulgarcita no pudo pegar un ojo; saltó de la cama, fue en busca de la golondrina y la cubrió con hojas y algodón. Aplicó entonces la cabeza contra el pecho del pájaro y tuvo un estremecimiento; le pareció como si algo latiera en él. Y, en efecto, era el corazón, pues la golondrina no estaba muerta. El calor la volvía a la vida. Regresó al día siguiente y ya tenía abierto los ojos. Durante todo el invierno la cuidó hasta que recuperó sus fuerzas.
Golondrina: ¡Gracias, mi linda pequeñuela! Ya he entrado en calor; pronto habré recobrado las fuerzas y podré salir de nuevo a volar bajo los rayos del sol.
Narrador: Entonces la golondrina le contó que se había lastimado un ala en una mata espinosa, y por eso no pudo seguir volando con la ligereza de sus compañeras, las cuales habían emigrado a las tierras cálidas. Cayó al suelo, y ya no recordaba nada más, ni sabía cómo había ido a parar allí.
Cuando llegó la primavera, el sol comenzó a calentar la tierra y Pulgarcita hizo un agujero en el techo del túnel para que la golondrina pudiera salir. Sabía lo que le esperaba: la boda con el topo, a quien no quería; la soledad y la oscuridad de aquellas galerías. Entonces la golondrina revoloteando en el aire le dijo:
Golondrina: ¡Vamos! Ponte sobre mi espalda y te llevaré volando conmigo.
Narrador: Y así fue cómo la golondrina llevó a Pulgarcita al lugar donde ellas hacen sus nidos; el mismo lugar, donde las personas diminutas como ella, viven en el interior de hermosas flores blancas.

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miércoles, 4 de febrero de 2015

Los tres cerditos.


LOS TRES CERDITOS

En el corazón del bosque vivían tres cerditos que eran hermanos. El lobo siempre andaba persiguiéndoles para comérselos. Para escapar del lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa. El pequeño la hizo de paja, para acabar antes y poder irse a jugar.
El mediano construyó una casita de madera. Al ver que su hermano pequeño había terminado ya, se dio prisa para irse a jugar con él.
El mayor trabajaba en su casa de ladrillo.
-Ya veréis lo que hace el lobo con vuestras casas -riñó a sus hermanos mientras éstos se lo pasaban en grande.
El lobo salió detrás del cerdito pequeño y él corrió hasta su casita de paja, pero el lobo sopló y sopló y la casita de paja derrumbó.
El lobo persiguió también al cerdito por el bosque, que corrió a refugiarse en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló y sopló y la casita de madera derribó. Los dos cerditos salieron pitando de allí.
Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano mayor.
Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas. El lobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El lobo comilón descendió por el interior de la chimenea, pero cayó sobre el agua hirviendo y se escaldó.
Escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.

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viernes, 9 de enero de 2015

Molestón Verruga y la fiesta de cumpleaños.


 
 
Molestón Verruga y la fiesta de cumpleaños.

(Pilar Valdés) 
 
Narradora: Había una vez un lugar tan cercano y tan lejano, tan grande y tan pequeño, que el que lo conoció no se acordaba de él y el que no lo conocía, no sabía que existía.
Ocurría algo muy singular en aquel lugar. Cuando alguien llegaba, el lugar se agrandaba. Y cuando se marchaba, entonces menguaba. Parecía un globo que se inflaaaba, y se desinflaba. Se inflaaaba y se desinflaba. Pero eso, a sus habitantes, no les importaba.
Siempre estaban muy contentos porque allí, todos vivían del cuento. Pero un día todo cambió, cuando Molestón Verruga llegó.

Molestón: Eeeeeeeeeeeeeh! ¡Soy Molestón Verruga que nunca, nunca guardo la compostura!
Narradora: Con su figura muy crecida, al igual que su barriga, a toda la gente que pasaba por allí, Molestón señalaba con el dedo, la punta de su nariz, y decía:
Molestón: ¡Veis, veis la punta de mi nariz! Tengo una verruga del tamaño de una oruga. Dicen que me hace horroroso. Pero yo de ella me siento ¡muy orgulloso!
Narradora: Era un cascarrabias y un mal educado. ¡Se tiraba enormes pedos con el que estaba a su lado! Y sus eructos eran tan exagerados, que hasta las casas ¡las había derribado! Cuando dormía, sus ronquidos eran tan grandes ¡que espantaban hasta los elefantes! Y… de ese modo la gente se fue marchando y los trenes se fueron pitando. Y las aves emigraron y las flores se marchitaron. La borrasca se alejó y el viento ya no sopló. Se fueron los malos y buenos olores. Y la música se fue a otra parte. No había nada ni nadie, por no haber, no había ni tiempo y ni por un momento, Molestón Verruga nunca pudo imaginar, que viviría solo en un “cuarto y mitad”. Así que muy descontento le hablaba así, a su amigo el aburrimiento.
Molestón: ¡Vaya! Todo el mundo se ha quitado de en medio. Por quitarse, se me ha quitado hasta el sueño. ¡Jolín que tostón! ¿A quién le doy yo ahora un pisotón? Esto es tan pequeño, tan pequeño, que no puedo pisar las plantas, ni gritar a mis anchas. Ni romper cristales con la pelota. Ni ver como lloran con mis chistes de pasota. Y ahora, ¿a quién asusto con mis gritos, para que se les quite el hipo?
Narradora: Molestón Verruga se sentía tan desolado, que hasta su barriga se había desinflado.
Molestón: Nadie escuchará mis mentirijillas. Ni a los niños, podré hacerles cosquillas. Ni ponerles zancadillas. ¡Qué hambre tengo! Estoy tan triste. No hay nada de comer. ¡Ni siquiera alpiste!
Narradora: De repente todo se oscureció, quedando solo Molestón con su verruga del tamaño de una oruga.
Molestón: ¡Anda! ¡Hasta la luz se ha ido! ¡Vaya coraje chiquillo!
Narradora: Por sorpresa, una pequeña luz apareció y sutilmente, en su verruga se posó. Y mientras él lo miraba bizco, esto fue lo que la luz le dijo:
Hada: ¡Hola! Soy el Hada Elena. Te invito a mi fiesta de cumpleaños. Si quieres venir, tendrás que compartir. Ser educado y entregar muchos regalos.
Narradora: Con su voz cantarina se marchó el Hada Madrina. Y nervioso y a oscuras decía Molestón Verruga:
Molestón: ¡Qué bien! ¡Qué bien! ¡Qué guapo! ¡Ya no voy a decir tacos! ¡Quiero ir a la fiesta de Elena! ¡Allí me pondré la barriga llena! Hoy sí que voy a darme un baño. ¡Porque voy a un cumpleaños!
Narradora: Hasta que… cayó en la cuenta. No veía nada, iba a tientas.
Molestón: ¿Y cómo iré a la fiesta, si no se dónde es y no veo ni un pijo?
Hada: Adivinando este acertijo
Narradora: Sonó la voz cantarina del Hada Madrina.
Hada: ¿Estas preparado?
Molestón:¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
Narradora: Decía Molestón impaciente, como si le hablara a mucha gente.
Hada: ¿Sabrías decirme qué es tan pequeño como una oruga que se ve de día, pero no se ve a oscuras?
Narradora: Molestón se quedó pensando, mientras su barriga se iba inflando.
Molestón:¡Es! ¡Es una mosca muy peluda y muy tosca!
Hada: No.
Narradora: Contestó Elena.
Molestón: Entonces es una mariquita, muy simpática y muy chiquitita.
Hada: No.
Molestón: ¡Ya lo sé! ¡Una abeja, volando por una teja!
Hada: No.
Narradora: Y de pronto, tocándose la nariz, se dio cuenta, que la llevaba puesta, que tenía la respuesta.
Molestón: ¡¡Claro, es mi verruga!!
Narradora: Gritó con alegría y soltura.
Hada: ¡Muy bien!
Narradora: Exclamó Elena. Inmediatamente, la luz volvió y una caja grandota apareció.
Molestón: Anda, una caja! ¿Qué habrá dentro? ¡Que maja!
Narradora: Decía Molestón nervioso, yendo de un lado a otro, como si fuera un potro. Por fin, muy lentamente abrió la caja y en ella encontró….
Molestón: ¡Un sobre!
Narradora: Y muy despacio y con sigilo, comenzó a leer sin perder el hilo.
Molestón: “Son regalos para los niños, para que los entregues con muchísimo cariño.”
Narradora: De pronto, Molestón, se vio de niños rodeado, repartiendo los regalos.
Y así fue, como la gente volvió otra vez. Y volvió el calor y la sonrisa, los abrazos y la brisa. Y los payasos y los sabores y multitud de colores. Y las canciones y…..colorín, colorá, este cuento no ha hecho más que empezar.


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martes, 9 de diciembre de 2014

El deseo de Teresa.








Narrador: Lo único que hacía Teresa en todo el día era cepillarse el pelo: un pelo rubio, liso y muy largo. Y yo, por mi parte, lo único que hacía era reñir a Teresa por pasarse todo el día cepillándose el pelo.
Teresa: Si tuvieses cosas más importantes que hacer, no te preocuparías por lo que hago yo.
Narrador: El verano se presentaba realmente aburrido. Todos mis amigos se habían ido de vacaciones a la playa con sus familias.
Pero sucedió que un día regresó Teresa a casa muy excitada: había encontrado algo. Le pregunté de qué se trataba:
Teresa: Es un deseo, ¿no lo ves?
Chico: Vaya… ¿Y para qué queremos un deseo?
Teresa: Chicos…
Narrador: Me detuve a examinarlo de nuevo. Era un deseo guapo, aunque esquelético y un poco triste, y no parecía tener mucha confianza en sí mismo. Insistí:
Chico: ¿Y para qué queremos un deseo?
Narrador: Decidí apoyar a mi hermana.
Chico: Por mí, bien. Ahora que mamá…
Teresa: Le gustará.
Narrador: Mamá regresó a las dos y media. Es enfermera y a esa hora sale del trabajo.
Estábamos los tres mirando la televisión
Madre: ¡Ah...!¡Ni se os ocurra! ¡Esta vez sí que no!
Teresa: ¡Mamá, déjame que te explique...!
Madre: ¡No, no, no y no! Primero trajiste un perro, después un gato. Y del ratón, ¿qué me dices del ratón, ese pobre animalito blanco que tanto ibas a cuidar y que acabó muriéndose de hambre y de pena?
Teresa: No era un ratón… era un hámster… Un hámster blanco.
Madre: Me da igual el color. Como si era violeta. Era un ratón y punto.
Teresa: A mí me gustaba.
Madre: Sí, te gustaba como te gusta todo lo que cae en tus manos. Pero después, al cabo de unos días, te olvidas de que tienes obligaciones y soy yo quien tiene que cargar con el mochuelo.
Teresa: Nunca hemos tenido un mochuelo.
Madre: ¡Grrrr!
Teresa: Pero mamá…
Madre: ¡No, no y no! ¡¿Me entiendes?!
Teresa: Pero mamá…
Madre: ¡Ni mamá ni nada, he dicho NO y basta!
Chico: Teresa, tal vez mamá tenga razón… Lo mejor es que lo echemos a la calle sin ningún tipo de miramientos… Al fin y al cabo, por el aspecto que tiene, no creo que le quede mucho de vida.
Narrador: Ambas me miraron absortas durante unos segundos, sin saber qué decir. Mi hermana echó a correr a su cuarto. Mamá no sabía cómo reaccionar, de repente se había quedado desarmada en pleno combate. Luego le di unos consejos, una charla de hijo a madre.
Chico: Es cierto que Teresa es algo irresponsable, pero mamá, piénsalo detenidamente… si los niños no fuésemos inmaduros y caprichosos, no seríamos niños.
Madre: De acuerdo, que se quede unos días hasta que se reponga… ¡Pero sólo unos días!
Mamá, resignada, acabó por ceder.
Narrador: Mamá, resignada, acabó por ceder.
Pasaban los días y el deseo se sentía cada vez más integrado en las actividades de la familia. Comía con nosotros, dormía en nuestro cuarto, participaba en nuestros juegos. Éramos uña y carne.
Yo le narraba mis peleas en el colegio, donde siempre resultaba vencedor.
Deseo: ¿Y esos moretones?
Chico: Ah, eso… Es para disimular. En las pelis los buenos también reciben de vez en cuando, ¿no?
Narrador: Papá telefoneó un domingo para preguntar qué tal nos iba. Estaba viviendo en un hotel hasta que se solucionara “el asunto”, asunto que Teresa y yo desconocíamos. Fue el deseo quien atendió la llamada. Callado, muy seguro de sí mismo estiró el cordón telefónico hasta mamá.
Deseo: Es el cabeza de familia.
Narrador: En los últimos tiempos, cada vez que mamá hablaba con papá adoptaba una actitud seria. Aquella vez, sin embargo, habló con soltura y acabó por reír. Cuando mamá ríe de verdad se le encienden los ojos y las mejillas y se le enciende todo lo bueno que puede haber en una persona.
Teresa: ¿Tú qué crees?
Chico: No sé, son cosas de mayores.
Narrador: Dos semanas más tarde, traté de nuevo el tema del inquilino:
Chico: Ya lleva aquí tres semanas, y parece restablecido. Si quieres, podemos decirle que se vaya buscando otro hogar.
Madre: Es hora de comer.
Narrador: Últimamente estaba de buen humor. Papá no llamaba ya los domingos. Bueno, sí lo hacía. Lo que quiero decir es que también llamaba los lunes. Y los martes. Y los miércoles… Seguramente también la telefonearía al trabajo. A Teresa y a mí nos gustaba mucho nuestro padre. La diferencia era que mi hermana y yo éramos mucho más flexibles que nuestra madre, y por eso nunca nos enfadábamos con él: en el fondo era un niño.
Pasaron cosas bonitas aquel verano....
Un día en que mamá no trabajaba, nos rogó que no saliésemos a la calle a jugar. Quería que estuviéramos a su lado. Así que para tenernos contentos, nos invitó a pastelitos de crema.
Recuerdo el día: 21 de diciembre.
Era papá. Traía regalos para todos. Y un par de maletas. Y de las grandes.
Mamá se quedó clavada ante su colosal entrada, haciéndose la dura. Papá se deshizo en besos con Teresa y conmigo. Y al ver al deseo caminando tímidamente hacia él, lanzó al aire una de sus famosas risotadas.
Padre: Vaya, así que tú eres el famoso deseo.
Narrador: Lo cogió en brazos y lo acarició. Papá siempre fue un tipo encantador. Y no lo digo porque sea mi padre.
Entonces, nuestros padres se miraron como se miran dos adolescentes que se gustan. Se les notaba incómodos pero felices. Teresa me tiró de la manga.
Teresa: Vamos a jugar. Tienen que hablar.
Chico: Sí, de acuerdo.
Narrador: Volvimos al cabo de una hora. Estaban mirando la televisión. Los tres en el sofá. Papá y mamá, abrazados; el deseo, dormido a sus pies. Se volvieron hacia nosotros y sonrieron. Nos abrazamos a ellos y después nos sentamos a su lado, en la alfombra. Por las mejillas de mamá descendió una lágrima. Una noche mágica. Deberíamos haber encendido la chimenea. Una lástima que no tuviéramos chimenea.
Padre: Por cierto ¿cómo se llama?
Chico y Teresa: ¿Quién?
Padre: ¡El deseo!
Narrador: ¡Caray, nadie lo sabía! Justo en ese momento, se despertó.
Madre: Nos preguntábamos cómo te llamabas .
Narrador: El deseo no respondió. Se limitó a mirarnos con picardía.
Orgulloso.
Feliz.
Cumplido.


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