sábado, 14 de junio de 2014

La reina de las nieves.

Eric Kincaid
La Reina de las Nieves 

(Hans Christian Andersen. Adaptado) 

PRIMER EPISODIO Trata del espejo y del trozo de espejo.

Narrador: Un duende perverso construyó un espejo dotado de una curiosa propiedad: todo lo bueno y lo bello que en él se reflejaba se encogía, mientras que lo inútil y feo destacaba. Un día subió al cielo con él. El espejo se soltó de sus manos y cayó a la Tierra, donde quedó roto en millones de fragmentos. Cada fragmento conservaba la misma virtud del espejo entero. A algunas personas, uno de aquellos pedacitos llegó a metérseles en el corazón y éste se les volvió como un trozo de hielo. 

SEGUNDO EPISODIO: Un niño y una niña.

Narrador: Había una vez en la gran ciudad dos niños pobres, Kay y Gerda, que estaban siempre juntos. No eran hermanos, pero se querían como si lo fueran. Durante el buen tiempo cultivan las plantas de un pequeño jardín. Pero en invierno la abuela de Kay los reunía alrededor de la estufa para contarles historias mientras nevaba copiosamente en la calle. 
Abuela: ¡Mirad, ya está aquí el duro y frío invierno con su enjambre de abejas blancas !
Kay: ¿Tienen también una reina?
Abuela: ¡Claro que sí! Vuela en el centro del enjambre y nunca se posa en el suelo, sino que se vuelve volando a la negra nube. Algunas noches de invierno vuela por las calles de la ciudad y mira al interior de las ventanas.
Kay: ¡Sí, ya lo he visto!
Gerda: ¿Y podría entrar aquí la Reina de las Nieves?
Kay: Déjala que entre. La pondré sobre la estufa y se derretirá.
Abuela: ¡Ay, mi joven Kay qué cosas se te ocurren...!
Narrador: Un día los dos niños miraban un libro de estampas cuando Kay dijo: Kay: ¡Ay, qué pinchazo en el corazón! ¡Y algo me ha entrado en el ojo! Narrador: Era uno de aquellos granitos de cristal desprendidos del espejo, el espejo embrujado. Aquel horrible cristal que volvía pequeño y feo todo lo grande y bueno que en él se reflejaba, mientras hacía resaltar todo lo malo y ponía de relieve todos los defectos de las cosas. ¡Qué poco tardaría el corazón en volvérsele como un témpano de hielo!
Kay: ¿Por qué lloras? ¡Qué fea te pones! No ha sido nada. ¡Aquella rosa está agusanada! Y mira cómo está tumbada. No valen nada.¿Qué quieres que salga de este cajón!
Gerda: ¡Kay, qué te ocurre! ¿Por qué te comportas así?
Narrador: Un día Kay ató su trineo a un gran trineo pintado de blanco, ocupado por un personaje envuelto en una piel blanca y tocado con un gorro. El trineo se puso en marcha a gran velocidad y Kay no pudo soltarse de él. Cuando se detuvo pudo ver que quien lo guiaba era la reina de las Nieves.
Kay: ¡Qué frío tengo!
Reina de las Nieves: Hemos corrido mucho, Kay. Métete en mi piel de oso. Solo te daré un beso. No te volveré a besar, pues de lo contrario te mataría. Olvidarás tu hogar, olvidarás a Gerda y vivirás por siempre en mi hermoso palacio de hielo. 

 TERCER EPISODIO: El jardín de la hechicera.

Narrador: Llegó la primavera y Gerda salió en busca del Kay. Llegó al río que pasaba por las afueras de la ciudad pues pensaba que él se lo había llevado. Gerda: ¿Es cierto que me robaste a mi compañero de juego? Te daré mis zapatos nuevos si me lo devuelves. Llévame en esta barca a donde él esté. ¡Kay, Kay, Kay....!
Vieja: ¡Pobre pequeña! ¿Cómo viniste a parar a este río caudaloso y rápido que te ha arrastrado tan lejos? Ven y cuéntame quién eres y cómo has venido a parar aquí. ¡Pobre niña, pobre niña! ¡Siempre he suspirado por tener una niña bonita como tú. ¡Ya verás qué bien lo pasaremos las dos juntas!
Narrador: Y pacientemente peinó los cabellos de Gerda, mientras ésta iba olvidándose de su amiguito Kay, pues la vieja poseía el arte de hechicería, aunque no fuera una bruja perversa. Un día Gerda contempló una rosa pintada y le hizo recordar el motivo que la había llevado hasta allí.
Gerda: Tengo que encontrar a Kay. ¡Dios mío, cómo me he retrasado! ¡Estamos ya en otoño; tengo que darme prisa! Narrador: Y se puso en pie para reemprender su camino. Pobres piececitos suyos, ¡qué heridos y cansados! A su alrededor todo parecía frío y desierto. ¡Ay, qué gris y difícil parecía todo en el vasto mundo! 

CUARTO EPISODIO: El príncipe y la princesa.

Narrador: En el camino Gerda se encontró con una corneja a la que le contó su historia. Ella le habló de un príncipe inteligente que hacía poco tiempo había llegado desde un lugar lejano y que era tal su buen entendimiento que había conquistado el corazón de la princesa. 
Gerda: ¡Quizás sea Kay!
Narrador: La corneja la llevó al palacio, pero el príncipe no era Kay. Éste al conocer su historia, emocionado, quiso ayudarla, pues el empeño de aquella muchacha por encontrar a su amigo del alma le enterneció el corazón. Entonces, el príncipe le ofreció una carroza para que pudiera seguir su búsqueda.

QUINTO EPISODIO: La pequeña bandolera.

Narrador: Avanzaban a través del bosque tenebroso cuando fueron atacados por los bandidos.
Vieja bandidos: ¡Es de oro, es de oro! ¡A por ellos!
Narrador: Y, arremetiendo con furia, detuvieron los caballos, dieron muerte a los postillones, al cochero y a los criados y mandaron apearse a Gerda.
Vieja bandidos: Está lozana y apetitosa; la alimentaron con nueces, seguro. Será sabrosa como un corderillo bien cebado. ¡Se me hace la boca agua! ¡Ay! ¡Qué haces, maldita rapaza! ¡A mordiscos tratas a tu madre!
Hija bandidos: ¡Jugará conmigo! Me dará su manguito y su lindo vestido, y dormirá en mi cama.
Narrador: Aquella muchacha, aunque salvaje y endiablada, la salvó de una muerte segura. Aquella noche, cuando Gerda le contaba su historia a la ladronzuela, una de las palomas torcaces que estaba en la habitación les dijo: Paloma: Hemos visto a Kay. Iba sentado en la carroza de la Reina de las Nieves, que volaba por encima del bosque cuando nosotras estábamos en el nido. Sopló sobre nosotras y murieron todas menos nosotras dos.
Gerda: ¿Adónde iba la Reina de la Nieves? ¿Sabéis algo?
Paloma: Al parecer se dirigía a Laponia, donde hay siempre nieve y hielo. Pregunta al reno atado ahí.
Hija bandidos: Él te llevará Gerda. Allí nació y me crió. Haré eso por ti. ¡A galope, reno pero mucho cuidado con la niña!
Narrador: Enseguida el reno emprendió la carrera a campo traviesa, por el inmenso bosque, por pantanos y estepas, a toda velocidad. Aullaban los lobos y graznaban los cuervos. 

SEXTO EPISODIO: La lapona y la finesa.

Narrador: Al fin llegaron a Laponia. Fueron a ver a una anciana mujer que les dijo:
Anciana: En efecto, es verdad: Kay está aún junto a la Reina de las Nieves, a pleno gusto y satisfacción, persuadido de que es el mejor lugar del mundo. Pero ello se debe a que le entró en el corazón una astilla de cristal, y en el ojo, un granito de hielo. Hay que empezar por extraérselos; de lo contrario, jamás volverá a ser como una persona, y la Reina de las Nieves conservará su poder sobre él.
Narrador: Entonces, el reno le dijo a la anciana si no podría darle algún poder a Gerda para defenderse de la Reina de las Nieves.
Anciana: No puedo darle más poder que el que ya posee. ¿No ves lo grande que es? ¿No ves cómo la sirven hombres y animales, y lo lejos que ha llegado? Su fuerza no puede recibirla de nosotros; está en su corazón, por ser cariñosa e inocente. Si ella no es capaz de llegar hasta la Reina de las Nieves y extraer el cristal del corazón de Kay, nosotros nada podemos hacer. A dos millas de aquí empieza el jardín de la Reina; tú puedes llevarla hasta allí. 

SÉPTIMO EPISODIO: Del palacio de la Reina de las Nieves y de lo que luego sucedió. 

Narrador: Gerda entró en aquel castillo cuyos muros eran de nieve compacta, y sus puertas y ventanas estaban hechas de cortantes vientos. Kay estaba amoratado de frío, casi negro; y su corazón era como un témpano de hielo. Gerda: ¡Kay! ¡Mi Kay querido! ¡Al fin te encontré! 
Narrador: Pero él seguía inmóvil; entonces Gerda lloró lágrimas ardientes, que cayeron sobre su pecho y penetraron en su corazón, derritiendo el témpano de hielo y destruyendo el trocito de espejo. Entonces Kay prorrumpió en lágrimas; lloraba de tal modo, que el granito de espejo le salió flotando del ojo. Reconoció a la niña y gritó alborozado:
Kay:¡Gerda, mi querida Gerda! ¿Dónde estuviste todo este tiempo? ¿Y dónde he estado yo? ¡Qué frío hace aquí! ¡Qué grande es esto y qué desierto!
Narrador: Cogidos de la mano, los niños salieron del enorme palacio, vieron al reno que los aguardaba y emprendieron el camino de regreso a sus casas.

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martes, 20 de mayo de 2014

Las aves del paraíso.




Narrador: Mamá le regaló a papá una planta con un par de flores muy hermosas.
Mamá: Se llaman aves del paraíso, porque como veis, sus flores parecen un ave con su pico y con unas plumas que coronan su cabeza.
Narrador: Yo me quedé asombrado, porque realmente las flores eran igualitas a dos pájaros con el cuello muy largo. Me parecía que en cualquier momento, echarían a volar, con esas hojas verdes que eran como alas. Papá leyó que la planta debía estar en un lugar soleado y la colocó junto a la ventana. A mí me gustaba mirar aquellas aves tan preciosas todos los días.
Flor 1: ¡Eh, tú! ¿Qué miras?
Narrador: Me pareció que era una flor la que había hablado.
Flor 2: No seas maleducado, ¿no ves que el niño está admirando mi belleza?
Narrador: Yo asentí con la cabeza, boquiabierto.
Flor 1: Perdona, pero está admirándome a mí.
Narrador: “Sois muy bellas las dos”, les dije, porque era verdad, y porque no quería que se enfadaran.
Flor 2: Eso es ser diplomático, muchacho. ¡No como tú, maleducado, que pareces un gamusino!
Flor 1: ¿Gamusino yo?
Narrador: Las dos sois prácticamente idénticas.
Flor 1: ¿Idéntica a ésta?
Flor 2: ¿Y yo, como este gamusino?
Narrador: Entonces la primera, ayudada por el viento, picoteó en la cabeza a su compañera. Pero ésta se volvió la otra, dispuesta a atacar. ¡Las separé, no paraban de pelear…!
Sois aves del paraíso y deberíais hacer honor a vuestro nombre, con un poco más de elegancia y buen estar”.
Flor 1: En realidad somos un ave del paraíso con dos cabezas, muchacho. Compartimos las mismas hojas y no podemos separarnos.
Flor 2: ¡Sí, sieeeeempre juntas!
Flor 1: Como somos aves, podríamos ser tus mascotas.
Flor 2: Las mascotas deben tener un nombre, ¿no?
Narrador: Tenían razón, debía buscar un buen nombre para ellas. Pensé un poco… “Como sois Aves del Paraíso, os llamaré Adán y Eva”.
Flor 2:Yo quiero ser Eva.
Flor 1: No, Eva seré yo…
Narrador: “¡Basta, lo echaremos a suertes! Tú serás Adán y tú Eva.” Al día siguiente, Eva se quejó de que hacía mucho calor. Iba a alejarlas un poco de la ventana, cuando Adán protestó:
Flor 1: Pero a mí me encanta tomar el sol… ¡Se está tan calentito!
Narrador: Decidí echar la cortina y las dos parecieron estar a gusto así. Después, Adán dijo que tenía sed. La tierra estaba bastante seca, así que traje la regadera. Cuando les eché agua fue Eva la que protestó:
Flor 2: ¡Basta, basta, el agua está muy fría!
Narrador: “¡Necesitáis agua y sol para vivir! Así que seguiréis aquí junto a la ventana y os regaré todos los días.” No era fácil cuidar una planta tan complicada, con dos cabezas parlantes. Por fin oí a Eva decir muy bajito:
Flor 2: La verdad es que este agua está muy rica y fresquita sienta muy bien.
Narrador: ¡Buf! da gusto cuando las dos estáis de acuerdo. ¿No habéis pensado que para vivir juntas tenéis que tratar de llegar a acuerdos?
Flor 1: ¡Brrr!
Flor 2: ¡Pfff!
Narrador: Y las cabezas de Adán y Eva se dieron la espalda, mirando una al este y la otra al oeste. Pero a pesar de todo el trabajo que me daban aquellas flores y de sus eternas discusiones, era maravilloso verlas con esos colores tan preciosos. Seguía mirándolas embobado.
Flor 1: ¿Por qué nos miras así?
Narrador: “Creo que un día saldréis volando por esa ventana. Solo tenéis que mover las hojas, y volaréis.”
Flor 2: ¿Tú crees?
Narrador: “Sí. ¿No os gustaría volver al Paraíso?”
Flor 2: ¿Y qué es eso del Paraíso?
Narrador: “Era el jardín más hermoso del mundo. Donde vivían todos los animales y las plantas en paz y armonía. De allí vinieron Adán y Eva. De allí salió esta planta con vuestras dos cabezas.”
Flor 1: Pero tenemos que aletear muy fuerte, para despegar de esta maceta y volar.
Flor 2: ¿Y como encontraremos el camino al Paraíso?
Narrador: “Si aleteáis juntas y sin discutir, lo encontraréis.”
Flor 1 y 2: ¿Y si lo intentamos?
Narrador: Ellas empezaron a mover las hojas. Parecían alas de verdad. Deseaban ser libres, escapar de esa maceta. Yo abrí la ventana. Aquel pájaro con dos cabezas salió volando por la ventana.
Y volaron, volaron muy lejos, hasta perderse detrás de las nubes. Por una vez, se pusieron de acuerdo en el camino a seguir. Porque Adán y Eva querían volver al Paraíso. A veces miro a lo alto de un árbol y las veo allí. Siguen discutiendo. Pero cuando vuelan, lo hacen juntas y en armonía. Entonces, alcanzan el paraíso. A mamá y a papá también les gusta verlas volar.

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miércoles, 2 de abril de 2014

Bien puede ser.

BIEN PUEDE SER.
(Juan de Ariza. Adaptado)

Narrador: Había una vez un rey que tenía una hija, única heredera de su reino. Era hermosa, pero en cambio tenía un defecto, que era el tormento de su padre; pues desde muy niña la princesa sólo pronunciaba esta frase: bien puede ser. Estas palabras probaban que la hermosa princesa no era muda de nacimiento; pero ni los ruegos del padre, ni la astucia de los cortesanos, habían conseguido arrancarla un sólo monosílabo más. El rey resolvió casarla imponiendo a sus pretendientes una singular condición: entregaría su mano al príncipe que la hiciera hablar alguna otra cosa. Todos los príncipes vecinos acudieron a la invitación, pero fracasaron en el intento pues ella se limitaba a decir a sus ocurrencias: bien puede ser. El buen rey se desesperaba y, queriendo hacer el último esfuerzo, convocó a los simples caballeros del reino, bajo las mismas condiciones.
Un día, un caballero, emprendió el camino de la corte para intentar ser él quien hiciera pronunciar otras palabras a la princesa. Cuando tuvo hambre buscó una venta para satisfacer su apetito y en ella encontró a un muchacho que estaba guisando un puchero.
Caballero: Buenas tardes.
Muchacho: Bienvenido.
Caballero: ¿Qué haces aquí?
Muchacho: Me como al que viene y quedo esperando al que se va.
Caballero: ¿También me comerás?
Muchacho: A dónde va usted?
Caballero: A casarme con la princesa del bien puede ser.
Muchacho: Es usted muy tonto para eso.
Caballero: ¿Por qué?
Muchacho: Porque no ha entendido usted lo que he querido decir con «Me como al que viene y quedo esperando al que se va.»
Caballero: ¿Quieres explicármelo?
Muchacho: Al momento. Yo estoy guisando este puchero: al hervor suben los garbanzos; al que logro coger me lo como, y al que se me escapa espero que vuelva a subir para comérmelo también.
Caballero: Eres agudo. ¿Tienes padre?
Muchacho: Sí señor.
Caballero: ¿En dónde está tu padre?
Muchacho: En el pesadero.
Caballero: No te comprendo.
Muchacho: Pues no será usted quien se case con la princesa.
Caballero: ¿Quieres explicarte ?
Muchacho: Allá voy. Mi padre ha ido a ver una sementera: si está buena le pesará haber sembrado poco, y si mala, haber sembrado tanto.
Caballero: ¿Y madre, tienes?
Muchacho: Sí señor.
Caballero: ¿En dónde está tu madre?
Muchacho: Amasando el pan que nos comimos la semana pasada.
Caballero: Eso es imposible.
Muchacho: No se casará usted con la princesa. La semana pasada comimos pan fiado y mi madre está amasando hoy para pagarlo.
Caballero: Tienes razón. ¿Hay en tu casa más familia?
Muchacho: Una hermana, que está llorando los gozos del año pasado.
Caballero: No te comprendo.
Muchacho: Mi hermana se casó hace un año, muy alegre y con muchas fiestas; ahora está pariendo.
Caballero: Tienes muchísima razón.
Muchacho: Pero usted es demasiado tonto para casarse con la princesa.
Caballero: Voy a proponerte un trato.
Muchacho: Sepamos.
Caballero: En acabando nuestra comida, seguiremos el camino de la corte, y tú me ayudarás a casarme con la princesa, y cuando yo llegue a ser rey tú serás mi primer ministro.
Muchacho: Concedido.
Narrador: Se comieron todos los garbanzos en amor y compañía, cabalgaron después, y, a buen paso, se fueron acercando a la corte.
Apenas entrados en ella, el caballero y el muchacho pasaron al cuarto de la princesa. Entonces se adelantó el muchacho y comenzó de esta manera, con teatral ademán y acento:
Muchacho: Señora, yo soy hijo único del labrador más rico de esta comarca.
Princesa: Bien puede ser.
Muchacho: Sus sembrados no tienen límites, y son tan numerosos sus rebaños, que para recoger la leche ha tenido que construir un estanque de cinco mil varas cuadradas.
Princesa: Bien puede ser.
Muchacho: Encontrándose lleno de leche, paseaba yo un día sobre su muro comiendo piñones; como paseaba distraído, se me cayó un piñón en el estanque, y al momento se formó un pino tan corpulento, que su copa estaba oculta entre las nubes.
Princesa: Bien puede ser.
Muchacho: Me gusta mucho coger nidos, y calculé que un árbol tan alto debería tenerlos a millares. Empecé a trepar pino arriba, y después de un largo viaje llegué a su copa, que precisamente tocaba a la misma puerta del cielo.
Princesa: Bien puede ser.
Muchacho: Encontrándome a tal altura, quise ver lo que allí pasaba, y me entré sin pedir permiso. A la derecha estaba san Pedro, ocupado en coser zapatos; y san Juan estaba a la izquierda con un puesto de hermosos melones. Quise ver si eran de buena casta, y compré el más pequeño de ellos. Llevaba yo un cuchillo de monte, y empecé a partir el melón; pero de improviso el cuchillo desapareció por la hendidura. No quise dejarlo perdido, y me entré tras él, con la misma facilidad que si lo hiciera en este cuarto.
Dentro ya del melón, empecé a andar, por ver si encontraba mi cuchillo; pero se pasaban las horas sin que pudiera conseguirlo. De repente, descubrí un hombre que venía hacia mí: «¿Adónde vas por aquí, amigo?» «Voy en busca de un cuchillo de monte», le respondí. «Pues ando yo buscando mi arado desde hace tres días y no he conseguido encontrarlo.» Esta respuesta me desanimó y volví pies atrás para salir por la hendidura que me había servido de puerta. Vi con asombro que el pino había desaparecido del todo. Yo no podía quedarme allí sin dar un susto a mi familia, y decidí bajar. Para lograrlo compré a San Pedro un ovillo de guita, y atando un extremo al banquillo en que estaba el santo trabajando, empecé a deslizarme por ella, con la mayor facilidad. Me faltó algo de guita para llegar al suelo y el santo, en vez de prestarme otro ovillo para llegar al suelo, cortó la que había yo dejado atada a su banco. Me fui acercando a la tierra, chocó mi cráneo con una roca, se rompió en veinte mil pedazos, y en ella quedaron mis sesos hasta que un perro los lamió.
Princesa: ¡Embustes enormes he oído, pero juro que éste me encanta!
Muchacho: Y porque os encanta, señora, seréis esposa de mi amo.
Princesa: ¿De vuestro amo? Ni en sueños, caballero. Vuestra seré por haberme hecho hablar y reír con embustes sin fin.
Narrador: A los ocho días se celebró el matrimonio con gran pompa; el rey viejo murió a los pocos años; el muchacho llegó a ser rey; y el caballero que pretendía casarse con la princesa logró ser nombrado ministro, aunque no fuera eso lo que habían pactado antes...


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domingo, 9 de marzo de 2014

El tuerto de los espárragos.

El tuerto de los espárragos.

INFORMANTE: José Sánchez Sánchez (Algeciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez
http://weblitoral.com/
El tuerto de los espárragos era un hombre muy fino que vivió hace mucho tiempo. Cuentan que, por donde el vivía, había una banda de ladrones que estaba siempre haciendo de las suyas, es decir, venga a robar y robar, y él quiso meterse a trabajar con ellos. Un día se presentó donde ellos estaban y el jefe le dijo que, para entrar en la banda, tenía que hacerle una prueba de su eficacia como ladrón. Entonces, el tuerto le dijo:
-Bueno, hágame usted la prueba como quiera.
Y el jefe le contestó:
-Como aquí tenemos que comer todos los días, voy a mandar a uno de mis hombres a que traiga una oveja. Tú se la tienes que robar y traerla aquí sin que él se dé cuenta.
El jefe mandó por una oveja a otro de la banda. Éste encontró un rebaño que había detrás de un cerro, cogió una oveja y se la echó a cuestas. Cuando venía de vuelta, vio en lo alto del cerro una bota que había dejado allí el Tuerto de los Espárragos. Va y dice:
-¡Hombre, qué bota más nueva! Se le habrá caído a alguno ¡Qué lástima que no estuviera la otra!
La dejó allí y, al bajar la cuesta, el Tuerto le había puesto la otra bota. El ladrón entonces soltó la oveja un momento para no llevar mucho peso y subió de nuevo al cerro a por la otra bota. Pero, al volver abajo, el ladrón vio que la oveja no estaba, que había desaparecido. Y es que el tuerto se la había llevado y se presentó con ella ante el jefe:
-Aquí tienes lo que me habías pedido.
Entonces, el jefe le contestó:
-Mira que ese va a ir a por otra oveja, ese no vuelve sin oveja, así que ve a quitarle la otra.
El tuerto fue y le quitó la otra oveja con el mismo engaño de las botas. Y el jefe le volvió a decir:
-Pues ese no se viene sin oveja, así que ve otra vez a ver si le puedes quitar la tercera.
El tuerto fue y se escondió detrás de unas matas, en el mismo sitio donde le quitó las dos ovejas, y se puso a gritar:
-Beee, beee, beee.
El ladrón, que ya iba con otra oveja encima, se volvió:
-¡Ahí, ahí están las ovejas que se me escaparon!
Con las mismas, suelta la tercera y va en busca de las otras dos. Y, mientras, el tuerto la coge, se la lleva y se presenta ante el jefe y éste, ya convencido de lo listo que era, le dijo:
-Bueno, está bien, te puedes quedar con nosotros.
Cuando El Tuerto de los Espárragos vio las riquezas que guardaban allí los ladrones, pensó:
-A esta gente les robo yo, que soy más pobre que las ratas.
Y, en un descuido, se valió para quitarles todas las riquezas que tenían y salió corriendo.
Con los tesoros se construyó una casa rodeada por unos muros muy altos, porque sabía que iban a ir en busca de él, pero dejó fuera unas cochineras diciendo:
-Total, las cochineras valen poco, no importa dejarlas fuera.
Efectivamente, al poco tiempo los ladrones fueron a buscarlo.
-¡Lo vamos a destrozar! ¡Lo vamos a matar! –decían.
Pero, en vista de que no podían entrar por los muros tan altos que había levantado, se contentaron con llevarse el único cochino que había en la cochinera.
-¡Qué vamos a hacer! Por lo menos, tendremos para comer esta noche- dijeron.
Así que se echaron el cochino a cuestas y se marcharon. Por el camino, cuando se cansaba uno de llevar el cochino, se lo pasaba a otro y luego a otro. Pero el Tuerto de los Espárragos no quiso perder tampoco a ese animal y se camufló entre los ladrones, hasta que le tocó a él llevar el cochino, se dio media vuelta y, como era de noche, nadie lo vio y el cochino se perdió con él.
Los ladrones se dieron cuenta de que con el Tuerto de los Espárragos no había nada que hacer y lo dejaron tranquilo ya para siempre.
Y aquí termina este cuento.


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miércoles, 5 de febrero de 2014

La flor de Amancay.


La flor de Amancay

Narrador: Hace muchos años, la tribu de los Vuriloche habitaba en los valles del sur de los Andes. Quintral,
el hijo del gran jefe, era el joven más apuesto y valiente de la tribu. Su corazón ardía enamorado de una bella muchacha llamada Amancay.
Un día, la tribu de los Vuriloche se vio afectada por una gran epidemia y Quintral enfermó. En medio del delirio, el joven solo repetía una palabra:
Quintral: ¡Amancay, Amancay!
Narrador: El gran jefe, preocupado por el grave estado de su hijo, hizo llamar a la joven con la esperanza de que su presencia le aliviara en algo. Pero Amancay ya no estaba en la aldea. Tratando de hallar el remedio que salvara a su amado, la muchacha había acudido a la viaje hechicera.
Hechicera: Solo una infusión de una flor cortada en la cumbre más alta de los Andes puede terminar con su mal.
Narrador: Sin pensarlo, Amancay trepó a la cima de la montaña donde se hallaba la hermosa flor solitaria. Justo cuando iba a arrancarla, la sombra de cóndor, guardián de las cumbres, la detuvo.
Cóndor: Nadie puede robar la flor de mis montañas -dijo amenazante el ave.
Narrador: Entre sollozos, la joven insistió tanto que el cóndor al fin propuso un trato:
Cóndor: Yo mismo llevaré la flor a tu amado si me entregas tu corazón.
Narrador: Amancay aceptó y el cóndor voló majestuosos con la flor hasta el valle donde vivía Quintral, quien sanó gracias a ella. Durante el vuelo, pequeñas lágrimas rojas brotaron de los pétalos de la flor y fueron cayeron por el camino. Y de cada lágrima nació una nueva flor.
Desde entonces, esas hermosas flores reciben el nombre de Amancay y son el símbolo del amor: quien regala una flor de Amancay entrega con ella su corazón.


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viernes, 3 de enero de 2014

Por qué el agua del mar es salada.




¿Por qué el agua del mar es salada?



Narrador: Esto eran dos hermanos: uno rico y muy avaro, y otro muy pobre pero generoso. Muchas veces el hermano pobre había ido a pedir ayuda a su hermano rico, pero éste siempre lo despedía de malas maneras y nunca jamás lo ayudaba en nada. Un día le dijo que si tenía hambre, se fuese a comer piedras. El pobre, desesperado, decidió tirarse al mar para que acabaran sus desgracias. Se subió a lo alto de unas rocas que había en la playa para arrojarse desde allí cuando apareció una viejecita que le detuvo y le dijo:
Vieja: ¿Qué vas a hacer desgraciado? ¿No ves que te vas a matar?
Pobre: Precisamente eso es lo que yo quería. Estoy desesperado y sólo la muerte puede sacarme de la penuria que me angustia.
Vieja: No te desanimes que todo en la vida tiene remedio. Mira, yo te protegeré. Te daré un molinillo al que no tendrás más que decir: “Molinillo, muele”, y te dará lo que hayas deseado. Cuando ya tengas bastante, no tendrás más que decir: “Molinillo, deja de moler”.
Narrador: Y dicho esto, la vieja sacó un molinillo de debajo de la falda, se lo dio al hombre pobre y desapareció.
Entonces el hombre se puso a pensar que le gustaría vivir en una casa espaciosa con un huerto bien lleno de árboles frutales. Y cuando acabó de pensar en esto, dijo:
Pobre: Molinillo, muele.
Narrador: Y en ese momento sus deseos se hicieron realidad. Nadie en el pueblo podía explicarse tan repentina riqueza. Y el más sorprendido era su hermano, que se sentía corroído por el gusano de la envidia. Así que un día se presentó en su casa para preguntarle cómo había prosperado tanto en tan poco tiempo. El hermano bueno se lo contó todo. El hermano envidioso le pidió prestado el molinillo y el bueno se lo dejó. En cuanto supo cómo funcionaba, salió pitando para su casa sin saber que tenía que hacer para que parase de moler.
Y pensando y pensando que le pediría al molinillo, se dijo para sí:
Rico: “Este año la cosecha ha sido mala y seguro que la paja estará cara, así que le pediré que muela paja”.
Narrador: Y en ese momento dijo:
Rico: Molinillo, muele.
Narrador: Y enseguida comenzó a salir del molinillo paja y más paja, y venga a salir paja. Se llenó su casa a rebosar y él quería que parara; y no se cansaba de decirle:
Rico: Molinillo, para, no muelas más paja, para; para que ya hay bastante, para te digo, no hagas más, no hagas más paja .
Narrador: Pero el molinillo no paraba, seguía echando paja, tanta que llegó a la chimenea que estaba encendida. Entonces todo comenzó a arder. Sólo quedó un montón de escombros. Todo se quemó de aquella casa, todo menos el molinillo. Abatido al verse arruinado, el mal hermano fue a devolver el dichoso molinillo. Pero el buen hermano se apiadó de él y pidió al molino una casa como la que se había quemado. Dicho y hecho.
La fama del molinillo que molía lo que uno deseaba corrió por todo el pueblo y un capitán de barco que salía de viaje fue a pedírselo para enseñarlo a las gentes de las tierras adonde iba a cargar sal. El hermano bueno, que era más bueno que el pan, se lo dejó y hete aquí que cuando navegaban en alta mar un marinero le dijo al capitán:
Marinero: Capitán, me parece que podríamos ahorrarnos el viaje. Dígale al molino que muela sal y así no tendremos que ir a buscarla.
Capitán: Tienes razón. Molinillo, muele.
Narrador: Y en ese momento el molinillo comenzó a moler sal y más y más sal, y se llenó el barco de sal, y el molinillo seguía moliendo más y más sal. Pero el capitán no sabía cómo pararlo: no sabía que, para que dejase de moler, sólo tenía que decírselo. Tanta molió que el peso de la sal hundió el barco y todos acabaron en el fondo del mar. También el molinillo, que seguía moliendo y así seguirá moliendo hasta que el día menos pensado un pescador lo pesque y le diga:
Molinillo, deja de moler”.
Y es por eso por lo que el agua del mar, que hasta entonces era dulce como el agua que bebemos, ahora es salada, muy salada.

Y el que no quiera creer
esta historia verdadera,
ojalá la cabeza
se le vuelva de cera.

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lunes, 2 de diciembre de 2013

El triste sueño del mono.

El triste sueño del mono.
(Gustavo Roldán. Adaptado. Los sueños del yacaré. Alfaguara).

Narrador: Un día los animales del monte vieron al mono caminar triste. Con la cabeza baja, despacito, moviéndose entre las ramas como sin ganas de nada. Y los animales del monte se preocuparon, porque no hay nada más triste que un mono triste.
Caimán:Don Sapo, ¿qué le ocurre al mono? Pasó cerca de mí y ni me saludó.
Sapo: Yo sé lo que le pasa. Todo empezó el día aquel que usted contó un sueño y después los demás siguieron contando sueños cada vez más locos : que si el mundo era redondo, que si la Tierra giraba al rededor del Sol, que si antes existieron los dinosaurios... En fin, un montón de locuras.
Caimán: ¿Y eso qué tiene que ver con la tristeza del mono?
Sapo: Tiene que ver porque entonces el mono se acordó de un sueño que tuvo. Un sueño terrible que lo dejó triste y amargado.
Caimán: Ya recuerdo:el mono soñó que era pariente de los hombre ¡pero eso era solo un sueño loco!
Sapo: Sí, pero, como en todas las locuras, algo habrá de cierto.
Caimán: No sé en qué se puede parecer un hermoso mono a los hombres.
Sapo: Amigo caimán, usted sabe que yo fui a Buenos Aires. Allí pude conocer a los hombres. Y los conocí muy bien.
Caimán: Sí, sí, lo sé.
Sapo: Pues había algunos hombres que tenían una cara parecida a la del mono. Bueno..., con un poquito de parecido. Pero, eso sí, los hombres son bichos sin cola, sin esa elegante y utilísima cola que tienen los monos.
Caimán: Yo admiro al mono por eso. ¡Me da una envidia cuando lo veo columpiarse en una rama colgado de la cola! ¡A quién no le gustaría tener una cola así!
Sapo: ¡Y esa habilidad para saltar de un árbol a otro!
Caimán: Y esos pelos tan suaves y de tan lindo color. Por lo que usted nos contó, los hombres son totalmente pelados.
Sapo: Sí, sólo tienen un poco de pelo en la cabeza. Dan lástima. Y tienen los brazos cortos, no son como los largos brazos de un mono.
Caimán: Y tienen las orejas pequeñas, no como las hermosas y grandes orejas de un mono. Seguramente, los hombres ni escuchan bien ni entienden las cosas.
Sapo: ¿Y no podríamos ir a contarle todo esto al mono?
Caimán: Amigo sapo, es una idea excelente. Vayamos a ver al mono sin perder un minuto.
Narrador: El piojo, la pulga, el jabalí, el tatú y mil animales más que se habían acercado para escuchar la conversación del sapo y el caimán dijeron:
Todos: Yo también voy.
Narrador: Y ahí fueron. Porque sabían que así, todos juntos, convencerían al monito de que jamás podría ser cierto ese sueño loco de que los hombres son parientes de los monos.

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