jueves, 30 de mayo de 2013

Hércules 2ª parte.

Julia Rodriguez Morales.

Hércules 2ª Parte: Infancia y juventud.
(Adaptado de Christian Grenier. Los doce trabajos de Hércules. Editorial Anaya)

Narrador: Al poco tiempo, un fuerte relámpago despertó a Anfitrión en medio de la noche. Era Júpiter que se presentaba ante el rey de Tebas:

Júpiter: ¡A Hércules le aguarda un destino glorioso! Encárgate de su formación y edúcalo como si fuera tu propio hijo. Pero desconfía de las estratagemas de mi esposa Juno, que ha jurado acabar con mi hijo.
Anfitrión: Así haré, poderoso Júpiter.

Narrador: Hércules desde pequeño demostró poseer una especial habilidad en el manejo de las armas así como una descomunal fuerzas, pero rehuía el conocimiento de la gramática y el cálculo que le resultaban muy aburridas.
Cierto día discutía con su maestro Lino:

Lino: Para que te consueles, Hércules, te dejo elegir el libro sobre el que trabajaremos hoy.
Hércules niño: Son todos muy aburridos: tragedias, odas, poemas... Espera, este me gusta.
Lino: ¡Te burlas de mí! Es un libro de cocina.
Hércules niño: ¡Pero tú me dijiste que hoy podría elegir!
Lino: ¡En eso se reconoce tu glotonería! ¡No piensas más que en comer y pelearte! ¡Estoy perdiendo el tiempo contigo! ¡Así que me marcho!

Narrador: Hércules de un manotazo obligó a su maestro a sentarse.

Hércules niño: ¡Vamos a trabajar sobre el texto que yo he elegido, como tú dijiste!

Narrador: Lino, irritado, le dio una bofetada. ¡Jamás hasta entonces nadie se había atrevido a ponerle una mano encima! Hércules le arrojó el taburete sobre el que estaba sentado a la cabeza y el maestro cayó al suelo.

Hércules niño: ¡Lino, por favor, perdóname! ¡Lino, contéstame, te lo ruego!

Narrador: Pero, Lino, no podría ya contestarle jamás pues estaba muerto. Anfitrión dudaba sobre si revelarle el secreto sobre su origen divino, causa de de la desmesurada fuerza que tenía. Pensó que todavía no había llegado la hora, pero se reunió con él y le dijo:

Anfitrión: No eres más que un niño, Hércules, pero tienes que expiar tu culpa. Saldrás de este palacio y te irás al monte Citerón a vivir con los pastores. ¡Ojalá, que en medio de la naturaleza, puedas ejercer esa fuerza que te domina y hacer algo útil por aquellos con quienes compartirás su existencia! No volverás a palacio hasta que cumplas dieciocho años.

Narrador: Juno, que observaba a los hombres desde el monta Olimpo, no pudo reprimir su alegría:

Juno: ¡Este joven héroe es tan impulsivo que el mismo corre a su perdición! Ni siquiera va a ser necesario que intervenga.

Narrador: Transcurrió el tiempo y su cuerpo se fue robusteciendo todavía más y su hermosura llegó a ser impresionante. Pero, temeroso de su propia fuerza, medía todos sus actos para no provocar ningún hecho irreparable.
Una mañana, uno de los pastores con los que vivía fue a quejarse en el campamento:

Pastor: ¡El león que arrasa este monte me ha comido seis corderos! ¡Quién podrá liberarnos de ese monstruo! ¡Ninguno de los cazadores del rey Anfitrión se atreve a enfrentarse a él!

Narrador: Aquella misma noche armado con jabalina y espada, Hércules, se lanzó en su persecución. Un mes duró aquel acoso hasta que una mañana el animal se detuvo exhausto. De un golpe, Hércules lo traspasó con su lanza y luego lo descuartizó:

Hércules: Mañana me presentaré ante las puertas de Tebas con su piel. Ya he cumplido dieciocho años y puede que mi padre me perdone.

Narrador: Al día siguiente, cerca de la ciudad, se encontró con un grupo de gente que también se encaminaban a ella. Se ciñó la piel de león sobre sus hombros y se dirigió a ellos:

Hércules: ¿Qué motivo os lleva a Tebas? ¿Acaso vais a rendir homenaje a mi padre, el rey Anfitrión?
Emisario: ¿Homenaje? ¡Él es el que tiene que darnos cuentas!
Hércules: ¡Qué cuentas! ¡Explicaos!
Emisario: Somos embajadores de Ergino, rey de la ciudad de Orcómeno, venimos, como todos los años, a reclamar al rey Anfitrión el tributo de cien bueyes por el delito que antaño cometió la ciudad.
Hércules: ¿De cuál delito habláis?
Emisario: Pues, la verdad es que ya no nos acordamos pero se sigue manteniendo la tradición del tributo.
Hércules: ¡No debió ser muy grave esa falta cuando ya la habéis olvidado! Así que dad media vuelta y no se os ocurra volver a aparecer por Tebas!

Narrador: Los emisarios de Ergino blandieron sus espadas y Hércules, midiendo los golpes con toda precisión, fue cercenándoles las orejas o la nariz a cada uno de ellos. Luego les ató las manos a la espalda y les colgó sus apéndices al cuello.

Hércules: Ya podéis regresar junto a vuestro amo. ¡Y no olvidéis decirle que esos collares son el tributo que les envía la ciudad de Tebas.

Narrador: El regreso de Hércules a palacio se celebró con una gran fiesta. El héroe le entregó a Anfitrión la piel de león que había cazado y, luego, le contó cómo había logrado liberar a la ciudad de su deuda. Al oír esta hazaña, el rey frunció el entrecejo y dijo:
Anfitrión: Mucho me temo que Ergino no va a estar muy contento del trato que le has dado a sus embajadores...

Narrador: Pero esa..., esa es otra historia.


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Hércules 3ª parte.

Julia Rodríguez Morales.

Hércules 3ª Parte: El regreso a Tebas.
(Adaptado de Christian Grenier. Los doce trabajos de Hércules. Editorial Anaya)

Filos: ¡Majestad, se acerca un ejército encabezado por Ergino! ¡Vienen dispuestos a combatir, y nosotros todavía no estamos preparados.

Narrador: Efectivamente, humillado por la afrenta que había hecho a sus embajadores, el rey de la ciudad de Orcómeno venía a declarar la guerra a Tebas. Anfitrión, el rey de Tebas, a fin de ganar tiempo, quería negociar, pero Hércules intervino:

Hércules: ¡Padre, déjame que me ponga al frente de los más valientes soldados de tu ejército y verás de lo que soy capaz!
Anfitrión: ¡Tómalos y vete a luchar, Hércules! ¡Pero no hagas mal uso de tu fuerza! Creonte, mi más prudente ministro, quedas al cargo de la ciudad. Si me sucediera alguna desgracia, tú serás el nuevo rey de Tebas. ¡Así lo dispongo! ¡Si Ergino quiere la guerra, la tendrá!

Narrador: Se inició la desigual batalla en la que Ergino dio orden a sus arqueros de que apuntaran al rey de Tebas, que atravesado por varias flechas, yacía en medio de charco de sangre.

Anfitrión: ¡Socorro, Hércules!
Hércules: ¡Ay, padre, no me abandones!
Filos: ¡Tu padre ha muerto, Hércules! Ahora no te queda más remedio que acabar lo que has emprendido.

Narrador: Hércules comprendió que no sólo era necesario utilizar la fuerza para ganar aquella guerra. Era preciso también demostrar prudencia e inteligencia, como le había recomendado Minerva. Se alejó de su ejército y trepó hasta la cumbre del Citerón con el fin de desviar el curso del río hacia el valle donde se celebraba la batalla. Esta tarea le llevó varios días. Cuando todo estaba preparado, ordenó a su ejército que se retirara y derribó con una enorme rama de oliva el muro de tierra que daría salida al agua hacia el valle. Los soldados de Ergino no tuvieron tiempo para darse cuenta de lo que sucedía: ¡el río los arrastró y todos perecieron ahogados! Mientras, el rey de Orcómeno, vociferaba desde una loma:

Ergino: ¡Me vengaré! ¡Juro que me vengaré! ¡La ciudad de Tebas será arrasada!
Narrador: Hércules tomó una flecha y apuntando con cuidado, soltó la cuerda. La flecha atravesó silbando todo el valle... ¡y fue a clavarse en el cuello de Ergino! Hércules, ante los supervivientes del ejército enemigo, pronunció estas palabras:

Hércules: Os perdono la vida. Pero, de hoy en adelante, la ciudad de Orcómeno pagará un tributo anual a Tebas de doscientos bueyes.

Narrador: El nuevo rey de Tebas, Creonte, hombre bueno y prudente, lo acogió como un libertado:

Creonte: El palacio está a tu disposición, Hércules. Esta es tu casa. Si quieres algo, trataré de satisfacer tus deseos.

Narrador: Creonte tenía una hija, Mégara, a la que las hazañas de Hércules no le eran indiferentes. Su dulzura y paciencia dejaron huella en el corazón del joven. Una mañana fue a ver a Creonte y le dijo con toda franqueza:

Hércules: Creonte, estoy enamorado de tu hija Mégara. Sé que ella también me quiere. Vengo a pedirte su mano.
Creonte: ¡Hércules, nada podría agradarme más! ¡Casaos y sed felices! ¡Después de todas las pruebas que has padecido, espero que puedas conocer la felicidad!

Narrador: Hércules se casó con Mégara y tuvieron tres hijos. Durante varios años reinó la felicidad, pero Juno, en el monte Olimpo, rumiaba su venganza y esperaba su momento para intervenir una vez más:

Juno: ¡Es preciso que Hércules se vuelva loco! Erinias, divinidades infernales, que Hércules pierda la cordura para que se haga justicia!

Narrador: Poco después, cuando Mégara y sus hijos se disponían a ofrecer un sacrificio a los dioses ante el altar de piedra de su hogar, Hércules apareció poseído por la locura. Se abalanzó sobre ellos y levantando la pesada piedra del altar la arrojó sobre toda su familia. Alcmena, la madre de Hércules, acudió precipitadamente ante los gritos. Todo fue inútil: su mujer y sus tres hijos perecieron en el acto. Pero desde el Olimpo, Minerva, diosa de la sabiduría, acudió en ayuda de Alcmena:

Minerva: ¡Duérmete Hércules! ¡Te ordeno que te sumas en el sueño!

Narrador: Cuando Hércules despertó, contempló horrorizado cómo en un ataque de locura inexplicable acababa de matar a los seres que más quería en el mundo.

Hércules: ¡Quiero morirme! ¿Para qué voy a vivir si los dioses han querido que sea el asesino de mi propia familia? ¡Madre, si la muerte no me quiere, dime tú con qué castigo puedo expiar mis crímenes!
Alcmena: Lo que los dioses hayan decidido, sólo los dioses podrán revelártelo, Hércules.
Hércules: ¡Voy a consultar a los dioses! Así, sabré la verdad y conoceré la causa de mis desgracias y el destino que me han trazado.

Narrador: Hércules puso rumba a Delfos para consultar el oráculo del dios Apolo, hijo de Júpiter. Allí esperaba que la Pitia, la mujer que hablaba por boca del dios, respondiera a su pregunta: ¿cómo podía expiar sus culpas? En realidad, era el mismo Júpiter en persona quien respondía a la pregunta que le formulara un mortal. Sus palabras se las transmitía a su hijo Apolo quien, a su vez, se las repetía a la Pitia por cuya boca habla el dios. Allí estaba ella, sentada en un taburete de tres patas situado en una grieta por donde salía una humareda del interior de la tierra. Hércules no tuvo tiempo de formular la pregunta, en cuanto llegó ante la mujer ella habló con voz clara y potente:

Pitia: Eres Hércules, un semidiós, un héroe, el hijo que me dio Alcmena. Si has cometido tantos crímenes, es porque Juno, por celos, hizo que te volvieras loco. Con ello, pretendía recordarme una promesa y el acuerdo que habíamos concluido.
Hércules: ¿Una promesa? ¿Un acuerdo?
Pitia: Ve a Tirinto, Hércules. Allí encontrarás a tu primo Euristeo, rey de Micenas. Ponte a su servicio durante ocho años y obedécele sin rechistar. Tienes que cumplir las tareas que te encomiende. Te impondrá doce trabajos, y ese será el único medio de lavar tus crímenes y de acatar la voluntad de los dioses.

Narrador: Ahora, Hércules ya conocía la verdad. ¡Era hijo de Júpiter y objeto de rivalidad entre las dos divinidades mayores del Olimpo! Aquella misma tarde emprendió viaje hacia Tirinto. Había llegado el momento de demostrar que era un héroe, pero esa, esa es otra historia...


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martes, 7 de mayo de 2013

El peral de la tía Miseria.

El peral de la tía Miseria.

La tía Miseria era una mujer pobre y vieja, muy muy vieja. Pero ella no quería morirse. Vivía en una choza a las afueras del pueblo y no tenía más que un peral a la puerta de su casa. Pero ocurría que, como las peras eran tan buenas, los chicos del pueblo venían y se las robaban y ella sólo podía recoger las que dejaban.
Un día apareció a la puerta de su casa un pobre y la tía Miseria lo invitó a pasar y a compartir unas sopas de pan que había hecho. Luego, le cedió su jergón para que durmiera en su casa.
A la mañana siguiente, cuando la tía Miseria vio que el pobre se levantaba ya para marcharse, le dijo:
Miseria: Espere usted, que voy al pueblo a buscar unos pedazos de pan que me habían prometido ayer y los traigo para que se vaya usted desayunado.

El pobre se negó y la tía Miseria insistió tanto que al final se vio obligado a decirle que él era en realidad un santo del cielo y que Dios le había mandado al mundo para ver cómo se ejercía la caridad y que, haciendo este encargo, había dado con ella. Y le dijo:

Pobre: En vista de tu bondadoso corazón voy a concederte una gracia, la que tú me pidas.
Miseria: Verá usted, le voy a pedir una gracia: que siempre que alguien se suba al peral a comerse mis peras, no pueda volver a bajar de él sin que yo se lo mande.
Pobre: Sea; concedido.

Desde entonces, después de un par de escarmientos, no volvieron a quitarle una pera. Y, así pasaron los años y la tía Miseria cumplió más de noventa.
Un día llegó a la puerta de su casa uno que parecía hombre y mujer, cubierto con una gran capa negra y con una guadaña al hombro y le dijo a la tía Miseria:
Muerte: Vamos, Miseria, que ha llegado tu hora.
La tía Miseria reconoció en seguida a la Muerte. Y empezó a protestar:
Miseria: ¡Mira tú! Ahora que estaba pasando unos años tranquila, ahora que estoy viviendo yo tan a gusto con mis cuatro cosas, quieres que te acompañe. Pues no me quiero morir.
Porfió la tía Miseria, pero al fin vio que no podía esquivarla y entonces le dijo a la Muerte:
Miseria: Bueno, está bien, ya me voy; pero, mientras me arreglo, haz el favor de cogerme esas cuatro peras que quedan en el peral, que las quiero para el camino.
La Muerte accedió y se subió al árbol a coger las peras; y al ir a bajar vio que no podía y que se había quedado agarrada a él. Hizo todos los esfuerzos que sabía, pero nada, allí se quedó. Y la tía Miseria, que la observaba desde el ventanuco, le gritó:
Miseria: Ahí te quedas tú y aquí me quedo yo, que sin mi permiso no puedes bajar.
Así pasaron otros pocos años y, entretanto, en el mundo empezó a sentirse la ausencia de la Muerte y nadie se moría. Los viejos se hacía más viejos, pero ninguno moría. No se moría la gente ni en las guerras. Los que, desesperados, se suicidaban, sólo quedaban malheridos. Había muchos enfermos que pedían a los médicos que los mataran y los médicos, a su vez, no podían con todos y andaban buscando algún modo de que se muriese la gente. La desesperación era muy grande y cada vez aumentaba más y muchísima gente odiaba la vida y trataba de deshacerse de ella. Pero no había manera, porque la Muerte estaba colgada del peral de la tía Miseria.
Entonces los médicos tomaron la decisión de encontrar a la Muerte donde fuera y se esparcieron por todo el mundo a buscarla. Uno de ellos acertó a pasar cerca de la choza de la tía Miseria. Y al verlo, la muerte le llamó:
Muerte: ¡Eh, tú, médico!
El médico la reconoció de inmediato:
Médico: ¡Vaya, vaya, al fin, mi amiga la Muerte! Sabrás que te andamos buscando por medio mundo.
Muerte: Sácame de aquí, que estoy atrapada en el peral.
El médico, ni corto ni perezoso, se subió al árbol para ayudar a la Muerte y quedó preso él también. Y así estuvo día y noche junto a la Muerte hasta que sus familiares lo encontraron agarrado al árbol. Llamaron a otros del pueblo que llegaron con hachas para derribar el peral; pero en esto la tía Miseria apareció y les gritó:
Miseria:¡No me cortéis el peral, que es lo que más quiero en el mundo!
Médico: Pues tenemos que hacerlo para librar a la Muerte, porque los enfermos, los viejos, los heridos y todo el mundo están que ya no pueden más de tantas calamidades.
Miseria: Pues aunque me cortéis el árbol no se soltará de él nadie que esté agarrado. Así que yo soltaré a la Muerte con una condición.
Muerte: ¿Cuál es la condición?
Miseria: Que no vengas por mí hasta que yo te llame tres veces.
Muerte: De acuerdo.
Y la tía Miseria la dejó ir. La Muerte, apenas se vio libre, empezó a segar vidas con su guadaña y la gente empezó a morir por todas partes.
Mientras tanto, la tía Miseria siguió viviendo en su choza con su peral, su jergón, su silla, su cesto y su perro, tan tranquila por más que pasaron los años, pidiendo limosna y vendiendo sus peras. Y cuentan que es por esta razón por la que siempre ha habido Miseria en el mundo, aunque no sabemos si algún día la Miseria, cansada de tanto vivir, será ella quien busque a la Muerte.


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domingo, 31 de marzo de 2013

El brillante y la rosa.


El brillante y la rosa.

Narrador: El maguid de Dubno era famoso por sus parábolas. Cada vez que alguien le hacía una consulta o le pedía consejo, el maguid respondía narrando una historia.
Un día, un estudiante que paseaba con el maguid le confesó:
Estudiante: Tengo una forma de ser, maguid, que no me gusta nada, pues me encuentro decenas de defectos. Dime: ¿qué puedo hacer para convertirme en una persona mejor?
Maguid: Te contaré una parábola: Érase una vez un rey que poesía uno de los diamantes más bellos del mundo. Estaba muy orgulloso de aquella piedra, que era perfecta en cada uno de sus detalles, y no dudaba en enseñársela a todos los dignatarios que pasaban por su palacio.
Un día, el rey notó que en el interior del diamante había aparecido una grieta. Aunque la grieta era muy fina, estropeaba por completa el magnífico juego de brillos que despedía la piedra.”¡Que desastre!” , pensó el rey. “¡Ojalá haya algún modo de reparar el defecto!”.Al instante, el rey llamó a los mejores talladores de joyas de su reino y les preguntó:
¿Qué podéis hacer para que el brillante recupere su perfección original?”
Los talladores permanecieron muy serios. De pronto, en medio del silencio general, un joven alzó la voz. Se llamaba Elías, y acabada de terminar su aprendizaje con uno de los mejores talladores del reino.
-Majestad –dijo Elías-,ya que no es posible restaurar el brillante, tal como admiten todos los maestros talladores aquí presentes, yo quisiera crear una joya nueva a partir de esa imperfección .
Como el rey no tenía otra salida,dio su consentimiento.
Elías trabajó duro, en secreto, durante varios días. Cuando terminó su tarea, acudió a palacio para mostrarle el resultado al rey. El monarca se moría de impaciencia por ver cómo había quedado su diamante. A decir verdad, no tenía grandes esperanzas. Suponía que Elías habría partido el brillante en dos, siguiendo la grieta, para convertirlo en dos piezas de menor tamaña.”Es una lastima”,pensó el rey, consciente de que dos brillantes pequeños no valen nada en comparación con uno grande. Sin embargo,¿qué otra cosa se podía esperar?
Cuando Elías sacó el diamante del paño que lo envolvía, el rey sonrió de satisfacción. El joven no había partido el diamante en dos. No, había tenido una idea mucho más ingeniosa. En lugar de considerar la grieta como una imperfección, la había aprovechado para embellecer el diamante. En aquella grieta, había visto el tallo de una rosa, así que había tallado en el brillante el resto de la flor: las raíces por debajo, las hojas a los lados y los pétalos por encima. De ese modo, había transformado lo imperfecto en hermoso. Con aquella rosa, el brillante resultaba la piedra más original y bella del reino, y tal vez del mundo. El rey, que siempre había valorado su diamante, lo apreció desde aquel día un poco más.
Narrador: Acabada la historia, el maguid de Dubno se volvió hacia el estudiante y le dijo:
Maguid: Igual que ese brillante , todos tenemos faltas. Pero depende de nosotros mismos convertirlas en algo atractivo, útil y valioso.
Narrador: Y tras decir tales palabras, el maguid se calló, y siguió caminando en silencio al lado del estudiante.

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sábado, 2 de marzo de 2013

Chimpiribipubín.


Chimpiribipubín (Luis Alberto Molina)
Chimpiribipubín, es un conejo, siempre anda a los saltitos, yo lo veo desde lejos. Chimpiribipubín, tiene largas orejas, las que siempre se les doblan, pero el nunca se queja. Chimpiribipubín, come zanahorias, y mientras las mastica, Le gusta contar historias. Cuenta que esa tarde, cuando la siesta dormía, sintió algo muy extraño. ¿Qué afuera sucedía? Salió presuroso por saber qué allí pasaba
Vio gente reunida que muy atentos escuchaban, a un loro muy elegante que desde arriba les hablaba. Este loro parlanchín, hijo de un loro mayor, quería ser el alcalde, y el mismo se eligió
Un petirrojo le dijo; tu no sabes gobernar, seguro que si viene el zorro muy pronto te escaparás Un lechuzón gordo y viejo lo miraba fijamente, sacudiendo su cabeza mientras limpiaba sus lentes. El hornero comentó; cómo puede este individuo, querer arreglar el bosque miren lo que es su casa, que no tiene ni revoque.
¡Viene el hombre!, ¡viene el hombre! Alguien por allí gritó, y el loro fue el primero que a esconderse corrió.
Era una falsa alarma, que a un bromista se le ocurrió. Cuando todos regresaron, según cuenta este conejo, otro loro recién llegado algo extraño comentó. Los que iban llegando se sumaron a la conversación. Era tal el alboroto, de tantos loros reunidos, que nadie nada entendía. El futuro alcalde no se entendía con sus pares, y los demás animales aburridos en exceso, se fueron alejando dejando sólo al candidato, que también se retiró. Chimpiribipubín el conejo, a su cama regresó. Contento porque en el bosque, hoy la calma renació.


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domingo, 3 de febrero de 2013

Alí Babá y los cuarenta ladrones.

Alí Babá y los cuarenta ladrones.
(Las mil y una noches).
Había una vez un hombre que se llamaba Alí Babá y que tenía un hermano que se llamaba Kassim. Alí Babá era un honesto y pobre leñador. Kassim, sin embargo, era un rico haragán, más agarrado que una urraca. Alí Babá tenía una esposa, una hermosa criada que se llamaba Luz de la Noche, varios hijos y tres mulas. Kassim tenía una esposa y nunca se acordaba de visitar a su hermano, no fuera a ser que le saliera pidiendo algo.
Un día en que Alí Babá estaba en el bosque cortando leña oyó ruido de caballos galopando que se acercaban. Se asustó, pero como era curioso trepó a un árbol.
Vio que eran cuarenta caballos. Sobre cada caballo venía un ladrón, y cada ladrón tenía una bolsa llena de monedas de oro, rubíes, zafiros, ágatas y perlas. Delante de todos iba el jefe de los ladrones.
Los ladrones pasaron debajo de Alí Babá y cuando llegaron a una gran roca el jefe de los ladrones gritó:
Jefe: ¡Sésamo: ábrete!.
Y la roca, como si fuera un sésamo, se abrió por el medio. Los ladrones entraron por la abertura de la roca con caballos y todo, y una vez que estuvieron dentro el jefe gritó:
Jefe: ¡Sésamo: ciérrate!.
Y la roca se cerró. Al cabo de un rato, los ladrones salieron de la cueva y tras pronunciar el jefe de los ladrones las palabras mágicas, la roca se cerró y los ladrones se marcharon a todo galope.
Alí Babá: Yo también entraré en esa roca. El asunto será ver si otra persona, pronunciando las palabras mágicas, puede abrirla. ¡Sésamo: ábrete!.
Y la roca se abrió.
Una vez dentro se encontró con el tesoro más grande del mundo y, con toda tranquilidad, se ocupó de meter en una bolsa una buena cantidad de monedas de oro y rubíes. Abrió y cerró la cueva con las palabras mágicas...:
Alí Babá: ¡Sésamo: ciérrate!
Y él volvió a su casa, cantando de alegría. Cuando su esposa lo vio entrar con la bolsa se puso a llorar.
Esposa de Alí: ¿A quién le robaste eso?
Pero cuando Alí Babá le contó la verdadera historia, la mujer se puso a bailar con él.
Alí Babá: Nadie debe enterarse que tenemos este tesoro, porque si alguien se entera querrá saber de dónde lo sacamos, y si le decimos de dónde lo sacamos querrá ir también él a esa roca mágica, y si va puede ser que los ladrones lo descubran, y si lo descubren terminarán por descubrirnos a nosotros. Y si nos descubren a nosotros nos cortarán la cabeza. Enterremos todo esto.
Esposa de Alí: Antes contemos cuántas monedas y piedras preciosas hay.
Alí Babá: ¿Y terminar dentro de diez años? ¡Nunca!
Esposa de Alí: Entonces pesaré todo esto. Así sabré, al menos aproximadamente, cuánto tenemos y cuánto podremos gastar. Pediré prestada una balanza.
Desgraciadamente, la mujer de Alí Babá tuvo la mala idea de ir a la casa de Kassim y pedir prestada la balanza. Kassim no estaba en ese momento, pero sí su esposa.
Esposa de Kassim: ¿Y para qué quieres la balanza?
Esposa de Alí: Para pesar unos granos.
Esposa de Kassim: ¡Qué raro! Éstos no tienen ni para caerse muertos y ahora quieren una balanza para pesar granos. ¿Y qué clase de granos vas a pesar?
Esposa de Alí: Pues granos...
Esposa de Kassim: Voy a prestarte la balanza.
Pero antes de prestársela, y con todo disimulo, la mujer de Kassim untó con grasa la base de la balanza.
Esposa de Kassim: Algunos granos se pegarán en la grasa, y así descubriré qué estuvieron pesando realmente.
Alí Babá y su mujer pesaron todas las monedas y las piedras preciosas y, luego, las enterraron en un hoyo que Alí Babá había hecho en el patio de la casa. Después devolvieron la balanza. Pero una moneda de oro había quedado pegada a la grasa.
Esposa de Kassim: De manera que éstos son los granos que estuvieron pesando. Se lo mostraré a mi marido.
Cuando Kassim la vio el rubí, casi se muere del disgusto. Y él, que nunca se acordaba de visitar a Alí Babá, fue corriendo a buscarlo.
Kassim: ¡Sinvergüenzas! Ustedes siempre fueron unos pobres gatos. Díganme de dónde sacaron ese maravilloso tesoro si no quieren que los denuncie a la justicia.
Alí Babá, resignado, comprendió que lo mejor sería contarle la verdad.
Kassim: Mañana mismo iré hasta esa roca y me traeré todo a mi casa.
A la mañana siguiente, Kassim estaba frente a la roca dispuesto a pronunciar las palabras mágicas. Había llevado 12 mulas y 24 bolsas; tanto era lo que pensaba sacar.
Kassim: ¿Qué era lo que tenía que decir? Ah, sí, ahora recuerdo... ¡Sésamo: ábrete!.
La roca se abrió y Kassim entró. Después dijo:
Kassim: ¡Sésamo: ciérrate!
Y la roca se cerró con él dentro. Una hora estuvo Kassim parado frente a las montañas de moneda de oro y de piedras preciosas.
Kassim: Aunque tenga que venir todos los días, no dejaré la más mínima cosa de valor que haya aquí. Me lo voy a llevar todo a mi casa. Aunque me las llevaré todas, es mejor que empiece por las más grandes, no vaya a ser que por h o por b mañana no pueda venir y me quede sin las mejores.
La elección le llevó unas cinco horas. Pero en ningún momento se sintió cansado.
Kassim: Es el trabajo más hermoso que hice en mi vida. Gracias al tonto de mi hermano, me he convertido en el hombre más rico del mundo.
Y cuando cargó las 24 bolsas se dispuso a partir.
Kassim: ¿Qué era lo que tenía que decir? Ah, sí, ahora recuerdo... Alpiste: ábrete.
Pero la roca ni se movió.
Kassim: ¡Alpiste: ábrete!
Pero la roca no obedeció.
Kassim: Por Dios, olvidé el nombre de la semilla. ¿Por qué no lo habré anotado en un papelito?
Y, desesperado, empezó a pronunciar el nombre de todas las semillas que recordaba:
Kassim: Cebada: ábrete; Maíz: ábrete; Garbanzo: ábrete.
Al final, totalmente asustado, ya no sabía qué decir:
Kassim: Zanahoria: ábrete; Coliflor: ábrete; Calabaza: ábrete.
Hasta que la roca se abrió. Pero no por Kassim sino por los cuarenta ladrones que regresaban. Y cuando vieron a Kassim, le cortaron la cabeza.
Ladrón 1: ¿Cómo habrá entrado aquí?
Jefe: Ya lo averiguaremos. Lo dejaremos dentro de la cueva y, si alguno viene a recogerlo, sabremos que alguien más conoce nuestro secreto. Ahora salgamos a robar otra vez.
Y se fueron a robar, después de dejar bien cerrada la roca. Pero Alí Babá estaba preocupado porque Kassim no regresaba. Entonces fue a buscarlo a la roca. Cuando entró vio a Kassim muerto y se lo llevó a su casa para darle sepultura. Pero había un problema:
Alí Babá: ¿Qué diremos a los vecinos? Si contamos que Kassim ha sido muerto por los ladrones se descubrirá el secreto, y eso, ya lo sabemos, no nos conviene.
Luz de la Noche: Digamos que murió de muerte natural.
Dijo Luz de Noche, una sirvienta que, además de muy hermosa, era una doncella discreta y agudo ingenio.
Alí Babá: ¿Cómo vamos a decir eso? Nadie se muere sin cabeza.
Luz de la Noche: Yo lo resolveré.
Y fue a buscar a un zapatero. Camina que camina, llegó a la casa del zapatero.
Luz de la Noche: Zapatero, voy a vendarte los ojos y te llevaré a mi casa.
Zapatero: Eso nunca. Si voy, iré con los ojos bien libres.
Luz de la Noche: No. Toma esta moneda de oro.
Zapatero: ¡Vaya! Eso me parece muy bien. ¿Y para qué quieres vendarme los ojos?
Luz de la Noche: Para que no veas adónde te llevo y no puedas decir a nadie dónde está mi casa. Toma, aquí tienes otra moneda de oro.
Zapatero: Gracias. ¿Y qué tengo que hacer en tu casa?
Luz de la Noche: Coser a un muerto.
Zapatero: Ah, no, eso sí que no.
Luz de la Noche: Creo que esta moneda te ayudará a disipar tus dudas y temores.
Zapatero: Sin duda. Está bien, vamos a tu casa.
Y fueron. El zapatero cosió la cabeza del muerto, uniéndola. Y todo lo hizo con los ojos vendados. Finalmente volvió a su casa acompañado por Luz de la Noche y allí se quitó la venda.
Luz de la Noche: No cuentes a nadie lo que hiciste.
Y se fue contenta, porque con su plan ya estaba todo resuelto. De manera que cuando los vecinos fueron informados que Kassim había muerto, nadie sospechó nada.
Pero resulta que los ladrones volvieron a la roca y vieron que Kassim no estaba. Ninguno de los ladrones era muy inteligente que digamos, pero el jefe dijo:
Jefe: Si el muerto no está, quiere decir que alguien se lo llevó. Quiere decir que el que entró pronunció las palabras secretas.
Ladrón 1: ¿Y eso qué quiere decir?
Jefe: ¡Quiere decir que alguien descubrió el secreto!
Todos: ¿Y eso qué quiere decir?
Jefe: ¡Que hay que cortarle la cabeza!
Todos: ¡Muy bien! ¡Cortémosela ahora mismo!
Jefe: Primero tenemos que saber quién es el que descubrió nuestro secreto. Uno de ustedes debe ir al pueblo y averiguarlo.
Ladrón 1: Yo iré.
Cuando el ladrón llegó al pueblo, pasó frente al taller de un zapatero y entró. Dio la casualidad de que era el zapatero que ya sabemos.
Ladrón 1: Zapatero, estoy buscando a un muerto que se murió hace poco. ¿No lo viste?
Zapatero: ¿Uno sin cabeza?
Ladrón 1: El mismo.
Zapatero: No, no lo vi.
Ladrón 1: De mí no se ríe ningún zapatero. Bien sabes de quién hablo.
Zapatero: Sí que sé, pero juro que no lo vi.
Y el zapatero le contó todo.
Ladrón 1: Qué lástima, yo quería recompensarte con esta linda bolsita llena de moneditas de oro.
Zapatero: Un momento, yo no vi nada, pero debes saber que los ciegos tienen muy desarrollados sus otros sentidos. Cuando me vendaron los ojos, súbitamente se me desarrolló el sentido del olfato. Creo que por el olor podría reconocer la casa a la que me llevaron. Véndame los ojos y sígueme. Me guiaré por mi nariz.
Así se hizo. Con su nariz al frente fue el zapatero oliendo todo. Detrás de él iba el ladrón. Hasta que se pararon frente a una casa.
Zapatero: Es ésta. La reconozco por el olor de la leña que sale de ella.
Ladrón 1: Muy bien. Haré una marca en la puerta para que pueda guiar a mis compañeros hasta aquí y cumplir nuestra venganza amparados por la oscuridad de la noche.
Y el ladrón hizo una cruz en la puerta. Después ladrón y zapatero se fueron, cada cual por su camino. Pero Luz de la Noche había visto todo. Entonces salió a la calle y marcó la puerta de todas las casas con una cruz igual a la que había hecho el ladrón. Después se fue a dormir muy tranquila.
Ladrón 1: Jefe, con ayuda de un zapatero descubrí la casa del que sabe nuestro secreto y ahora puedo conducirlos hasta ese lugar.
Jefe: Aún en la oscuridad de la noche, ¿no te equivocarás de casa?
Ladrón 1: No. Porque marqué la puerta con una cruz.
Todos: Vamos.
Y blandiendo sus alfanjes se lanzaron a todo galope.
Ladrón 1: Ésta es la casa.
Jefe: ¿Cuál?
Ladrón 1: La que tiene la cruz en la puerta.
Jefe: ¡Todas tienen una cruz! ¿Cuántas puertas marcaste?
El ladrón casi se desmaya. Pero no tuvo tiempo porque el jefe, enfurecido, le cortó la cabeza. Y, sin pérdida de tiempo, ordenó el regreso. No querían levantar sospechas.
Jefe: Alguien tiene que volver al pueblo, hablar con ese zapatero y tratar de dar con la casa.
Ladrón 2: Iré yo.
Jefe: No, seré yo el vaya mañana y hablaré con ese zapatero.
Al día siguiente el jefe de los ladrones buscó al zapatero. Y lo encontró. Y el zapatero se hizo vendar los ojos. Y lo guió. Y le mostró la casa. Pero el jefe no hizo ninguna cruz en la puerta ni otra señal. Lo que hizo fue quedarse durante diez minutos mirando bien la casa.
Jefe: Ahora soy capaz de reconocerla entre diez mil casas parecidas.
Y fue en busca de sus muchachos.
Jefe: Ladrones, para entrar en la casa del que descubrió nuestro secreto y cortarle la cabeza sin ningún problema, me disfrazaré de vendedor de aceite. En cada caballo cargaré dos tinas de aceite sin aceite. Cada uno de ustedes se esconderá en una tina y cuando yo dé la orden ustedes saldrán de la tina y mataremos al que descubrió nuestro secreto y a todos los que salgan a defenderlo.
Todos: Muy bien.
Los caballos fueron cargados con las tinas y cada ladrón se metió en una de ellas. El jefe se disfrazó de vendedor de aceite y después tapó las tinas.
Llegaron a la casa de Alí Babá y el jefe de los ladrones pidió permiso para pasar.
Alí Babá: ¿Quién eres?
Jefe: Un pacífico vendedor de aceite. Lo único que te pido es albergue, para mí y para mis caballos.
Alí Babá: Adelante, pacífico vendedor.
Y les dio albergue. Y también comida, y dulces y licores. Pero el jefe de los ladrones lo único que quería era que llegara la noche para matar a Alí Babá y a toda su familia.
Y la noche llegó.
Pero resulta que hubo que encender las lámparas.
Luz de la Noche: Nos hemos quedado sin una gota de aceite y no puedo encender las lámparas. Por suerte hay en casa un vendedor de aceites; sacaré un poco de esas grandes tinas que él tiene.
Luz de la Noche tomó un pesado cucharón de cobre y fue hasta la primera tina y levantó la tapa. El ladrón que estaba adentro creyó que era su jefe que venía a buscarlo para lanzarse al ataque, y asomó la cabeza.
Luz de la Noche: ¡Qué aceite más raro!
Exclamó Luz de la Noche, y le dio con el cucharón en la cabeza. El ladrón no se levantó más.
Luz de la Noche fue hasta la segunda tina y levantó la tapa, y otro ladrón asomó la cabeza, creyendo que era su jefe.
Luz de la Noche: Un aceite con turbantes.
Y le dio con el cucharón. El ladrón no se levantó más. Tina por tina recorrió Luz de la Noche, y en todas le pasó lo mismo. A ella y al que estaba adentro. Enojadísima, fue a buscar al vendedor de aceite, y blandiendo el cucharón le dijo:
Luz de la Noche: Es una vergüenza. No encontré ni una miserable gota de aceite en ninguna de sus tinas. ¿Con qué enciendo ahora mis lámparas?
Le dio con el cucharón en la cabeza y el jefe de los ladrones cayó redondo.
Alí Babá: ¿Por qué tratas así a mis huéspedes?
Entonces Luz de la Noche quitó el disfraz al jefe de la banda y todo quedó aclarado. Como es de imaginar, los ladrones recibieron su merecido.
Y eso fue lo que pasó con ellos.
En cuanto a Alí Babá, dicen que al día siguiente fue a buscar algunas monedas de oro a la roca, y que cuando llegó no encontró nada: la roca había desaparecido, con tesoro y todo.

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