PERSÉFONE Y LAS SEMILLAS DE LA GRANADA.
En aquellos primeros tiempos, la tierra permanecía cálida y soleada. La diosa Deméter se ocupaba del campo como si fuera un jardín: sembraba, regaba y animaba a los árboles para que diesen primero hojas y después flores y frutos. Su hija Perséfone recogía flores mientras su madre trabajaba.
Un día, Hades, el dios de los infiernos, se asomó a la superficie y vio a Perséfone recogiendo flores en su bosque de Sicilia.
Hades: Esa es la esposa que yo quiero.
Subió a su carro y, al galope, agarró a Perséfone por su larga cabellera y se la llevó a su reino de tinieblas. Deméter salió a buscar a su hija. Los árboles y el río le contaron lo que había pasado. Entonces Deméter se olvidó de su trabajo y así que las flores se marchitaron, los árboles perdieron sus hojas y los cultivos dejaron de crecer.
Deméter: ¡Zeus, dios Zeus, ayúdame! ¡Hades ha raptado a mi hija! ¡Haz que me la devuelva!
Zeus: ¿Dices que se ha llevado a tu hija a la fuerza? ¡Vaya, Hades no debería haber hecho eso!
Deméter: ¡Oh, Zeus! Si mi hija no vuelve, ¿cómo voy a poder seguir llenando la tierra con flores y frutos? Lo hago porque soy feliz, sin Perséfone, no tendré felicidad. ¡Me da igual que la tierra se seque y muera!
A Zeus le dio un escalofrío sólo de pensar en ello.
Zeus: No depende de mí. Existen unas reglas. Si Perséfone ha probado la comida del reino de los muertos no podrá regresar. Ésa es la regla.
Bajo tierra, Hades intentaba que Perséfone comiera…:
Perséfone: Antes que probar tu comida, prefiero morir.
Lloraba Perséfone aunque tenía mucha hambre.
Hades le puso en la mano doce semillas de una granada y Perséfone sin pensarlo se llevó las semillas a la boca… y comió seis de las doce semillas.
Cuando Zeus se enteró de lo ocurrido pensó durante un largo rato y sentenció:
Zeus: Puesto que Perséfone se ha comido seis de las doce semillas que viva seis meses de cada año en el reino de los muertos y seis meses con su madre sobre la tierra.
Y por este motivo en primavera y verano las plantas florecen y los árboles lucen sus hojas verdes, sus flores y sus frutos. Pero en otoño Perséfone viaja al reino de los muertos y Deméter sobre la tierra añora a su hija. Los árboles pierden las hojas y las flores se marchitan y todos esperan con ilusión el regreso de Perséfone en primavera.
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viernes, 6 de enero de 2012
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Luna
Luna.
Adaptado del cuento de Kestutis
Kasparavicius.
“Cosas que a veces pasan.” Edit. Thule).
Cuando el Sol se pone por detrás
del bosque, Luna sale por el otro lado, por detrás de los arbustos.
También brilla, con una pálida luz
plateada. A veces es redonda como un plato, a veces delgada como la
letra C. Todo depende de si ha comido o tiene hambre. Dicen que Luna
come estrellas, aunque yo no he notado que haya menos estrellas en el
cielo.
Murciélagos, polillas y búhos
nocturnos son buenos amigos de ella, pero los mejores amigos de Luna
son los perros guardianes. Cuando aparece en el cielo, alzan la
cabeza bien arriba y aúllan lastimeramente. A Luna le gusta escuchar
las canciones tristes de los perros...
A veces Luna baja del cielo para
charlar con algún perro que está especialmente melancólico. Se
arrellana sobre la casita del perro y escucha con atención sus
problemas. Luna le da algún buen consejo, le dice cómo sobrellevar
mejor su vida, lo acaricia con suavidad y regresa al cielo.
El perro se tranquiliza, se acurruca
cómodamente junto a su casita y observa con cariño a Luna en lo
alto del cielo.
Hasta que amanece y el rojo y cálido
Sol sale por detrás para despertarle.
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martes, 1 de noviembre de 2011
El boticario de la isla de San Luis.
El
boticario de la Isla de San Luís.
(Adaptado de Gudule)
Hace mucho, mucho tiempo vivía en
París un viejo boticario famoso por su talento. Sus ungüentos
hacían maravillas. Anselmo, que así se llamaba este hombre, era
altanero y sin ninguna compasión por las desdichas ajenas.
Anselmo: ¡No soy un
curandero al que se le paga con huevos u hortalizas! ¡Necesito
dinero constante y sonante!
Como se ve le intersaba más el
beneficio que podía obtener con su oficio que aliviar los males de
sus semejantes.
Anselmo: ¡La salud no tiene
precio! ¡Por eso, es privilegio de los ricos!
Al final, consiguió que todos sus
clientes perteneciesen a la mejor sociedad.
Un día entró en su botica una
muchacha vestida con harapos con la intención de conseguir un
remedio que aliviara los dolores de su abuela, aquejada de
reumatismo. Anselmo se disponía a echarla cuando se lo pensó mejor.
Aquella miserable era verdaderamente atractiva a pesar de su aspecto.
Anselmo: No quiero dinero.
Sin embargo, necesito una criada. Si trabajas para mí, curaré a tu
abuela.
Y la muchacha aceptó agradecida.
El boticario le dio ropa limpia y le
ordenó que se aseara. Cuando la muchacha se presentó de nuevo ante
él, Anselmo comprobó que no se había equivocado: la joven lo tenía
todo para agradar.
Anselmo: ¿Cómo te llamas?
Marinette: Marinette.
Anselmo: Pues bien,
Marinette, a partir de hoy ésta será tu casa.
Marinette demostró al poco tiempo
que no sólo era hermosa y trabajadora, sino que además tenía un
excelente carácter. Tanto es así, que el boticario, que no quería
a nadie, se enamoró de ella.
Anselmo: ¿Quieres casarte
conmigo?
Marinette: ¡Mi abuela le
convendría más!
Anselmo: Si me aceptas como
prometido, te confiaré la llave del sótano.
El sótano, donde Anselmo se
encerraba todo el día, intrigaba muchísimo a la muchacha. El
boticario no dejaba que Marinette metiera allí sus narices, bajo
ningún concepto. Astutamente, ella observó:
Marinette: En ese caso, sería
diferente...
Anselmo: Entonces, ¿me
aceptas?
Marinette: A cambio de la
llave, sí.
Él se la entregó con la
advertencia de que tenía prohibido usarla antes de la boda.
Anselmo: La apertura de esa
puerta será mi regalo de boda. Una futura mujer casada debe tener
paciencia.
Pero lo primero que hizo Marinette,
por supuesto, fue desobedecer aprovechando que su patrón salía.
Cuando bajó las escaleras se llenó de indignación al ver a siete
duendes atareados en el sótano.
Marinette: ¡Menudo granuja!
¡Qué sinvergüenza! !Así que su reputación era inmerecida!
Duende 1: ¡Desde luego! Toda
su reputación se la debe a esta esclavitud en la que nos tiene
consumidos. ¡Ya hace más de cincuenta años que no vemos el sol!
Duende 2: Y que no comemos
más que trigo rancio. ¡Un trigo que ni las palomas querrían comer!
Duende 3: ¡Por no hablar de
los castigos que nos impone cuando somos demasiado lentos para su
gusto! Al principio éramos ocho. ¡Pero uno de los nuestros murió
a causa de la paliza que recibió por dormirse sobre su brebaje!
Marinette: ¡Voy a liberaros
ahora mismo!
Duende 1: ¿Y adónde iremos?
Duende 2: ¡Nuestro bosque
está tan lejos!
Duende 3: ¡Y, además,
Anselmo se vengará!
Duende 1: Nos exterminará a
todos.
Duende 2: ¡Empezando por ti,
generosa muchacha!
Duendes 1, 2, 3: ¡No, no,
quedémonos aquí! ¡Somos demasiado viejos para morir!
Marinette: No seáis tan
cobardes. Todos habremos huído para cuando el vuelva. ¡Venga, yo
abriré la marcha!
Apenas hubo caminado tres pasos, se
encontró de bruces con el boticario que había regresado antes de lo
previsto.
Anselmo: ¡Miserable! ¡Me
has desobedecido! ¡Voy a hacerte pagar muy cara tu traición!
Pero entonces sucedió algo
increíble. Aquellos duendes que se habían mostrado tan temerosos,
saltaron sobre el agresor para defender a la muchacha; y es que, la
gratitud de las gentes del bolque, es más fuerte que el miedo.
Hicieron tanto y tan bien su
trabajo, que el boticario quedó sordo, ciego e impotente para el
resto de sus días. Marinette se casó con él y después lo encerró
en el sótano donde lo alimentó sólo de trigo rancio. A los
duendes, en cambio, les dio la habitación más soleada de la casa y
los alimentó con aquello que más les gustaba. Más tarde, con la
ayuda de su abuela, reabrió la botica como si no hubiese pasado
nada. Y todo París pregonaba con ardor que Marinette era una
bendición que no sólo hacía remedios tan buenos como los de su
marido, sino que también atendía a los pobres como a los ricos.
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domingo, 2 de octubre de 2011
El valor de la verdad.
El
Valor de la verdad.
(Cuento
tradicional chino)
Hace
mucho, en la lejana China, vivía un príncipe inteligente y honesto
llamado Li-Yung. Como se acercaba el momento en que Li-Yung había de
ser coronado emperador, los consejeros del reino decidieron que debía
casarse. Entonces, el príncipe dijo:
– Elegiré
a mi esposa entre todas las muchachas
del reino. Dentro de una semana las espero en palacio. Anunciad
mis intenciones.
La
noticia corrió como el viento que mece las cañas de bambú. Todas
las jóvenes recibieron ilusionadas
aquel anuncio.
Y
amaneció el gran día. Los jardines imperiales bullían de agitación
y las muchachas esperaban
nerviosas la llegada del príncipe. Oculta tras los magnolios, la
hermosa Saomín, hija de dos sirvientes de palacio, observaba la
escena.
Cuando
la elegante figura del príncipe apareció en la escalinata, se hizo
un profundo silencio: súbitamente, cesaron los murmullos y solo se
oyó el rumor del agua de las fuentes. Dirigiéndose a la multitud,
Li-Yung dijo:
– Quiero
anunciaros que mi elegida será la muchacha que consiga hacer
brotar la planta más hermosa de estas semillas que os serán
entregadas.
El
príncipe sacó entonces una bolsa de seda, llena de diminutas
semillas
y comenzó a repartirlas con ayuda de algunos sirvientes.
– Cuando
hayan pasado seis meses, debéis volver con vuestras plantas.
Entonces sabremos quién es la elegida.
Saomín
no se perdía
ningún detalle. Sintiéndose arropada por la multitud, se acercó un
poco más. Y fue entonces cuando la sobresaltó una voz cálida:
– Y
tú, ¿no quieres una semilla?
La
joven levantó los ojos y vio… ¡al mismísimo príncipe! Durante
un segundo, sus miradas se encontraron.
El corazón de la muchacha latía apresurado. Con las mejillas
encendidas de rubor, Saomín extendió la mano y tomó el obsequio
que le ofrecía el príncipe.
Desde
aquel instante, Saomín sólo vivió para cuidar su semilla, pero su
padre la disuadía con estas palabras:
– No
te empeñes, hija. Habrá muchachas que tengan jardineros cuidando
día
y noche sus semillas.
Y
la madre añadía con tristeza:
– Además,
¿crees que el príncipe se casaría con una sirvienta?
Pero
Saomín seguía cuidando afanosamente
su
tesoro: regaba la tierra, la protegía del viento, la acercaba al
tibio
sol…
Así fue pasando el tiempo, pero, a pesar de tantos cuidados, la
tierra no ofrecía ninguna esperanza de vida.
La
víspera de cumplirse el plazo fijado por el príncipe, la madre de
Saomín, intentó
animar:
-
No te aflijas por el resultado. Has hecho cuanto has podido.
–
De
todas formas, mañana iré a palacio. Al menos
veré al
príncipe por última vez.
Los
padres de Saomín intentaron disuadirla:
–
¡No
puedes presentarte con una maceta de tierra!
Pero
fue inútil. Al día siguiente, muy temprano, la joven llegó al
jardín
imperial. Poco a poco aparecieron las demás muchachas. Todas
llevaban plantas bellísimas. Saomín esperó en un rincón la
llegada del príncipe.
–
¡Qué
plantas tan magníficas! ¡Son
realmente asombrosas!
Entonces,
viendo que Saomín no se acercaba, se dirigió a ella y le preguntó:
– ¿Y
tú?¿Qué has traído?
Ella,
avergonzada, respondió:
–
Señor,
aunque me esforcé mucho, no he conseguido obtener ningún fruto.
El
príncipe guardó silencio unos segundos y luego dijo satisfecho:
–
No
tengo duda. Tú eres la elegida por mi corazón. Si me aceptas,
serás la emperatriz.
A
continuación, el príncipe explicó su veredicto:
–
Sólo
ella ha sido sincera y valiente. Las semillas que repartí eran
estériles.
No era posible que de ellas brotara nada.
Pocos
días después, Li-Yung y Saomín se casaron y ningún viento mudó
nunca
la feliz suerte del emperador y su esposa.
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jueves, 1 de septiembre de 2011
Caperucita Roja
Caperucita Roja.
(Texto adaptado de Perrault y hermanos Grimm)
(Texto adaptado de Perrault y hermanos Grimm)
Había una vez una niña en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto a la que su madre y su abuela querían con locura. La abuela le había hecho una caperuza roja para cuando saliera al campo y, por eso, todo el mundo terminó por llamarla Caperucita Roja.
Un día su madre, después de preparar unas tortas, le dijo.-Anda a ver cómo está tu abuela, que ya sabes que ha caído enferma; llévale esta torta y un tarrito de mantequilla. Y procura no perder tiempo en el camino...
Para llegar a la aldea donde vivía su abuela Caperucita tenía que atravesar el bosque, y apenas se adentró en él se encontró con el señor lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó:
-¿Se puede saber hacia dónde vas tan presurosa?
La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
-¿Vive muy lejos?
-¡Oh, sí!, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita de la aldea.
-Pues bien, yo también quiero ir a verla; te propongo un juego yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela.
-¿Quién es?
-Es tu nieta, Caperucita Roja, que te trae una torta y un tarrito de mantequilla de parte de mamá.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llamó a la puerta:
-¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
-Soy tu nieta, Caperucita, te traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi mamá te envía.
-La puerta está abierta. Levanta el pestillo y pasa, nietecita.
Caperucita Roja alzó el pestillo y la puerta se abrió. El lobo, al verla entrar, se ocultó lo mejor que pudo entre las sábanasy le dijo:
-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desvistió y se metió en la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir.
-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
-Es para abrazarte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
-Es para correr mejor, hija mía.
Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
-Es para oírte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!
-Es para verte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
-¡Es para comerte mejor!
Y, diciendo esto, el lobo saltó de la cama y se tragó a la pobre Caperucita Roja. Cuando el mal bicho estuvo harto, se metió nuevamente en la cama y se quedó dormido, roncando ruidosamente.
He aquí que acertó a pasar por allí un cazador...
-¡Caramba, cómo ronca la anciana! ¡Voy a entrar, no fuera que le ocurriese algo!
Entró en el cuarto y, al acercarse a la cama, vio al lobo que dormía en ella.
- ¡Ajá! ¡Por fin te encuentro, viejo bribón! ¡No llevo poco tiempo buscándote!
Y se disponía ya a dispararle un tiro, cuando se le ocurrió que tal vez la fiera habría devorado a la abuelita y que quizás estuviese aún a tiempo de salvarla. Dejó, pues, la escopeta, y, con unas tijeras, se puso a abrir la barriga de la fiera dormida. A los primeros tijerazos, pudo sacar a la niña y a la abuelita vivas aún, aunque casi ahogadas. Caperucita corrió a buscar gruesas piedras, y con ellas llenaron la barriga del lobo. Éste, al despertarse, trató de escapar; pero las piedras pesaban tanto, que cayó al suelo muerto.
Los tres estaban la mar de contentos. El cazador despellejó al lobo y se marchó con la piel; la abuelita se comió la torta y se sintió muy restablecida. Y, entretanto, Caperucita pensaba:
-«Nunca más, cuando vaya sola, me apartaré del camino desobedeciendo a mi mamá».
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domingo, 5 de junio de 2011
Dos duendes y dos deseos.
DOS DUENDES Y DOS DESEOS.
(PEDRO PABLO SACRISTÁN, ADAPTADO)
Hubo una vez, hace muchísimo tiempo, tanto que ni siquiera el existían el día y la noche, y en la tierra sólo vivían criaturas mágicas y extrañas, dos pequeños duendes que soñaban con saltar tan alto, que pudieran llegar a atrapar las nubes.
Un día, la Gran Hada de los Cielos los descubrió saltando una y otra vez, tratando de atrapar unas ligeras nubes que pasaban a gran velocidad. Tanto le divirtió aquel juego, y tanto se rio, que decidió regalar un don mágico a cada uno.
- ¿Qué es lo que más desearías en la vida? Sólo una cosa, no puedo darte más - preguntó al que parecía más inquieto.
El duende, emocionado por hablar con una de las Grandes Hadas, y ansioso por recibir su deseo, respondió al momento.
- ¡Saltar! ¡Quiero saltar por encima de las montañas! ¡Por encima de las nubes y el viento, y más allá del sol!
- ¿Seguro? ¿No quieres ninguna otra cosa?
El duendecillo, impaciente, contó los años que había pasado soñando con aquel don, y aseguró que nada podría hacerle más feliz. El Hada, convencida, sopló sobre el duende y, al instante, éste saltó tan alto que en unos momentos atravesó las nubes, luego siguió hacia el sol, y finalmente dejaron de verlo camino de las estrellas.
El Hada, entoces, se dirigió al otro duende.
- ¿Y tú?, ¿qué es lo que más quieres?
El segundo duende, de aspecto algo más tranquilo que el primero, se quedó pensativo. Miró al cielo, miró al suelo, volvió a mirar al cielo, se tapó los ojos, se acercó una mano a la oreja, volvió a mirar al suelo, puso un gesto triste, y finalmente respondió:
- Quiero poder atrapar cualquier cosa, sobre todo para sujetar a mi amigo. Se va a matar del golpe cuando caiga.
En ese momento, comenzaron a oír un ruido, como un gritito en la lejanía, que se fue acercando y acercando, sonando cada vez más alto, hasta que pudieron distinguir claramente la cara horrorizada del primer duende ante lo que iba a ser el tortazo más grande de la historia. Pero el hada sopló sobre el segundo duende, y éste pudo atraparlo y salvarle la vida.
Con el corazón casi fuera del pecho y los ojos llenos de lágrimas, el primer duende lamentó haber sido tan impulsivo, y abrazó a su buen amigo, quien por haber pensado un poco antes de pedir su propio deseo, se vio obligado a malgastarlo con él. Y agradecido por su generosidad, el duende saltarín se ofreció a intercambiar los dones. Pero el segundo duende que sabía cuánto deseaba su amigo aquel don, decidió que lo compartirían por turnos. Así, sucesivamente, uno saltaría y el otro tendría que atraparlo, y ambos serían igual de felices.
El hada, conmovida por la amistad de los dos duendes, regaló a cada uno los más bellos objetos que decoraban sus cielos: el sol y la luna. Desde entonces, el duende que recibió el sol salta feliz cada mañana, luciendo ante el mundo su regalo. Y cuando tras todo un día cae a tierra, su amigo evita el golpe, y se prepara para dar su salto, en el que mostrará orgulloso la luz de la luna durante toda la noche.
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viernes, 6 de mayo de 2011
La princesa ratona
LA PRINCESA RATONA.
Había una vez un ratón que pretendía ser el rey de su tribu. Por este motivo le llamaban el rey Ratón, y a su hija, la princesa Ratona. Ratona, vivía con sus padres en un gran arrozal en el más escondido rincón del Japón. Ratona era muy bonita, y sus padres estaban tan orgullosos que no encontraban a nadie digno de jugar con ella. Cuando estuvo en edad de casarse, no aceptaron por yerno a ningún príncipe del reino de los ratones y declararon que sólo se casaría con la princesa Ratona, el personaje más poderoso del mundo. Y como este poderoso personaje no quería aparecer, el rey Ratón, se fue a ver a su tío, un viejo ratón muy sabio; éste declaró que el personaje más poderoso del mundo debía ser el sol, porque sin él, no maduraba el arroz. Entonces, el rey Ratón se fue al encuentro del sol. Trepó sobre la montaña más alta, corrió a lo largo de un arco iris hasta que llegó a la cueva del oeste, donde dormía el sol.
-¿Qué quieres de mi, hermanito? -dijo el sol con benevolencia, al verle.
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija, la princesa Ratona, porque vos sois el personaje más poderoso del mundo y nadie más puede ser digno de ella.
-¡Oh!, ¡oh! Te estoy muy agradecido, hermanito, pero la princesa Ratona no puede ser para mí; la nube es más poderosa que yo, porque cuando ella me cubre, yo no puedo brillar,
-¡Oh!, entonces no me interesas -dijo el rey Ratón-. Y se marchó sin decir adiós, mientras el sol se reía y guiñaba el ojo.
El rey Ratón siguió subiendo hasta llegar a la cueva del sur donde dormía la nube.
-¿Qué quieres de mí, hermanito? -dijo la nube al verlo.
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija la princesa Ratona, porque sois el personaje más poderoso del mundo. El sol me lo ha dicho y nadie más puede ser digno de ella.
-El sol se ha equivocado -dijo la nube suspirando-. Yo no soy el personaje más poderoso del mundo. El viento es más poderoso que yo, porque cuando sopla no puedo resistirlo y tengo que ir adonde él me lleva.
-Entonces, no me interesas -dijo el rey Ratón con altanería. Y se puso en camino para encontrar al viento.
Viajó días y días por todo el cielo hasta llegar a la cueva del este donde el viento dormía.
Cuando el viento le vio llegar, estalló en tan fuertes carcajadas que hicieron temblar la tierra, y le preguntó:
-¡Oh, oh! ¿Qué quieres de mí, hermanito?
Cuando el rey le dijo que venía a ofrecerle la mano de su hija la princesa Ratona, porque era el personaje más poderoso del mundo, hinchó sus mejillas, dejó oír un silbido terrible y dijo:
-No, yo no soy el más poderoso. La pared que han hecho los hombres es más poderosa que yo, porque no puedo derribarla, a pesar de mis esfuerzos. ¡Ve a buscar a la pared, hermanito!
Y el rey Ratón bajó rodando del cielo y siguió bajando hasta llegar a la pared que habían hecho los hombres y que estaba muy cerca de su arrozal.
-¿Qué quieres de mí, hermanito?
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija la princesa Ratona porque sois el personaje más poderoso del mundo, y nadie más es digno de ella.
-¡Oh, oh! Yo no soy el más poderoso. El ratón gris que vive en la cueva es más fuerte que yo. Con sus dientes roe y roe mis ladrillos, los va desmenuzando y acabaré derrumbándome. Ve a buscar al ratón gris, hermanito.
Después de todos sus viajes, el rey Ratón tuvo que casar a su hija con otro ratón, pero la princesa Ratona se puso muy contenta, porque ella siempre había deseado casarse con el ratón gris.
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