miércoles, 6 de mayo de 2015

Molestón Verruga y los visitantes.


Molestón Verruga y los visitantes.
(Pilar Valdés)

Narradora: Molestón Verruga se llamaba así, porque tenía en la punta de su nariz, una verruga del tamaño de una oruga. A pesar de su aspecto, él a su verruga le tenía un enorme aprecio.
Vivía en un lugar llamado “Cuarto y Mitad”. Un lugar tan pequeño tan pequeño, que él era el único habitante. Aunque de vez en cuando pasaba por
allí, algún que otro visitante. “Cuarto y Mitad “ era muy singular. Cuando alguien llegaba, se agrandaba y cuando se marchaba, menguaba. Igual que un globo se inflaba y se desinflaba. Se inflaba y se desinflaba.
La casa de Molestón era muy pequeña. Tanto, que cuando dormía casi se
le salían las piernas. Y en la esquina de su casa había crecido una flor, que él
regaba cuando caía un chaparrón.
Era un día bastante soleado, Molestón con su verruga miraba al cielo con
los ojos guiñados. Se llevó una gran sorpresa al ver un pajarillo en su jaula
volando y este le preguntó a Molestón no precisamente cantando:
Pajarillo: Por favor ¿puede en su casa esconderme para que no puedan verme?
Molestón: ¡Pero no ves que mi casa es muy pequeña!
Pajarillo: Ni que yo fuera una cigüeña.
Narradora: Y sin muchas ganas Molestón, cogió la jaula por el asa y metió al pájaro en su casa. Un espantapájaros que pasaba por allí, preguntó a Molestón con cierto rentin-tin:
Espantapájaros: ¿Ha visto usted un pajarillo con su casa a cuestas?
Molestón: Por supuesto, por allí. No, por allí. No, no. Creo que se fue por allí.
Narradora: El espantapájaros mareado, de mirar por todos lados, salió de allí espantado. El pajarillo con su jaula se asomó y al ver que se había marchado, levantó el vuelo con tanto brío, que se fue de allí sin decir ni pío.
El día parecía movidito, ahora pasó por allí un cerdito y le dijo a Molestón:
Cerdito: Buenos días, ¿podría usted decirme si…?
Molestón: ¡Es usted un cerdo!
Cerdito: ¡Vaya! Por la forma de decirlo ha estado usted poco fino.
Molestón: Bueno, es usted un cochino.
Cerdito: Lo que le quería preguntar, que no me ha dejado terminar, es que me quedé dormido muy a gusto en un charco y al despertarme ¡me he llevado un chasco! ¡El charco ha desaparecido! ¿Sabe usted dónde se ha ido?
Molestón: ¡Por Dios! ¡Eso es que se ha secado el charco! Ahora habrá que esperar a que caiga algún chubasco!
Narradora: Y sin dar las gracias y con mucho tino se largo de allí el muy cochino. De pronto una cigüeña apareció y en el techo de la casa se posó.
Molestón: ¡¡Pero bueno esto qué es!! ¿Pues no parece que estoy en “el Arca de Noé”’?
Cigüeña: Por favor déjeme quedarme. Solo dormiré un poco, me iré al
despertarme.
Molestón: Muy bien, entonces tendrás que escuchar mis chistes de pasotas.
Cigüeña: ¿Te has creído que soy idiota? ¡Anda y cuéntale tus chistes, a mi prima la gaviota!
Narradora: Y sin más vacilación, alzó el vuelo la cigüeña y se marchó. Como solía ocurrir en “Cuarto y Mitad” se iba agrandado cuando los habitantes iban llegando y menguaba cuando se marchaban. A todo esto una mosca, se posó en su verruga del tamaño de una oruga.
Mosca: Disculpe, ¿podría decirme si ha visto una cagarruta de mi amiga, la vaca Cicuta?
Narradora: Y Molestón Verruga bizco perdido comenzó a dar chillidos.
Molestón: ¡¡Fuera de mí verruga mosca peluda!!
Narradora: La mosca se asustó tanto que se fue de allí zumbando.
Serpiente: Pzz. Pzz¡
Narradora: Molestón miró sus pies y vio a una serpiente sin su cascabel.
Serpiente: Perdone ¿ha vizzzto usted mi cazzzcabel? No zzé que pazza que lo
pierdo una y otra vez.
Molestón: ¡¡Pero bueno que os habéis creído, acaso tengo un cartel que diga “Aquí objetos perdidos”! ¡Sujétate bien la pieza, o lo que perderás será la cabeza!
Serpiente: Ezzzte hombre ezzzta loco perdido, que manera de dar chillidozzz.
Molestón: ¡Lo que estoy perdiendo es la paciencia! ¡A este paso de animales abriré una tienda!
Narradora: Y la serpiente en silencio y muy lentamente se fue de allí haciendo eses.
Nuevamente Molestón se llevó un gran susto, como si hubiera escuchado una traca. Ahora quien apareció a su lado era una vaca. Y allí se quedo parada, mirándole muy, muy descarada y sin decir nada. Por no decir no dijo ni “mu”.
Molestón: ¿A que vienes vaca? ¿Vienes a dar la lata?
Narradora: La vaca muy tranquila y a su bola le dijo moviendo su cola.
Vaca: ¿Ha visto usted una mosca que es muy bruta y muy tosca?
Molestón: ¡Ah!! ¿Con que tú eres la vaca Cicuta? ¡Pues la he mandado muy lejos a buscar tu cagarruta!
Narradora: Y con paso lento la vaca se marchó y en una fiesta con su cola se coló. Molestón con un humor de perros y de un lado para otro como si fuera un potro decía:
Molestón: ¡Esto no es lógico! ¿Habrá por aquí un zoológico?
Narradora: Y continuaron las sorpresas. De pronto apareció un conejo, que por su aspecto era sabio y muy viejo.
Molestón: ¡Vaya! Deje que adivine, usted quiere preguntarme si he visto su zanahoria, o… ¿se ha perdido y quiere saber por dónde se va a Soria?
Conejo: No que va, que va, lo que he perdido ha sido la memoria. Verá deje que le explique. Tengo una chistera y yo vivo dentro ella. El caso es que he ido a dar un paseo y sin darme cuenta, mire, aquí me veo. No se dónde estoy. Claro que a mis años, como...
Molestón: ¡Por favor quiere dejar de hablar! ¡La cabeza me va a estallar!
Conejo: Oiga, estoy viejo pero no sordo ¿Me permite un consejo de este conejo sabio y viejo? Esta usted muy acalorado, ande, váyase y tómese un helado.
Molestón: ¿Y este es el consejo de un conejo sabio y viejo? ¡Pues le voy a dar yo otro para que se vaya! ¡No muy lejos de aquí, si no me equivoco hay una playa!
Narradora: Con mucho atrevimiento y sin ningún complejo, continuó diciendo el señor conejo.
Conejo: Acabo de acordarme… Verá conozco una ferretería, vaya usted de
parte mía. Es de mi gran amigo “el grillo”, ande, vaya y dígale que le falta un tornillo.
Narradora: Molestón no daba crédito a sus oídos, iba a lanzarle otro de sus chillidos, cuando… quedó perplejo, como por arte de magia había desaparecido el conejo. Sollozando y sin consuelo decía:
Molestón: Esto es una pesadilla, prefiero mil, mil veces que me hagan cosquillas.
Narradora: Pero la cosa no acabó ahí. Molestón se quedó sin palabras ahora a su lado, había una cabra.
Cabra: ¿Perdone ha visto usted a un chivo?
Molestón: ¡Y a mi qué me dice! ¡Lárguese y pregunte usted en Lugo o en Vigo!
Cabra: ¡Es usted un mal educado!
Molestón: ¡Y usted una cabra loca!
Cabra: ¡Oh! ¡Retire esa palabrota!
Molestón: ¿Cuál? ¿Cabra o loca?
Narradora: Se quedó con la boca abierta y tan indignada que no supo decir nada, hasta que por fin dijo la cabra:
Cabra: ¡Pasapalabra!
Molestón: Muy bien, pues yo le digo ¡Que se vaya por donde ha venido!
Narradora: La cabra no se inmutó, como una estatua quieta se quedó.
Molestón: ¡¡Con que esas tenemos!! Pues utilizaré mi magia. ¡Abracadabra! ¡Abracadabra! ¡Que con sus patas tire al monte la cabra!
Narradora: De pronto se escuchó un berrido. Era su cabrito, que se había perdido. Y muy cabreada y sin mediar palabra, se fue con su chivo la cabra.
Molestón: ¡Esto es un sin vivir! ¡Me voy ahora mismo a mi casa a dormir!
Narradora: Y eso hizo. Con aire iracundo quedó Molestón Verruga sumido en un sueño profundo. Nadie lo diría. Con los ojos cerraditos ¡parecía un angelito! Entre tanto, del techo y con muchísimo sigilo, bajaba una araña pendiendo de un hilo. La araña que tenía mucha maña, se posó en su verruga. Molestón sintió tal picor, que sus ojos abrió.
Molestón: ¡Si no lo veo no lo creo! ¡Largo de mi verruga araña peluda!
Narradora: La araña no hizo caso, se quedó allí quieta, sin dar un paso. Y con una amplia sonrisa dijo sin ninguna prisa:
Araña: ¡Que ojos más grandes tienes!
Molestón: ¡Es para ver por donde vienes!
Araña: Y qué verruga más blandita.
Molestón: ¿¡Pues muy bien! ¡Ahora vete derecha a tu casita!
Araña: Pues ahora me quedo aquí. Esta verruga es para mí.
Molestón: ¡No es mía!
Araña: ¡Mía! ¡Mía!
Narradora: Comenzó así una lucha encarnizada por una verruga a una nariz pegada. Hasta que llegó un momento que frotándose los ojos y las pestañas se dio cuenta que no había ni tela, ni araña, que su verruga seguía ahí en la punta de su nariz. Todo lo ocurrido había sido un mal sueño y él de su verruga seguía siendo el dueño.
Molestón: ¡Oh, verruguita mía que terrible pesadilla! ¿Qué te parece si lo celebramos comiendo peladillas?
Narradora: Y colorado, colorín la historia de Molestón Verruga, ¿acabó por fin?


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miércoles, 22 de abril de 2015

El campesino, el osos y la zorra.




El Campesino, el Oso y la Zorra.
(Afanasiev. Adaptado)

Narrador: Un día un campesino estaba labrando su campo,cuando se acercó a él un Oso y le gritó:
Oso: ¡Campesino, te voy a matar!
Campesino: ¡No me mates! Yo sembraré los nabos y luego los repartiremos entre los dos; yo me quedaré con las raíces y te daré a ti las hojas.
Narrador: Consintió el Oso y se marchó al bosque. Llegó el tiempo de la recolección. El campesino empezó a escarbar la tierra y a sacar los nabos, y el Oso salió del bosque para recibir su parte.
Oso: ¡Hola, campesino! Ha llegado el tiempo de recoger la cosecha y cumplir tu promesa.
Campesino: Con mucho gusto, amigo. Si quieres, yo mismo te llevaré tu parte.
Narrador: Y después de haber recogido todo, le llevó al bosque un carro cargado de hojas de nabo. El Oso quedó muy satisfecho de lo que él creía un honrado reparto.
Un día el aldeano cargó su carro con los nabos y se dirigió a la ciudad para
venderlos; pero en el camino tropezó con el Oso, que le dijo:
Oso: ¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?
Campesino: Pues, amigo, voy a la ciudad a vender las raíces de los nabos.
Oso: Muy bien, pero déjame probar qué tal saben.
Narrador: Apenas el Oso los probó, rugió furioso:
Oso: ¡Ah, miserable! ¡Cómo me has engañado! ¡Las raíces saben mucho mejor que las hojas! Cuando siembres otra vez, me darás las raíces y tú te quedarás con las hojas.
Campesino: Bien.
Narrador: Y en vez de sembrar nabos sembró trigo. Llegó el tiempo de la recolección y tomó para sí las espigas, las desgranó, las molió y de la harina amasó y coció ricos panes, mientras que al Oso le dio las raíces del trigo.
Viendo el Oso que otra vez el campesino se había burlado de él, rugió:
Oso: ¡Campesino! ¡Estoy muy enfadado contigo! ¡No te atrevas a ir al bosque por leña, porque te mataré en cuanto te vea!
Narrador: Cuando no tuvo más remedio entró sigilosamente en el bosque en busca de leña. La zorra salió a su encuentro.
Zorra: ¿Qué te pasa? ¿Por qué andas tan despacito?
Campesino: Tengo miedo de encontrar al Oso, que se ha enfadado conmigo, amenazándome con matarme si me atrevo a entrar en el bosque.
Zorra: No te apures, yo te salvaré; pero dime lo que me darás a cambio.
Campesino: No seré avaro: si me ayudas, te daré una docena de gallinas.
Zorra: Conforme. No temas al Oso; corta la leña que quieras y entre tanto yo
daré gritos fingiendo que han venido cazadores. Si el Oso te pregunta qué significa ese ruido dile que corren los cazadores por el bosque persiguiendo a los lobos y a los osos.
Narrador: El campesino se puso a cortar leña y pronto llegó el Oso corriendo a todo correr.
Oso: ¡Eh, viejo amigo! ¿Qué significan esos gritos?
Campesino: Son los cazadores que persiguen a los lobos y a los osos.
Oso: ¡Oh, amigo! ¡No me denuncies a ellos! Protégeme y escóndeme debajo de tu carro.
Narrador: Entretanto la Zorra, que gritaba escondiéndose detrás de los zarzales, preguntó:
Zorra: ¡Hola, campesino! ¿Has visto por aquí a algún oso?
Campesino: No he visto nada.
Zorra: ¿Qué es lo que tienes debajo del carro?
Campesino: Es un tronco de árbol.
Zorra: Si fuese un tronco no estaría debajo del carro, sino en él y atado con una cuerda.
Narrador: Entonces el Oso dijo en voz baja al campesino:
Oso: Ponme lo más pronto posible en el carro y átame con una cuerda.
Narrador: El campesino no se lo hizo repetir. Puso al Oso en el carro, lo ató con una cuerda y empezó a darle golpes en la cabeza con el hacha hasta que lo mató.
Pronto acudió la Zorra y dijo al campesino:
Zorra: ¿Dónde está el Oso?
Campesino: Ya está muerto.
Zorra: Está bien. Ahora, amigo mío, tienes que cumplir lo que me prometiste.
Campesino: Con mucho gusto, amiguita; vamos a mi casa y allí te daré las gallinas.
Narrador: El campesino se sentó en el carro y se dirigió a su casa, y la Zorra iba corriendo delante.
Al acercarse a su cabaña, el campesino silbó a sus perros azuzándolos para que cogiesen a la Zorra. Ésta echó a correr hacia el bosque, y una vez allí se escondió en su cueva. Después de tomar aliento empezó a preguntar:
Zorra: ¡Hola, mis ojos! ¿Qué habéis hecho mientras corría?
Ojos: ¡Hemos mirado el camino para que no dieses un tropezón!
Zorra: ¿Y vosotros, mis oídos?
Oídos: ¡Hemos escuchado si los perros se iban acercando!
Zorra: ¿Y vosotros, mis pies?
Pies: ¡Hemos corrido a todo correr para que no te alcanzaran los perros!
Zorra: Y tú, rabo, ¿qué has hecho?
Rabo: Yo me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo, te
cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.
Zorra: ¡Ah, canalla! ¡Pues recibirás lo que mereces!
Narrador: Y sacando el rabo fuera de la cueva, exclamó:
Zorra: ¡Comedlo, perros!
Narrador: Éstos cogieron con sus dientes el rabo, tiraron, sacaron a la Zorra de su cueva y la hicieron pedazos. 
 

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martes, 14 de abril de 2015

Un robot para las vacaciones.


A partir de 8 años.


Un robot para las vacaciones.
(Marie Tenaille y Monique Touvay. Adaptado)

Narrador: Era el momento… era el minuto esperado. Por fin el profesor Nikelec sabría de qué era capaz el pequeño robot que había construido en su taller.
Nikelec: ¡Ya está: conectado! ¡Bien, funciona! Te llamarás Gotou. Te he construido como un ser inteligente. Las conexiones que hay dentro de tu cabeza harán que me obedezcas al sonido de mi voz. Tú sabrás hacer de todo. ¡Serás Gotou el HáceloTodo!
Goto: O.K. de acuerdo. Me gustaría que me llamaras Goto-el Robot.
Nikelec: Entonces serás Goto.
Narrador: El profesor Nikelec, un poco asombrado, creyó que sería necesario algún tipo de ajuste, todavía. Pero lo haría a la mañana siguiente y dejó al muñeco de metal en el estudio y él se fue al jardín a regar sus claveles.
El pequeño robot se dirigió, con paso decidido, hacia la puerta del taller. Giró el picaporte y salió. Avanzó con rapidez por un camino de tierra. No tardó en dejar atrás su casa y acercarse a la autopista. En un par de minutos alcanzó una gasolinera. Un auto de color rojo se estacionó frente al dispensador de combustible. El pequeño robot, muy cerca del auto, sin saber por qué, levantó su brazo derecho.
Alec: Mira, un robot que está haciendo auto-stop.
Cecile: Subámoslo, antes que papá reanude la marcha.
Narrador: De un salto Goto se encaramó en el asiento trasero. Ya se había instalado.
Ludó:¡Oye! me aplastas. Este es mi lugar.
Alec y Cecile: Shiss. ¡El robot es nuestro secreto! Calla Ludó, papá y mamá no pueden darse cuenta.
Narrador: Atrás, en el asiento trasero, retomada la autopista, Ludó, Alec y Cecile cuchicheaban sin parar. Le preguntaban cientos de cosas al robot.
Cecile: ¿Qué sabes hacer?
Goto: Todo. Un poco de todo.
Alec: Eso estará por verse...
Mamá: Chicos, ¿qué cuchicheáis por ahí?
Alec: ¡Mamá! ¿Por qué no jugamos a las preguntas y a las respuestas?
Mamá: Buena idea. ¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?
Goto: Rosado.
Alec: Rosado.
Todos: ¡Ja,ja,ja,ja!
Papá: ¿Cuál es la altura de la Giralda?
Goto: Cuatrocientos un metros.
Cecile: Cuatrocientos un metros.
Papá: ¡Error! La cifra es al revés.
Mamá: ¿Altura del Mulhacén?
Goto: Tiene 8.743 metros.
Niños: 8.743 metros.
Mamá: Hoy no han acertado ninguna. ¿Qué les sucede?
Papá: Estamos llegando, chicos. Ahí está el albergue. Comienzan nuestras vacaciones.
Mamá: Niños, descargad el coche mientras papá y yo vamos a revisar las habitaciones.
Alec: Quédate dentro del coche. Que papá y mamá no te vean.
Cecile: Solo nosotros sabremos que estás aquí. Nosotros bajaremos las maletas.
Goto: O.K. de acuerdo.
Cecile: Es muy divertido.
Ludó: Un poco chiflado a veces.
Alec: A mí me encanta cómo es.
Goto: O.K., de acuerdo.
Narrador: ¡Rayos! De repente, sin que los niños lo pudieran contener, Goto tomó las maletas y volvió a ponerlas dentro del coche. Decididamente todo lo hacía al revés.
Mamá: ¡Oh, qué es esto!
Papá: ¡Un robot doméstico! Mirad niños; un robot. Apuesto a que nunca habían visto uno así.
Goto: Brrrmmm... Aggggg.....
Alec: Lo hemos tomado en la gasolinera, cuando estaba haciendo auto-stop.
Ludó: Es nuestro amigo.
Cecile: Y se llama Goto.
Papá: ¿Y qué sabe hacer?
Alec: Él sabe hacer de todo y comprende todo.
Goto: ¿Quieren que haga algo?
Narrador: Grave error porque Goto todo lo hacía al revés: untaba betún en las tostadas en vez de mantequilla, mojaba con la manguera a todo el mundo en lugar de regar el jardín, confundía la botella de agua mineral con la del fregasuelos... En fin, para evitar nuevos errores tomaron a Goto y se lo llevaron a una de las habitaciones. Allí, en la televisión, aparecía el profesor Nikelec que hacía una petición a la audiencia. Goto lo reconoció.
Nikelec: Mi pequeño robot Goto se ha escapado de casa y lo grave es que aún yo no había verificado todas sus conexiones. Puede cometer errores. Sabe hacer de todo, pero le falta un gramo de razón. Si lo ven o lo encuentran, por favor devuélvanmelo. Se lo suplico.
Papá: Es necesario devolverlo a su inventor.
Mamá: Es lo mejor.
Narrador: Por primera vez en el día los niños estaban de acuerdo. Una hora después estaban en casa del profesor Nikelec. Cuando el robot bajó del coche corrió a los brazos de su padre. Éste lo estrechó con cariño. Los niños observaban emocionados.
Nikelec: ¿Goto, mi pequeño! ¿Dónde te habías metido? ¡Ven a mis brazos!
Goto: ¿Papá Nikelec...!
Nikelec: Voy de inmediato a corregir las conexiones...
Narrador: En el taller destapó con sumo cuidado la cabeza de su muñeco. Desconectó los cables que comandaban las múltiples acciones del pequeño robot, esas que conducían a locuras y errores; solo dejó en su lugar los “chips” del habla y del movimiento, y de paso reconectó el cable amarillo, ese que controlaba las emociones de su invento y generaba un sentimiento parecido al amor, en el pecho rígido de Goto.



 

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viernes, 20 de marzo de 2015

Tío Grillo, el adivino.


Tío Grillo, el adivino.

Érase una vez un hombre que se llamaba «Tío Grillo». Era muy pobre y no tenía oficio ni beneficio. Para ganarse la vida, decidió un día hacerse pasar por adivino y en la puerta de su casa puso un letrero que decía : «Aquí vive Tío Grillo, el adivino».
Pero antes, robó unas cuantas cosas y las escondió en otros sitios. Primero robó una sábana y la escondió en el horno del pueblo. La dueña de la sábana fue a su casa a consultarle y él le dijo dónde estaba, como si lo hubiera adivinado. La mujer recogió su sábana y le pagó con un pan y un chorizo. Otro día, le robó un caballo a un señorito y lo llevó a un prado que estaba muy lejos. El señorito fue a consultarle y, como Tío Grillo se lo acertó, le dio en pago un jamón.
Así se fue haciendo famoso «Tío Grillo, el adivino».
Un día, llamaron a su puerta y eran soldados que venían de parte del rey para que acertara dónde estaba un anillo muy valioso que le habían robado a su majestad.
Tío Grillo salió con los soldados pero por el camino iba pensando: «Esto va a ser mi perdición. A ver qué hago yo cuando llegue a palacio».
Cuando llegaron a palacio le dice el rey:
Tío Grillo, te he mandado llamar para que me digas dónde está el anillo de mi familia que me han robado. Pero, si no me lo adivinas, morirás.
Majestad, lo que usted me pide es muy difícil. Voy a necesitar tres días para pensarlo.
Está bien. Mando que te encierren en una habitación. Pero, podrás comer y beber todo lo que quieras. Cada día, un criado te llevará lo que pidas.
Cuando se cumplió el primer día, un criado fue a llevarle lo que había pedido, y dice el Tío Grillo:
¡Ay, señor San Bruno, que de los tres ya he visto uno!
El criado se fue corriendo a la cocina a buscar a sus dos compañeros, pues entre los tres habían robado el anillo, y les dice:
¡El Tío Grillo me ha reconocido!
Los otros dos no se lo creyeron, y dice el segundo:
Mañana, voy yo a llevarle la comida.
Al otro día, entró el criado en la habitación y el Tío Grillo dice:
¡Ay, señor San Marcos, que de los tres ya he visto dos!
El criado se fue corriendo a la cocina y se lo contó a los otros. El tercero tampoco se lo creía y fue a llevarle la comida a la mañana siguiente. En cuanto lo vio aparecer, dice el Tío Grillo, con un suspiro muy fuerte:
¡Ay, señor San Andrés, que ya he visto los tres!
Entonces el criado le dice:
Por favor, ¡cállese usted! Si no nos descubre, le decimos dónde está el anillo y además le damos mucho dinero.
El Tío Grillo en seguida comprendió lo que pasaba. Le pareció bien y los ladrones le dieron tres mil reales y le dijeron que el anillo del rey lo habían escondido en el buche del pavo real.
Ya llegó el rey y le preguntó al Tío Grillo dónde estaba el anillo. Entonces él se lo dijo y era verdad.
El rey se puso tan contento, que le entregó muchos regalos al Tío Grillo y se ofreció él mismo a acompañarlo hasta su casa. Se montaron en una carroza y, cuando ya iban de viaje, se coló un grillo por la ventana. Tío Grillo no se dio cuenta, pero el rey sí y lo cogió y se lo escondió en una mano. Entonces le dice al Tío Grillo:
Veamos si eres tan buen adivino. Si lo aciertas, te casas con mi hija. Y si no, morirás. ¿Qué es lo que tengo en la mano?
El Tío Grillo no supo qué contestar, porque no había visto nada. Entonces dice:
¡Ay, Grillo, Grillo, en qué apuros te ves!
¡Caramba! ¡Pues lo has acertado! ¡Ahora te tienes que casar con mi hija!
Y se casó el Tío Grillo con la hija del rey, y vivieron felices y a mí me dejaron con tres palmos de narices.


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domingo, 8 de marzo de 2015

La princesa está triste.

La princesa está triste.
(Carlo Frabetti. Adaptado)

Cortesano: !La princesa está triste!
Cortesana: ¿Qué tendrá la princesa?
Todos: ¡Oh, pobre princesa!

Narrador 1º: La cosa era para estar preocupados.
Narradora: Y sorprendidos.
Narrador 1º: Porque la princesa era joven, hermosa, inteligente...
Narradora: Tenía todo lo que una chica de su edad podía desear
Narrador 2º: Y más. Mucho más.
Narradora: De modo que a la pregunta...:
Todos: ¿Qué tendrá la princesa?
Narradora: Se podría contestar diciendo que la princesa lo tenía prácticamente todo.

Narrador 2º: Tenía más cosas de las que tú podrías pedir en un día.
Narrador 1º: Imagínate que te pasas un día entero pidiendo cosas a la mayor velocidad posible. Algo así como:
Narradora: Quiero una bicicleta unos patines una pelota un caballo un canguro un elefante un barco un globo un submarino un cofre lleno de monedas de oro una bossa de canicas una casita de chocolate un circo de pulgas una piscina una cama elástica un trapecio un columpio una cometa un teatro de marionetas...
Narrador 1º: Sin comas ni nada, para poder pedir más cosas por minuto.
Narrador 2º: Pues bien, si te pasaras un día entero pidiendo cosas sin parar y te las dieran todas, no tendrías tantas cosas como nuestra princesa.

Narradora: Algunas de las cosas de la lista anterior no las tenía, claro, pues era una princesa de las antiguas, de la época de los castillos y los caballeros andantes.
Narrador 2º: No tenía bicicleta, pues aún no se había inventado, y, por la misma razón, no tenía un globo ni un submarino.
Narrador 1º: No tenía un canguro, porque aún no se había descubierto Australia, que es donde viven los canguros.
Narradora: Tampoco tenía una casita de chocolate, pues aún no se había descubierto América, que es de donde procede el cacao.
Narrador 2º: Pero como la princesa nunca había oído hablar de las bicicletas ni de los globos ni de los submarinos, ni de los canguros ni del chocolate, no podía desear ni echar de menos ninguna de esas cosas.
Narrador 1º: Y tampoco podía echar de menos las otras cosas, las que sí se conocían en su época, porque las tenía todas.

Narradora: Cuando los pajes y las doncellas se preguntaban:
Todos: ¿Qué tendrá la princesa?
Narradora: La pregunta era, en realidad:
Todos: ¿Qué no tendrá?
Narradora: Es decir:
Todos: ¿Qué le faltará?
Narradora: Y la respuesta, como acabamos de ver, era...
Todos: Nada.
Narrador 2º: No le faltaba nada, puesto que lo tenía todo.
Narrador 1º: Pero entonces, ¿por qué estaba triste?

Narradora: Puede que estés pensando que a lo mejor estaba triste porque, a pesar de tenerlo todo, o casi todo, no le hacían caso o no la atendían debidamente.
Narrador 2º: Pero no era así. En absoluto. La princesa tenía una legión de doncellas. Una se ocupaba de su cabello.
Narrador 1º: Otras dos, de sus ojos (una del ojo derecho y otra del izquierdo).
Narrador 2º: Dos más, de sus orejas (una de la oreja derecha y otra de la izquierda).
Narrador 1º: Otra, de su nariz.; otra de su boca de fresa; otra de su cuello...
Narrador 2º: Otras dos, de sus manos (una de la mano derecha y otra de la izquierda), y así sucesivamente.

Narradora: La princesa dormía sobre siete colchones de plumas, uno encima del otro. Se bañaba cada mañana en agua de rosas. Tenía un guardarropa con vestidos de todos los colores, incluidos uno del color de la luna y otro del color del sol.
Narrador 2º: Comía todos los días a la carta; mejor dicho, a la baraja, pues podía elegir entre cuarenta cartas diferentes, en cada una de las cuales había más de cien platos...


Narrador 1º: Pero estaba triste.
Narradora: Nunca reía.
Narrador 2º: Ni siquiera sonreía.

Todos: La princesa está triste.
Narrador 1º: Comentaba la gente en las calles y las plazas del reino, en las posadas y los mercados.
Todos: ¿Qué tendrá la princesa?
Narradora: Se preguntaban todos. Y nadie sabía la respuesta.


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domingo, 15 de febrero de 2015

Pulgarcita

Eric Kincaid

Pulgarcita.
(Hans Christian Andersen.Adaptado)
Narrador: Érase una mujer que anhelaba tener un niño. Un día decidió acudir a una vieja bruja y ésta le dijo:
Bruja: Ahí tienes un grano de cebada. Plántalo en una maceta y verás maravillas.
Narrador: Sembró el grano y brotó una flor grande y espléndida, parecida a un tulipán, que tenía los pétalos cerrados. La mujer besó aquellos pétalos rojos y amarillos y se abrió la flor con un chasquido, pero en el centro del cáliz se veía una niña pequeñísima, no más larga que un dedo pulgar; por eso la llamaron Pulgarcita. Le dio por cuna una preciosa cáscara de nuez y de día jugaba navegando sobre una hoja de tulipán que flotaba a modo de barquilla.
Una noche, se presentó un sapo, que saltó por un cristal roto de la ventana.
Sapo: ¡Sería una bonita mujer para mi hijo!
Narrador: El sapo se llevó dormida a Pulgarcita en su cáscara de nuez y la depositó en un pétalo de nenúfar en medio del arroyo para que no escapara, mientras él y su hijo le preparaban su habitación debajo del cenagal. Cuando se hizo de día despertó la pequeña, y al ver donde se encontraba prorrumpió a llorar amargamente. Los pececillos que nadaban se reunieron todos en el agua, alrededor del verde tallo que sostenía la hoja, lo cortaron con los dientes y la hoja salió flotando río abajo, llevándose a Pulgarcita fuera del alcance del sapo.
Una bonita mariposa vino a pararse sobre la hoja. Pulgarcita se desató el cinturón, ató un extremo en torno a la mariposa y el otro a la hoja; y así la barquilla avanzaba mucho más rápida.
Más he aquí que pasó volando un gran abejorro y rodeó con sus garras su cuerpecito y fue a depositarlo en un árbol. Otro abejorro al verla dijo:
Abejorro: ¡Sólo tiene dos piernas! ¡No tiene antenas! ¡Uf, que fea! Deja que se vaya.
Narrador: La bajó al pie del árbol, y la depositó sobre una margarita. Todo el verano se pasó la pobre Pulgarcita completamente sola en el inmenso bosque. Para comer recogía néctar de las flores y bebía del rocío que todas las mañanas se depositaba en las hojas. Pero luego vino el invierno, el frío y largo invierno. Los pájaros se marcharon y los árboles y las flores se secaron. Pulgarcita pasaba un frío horrible, pues tenía todos los vestidos rotos. Se envolvió en una hoja seca, pero no conseguía entrar en calor; tiritaba de frío.
Llegó frente a la puerta del ratón de campo, llamó a la puerta como una pordiosera y pidió un trocito de grano de cebada.
Ratón: ¡Pobre pequeña! Puedes pasar el invierno aquí, si quieres. Cuidarás mi casa, y me contarás cuentos, que me gustan mucho.
Narrador: Un día le dijo el ratón:
Ratón: Hoy tendremos visita. Mi vecino suele venir todas las semanas a verme. Es aún más rico que yo; tiene grandes salones y lleva una hermosa casaca de terciopelo negro. Si lo quisieras por marido nada te faltaría. Sólo que es ciego; habrás de explicarle las historias más bonitas que sepas.
Narrador: El topo vino, en efecto, de visita y se enamoró de la niña por su hermosa voz. Fueron a ver su casa y en un corredor se encontraron una golondrina muerta. El topo, con su corta pata, dio un empujón y dijo:
Topo: Ésta ya no volverá a chillar. ¡Qué pena, nacer pájaro! A Dios gracias, ninguno de mis hijos lo será. ¡Vaya hambre la que pasan en invierno!
Narrador: Aquella noche Pulgarcita no pudo pegar un ojo; saltó de la cama, fue en busca de la golondrina y la cubrió con hojas y algodón. Aplicó entonces la cabeza contra el pecho del pájaro y tuvo un estremecimiento; le pareció como si algo latiera en él. Y, en efecto, era el corazón, pues la golondrina no estaba muerta. El calor la volvía a la vida. Regresó al día siguiente y ya tenía abierto los ojos. Durante todo el invierno la cuidó hasta que recuperó sus fuerzas.
Golondrina: ¡Gracias, mi linda pequeñuela! Ya he entrado en calor; pronto habré recobrado las fuerzas y podré salir de nuevo a volar bajo los rayos del sol.
Narrador: Entonces la golondrina le contó que se había lastimado un ala en una mata espinosa, y por eso no pudo seguir volando con la ligereza de sus compañeras, las cuales habían emigrado a las tierras cálidas. Cayó al suelo, y ya no recordaba nada más, ni sabía cómo había ido a parar allí.
Cuando llegó la primavera, el sol comenzó a calentar la tierra y Pulgarcita hizo un agujero en el techo del túnel para que la golondrina pudiera salir. Sabía lo que le esperaba: la boda con el topo, a quien no quería; la soledad y la oscuridad de aquellas galerías. Entonces la golondrina revoloteando en el aire le dijo:
Golondrina: ¡Vamos! Ponte sobre mi espalda y te llevaré volando conmigo.
Narrador: Y así fue cómo la golondrina llevó a Pulgarcita al lugar donde ellas hacen sus nidos; el mismo lugar, donde las personas diminutas como ella, viven en el interior de hermosas flores blancas.

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miércoles, 4 de febrero de 2015

Los tres cerditos.


LOS TRES CERDITOS

En el corazón del bosque vivían tres cerditos que eran hermanos. El lobo siempre andaba persiguiéndoles para comérselos. Para escapar del lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa. El pequeño la hizo de paja, para acabar antes y poder irse a jugar.
El mediano construyó una casita de madera. Al ver que su hermano pequeño había terminado ya, se dio prisa para irse a jugar con él.
El mayor trabajaba en su casa de ladrillo.
-Ya veréis lo que hace el lobo con vuestras casas -riñó a sus hermanos mientras éstos se lo pasaban en grande.
El lobo salió detrás del cerdito pequeño y él corrió hasta su casita de paja, pero el lobo sopló y sopló y la casita de paja derrumbó.
El lobo persiguió también al cerdito por el bosque, que corrió a refugiarse en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló y sopló y la casita de madera derribó. Los dos cerditos salieron pitando de allí.
Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano mayor.
Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas. El lobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El lobo comilón descendió por el interior de la chimenea, pero cayó sobre el agua hirviendo y se escaldó.
Escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.

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