lunes, 2 de diciembre de 2013

El triste sueño del mono.

El triste sueño del mono.
(Gustavo Roldán. Adaptado. Los sueños del yacaré. Alfaguara).

Narrador: Un día los animales del monte vieron al mono caminar triste. Con la cabeza baja, despacito, moviéndose entre las ramas como sin ganas de nada. Y los animales del monte se preocuparon, porque no hay nada más triste que un mono triste.
Caimán:Don Sapo, ¿qué le ocurre al mono? Pasó cerca de mí y ni me saludó.
Sapo: Yo sé lo que le pasa. Todo empezó el día aquel que usted contó un sueño y después los demás siguieron contando sueños cada vez más locos : que si el mundo era redondo, que si la Tierra giraba al rededor del Sol, que si antes existieron los dinosaurios... En fin, un montón de locuras.
Caimán: ¿Y eso qué tiene que ver con la tristeza del mono?
Sapo: Tiene que ver porque entonces el mono se acordó de un sueño que tuvo. Un sueño terrible que lo dejó triste y amargado.
Caimán: Ya recuerdo:el mono soñó que era pariente de los hombre ¡pero eso era solo un sueño loco!
Sapo: Sí, pero, como en todas las locuras, algo habrá de cierto.
Caimán: No sé en qué se puede parecer un hermoso mono a los hombres.
Sapo: Amigo caimán, usted sabe que yo fui a Buenos Aires. Allí pude conocer a los hombres. Y los conocí muy bien.
Caimán: Sí, sí, lo sé.
Sapo: Pues había algunos hombres que tenían una cara parecida a la del mono. Bueno..., con un poquito de parecido. Pero, eso sí, los hombres son bichos sin cola, sin esa elegante y utilísima cola que tienen los monos.
Caimán: Yo admiro al mono por eso. ¡Me da una envidia cuando lo veo columpiarse en una rama colgado de la cola! ¡A quién no le gustaría tener una cola así!
Sapo: ¡Y esa habilidad para saltar de un árbol a otro!
Caimán: Y esos pelos tan suaves y de tan lindo color. Por lo que usted nos contó, los hombres son totalmente pelados.
Sapo: Sí, sólo tienen un poco de pelo en la cabeza. Dan lástima. Y tienen los brazos cortos, no son como los largos brazos de un mono.
Caimán: Y tienen las orejas pequeñas, no como las hermosas y grandes orejas de un mono. Seguramente, los hombres ni escuchan bien ni entienden las cosas.
Sapo: ¿Y no podríamos ir a contarle todo esto al mono?
Caimán: Amigo sapo, es una idea excelente. Vayamos a ver al mono sin perder un minuto.
Narrador: El piojo, la pulga, el jabalí, el tatú y mil animales más que se habían acercado para escuchar la conversación del sapo y el caimán dijeron:
Todos: Yo también voy.
Narrador: Y ahí fueron. Porque sabían que así, todos juntos, convencerían al monito de que jamás podría ser cierto ese sueño loco de que los hombres son parientes de los monos.

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viernes, 1 de noviembre de 2013

El gallo Kirico.


El gallo Kirico.

Narrador: Esto era una vez un gallinero muy postinero donde se iban a celebrar unas bodas de alto plumero: Las bodas del tío Perico, que había invitado a su sobrino el gallo Kirico. Y el gallo Kirico como vivía muy lejos se levantó más temprano que nunca para ir a las bodas de su tío Perico. Muy aseado y muy bien vestido, allá va tan pimpante el gallo Kirico. De pronto, ¿sabéis con qué se topó? Pues con una boñiga, llenita, llenita de granos de trigo.¡Uhm, con el hambre que llevaba el gallo Kirico...!
Kirico: ¿Pico o no pico? Si pico, me ensucio el pico, y no podré ir a las bodas del tío Perico. Pero si no pico, me muero de hambre y para otro los granos de trigo.
Narrador: Total que no pudo resistir la tentación y picó. ¡Vaya si picó! Y todo el pico se manchó.
Kirico: ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo voy a presentarme así en las bodas del tío Perico?
Narrador: Camina que camina, muy preocupado, el gallo Kirico llegó hasta un prado. Allí vio una malva; y el gallo le dijo:
Kirico: Malva, malvita, límpiame el pico, que voy a las bodas del tío Perico.
Malva: No quiero. No haberte ensuciado.
Narrador: Y el gallo Kirico siguió su camino. Anda que anda, muy enojado, se encontró una oveja en otro prado.
Kirico: Ovejita, bonita, cómete la malva, que no quiso limpiarme el pico para ir a las bodas del tío Perico.
Oveja: No quiero. No haberte ensuciado.
Narrador: Y el gallo Kirico no tuvo más remedio que seguir su camino. Anduvo y anduvo, muy enfadado, hasta encontrarse con el lobo que estaba muy flaco.
Kirico: Lobo, lobito, cómete a la oveja, que no quiso comerse la malva, que no quiso limpiarme el pico para ir a las bodas del tío Perico.
Lobo: No quiero. No haberte ensuciado.
Narrador: ¿Qué diréis que hizo el gallo Kirico? Seguir su camino muy malhumorado, y se encontró con un palo.
Kirico: Palo, palito, pégale al lobo, que no quiso comerse la oveja, que no quiso comerse la malva, que no quiso limpiarme el pico para ir a las bodas del tío Perico.
Palo: No quiero. No haberte ensuciado.
Narrador: ¡Qué palo más malo! El gallo Kirico, muy enfurruñado, sigue su camino. Y apenas había empezado a andar se encontró… ¡al fuego!
Kirico: Fuego, fueguito, quema al palo, que no quiso pegarle al lobo, que no quiso comerse la oveja, que no quiso comerse la malva, que no quiso limpiarme el pico para ir a las bodas del tío Perico.
Fuego: No quiero. No haberte ensuciado.
Narrador: Entonces se encontró un río.
Kirico: Río, apaga el fuego, que no quiso quemar al palo, que no quiso pegarle al lobo, que no quiso comerse la oveja, que no quiso comerse la malva, que no quiso limpiarme el pico para ir a las bodas del tío Perico.
Río: No quiero.
Narrador: Y siguió su corriente. ¡Qué mala gente! El gallo Kirico ya casi volaba aunque iba muy triste. ¿Y sabéis qué se encontró? ¡Un burro!
Kirico: Burro, burrito, bébete el agua del río, que no quiso apagar el fuego, que no quiso quemar al palo, que no quiso pegarle al lobo, que no quiso comerse la oveja, que no quiso comerse la malva, que no quiso limpiarme el pico para ir a las bodas del tío Perico.
Niña: ¿Y qué hizo el burrito?
Narrador: Pues como con el burrito se puso pesado y este una coz le ha pegado.
Niña: ¿Y qué más?
Narrador: Que al río se ha caído y se ha puesto empapado.
Niña: ¿Y qué más?
Narrador: Que en las bodas no entran gallos tan mojados, y el gallo Kirico, con su pico limpio, fuera se ha quedado.
Niña: Y colorín colorado, ¡este cuento se ha acabado!
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miércoles, 2 de octubre de 2013

Los duendes zapateros

Los duendes zapateros.
(Hermanos Grimm)

Narrador: Érase una vez un zapatero que, por un sinfín de desgracias, se volvió muy pobre. Apenas le quedaba cuero suficiente para fabricar un solo par de zapatos. Cortó, pues, el cuero que tenía, pero, como ya era muy tarde, se fue acostar.
Al día siguiente, muy temprano, se disponía a terminar lo zapatos, cuando vio que estaban sobre la mesa completamente acabados. Sorprendido, se puso a revisar las costuras ¡Ni un solo punto mal hecho! Era un trabajo, realmente magnífico.
Acertó a pasar un cliente por el taller, que encontró los zapatos espléndidos y los compró, pagándolos por encima de su precio. Con este dinero, el zapatero fue a comprar más cuero para fabricar dos pares de zapatos.
Por la noche, lo cort ó y, a la mañana siguiente, al despertar, encontró, sobre la mesa, los zapatos terminados. Los vendió sin dificultad, dada su confección perfecta. Con el dinero de la venta, compró cuero para cuatro pares de zapatos, que también encontró terminados, sobre la mesa, cuando despertó. Los días siguientes se repitió la misma escena: el calzado que cortaba por la noche, estaba listo al día siguiente, al levantarse. La pobreza fue desapareciendo de su casa...
Una noche, próxima a Navidad, una vez cortado el cuero dijo a su mujer:
Zapatero: Hay alguien que, durante la noche, viene a ayudarnos. Me gustaría permanecer despierto para averiguar quién es el visitante.
Mujer: Bien pensado.
Narrador: Dejaron una luz encendida y se ocultaron en el armario. Cuando en el reloj dieron las doce, dos enanitos, completamentes desnudos, entraron en el taller, se instalaron en la mesa de trabajo y, con sus manecitas, se pusieron a batir el cuero y a coserlo. Trabajaban tan deprisa y tan bien que, el zapatero y su mujer desde su escondite, no podían dar crédito a sus ojos. Cuando los zapatos estuvieron terminados, desaparecieron sin dejar rastro.
Al día siguiente, la mujer dijo al marido:
Mujer: Gracias a ese par de enanitos, nos hemos hecho ricos. Bueno sería que se lo agradeciésemos como se merecen. Seguramente, pasan mucho frío yendo de acá para allá, completamente desnudos. ¿Sabes lo que vamos a hacer? Voy a confeccionarles a cada uno una camisa, una chaqueta, un pantalón y a tricotarles unos calcetines; tú les fabricarás los zapatos.
Zapatero: Me parece muy bien. Eso haremos.
Narrador: Por la noche, en lugar de los pedazos de cuero, colocaron sobre el banco, vestidos y zapatos. A continuación, se ocultaron para ver qué harían los enanitos cuando lo vieran.
Llegaron a eso de la medianoche, para empezar a trabajar. ¡Qué sorpresa tan grande cuando vieron los bonitos vestidos en vez del cuero!
Tan felices estaban que se vistieron con rapidez y empezaron a bailar y a saltar por encima de las sillas y de los bancos. Y de brinco en brinco, llegaron hasta la puerta y se fueron. A partir de aquel día nunca más se los volvió a ver. El zapatero continuó haciendo solo su trabajo y vivió feliz hasta el fin de sus días.

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martes, 2 de julio de 2013

La paloma Luciana.

Roberto Ruíz.

La paloma Luciana.
                            (Raquel Lozano Calleja)


La Paloma Luciana
está triste. Se ha negado a volar.
Sólo salta de rama en rama,
se escolinga por las hojas de la retama.

Quiere comprarse una escoba
y no para parecerse a la ratita esa Maruja,
que se acicala y embelesa a ver quien la besa,
sino porque quiere ser realmente una bruja.

No sabe de magia, ni de hechizos,
pero sí de sueños bajo los voladizos.
Quiere salir de aquel nido y ver mundo,
algo que no entiende su marido, el Raimundo.
Al que la idea lo tiene iracundo.

¿Quién, si ella se va, cuidará de los polluelos?
¿Quién, si ella no está, preparará tan ricos buñuelos,?
¿Quién, le cuidará cuando ya sea abuelo?

La Paloma Luciana
hace tiempo que no canta
ya no encuentra calor bajo su manta.
Tan sólo con Raimundo quería estar junto a la lumbre
pero no siente ya que le deslumbre.

Raimundo está preocupado.
Es avispado a pesar de no haber ido a la escuela
y sabe que aunque ella no vuela,
sus alas se elevan por otras callejuelas.

El palomo trató de escuchar al tiempo,
se dejó azotar por el viento,
preso de un impulsivo arrebato,
entró decidido en la alcoba,
cogió a su amada en su regazo
y la llevó a comprar una escoba.

La Paloma Luciana,
se sintió de nuevo amada, halaga, entusiasmada,
la Paloma Luciana,
no necesita ya una escoba, ya no está sola.
La Paloma Luciana,
bate sus alas de nuevo, ya tiene compañero de vuelo.


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jueves, 30 de mayo de 2013

Hércules 1ª parte.

Julia Rodríguez Morales.



Hércules 1ª Parte: El nacimiento.
(Adaptado de Christian Grenier. Los doce trabajos de Hércules. Editorial Anaya)

Narradora: Anfitrión, rey de Tebas, había tenido que abandonar la ciudad al frente de sus tropas para repeler la agresión de sus enemigos vecinos.
En su ausencia, una pequeña guarnición quedaría de guardia para proteger la ciudad.
Aquella noche, Filos, alarmado, despertó a la guardia que se había quedado dormida a las puertas de la ciudad.

Filos: ¡Vamos, despertaos! ¿Oís ese ruido de galope a lo lejos? ¡Son los telebeos! ¡Vienen a tomar la ciudad por sorpresa!

Narradora: El pánico corrió por sus venas. Inmediatamente antes de partir, Anfitrión le había hecho el siguiente encargo:

Anfitrión: Dejo a Alcmena bajo tu protección. ¡Cuida de que durante mi ausencia no le suceda nada malo!

Narradora: Hacía poco tiempo que Anfitrión se había casado con la bella Alcmena, hija del rey de Micenas.

Filos: No. Aguardad... Eso no es un ejército en marcha: ¡No oigo más que el galopar de un caballo!

Narradora: De repente, un caballo surgió de la oscuridad montado por un jinete con resplandeciente armadura. Filos dio un paso al frente:

Filos: ¡Alto! ¿Quién eres, forastero? ¡Habríamos podido darte muerte! ¿Acaso ignoras que estamos en guerra?
Júpiter: Lo sé mejor que nadie. ¿Así recibís al amo de estos lugares?
Filos: ¿Sois vos, señor? ¿Cómo venís solo, a estas horas y sin escolta?
Júpiter: Sois unos soldados muy valientes. Filos, condúceme hasta donde está mi esposa.
Filos: Majestad, perdonad mi osadía, ¿debemos temer la victoria de nuestros enemigos?
Júpiter: No te preocupes, Filos. Mi visita no tiene nada que ver con la guerra. Echo en falta a la hermosa Alcmena. He querido darle una sorpresa.

Narradora: Ya en el dormitorio, Alcmena, al reconocer a su esposo, no pudo contener su angustia:

Alcmena: ¡Anfitrión! ¿Qué haces aquí? ¿Qué catástrofe me vienes a anunciar?
Júpiter: ¡Ninguna, amada mía! Tenía tantas ganas de verte... Alcmena, tu belleza es tan grande que hasta los propios dioses se condenarían por ti...
Alcmena: ¡Ven!
Júpiter: Pero bueno, Filos, ¿todavía sigues ahí? ¿No te parece que ha llegado el momento en que nos dejes a solas?

Narradora: Cuando Filos regresó a las puertas de la ciudad, del cielo empezó a caer una extraña lluvia: gotitas de oro que cubrieron los cerros de los alrededores y la ciudad de Tebas.

Filos: ¡Mirad! Esta no es una noche cualquiera.

Narradora: El forastero volvió a aparecer en las puertas de la ciudad y, sin decir palabra, partió al galope al tiempo que la lluvia dejó de caer.
Al poco tiempo, Anfitrión regresó victorioso con su ejército a Tebas. Al reunirse con Alcmena le dijo:

Anfitrión: ¡Amada mía, estos meses sin verte me han parecido eternos! Hace tiempo que aguardaba este momento...
Alcmena: Pero si conseguiste escaparte y venir a verme a escondidas. ¿Sabes que de esa noche espero un hijo?
Anfitrión: ¿De qué me hablas? ¡Yo no me he separado de mis tropas! ¿Quién es ese hombre que confundiste conmigo?
Alcmena: ¿Cómo puedes pensar que te confundiera con otro?
Anfitrión: Alcmena, ¿qué mentira inventas para esconder tu infidelidad?

Narradora: Anfitrión hizo llamar a Filos quien confirmó las palabras de su esposa. El rey, en un rapto de ira, desenvainó la espada. En aquel mismo instante, un intenso resplandor iluminó la estancia y el dios Júpiter apareció envuelto en una aureola de luz vestido con la misma armadura que llevaba aquella noche.

Júpiter: Aplaca tu cólera, Anfitrión. Alcmena no te ha traicionado. Fui yo el que adopté tus rasgos para poderla visitar. Sí, lleva en su seno a un hijo que llegará a ser un héroe. ¡Su fuerza y sus hazañas serán legendarias! ¡Y al niño le pondréis por nombre Hércules!

Narradora: Luego desapareció en medio de un relámpago seguido de un gran trueno.
En el Olimpo, la morada de los dioses, Juno, esposa de Júpiter, que había escuchado punto por punto las palabras de su infiel marido, le esperaba con toda su cólera:

Juno: ¡De modo que me has vuelto a engañar con otra! ¡Tienes la despreciable costumbre de mezclarte con las humanas para hacerles hijos!
Júpiter: ¡Te juro que será la última vez! Hércules será invencible. Gobernará Micenas, reino de su madre, y Tirinto, reino de su padre.
Juno: ¡No corras tanto, Júpiter! A ese niño yo ya lo odio. Otro niño podría llegar a ser rey de esas ciudades.
Júpiter: ¿Otro niño? ¿Cuál?
Juno: El que tendrán Esténelo y Nícipe, su esposa. ¿Acaso olvidas que Esténelo es también descendiente de Perseo?

Narradora: Júpiter sabía que aquel niño aún no había nacido. Así que recurrió a su astucia:

Júpiter: Tienes razón, Juno. Los dos primos no podrán reinar a la vez. Te propongo que el que nazca primero tenga absoluta prioridad sobre el otro.
Juno: De acuerdo. ¿Me das tu palabra, Júpiter?
Júpiter: ¡Te la doy!

Narradora: Pero Juno consiguió que Nícipe quedara embarazada y que el niño naciera antes de tiempo; una criatura débil y menuda, que llevaría el nombre de Euristeo, futuro rey de Micenas y de Tirinto. Los planes de Júpiter se vinieron abajo y Hércules no tendría más remedio que acatar sus órdenes.
Poco después, Alcmena dio a luz dos niños. Uno de ellos, de un tamaño fuera de lo común y de una belleza excepcional, Hércules, llamaba la atención por su fuerza y robustez.
Pero Juno quería eliminar a ese posible rival de su protegido Euristeo y una noche dejó a los pies del pequeño Hércules dos enormes serpientes dispuestas a estrangularlo enroscadas a su cuerpo. El pequeño con sus gordezuelas manos de repente las agarró por el cuello y dio fin a sus vidas y al mortal encargo que portaban.
Júpiter no tardó en enterarse de aquel cobarde intento de asesinato. Fue en busca de su aliado Mercurio, el dios de las sandalias aladas, para que aquella misma noche llevara volando al pequeño Hércules al Olimpo. Ya allí lo acercó sigilosamente a los pechos de Juno que estaba profundamente dormida.

Júpiter: ¡Bebe! ¡Bebe, hijo mío, la leche de los dioses! ¡Cada gota de esa leche te aproxima a la inmortalidad!

Narradora: Juno seguía dormida y Hércules seguía mamando hasta que por fin sació su hambre. Júpiter lo separó de sus pechos y se lo entregó a Mercurio:

Júpiter: ¡Vamos, de prisa, llévaselo a sus padres! ¡Y vuelve en seguida! Juno no debe sospechar nada.

Narradora: Mientras Mercurio regresaba a la ciudad de Tebas, la oscura bóveda celeste se cubrió con la leche que del pecho de Juno seguía manando. Y así fue como aquella noche en que Hércules mamó a los pechos de Juno nació la Vía Láctea.


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Hércules 2ª parte.

Julia Rodriguez Morales.

Hércules 2ª Parte: Infancia y juventud.
(Adaptado de Christian Grenier. Los doce trabajos de Hércules. Editorial Anaya)

Narrador: Al poco tiempo, un fuerte relámpago despertó a Anfitrión en medio de la noche. Era Júpiter que se presentaba ante el rey de Tebas:

Júpiter: ¡A Hércules le aguarda un destino glorioso! Encárgate de su formación y edúcalo como si fuera tu propio hijo. Pero desconfía de las estratagemas de mi esposa Juno, que ha jurado acabar con mi hijo.
Anfitrión: Así haré, poderoso Júpiter.

Narrador: Hércules desde pequeño demostró poseer una especial habilidad en el manejo de las armas así como una descomunal fuerzas, pero rehuía el conocimiento de la gramática y el cálculo que le resultaban muy aburridas.
Cierto día discutía con su maestro Lino:

Lino: Para que te consueles, Hércules, te dejo elegir el libro sobre el que trabajaremos hoy.
Hércules niño: Son todos muy aburridos: tragedias, odas, poemas... Espera, este me gusta.
Lino: ¡Te burlas de mí! Es un libro de cocina.
Hércules niño: ¡Pero tú me dijiste que hoy podría elegir!
Lino: ¡En eso se reconoce tu glotonería! ¡No piensas más que en comer y pelearte! ¡Estoy perdiendo el tiempo contigo! ¡Así que me marcho!

Narrador: Hércules de un manotazo obligó a su maestro a sentarse.

Hércules niño: ¡Vamos a trabajar sobre el texto que yo he elegido, como tú dijiste!

Narrador: Lino, irritado, le dio una bofetada. ¡Jamás hasta entonces nadie se había atrevido a ponerle una mano encima! Hércules le arrojó el taburete sobre el que estaba sentado a la cabeza y el maestro cayó al suelo.

Hércules niño: ¡Lino, por favor, perdóname! ¡Lino, contéstame, te lo ruego!

Narrador: Pero, Lino, no podría ya contestarle jamás pues estaba muerto. Anfitrión dudaba sobre si revelarle el secreto sobre su origen divino, causa de de la desmesurada fuerza que tenía. Pensó que todavía no había llegado la hora, pero se reunió con él y le dijo:

Anfitrión: No eres más que un niño, Hércules, pero tienes que expiar tu culpa. Saldrás de este palacio y te irás al monte Citerón a vivir con los pastores. ¡Ojalá, que en medio de la naturaleza, puedas ejercer esa fuerza que te domina y hacer algo útil por aquellos con quienes compartirás su existencia! No volverás a palacio hasta que cumplas dieciocho años.

Narrador: Juno, que observaba a los hombres desde el monta Olimpo, no pudo reprimir su alegría:

Juno: ¡Este joven héroe es tan impulsivo que el mismo corre a su perdición! Ni siquiera va a ser necesario que intervenga.

Narrador: Transcurrió el tiempo y su cuerpo se fue robusteciendo todavía más y su hermosura llegó a ser impresionante. Pero, temeroso de su propia fuerza, medía todos sus actos para no provocar ningún hecho irreparable.
Una mañana, uno de los pastores con los que vivía fue a quejarse en el campamento:

Pastor: ¡El león que arrasa este monte me ha comido seis corderos! ¡Quién podrá liberarnos de ese monstruo! ¡Ninguno de los cazadores del rey Anfitrión se atreve a enfrentarse a él!

Narrador: Aquella misma noche armado con jabalina y espada, Hércules, se lanzó en su persecución. Un mes duró aquel acoso hasta que una mañana el animal se detuvo exhausto. De un golpe, Hércules lo traspasó con su lanza y luego lo descuartizó:

Hércules: Mañana me presentaré ante las puertas de Tebas con su piel. Ya he cumplido dieciocho años y puede que mi padre me perdone.

Narrador: Al día siguiente, cerca de la ciudad, se encontró con un grupo de gente que también se encaminaban a ella. Se ciñó la piel de león sobre sus hombros y se dirigió a ellos:

Hércules: ¿Qué motivo os lleva a Tebas? ¿Acaso vais a rendir homenaje a mi padre, el rey Anfitrión?
Emisario: ¿Homenaje? ¡Él es el que tiene que darnos cuentas!
Hércules: ¡Qué cuentas! ¡Explicaos!
Emisario: Somos embajadores de Ergino, rey de la ciudad de Orcómeno, venimos, como todos los años, a reclamar al rey Anfitrión el tributo de cien bueyes por el delito que antaño cometió la ciudad.
Hércules: ¿De cuál delito habláis?
Emisario: Pues, la verdad es que ya no nos acordamos pero se sigue manteniendo la tradición del tributo.
Hércules: ¡No debió ser muy grave esa falta cuando ya la habéis olvidado! Así que dad media vuelta y no se os ocurra volver a aparecer por Tebas!

Narrador: Los emisarios de Ergino blandieron sus espadas y Hércules, midiendo los golpes con toda precisión, fue cercenándoles las orejas o la nariz a cada uno de ellos. Luego les ató las manos a la espalda y les colgó sus apéndices al cuello.

Hércules: Ya podéis regresar junto a vuestro amo. ¡Y no olvidéis decirle que esos collares son el tributo que les envía la ciudad de Tebas.

Narrador: El regreso de Hércules a palacio se celebró con una gran fiesta. El héroe le entregó a Anfitrión la piel de león que había cazado y, luego, le contó cómo había logrado liberar a la ciudad de su deuda. Al oír esta hazaña, el rey frunció el entrecejo y dijo:
Anfitrión: Mucho me temo que Ergino no va a estar muy contento del trato que le has dado a sus embajadores...

Narrador: Pero esa..., esa es otra historia.


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Hércules 3ª parte.

Julia Rodríguez Morales.

Hércules 3ª Parte: El regreso a Tebas.
(Adaptado de Christian Grenier. Los doce trabajos de Hércules. Editorial Anaya)

Filos: ¡Majestad, se acerca un ejército encabezado por Ergino! ¡Vienen dispuestos a combatir, y nosotros todavía no estamos preparados.

Narrador: Efectivamente, humillado por la afrenta que había hecho a sus embajadores, el rey de la ciudad de Orcómeno venía a declarar la guerra a Tebas. Anfitrión, el rey de Tebas, a fin de ganar tiempo, quería negociar, pero Hércules intervino:

Hércules: ¡Padre, déjame que me ponga al frente de los más valientes soldados de tu ejército y verás de lo que soy capaz!
Anfitrión: ¡Tómalos y vete a luchar, Hércules! ¡Pero no hagas mal uso de tu fuerza! Creonte, mi más prudente ministro, quedas al cargo de la ciudad. Si me sucediera alguna desgracia, tú serás el nuevo rey de Tebas. ¡Así lo dispongo! ¡Si Ergino quiere la guerra, la tendrá!

Narrador: Se inició la desigual batalla en la que Ergino dio orden a sus arqueros de que apuntaran al rey de Tebas, que atravesado por varias flechas, yacía en medio de charco de sangre.

Anfitrión: ¡Socorro, Hércules!
Hércules: ¡Ay, padre, no me abandones!
Filos: ¡Tu padre ha muerto, Hércules! Ahora no te queda más remedio que acabar lo que has emprendido.

Narrador: Hércules comprendió que no sólo era necesario utilizar la fuerza para ganar aquella guerra. Era preciso también demostrar prudencia e inteligencia, como le había recomendado Minerva. Se alejó de su ejército y trepó hasta la cumbre del Citerón con el fin de desviar el curso del río hacia el valle donde se celebraba la batalla. Esta tarea le llevó varios días. Cuando todo estaba preparado, ordenó a su ejército que se retirara y derribó con una enorme rama de oliva el muro de tierra que daría salida al agua hacia el valle. Los soldados de Ergino no tuvieron tiempo para darse cuenta de lo que sucedía: ¡el río los arrastró y todos perecieron ahogados! Mientras, el rey de Orcómeno, vociferaba desde una loma:

Ergino: ¡Me vengaré! ¡Juro que me vengaré! ¡La ciudad de Tebas será arrasada!
Narrador: Hércules tomó una flecha y apuntando con cuidado, soltó la cuerda. La flecha atravesó silbando todo el valle... ¡y fue a clavarse en el cuello de Ergino! Hércules, ante los supervivientes del ejército enemigo, pronunció estas palabras:

Hércules: Os perdono la vida. Pero, de hoy en adelante, la ciudad de Orcómeno pagará un tributo anual a Tebas de doscientos bueyes.

Narrador: El nuevo rey de Tebas, Creonte, hombre bueno y prudente, lo acogió como un libertado:

Creonte: El palacio está a tu disposición, Hércules. Esta es tu casa. Si quieres algo, trataré de satisfacer tus deseos.

Narrador: Creonte tenía una hija, Mégara, a la que las hazañas de Hércules no le eran indiferentes. Su dulzura y paciencia dejaron huella en el corazón del joven. Una mañana fue a ver a Creonte y le dijo con toda franqueza:

Hércules: Creonte, estoy enamorado de tu hija Mégara. Sé que ella también me quiere. Vengo a pedirte su mano.
Creonte: ¡Hércules, nada podría agradarme más! ¡Casaos y sed felices! ¡Después de todas las pruebas que has padecido, espero que puedas conocer la felicidad!

Narrador: Hércules se casó con Mégara y tuvieron tres hijos. Durante varios años reinó la felicidad, pero Juno, en el monte Olimpo, rumiaba su venganza y esperaba su momento para intervenir una vez más:

Juno: ¡Es preciso que Hércules se vuelva loco! Erinias, divinidades infernales, que Hércules pierda la cordura para que se haga justicia!

Narrador: Poco después, cuando Mégara y sus hijos se disponían a ofrecer un sacrificio a los dioses ante el altar de piedra de su hogar, Hércules apareció poseído por la locura. Se abalanzó sobre ellos y levantando la pesada piedra del altar la arrojó sobre toda su familia. Alcmena, la madre de Hércules, acudió precipitadamente ante los gritos. Todo fue inútil: su mujer y sus tres hijos perecieron en el acto. Pero desde el Olimpo, Minerva, diosa de la sabiduría, acudió en ayuda de Alcmena:

Minerva: ¡Duérmete Hércules! ¡Te ordeno que te sumas en el sueño!

Narrador: Cuando Hércules despertó, contempló horrorizado cómo en un ataque de locura inexplicable acababa de matar a los seres que más quería en el mundo.

Hércules: ¡Quiero morirme! ¿Para qué voy a vivir si los dioses han querido que sea el asesino de mi propia familia? ¡Madre, si la muerte no me quiere, dime tú con qué castigo puedo expiar mis crímenes!
Alcmena: Lo que los dioses hayan decidido, sólo los dioses podrán revelártelo, Hércules.
Hércules: ¡Voy a consultar a los dioses! Así, sabré la verdad y conoceré la causa de mis desgracias y el destino que me han trazado.

Narrador: Hércules puso rumba a Delfos para consultar el oráculo del dios Apolo, hijo de Júpiter. Allí esperaba que la Pitia, la mujer que hablaba por boca del dios, respondiera a su pregunta: ¿cómo podía expiar sus culpas? En realidad, era el mismo Júpiter en persona quien respondía a la pregunta que le formulara un mortal. Sus palabras se las transmitía a su hijo Apolo quien, a su vez, se las repetía a la Pitia por cuya boca habla el dios. Allí estaba ella, sentada en un taburete de tres patas situado en una grieta por donde salía una humareda del interior de la tierra. Hércules no tuvo tiempo de formular la pregunta, en cuanto llegó ante la mujer ella habló con voz clara y potente:

Pitia: Eres Hércules, un semidiós, un héroe, el hijo que me dio Alcmena. Si has cometido tantos crímenes, es porque Juno, por celos, hizo que te volvieras loco. Con ello, pretendía recordarme una promesa y el acuerdo que habíamos concluido.
Hércules: ¿Una promesa? ¿Un acuerdo?
Pitia: Ve a Tirinto, Hércules. Allí encontrarás a tu primo Euristeo, rey de Micenas. Ponte a su servicio durante ocho años y obedécele sin rechistar. Tienes que cumplir las tareas que te encomiende. Te impondrá doce trabajos, y ese será el único medio de lavar tus crímenes y de acatar la voluntad de los dioses.

Narrador: Ahora, Hércules ya conocía la verdad. ¡Era hijo de Júpiter y objeto de rivalidad entre las dos divinidades mayores del Olimpo! Aquella misma tarde emprendió viaje hacia Tirinto. Había llegado el momento de demostrar que era un héroe, pero esa, esa es otra historia...


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