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jueves, 24 de octubre de 2019

El pavo que abría y cerraba la cola


El pavo que abría y cerraba la cola.
(Ana Mª Machado. Adaptado. Ilustraciones: Ivone Ralha. Edit. Everest)

Narrador: A la orilla de un lago, un pavo real se preguntaba mientras se pavoneaba mirándose en el agua:
Pavo: ¿Soy feo? ¿Soy guapo?
Narrador: Cuando abría su cola en abanico, toda verde, violeta, azul brillante, se veía bonito y elegante. Pero al mirar sus pies y su andar tan desgarbado, sentía una gran vergüenza y tristeza. Un día fue invitado a una fiesta que sería más sonada que la gala del sapo.
Pavo: ¿Será divertida? ¿Será aburrida? ¿Qué opináis, señora paloma mensajera?
Paloma: Claro que será divertida. Una fiesta nunca es aburrida. No debéis faltar.
Narrador: Luego, animado, abrió su gran cola y ensayó unos pasos de baile. Hasta que oyó las carcajadas de un cardenal bailarín que se entrenaba para la fiesta y rápidamente cerró su cola:
Cardenal: ¡Jajaja! ¡Qué animal más torpe, más desmañado! Este baile será alocado.... ¡Jajaja!
Narrador: Un gorrión que pasaba por allí, al verlo tan alicaído, así le habló:
Gorrión: ¿Por qué tanta tristeza en su cabeza?
Pavo: Es que yo bailo muy mal...
Gorrión: Eso no importa en tan hermoso animal.
Narrador: Y el pavo real, así animado, abrió la cola con plumas para todos los lados. Pero, con tan mala fortuna, que acabó perdiendo una en el rincón derecho. La tristeza fue tremenda. Y se quedó de nuevo amilanado, con cara de pena horrenda. Un periquito, que pasaba en ese momento, le preguntó:
Periquito: ¿Por qué tanto sufrimiento?
Pavo: He perdido una pluma y eso es muy malo.
Periquito: No es tan malo, no creas. Es señal de que te va a crecer una nueva.
Narrador: El pavo real volvió a animarse y abrió su abanico. Entonces llegó el bienteveo y se río al son de burla:
Bienteveo: ¡Vaya, vaya, un pavo real, con la cola incompleta! !No nunca visto, me voy a dormir la siesta!
Narrador: Y, de nuevo, el pavo real encogió la cola y trató de desaparecer con ella. Así se pasó toda la tarde: abría y cerraba, abría y cerraba, cambiando de idea con cada animal que encontraba.
Al final del día acabó bizco, con la lengua fuera, sudado, desmadejado, hecho un desastre y cansado de abrir y cerrar la cola a toda hora. Decidió que ya no iría a la fiesta y se marchó de allí para evitar que todo el mundo se riese de él. Fue entonces cuando escuchó, escondido tras un arbusto, una conversación entre dos buitres:
Buitre 1º: Muero de impaciencia porque llega la hora del baile... Esa fiesta será fenomenal.
Buitre 2º: No faltará de nada: buena comida, agua fresquita, muchos amigos y música a rabiar...
Narrador: El pavo real, al verlos, se echó a reír de aquellos dos pájaros que no bailaban, ni sabían cantar, y cuyas plumas no eran multicolores como las de él. ¡Dos horribles buitres contentos y felices porque se acercaba la hora del baile!
Pavo: ¡Jajaja! ¿No os da vergüenza? ¿Feos como sois y oliendo tan mal? Cuando bailéis todo el mundo se va a desmayar.
Buitre 1º: Nada de eso... Todo el mundo va a estar muy ocupado tratando de comer y beber, de cantar y bailar, de verse y conversar. Y si alguien quiere se puede reír. No por eso me voy a dejar de divertir.
Buitre 2º: Ni feos, ni malolientes, ¿te enteras? Los buitres somos bonitos, tenemos el color de la ciruela y el león, de la mora y la puesta de sol...
Buitre 1º: Tú sí eres una ave espantosa, con esa cola escandalosa, que se abre y se cierra como un cajón. Eres verde, eres morada, eres azul y estás lleno de bolitas...
Buitre 2º: ¡Pero debemos reconocer que nos encantan tus patitas...! Además, lo de ser bonito o feo, sólo es cuestión de relleno.
Narrador: Entonces, el pavo real, no pudo por menos que reír y, cuando los dos se fueron volando, se quedó pensando:
Pavo: Que la fealdad sea colosal o la belleza sea de artista, no depende del animal, sino del punto de vista. Cada uno es diferente y lo que más importa es uno, realmente.
Narrador: Y allá fue el pavo real, realmente animado, a una fiesta muy divertida, abriendo su cola y sin vergüenzas por sus andares de toda la vida.


El texto de este de este relato como fue narrado lo tienes aquí.





miércoles, 13 de marzo de 2019

Fu, el tigre despistado

Fu, el tigre despistado.
(Manuel L. Alonso. Adaptado. Ilustraciones, Irene Blasco)

Narrador: Un tigre recién nacido no es un peligro para nadie. Pesa menos de un kilo y cabe en un zapato viejo.
Con el tiempo, llega a medir un metro de altura y pesa trescientos kilos. Entonces sí es peligroso y los animales procuran no ponerse a su alcance. Por eso los tigres son animales solitarios.
Cuando nació Fu, todos los vecinos acudieron a conocerlo. Todos estaban muy contentos porque era la primera vez en mucho tiempo que nacía un tigre. Los únicos que no aparecieron por allí fueron sus padres. Dijeron que unos cazadores se los habían llevado posiblemente a un zoo.
Elefante: Yo, como elefante que soy, propongo que entre todos nos ocupemos del bebé.
Leona: Bien dicho. Y yo, como leona, me encargaré de alimentarlo.
Ciervo: Los de mi familia, los ciervos, le enseñaremos a correr.
Ardilla: Ah, y yo a trepar a los árboles. Las ardillas somos las mejores para esto.
Osa: Bueno, y una osa como yo, no le faltará por las noches.
Narrador: Todos se echaron a reír cuando la rana se ofreció.
Rana: Y yo le enseñaré a cazar. (Risas)
Elefante: Tú sólo sabes cazar mosquitos y los tigres no cazan mosquitos, jajaja.
Leona: ¿Y cómo vamos a llamarle?
Ciervo: Mirad, se está despertado. Parece que quiere decir algo.
Fu: ¡Fu!
Osa: Lo llamaremos Fu.
Narrador: Pasó el tiempo y Fu creció protegido por sus vecinos. A decir verdad, creció poco. Nunca llegaría a ser un gran tigre. Si hubiese crecido mucho, los demás le habrían dejado solo. Era tan pequeño que no asustaba a nadie. Lo más que conseguía hacer era:
Fu: ¡Fu! ¡Fuuu!
Narrador: No obstante, Fu vivía preocupado temiendo que llegara el momento en el que todos le rechazaran por su tamaño y fiereza.
Un día, le confesó a Ojos de Miel, la joven leona:
Fu: No quiero quedarme solo. ¿Qué podría hacer?
Leona: Pide consejo a la bruja Coruja. Ella lo sabe casi todo.
Fu: Está bien. Me pondré en camino y no pararé hasta dar con ella.
(Transición musical)
¿Álguien sabe donde vive la bruja Coruja?
Voz 1: Está en el campo, entre las hierbas.
Voz 2: En las rocas.
Voz 3: No, no, vive en una cueva.
Fu: Y, tú, señora cigüeña, que has viajado tanto, ¿sabes dónde vive la bruja Coruja?
Cigüeña: Sólo sé que vive en una árbol, pero no sé en cuál.
Narrador: Fu se pasó mucho tiempo buscando a la bruja de árbol en árbol. Cuando llegó al gran bosque, se echó al pie de un gran árbol; ¡estaba tan cansado...!
Fu: Dormiré aquí. Mañana continuaré buscando a la bruja Coruja.
Coruja: ¿Quién anda ahí? ¿Es que una no puede dormir en paz?
Fu: Perdone, estoy buscando la casa de la bruja Coruja.
Coruja: Yo soy la bruja Coruja y esta es mi casa.
Narrador: Fu miró lleno de esperanza hacia lo alto. El animal que le hablaba era muy raro. Era un ave no muy grande, con la cara en forma de corazón y los ojos redondos. Una lechuza.
Coruja: ¿Qué te trae por aquí a estas horas de la noche? Es peligroso andar solo por estos parajes. ¿Qué problema tienes?
Fu: Vera, es que no quiero llegar a ser un tigre peligroso porque todos me dejarán solo por temor.
Coruja: ¡Jajajajaja!
Fu: ¿Puedo saber de qué se ríe?
Coruja: Sí, de que eres tonto. ¿De veras te crees que alguna vez serás un tigre adulto? ¿Y no te parece raro que hasta ahora no hayas asustado nunca a nadie? Anda, vuelve con tus amigos y vive tranquilo. Nunca serás un tigre peligroso.
Fu: ¿Por qué?
Coruja: Porque no eres tigre sino gato.
Fu: ¿Gato?
Coruja: Gato. Te advierto que ser gato no está nada mal. Nunca intentarán cazarte para llevarte a un zoo. Serás libre y nadie saldrá huyendo cuando te vea. Solamente los ratones.
Narrador: Fu dio las gracias a la lechuza y volvió con los suyos.
Y a partir de entonces empezó una nueva vida. La primera de las siete vidas que tienen todos los gatos.


El audio de este relato lo puedes oír, aquí.


domingo, 16 de diciembre de 2018

El Sr. Conejo y la Sra. Zorra


El señor conejo y la señora zorra.
(Fábula)

Narrador: Era el señor Conejo un animalito travieso y astuto, y tan insolente como una urraca. Continuamente gastaba pesadas bromas a sus vecinos, que en vano buscaban la ocasión de echarle mano. Un día dijo el señor Lobo a la señora Zorra, compañera de correrías.
Lobo: Si esta noche no damos caza a ese animalejo y de él hacemos sabrosa cena, me avergonzaré de ser lobo. Mira, tú no tienes que hacer más que esto: vete a casa ahora mismo, métete en la cama, hazte la muerta y procura estarte muy quieta, hasta que venga el señor Conejo y se acerque a ti. Entonces échale la garra.
Narrador: Así lo hizo la señora zorra: se marchó a su casa y se metió en cama. Mientras tanto, el señor Lobo se dirigió a casa del señor Conejo, y llamó a la puerta.
Lobo: Malas noticias, señor Conejo; la pobre señora Zorra ha muerto esta mañana y yo he salido a ocuparme de su entierro.
Narrador: Se alejó el señor Lobo, y el señor Conejo, curioso por saber de cerca lo ocurrido, se fue a casa de la señora Zorra. Atisbó por la puerta y la vio tendida en la cama, tan rígida como un palo y tal como si estuviese muerta. Pero como el señor Conejo no tenía pelo de tonto ni se dejaba engañar tan fácilmente, exclamó en alta voz y como si hablase consigo mismo:
Conejo: ¡Pobre señora Zorra! Parece mentira que haya muerto; pero así es, desgraciadamente. Lo mejor que puedo hacer es sentarme aquí hasta que vayan llegando los vecinos. Pero, vamos, no puedo creer que haya muerto, si es verdad lo que he oído decir de que las zorras, después de muertas, se quedan meneando una pata trasera.
Narrador: Al oír esto, la señora Zorra juzgó que tenía que hacer ver que estaba verdaderamente muerta, y se puso a menear la pata.
Lo vio el señor Conejo y salió de allí como un rayo, y no paró de correr hasta que llegó a su casa.
Aquella noche el señor Lobo y la señora Zorra no tuvieron otro remedio que acostarse sin cenar.

El audio de este relato lo tienes, aquí.



martes, 1 de mayo de 2018

El porquerizo


El porquerizo.
(Christian Andersen)

Narrador: Érase una vez el príncipe de un reino muy pequeño que deseaba casarse. Era bastante osado y se propuso pedírselo a la hija del emperador. Entonces, pensó qué debía enviarle algunos presentes para obsequiarla y así poder llamar su atención.
Príncipe: ¡Decidido, sí! No encontrará fragancia más suave que la rosa que da el rosal que crece sobre la tumba de mi padre. Ah, y también le enviaré mi ruiseñor, su canto le entusiasmará.
Narrador: Los regalos fueron llevados al salón del palacio en dos grandes cajas de plata. La princesa, que se encontraba allí con sus damas y su padre, el emperador, estaba ansiosa por abrirlos:
Princesa: ¡Cuánto me gustaría que fuese un pequeño gatito! ¡Oh, qué desilusión es una rosa!
Dama: ¡Qué linda es!
Emperador: Es más que bonita, ¡es hermosa!
Todos: ¡Hermosa!
Narrador: Dijeron las damas y el emperador, pero a la princesa algo le molestó
Princesa: ¡Ay, papá, qué lástima! ¡No es artificial, sino natural!
Dama: ¡Qué lástima! ¡Es natural!
Emperador: Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja.
Narrador: Y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.
Emperador: Este pájaro me recuerda la caja de música de mi difunta esposa, la emperatriz. Es la misma melodía, el mismo canto. ¡Oh, cuánto la echo de menos...!
Princesa: Espero que este pájaro no sea natural, ¿verdad?
Emperador: Pues, sí que lo es; es un pájaro de verdad.
Princesa: Entonces, dejadlo en libertad. Ah, y decidle al mensajero que ha traído los regalos... que no quiero ver a su príncipe.
Dama: ¡Un pájaro de verdad y una rosa natural, ¡qué vulgaridad! Este príncipe ha de ser muy inculto y maleducado.

Narrador: Pero el príncipe no se dio por vencido. Se embadurnó la cara de color terroso y, calándose un sombrero hasta las orejas, se presentó en la escalinata que daba acceso al palacio donde casualmente tomaba el sol el emperador.
Príncipe: Buenos días, señor Emperador. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?
Emperador: Bueno. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos, muchos cerdos.
Narrador: Y así pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un mísero cuartucho junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Se pasaba el día trabajando, y al anochecer elaboraba un pucherito, rodeado de cascabeles; tan pronto el pucherito rompió a hervir las campanillas tocaron una vieja melodía:

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.


He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo:
Princesa: ¡Es mi canción favorita! Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.
Dama: Como dispongáis mi señora, pero antes me calzaré estos zuecos. Eh, tú, porquero, ¿cuánto pides por tu puchero?
Príncipe: Diez besos de la princesa.
Dama: ¡Dios nos asista!
Príncipe: Éste es el precio, no puedo rebajarlo.
Princesa: ¿Qué te ha dicho?
Dama: No me atrevo a repetirlo. Es demasiado indecente.
Princesa: Entonces dímelo al oído.
Dama: (Bisbiseo).
Princesa: ¡Oh, qué grosero! ¡Vámonos!

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.

Escuchad, suena otra vez mi canción. Ve de nuevo y pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.
Narrador: Pero su respuesta fue...:
Príncipe: Muchas gracias. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.
Princesa: ¡Es un fastidio! Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.
Narrador: Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.
El porquerizo no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses del mundo.
Un día al pasar por el lugar... (suena una carrañaca seguida de vals)
Princesa: ¡Oh, esto es magnífico! ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?
Dama: Esta vez, ¡pide cien besos de la princesa!
Princesa: ¡Este hombre está loco! Pero hay que estimular el Arte. Por algo soy la hija del Emperador. Está bien, poneos delante de mí como la otra vez Dile que le daré diez besos, como la otra vez.
Narrador: Y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla. En ese momento el Emperador salió al balcón para tomar algo de aire fresco y se caló las lentes.
Emperador: ¿Qué alboroto hay en la pocilga? Las damas de la Corte que cestán haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.
Dama: Ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis...
Narrador: El Emperador llegó a donde estaban las damas y al contemplar la escena entró en cólera y golpeó a su hija con la zapatilla en la cabeza.
Emperador: ¿Qué significa esto? ¡Qué besuqueo es éste! ¡Fuera todos de aquí! ¡No quiero volver a verte jamás! ¡Fuera de mi reino, hija infame! ¡Y vosotras también! ¡Fuera de mi vista todo el mundo!
Narrador: Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.
Y he aquí a la princesa llorando, mientras llovía a cántaros.
Princesa: ¡Ay, mísera de mí! ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!
Narrador: Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe.
Príncipe: Ahora sé que mereces todo mi desprecio. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, pero sí creíste que, para divertirte, podías besar al porquerizo; ¡puesto esto es lo que has salido ganando!
Narrador: Y una vez hubo pronunciado estas palabras, le dijo adiós para siempre y regresó a su reino, mientras ella se quedó allí sola y abandonada.

El audio de este cuento lo tienes aquí.


El hueso cantor

El hueso cantor.
(Grimm)
Narrador: Había una vez gran alarma en un país por causa de un jabalí que asolaba los campos, destruía el ganado y clavaba a las personas sus colmillos. El Rey prometió una gran recompensa a quien librase al país de aquel azote; pero la fiera era tan corpulenta y forzuda, que nadie se atrevía a acercarse al bosque donde tenía su morada. Finalmente, el Rey hizo salir a un pregonero diciendo que otorgaría por esposa a su única hija a aquel que capturase o diese muerte a la alimaña.
Vivían a la sazón dos hermanos en aquel reino, hijos de un hombre pobre, que se ofrecieron a intentar la empresa. El mayor era astuto y listo; y el menor, ingenuo y de buen corazón. Dijo el Rey:
Rey: Para estar seguros de encontrar el animal, entraréis en el bosque por los extremos opuestos.
Narrador: El mayor entró por el lado de Poniente, y el menor, por el de Levante. Al poco rato de avanzar éste, acercósele un hombrecillo que llevaba en la mano un pequeño venablo, y le dijo:
Hombrecillo: Te doy este venablo porque tu corazón es inocente y bondadoso. Con él puedes enfrentarte sin temor con el salvaje jabalí; no te hará daño alguno.
Narrador: El muchacho dio las gracias al hombrecillo y, echándose el arma al hombro, siguió su camino sin miedo. Poco después avistó a la fiera, que corría furiosa contra él; pero el joven le presentó la jabalina, el animal embistió ciegamente y se atravesó el corazón con el arma. El muchacho se cargó la fiera a la espalda y se volvió para presentarla al Rey.
Al salir del bosque, encontró en la puerta de una taberna a su hermano que se divertía con más gente bailando y empinando el codo. Al ver a su hermano menor que salía del bosque con el jabalí a cuestas, su envidioso y perverso corazón no le dejó ya un instante en reposo.
Hermano mayor: Ven, hermano, descansarás un poco y te reanimarás con un vaso de vino.
Narrador: El pequeño, que no pensaba mal, entró y le contó su encuentro con el hombrecillo que le había dado la jabalina para matar el jabalí.
El mayor lo retuvo hasta el anochecer, y entonces partieron los dos juntos. Al llegar, ya oscurecido, a un puente que cruzaba el río, el mayor hizo que el otro pasara delante, y cuando estuvo en la mitad, le asestó a traición un fuerte golpe y lo mató. Lo enterró bajo el puente y, cargando con el jabalí, lo llevó al Rey, afirmando que lo había cazado y muerto, hazaña por la cual obtuvo la mano de la princesa. Al extrañarse la gente de que no regresara el hermano, dijo:
Hermano mayor: Seguramente que el animal lo habrá despedazado.
Narrador: Y todo el mundo lo creyó así. Pero como la verdad lucha por no quedar oculta, también aquella negra fechoría hubo de salir a la luz. Unos años más tarde, un pastor que conducía su rebaño por el puente vio abajo, entre la arena, un huesecillo blanco como la nieve, y pensó que con él podría fabricarse una boquilla para su flauta. Así lo hizo, y al probar el instrumento con la nueva pieza, el huesecillo se puso a cantar, con gran asombro del pastor:


"Ay, amable pastorcillo,
que soplas mi huesecillo,
mi hermano me ha matado
y bajo este puente enterrado.
El jabalí se llevaba
y la princesa me robaba."
Pastor: ¡Vaya un cuerno prodigioso, que canta solo! Voy a llevarlo al Rey.
Narrador: No bien hubo llegado a presencia del Rey, el cuerno volvió a entonar su canción. El Rey, comprendiendo el sentido, mandó excavar la tierra debajo del puente y apareció el esqueleto entero del asesinado. El mal hermano no pudo negar el hecho. Lo cosieron en un saco y lo echaron al río para que muriera ahogado. Los huesos del muerto fueron depositados en el cementerio y allí reposan en paz.


El audio de este cuento lo tienes aquí.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Miguelín, el valiente


Miguelín, el Valiente.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)
Narrador: Había una vez un matrimonio que tenía tres hijos. El menor de ellos se llamaba Miguelín y, aunque pequeño, era muy listo y valiente. Un día, como sus padres eran muy pobres, les dijeron que ya no podían seguir manteniéndolos y que tenían que salir a buscarse la vida.
Anda que anda, llegaron a una casa enorme cuando la noche se tragaba la luz de la tarde. Llamaron a la puerta y salió a recibirlos una horrible giganta:
Giganta: ¿Qué andáis buscando por aquí?
Miguelín: Nada, señora. Nos hemos perdido y no sabemos donde pasar la noche.
Giganta: Está bien, muchachos, podéis quedaros aquí. Os daré algo de cenar y mañana seguiréis vuestro camino. Pasad.
Narrador: El gigante se alegro mucho al verlos. Como sólo tenían una cama, arrimó a sus tres hijas, que ya estaban dormidas, al lado de la ventana y ellos se acostaron al filo de la cama. Miguelín sospechaba de tanta amabilidad y permanecía despierto. Le oyó decir al gigante:
Gigante: En cuanto se duerman les corto el pescuezo y ya tenemos comida para mañana.
Narrador: Miguelín despertó a sus hermanos:
Miguelín: Vamos, despertad, no hagáis ruido. Pasemos a las tres hijas al filo de la cama y hagámonos los dormidos.
Narrador: Llegó de puntillas en la oscuridad el gigante con un cuchillo y, sin saber que eran ellas, mató a sus tres hijas. Al amanecer los tres hermanos escaparon por una ventana.
Corriendo, corriendo llegaron al castillo del rey. Éste nombró a Miguelín consejero para asuntos de gigantes y sus hermanos le tomaron más envidia. Un día le dijeron al rey:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que el gigante tiene el caballo más hermoso del mundo, y que Miguelín es capaz de traéroslo?
Rey: Lo quiero, lo quiero. Miguelín, tráelo.
Narrador: Miguelín se puso en camino y cuando llegó a casa del gigante se coló en la cuadra entrando por la gatera. Le amarró al caballo unos trozos de sacos en la pezuñas para que no hiciera ruido al andar, se montó en él y, tan campante, se lo llevó al rey. Los hermanos se morían de la envidia.
Otro día le dijeron a la reina:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que la giganta tiene el loro más parlanchín que se haya visto y oído, y que Miguelín es capaz de traéroslo?
Narrador: Allá que fue otra vez Miguelín a casa de la giganta. Se metió por la gatera, llegó hasta el dormitorio y cuando fue a echarle mano al loro, éste empezó a gritar:
Loro: ¡Giganta, que me roban! ¡Giganta, que me roban!
Giganta: ¡Qué dices, mamarracho! ¡Si aquí no hay nadie...! ¡Toma para que no me despiertes más en una temporada!
Narrador: Y le dio un manotazo al loro que lo dejó listo. La giganta se volvió a dormir y pudo llevarse al loro como si tal cosa.
La reina quedó contentísima con su loro, pero la envidia crecía y crecía en los corazones de los hermanos. Otro día le dijeron a la hija del rey:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que en la cama de los gigantes está la manta más bonita del mundo, y que Miguelín dice que le gustaría traérosla para regalo de boda?
Narrador: Y Miguelín tuvo que volver por tercera vez a la casa de los gigantes. Se escondió debajo de la cama y comenzó a tirar de la manta:
Gigante: Giganta, deja de tirar de la manta o te doy un sopapo.
Giganta: ¡No soy yo quien tira, eres tú como siempre!
Gigante: ¿Yo...? !Ahora verás!
Narrador: Y comenzaron a perseguirse por la casa el uno al otro sin dejar de darse guantazos. Miguelín aprovechó la confusión para coger la manta y salir corriendo.
Cuando la princesa vio aquella manta tan preciosa se quedó enamoradita de Miguelín. El rey y la reina consintieron la boda, que fue muy sonada. Y Miguelín lo primero que hizo fue mandar a sus hermanos a casa de sus padres, cargados de regalos, para quitárselos de encima. Y colorín, colorado, este gigantesco cuento se ha acabado.



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miércoles, 30 de noviembre de 2016

El zar Saltán



El zar Saltán.
(Alexander Pushkin. Adaptado)

Narrador: Érase una vez tres hermanas que hilaban sentadas junto a la ventana en una noche del más frío invierno... 
H. mayor: Si yo fuera zarina prepararía sola un festín para el mundo entero. 
H. mediana: Si fuera yo zarina hilaría un tejido de oro tan hermoso y delicado que todo el mundo lo admiraría. 
H. menor: Si yo fuera zarina le daría a nuestro zar un hijo muy fuerte. Narrador: Un momento después el zar apareció en la cabaña de las tres hermanas.
Zar: ¡Os saludo! Debéis disculparme porque estabais cerca de la ventana y alcancé a escuchar lo que conversabais. ¿De verdad, quieres darle un hijo al zar?
H. menor: Sí, señor.
Zar: Tus deseos serán cumplidos. Serás mi zarina. Y vosotras, mis queridas palomas, os encargaréis de las cocinas y los telares de palacio.
 Narrador: El zar se casó el mismo día. En la cocina gruñía la cocinera, y lloraba la hilandera junto a su rueca, envidiosas ambas de su hermana la zarina. La zarina, fiel a su palabra, quedó encinta desde aquella misma noche. Por aquel tiempo hubo una guerra: el zar Saltán se puso al frente de sus tropas y se despidió de su esposa.
Nació el príncipe y la zarina envió un mensaje a su marido para comunicarle la buena nueva. Las celosas hermanas lo cambiaron por otro que decía que había traído al mundo un monstruo. El zar contestó que la zarina y el niño fueran respetados hasta su regreso, pero las malvadas hermanas lo cambiaron por otro en el que zar daba la orden de arrojar al mar a la madre y al niño. Así pues, metieron a la madre y al bebé en un tonel y los arrojaron al mar. Sin embargo, el príncipe crecía por horas hasta convertirse en un muchacho alto y fuerte.
Príncipe: ¡Ah, ola mía, tú que vas a donde quieres, quebrando las rocas y llevando las naves en tus ondas! ¡Ten piedad de nosotros y vuelve a dejarnos en tierra!
 Narrador: Las olas lo escucharon y depositaron el barril en la playa. Habían llegado a una isla desierta donde sólo había un roble solitario.
 Príncipe: Todo esto está muy bien, pero tendré que fabricar un arco para que podamos almorzar…
Narrador: De pronto, escuchó un grito de terror y un estruendo que agitaba las aguas: un cisne blanco era atacado por un feroz halcón. Éste fue abatido por un certero flechazo. El cisne le dijo:
Cisne: Salvaste mi vida dando muerte a un monstruo perverso. Que nada te preocupe de ahora en adelante porque cuidaré de ti y de tu madre. 
Narrador: El cisne inicio el vuelo. Descansaron y, al despertar, descubrieron con asombro cerca de allí una ciudad amurallada con cúpulas doradas. 
Príncipe: Madre, no dudo de que veremos aún mayores maravillas. Estoy seguro de que es obra de mi cisne. 
Narrador: Ya en la ciudad fueron recibidos por una inmensa multitud al repique de todas las campanas. El mismo día el príncipe fue reconocido como rey y tomó el nombre de Guidón.
Un día un barco mercante atracó en el puerto. Guidón recibió a los mercaderes y les preguntó:
 Príncipe: ¿Qué clase de mercancía lleváis, caballeros, y hacia dónde os dirigís ahora? 
Comerciante: Navegamos por el mundo entero y vendemos pieles de marta y de zorro; pero ahora vamos a Oriente al reino del zar Saltán. 
Príncipe: Os deseo una feliz travesía, y os ruego saludéis de parte mía al buen zar Saltán. 
Narrador: Los navegantes se hicieron a la mar seguidos por la mirada del príncipe, que se quedó muy triste.
Pero vio de pronto al blanco cisne que se acercaba por las olas.
 
Cisne: ¡Te saludo, buen príncipe! ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan triste? 
Príncipe: Estoy triste por no haber visto desde hace tanto tiempo a mi padre. 
Cisne: Pues me es fácil complacerte: te transformaré en seguida en mosquito, y así, volando, podrás seguir al navío. 
Narrador: Y así sucedió. Transformado en mosquito alcanzó la nave, llegaron al reino de Saltán y los comerciantes se presentaron ante el zar. Éste los interrogó pero las perversas hermanas estaban presentes: 
Zar: ¿Qué prodigios habéis visto en vuestros viajes? 
Comerciante: Hemos navegado por todos los mares, mi señor, pero lo más asombroso fue que en una isla desierta, donde lo único vivo era un roble, ahora hay una hermosa ciudad amurallada. La gobierna el príncipe Guidón, quien te saluda con respeto. 
Zar: Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar a su príncipe Guidón. 
Narrador: Una de las hermanas, sospechando lo peor, dijo: 
H. mayor: ¡Vaya una cosa milagrosa! Conozco un bosque en el que crece un pino. Debajo de él hay una ardilla que canta y come nueces. Aquellas nueces tienen corteza de oro y el fruto de esmeralda. ¡Esto sí que puede decirse que es una maravilla!
Narrador: Guidón, después de picar a su tía la cocinera en el ojo, regresó a su reino. Ya allí, cuando el cisne conoció la invención de su malvada tía, lo llevó a un patio de su palacio donde vio el pino, la ardilla, las nueces de oro y las esmeraldas.
Príncipe: Gracias, mi fiel cisne.
Cisne: Sabes que cuidaré de ti y de tu madre. 
Narrador: Volvieron los comerciantes, contemplaron la maravilla hecha realidad, partieron hacia el reino de Saltán y Guidón, transformado en moscardón, les acompañó en el barco. En el palacio del zar relataron:
Zar: Y bien, ¿que maravillas han contemplado esta vez?
Comerciante: Hemos visto una cosa en verdad milagrosa: en el palacio del rey Guidón crece un enorme pino, bajo el cual se levanta un kiosco de cristal. En este kiosco vive una ardilla que, mientras canta, va rompiendo nueces. Pero las nueces no son como las otras: su cáscara es de oro puro y su fruto es una esmeralda; con las cáscaras se acuñan monedas y las muchachas recogen las esmeraldas y las ocultan en sus cofres. El príncipe Guidón, que te manda sus saludos.
 Zar: Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar a su príncipe Guidón. 
H. mayor: ¡Vaya un milagro! Sé de una cosa mucho más sorprendente. En cierto lugar, cuando el mar se agita cubriendo la orilla de blanca espuma, salen de las olas treinta y tres héroes gigantes, capitaneados por Cernamor. ¡Esto sí que puede decirse que es una maravilla!
Narrador: El moscardón, silbó y zumbó y de pronto picó a su tía en el ojo izquierdo.
H. mayor: ¡Ahhhh! ¡Te cazaremos, maldito!
Narrador: Pero era tarde ya. Guidón salió volando por la ventana y regresó a su tierra.
Una vez más caminó por la playa y le contó al cisne las fabulaciones inventadas por su malvada tía cada vez que su padre, el zar, expresaba el deseo de visitar la isla.
Cisne: ¡Bueno, príncipe! No te preocupes. Si no es más que esto, es fácil arreglarlo. Conozco a estos jóvenes héroes: son mis hermanos, y haré que se presenten aquí.
Narrador: De pronto, el mar comenzó a hervir y los treinta y tres héroes marcharon hacia la playa guiados por el propio Cernamor.
Cernamor: La princesa-cisne nos envía para proteger tu ciudad. Cada día saldremos al mar para hacer la ronda en torno a los muros. Así es que pronto nos volveremos a ver. Y ahora, adiós, pues nos molesta el aire de la tierra. 
Narrador: Nuevamente los mercaderes anclaron en el puerto y el príncipe, transformado por el cisne en un zángano, partió con ellos. Cuando los comerciantes contaron la maravilla de los soldados que surgían del mar, la hermana mayor, interrumpió:
H. mayor: ¡Vaya una maravilla! ¿Qué tiene de particular que unos mancebos salgan del mar para vigilar una ciudad? Conozco una cosa… ¡pero ésa sí que es en verdad maravillosa! Al otro lado del mar existe una princesa de belleza tal que es imposible dejar de mirarla. En sus trenzas se oculta la luna y una estrella resplandece en su frente. ¡Éste sí es un verdadero milagro!
Narrador: El príncipe se indignó, zumbó en torno a ella y la picó en la nariz.
H. mayor: ¡A él! ¡a él! ¡Esta vez te cazaremos, maldito! 
Narrador: Pero el zángano voló por la ventana, atravesó tranquilamente el mar y regresó a su isla. El cisne lo encontró caminando por la playa y le preguntó por qué seguía tan triste:
Príncipe: Porque no tengo aquí a nadie que me acompañe. Me siento muy solo. En la corte de mi padre escuché hablar de una princesa tan hermosa que es imposible dejar de mirarla.  
Cisne: Esa princesa existe. No necesitas ir muy lejos: Yo soy la princesa que buscas.
Narrador: Un instante después Guidón tuvo ante sus ojos la princesa más hermosa que pudo haber imaginado.
Un día, Guidón y su esposa, la princesa-cisne, contemplaban las velas en el horizonte:
Príncipe: Mira, es mi padre el zar quien se aproxima.
Narrador: Efectivamente, era él. Hirvió el mar y salieron los soldados; la ardilla cantaba y partía nueces de oro con esmeraldas y todos con gran alegría entraron en el palacio del trono donde se celebró un gran banquete en honor al feliz reencuentro. Todos se sentaron a comer, todos..., excepto uno de los ministros del zar que dichoso se arrojó al suelo a jugar con el gato de palacio.

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