miércoles, 30 de noviembre de 2016

El zar Saltán



El zar Saltán.
(Alexander Pushkin. Adaptado)

Narrador: Érase una vez tres hermanas que hilaban sentadas junto a la ventana en una noche del más frío invierno... 
H. mayor: Si yo fuera zarina prepararía sola un festín para el mundo entero. 
H. mediana: Si fuera yo zarina hilaría un tejido de oro tan hermoso y delicado que todo el mundo lo admiraría. 
H. menor: Si yo fuera zarina le daría a nuestro zar un hijo muy fuerte. Narrador: Un momento después el zar apareció en la cabaña de las tres hermanas.
Zar: ¡Os saludo! Debéis disculparme porque estabais cerca de la ventana y alcancé a escuchar lo que conversabais. ¿De verdad, quieres darle un hijo al zar?
H. menor: Sí, señor.
Zar: Tus deseos serán cumplidos. Serás mi zarina. Y vosotras, mis queridas palomas, os encargaréis de las cocinas y los telares de palacio.
 Narrador: El zar se casó el mismo día. En la cocina gruñía la cocinera, y lloraba la hilandera junto a su rueca, envidiosas ambas de su hermana la zarina. La zarina, fiel a su palabra, quedó encinta desde aquella misma noche. Por aquel tiempo hubo una guerra: el zar Saltán se puso al frente de sus tropas y se despidió de su esposa.
Nació el príncipe y la zarina envió un mensaje a su marido para comunicarle la buena nueva. Las celosas hermanas lo cambiaron por otro que decía que había traído al mundo un monstruo. El zar contestó que la zarina y el niño fueran respetados hasta su regreso, pero las malvadas hermanas lo cambiaron por otro en el que zar daba la orden de arrojar al mar a la madre y al niño. Así pues, metieron a la madre y al bebé en un tonel y los arrojaron al mar. Sin embargo, el príncipe crecía por horas hasta convertirse en un muchacho alto y fuerte.
Príncipe: ¡Ah, ola mía, tú que vas a donde quieres, quebrando las rocas y llevando las naves en tus ondas! ¡Ten piedad de nosotros y vuelve a dejarnos en tierra!
 Narrador: Las olas lo escucharon y depositaron el barril en la playa. Habían llegado a una isla desierta donde sólo había un roble solitario.
 Príncipe: Todo esto está muy bien, pero tendré que fabricar un arco para que podamos almorzar…
Narrador: De pronto, escuchó un grito de terror y un estruendo que agitaba las aguas: un cisne blanco era atacado por un feroz halcón. Éste fue abatido por un certero flechazo. El cisne le dijo:
Cisne: Salvaste mi vida dando muerte a un monstruo perverso. Que nada te preocupe de ahora en adelante porque cuidaré de ti y de tu madre. 
Narrador: El cisne inicio el vuelo. Descansaron y, al despertar, descubrieron con asombro cerca de allí una ciudad amurallada con cúpulas doradas. 
Príncipe: Madre, no dudo de que veremos aún mayores maravillas. Estoy seguro de que es obra de mi cisne. 
Narrador: Ya en la ciudad fueron recibidos por una inmensa multitud al repique de todas las campanas. El mismo día el príncipe fue reconocido como rey y tomó el nombre de Guidón.
Un día un barco mercante atracó en el puerto. Guidón recibió a los mercaderes y les preguntó:
 Príncipe: ¿Qué clase de mercancía lleváis, caballeros, y hacia dónde os dirigís ahora? 
Comerciante: Navegamos por el mundo entero y vendemos pieles de marta y de zorro; pero ahora vamos a Oriente al reino del zar Saltán. 
Príncipe: Os deseo una feliz travesía, y os ruego saludéis de parte mía al buen zar Saltán. 
Narrador: Los navegantes se hicieron a la mar seguidos por la mirada del príncipe, que se quedó muy triste.
Pero vio de pronto al blanco cisne que se acercaba por las olas.
 
Cisne: ¡Te saludo, buen príncipe! ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan triste? 
Príncipe: Estoy triste por no haber visto desde hace tanto tiempo a mi padre. 
Cisne: Pues me es fácil complacerte: te transformaré en seguida en mosquito, y así, volando, podrás seguir al navío. 
Narrador: Y así sucedió. Transformado en mosquito alcanzó la nave, llegaron al reino de Saltán y los comerciantes se presentaron ante el zar. Éste los interrogó pero las perversas hermanas estaban presentes: 
Zar: ¿Qué prodigios habéis visto en vuestros viajes? 
Comerciante: Hemos navegado por todos los mares, mi señor, pero lo más asombroso fue que en una isla desierta, donde lo único vivo era un roble, ahora hay una hermosa ciudad amurallada. La gobierna el príncipe Guidón, quien te saluda con respeto. 
Zar: Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar a su príncipe Guidón. 
Narrador: Una de las hermanas, sospechando lo peor, dijo: 
H. mayor: ¡Vaya una cosa milagrosa! Conozco un bosque en el que crece un pino. Debajo de él hay una ardilla que canta y come nueces. Aquellas nueces tienen corteza de oro y el fruto de esmeralda. ¡Esto sí que puede decirse que es una maravilla!
Narrador: Guidón, después de picar a su tía la cocinera en el ojo, regresó a su reino. Ya allí, cuando el cisne conoció la invención de su malvada tía, lo llevó a un patio de su palacio donde vio el pino, la ardilla, las nueces de oro y las esmeraldas.
Príncipe: Gracias, mi fiel cisne.
Cisne: Sabes que cuidaré de ti y de tu madre. 
Narrador: Volvieron los comerciantes, contemplaron la maravilla hecha realidad, partieron hacia el reino de Saltán y Guidón, transformado en moscardón, les acompañó en el barco. En el palacio del zar relataron:
Zar: Y bien, ¿que maravillas han contemplado esta vez?
Comerciante: Hemos visto una cosa en verdad milagrosa: en el palacio del rey Guidón crece un enorme pino, bajo el cual se levanta un kiosco de cristal. En este kiosco vive una ardilla que, mientras canta, va rompiendo nueces. Pero las nueces no son como las otras: su cáscara es de oro puro y su fruto es una esmeralda; con las cáscaras se acuñan monedas y las muchachas recogen las esmeraldas y las ocultan en sus cofres. El príncipe Guidón, que te manda sus saludos.
 Zar: Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar a su príncipe Guidón. 
H. mayor: ¡Vaya un milagro! Sé de una cosa mucho más sorprendente. En cierto lugar, cuando el mar se agita cubriendo la orilla de blanca espuma, salen de las olas treinta y tres héroes gigantes, capitaneados por Cernamor. ¡Esto sí que puede decirse que es una maravilla!
Narrador: El moscardón, silbó y zumbó y de pronto picó a su tía en el ojo izquierdo.
H. mayor: ¡Ahhhh! ¡Te cazaremos, maldito!
Narrador: Pero era tarde ya. Guidón salió volando por la ventana y regresó a su tierra.
Una vez más caminó por la playa y le contó al cisne las fabulaciones inventadas por su malvada tía cada vez que su padre, el zar, expresaba el deseo de visitar la isla.
Cisne: ¡Bueno, príncipe! No te preocupes. Si no es más que esto, es fácil arreglarlo. Conozco a estos jóvenes héroes: son mis hermanos, y haré que se presenten aquí.
Narrador: De pronto, el mar comenzó a hervir y los treinta y tres héroes marcharon hacia la playa guiados por el propio Cernamor.
Cernamor: La princesa-cisne nos envía para proteger tu ciudad. Cada día saldremos al mar para hacer la ronda en torno a los muros. Así es que pronto nos volveremos a ver. Y ahora, adiós, pues nos molesta el aire de la tierra. 
Narrador: Nuevamente los mercaderes anclaron en el puerto y el príncipe, transformado por el cisne en un zángano, partió con ellos. Cuando los comerciantes contaron la maravilla de los soldados que surgían del mar, la hermana mayor, interrumpió:
H. mayor: ¡Vaya una maravilla! ¿Qué tiene de particular que unos mancebos salgan del mar para vigilar una ciudad? Conozco una cosa… ¡pero ésa sí que es en verdad maravillosa! Al otro lado del mar existe una princesa de belleza tal que es imposible dejar de mirarla. En sus trenzas se oculta la luna y una estrella resplandece en su frente. ¡Éste sí es un verdadero milagro!
Narrador: El príncipe se indignó, zumbó en torno a ella y la picó en la nariz.
H. mayor: ¡A él! ¡a él! ¡Esta vez te cazaremos, maldito! 
Narrador: Pero el zángano voló por la ventana, atravesó tranquilamente el mar y regresó a su isla. El cisne lo encontró caminando por la playa y le preguntó por qué seguía tan triste:
Príncipe: Porque no tengo aquí a nadie que me acompañe. Me siento muy solo. En la corte de mi padre escuché hablar de una princesa tan hermosa que es imposible dejar de mirarla.  
Cisne: Esa princesa existe. No necesitas ir muy lejos: Yo soy la princesa que buscas.
Narrador: Un instante después Guidón tuvo ante sus ojos la princesa más hermosa que pudo haber imaginado.
Un día, Guidón y su esposa, la princesa-cisne, contemplaban las velas en el horizonte:
Príncipe: Mira, es mi padre el zar quien se aproxima.
Narrador: Efectivamente, era él. Hirvió el mar y salieron los soldados; la ardilla cantaba y partía nueces de oro con esmeraldas y todos con gran alegría entraron en el palacio del trono donde se celebró un gran banquete en honor al feliz reencuentro. Todos se sentaron a comer, todos..., excepto uno de los ministros del zar que dichoso se arrojó al suelo a jugar con el gato de palacio.

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domingo, 23 de octubre de 2016

El círculo del 99


EL CIRCULO DEL 99.
Había una vez un hombre que vivía en un gran castillo, lleno de habitaciones, grandes jardines y mucho lujo. Sin embargo, este hombre, como muchos otros, no se sentía feliz.
A pesar de ser cortesano del rey y tener mucha fortuna y gran prestigio sentía que le faltaba algo. Nunca estaba contento con lo que tenía.
En el castillo trabajaba un hombre que siempre estaba alegre; realizaba sus tareas con placer y en su rostro se dibujaba una eterna sonrisa.
Al encontrarse con él, el cortesano se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, se sintiera feliz.
Un buen día, comentó el asunto con uno de sus consejeros:

- No entiendo cómo este sirviente puede sentirse feliz. No lo he visto nunca enojado, en su cara siempre hay dibujada una sonrisa.
- Lo que sucede, mi señor, es que este hombre no ha ingresado en el "círculo del 99": es por esto que él es feliz", contestó el consejero.
- ¿Y qué es el "círculo del 99? -preguntó el cortesano muy extrañado.
- Se lo voy a demostrar -dijo el consejero.- Hoy a la noche, cuando el sirviente llegue a su casa, dejaremos en su puerta una bolsa con 99 monedas de oro. El resto lo comprobará usted por su cuenta.

Y así sucedió. Por la noche, cuando el sirviente se encontraba en su humilde casa, feliz, con su esposa y sus hijos, el cortesano y el consejero golpearon en la puerta del pobre hombre y dejaron en el suelo la bolsa con las 99 monedas. Rápidamente se escondieron detrás de un árbol y observaron todo lo que sucedía en la casa.
El hombre abrió la puerta, miró hacia un lado y hacia el otro, pero no vio a nadie. Sin embargo, encontró en el suelo una bolsa que parecía no tener dueño. La recogió del suelo y entró en su casa. Al ver el contenido, comenzó a llorar de alegría, ¡una bolsa con monedas de oro! ¡Qué bien le venía este regalo! A partir de ese momento no tendría más preocupaciones: sus hijos podrían vestir y comer como los ricos, y su mujer se compraría los más hermosos vestidos. Serían aún más felices.
Pero en ese momento decidió contar las monedas, para saber cuán grande era su fortuna. Y comenzó con la cuenta: una, dos, tres, ochenta, noventa, noventa y ocho, noventa y nueve...
El hombre se puso furioso, no podía creer lo que estaba pasando.

- ¡Me robaron una moneda! -comenzó a gritar-. ¡No hay justicia en este mundo! ¡Alguien se llevó mi moneda!

Y fue en ese instante cuando el hombre entró en el "círculo del 99".
La expresión de su cara cambió, la eterna sonrisa se transformó en una mueca bronca y de odio, y la sensación de felicidad desapareció para siempre.
En el trabajo, el pobre hombre ya no sonreía ni era amable con la gente, hasta con el cortesano se mostraba hostil.
Un buen día, el cortesano le preguntó qué le ocurría, ¿por qué andaba siempre con esa expresión tan triste en su cara?

- Y qué crees tú, ¿que debo andar siempre contento? -dijo casi gruñendo-. Yo no soy tu bufón. Hago mi trabajo, y por eso me pagan, nadie puede obligarme a estar alegre.

Frente a esta contestación tan agresiva, el cortesano se ofendió mucho y pronto comprendió lo que significaba pertenecer al "círculo del 99". Ese pobre hombre vivió el resto de su vida creyendo que le faltaba una moneda para ser feliz. Y él, el cortesano con tantos recursos y tanto prestigio, vivía de la misma manera, creyendo que siempre le faltaría algo para sentirse completamente dichoso.



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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Una curiosa merienda.

Una curiosa merienda.
( Mariana Acosta)

Narrador: Entre las hierbas de un bosque, cerca de un estanque había una flor roja y elegante.
Una mañana la abeja se posó sobre ella y le dijo:
Abeja: Disculpe flor distinguida y elegante, tengo un hambre apremiante, necesito comer su polen y volver a la colmena con vuelo danzante.
Flor: ¡Adelante!
Narrador: La abeja apenas había comenzado a extraer el polen de la flor, cuando intempestivamente llegó la araña y le dijo:
Araña: Disculpe señora abeja, pero las arañas comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Narrador: La abeja la miró de reojo y le contestó malhumorada:
Abeja: Sé que soy su insecto predilecto pero aún estoy comiendo el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: La araña se sentó pacientemente bajo la flor a esperar que la abeja terminara de comer el polen, cuando inesperadamente llegó el grillo y le dijo:
Grillo: Disculpe señora araña, pero los grillos comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Araña: Sé que soy su insecto predilecto, pero a usted no le tengo mucho afecto, estoy esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El grillo se sentó pacientemente detrás de la araña a esperar, cuando de pronto llegó el sapo dando intrépidos saltos y le dijo:
Sapo: Disculpe don grillo, pero los sapos también comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Grillo: Sé que soy su insecto predilecto, pero a usted no le tengo mucho afecto, estoy esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El sapo se sentó pacientemente en la fila detrás del grillo a esperar, cuando de pronto llegó arrastrándose sobre la tierra la serpiente. Ella se detuvo y enroscándose frente al sapo le dijo:
Serpiente: Disculpe don sapo, pero las serpientes comemos carne de sapo y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Sapo: Sé que soy su carne predilecta, pero le pido que sea correcta, estoy esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: La serpiente se enroscó pacientemente en la fila detrás del sapo a esperar, cuando de pronto un cernícalo de corona azul y hermosas alas, se posó frente a ella y le dijo:
Cernícalo: Disculpe doña serpiente, pero los cernícalos comemos carne de serpiente, cruda o crujiente y tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Serpiente: Sé que soy su carne predilecta, pero le pido que sea un ave correcta, estoy esperando al sapo, quién está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El cernícalo se sentó pacientemente en la fila detrás de la serpiente a esperar, cuando de pronto un zorro se detuvo frente a sus ojos y saboreándose le dijo:
Zorro: Disculpe don cernícalo, pero los zorros comemos carne de ave y usted es uno de mis manjares predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Cernícalo: Sé que mi carne para usted es un gran bocado, pero debe ser un carnívoro educado, estoy esperando a la serpiente, quien está esperando al sapo, quién está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El zorro se sentó pacientemente en la fila detrás del cernícalo a esperar. De pronto desde lo alto de un árbol saltó a tropezones un viejo y apelmazado puma, y mostrando sus gastados colmillos le dijo:
Puma: Disculpe, los pumas comemos carne de zorro y usted sigue siendo mi plato preferido y tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Zorro: Sé que mi carne para usted es un gran bocado, pero le pido que sea un carnívoro educado, estoy esperando al cernícalo, quien está esperando a la serpiente, quien está esperando al sapo, quien está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El arrugado puma se sentó pacientemente en la fila detrás del zorro a esperar. De pronto vio un cóndor volando en círculos sobre su cabeza y con sus alas abiertas como dos gigantes volantines. Todos sabían que esta gran ave tenía garras de acero y era el animal más temido de los carroñeros.
Apenas la abeja terminó de saciarse con el polen de la flor, la araña abrió sus pequeñas mandíbulas y justo en el momento en que estaba a punto de tragarse las alitas de la abeja, un ensordecedor y escalofriante sonido retumbó en el aire desde la escopeta de un necio cazador. Todos los animales se miraron estupefactos de horror.
El cóndor se alejó del puma volando despavorido hacia la montaña, el puma se alejó del zorro trepando velozmente a un árbol, el zorro se alejó del cernícalo huyendo horrorizado hacia una cueva, el cernícalo se alejó de la serpiente volando raudamente a su nido, la serpiente se alejó del sapo hundiéndose de golpe en la tierra, el sapo se alejó del grillo saltando al instante hasta el estanque, el grillo se alejó de la araña caminando a toda prisa hasta un tronco y la araña aterrada por el estridente sonido del necio cazador, abrió sus pequeñas mandíbulas y soltando a la abeja de su boca, arrancó en un dos por tres a esconderse bajo las piedras.
¡Qué aterradores son los intrusos y necios cazadores!

Al día siguiente entre las hierbas de un bosque y cerca de un estanque, había una flor amarilla y elegante.
Una abeja se posó sobre ella y le dijo:
Abeja: Disculpe flor distinguida y elegante, tengo un hambre apremiante, necesito comer su polen y volver a la colmena con vuelo danzante.
Flor: ¡Adelante!

Narrador:
Algunos comen hierbas.
Otros insectos, carne o una nuez.
Solitarios o en manadas.
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lunes, 5 de septiembre de 2016

La nieve de Chelm.

La nieve de Chelm.

(Isaac Bashevis Singer)

Chelm era una aldea de tontos: tontos jóvenes y tontos viejos. Una noche alguien espió a la luna, que se reflejaba en un barril de agua. La gente de Chelm imaginó que había caído allí. Sellaron el barril para que la luna no se escapara. Cuando a la mañana destaparon el barril y comprobaron que la luna ya no estaba allí, los aldeanos concluyeron que había sido robada. Llamaron a la policía, y, cuando el ladrón no pudo ser hallado, los tontos de Chelm lloraron y gimieron.
De todos los tontos de Chelm, los más famosos eran los siete ancianos. Como eran los tontos más rematados y más viejos, gobernaban en Chelm. De tanto pensar, tenían las barbas blancas y las frentes muy anchas.
Una vez, durante toda una noche de Hannukkah, la nieve no cesó de caer. Cubrió todo Chelm como un manto de plata. La luna brilló, las estrellas titilaron, y la nieve relució como perlas y diamantes.
Esa noche los siete ancianos estaban sentados y reflexionando, mientras arrugaban sus frentes. La aldea necesitaba dinero, y no sabían cómo obtenerlo. De repente, el más anciano de ellos, Groham el Gran Tonto, exclamó:
¡La nieve es plata!
¡Veo perlas en la nieve! –gritó otro.
¡Y yo veo diamantes! –agregó un tercero.
Para los ancianos de Chelm estaba claro que había caído un tesoro del cielo.
Pero pronto comenzaron a preocuparse. A la gente de Chelm le gustaba caminar, y ciertamente terminarían por pisotear el tesoro. ¿Qué se podía hacer? El tonto Tudras tuvo una idea.
Enviemos un mensajero que golpee en todas las ventanas y comunique a todos que deben permanecer en sus casas hasta que se hayan recogido la plata, las perlas y los diamantes.
Durante un rato los ancianos quedaron satisfechos. Se restregaron las manos y aprobaron la astuta idea. Pero entonces Lekisch el memo hizo notar con aflicción:
El mensajero mismo pisoteará el tesoro.
Los ancianos comprendieron que Lekisch tenía razón, y otra vez arrugaron las frentes en un esfuerzo por solucionar el problema.
¡Ya lo tengo! –exclamó Shmerel el Buey.
Dinos, dinos –rogaron los ancianos.
El mensajero no debe ir a pie. Debe ser transportado sobre una mesa, para que sus pies no toquen la preciosa nieve.
Todos quedaron encantados con la solución de Shmerel el Buey, y los ancianos, batiendo palmas, admiraron su sabiduría.
Los ancianos enviaron inmediatamente a alguien a la cocina a buscar a Gimpel, el chico de los recados, y lo pusieron sobre una mesa. Y ahora ¿quién habría de transportar la mesa? Fue una suerte que en la cocina estuvieran Treitle el cocinero, Berel el pelador de patatas, Yukel el mezclador de ensaladas, y Yontel, que cuidaba a la cabra de la comunidad. Se les ordenó a los cuatro que llevaran la mesa en la que Gimpel se había puesto de pie. Cada uno sostuvo una pata. Arriba estaba Gimpel con un martillo de madera, para golpear en las ventanas de los aldeanos. Entonces salieron.
En cada ventana Gimpel golpeaba y decía:
Nadie debe salir de casa esta noche. Ha caído un tesoro del cielo y está prohibido pisarlo.
La gente de Chelm obedeció a los ancianos y permaneció en sus casas durante toda la noche. Entretanto los propios ancianos se sentaron, tratando de imaginar cómo harían mejor uso del tesoro, una vez que lo recogieran.
El tonto Tudras propuso que lo vendieran y compraran una gansa que pusiera huevos de oro. Así la comunidad tendría unos ingresos fijos. Lekisch el memo tuvo otra idea. ¿Por qué no comprar anteojos que hicieran parecer más grandes todas las cosas a los habitantes de Chelm? Las casas, las calles y las tiendas parecerían más grandes, y desde luego, si Chelm parecía más grande, pues entonces sería más grande. Ya no sería una aldea, sino una gran ciudad.
Surgieron otras ideas igualmente ingeniosas. Pero mientras los ancianos sopesaban sus diversos planes, llegó la mañana y brilló el sol. Miraron por la ventana y, caramba, vieron que la nieve había sido pisoteada. Las pesadas botas de los porteadores de la mesa habían destruido el tesoro.
Los ancianos de Chelm se acariciaron sus blancas barbas y admitieron que habían cometido un error. ¿Quizás, razonaron, otras cuatro personas debían haber llevado a los cuatro hombres que llevaron la mesa en la que estaba Gimpel, el chico de los recados?
Tras largas deliberaciones los ancianos decidieron que, si durante el próximo Hannukkah llegaba a caer otro tesoro del cielo, eso era exactamente lo que habrían de hacer.
Aunque los aldeanos se quedaron sin tesoro, estaban llenos de esperanzas para el año siguiente y elogiaron a los ancianos, con quienes sabían que se podía contar para encontrar una solución, por muy difícil que fuera el problema.



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miércoles, 10 de agosto de 2016

Los tres osos.

Los tres osos.

Narrador: Había una vez tres osos que vivían juntos, en una casa en mitad del bosque. Uno de ellos era un oso muy, muy pequeño; el segundo era un oso de tamaño mediano y el tercero era un enorme oso.
Cada uno de ellos tenía una escudilla para su sopa; una escudilla pequeñita para el oso pequeñito, una escudilla mediana para el oso mediano, y una escudilla grandísima, para el enorme, enorme oso.
Y cada uno tenía una silla para sentarse: una silla pequeña para el oso pequeñito, una silla mediana para el oso mediano, y una silla muy grande para el oso grande.
Y tenían también cada uno una cama para acostarse, una cama grandísima para el oso grande, una cama mediana para el oso mediano, y una cama pequeñita, pequeñita, para el pequeño, pequeñísimo oso.
Un día, después de haber cocido sus sopas y haberlas vertido en sus escudillas, fueron a dar un paseo por el bosque, mientras la sopa se enfriaba. Era una sopa buenísima.
Y mientras se paseaban, llegó a la casa una niña llamada Ricitos de Oro. No conocía aquel sitio, ni había visto jamás la casita de los osos. Era una casita tan graciosa que olvidó todas las reglas que su mamá le recordaba siempre.
Miró por la ventana, después por el ojo de la cerradura y, viendo que no había nadie en la habitación, abrió la puerta y entró. Se relamió de gusto al ver la comida que se enfriaba sobre la mesa.
Si Ricitos de Oro hubiera recordado lo que su mamá le decía siempre, habría esperado la vuelta de los osos y seguramente ellos le habrían dado un poco de sus sopas porque eran muy buenos.
Un poco bruscos ¡claro!, es su manera de ser.
Pero, a pesar de ello, muy acogedores. Pero Ricitos de Oro lo olvidó todo y ella misma, se sirvió.
Primero la sopa del oso grande, pero estaba demasiado caliente.
Después probó la sopa del oso mediano, pero estaba demasiado fría.
Entonces fue hacia la escudilla del oso pequeño y también la probó. No estaba ni fría ni caliente, sino en su justo punto; tan buena la encontró que se la comió toda.
Después Ricitos de Oro se subió a la silla del oso grande pero la encontró demasiado dura.
Probó después la del oso mediano, pero la encontró demasiado blanda.
Entonces probó la silla del oso pequeño y no la encontró ni demasiado dura ni demasiado blanda, sino justo como debía ser. Se hundió tan profundamente en el fondo de la silla que se rompió.
Se levantó, subió por la escalera y entró en la habitación de arriba donde estaban las tres camas de los osos. También probó las tres camas y se acostó finalmente sobre la cama del oso pequeño. Ricitos de Oro se tapó con la colcha y se durmió profundamente.
Entre tanto, los osos se dirigían hacia su casa. Ricitos de Oro había dejado las cucharas dentro de las escudillas.
Oso grande: ¡Alguien ha tocado mi sopa!
Narrador: Y cuando el oso mediano miró su escudilla, vio que la cuchara también estaba dentro.
Oso mediano: ¡Alguien también ha tocado mi sopa!
Oso pequeño: ¡Alguien ha tocado mi sopa y se la ha comido toda!
Narrador: Al ver esto, los tres osos comprendieron que alguien había entrado en la casa y se dispusieron a buscar a su alrededor.
Oso grande: ¡Alguien se ha sentado en mi silla!
Oso mediano: ¡Alguien se ha sentado en mi silla!
Oso pequeño: ¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto completamente, ¡oh, oh, oh!
Narrador: Entonces, al ver los osos que allí no encontraban nada, decidieron subir a la habitación de arriba. Pero Ricitos de Oro había cambiado de lugar la almohada y el edredón.
Oso grande: ¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Oso mediano: ¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Narrador: Y cuando el pequeño, pequeñísimo oso fue a mirar la suya, encontró que la almohada estaba en su sitio, que el edredón estaba en su sitio, y... sobre la almohada vio algo dorado, era... ¡el pelo de Ricitos de Oro!
Oso pequeño: Alguien se ha acostado en mi cama y... ¡todavía está en ella!
Narrador: Ricitos de Oro había oído durante su sueño el vozarrón del oso grande, pero creyó que era un trueno. Luego, había oído la voz mediana del oso mediano, pero creyó que le hablaban en sueños.
Pero la voz aflautada del oso pequeño traspasó sus oídos y la despertó. Se sentó sobre la cama y, cuando vio los tres osos a un lado, saltó por el otro, y corrió hacia la ventana. La ventana estaba abierta y Ricitos de Oro saltó por ella y corrió a casa con su mamá, tan deprisa como sus piernas pudieron llevarla.


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domingo, 31 de julio de 2016

El árbol generoso.



El árbol generoso.
(Shel Silverstein. Adaptado)
Narradora 1: Había una vez un árbol... Que amaba a un pequeño niño. Y todos los días el niño venía y recogía sus hojas para hacerse con ellas una corona y jugar al rey del bosque.
Narrador 2: Subía por su tronco y se mecía en sus ramas y comía manzanas y ambos jugaban al escondite. Y cuando estaba cansado, dormía bajo su sombra y el niño amaba al árbol mucho y el árbol era feliz.
Narradora 3: Pero el tiempo pasó y el niño creció y el árbol se quedaba a menudo solo.
Narradora 1: Pero un día, el árbol vio venir a su niño y le dijo:
Árbol: Ven, Niño súbete a mi tronco y mécete en mis ramas y come mis manzanas y juega bajo mi sombra y sé feliz.
Niño: Ya soy muy grande para trepar y jugar. Yo quiero comprar cosas y divertirme, necesito dinero. ¿Podrías dármelo?
Árbol: Lo siento pero yo no tengo dinero. Sólo tengo hojas y manzanas. Coge mis manzanas y véndelas en la ciudad así tendrás dinero y serás feliz.
Narrador 2: Y, así, él se subió al árbol, recogió las manzanas y se las llevó y el árbol se sintió feliz.
Narradora 3: Pero pasó mucho tiempo y su niño no volvía y el árbol estaba triste.Y entonces, un día regresó y el árbol se agitó alegremente y le dijo: Árbol: Ven, Niño, súbete a mi tronco, mécete en mis ramas y sé feliz.
Niño: Estoy muy ocupado para trepar árboles. Necesito una casa que me sirva de abrigo. Quiero una esposa y unos niños, y por eso quiero una casa. ¿Puedes tú dármela?”
Árbol: Yo no tengo casa. El bosque es mi hogar, pero tú puedes cortar mis ramas y hacerte una casa. Entonces serás feliz.
Narradora 1: Y así él cortó sus ramas y se la llevó para construir su casa. Y el árbol se sintió feliz...
Narrador 2: Pero pasó mucho tiempo y su niño no volvía.
Narradora 3: Y cuando regresó el árbol estaba tan feliz que apenas pudo hablar.
Árbol: Ven, Niño. Ven y juega.
Niño: Estoy muy viejo y triste para jugar. Quiero un bote que me lleve lejos de aquí. ¿Puedes tú dármelo?
Árbol: Corta mi tronco y hazte un bote. Entonces podrás navegar lejos... y serás feliz.
Narradora 1: Y así él cortó el tronco y se hizo un bote y navegó lejos. Y el árbol se sintió feliz.
Narrador 2: Pero no realmente.
Narradora 3: Y después de mucho tiempo, su niño volvió nuevamente.
Árbol: Lo siento, Niño, pero ya no tengo nada para darte, ya no me quedan manzanas.
Niño: Mis dientes son muy débiles para comer manzanas.
Árbol: Ya no me quedan ramas, tú ya no puedes mecerte en ellas.
Niño: Estoy muy viejo para columpiarme en las ramas.
Árbol: Ya no tengo tronco, tú ya no puedes trepar.
Niño: Estoy muy cansado para trepar.
Árbol: Quisiera poder darte algo...pero ya no me queda nada. Soy solo un viejo tocón. Lo siento...
Niño: Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar tranquilo para reposar, estoy muy cansado.
Árbol: Bien, un viejo tocón es bueno para sentarse y descansar. Ven, Niño, siéntate. Siéntate y descansa.
Narradora 1: Y él se sentó
Narrador 2: Y el árbol fue feliz.



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miércoles, 20 de julio de 2016

El compañero de viaje.


El compañero de viaje.
(Hans Christian Andersen, adaptado)

Primera Parte.
Narrador: Aquella noche fue la más dura para Juan, pues su padre se hallaba enfermo e iba a morir.
Padre: Has sido un buen hijo, Juan, y Dios te ayudará por los caminos del mundo. ¡Adiós, hijo, no me olvides!
Juan: ¡Padre, padre! ¡No te vayas, no me dejes solo!
Narrador: Nadie le quedaba en la Tierra, ni padre ni madre; era hijo único. Solo, estaba completamente solo.
Después de enterrar a su padre preparó su pequeña mochila y escondió en su cinturón toda su herencia: cincuenta florines en total; con ella se disponía a correr mundo. Aquella noche durmió en pleno campo a cubierto de un almiar y, al llegar la tarde del día siguiente, el cielo comenzó a encapotarse. Pronto comenzaría a llover: Aceleró el paso para refugiarse en una pequeña iglesia situada en lo alto de una colina.
Juan: He tenido suerte, la puerta sólo está entornada. Me sentaré en un rincón, estoy muy cansado y necesito reposar.
Narrador: Antes de que pudiera darse cuenta, se quedó profundamente dormido. A medianoche lo despertó el ruido en el interior del templo. Dos hombres habían abierto un féretro en el que había un difunto que esperaba la hora de recibir sepultura. Juan, al verlos, no tuvo miedo y salió de entre las sombras.
Juan: ¿Qué estáis haciendo? No se debe molestar a los muertos. ¡Dejadlo descansar en paz!
Malvado 1: ¡Tonterías! ¡Nos engañó! Nos debía dinero y no pudo pagarlo; y ahora que ha muerto no cobraremos un céntimo. Por eso queremos vengarnos. Vamos a arrojarlo como a un perro ante la puerta de la iglesia.
Juan: Sólo tengo cincuenta florines. Es toda mi fortuna, pero os los daré de buena gana si me prometéis dejar en paz al pobre difunto. Yo me las arreglaré sin dinero. Estoy sano y fuerte, y nada me faltará.
Malvado 2: Bien. Si te avienes a pagar su deuda no le haremos nada, te lo prometemos. 
Juan: Tomad, los cincuenta florines.
Malvado 1: ¡Ya hemos cobrado con creces la deuda! ¡Vámonos! ¡Jajaja!
Malvado 2: ¡Sí, vámonos! Gracias a este idiota el difunto puede descansar en paz. ¡Jajaja!
Narrador: Juan colocó nuevamente el cadáver en el féretro y se alejó contento de aquel lugar.
Poco después, al salir del bosque resonó a su espalda una voz de hombre:
Compañero: ¡Hola, compañero! ¿Adónde vas?
Juan: Por esos mundos de Dios. No tengo padre ni madre y soy pobre, sólo me tengo a mi mismo.
Compañero: También yo voy a correr mundo. ¿Quieres que lo hagamos en compañía?
Juan: ¡De acuerdo!
Narrador: Al mediodía, se sentaron a la sombra de un árbol para descansar cuando pasó una anciana que llevaba un haz de leña sobre su espalda. De pronto, resbaló y cayó dando un grito de dolor.
Anciana: ¡Ah, ah, mi pierna, mi pierna! ¡Me he roto la pierna! ¡Mi pierna!
Juan: ¡Pobre mujer! No se apure, nosotros le ayudaremos, la llevaremos en brazos hasta su casa.
Compañero: No será necesario, con el ungüento que llevo en este frasco sanará y podrá llegar a casa.
Anciana: Dios te lo pague, buen hombre.
Narrador: No será necesario, señora, con esas tres retamas que lleva me sentiré pagado.
Anciana: ¡Mucho pides...! Pero tuyas serán si es verdad el poder sanador de tu bálsamo.
Compañero: Un poco de mi ungüento sobre la pierna y sanará. Ya está. Levántese.
Anciana: ¡Oh, ya puedo andar y mejor que antes! ¡Dios te bendiga, buen hombre, Dios te bendiga! Ahí te dejo las retamas. ¡Adiós! ¡Adiós!
Juan: ¿Para qué quieres las varas?
Compañero: Son tres bonitas escobas. Me gustan, qué quieres que te diga; yo soy así de extraño. ¡Vámonos, sigamos nuestro camino!
Narrador: Llegaron al siguiente pueblo y se detuvieron en una posada muy animada porque un titiritero estaba actuando con su compañía. Entre el público se hallaba un carnicero acompañado de su perro de presa. De repente, el animal se abalanzó sobre una de las marionetas y la destrozó.
Titiritero: ¡Oh, qué horror, qué ruina! ¡Mis marionetas, mi reina despedaza! ¡Tendré que suspender mis actuaciones! ¡Era la marioneta más divertida!
Compañero: Tranquilízate, titiritero, con este ungüento quedará como nueva y las tres restantes marionetas también.
Titiritero: ¿¡Oh, señor, cómo os lo podría agradecer!?
Compañero: Nada más fácil. Sólo tienes que darme el sable que llevas a la cintura.
Narrador: En cuanto untó a las marionetas con el ungüento, comenzaron a bailar animadamente. Las muchachas de entre el público comenzaron a bailar también. ¡Todo el mundo acabó bailando!
A la mañana siguiente, cuando Juan y su compañero abandonaron el pueblo, vieron como un cisne descendía hasta que al fin cayó inerte ante sus pies.
El compañero de viaje de Juan cortó las alas con el sable.
Juan: ¡Qué alas tan hermosas!
Compañero: Y no sabes lo valiosas que son. Me las llevaré. ¡Qué bien hice al adquirir este sable!
Narrador: Caminaron millas y millas hasta que llegaron a la gran ciudad donde se encontraba el palacio del Rey.
Ya en la posada, la dueña les contó...:
Posadera: El Rey es una excelente persona, incapaz de causar mal a nadie; pero, en cambio, su hija, ¡ay, Dios nos guarde!, es una princesa perversa. Belleza no le falta, ninguna podía compararse con ella; pero, ¿y de qué le sirve? Es una bruja, culpable de la muerte de numerosos pretendientes, sean príncipes o no. Todo el mundo puede presentarse para pedir su mano, pero tienen que adivinar tres cosas que ella haya pensado. El que las acierte se convertirá en marido y futuro rey, pero el que fracasa con las tres respuestas, es ahorcado o decapitado al primer fallo.
Juan: ¿No has dicho que el Rey es una buena persona?
Compañero: Continúa, por favor.
Posadera: El Rey, su padre, es muy anciano y no sabe cómo impedir las maldades de su hija. Está tan amargado por tanta tristeza y miseria, que pasa los días de rodillas, junto con sus soldados, rogando por la conversión de la princesa; pero nada consigue.
Juan: ¡Qué horrible princesa! Una buena azotaina, he aquí lo que necesita. Si yo fuese el Rey, pronto cambiaría.
Narrador: De pronto se oyó un gran griterío en la carretera. Pasaba la princesa. Era realmente tan hermosa, que todo el mundo se olvidaba de su maldad y se ponía a vitorearla.
Al verla, Juan en el acto quedó enamorado de ella. Era imposible, pensó, que fuese una bruja, capaz de mandar ahorcar o decapitar a los que no adivinaban sus acertijos.
Juan: Todos están facultados para solicitarla, incluso el más pobre de los mendigos; iré, pues, al palacio; no tengo más remedio.
Narrador: A la mañana siguiente, Juan, se presentó en el palacio del Rey…
Juan: Majestad, vengo a pediros la mano de vuestra hija.
Rey: No lo intentes, joven, acabarás malamente, como los demás. Es una locura que procures adivinar los malditos acertijos.
Juan: Estoy decidido firmemente, señor.
Rey: Ven, acompáñame al jardín y verás lo que te espera. ¡Ya lo ves! !Mira qué macabro panorama! Te espera la misma suerte que a todos ésos: la muerte. Mejor es que renuncies. Me harías sufrir mucho, pues no puedo soportar estos horrores.
Narrador: Pero nada obtuvo el Rey. Debía presentarse en palacio a la mañana siguiente y si acertaba la primera adivinanza tendría que volver otras dos veces.

Segunda Parte.
Narrador: Al anochecer, en la posada, el amigo de Juan preparó un buen ponche.
Compañero: Vamos a alegrarnos y a brindar por la salud de la princesa.
Juan: Sí, brindemos por ella.
Compañero: Y por tu suerte. Bebe, bebe, Juan y descansa.
Narrador: Una vez que Juan quedó sumido en un profundo sueño, su compañero cogió las grandes alas que había cortado al cisne y se las sujetó a la espalda. Cogió las varas recibidas de la vieja de la pierna rota, abrió la ventana, y, echando a volar por encima de la ciudad, se dirigió al palacio. Allí se posó en un rincón, bajo la ventana del aposento de la princesa.
Dieron las doce en el reloj, se abrió la ventana, y la princesa salió volando, envuelta en un largo manto blanco y con alas negras, alejándose en dirección a una alta montaña. El compañero de Juan se hizo invisible, para que la doncella no pudiese notar su presencia, y se lanzó en su persecución. Cuando la alcanzó, se puso a azotarla con su vara, con tanta fuerza que la sangre fluía de su piel. A cada azote la princesa exclamaba:
Princesa: ¡Qué manera de granizar!
Narrador: Finalmente, llegó a la montaña y la hija del Rey, seguida de modo invisible por el amigo de Juan, entró en una espaciosa sala, toda ella construida de plata y oro. ¡Qué espanto! En el centro del piso había un trono, soportado por cuatro esqueletos de caballo. Ocupaba el trono un viejo hechicero que invitó a la princesa a sentarse a su lado, mientras daba la orden para que empezase la música:
Hechicero: ¡Que suene la música y comience el baile!
Narrador: Jamás se ha visto tal concierto. Pequeños trasgos negros con fuegos fatuos en la gorra danzaban por la sala. Los cortesanos no eran sino palos de escoba rematados por cabezas de repollo, a las que el brujo había infundido vida y recubierto con vestidos bordados.
Terminado el baile, la princesa contó al hechicero que se había presentado un nuevo pretendiente.
Princesa: ¿Qué enigma debo plantearle cuando mañana se presente en palacio?
Hechicero: Te diré... Yo elegiría algo que sea tan fácil que ni siquiera se le ocurra pensar en ello. Piensa... en tus zapatos; no lo adivinará. Entonces lo mandarás decapitar, y cuando vuelvas mañana por la noche, no te olvides de traerme sus ojos, pues me los quiero comer.
Narrador: A la mañana siguiente, en la posada…
Compañero: Sabes, Juan, he tenido un extraño sueño acerca de la princesa y de su zapato. Un malvado brujo, que vivía en el interior de una montaña, le decía a la hija del Rey que te preguntara en qué estabas pensado y la respuesta era que en tus zapatos.
Juan: Lo mismo puede ser esto que otra cosa. Tal vez sea precisamente lo que has soñado. Sea como fuere, nos despediremos, pues si yerro no nos volveremos a ver.
Narrador: Se abrazaron, y Juan se encaminó al palacio. Ya en él…
Princesa: Buenos días. ¿Estás dispuesto para la prueba?
Juan: Sí, princesa. Podéis formularla.
Princesa: Bien. ¡Veremos de qué eres capaz! ¿En qué estoy pensando?
Juan: En sus zapatos.
Princesa: ¡Oh, has acertado!
Rey: ¡Bravo, joven, bravo! ¡Jejeje, es el primero que acierta! ¡Vamos, mis cortesanos, aplaudan, aplaudan; muestren su alegría como yo! (6)
Narrador: La segunda prueba también la superó Juan gracias a su compañero cuando acertó al responder al segundo enigma de la princesa …:
Princesa: Bien. ¿En qué estoy pensando?
Juan: ¡Guantes!
Narrador: Ya sólo faltaba que Juan adivinase la tercera vez; si lo conseguía, se casaría con la bella muchacha, y a la muerte del anciano Rey heredaría el trono; pero si fallaba, perdería la vida, y el brujo se comería sus hermosos ojos azules.
Aquella noche, en la sala de la montaña…
Princesa: Juan lo ha acertado por segunda vez; no podemos permitir que lo haga una tercera vez. Me vería obligada a casarme con él y no podré volver nunca más a la montaña.
Hechicero: ¡No lo adivinará! Pensaré algo que jamás pueda ocurrírsele, a menos que sea un encantador más grande que yo. Esta noche te acompañaré de regreso al palacio. Entonces te diré en voz baja en qué debes pensar. Creo que en esta sala alguien puede estar escuchando lo que no debe.
Narrador: Ya de regreso, volaban a través de una terrible tormenta…
Hechicero: ¡Nunca una tormenta me azotó de un modo tan doloroso!
Princesa: Dime, ¿en qué debo pensar?
Hechicero: Aquí estamos seguro, nadie puede oírnos. Piensa en mi cabeza.
Narrador: Cuando el brujo dejó a la princesa y se disponía a regresar a la montaña, el misterioso compañero de Juan, agarrándolo por la luenga barba, de un sablazo, le separó la horrible cabeza de los hombros, sin que el mago lograse verlo. Luego arrojó el cuerpo al lago para que fuera devorado por los peces. Después envolvió la cabeza en un paño y, una vez que llegó a la posada, se acostó.
A la mañana siguiente entregó el envoltorio a Juan, diciéndole que no lo abriese hasta que la princesa le preguntase en qué había pensado.
Princesa: ¿En qué he pensado, Juan?
Narrador: Por toda contestación, éste desató el paño, y todos quedaron horrorizados al ver la fea cabeza del hechicero.
Rey: ¡Guardad, silencio!
Princesa: Has acertado de nuevo. Esta noche se celebrará la boda.
Rey:¡Eso está bien! ¡Así se hacen las cosas! ¡Ahora, sí! ¡Vamos, mis cortesanos, aplaudan, aplaudan!
Narrador: Sin embargo, la princesa seguía aún embrujada y no podía sufrir a Juan. El compañero de viaje dio a Juan tres plumas de las alas del cisne y una botellita que contenía unas gotas, diciéndole cómo debía proceder…:
Compañero: Coloca junto a la cama un gran barril lleno de agua, échale las plumas blanca y las gotas. Empuja a la princesa para que caiga en el agua y sumérgela tres veces. No te olvides, ¡sumérgela tres veces! Con esto quedará desencantada y se enamorará de ti.
Juan: Así lo haré, querido amigo. ¡Tres veces!
Narrador: Juan lo hizo tal y como su compañero le había indicado. En la primera, la princesa adquirió la figura de un enorme cisne negro de ojos centelleantes; la segunda vez que la zambulló salió el cisne blanco; nuevamente sumergió el ave en el agua, y en el mismo instante quedó convertida en una hermosísima princesa. Era todavía más bella que antes, y con lágrimas en los maravillosos ojos le dio las gracias por haberla librado de su hechizo.
A la mañana siguiente, el primero en llegar a palacio fue el compañero de viaje, con un bastón en la mano y el hato a la espalda.
Compañero: Debo partir, querido Juan.
JJuan: Ven a mis brazos, querido amigo. Te ruego que no te marches, quédate a mi lado pues a ti debo toda mi felicidad.
Compañero: No, mi hora ha sonado. No hice sino pagar mi deuda. ¿Te acuerdas de aquel muerto con quien quisieron cebarse aquellos malvados? Diste cuanto tenías para que pudiese descansar en paz en la tumba. Pues aquel muerto soy yo.
Narrador: Y en el mismo momento desapareció.
Juan y la princesa se amaron entrañablemente, y el anciano Rey vivió días felices, en los que pudo sentar a sus nietecitos sobre sus rodillas y jugar con ellos con el cetro.



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