jueves, 20 de septiembre de 2018

Los tres cabritillos


Los tres cabritillos.

Narrador: Había una vez tres cabritillos que eran hermanos. Un día decidieron pasar a lo otra orilla del río donde había una hierba verde que estaba diciendo: "Cómeme, cómeme".
Para atravesar el río debían atravesar un puente y debajo de él tenía su guarida un ogro feo y gruñón.
El primero en querer atravesar el puente fue el más joven de los cabritillos: 

Ogro: ¿Quién pasa por encima de mi puente? 
Cabritillo 1: Soy yo, el más pequeño de los tres cabritillos del bosque. Voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿Y a quién has pedido permiso? Te voy a comer ahora mismo. Cabritillo 1: No, no lo hagas, que soy muy pequeño y estoy muy flaco. Espera un poco que más atrás viene mi hermano que es mayor que yo.  
Ogro: Bueno, bueno. Si es así, puedes marchar. 
Narrador: Al poco rato llegó el segundo de los cabritillos y, al pasar, se oyeron sus pezuñas. 
Ogro: ¿Quién está cruzando por encima de mi puente?  
Cabritillo 2: Soy yo, el segundo cabritillo del bosque que voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿No sabes que debes avisar? Espera un poco que voy a comerte. 
Cabritillo 2: Bueno; pero antes te quiero decir que, si tienes un poco de paciencia, por allí viene mi hermano, el mayor, que tiene mejor bocado.  
Ogro: Está bien. Esperaré. Puedes irte. 
Narrador: Un momento más tarde, el mayor de los cabritillos llegó al puente. 
Ogro: ¿Quién anda par ahí? ¿Quién pasa por mi puente?
Narrador: Gritó el ogro relamiéndose de gusto, al ver que ya tenía un buen banquete.  
Cabritillo 3: Soy yo, el cabritillo mayor del bosque, que quiero pasar a la montaña a comer hierba fresca y verde.
Ogro: Ah, ¿Eres tú? Te esperaba. No te vayas, que te voy a hincar el diente.  
Cabritillo 3: Ven, aquí me tienes, acércate que te voy a traspasar con mis cuernos.
Narrador: Y dicho y hecho. Se lanzó sobre el ogro, le dio unos cuantos topetazos y lo tiró al río. Menudo susto y remojón.
Sin más, atravesó tranquilamente el puente y se reunió con sus hermanos. Y en los prados se quedaron comiendo cuanto quisieron.

El audio y el vídeo de este cuento lo tienes aquí.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El tarro de aceitunas



El tarro de aceitunas.
(Las mil y una noches)
Narrador: Una vez, hace muchos tiempo, un mercader de Bagdad, que se llamaba Alí Cofia, decidió viajar a la ciudad sagrada de La Meca. Para los creyentes musulmanes es una obligación visitar una vez en la vida por lo menos esa sagrada ciudad. Alí arregló todos sus negocios, alquiló su casa y dejó todas sus pertenencias. Pero, al final, se dio cuenta de que le sobraban mil monedas de oro. Como no tenía ya lugar donde dejarlas puesto que se había deshecho de todo, se le ocurrió que podría guardarlas en un tarro de aceitunas.
Así lo hizo, guardó las mil monedas de oro en el fondo del tarro y luego lo llenó con aceitunas. Después le pidió a un amigo, que tenía fama de honrado, que le guardara el tarro de aceitunas hasta que regresara de su viaje. Al fin, Alí Cofia emprendió su viaje con dos camellos cargados de telas muy finas que pensaba vender en La Meca, aprovechando su viaje.
Cuando cumplió con su promesa de visitar la ciudad sagrada, se dirigió a otros países, siempre comerciando, de modo que en estos viajes pasó siete años.
Mientras tanto, una noche, la esposa del mercader al que le había dejado encargado su tarro de aceitunas, tuvo un gran antojo de comer éstas.
Amigo: Mujer, tu antojo es fácil de cumplir, porque, recordarás que mi amigo Alí antes de marcharse me dejó encargado un gran tarro de aceitunas. Y hace tanto tiempo que hizo esto… y como no sabemos nada de él seguro es que le ha ocurrido algo. ¡Quién sabe! A lo mejor hasta ya se murió. ¿Por qué no me das una lámpara y bajo al almacén a buscar unas cuantas aceitunas del tarro? Mujer: ¡Ni lo quiera Alá! ¡Cómo se te ocurre semejante idea! Cuando alguien nos confía algo en depósito debemos respetarlo. Uno no sabe si Alí regresará un día u otro, y si no encuentra su tarro tal y como él lo dejó, ¿qué pensaría de ti? No, mejor deja el tarro como está y no lo toques… además, ya no tengo antojo de aceitunas.Narrador: Pero, a pesar de todos estos sabios consejos, el mercader no hizo caso a su mujer. Destapó el tarro y encontró que las aceitunas se habían podrido. Vacío el tarro y empezaron a caer unas cuantas monedas. Al ver el oro, el mercader se volvió loco de ambición.
A la mañana siguiente, el mercader, sin decir nada, tomó las mil monedas de oro, luego llenó el tarro con aceitunas frescas que había comprado; tapó el frasco y dejó todo como estaba antes.
Alí Cofia, por su parte, finalmente, regresó a su ciudad. Unos días después decidió ir a ver a su amigo el mercader honesto al cual le había dejado encargado su tarro de aceitunas. El otro mercader lo abrazó y lo felicitó por su feliz regreso y le entregó la llave del almacén para que él mismo tomara su tarro. Alí le dio las gracias y se llevó su cargamento a la posada donde se hospedaba. Alí vació las aceitunas, que todavía estaban muy frescas, pero del dinero ¡no había nada! Inmediatamente Alí fue a reclamar sus monedas.
Alí: Amigo, vengo a decirte que el tarro de aceitunas que te confié no sólo contenía aceitunas, sino mil monedas de oro que yo mismo coloqué en el fondo y éstas han desaparecido. Si tú las tomaste porque necesitabas el dinero está bien, podemos arreglarlo…
Amigo: ¿Acaso me estas diciendo que soy un ladrón? Cuando trajiste tu tarro, tú mismo lo pusiste en el lugar en el que lo encontraste. Nadie ha tomado nada y tal parece que no sabes agradecer un favor. ¡Ahora márchate de mi casa!
Narrador: Alí no sabía qué hacer, así que se dirigió al tribunal donde llevó su caso, pero como era la palabra de Alí contra la del mercader, el juez no supo qué hacer. Finalmente, el juez mandó llamar a dos expertos aceituneros a quienes les presentaron el tarro de aceitunas, tomó una y se la dio a uno de los aceituneros.Juez: ¿Qué te parecen?Aceitunero: Excelentes, señor. Están muy frescas, deben de ser de este año.Juez: Debes estar equivocado porque estas aceitunas fueron puestas en el tarro hace siete años.Aceitunero: Señor, que las pruebe el otro aceitunero, pero yo le aseguro que son de este mismo año.Narrador: El otro experto probó también las aceitunas, corroborando lo que había dicho el primero. De esta forma, el juez supo cómo resolver este problema. Castigó al mercader que había sido deshonesto y mal amigo, y a Alí Cofia le fueron devueltas sus mil monedas de oro.


El audio de este cuento lo tienes aquí.

Los tres toritos



Los tres toritos.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un hombre que tenía cuatro hijos, tres varones mayorcitos y una niña más pequeña, que se quedó viudo. El hombre volvió a casarse, pero lo hizo con una mujer que era más mala que un dolor de muelas. Así que los tres hermanos, cansados de cómo les trataba, se marcharon, se hicieron una cabaña en el bosque y allí se hicieron cazadores.
Al poco tiempo, la niña también cogió el camino y se marchó. Llegó sin saberlo a la cabaña de sus hermanos, entró en ella y todo lo encontró revuelto y desordenado. Inmediatamente dejó todo aquello en orden y reluciente, convirtiéndolo en un hogar donde se podía vivir. Terminada la tarea, la niña, se escondió en el bosque cuando llegaron sus hermanos...
H. menor: Mirad, ¿quién habrá estado aquí?
H. mayor: ¡Nos ha dejado preparada la comida!
H. mediano: Vayamos con la perrita al bosque hasta dar con ella. No debe estar muy lejos.
Narrador: Efectivamente, la perrita, siguiendo el rastro los llevó al pie de un árbol al que la niña se había subido para no ser descubierta.
¡Todos se pusieron muy contentos y comenzaron una vida en paz y en armonía!
Los hermanos salían a cazar y ella llevaba el hogar en compañía de la perrita.
Un día ésta se orinó en la lumbre de la chimenea hasta que la apagó por completo.
Niña: ¡Perra mala! ¡A ver cómo preparo ahora la comida! ¡Yo no sé hacer fuego!
Narrador: La niña salió a buscar por el bosque hasta que encontró otra casa. Y llamó a la puerta...
Maruja: ¡Vete corriendo! Esta es la casa de la bruja Curuja. ¡Mi madre no debe verte, ella es capaz de lo peor! Has tenido suerte ahora no está en casa.
Niña: Por favor, sólo necesito algo de brasas para encender el fuego.
Maruja: Está bien. Toma, pero debes irte enseguida y no volver.
Narrador: Al día siguiente, la bruja Curuja se presentó en la cabaña de la niña cuando solo estaba ella.
Curuja: A mi hija Maruja le noté enseguida que algo había pasado. Así que vengo a cobrarme las brasas que te llevaste.
Niña: ¿Y cómo le voy a pagar, bruja Curuja?
Curuja: Vendré todos los días a chuparte un poquito el dedo corazón y tú lo sacarás por la cerradura.
Narrador: La niña aceptó el trató y la bruja venía cada día a chuparle el dedo cuando estaba sola. Poco a poco la niña fue enfermando y sus hermanos al darse cuenta consiguieron que les contara lo que había pasado.
H. mayor: Ahora se va a enterar la bruja Curuja de nosotros. Recibirá su merecido. Hermanos, escuchad:
H. menor: ¿Si...?
H.mediano: Dinos.
H. mayor: Está bien. Cavaremos una fosa delante de la puerta, la taparemos con una sábana y echaremos hierbas y tierra por encima. Cuando la bruja Curuja se acerque, caerá en la trampa.
Curuja: ¡Ahhhh....!
Narrador: Así sucedió. Los tres hermanos salieron con sus palas y la enterraron.
Al poco tiempo brotaron en el mismo lugar tres coliflores embrujadas.
H. mayor: ¡Escúchame bien, hermanita! Por nada del mundo eches en la comida estas coliflores. ¿Me has entendido?
Niña: Sí.
Narrador: Pasó el tiempo y la niña se olvidó de la advertencia. Un día, echó las coliflores en la olla. Cuando sus hermanos probaron la comida, se convirtieron en tres toritos.
Niña: ¿Qué he hecho? ¡Mis pobres hermanos convertidos en toritos...! ¿Qué he hecho?
Narrador: Los siguió tratando como antes, como lo que eran: sus tres queridos hermanos convertidos en toritos.
Acertó a pasar por allí el hijo del rey y le dijo:
Príncipe: ¿Por qué una joven tan hermosa y delicada como tú está cuidando animales salvajes y violentos? Vente, cásate conmigo y vivirás en mi palacio.
Niña: Ya quisiera, señor. Estos tres toritos que ves aquí son mis hermanos por siempre encantados por mi culpa.
Príncipe: Si encantados quedaron, desencantados con el tiempo serán. Vendrán con nosotros y en misma mesa nuestra comerán.
Narrador: Aceptó la niña y se casaron, pero vivía en el palacio una tía lejana del príncipe, muy envidiosa, que había querido casar a su hija con él. Un día, cuando la niña estaba descuidada, le clavó un alfiler encantado en la cabeza y la convirtió en paloma. Luego, como era medio bruja, dotó a su hija de la apariencia de la reina. Ésta la primera orden que dio fue...:
Falsa reina: ¡Estoy harta de estos toros que todo lo ensucian! ¡Siempre atrayendo a las moscas! ¡A la plaza ahora mismo! ¡Que los toreen hasta que mueran!
Narrador: El príncipe no comprendía el cambio tan repentino de su esposa y no quiso acudir a la plaza. A lo lejos se oía el bullicio de la fiesta. Una paloma se posó en su mano y él comenzó a acariciarla. Se dio cuenta de un pequeño bulto que tenía la paloma en la cabeza. Retiró el alfiler y, al instante, apareció su mujer. Todo lo ocurrido lo supo por su boca y, antes de que dieran muerte al primer toro, les clavaron el alfiler de la paloma. Los toros volvieron a su ser natural: los tres hermosos jóvenes hermanos de la reina.
La malvada tía y su horrenda hija fueron encerradas en la torre más alta del castillo por siempre jamás.

El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

La princesa muda



La princesa muda.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un rey que se sentía viejo para gobernar y deseaba dejar la corona a su heredero. Pero sólo tenía una hija, caprichosa, y que no se quería casar. Tan caprichosa era que un día le dijo a su doncella:
Princesa: ¡Todo el mundo tiene piojos menos yo! ¿Yo quiero un piojo!
Narrador: La doncella, a una chiquilla que iba cargadita de piojos, le cogió uno y se lo llevó a la princesa.
Princesa: ¡Es un piojo precioso! ¡A éste lo voy a criar yo!
Narrador: El piojo engordó tanto de las cosas que le daba de comer que tuvo que ponerlo en un corralito, como si fuera un cerdo. El rey, cuando se enteró, se puso hecho una furia. Mandó matar el piojo y, cuando la piel estuvo seca y estirada, ordenó hacer un pandero que colocaron en la puerta del palacio. Mandó llamar a su hija y le dijo:
Rey: ¡Ahora tendrás que casarte con aquél que adivine de qué está hecho el pandero, tanto si te gusta como si no!
Narrador: De todas partes llegaron príncipes y caballeros, pero ninguno acertaba. “De lagarto”, “de cabra”, “de camello”, decían unos y otros, y la princesa se burlaba de ellos.
Un día, vio venir a un príncipe del que se quedó prendada. Éste dijo:
Príncipe: ¡De serpiente es el pandero!
Princesa: ¡Escuchadme, caballero! ¡De piojo es el pandero!
Narrador: Desde el balcón le avisó ella, pero el caballero se marchaba y no pudo oírla. Pero un viejo y andrajoso vagabundo sí la oyó. Pidió audiencia para ver al rey y disimulando dijo:
Vagabundo: ¡Este pandero está hecho de piojo cebado!
Rey: ¡Oh, Dios mío, este andrajoso con más pulgas que una jauría de perros lo ha acertado!
Princesa: ¡Que sepáis, padre mío, que no pienso casarme con este zarrapastroso!
Rey: Veréis, buen hombre, sin duda será mejor para vos que cambiemos el trato. Un saco lleno de monedas de oro y no hay boda.
Vagabundo: Ni hablar, yo quiero lo prometido, la mano de la princesa.
Rey: ¿Dos sacos?
Vagabundo: La princesa.
Rey: Está bien. Hija mía, ahora no tienes más remedio que casarte con este vagabundo porque la palabra de un rey no puede volverse atrás.
Narrador: Total, después de muchas discusiones, aseado y con ropas nuevas, la princesa se casó obligada con el viejo vagabundo.
Terminada la ceremonia quiso conocer sus propiedades y le dijo:
Vagabundo: Querida, vamos a dar una vueltecista por nuestras tierras.
Narrador: Llegaron al río y la princesa tuvo que echarse a cuestas al viejo.
Vagabundo: ¿Quién me dijera a mi que tan viejo iba a ser caballero? ¡Ja, ja, ja!
Princesa: ¡Bribón, encima te burlas de mi! ¡Al agua irás!
Narrador: El viejo al agarrarse le dio un mordisco en la nuca a su esposa, y ella se quedó sin habla. Luego se hundió y se ahogó.
La princesa, al darse cuenta de lo sucedido, no quiso volver al palacio y echó andar sola por los caminos, pidiendo limosnas. Todos se compadecían de aquella triste mudita...
Un día llegó al palacio de aquel príncipe que tanto le había gustado y que no supo acertar de qué estaba hecho el pandero. Les dio tanta lástima que la admitieron de criada. Por aquel entonces preparaban la boda del príncipe con la princesa de otro reino. Ella, junto a otras criadas, cosía y bordaba el ajuar de boda de la futura reina.
Y llegó el día de la boda. Todas las criadas se colocaron a uno y otro lado de la escalinata con sus velas encendidas para levantarlas al paso de los novios.
Novia: ¡A ver esa bobilla, que se le mancha la manga amarilla!
Narrador: Tanta rabia le dio a la muda, que de pronto empezó a hablar.
Princesa: ¿Y a mí qué me importa? ¡Para eso soy la hija del rey de Castilla!
Narrador: El príncipe se maravilló al oírla decir aquello y, como no le había gustado el detalle de soberbia de la otra, se casó en ese mismo instante con la hija del rey de Castilla. Y colorín colorado, que este piojoso cuento se ha terminado.


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Hermanito y hermanita



Hermanito y hermanita.
(Hermanos Grimm. Adaptado).

Narrador: Un hermanito tomó a su hermanita de la mano, y le dijo: 
Hermanito: Desde que ha muerto nuestra madre no hemos tenido una hora feliz; nuestra madrastra nos pega todos los días, y si nos arrimamos a ella, nos echa a patadas. Los mendrugos del pan que quedan son nuestro alimento, y al perro le trata mucho mejor que a nosotros. ¡Si lo supiera nuestra madre! ¿No sería mejor irnos a correr el mundo! ¡Acaso nos vaya mejor!  
Narrador: Caminaron todo el día y al llegar la noche penetraron en un bosque muy espeso. Estaban tan fatigados que se acurrucaron en el hueco de un árbol y se durmieron. Al día siguiente, el sol calentaba con sus rayos el interior del árbol. 
Hermanito: Tengo sed, hermanita, si supiera dónde hay una fuente, iría a beber. Me parece que he oído sonar una, vamos a buscarla. 
Narrador: Pero la madrastra, que era una malvada hechicera, les había visto marcharse, siguió sus pasos a hurtadillas y echó hierbas encantadas en todas las fuentes del bosque. Cuando llegaron a una fuente, la hermanita oyó murmurar estas palabras: 
Fuente: El que de mi agua bebe, en cervatillo se vuelve. 
Hermanita: ¡No bebas, por Dios, hermanito, porque te volverías ciervo y huirías de mí! 
Narrador: Pero el hermanito se había arrodillado cerca de la fuente y comenzó a beber; apenas tocaron sus labios el agua, se convirtió en cervatillo. 
Hermanita: No tengas cuidado, mi querido cervatillo, yo no te abandonaré nunca. 
Narrador: Y quitándose su liga dorada, le hizo un collar; después, con algunos juncos, tejió una soguilla, con la que ató al animal. Finalmente, llegaron a una casita... 
Hermanita: Aquí podemos detenernos y quedarnos a vivir. 
Narrador: Pasó el tiempo y, un día, el rey de aquel país llegó al bosque con una partida de caza. El cervatillo oyó todo aquel ruido y sentía no encontrarse cerca. 
Hermanito: ¡Ah, déjame ir a la cacería, no puedo resignarme a estar aquí! 
Hermanita: Pero regresa por la tarde. Cerraré la puerta y para que te conozca, di cuando llames: "Hermanita, déjame entrar." Si no dices eso, no abriré.  
Narrador: El rey y sus cazadores vieron al hermoso animal, y corrieron en su persecución sin poderle alcanzar. Pero a la caída de la tarde uno de los cazadores le hirió ligeramente en el pie y a duras penas pudo escaparse. Siguió sus huellas hasta llegar a la casita donde le oyó decir: 
Hermanito: Hermanita, déjame entrar. 
Narrador: Y vio cómo le abrían la puerta y la cerraban en seguida. El cazador se dirigió a donde estaba el rey y le refirió lo que había visto y oído.
El rey dijo:
 

Rey: Mañana continuará también la caza. 
Narrador: La hermanita le lavó la sangre de la herida, le aplicó hierbas y le dijo: 
Hermanita: Ve a descansar a la cama para curarte, mi querido cervatillo. 
Narrador: A la mañana siguiente, al oír en el bosque el sonido de la cacería...: 
Hermanito: No puedo parar aquí, necesito salir, no me cogerán con tanta facilidad. 
Hermanita: Hoy te van a matar, no quiero dejarte salir. 
Hermanito: Me moriré aquí de disgusto si no me dejas salir; cuando oigo la corneta de caza, me parece que se me van los pies. 
Narrador: La hermanita le abrió la puerta llena de tristeza, y él se lanzó al bosque alegre y decidido. El rey apenas le vio, dijo a los cazadores. 
Rey: Perseguidle hasta la noche, pero no le hagáis daño. 
Narrador: En cuanto se puso el sol, dijo el rey al cazador: 
Rey: Ven y enséñame la pequeña casa del bosque. 
Narrador: Cuando llegaron a la puerta, llamó y dijo: 
Rey: Hermanita, déjame entrar. 
Narrador: Se abrió la puerta y entró el rey, hallando a una joven tan hermosa como no había visto otra en este mundo. 
Rey: ¿Quieres venir conmigo a mi palacio y ser mi esposa? 
Hermanita: Sí, más es preciso que venga conmigo el cervatillo, no puedo separarme de él. 
Narrador: El rey llevó a la joven a su palacio, donde se celebró la boda, y vivieron felices mucho tiempo. El cervatillo saltaba y corría por el jardín del palacio; sin embargo, la malvada madrastra, cuando supo que eran tan felices, y vivían con tanta prosperidad, se dedicó a buscar con el mayor cuidado un medio para hundir a los dos en la desgracia. Su hija verdadera, que era tan fea como la noche y sólo tenía un ojo, le reconvenía diciéndole:
Hija: La ventura de llegar a ser reina es a mí a quien pertenece. 
Madrastra: ¡No tengas cuidado! Cuando sea el momento te ayudaré.  
Narrador: En efecto, cuando la reina dio a luz un hermoso niño, como el rey estaba de caza, la hechicera tomó la forma de una doncella, entró en el cuarto en que se hallaba acostada la reina y le dijo: 
Madrastra: Venid, vuestro baño está preparado y os sentará muy bien; ¡rápido, antes de que se enfríe!
Narrador: Acompañada de su hija, la llevaron al baño donde la encerraron. Habían organizado un verdadero incendio para que se asfixiara.
Después, cogió la vieja a su hija, la acostó en la cama; le dio también la apariencia de la reina y, para que no lo notase el rey, le mandó que estuviera echada siempre del lado que era tuerta.
Cuando a la caída de la tarde volvió el rey y supo que le había nacido un hijo, se alegró de todo corazón y quiso ir a la cama de su querida mujer para ver cómo estaba.

Madrastra: No abráis, por Dios, las ventanas; la reina no puede ver la luz todavía; necesita descanso. 
Narrador: Cuando dieron las doce de la noche y todos dormían, la niñera, que estaba en el cuarto del niño, vio entrar a la verdadera madre. Sacó al niño de la cuna, lo tomó en sus brazos y le dio de mamar. Después volvió a ponerlo en su sitio y corrió las cortinas. No se olvidó tampoco del cervatillo, se acercó al rincón donde estaba tendido y le acarició el lomo. Salió después sin decir una palabra.
Volvió muchas noches y la niñera la veía siempre, pero no se atrevía a hablarle. Al cabo de algún tiempo la madre comenzó a hablar por la noche:
Hermanita: ¿Qué hace mi hijito? ¿Mi ciervo dónde está? Volveré una vez más, y ya no vendré jamás.
Narrador: La niñera no le contestó, pero apenas había desaparecido, corrió a contárselo al rey: 
Rey: ¡Dios mío! ¿Qué significa esto? La próxima noche velaré junto al niño. 
Narrador: En efecto, la noche siguiente se apareció la madre, y dijo:
Hermanita: ¿Qué hace mi hijito? ¿Y mi ciervo dónde está? He venido esta vez y ya no volveré más.
Rey: Tú no puedes ser otra que mi amada esposa.
Hermanita: Sí, soy tu mujer querida. 
Narrador: Y en ese momento recobró la vida de nuevo, tan hermosa y fresca como una rosa. Refirió al rey el crimen que habían cometido la malvada hechicera y su hija. El rey las mandó comparecer ante el tribunal, donde fueron condenadas. La hija fue conducida a un bosque, donde la despedazaron las bestias salvajes y la hechicera fue condenada a la hoguera, pereciendo miserablemente entre las llamas. En el momento en que se convirtió en cenizas recobró el ciervo su forma humana, y hermanito y hermanita vivieron felices hasta el final de sus días.

El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

Un fantasma infeliz



Un fantasma infeliz.

Narrador: Son las 11 en punto de la noche y Kate y Sally, dos hermanas gemelas, duermen profundamente en su desordenado dormitorio. De repente, se oyen unos golpes en la chimenea y Kate se despierta sobresaltada.
Kate: ¡Ah! ¡Sally, despierta! ¡Vamos, despierta! ¡Oh, estás profundamente dormida!
Sally: ¿Qué pasa, hermanita? ¿Por qué me despiertas?
Kate: Hay un ruido y viene de la chimenea.
Sally: Yo no escucho ningún ruido, Kate. Vamos, déjame dormir.
Kate: ¡Sshh! ¡Escucha! ¡Ahí está! ¿Lo oyes? Es un fantasma.
Sally: ¡Bah, eso no es un fantasma! Es el viento. Mira, ahora está en silencio, Kate. Quiero dormir, estoy cansada.
Narrador: Ahora son las 12 en punto de la noche y Kate se ha despertado de nuevo con un sonido desconocido que ha escuchado.
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Kate: ¡Vamos, Sally, despierta!
Sally: ¿Qué pasa ahora, Kate?
Kate: ¡Escucha bien, Sally! Es un fantasma.
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Sally: Ya te he dicho que eso no es un fantasma. Es el viento que sopla en la chimenea. Duérmete de una vez, por favor.
Kate: El ruido es cada vez más fuerte. ¡Oh, no! ¡Estoy asustada!
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Sally: ¡Qué haces, Kate!
Kate: ¿No lo ves? Meterme en tu cama. Tengo miedo.
Narrador: De repente, un fantasma salió de la chimenea. Un fantasma totalmente blanco que se echó sobre la cama y que decía...:
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Narrador: Un fantasma de los de verdad, que movía los brazos y decía cada vez más alto:
Fantasma: ¡Uhhh! ¡Uhhhh!
Narrador: Entonces, Sally, como es una chica muy valiente, se puso de pie en la cama y le dijo:
Sally: ¡Uhhh para ti también! ¡Uhhhh! ¿No sabes qué hora es? ¿No tienes un reloj? Es más de medianoche. Ahora vete. Quiero dormir.
Fantasma: ¡Uhhh..., bua, bua, bua..!
Kate: ¿Qué te pasa, fantasma?
Fantasma: ¡Bua..., estoy tan solo! ¡No tengo ni un amigo!
Kate: ¡Pobre, fantasma! Yo seré tu amiga.
Fantasma: ¡Oh, gracias! Y vendré a verte todas las noches.
Sally: ¡Oh, no! Todas las noches, no.
Kate: De acuerdo. Vendrás una vez a la semana y sin hacer ruido.
Fantasma: Sin hacer ruido. Lo prometo. Gracias. Hasta la semana que viene. Adiós.
Kate: Adiós. Te veré la semana que viene.
Sally: ¡Viva! Ahora podré dormir.
Narrador: Y el fantasma se marchó en silencio por la chimenea.

Vídeo y audio de este cuento, aquí.

Las tres preguntas


Las tres preguntas.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un capitán de los ejércitos del rey que vivía tan feliz y contento, sin ninguna preocupación, que un día colocó un cartel en la puerta de su casa que decía así: “Aquí vive el capitán sin cuidados”. Aquel cartel llegó a oídos del rey y éste lo hizo llamar.
Rey: Vamos a ver, ¿por qué dice usted que es un general sin cuidados?
Capitán: Ay, majestad, que yo no sabía que pudiera hacer daño a nadie con esa frase.
Rey: Pues para que tenga más cuidado, para que tenga en qué preocuparse, le voy a hacer tres preguntas. Y, si en el término de tres días no me las contesta, le quitaré el empleo de capitán y lo mandaré como soldado raso al frente de batalla.
Capitán: Lo que ordene su Majestad.
Rey: La primera es cuánto valgo yo. La segunda, en cuánto tiempo se puede dar la vuelta al mundo; y la tercera, ¿hay alguna verdad mentira?
Narrador: Se volvió para su casa muy preocupado y se pasó el día sin hablar y sin querer hablar con nadie. Tenía este capitán un soldado que hacía las tareas de asistente y que era muy espabilado; al verlo tan cabizbajo le dijo:
Soldado: Perdone, mi capitán, ¿le pasa algo? ¿Quiere que le prepare una buena cena para aliviarle las penas? ¿Prefiere mejor un afeitado apurado? ¿Le limpio las botas?
Capitán: No, muchacho, no. Déjame tranquilo.
Narrador: Tanto insistió el soldado que el capitán le contó lo que había pasado y las tres preguntas que debía responder ante el rey.
Soldado: ¿No es más que eso? Pues pierda usted cuidado, que yo se lo arreglo todo, mi capitán. Sólo tiene que prestarme sus ropas que yo sabré responderle adecuadamente a su Majestad.
Narrador: Conque al día siguiente se presenta ante rey...
Rey: Y bien, capitán, ¿cuánto valgo yo?
Soldado: Majestad, si a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas, a su Majestad lo dejaremos en veintinueve.
Rey: Está bien, hombre, está bien. Ahora va la segunda: ¿en cuánto tiempo se puede dar la vuelta al mundo?
Soldado: Pues en el caballo de carrera que es el sol, en veinticuatro horas, Majestad.
Rey: Vaya, vaya, muy ingenioso... Está bien. Vamos por la tercera, capitán “sin cuidados”: dígame una verdad mentira.
Soldado: Pues una verdad mentira es que creéis estar hablando con un capitán, el capitán “sin cuidados” y estáis hablando con un simple soldado que es el recadero, el cocinero y el limpiabotas del capitán “sin cuidados”.
Narrador: Y le hizo tanta gracia al rey, que perdonó al capitán, pero a cambio se quedó con tan espabilado soldado. Y colorín colorado este descuidado cuento se ha acabado.





Vídeo y audio de este cuento, aquí.