miércoles 8 de febrero de 2012

La mitad de la manta.


                                                      
                                                            La mitad de la manta.

Hubo una vez un rico mercader que tenia un hijo. A medida que el padre se hacía mayor, el niño fue creciendo. Cuando el hijo llegó a la adolescencia, empezó a trabajar con su padre, y se convirtió también él en hábil mercader. Entonces se casó y tuvo un hijo que lo colmó de felicidad.
Pensaron algunos años, y un día, el viejo mercader sintió que empezaban a faltarle las fuerzas para seguir trabajando y le anunció a su hijo.

Padre: Creo que ha llegado la hora de retirarme. Todo el mundo me considera un mercader honrado, y confío en que sabrás mantener el buen nombre de nuestra familia. He decidido darte todo lo que poseo ahora que aún estoy vivo. Gozarás de mis bienes, y de este modo, yo podré disfrutar también de tu éxito en los negocios. Estoy seguro de que me darás todo lo que necesite.
Hijo: ¡Por supuesto que sí, padre! No sabes cuánto agradezco lo mucho que confías en mí!

Al principio, el hijo honraba a su padre, y le contaba cada paso que daba en su negocio. Muchas veces le pedía consejo, y el padre lo ayudaba encantado. Con el tiempo, sin embargo, el hijo dejó de darle explicaciones al padre y de buscar su consejo. Incluso le aburría oírlo, así que, cuando el anciano le hablaba, el hijo no le hacía el menor caso.
Un día, el hijo interrumpió a su padre cuando estaba hablando y le dijo de muy malos modos:

Hijo:¡Deja de decir tonterías! ¡Sé muy bien cómo dirigir mis negocios, y no necesito tus consejos! ¡Me he cansado de oír tus bobadas, y no tengo ganas de aguantarte más, así que tendrás que marcharte!
Padre: ¿Marcharme? ¿Y dónde voy a ir? Soy demasiado viejo para dejar mi casa.
Hijo:Eso no es asunto mío. Y recuerda que esta casa ya no es tuya. Tendrás que irte al amanecer, o de lo contrario haré que te echen.

El anciano, pues, no tuvo más remedio que marcharse de casa. Desde aquel día, se dedicó a pedir limosna por la calle.
Una mañana en que hacía muchísimo frío, el anciano se acercó a la casa que en otro tiempo había sido suya, y vio a su pequeño nieto jugando en el patio. Había nevado mucho, y el anciano estaba helado. El niño, en cambio, se lo estaba pasando en grande con la nieve. En cierto momento, miró hacia la calle y vio a un anciano que no le quitaba la vista de encima. El niño se preguntó quién sería aquel hombre y por qué rondaba su casa.

Padre: Soy tu abuelo.

El niño se quedó muy asombrado. ¿Sería verdad lo que estaba diciendo aquel mendigo?

Nieto: ¿Quieres algo?
Padre: Te agradecería mucho que le pidieras a tu padre una manta para abrigarme. Ha nevado mucho, y estoy muerto de frío.

El niño corrió al interior de la casa y le dijo a su padre.

Nieto: Papá, en la puerta hay un viejo que dice que es mi abuelo.¡Seguro que se ha equivocado! El pobre tiene tanto frío que me ha pedido una manta. ¿Dónde puedo encontrar una?
El padre se quedó pensativo un momento, y respondió:

Hijo: Hay una manta vieja en el desván, dentro de un baúl. Dásela a tu abuelo si quieres.

El niño subió al desván a todo correr, y se pasó allí tanto rato que el padre empezó a extrañarse. Temiendo que le hubiera pasado algo malo, fue a buscarlo. Al llegar al desván, vio que el niño estaba cortando la manta con ayuda de un cuchillo.

Hijo: ¿Qué haces, hijo?
Nieto: Estoy cortando la manta en dos para darle la mitad al abuelo.
Hijo: ¿Y qué vas hacer con la otra mitad?
Nieto: La guardaré para ti. Cuando te hagas viejo y tengas que mendigar en la calle, en medio de la nieve, te daré esta mitad de la manta para que puedas calentarte.
Al oír aquello, el padre se entremeció. Bajo la escalera corriendo y cruzó la casa en dirección al patio. Cuando salió al exterior, tenía los ojos llenos de lágrimas. Su anciano padre le estaba esperando, completamente quieto, en mitad de la nieve. Primero lo abrazó, y luego le dijo:

Hijo: Perdóname, padre, por favor. Tendría que estarte agradecido y honrarte de por vida por todas las cosas que me has dado. Te prometo que a partir de ahora todo cambiará. Entra en tu casa, por favor.

Desde aquel momento, en efecto, todo cambió. El anciano perdonó a su hijo y volvió a vivir en la casa. Aquella noche, mientras el abuelo se calentaba ante el fuego de la chimenea, su nieto se acercó para sentarse a su lado. Llevaba con él las dos mitades de la manta. El anciano agarró una y se la echó por encima al niño. Después, agarró la otra y se tapó con ella. 

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viernes 6 de enero de 2012

Perséfone o las semillas de la granada.

                                        PERSÉFONE Y LAS SEMILLAS DE LA GRANADA.

En aquellos primeros tiempos, la tierra permanecía cálida y soleada. La diosa Deméter se ocupaba del campo como si fuera un jardín: sembraba, regaba y animaba a los árboles para que diesen primero hojas y después flores y frutos. Su hija Perséfone recogía flores mientras su madre trabajaba.
Un día, Hades, el dios de los infiernos, se asomó a la superficie y vio a Perséfone recogiendo flores en su bosque de Sicilia.

Hades: Esa es la esposa que yo quiero.

Subió a su carro y, al galope, agarró a Perséfone por su larga cabellera y se la llevó a su reino de tinieblas. Deméter salió a buscar a su hija. Los árboles y el río le contaron lo que había pasado. Entonces Deméter se olvidó de su trabajo y así que las flores se marchitaron, los árboles perdieron sus hojas y los cultivos dejaron de crecer.

Deméter: ¡Zeus, dios Zeus, ayúdame! ¡Hades ha raptado a mi hija! ¡Haz que me la devuelva!
Zeus: ¿Dices que se ha llevado a tu hija a la fuerza? ¡Vaya, Hades no debería haber hecho eso!
Deméter: ¡Oh, Zeus! Si mi hija no vuelve, ¿cómo voy a poder seguir llenando la tierra con flores y frutos? Lo hago porque soy feliz, sin Perséfone, no tendré felicidad.  ¡Me da igual que la tierra se seque y muera!

A Zeus le dio un escalofrío sólo de pensar en ello.

Zeus: No depende de mí. Existen unas reglas. Si Perséfone ha probado la comida del reino de los muertos no podrá regresar. Ésa es la regla.

Bajo tierra, Hades intentaba que Perséfone comiera…:

Perséfone: Antes que probar tu comida, prefiero morir.

Lloraba Perséfone aunque tenía mucha hambre.
Hades le puso en la mano doce semillas de una granada y Perséfone sin pensarlo se llevó las semillas a la boca… y comió seis de las doce semillas.
Cuando Zeus se enteró de lo ocurrido pensó durante un largo rato y sentenció:
Zeus: Puesto que Perséfone se ha comido seis de las doce semillas que viva seis meses de cada año en el reino de los muertos  y seis meses con su madre sobre la tierra.
Y por este motivo en primavera y verano las plantas florecen y los árboles lucen sus hojas verdes, sus flores y sus frutos. Pero en otoño Perséfone viaja al reino de los muertos y Deméter sobre la tierra añora a su hija. Los árboles pierden las hojas y las flores se marchitan y todos esperan con ilusión el regreso de Perséfone en primavera.

El audio de este mito lo tienes aquí.
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miércoles 21 de diciembre de 2011

Luna



Luna.
Adaptado del cuento de Kestutis Kasparavicius.
Cosas que a veces pasan.” Edit. Thule).



Cuando el Sol se pone por detrás del bosque, Luna sale por el otro lado, por detrás de los arbustos.
También brilla, con una pálida luz plateada. A veces es redonda como un plato, a veces delgada como la letra C. Todo depende de si ha comido o tiene hambre. Dicen que Luna come estrellas, aunque yo no he notado que haya menos estrellas en el cielo.
Murciélagos, polillas y búhos nocturnos son buenos amigos de ella, pero los mejores amigos de Luna son los perros guardianes. Cuando aparece en el cielo, alzan la cabeza bien arriba y aúllan lastimeramente. A Luna le gusta escuchar las canciones tristes de los perros...
A veces Luna baja del cielo para charlar con algún perro que está especialmente melancólico. Se arrellana sobre la casita del perro y escucha con atención sus problemas. Luna le da algún buen consejo, le dice cómo sobrellevar mejor su vida, lo acaricia con suavidad y regresa al cielo.
El perro se tranquiliza, se acurruca cómodamente junto a su casita y observa con cariño a Luna en lo alto del cielo.
Hasta que amanece y el rojo y cálido Sol sale por detrás para despertarle.

El audio de este relato lo encontrarás aquí.

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martes 1 de noviembre de 2011

El boticario de la isla de San Luis.


El boticario de la Isla de San Luís.
(Adaptado de Gudule)

Hace mucho, mucho tiempo vivía en París un viejo boticario famoso por su talento. Sus ungüentos hacían maravillas. Anselmo, que así se llamaba este hombre, era altanero y sin ninguna compasión por las desdichas ajenas.

Anselmo: ¡No soy un curandero al que se le paga con huevos u hortalizas! ¡Necesito dinero constante y sonante!

Como se ve le intersaba más el beneficio que podía obtener con su oficio que aliviar los males de sus semejantes.

Anselmo: ¡La salud no tiene precio! ¡Por eso, es privilegio de los ricos!

Al final, consiguió que todos sus clientes perteneciesen a la mejor sociedad.
Un día entró en su botica una muchacha vestida con harapos con la intención de conseguir un remedio que aliviara los dolores de su abuela, aquejada de reumatismo. Anselmo se disponía a echarla cuando se lo pensó mejor. Aquella miserable era verdaderamente atractiva a pesar de su aspecto.

Anselmo: No quiero dinero. Sin embargo, necesito una criada. Si trabajas para mí, curaré a tu abuela.

Y la muchacha aceptó agradecida.
El boticario le dio ropa limpia y le ordenó que se aseara. Cuando la muchacha se presentó de nuevo ante él, Anselmo comprobó que no se había equivocado: la joven lo tenía todo para agradar.

Anselmo: ¿Cómo te llamas?
Marinette: Marinette.
Anselmo: Pues bien, Marinette, a partir de hoy ésta será tu casa.

Marinette demostró al poco tiempo que no sólo era hermosa y trabajadora, sino que además tenía un excelente carácter. Tanto es así, que el boticario, que no quería a nadie, se enamoró de ella.

Anselmo: ¿Quieres casarte conmigo?
Marinette: ¡Mi abuela le convendría más!
Anselmo: Si me aceptas como prometido, te confiaré la llave del sótano.

El sótano, donde Anselmo se encerraba todo el día, intrigaba muchísimo a la muchacha. El boticario no dejaba que Marinette metiera allí sus narices, bajo ningún concepto. Astutamente, ella observó:

Marinette: En ese caso, sería diferente...
Anselmo: Entonces, ¿me aceptas?
Marinette: A cambio de la llave, sí.

Él se la entregó con la advertencia de que tenía prohibido usarla antes de la boda.

Anselmo: La apertura de esa puerta será mi regalo de boda. Una futura mujer casada debe tener paciencia.

Pero lo primero que hizo Marinette, por supuesto, fue desobedecer aprovechando que su patrón salía. Cuando bajó las escaleras se llenó de indignación al ver a siete duendes atareados en el sótano.
Marinette: ¡Menudo granuja! ¡Qué sinvergüenza! !Así que su reputación era inmerecida!
Duende 1: ¡Desde luego! Toda su reputación se la debe a esta esclavitud en la que nos tiene consumidos. ¡Ya hace más de cincuenta años que no vemos el sol!
Duende 2: Y que no comemos más que trigo rancio. ¡Un trigo que ni las palomas querrían comer!
Duende 3: ¡Por no hablar de los castigos que nos impone cuando somos demasiado lentos para su gusto! Al principio éramos ocho. ¡Pero uno de los nuestros murió a causa de la paliza que recibió por dormirse sobre su brebaje!
Marinette: ¡Voy a liberaros ahora mismo!
Duende 1: ¿Y adónde iremos?
Duende 2: ¡Nuestro bosque está tan lejos!
Duende 3: ¡Y, además, Anselmo se vengará!
Duende 1: Nos exterminará a todos.
Duende 2: ¡Empezando por ti, generosa muchacha!
Duendes 1, 2, 3: ¡No, no, quedémonos aquí! ¡Somos demasiado viejos para morir!
Marinette: No seáis tan cobardes. Todos habremos huído para cuando el vuelva. ¡Venga, yo abriré la marcha!

Apenas hubo caminado tres pasos, se encontró de bruces con el boticario que había regresado antes de lo previsto.

Anselmo: ¡Miserable! ¡Me has desobedecido! ¡Voy a hacerte pagar muy cara tu traición!

Pero entonces sucedió algo increíble. Aquellos duendes que se habían mostrado tan temerosos, saltaron sobre el agresor para defender a la muchacha; y es que, la gratitud de las gentes del bolque, es más fuerte que el miedo.
Hicieron tanto y tan bien su trabajo, que el boticario quedó sordo, ciego e impotente para el resto de sus días. Marinette se casó con él y después lo encerró en el sótano donde lo alimentó sólo de trigo rancio. A los duendes, en cambio, les dio la habitación más soleada de la casa y los alimentó con aquello que más les gustaba. Más tarde, con la ayuda de su abuela, reabrió la botica como si no hubiese pasado nada. Y todo París pregonaba con ardor que Marinette era una bendición que no sólo hacía remedios tan buenos como los de su marido, sino que también atendía a los pobres como a los ricos.

El audio de este relato lo encontrarás aquí.
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domingo 2 de octubre de 2011

El valor de la verdad.


El Valor de la verdad.
(Cuento tradicional chino)

Hace mucho, en la lejana China, vivía un príncipe inteligente y honesto llamado Li-Yung. Como se acercaba el momento en que Li-Yung había de ser coronado emperador, los consejeros del reino decidieron que debía casarse. Entonces, el príncipe dijo:
Elegiré a mi esposa entre todas las muchachas del reino. Dentro de una semana las espero en palacio. Anunciad mis intenciones.
La noticia corrió como el viento que mece las cañas de bambú. Todas las jóvenes recibieron ilusionadas aquel anuncio.
Y amaneció el gran día. Los jardines imperiales bullían de agitación y las muchachas esperaban nerviosas la llegada del príncipe. Oculta tras los magnolios, la hermosa Saomín, hija de dos sirvientes de palacio, observaba la escena.
Cuando la elegante figura del príncipe apareció en la escalinata, se hizo un profundo silencio: súbitamente, cesaron los murmullos y solo se oyó el rumor del agua de las fuentes. Dirigiéndose a la multitud, Li-Yung dijo:
Quiero anunciaros que mi elegida será la muchacha que consiga hacer brotar la planta más hermosa de estas semillas que os serán entregadas.
El príncipe sacó entonces una bolsa de seda, llena de diminutas semillas y comenzó a repartirlas con ayuda de algunos sirvientes.
Cuando hayan pasado seis meses, debéis volver con vuestras plantas. Entonces sabremos quién es la elegida.
Saomín no se perdía ningún detalle. Sintiéndose arropada por la multitud, se acercó un poco más. Y fue entonces cuando la sobresaltó una voz cálida:
Y tú, ¿no quieres una semilla?
La joven levantó los ojos y vio… ¡al mismísimo príncipe! Durante un segundo, sus miradas se encontraron. El corazón de la muchacha latía apresurado. Con las mejillas encendidas de rubor, Saomín extendió la mano y tomó el obsequio que le ofrecía el príncipe.
Desde aquel instante, Saomín sólo vivió para cuidar su semilla, pero su padre la disuadía con estas palabras:
No te empeñes, hija. Habrá muchachas que tengan jardineros cuidando día y noche sus semillas.
Y la madre añadía con tristeza:
Además, ¿crees que el príncipe se casaría con una sirvienta?
Pero Saomín seguía cuidando afanosamente su tesoro: regaba la tierra, la protegía del viento, la acercaba al tibio sol… Así fue pasando el tiempo, pero, a pesar de tantos cuidados, la tierra no ofrecía ninguna esperanza de vida.
La víspera de cumplirse el plazo fijado por el príncipe, la madre de Saomín, intentó animar:
- No te aflijas por el resultado. Has hecho cuanto has podido.
De todas formas, mañana iré a palacio. Al menos veré al príncipe por última vez.
Los padres de Saomín intentaron disuadirla:
¡No puedes presentarte con una maceta de tierra!
Pero fue inútil. Al día siguiente, muy temprano, la joven llegó al jardín imperial. Poco a poco aparecieron las demás muchachas. Todas llevaban plantas bellísimas. Saomín esperó en un rincón la llegada del príncipe.
¡Qué plantas tan magníficas! ¡Son realmente asombrosas!
Entonces, viendo que Saomín no se acercaba, se dirigió a ella y le preguntó:
¿Y tú?¿Qué has traído?
Ella, avergonzada, respondió:
Señor, aunque me esforcé mucho, no he conseguido obtener ningún fruto.
El príncipe guardó silencio unos segundos y luego dijo satisfecho:
No tengo duda. Tú eres la elegida por mi corazón. Si me aceptas, serás la emperatriz.
A continuación, el príncipe explicó su veredicto:
Sólo ella ha sido sincera y valiente. Las semillas que repartí eran estériles. No era posible que de ellas brotara nada.
Pocos días después, Li-Yung y Saomín se casaron y ningún viento mudó nunca la feliz suerte del emperador y su esposa.

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jueves 1 de septiembre de 2011

Caperucita Roja

Caperucita Roja.
(Texto adaptado de Perrault y hermanos Grimm)


Había una vez una niña en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto a la que su madre y su abuela querían con locura. La abuela le había hecho una caperuza roja para cuando saliera al campo y, por eso, todo el mundo terminó por llamarla Caperucita Roja.
Un día su madre, después de preparar unas tortas, le dijo.
-Anda a ver cómo está tu abuela, que ya sabes que ha caído enferma; llévale esta torta y un tarrito de mantequilla. Y procura no perder tiempo en el camino...
Para llegar a la aldea donde vivía su abuela Caperucita tenía que atravesar el bosque, y apenas se adentró en él se encontró con el señor lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó:
-¿Se puede saber hacia dónde vas tan presurosa?
La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
-¿Vive muy lejos?
-¡Oh, sí!, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita de la aldea.
-Pues bien, yo también quiero ir a verla; te propongo un juego yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela.
-¿Quién es?
-Es tu nieta, Caperucita Roja, que te trae una torta y un tarrito de mantequilla de parte de mamá.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llamó a la puerta:
-¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
-Soy tu nieta, Caperucita, te traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi mamá te envía.
-La puerta está abierta. Levanta el pestillo y pasa, nietecita.
Caperucita Roja alzó el pestillo y la puerta se abrió. El lobo, al verla entrar, se ocultó lo mejor que pudo entre las sábanasy le dijo:
-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desvistió y se metió en la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir.
-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
-Es para abrazarte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
-Es para correr mejor, hija mía.
Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
-Es para oírte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!
-Es para verte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
-¡Es para comerte mejor!
Y, diciendo esto, el lobo saltó de la cama y se tragó a la pobre Caperucita Roja. Cuando el mal bicho estuvo harto, se metió nuevamente en la cama y se quedó dormido, roncando ruidosamente.
He aquí que acertó a pasar por allí un cazador...
-¡Caramba, cómo ronca la anciana! ¡Voy a entrar, no fuera que le ocurriese algo!
Entró en el cuarto y, al acercarse a la cama, vio al lobo que dormía en ella.
- ¡Ajá! ¡Por fin te encuentro, viejo bribón! ¡No llevo poco tiempo buscándote!
Y se disponía ya a dispararle un tiro, cuando se le ocurrió que tal vez la fiera habría devorado a la abuelita y que quizás estuviese aún a tiempo de salvarla. Dejó, pues, la escopeta, y, con unas tijeras, se puso a abrir la barriga de la fiera dormida. A los primeros tijerazos, pudo sacar a la niña y a la abuelita vivas aún, aunque casi ahogadas. Caperucita corrió a buscar gruesas piedras, y con ellas llenaron la barriga del lobo. Éste, al despertarse, trató de escapar; pero las piedras pesaban tanto, que cayó al suelo muerto.
Los tres estaban la mar de contentos. El cazador despellejó al lobo y se marchó con la piel; la abuelita se comió la torta y se sintió muy restablecida. Y, entretanto, Caperucita pensaba:
-«Nunca más, cuando vaya sola, me apartaré del camino desobedeciendo a mi mamá».

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domingo 5 de junio de 2011

Dos duendes y dos deseos.







DOS DUENDES Y DOS DESEOS.
Hubo una vez, hace muchísimo tiempo, tanto que ni siquiera el existían el día y la noche, y en la tierra sólo vivían criaturas mágicas y extrañas, dos pequeños duendes que soñaban con saltar tan alto, que pudieran llegar a atrapar las nubes.
Un día, la Gran Hada de los Cielos los descubrió saltando una y otra vez, tratando de atrapar unas ligeras nubes que pasaban a gran velocidad. Tanto le divirtió aquel juego, y tanto se rio, que decidió regalar un don mágico a cada uno.
- ¿Qué es lo que más desearías en la vida? Sólo una cosa, no puedo darte más - preguntó al que parecía más inquieto.
El duende, emocionado por hablar con una de las Grandes Hadas, y ansioso por recibir su deseo, respondió al momento.
- ¡Saltar! ¡Quiero saltar por encima de las montañas! ¡Por encima de las nubes y el viento, y más allá del sol!
- ¿Seguro? ¿No quieres ninguna otra cosa?
El duendecillo, impaciente, contó los años que había pasado soñando con aquel don, y aseguró que nada podría hacerle más feliz. El Hada, convencida, sopló sobre el duende y, al instante, éste saltó tan alto que en unos momentos atravesó las nubes, luego siguió hacia el sol, y finalmente dejaron de verlo camino de las estrellas.
El Hada, entoces, se dirigió al otro duende.
- ¿Y tú?, ¿qué es lo que más quieres?
El segundo duende, de aspecto algo más tranquilo que el primero, se quedó pensativo. Miró al cielo, miró al suelo, volvió a mirar al cielo, se tapó los ojos, se acercó una mano a la oreja, volvió a mirar al suelo, puso un gesto triste, y finalmente respondió:
- Quiero poder atrapar cualquier cosa, sobre todo para sujetar a mi amigo. Se va a matar del golpe cuando caiga.
En ese momento, comenzaron a oír un ruido, como un gritito en la lejanía, que se fue acercando y acercando, sonando cada vez más alto, hasta que pudieron distinguir claramente la cara horrorizada del primer duende ante lo que iba a ser el tortazo más grande de la historia. Pero el hada sopló sobre el segundo duende, y éste pudo atraparlo y salvarle la vida.
Con el corazón casi fuera del pecho y los ojos llenos de lágrimas, el primer duende lamentó haber sido tan impulsivo, y abrazó a su buen amigo, quien por haber pensado un poco antes de pedir su propio deseo, se vio obligado a malgastarlo con él. Y agradecido por su generosidad, el duende saltarín se ofreció a intercambiar los dones. Pero el segundo duende que sabía cuánto deseaba su amigo aquel don, decidió que lo compartirían por turnos. Así, sucesivamente, uno saltaría y el otro tendría que atraparlo, y ambos serían igual de felices.
El hada, conmovida por la amistad de los dos duendes, regaló a cada uno los más bellos objetos que decoraban sus cielos: el sol y la luna. Desde entonces, el duende que recibió el sol salta feliz cada mañana, luciendo ante el mundo su regalo. Y cuando tras todo un día cae a tierra, su amigo evita el golpe, y se prepara para dar su salto, en el que mostrará orgulloso la luz de la luna durante toda la noche.

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