lunes, 11 de marzo de 2019

El ahijado del rey

El ahijado del rey. 1ª Parte.
(Adaptado de “Cuentos populares del mediterráneo”, Ana Cristina Herreros, Edit. Siruela).

Narrador: Había una vez un rey que emprendió un largo viaje por mar, pero en mitad de la noche se desató una fuerte tempestad que hizo naufragar la nave.
Marinero: ¡Estamos perdidos, majestad, tendremos que abandonar el barco o nos iremos con ella al fondo del mar!
Capitán: ¡Abandonad la nave, nos hundimos! ¡Agarraos a todo lo que flote y que Dios reparta suerte!
Narrador: El rey y algunos marineros más sobrevivieron y fueron arrastrados por el mar hasta la isla de Chipre. Allí, solos en la noche, se dirigieron hacia la única luz que brillaba a lo lejos que procedía de la cabaña de un pastor.
Rey: Buenas noches, pastor.
Pastor: Buenas noches, sed bienvenidos.
Narrador: El pastor mató a un cordero para asarlo y agasajar a sus invitados. Sucedió que aquella misma tarde la mujer del pastor tuvo un hijo y el rey le dijo:
Rey: Escucha, pastor, soy rey de un país no muy lejano y me gustaría bautizar a tu hijo recién nacido. Después me iré.
Pastor: Como guste su majestad.
Narrador: Al cabo de tres días, el rey bautizó al niño y se convirtió en su padrino. Luego, cuando llegó el momento de marcharse, el rey le dio un anillo al pastor y le pidió que le enviase a su hijo cuando llegase a la mayoría de edad.
Cuando el chico cumplió los dieciséis años, su padre le dijo:
Pastor: Ha llegado el momento, hijo mío, de que te presentes ante tu padrino, el rey. Márchate y lleva contigo mi bendición.
Narrador: Por el camino se cruzó con un hombre calvo que no tenía ni un pelo en la cabeza que le dijo:
Calvo: ¿Adónde vas, muchacho?
Hijo: Mi padrino el rey me ha dado este anillo y voy a presentarme ante él.
Calvo: En ese caso llévame contigo. Si le dices al rey que soy de tu familia, quizá me de un trabajo.
Hijo: Vale, amigo, ven conmigo.
Narrador: Caminaron durante mucho tiempo. Tenían sed pero no encontraron agua por ningún sitio. Al fin, encontraron un pozo. El agua estaba muy profunda. Entonces el calvo le propuso al chico:
Calvo: Mira, bajaría yo, pero tú pesas menos. Yo te sujeto con una cuerda. No tengas miedo, que te sujeto con fuerza.
Narrador: El chico bajo al fondo del pozo atado por la cuerda. Allí la soltó y la ató a la jarra de agua para subirla, y el calvo bebió.
Hijo: Ahora, échame la cuerda para que suba yo.
Calvo: ¿Subir tú? He sudado mucho para bajarte ¿y ahora quieres que te suba? Mira, sólo si me das el anillo y le dices al rey que soy yo su ahijado y que tú eres mi criado, entonces te sacaré del pozo.
Narrador: El chico tuvo que aceptar lo que le proponía el calvo si quería salvar su vida.
Calvo: Júrame que nunca dirás la verdad.
Hijo: Juro por mi vida que no te denunciaré hasta la muerte.
Narrador: Después de subirlo se pusieron en camino hasta el palacio del rey.
Soldado: ¿Alto! ¿Quién va? ¿Qué queréis forasteros?
Calvo: El ahijado del rey acompañado de su sirviente. Aquí porto el anillo que lo atestigua.
Soldado: Está bien, si eres el ahijado del rey, puedes entrar.

El ahijado del rey. 2ª Parte.

Narrador: El rey no podía creer que aquel calvo tan feo fuese su ahijado. Pero ¿qué le iba a hacer? Lo alojó en palacio y al chico lo mandó a las cuadras a cuidar a los caballos. Con el tiempo el chico se hizo amigo de la vieja criada del rey.
Un día el chico miraba un nido de golondrinas. Mamá golondrina reñía a su marido por haber tardado tanto en traer la comida para sus crías. El chico se echó a reír. El calvo y el rey pasaron por allí:
Calvo: Ve, majestad, se burla de mi porque soy calvo.
Rey: ¿Por qué te ríes?
Hijo: Majestad, las golondrinas se comportan como los humanos. Ella riñe a su marido por haber tardado tanto en traer la comida a las crías.
Calvo: Ya que entiende el lenguaje de los animales, mandadle a la India a buscar el pájaro de Pipirís.
Rey: Eso muchacho, tráeme ese pájaro o te cortaré la cabeza.
Narrador: Ya a solas, la criada del rey, viendo la preocupación del muchacho, le dijo:
Criada: Diablos, te envían a la mismísima muerte. Han ido a buscar ese pájaro cientos de hombres y todos murieron porque ninguno ha vuelto con él. De todos modos, yo sé de un caballo, que si consigues montarlo, te llevará por los aires hasta la India. Cuando llegues, espera a que las dos hogueras se apaguen y espolea entonces a tu caballo para pasar por encima de ellas. El pájaro de Pipirís tiene su nido en la rama de un árbol todo de oro. Cuando lo atrapes, vuelve a todo galope.
Narrador: Todo lo que había dicho la vieja criada era verdad y el chico siguió sus consejos. Cuando regresó al palacio con el pájaro el calvo se asombró mucho de verlo regresar con vida. A los pocos días le dijo al rey:
Calvo: Padrino, pídele al chico que nos traiga a Blondina, la muchacha de los cabellos de oro.
Rey: No le podemos pedir algo así. Todos los que lo intentaron murieron en el empeño. Blondina ha construido las torres de su castillo con las cabezas de los pretendientes y sus esqueletos sirvieron para construir los muros.
Narrador: Pero tanto insistió que el rey acabó cediendo:
Rey: Ve y tráeme a Blondina.
Narrador: De nuevo la vieja criada tuvo que consolar al muchacho:
Criada: ¿Qué te pasa, muchacho?
Hijo: Que quieren que traiga a Blondina.
Criada: Ay, hijo mío,qué tarea tan difícil te piden. Te diré qué puedes hacer. Pide al rey que te dé cuarenta odres llenos de miel, cuarenta llenos de mijo y un saco lleno de monedas de oro. Si haces lo que te digo, todo saldrá bien.
Narrador: Todo lo que pidió le fue concedido. Cuando se hizo de noche llegó con su caballo a un gran pozo. Entonces el caballo le dijo:
Caballo: Déjame pastar mientras tu duermes.
Narrador: Pero al poco tiempo el caballo le interrumpió su sueño:
Caballo: ¡Vamos, de prisa, hay inocentes en peligro!
Narrador: Efectivamente, una serpiente enroscada de un árbol cercano amenazaba con sus fauces abiertas las crías de un águila que estaban indefensas en su nido. El chico trepó por el tronco, desenvainó su espada y de un certero tajo mató a la serpiente. En esto llegó la madre de las crías de águila agitando sus alas:
Águila: ¡Cómo te atreves a atacar a mis pobres crías con tu espada, cobarde? ¡Te arrancaré los ojos con mis garras y sabrás lo que es el poder de un águila!
Aguilucho: ¡No, mamá! ¡Él nos ha salvado la vida, mató a la serpiente que quería devorarnos!
Aguila: ¿Qué quieres recibir por el bien que nos has hecho?
Hijo: Nada.
Aguila: Coge esta pluma. Cuando necesites mi ayuda, ponla encima de unas brasas y yo llegaré volando en tu ayuda.
Narrador: El chico siguió cabalgando hasta que llegaron a un bosque. El caballo al observar un enorme hormiguero le dijo:
Caballo: Baja de mi grupa y llévame de la brida para no pisar el hormiguero.
Hijo: ¡Qué buena vista tienes amigo! Ya está. Iremos con cuidado.
Narrador: Al salir del bosque se encontraron con la reina de las hormigas y su destacamento de soldados.
Reina Hormigas: ¡Eh, vosotros, por dónde habéis pisado! ¿No habréis aplastado a mis tropas?
Hijo: No, hemos venido con cuidado para no hacerles daño, pero, ¿por qué estáis tan lejos del hormiguero?
Reina Hormigas: Ay, hemos tenido que salir del bosque en busca de comida, pero aquí tampoco encontramos nada.
Narrador: Entonces el chico vació los cuarenta odres de mijo que le había pedido al rey y se los ofreció a la reina de las hormigas.
Reina Hormigas: Por este bien que nos has hecho, coge esta alita. Cuando me necesites, sólo tienes que ponerla sobre unas brasas y yo acudiré en seguida.
Hijo: Gracias, Reina de las Hormigas. Ahora, debo seguir mi camino.
Narrador: Cabalgó y cabalgó hasta que llegó al mar y en la orilla se encontraron con un enorme pez tirado que se agitaba intentando volver al mar. El chico lo cogió y lo devolvió al agua. El pez le dijo:
Pez: Por este bien que me has hecho, ¿qué quieres que te dé?
Hijo: Nada
Pez: Coge esta escama. Cuando me necesites, ponla sobre unas brasas y yo llegaré para ayudarte.
Narrador: El chico continuó su camino, pero al llegar a un arroyo vio como el agua arrastraba un panel de abejas. Con la punta de sus espada lo sacó del agua y luego volcó los cuarenta odres de miel. Las abejas, se la comieron toda, y así, bien alimentadas, pudieron reponerse de su desventura.
Reina Abejas: Por este bien que nos has hecho quiero que cojas este aguijón. Cuando me necesites, ponlo sobre unas brasas y yo llegaré zumbando.
Narrador: Cogió el aguijón y se lo metió en el bolsillo, junto a todo lo demás: la escama, la alita y la pluma. Siguió caminando y se encontró con una vieja.
Hijo: Buenos días, abuela, ¿podría decirme dónde vive Blondina?
Vieja: Vive aquí. Pero es mejor que sigas tu camino si no quieres encontrar la muerte en este lugar.
El ahijado del rey. 3ª Parte.

Narrador: Pero él siguió hasta que llegó al palacio y se presentó ante el rey, padre de la princesa Blondina.
Padre Blondina: Bienvenido seas a nuestro reina. Dime, ¿qué te trae por aquí?
Hijo: He venido para pediros a a vuestra hija Blondina.
Padre Blondina: Te la daré si consigues traerme ante de tres días este anillo que ves en mi mano y que ahora mismo voy a tirar al mar. Si no lo encuentras te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico se dirigió con su caballo al mar. Allí encendió un fuego y sobre las brasas del fuego echó la escama del pez. Éste asomó en la superficie del agua.
Pez: ¿Qué puedo hacer por ti, amigo?
Hijo: El anillo que el rey ha tirado al agua. Si no lo encuentro me cortará la cabeza.
Narrador: Y el pez convocó a todos los peces del mar y se pusieron a buscar hasta que lo encontraron.
Pez: Toma. Aquí tienes el anillo.
Narrador: Sin más tardanza se lo llevó al padre de Blondina.
Padre Blondina: Muy bien, joven. Pero todavía te queda otra prueba. Voy a mezclar todo el grano que hay en el reino. Tienes una noche para separar el grano mezclado. Si lo consigues, te daré a mi hija, si no, te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico se acordó del alita de la reina de las hormigas y la convocó según lo convenido. Ésta reunió a todo su ejército y en dos horas estaba todo el grano separado. Cuando el rey llegó a la mañana siguiente al granero, vio que todo el grano estaba separado: el trigo, la cebada y el maíz.
Padre Blondina: Muy bien, lo has logrado de nuevo. Pero todavía tendrás que superar una última prueba. Tienes que traerme el agua de la vida, si no lo consigues, ya sabes, te cortaré la cabeza.
Narrador: El chico no sabía que hacer, pero colocó sobre las brasas la pluma del águila.
Águila: ¿En qué puedo ayudarte, amigo?
Hijo: El rey me ha pedido que le traiga el agua de la vida, si no lo consigo, me cortará la cabeza.
Águila: No te preocupes. El agua de la vida se encuentra en el interior de aquella montaña. Pide que te hagan una copa de oro y espérame allí.
Narrador: Cuando el chico tuvo la copa se dirigió a la montaña y se la entregó al águila. Ésta penetró en el interior, la llenó con el agua de la vida y se la devolvió al chico. Al día siguiente, el chico se la llevó al rey.
Padre Blondina: Veamos si es de verdad el agua de la vida.
Narrador: Y cogiendo su espada, le cortó el cuello al primero que encontró. Vertió el agua de la vida y el desgraciado volvió a su ser como si nada hubiese pasado.
Padre Blondina: Está bien, te daré a mi hija. Pero todavía te queda otra prueba: vendrán a esta habitación treinta y nueve chicas y también mi hija, todas irán vestidas de rojo y tendrán la cara cubierta. Entre las cuarenta deberás escoger, y la que escojas, ésa te llevarás.
Narrador: El chico recurrió al aguijón de la abeja que cuando se presentó lo tranquilizó diciendo:
Reina Abejas: No tengas miedo. Ahora mismo voy a buscar a la princesa y antes de que se cambie de ropa le haré una marca. Después, cuando la pongan con las otras treinta y nueve, volaré encima de ella y así no podrás equivocarte.
Narrador: Y así sucedió. Cuando las cuarenta muchachas estuvieron juntas, el chico supo a quién elegir. El rey ya no pudo someterlo a más pruebas.
Padre Blondina: Muy bien. El cielo te ha sido propicio, has elegido a mi hija. Tuya es.
Narrador: El chico llevó a Blondina al palacio de su padrino el rey. En cuanto llegó, el calvo se enamoró perdidamente de ella y para liberarse del chico le dijo al rey:
Calvo: Pídele al chico que trepe al manzano para coja los frutos más hermosos que son los más altos.
Rey: ¡Por Dios, no puedo pedirle eso! Esas manzanas están altísimas, podría caerse.
Calvo: Sí, sí, padrino, sí puedes, para este chico no hay hazañas imposibles.
Rey: ¡Olvídalo! Estás cada vez más caprichoso y consentido.
Narrador: Pero en cuanto el rey se dio media vuelta, el calvo le ordenó que subiera por las manzanas. El chico obedeció, pero una rama cedió y cayó al suelo con la manzana en la mano. Al comprobar el calvo que el chico había muerto, lo enterró allí mismo, en una zanja. Luego, se presentó ante Blondina con la manzana en la mano.
Blondina: ¿Y tú quién eres?
Calvo: Yo soy el amo de ese chico que os ha traído hasta aquí, y vuestro futuro esposo.
Blondina: ¡Vete de aquí inmediatamente! ¡Estúpido! ¡Presuntuoso! ¡Qué te has creído insolente!
Rey: ¿A qué vienen esos gritos, Blondina?
Blondina: Majestad, llevaos a este calvo medio loco, que no puedo ni verlo. Y haced que venga el que me ha traído hasta aquí porque es a él al único que quiero.
Rey: ¿Dónde está el chico?
Calvo: Se cayó del manzano y se mató. Así que lo enterré al pie del árbol.
Blondina: Vamos, hay que desenterrarlo inmediatamente. Y, tú, desgraciado, apártate de mi camino.
Calvo: Lo que tu digas mi querida Blondina.
Blondina: ¡Qué asco de hombre! ¡Vamos, es que no puedo con él...!
Narrador: Cuando sacaron el cuerpo del chico, Blondina le vertió el agua de la vida y el chico volvió a su ser.
Hijo: Y ahora, majestad, vais a conocer la verdad. Juré por mi vida que no lo denunciaría hasta la muerte, pero ahora que ya he muerto, no tengo que seguir cumpliendo el juramento y soy libre para contar la verdad de todo lo ocurrido.
Narrador: Y el chico contó toda la historia. El rey, cuando conoció el relato completo, ordenó que atasen al calvo a la cola de un caballo y lo arrastrasen por todo el reino. El chico se casó con Blondina y, cuando el rey murió, fue proclamado nuevo rey y reinó en aquel país.



El audio de este cuento dividido en tres partes lo tienes aquí.



domingo, 16 de diciembre de 2018

El Sr. Conejo y la Sra. Zorra


El señor conejo y la señora zorra.
(Fábula)

Narrador: Era el señor Conejo un animalito travieso y astuto, y tan insolente como una urraca. Continuamente gastaba pesadas bromas a sus vecinos, que en vano buscaban la ocasión de echarle mano. Un día dijo el señor Lobo a la señora Zorra, compañera de correrías.
Lobo: Si esta noche no damos caza a ese animalejo y de él hacemos sabrosa cena, me avergonzaré de ser lobo. Mira, tú no tienes que hacer más que esto: vete a casa ahora mismo, métete en la cama, hazte la muerta y procura estarte muy quieta, hasta que venga el señor Conejo y se acerque a ti. Entonces échale la garra.
Narrador: Así lo hizo la señora zorra: se marchó a su casa y se metió en cama. Mientras tanto, el señor Lobo se dirigió a casa del señor Conejo, y llamó a la puerta.
Lobo: Malas noticias, señor Conejo; la pobre señora Zorra ha muerto esta mañana y yo he salido a ocuparme de su entierro.
Narrador: Se alejó el señor Lobo, y el señor Conejo, curioso por saber de cerca lo ocurrido, se fue a casa de la señora Zorra. Atisbó por la puerta y la vio tendida en la cama, tan rígida como un palo y tal como si estuviese muerta. Pero como el señor Conejo no tenía pelo de tonto ni se dejaba engañar tan fácilmente, exclamó en alta voz y como si hablase consigo mismo:
Conejo: ¡Pobre señora Zorra! Parece mentira que haya muerto; pero así es, desgraciadamente. Lo mejor que puedo hacer es sentarme aquí hasta que vayan llegando los vecinos. Pero, vamos, no puedo creer que haya muerto, si es verdad lo que he oído decir de que las zorras, después de muertas, se quedan meneando una pata trasera.
Narrador: Al oír esto, la señora Zorra juzgó que tenía que hacer ver que estaba verdaderamente muerta, y se puso a menear la pata.
Lo vio el señor Conejo y salió de allí como un rayo, y no paró de correr hasta que llegó a su casa.
Aquella noche el señor Lobo y la señora Zorra no tuvieron otro remedio que acostarse sin cenar.

El audio de este relato lo tienes, aquí.



martes, 23 de octubre de 2018

La novia del bandolero


A partir de 10 años.
La novia del bandolero.
(Hermanos Grimm).

Narrador: Érase una vez un molinero que tenía una hija muy linda, y cuando ya fue crecida, deseaba verla bien casada. Pensaba:
Molinero: Si se presenta un pretendiente como Dios manda y la pide, se la daré.
Narrador: Poco tiempo después, llegó uno que parecía muy rico, y como el molinero no sabía nada malo de él, le prometió a su hija. La muchacha, sin embargo, no sentía por él la inclinación que es natural que una prometida sienta por su novio, ni le inspiraba confianza el mozo. Cada vez que lo veía o pensaba en él, una extraña angustia le oprimía el corazón. Un día le dijo él:
Novio: Eres mi prometida, y nunca has venido a visitarme. 
Novia: Aún no sé dónde está tu casa. 
Novio: Mi casa está en medio del bosque oscuro. 
Narrador: Ella todo era inventar pretextos, diciendo que no sabría hallar el camino, pero un día el novio le dijo muy decidido: 
Novio: El próximo domingo tienes que venir a casa. He invitado ya a mis amigos, y para que encuentres el camino en el bosque, esparciré cenizas. 
Narrador: Llegó el domingo, y la muchacha se puso en camino; sin saber por qué, sentía un extraño temor, y para asegurarse de que a la vuelta no se extraviaría, se llenó los bolsillos de guisantes y lentejas.
A la entrada del bosque vio el rastro de ceniza y lo siguió; pero a cada paso tiraba al suelo, a derecha e izquierda, unos guisantes. Tuvo que andar casi todo el día antes de llegar al centro del bosque, donde más oscuro era. Allí había una casa solitaria, de aspecto tenebroso y lúgubre. Dominando su aprensión, entró en la casa; dentro reinaba un profundo silencio, y no se veía nadie en parte alguna. De pronto se oyó una voz:
 

Pájaro: Vuélvete, vuélvete, joven prometida. Asesinos viven en esta guarida. 
Narrador: La muchacha levantó los ojos y vio que la voz era de un pájaro, encerrado en una jaula que colgaba de la pared. 
Pájaro: Vuélvete, vuélvete, joven prometida. Asesinos viven en esta guarida. 
Narrador: Siguió la muchacha recorriendo toda la casa; pero estaba completamente desierta, sin un alma viviente. Llegó al fin a la bodega, donde había una mujer viejísima, que no cesaba de menear la cabeza. 
Novia: ¿Podríais decirme si vive aquí mi prometido? 
Vieja: ¡Ay, pobre niña ¡Dónde te has metido! Estás en una guarida de bandidos. Creíste ser una novia y celebrar pronto tu boda, pero es con la muerte con quien vas a desposarte. Mira lo que he tenido que preparar para ti: Este gran caldero con agua. Cuando te tengan en su poder, te despedazarán sin piedad, y, después de cocerte, te comerán, pues se alimentan de carne humana. Si yo no me apiado de ti y te salvo, estás perdida. 
Narrador: Dichas estas palabras, la vieja la condujo detrás de un gran barril, donde no pudiese ser vista. 
Vieja: Permanece callada como un ratoncito, sin mover ni un dedo. De lo contrario no hay salvación para ti. Por la noche, mientras los bandidos duerman, huiremos. Hace tiempo que estoy esperando la oportunidad. 
Narrador: Casi en el mismo momento se presentó la pandilla de desalmados. Traían raptada otra doncella, estaban borrachos y no hacían caso de sus lamentaciones y lágrimas. Le dieron a beber tres vasos de vino y le estalló el corazón. Le arrancaron entonces los hermosos vestidos, cortaron su cuerpo a pedazos y lo salaron. Uno de los bandidos observó que la joven asesinada llevaba un anillo de oro en el dedo meñique y, como no pudiera quitárselo, le cortó el dedo de un hachazo. El dedo saltó en el aire y fue a caer en el regazo de la novia. El bandido se puso a buscarlo por todas partes. No encontrándolo, le dijo otro de los asesinos:
Bandido 1: ¡Maldita sea, no sé dónde ha caído el anillo! 
Novio: ¿Has mirado detrás del barril grande? 
Vieja: Venid a comer, ya lo buscaréis mañana. No se va a escapar el dedo. 
Bandido 1: La vieja tiene razón, mañana lo buscaremos.
Narrador: La mujer les echó un somnífero en el vino, y al poco rato todos dormían y roncaban, tendidos en la bodega. La vieja abrió la puerta y ambas escaparon a toda prisa. El viento había esparcido la ceniza, pero los guisantes y lentejas, que habían germinado y brotado, mostraban ahora el camino a la luz de la luna. Las dos mujeres llegaron al molino a la mañana siguiente. Entonces la muchacha contó a su padre todo lo que le había ocurrido.
Llego el día designado para celebrar la boda y el padre dijo a los presentes.
Molinero: Mis queridos parientes e invitados, sentaos todos a la mesa. Me gustaría que contarais alguna historia para distraer a la concurrencia.
Narrador: La novia permanecía callada, y entonces le dijo su prometido:
Novio: Anda, corazoncito, ¿no sabes nada? ¡Cuéntanos algo! 
Novia: Pues voy a contaros un sueño que he tenido. He aquí que soñé que caminaba a través de un bosque, sola, y llegué a una casa. No había en ella alma viviente, pero de la pared colgaba una jaula, y un pájaro encerrado en ella me gritó: "Vuélvete, vuélvete, joven prometida.
Asesinos viven en esta guarida."

Lo gritó dos veces. Tesoro mío, sólo es un sueño. Entonces yo recorrí todas las habitaciones, y todas estaban desiertas; ¡pero daban un miedo!. Finalmente, bajé a la bodega, donde había una mujer viejísima. Le pregunté: "¿Vive mi novio en esta casa?." Y ella me respondió: "¡Ay, hija mía, has caído en una cueva de asesinos! Tu novio vive aquí, pero te matará y despedazará, y luego de cocerte se te comerá." Tesoro mío, sólo es un sueño. Pero la vieja me ocultó detrás de un gran barril, y, estando allí disimulada, entraron los bandidos, con ellos traían a una doncella, a la que forzaron a beber de tres clases de vino: blanco, tinto y amarillo, por lo cual le estalló el corazón. Tesoro mío, sólo es un sueño. Quitáronle entonces sus primorosos vestidos, cortaron sobre una mesa su hermoso cuerpo a pedazos y le echaron sal. Tesoro mío, sólo es un sueño. Uno de los bandidos observó que conservaba aún un anillo en el dedo meñique, y, como le costara sacarlo, cogiendo un hacha le cortó el dedo, el cual, saltando por encima del barril, fue a caerme en el regazo. Y aquí está el dedo con el anillo.
 

Narrador: Con estas palabras, sacó el dedo y lo mostró a los presentes.
El bandido, que en el curso del relato se había ido volviendo blanco como la cera, se levantó de un brinco y trató de huir, pero los invitados lo sujetaron, y lo entregaron a la autoridad. Y fue ajusticiado con toda su banda, en castigo de sus crímenes.

El audio y el vídeo de este relato lo tienes, aquí.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Los tres cabritillos


Los tres cabritillos.

Narrador: Había una vez tres cabritillos que eran hermanos. Un día decidieron pasar a lo otra orilla del río donde había una hierba verde que estaba diciendo: "Cómeme, cómeme".
Para atravesar el río debían atravesar un puente y debajo de él tenía su guarida un ogro feo y gruñón.
El primero en querer atravesar el puente fue el más joven de los cabritillos: 

Ogro: ¿Quién pasa por encima de mi puente? 
Cabritillo 1: Soy yo, el más pequeño de los tres cabritillos del bosque. Voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿Y a quién has pedido permiso? Te voy a comer ahora mismo. Cabritillo 1: No, no lo hagas, que soy muy pequeño y estoy muy flaco. Espera un poco que más atrás viene mi hermano que es mayor que yo.  
Ogro: Bueno, bueno. Si es así, puedes marchar. 
Narrador: Al poco rato llegó el segundo de los cabritillos y, al pasar, se oyeron sus pezuñas. 
Ogro: ¿Quién está cruzando por encima de mi puente?  
Cabritillo 2: Soy yo, el segundo cabritillo del bosque que voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿No sabes que debes avisar? Espera un poco que voy a comerte. 
Cabritillo 2: Bueno; pero antes te quiero decir que, si tienes un poco de paciencia, por allí viene mi hermano, el mayor, que tiene mejor bocado.  
Ogro: Está bien. Esperaré. Puedes irte. 
Narrador: Un momento más tarde, el mayor de los cabritillos llegó al puente. 
Ogro: ¿Quién anda par ahí? ¿Quién pasa por mi puente?
Narrador: Gritó el ogro relamiéndose de gusto, al ver que ya tenía un buen banquete.  
Cabritillo 3: Soy yo, el cabritillo mayor del bosque, que quiero pasar a la montaña a comer hierba fresca y verde.
Ogro: Ah, ¿Eres tú? Te esperaba. No te vayas, que te voy a hincar el diente.  
Cabritillo 3: Ven, aquí me tienes, acércate que te voy a traspasar con mis cuernos.
Narrador: Y dicho y hecho. Se lanzó sobre el ogro, le dio unos cuantos topetazos y lo tiró al río. Menudo susto y remojón.
Sin más, atravesó tranquilamente el puente y se reunió con sus hermanos. Y en los prados se quedaron comiendo cuanto quisieron.

El audio y el vídeo de este cuento lo tienes aquí.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El tarro de aceitunas



El tarro de aceitunas.
(Las mil y una noches)
Narrador: Una vez, hace muchos tiempo, un mercader de Bagdad, que se llamaba Alí Cofia, decidió viajar a la ciudad sagrada de La Meca. Para los creyentes musulmanes es una obligación visitar una vez en la vida por lo menos esa sagrada ciudad. Alí arregló todos sus negocios, alquiló su casa y dejó todas sus pertenencias. Pero, al final, se dio cuenta de que le sobraban mil monedas de oro. Como no tenía ya lugar donde dejarlas puesto que se había deshecho de todo, se le ocurrió que podría guardarlas en un tarro de aceitunas.
Así lo hizo, guardó las mil monedas de oro en el fondo del tarro y luego lo llenó con aceitunas. Después le pidió a un amigo, que tenía fama de honrado, que le guardara el tarro de aceitunas hasta que regresara de su viaje. Al fin, Alí Cofia emprendió su viaje con dos camellos cargados de telas muy finas que pensaba vender en La Meca, aprovechando su viaje.
Cuando cumplió con su promesa de visitar la ciudad sagrada, se dirigió a otros países, siempre comerciando, de modo que en estos viajes pasó siete años.
Mientras tanto, una noche, la esposa del mercader al que le había dejado encargado su tarro de aceitunas, tuvo un gran antojo de comer éstas.
Amigo: Mujer, tu antojo es fácil de cumplir, porque, recordarás que mi amigo Alí antes de marcharse me dejó encargado un gran tarro de aceitunas. Y hace tanto tiempo que hizo esto… y como no sabemos nada de él seguro es que le ha ocurrido algo. ¡Quién sabe! A lo mejor hasta ya se murió. ¿Por qué no me das una lámpara y bajo al almacén a buscar unas cuantas aceitunas del tarro? Mujer: ¡Ni lo quiera Alá! ¡Cómo se te ocurre semejante idea! Cuando alguien nos confía algo en depósito debemos respetarlo. Uno no sabe si Alí regresará un día u otro, y si no encuentra su tarro tal y como él lo dejó, ¿qué pensaría de ti? No, mejor deja el tarro como está y no lo toques… además, ya no tengo antojo de aceitunas.Narrador: Pero, a pesar de todos estos sabios consejos, el mercader no hizo caso a su mujer. Destapó el tarro y encontró que las aceitunas se habían podrido. Vacío el tarro y empezaron a caer unas cuantas monedas. Al ver el oro, el mercader se volvió loco de ambición.
A la mañana siguiente, el mercader, sin decir nada, tomó las mil monedas de oro, luego llenó el tarro con aceitunas frescas que había comprado; tapó el frasco y dejó todo como estaba antes.
Alí Cofia, por su parte, finalmente, regresó a su ciudad. Unos días después decidió ir a ver a su amigo el mercader honesto al cual le había dejado encargado su tarro de aceitunas. El otro mercader lo abrazó y lo felicitó por su feliz regreso y le entregó la llave del almacén para que él mismo tomara su tarro. Alí le dio las gracias y se llevó su cargamento a la posada donde se hospedaba. Alí vació las aceitunas, que todavía estaban muy frescas, pero del dinero ¡no había nada! Inmediatamente Alí fue a reclamar sus monedas.
Alí: Amigo, vengo a decirte que el tarro de aceitunas que te confié no sólo contenía aceitunas, sino mil monedas de oro que yo mismo coloqué en el fondo y éstas han desaparecido. Si tú las tomaste porque necesitabas el dinero está bien, podemos arreglarlo…
Amigo: ¿Acaso me estas diciendo que soy un ladrón? Cuando trajiste tu tarro, tú mismo lo pusiste en el lugar en el que lo encontraste. Nadie ha tomado nada y tal parece que no sabes agradecer un favor. ¡Ahora márchate de mi casa!
Narrador: Alí no sabía qué hacer, así que se dirigió al tribunal donde llevó su caso, pero como era la palabra de Alí contra la del mercader, el juez no supo qué hacer. Finalmente, el juez mandó llamar a dos expertos aceituneros a quienes les presentaron el tarro de aceitunas, tomó una y se la dio a uno de los aceituneros.Juez: ¿Qué te parecen?Aceitunero: Excelentes, señor. Están muy frescas, deben de ser de este año.Juez: Debes estar equivocado porque estas aceitunas fueron puestas en el tarro hace siete años.Aceitunero: Señor, que las pruebe el otro aceitunero, pero yo le aseguro que son de este mismo año.Narrador: El otro experto probó también las aceitunas, corroborando lo que había dicho el primero. De esta forma, el juez supo cómo resolver este problema. Castigó al mercader que había sido deshonesto y mal amigo, y a Alí Cofia le fueron devueltas sus mil monedas de oro.


El audio de este cuento lo tienes aquí.

Los tres toritos



Los tres toritos.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un hombre que tenía cuatro hijos, tres varones mayorcitos y una niña más pequeña, que se quedó viudo. El hombre volvió a casarse, pero lo hizo con una mujer que era más mala que un dolor de muelas. Así que los tres hermanos, cansados de cómo les trataba, se marcharon, se hicieron una cabaña en el bosque y allí se hicieron cazadores.
Al poco tiempo, la niña también cogió el camino y se marchó. Llegó sin saberlo a la cabaña de sus hermanos, entró en ella y todo lo encontró revuelto y desordenado. Inmediatamente dejó todo aquello en orden y reluciente, convirtiéndolo en un hogar donde se podía vivir. Terminada la tarea, la niña, se escondió en el bosque cuando llegaron sus hermanos...
H. menor: Mirad, ¿quién habrá estado aquí?
H. mayor: ¡Nos ha dejado preparada la comida!
H. mediano: Vayamos con la perrita al bosque hasta dar con ella. No debe estar muy lejos.
Narrador: Efectivamente, la perrita, siguiendo el rastro los llevó al pie de un árbol al que la niña se había subido para no ser descubierta.
¡Todos se pusieron muy contentos y comenzaron una vida en paz y en armonía!
Los hermanos salían a cazar y ella llevaba el hogar en compañía de la perrita.
Un día ésta se orinó en la lumbre de la chimenea hasta que la apagó por completo.
Niña: ¡Perra mala! ¡A ver cómo preparo ahora la comida! ¡Yo no sé hacer fuego!
Narrador: La niña salió a buscar por el bosque hasta que encontró otra casa. Y llamó a la puerta...
Maruja: ¡Vete corriendo! Esta es la casa de la bruja Curuja. ¡Mi madre no debe verte, ella es capaz de lo peor! Has tenido suerte ahora no está en casa.
Niña: Por favor, sólo necesito algo de brasas para encender el fuego.
Maruja: Está bien. Toma, pero debes irte enseguida y no volver.
Narrador: Al día siguiente, la bruja Curuja se presentó en la cabaña de la niña cuando solo estaba ella.
Curuja: A mi hija Maruja le noté enseguida que algo había pasado. Así que vengo a cobrarme las brasas que te llevaste.
Niña: ¿Y cómo le voy a pagar, bruja Curuja?
Curuja: Vendré todos los días a chuparte un poquito el dedo corazón y tú lo sacarás por la cerradura.
Narrador: La niña aceptó el trató y la bruja venía cada día a chuparle el dedo cuando estaba sola. Poco a poco la niña fue enfermando y sus hermanos al darse cuenta consiguieron que les contara lo que había pasado.
H. mayor: Ahora se va a enterar la bruja Curuja de nosotros. Recibirá su merecido. Hermanos, escuchad:
H. menor: ¿Si...?
H.mediano: Dinos.
H. mayor: Está bien. Cavaremos una fosa delante de la puerta, la taparemos con una sábana y echaremos hierbas y tierra por encima. Cuando la bruja Curuja se acerque, caerá en la trampa.
Curuja: ¡Ahhhh....!
Narrador: Así sucedió. Los tres hermanos salieron con sus palas y la enterraron.
Al poco tiempo brotaron en el mismo lugar tres coliflores embrujadas.
H. mayor: ¡Escúchame bien, hermanita! Por nada del mundo eches en la comida estas coliflores. ¿Me has entendido?
Niña: Sí.
Narrador: Pasó el tiempo y la niña se olvidó de la advertencia. Un día, echó las coliflores en la olla. Cuando sus hermanos probaron la comida, se convirtieron en tres toritos.
Niña: ¿Qué he hecho? ¡Mis pobres hermanos convertidos en toritos...! ¿Qué he hecho?
Narrador: Los siguió tratando como antes, como lo que eran: sus tres queridos hermanos convertidos en toritos.
Acertó a pasar por allí el hijo del rey y le dijo:
Príncipe: ¿Por qué una joven tan hermosa y delicada como tú está cuidando animales salvajes y violentos? Vente, cásate conmigo y vivirás en mi palacio.
Niña: Ya quisiera, señor. Estos tres toritos que ves aquí son mis hermanos por siempre encantados por mi culpa.
Príncipe: Si encantados quedaron, desencantados con el tiempo serán. Vendrán con nosotros y en misma mesa nuestra comerán.
Narrador: Aceptó la niña y se casaron, pero vivía en el palacio una tía lejana del príncipe, muy envidiosa, que había querido casar a su hija con él. Un día, cuando la niña estaba descuidada, le clavó un alfiler encantado en la cabeza y la convirtió en paloma. Luego, como era medio bruja, dotó a su hija de la apariencia de la reina. Ésta la primera orden que dio fue...:
Falsa reina: ¡Estoy harta de estos toros que todo lo ensucian! ¡Siempre atrayendo a las moscas! ¡A la plaza ahora mismo! ¡Que los toreen hasta que mueran!
Narrador: El príncipe no comprendía el cambio tan repentino de su esposa y no quiso acudir a la plaza. A lo lejos se oía el bullicio de la fiesta. Una paloma se posó en su mano y él comenzó a acariciarla. Se dio cuenta de un pequeño bulto que tenía la paloma en la cabeza. Retiró el alfiler y, al instante, apareció su mujer. Todo lo ocurrido lo supo por su boca y, antes de que dieran muerte al primer toro, les clavaron el alfiler de la paloma. Los toros volvieron a su ser natural: los tres hermosos jóvenes hermanos de la reina.
La malvada tía y su horrenda hija fueron encerradas en la torre más alta del castillo por siempre jamás.

El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.

La princesa muda



La princesa muda.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)

Narrador: Había una vez un rey que se sentía viejo para gobernar y deseaba dejar la corona a su heredero. Pero sólo tenía una hija, caprichosa, y que no se quería casar. Tan caprichosa era que un día le dijo a su doncella:
Princesa: ¡Todo el mundo tiene piojos menos yo! ¿Yo quiero un piojo!
Narrador: La doncella, a una chiquilla que iba cargadita de piojos, le cogió uno y se lo llevó a la princesa.
Princesa: ¡Es un piojo precioso! ¡A éste lo voy a criar yo!
Narrador: El piojo engordó tanto de las cosas que le daba de comer que tuvo que ponerlo en un corralito, como si fuera un cerdo. El rey, cuando se enteró, se puso hecho una furia. Mandó matar el piojo y, cuando la piel estuvo seca y estirada, ordenó hacer un pandero que colocaron en la puerta del palacio. Mandó llamar a su hija y le dijo:
Rey: ¡Ahora tendrás que casarte con aquél que adivine de qué está hecho el pandero, tanto si te gusta como si no!
Narrador: De todas partes llegaron príncipes y caballeros, pero ninguno acertaba. “De lagarto”, “de cabra”, “de camello”, decían unos y otros, y la princesa se burlaba de ellos.
Un día, vio venir a un príncipe del que se quedó prendada. Éste dijo:
Príncipe: ¡De serpiente es el pandero!
Princesa: ¡Escuchadme, caballero! ¡De piojo es el pandero!
Narrador: Desde el balcón le avisó ella, pero el caballero se marchaba y no pudo oírla. Pero un viejo y andrajoso vagabundo sí la oyó. Pidió audiencia para ver al rey y disimulando dijo:
Vagabundo: ¡Este pandero está hecho de piojo cebado!
Rey: ¡Oh, Dios mío, este andrajoso con más pulgas que una jauría de perros lo ha acertado!
Princesa: ¡Que sepáis, padre mío, que no pienso casarme con este zarrapastroso!
Rey: Veréis, buen hombre, sin duda será mejor para vos que cambiemos el trato. Un saco lleno de monedas de oro y no hay boda.
Vagabundo: Ni hablar, yo quiero lo prometido, la mano de la princesa.
Rey: ¿Dos sacos?
Vagabundo: La princesa.
Rey: Está bien. Hija mía, ahora no tienes más remedio que casarte con este vagabundo porque la palabra de un rey no puede volverse atrás.
Narrador: Total, después de muchas discusiones, aseado y con ropas nuevas, la princesa se casó obligada con el viejo vagabundo.
Terminada la ceremonia quiso conocer sus propiedades y le dijo:
Vagabundo: Querida, vamos a dar una vueltecista por nuestras tierras.
Narrador: Llegaron al río y la princesa tuvo que echarse a cuestas al viejo.
Vagabundo: ¿Quién me dijera a mi que tan viejo iba a ser caballero? ¡Ja, ja, ja!
Princesa: ¡Bribón, encima te burlas de mi! ¡Al agua irás!
Narrador: El viejo al agarrarse le dio un mordisco en la nuca a su esposa, y ella se quedó sin habla. Luego se hundió y se ahogó.
La princesa, al darse cuenta de lo sucedido, no quiso volver al palacio y echó andar sola por los caminos, pidiendo limosnas. Todos se compadecían de aquella triste mudita...
Un día llegó al palacio de aquel príncipe que tanto le había gustado y que no supo acertar de qué estaba hecho el pandero. Les dio tanta lástima que la admitieron de criada. Por aquel entonces preparaban la boda del príncipe con la princesa de otro reino. Ella, junto a otras criadas, cosía y bordaba el ajuar de boda de la futura reina.
Y llegó el día de la boda. Todas las criadas se colocaron a uno y otro lado de la escalinata con sus velas encendidas para levantarlas al paso de los novios.
Novia: ¡A ver esa bobilla, que se le mancha la manga amarilla!
Narrador: Tanta rabia le dio a la muda, que de pronto empezó a hablar.
Princesa: ¿Y a mí qué me importa? ¡Para eso soy la hija del rey de Castilla!
Narrador: El príncipe se maravilló al oírla decir aquello y, como no le había gustado el detalle de soberbia de la otra, se casó en ese mismo instante con la hija del rey de Castilla. Y colorín colorado, que este piojoso cuento se ha terminado.


El vídeo y audio de este cuento lo tienes aquí.