miércoles, 14 de septiembre de 2016

Una curiosa merienda.

Una curiosa merienda.
( Mariana Acosta)

Narrador: Entre las hierbas de un bosque, cerca de un estanque había una flor roja y elegante.
Una mañana la abeja se posó sobre ella y le dijo:
Abeja: Disculpe flor distinguida y elegante, tengo un hambre apremiante, necesito comer su polen y volver a la colmena con vuelo danzante.
Flor: ¡Adelante!
Narrador: La abeja apenas había comenzado a extraer el polen de la flor, cuando intempestivamente llegó la araña y le dijo:
Araña: Disculpe señora abeja, pero las arañas comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Narrador: La abeja la miró de reojo y le contestó malhumorada:
Abeja: Sé que soy su insecto predilecto pero aún estoy comiendo el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: La araña se sentó pacientemente bajo la flor a esperar que la abeja terminara de comer el polen, cuando inesperadamente llegó el grillo y le dijo:
Grillo: Disculpe señora araña, pero los grillos comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Araña: Sé que soy su insecto predilecto, pero a usted no le tengo mucho afecto, estoy esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El grillo se sentó pacientemente detrás de la araña a esperar, cuando de pronto llegó el sapo dando intrépidos saltos y le dijo:
Sapo: Disculpe don grillo, pero los sapos también comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Grillo: Sé que soy su insecto predilecto, pero a usted no le tengo mucho afecto, estoy esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El sapo se sentó pacientemente en la fila detrás del grillo a esperar, cuando de pronto llegó arrastrándose sobre la tierra la serpiente. Ella se detuvo y enroscándose frente al sapo le dijo:
Serpiente: Disculpe don sapo, pero las serpientes comemos carne de sapo y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Sapo: Sé que soy su carne predilecta, pero le pido que sea correcta, estoy esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: La serpiente se enroscó pacientemente en la fila detrás del sapo a esperar, cuando de pronto un cernícalo de corona azul y hermosas alas, se posó frente a ella y le dijo:
Cernícalo: Disculpe doña serpiente, pero los cernícalos comemos carne de serpiente, cruda o crujiente y tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Serpiente: Sé que soy su carne predilecta, pero le pido que sea un ave correcta, estoy esperando al sapo, quién está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El cernícalo se sentó pacientemente en la fila detrás de la serpiente a esperar, cuando de pronto un zorro se detuvo frente a sus ojos y saboreándose le dijo:
Zorro: Disculpe don cernícalo, pero los zorros comemos carne de ave y usted es uno de mis manjares predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Cernícalo: Sé que mi carne para usted es un gran bocado, pero debe ser un carnívoro educado, estoy esperando a la serpiente, quien está esperando al sapo, quién está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El zorro se sentó pacientemente en la fila detrás del cernícalo a esperar. De pronto desde lo alto de un árbol saltó a tropezones un viejo y apelmazado puma, y mostrando sus gastados colmillos le dijo:
Puma: Disculpe, los pumas comemos carne de zorro y usted sigue siendo mi plato preferido y tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Zorro: Sé que mi carne para usted es un gran bocado, pero le pido que sea un carnívoro educado, estoy esperando al cernícalo, quien está esperando a la serpiente, quien está esperando al sapo, quien está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El arrugado puma se sentó pacientemente en la fila detrás del zorro a esperar. De pronto vio un cóndor volando en círculos sobre su cabeza y con sus alas abiertas como dos gigantes volantines. Todos sabían que esta gran ave tenía garras de acero y era el animal más temido de los carroñeros.
Apenas la abeja terminó de saciarse con el polen de la flor, la araña abrió sus pequeñas mandíbulas y justo en el momento en que estaba a punto de tragarse las alitas de la abeja, un ensordecedor y escalofriante sonido retumbó en el aire desde la escopeta de un necio cazador. Todos los animales se miraron estupefactos de horror.
El cóndor se alejó del puma volando despavorido hacia la montaña, el puma se alejó del zorro trepando velozmente a un árbol, el zorro se alejó del cernícalo huyendo horrorizado hacia una cueva, el cernícalo se alejó de la serpiente volando raudamente a su nido, la serpiente se alejó del sapo hundiéndose de golpe en la tierra, el sapo se alejó del grillo saltando al instante hasta el estanque, el grillo se alejó de la araña caminando a toda prisa hasta un tronco y la araña aterrada por el estridente sonido del necio cazador, abrió sus pequeñas mandíbulas y soltando a la abeja de su boca, arrancó en un dos por tres a esconderse bajo las piedras.
¡Qué aterradores son los intrusos y necios cazadores!

Al día siguiente entre las hierbas de un bosque y cerca de un estanque, había una flor amarilla y elegante.
Una abeja se posó sobre ella y le dijo:
Abeja: Disculpe flor distinguida y elegante, tengo un hambre apremiante, necesito comer su polen y volver a la colmena con vuelo danzante.
Flor: ¡Adelante!

Narrador:
Algunos comen hierbas.
Otros insectos, carne o una nuez.
Solitarios o en manadas.
¿Quieres leerlo otra vez?




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lunes, 5 de septiembre de 2016

La nieve de Chelm.

La nieve de Chelm.

(Isaac Bashevis Singer)

Chelm era una aldea de tontos: tontos jóvenes y tontos viejos. Una noche alguien espió a la luna, que se reflejaba en un barril de agua. La gente de Chelm imaginó que había caído allí. Sellaron el barril para que la luna no se escapara. Cuando a la mañana destaparon el barril y comprobaron que la luna ya no estaba allí, los aldeanos concluyeron que había sido robada. Llamaron a la policía, y, cuando el ladrón no pudo ser hallado, los tontos de Chelm lloraron y gimieron.
De todos los tontos de Chelm, los más famosos eran los siete ancianos. Como eran los tontos más rematados y más viejos, gobernaban en Chelm. De tanto pensar, tenían las barbas blancas y las frentes muy anchas.
Una vez, durante toda una noche de Hannukkah, la nieve no cesó de caer. Cubrió todo Chelm como un manto de plata. La luna brilló, las estrellas titilaron, y la nieve relució como perlas y diamantes.
Esa noche los siete ancianos estaban sentados y reflexionando, mientras arrugaban sus frentes. La aldea necesitaba dinero, y no sabían cómo obtenerlo. De repente, el más anciano de ellos, Groham el Gran Tonto, exclamó:
¡La nieve es plata!
¡Veo perlas en la nieve! –gritó otro.
¡Y yo veo diamantes! –agregó un tercero.
Para los ancianos de Chelm estaba claro que había caído un tesoro del cielo.
Pero pronto comenzaron a preocuparse. A la gente de Chelm le gustaba caminar, y ciertamente terminarían por pisotear el tesoro. ¿Qué se podía hacer? El tonto Tudras tuvo una idea.
Enviemos un mensajero que golpee en todas las ventanas y comunique a todos que deben permanecer en sus casas hasta que se hayan recogido la plata, las perlas y los diamantes.
Durante un rato los ancianos quedaron satisfechos. Se restregaron las manos y aprobaron la astuta idea. Pero entonces Lekisch el memo hizo notar con aflicción:
El mensajero mismo pisoteará el tesoro.
Los ancianos comprendieron que Lekisch tenía razón, y otra vez arrugaron las frentes en un esfuerzo por solucionar el problema.
¡Ya lo tengo! –exclamó Shmerel el Buey.
Dinos, dinos –rogaron los ancianos.
El mensajero no debe ir a pie. Debe ser transportado sobre una mesa, para que sus pies no toquen la preciosa nieve.
Todos quedaron encantados con la solución de Shmerel el Buey, y los ancianos, batiendo palmas, admiraron su sabiduría.
Los ancianos enviaron inmediatamente a alguien a la cocina a buscar a Gimpel, el chico de los recados, y lo pusieron sobre una mesa. Y ahora ¿quién habría de transportar la mesa? Fue una suerte que en la cocina estuvieran Treitle el cocinero, Berel el pelador de patatas, Yukel el mezclador de ensaladas, y Yontel, que cuidaba a la cabra de la comunidad. Se les ordenó a los cuatro que llevaran la mesa en la que Gimpel se había puesto de pie. Cada uno sostuvo una pata. Arriba estaba Gimpel con un martillo de madera, para golpear en las ventanas de los aldeanos. Entonces salieron.
En cada ventana Gimpel golpeaba y decía:
Nadie debe salir de casa esta noche. Ha caído un tesoro del cielo y está prohibido pisarlo.
La gente de Chelm obedeció a los ancianos y permaneció en sus casas durante toda la noche. Entretanto los propios ancianos se sentaron, tratando de imaginar cómo harían mejor uso del tesoro, una vez que lo recogieran.
El tonto Tudras propuso que lo vendieran y compraran una gansa que pusiera huevos de oro. Así la comunidad tendría unos ingresos fijos. Lekisch el memo tuvo otra idea. ¿Por qué no comprar anteojos que hicieran parecer más grandes todas las cosas a los habitantes de Chelm? Las casas, las calles y las tiendas parecerían más grandes, y desde luego, si Chelm parecía más grande, pues entonces sería más grande. Ya no sería una aldea, sino una gran ciudad.
Surgieron otras ideas igualmente ingeniosas. Pero mientras los ancianos sopesaban sus diversos planes, llegó la mañana y brilló el sol. Miraron por la ventana y, caramba, vieron que la nieve había sido pisoteada. Las pesadas botas de los porteadores de la mesa habían destruido el tesoro.
Los ancianos de Chelm se acariciaron sus blancas barbas y admitieron que habían cometido un error. ¿Quizás, razonaron, otras cuatro personas debían haber llevado a los cuatro hombres que llevaron la mesa en la que estaba Gimpel, el chico de los recados?
Tras largas deliberaciones los ancianos decidieron que, si durante el próximo Hannukkah llegaba a caer otro tesoro del cielo, eso era exactamente lo que habrían de hacer.
Aunque los aldeanos se quedaron sin tesoro, estaban llenos de esperanzas para el año siguiente y elogiaron a los ancianos, con quienes sabían que se podía contar para encontrar una solución, por muy difícil que fuera el problema.



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miércoles, 10 de agosto de 2016

Los tres osos.

Los tres osos.

Narrador: Había una vez tres osos que vivían juntos, en una casa en mitad del bosque. Uno de ellos era un oso muy, muy pequeño; el segundo era un oso de tamaño mediano y el tercero era un enorme oso.
Cada uno de ellos tenía una escudilla para su sopa; una escudilla pequeñita para el oso pequeñito, una escudilla mediana para el oso mediano, y una escudilla grandísima, para el enorme, enorme oso.
Y cada uno tenía una silla para sentarse: una silla pequeña para el oso pequeñito, una silla mediana para el oso mediano, y una silla muy grande para el oso grande.
Y tenían también cada uno una cama para acostarse, una cama grandísima para el oso grande, una cama mediana para el oso mediano, y una cama pequeñita, pequeñita, para el pequeño, pequeñísimo oso.
Un día, después de haber cocido sus sopas y haberlas vertido en sus escudillas, fueron a dar un paseo por el bosque, mientras la sopa se enfriaba. Era una sopa buenísima.
Y mientras se paseaban, llegó a la casa una niña llamada Ricitos de Oro. No conocía aquel sitio, ni había visto jamás la casita de los osos. Era una casita tan graciosa que olvidó todas las reglas que su mamá le recordaba siempre.
Miró por la ventana, después por el ojo de la cerradura y, viendo que no había nadie en la habitación, abrió la puerta y entró. Se relamió de gusto al ver la comida que se enfriaba sobre la mesa.
Si Ricitos de Oro hubiera recordado lo que su mamá le decía siempre, habría esperado la vuelta de los osos y seguramente ellos le habrían dado un poco de sus sopas porque eran muy buenos.
Un poco bruscos ¡claro!, es su manera de ser.
Pero, a pesar de ello, muy acogedores. Pero Ricitos de Oro lo olvidó todo y ella misma, se sirvió.
Primero la sopa del oso grande, pero estaba demasiado caliente.
Después probó la sopa del oso mediano, pero estaba demasiado fría.
Entonces fue hacia la escudilla del oso pequeño y también la probó. No estaba ni fría ni caliente, sino en su justo punto; tan buena la encontró que se la comió toda.
Después Ricitos de Oro se subió a la silla del oso grande pero la encontró demasiado dura.
Probó después la del oso mediano, pero la encontró demasiado blanda.
Entonces probó la silla del oso pequeño y no la encontró ni demasiado dura ni demasiado blanda, sino justo como debía ser. Se hundió tan profundamente en el fondo de la silla que se rompió.
Se levantó, subió por la escalera y entró en la habitación de arriba donde estaban las tres camas de los osos. También probó las tres camas y se acostó finalmente sobre la cama del oso pequeño. Ricitos de Oro se tapó con la colcha y se durmió profundamente.
Entre tanto, los osos se dirigían hacia su casa. Ricitos de Oro había dejado las cucharas dentro de las escudillas.
Oso grande: ¡Alguien ha tocado mi sopa!
Narrador: Y cuando el oso mediano miró su escudilla, vio que la cuchara también estaba dentro.
Oso mediano: ¡Alguien también ha tocado mi sopa!
Oso pequeño: ¡Alguien ha tocado mi sopa y se la ha comido toda!
Narrador: Al ver esto, los tres osos comprendieron que alguien había entrado en la casa y se dispusieron a buscar a su alrededor.
Oso grande: ¡Alguien se ha sentado en mi silla!
Oso mediano: ¡Alguien se ha sentado en mi silla!
Oso pequeño: ¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto completamente, ¡oh, oh, oh!
Narrador: Entonces, al ver los osos que allí no encontraban nada, decidieron subir a la habitación de arriba. Pero Ricitos de Oro había cambiado de lugar la almohada y el edredón.
Oso grande: ¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Oso mediano: ¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Narrador: Y cuando el pequeño, pequeñísimo oso fue a mirar la suya, encontró que la almohada estaba en su sitio, que el edredón estaba en su sitio, y... sobre la almohada vio algo dorado, era... ¡el pelo de Ricitos de Oro!
Oso pequeño: Alguien se ha acostado en mi cama y... ¡todavía está en ella!
Narrador: Ricitos de Oro había oído durante su sueño el vozarrón del oso grande, pero creyó que era un trueno. Luego, había oído la voz mediana del oso mediano, pero creyó que le hablaban en sueños.
Pero la voz aflautada del oso pequeño traspasó sus oídos y la despertó. Se sentó sobre la cama y, cuando vio los tres osos a un lado, saltó por el otro, y corrió hacia la ventana. La ventana estaba abierta y Ricitos de Oro saltó por ella y corrió a casa con su mamá, tan deprisa como sus piernas pudieron llevarla.


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domingo, 31 de julio de 2016

El árbol generoso.



El árbol generoso.
(Shel Silverstein. Adaptado)
Narradora 1: Había una vez un árbol... Que amaba a un pequeño niño. Y todos los días el niño venía y recogía sus hojas para hacerse con ellas una corona y jugar al rey del bosque.
Narrador 2: Subía por su tronco y se mecía en sus ramas y comía manzanas y ambos jugaban al escondite. Y cuando estaba cansado, dormía bajo su sombra y el niño amaba al árbol mucho y el árbol era feliz.
Narradora 3: Pero el tiempo pasó y el niño creció y el árbol se quedaba a menudo solo.
Narradora 1: Pero un día, el árbol vio venir a su niño y le dijo:
Árbol: Ven, Niño súbete a mi tronco y mécete en mis ramas y come mis manzanas y juega bajo mi sombra y sé feliz.
Niño: Ya soy muy grande para trepar y jugar. Yo quiero comprar cosas y divertirme, necesito dinero. ¿Podrías dármelo?
Árbol: Lo siento pero yo no tengo dinero. Sólo tengo hojas y manzanas. Coge mis manzanas y véndelas en la ciudad así tendrás dinero y serás feliz.
Narrador 2: Y, así, él se subió al árbol, recogió las manzanas y se las llevó y el árbol se sintió feliz.
Narradora 3: Pero pasó mucho tiempo y su niño no volvía y el árbol estaba triste.Y entonces, un día regresó y el árbol se agitó alegremente y le dijo: Árbol: Ven, Niño, súbete a mi tronco, mécete en mis ramas y sé feliz.
Niño: Estoy muy ocupado para trepar árboles. Necesito una casa que me sirva de abrigo. Quiero una esposa y unos niños, y por eso quiero una casa. ¿Puedes tú dármela?”
Árbol: Yo no tengo casa. El bosque es mi hogar, pero tú puedes cortar mis ramas y hacerte una casa. Entonces serás feliz.
Narradora 1: Y así él cortó sus ramas y se la llevó para construir su casa. Y el árbol se sintió feliz...
Narrador 2: Pero pasó mucho tiempo y su niño no volvía.
Narradora 3: Y cuando regresó el árbol estaba tan feliz que apenas pudo hablar.
Árbol: Ven, Niño. Ven y juega.
Niño: Estoy muy viejo y triste para jugar. Quiero un bote que me lleve lejos de aquí. ¿Puedes tú dármelo?
Árbol: Corta mi tronco y hazte un bote. Entonces podrás navegar lejos... y serás feliz.
Narradora 1: Y así él cortó el tronco y se hizo un bote y navegó lejos. Y el árbol se sintió feliz.
Narrador 2: Pero no realmente.
Narradora 3: Y después de mucho tiempo, su niño volvió nuevamente.
Árbol: Lo siento, Niño, pero ya no tengo nada para darte, ya no me quedan manzanas.
Niño: Mis dientes son muy débiles para comer manzanas.
Árbol: Ya no me quedan ramas, tú ya no puedes mecerte en ellas.
Niño: Estoy muy viejo para columpiarme en las ramas.
Árbol: Ya no tengo tronco, tú ya no puedes trepar.
Niño: Estoy muy cansado para trepar.
Árbol: Quisiera poder darte algo...pero ya no me queda nada. Soy solo un viejo tocón. Lo siento...
Niño: Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar tranquilo para reposar, estoy muy cansado.
Árbol: Bien, un viejo tocón es bueno para sentarse y descansar. Ven, Niño, siéntate. Siéntate y descansa.
Narradora 1: Y él se sentó
Narrador 2: Y el árbol fue feliz.



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miércoles, 20 de julio de 2016

El compañero de viaje.


El compañero de viaje.
(Hans Christian Andersen, adaptado)

Primera Parte.
Narrador: Aquella noche fue la más dura para Juan, pues su padre se hallaba enfermo e iba a morir.
Padre: Has sido un buen hijo, Juan, y Dios te ayudará por los caminos del mundo. ¡Adiós, hijo, no me olvides!
Juan: ¡Padre, padre! ¡No te vayas, no me dejes solo!
Narrador: Nadie le quedaba en la Tierra, ni padre ni madre; era hijo único. Solo, estaba completamente solo.
Después de enterrar a su padre preparó su pequeña mochila y escondió en su cinturón toda su herencia: cincuenta florines en total; con ella se disponía a correr mundo. Aquella noche durmió en pleno campo a cubierto de un almiar y, al llegar la tarde del día siguiente, el cielo comenzó a encapotarse. Pronto comenzaría a llover: Aceleró el paso para refugiarse en una pequeña iglesia situada en lo alto de una colina.
Juan: He tenido suerte, la puerta sólo está entornada. Me sentaré en un rincón, estoy muy cansado y necesito reposar.
Narrador: Antes de que pudiera darse cuenta, se quedó profundamente dormido. A medianoche lo despertó el ruido en el interior del templo. Dos hombres habían abierto un féretro en el que había un difunto que esperaba la hora de recibir sepultura. Juan, al verlos, no tuvo miedo y salió de entre las sombras.
Juan: ¿Qué estáis haciendo? No se debe molestar a los muertos. ¡Dejadlo descansar en paz!
Malvado 1: ¡Tonterías! ¡Nos engañó! Nos debía dinero y no pudo pagarlo; y ahora que ha muerto no cobraremos un céntimo. Por eso queremos vengarnos. Vamos a arrojarlo como a un perro ante la puerta de la iglesia.
Juan: Sólo tengo cincuenta florines. Es toda mi fortuna, pero os los daré de buena gana si me prometéis dejar en paz al pobre difunto. Yo me las arreglaré sin dinero. Estoy sano y fuerte, y nada me faltará.
Malvado 2: Bien. Si te avienes a pagar su deuda no le haremos nada, te lo prometemos. 
Juan: Tomad, los cincuenta florines.
Malvado 1: ¡Ya hemos cobrado con creces la deuda! ¡Vámonos! ¡Jajaja!
Malvado 2: ¡Sí, vámonos! Gracias a este idiota el difunto puede descansar en paz. ¡Jajaja!
Narrador: Juan colocó nuevamente el cadáver en el féretro y se alejó contento de aquel lugar.
Poco después, al salir del bosque resonó a su espalda una voz de hombre:
Compañero: ¡Hola, compañero! ¿Adónde vas?
Juan: Por esos mundos de Dios. No tengo padre ni madre y soy pobre, sólo me tengo a mi mismo.
Compañero: También yo voy a correr mundo. ¿Quieres que lo hagamos en compañía?
Juan: ¡De acuerdo!
Narrador: Al mediodía, se sentaron a la sombra de un árbol para descansar cuando pasó una anciana que llevaba un haz de leña sobre su espalda. De pronto, resbaló y cayó dando un grito de dolor.
Anciana: ¡Ah, ah, mi pierna, mi pierna! ¡Me he roto la pierna! ¡Mi pierna!
Juan: ¡Pobre mujer! No se apure, nosotros le ayudaremos, la llevaremos en brazos hasta su casa.
Compañero: No será necesario, con el ungüento que llevo en este frasco sanará y podrá llegar a casa.
Anciana: Dios te lo pague, buen hombre.
Narrador: No será necesario, señora, con esas tres retamas que lleva me sentiré pagado.
Anciana: ¡Mucho pides...! Pero tuyas serán si es verdad el poder sanador de tu bálsamo.
Compañero: Un poco de mi ungüento sobre la pierna y sanará. Ya está. Levántese.
Anciana: ¡Oh, ya puedo andar y mejor que antes! ¡Dios te bendiga, buen hombre, Dios te bendiga! Ahí te dejo las retamas. ¡Adiós! ¡Adiós!
Juan: ¿Para qué quieres las varas?
Compañero: Son tres bonitas escobas. Me gustan, qué quieres que te diga; yo soy así de extraño. ¡Vámonos, sigamos nuestro camino!
Narrador: Llegaron al siguiente pueblo y se detuvieron en una posada muy animada porque un titiritero estaba actuando con su compañía. Entre el público se hallaba un carnicero acompañado de su perro de presa. De repente, el animal se abalanzó sobre una de las marionetas y la destrozó.
Titiritero: ¡Oh, qué horror, qué ruina! ¡Mis marionetas, mi reina despedaza! ¡Tendré que suspender mis actuaciones! ¡Era la marioneta más divertida!
Compañero: Tranquilízate, titiritero, con este ungüento quedará como nueva y las tres restantes marionetas también.
Titiritero: ¿¡Oh, señor, cómo os lo podría agradecer!?
Compañero: Nada más fácil. Sólo tienes que darme el sable que llevas a la cintura.
Narrador: En cuanto untó a las marionetas con el ungüento, comenzaron a bailar animadamente. Las muchachas de entre el público comenzaron a bailar también. ¡Todo el mundo acabó bailando!
A la mañana siguiente, cuando Juan y su compañero abandonaron el pueblo, vieron como un cisne descendía hasta que al fin cayó inerte ante sus pies.
El compañero de viaje de Juan cortó las alas con el sable.
Juan: ¡Qué alas tan hermosas!
Compañero: Y no sabes lo valiosas que son. Me las llevaré. ¡Qué bien hice al adquirir este sable!
Narrador: Caminaron millas y millas hasta que llegaron a la gran ciudad donde se encontraba el palacio del Rey.
Ya en la posada, la dueña les contó...:
Posadera: El Rey es una excelente persona, incapaz de causar mal a nadie; pero, en cambio, su hija, ¡ay, Dios nos guarde!, es una princesa perversa. Belleza no le falta, ninguna podía compararse con ella; pero, ¿y de qué le sirve? Es una bruja, culpable de la muerte de numerosos pretendientes, sean príncipes o no. Todo el mundo puede presentarse para pedir su mano, pero tienen que adivinar tres cosas que ella haya pensado. El que las acierte se convertirá en marido y futuro rey, pero el que fracasa con las tres respuestas, es ahorcado o decapitado al primer fallo.
Juan: ¿No has dicho que el Rey es una buena persona?
Compañero: Continúa, por favor.
Posadera: El Rey, su padre, es muy anciano y no sabe cómo impedir las maldades de su hija. Está tan amargado por tanta tristeza y miseria, que pasa los días de rodillas, junto con sus soldados, rogando por la conversión de la princesa; pero nada consigue.
Juan: ¡Qué horrible princesa! Una buena azotaina, he aquí lo que necesita. Si yo fuese el Rey, pronto cambiaría.
Narrador: De pronto se oyó un gran griterío en la carretera. Pasaba la princesa. Era realmente tan hermosa, que todo el mundo se olvidaba de su maldad y se ponía a vitorearla.
Al verla, Juan en el acto quedó enamorado de ella. Era imposible, pensó, que fuese una bruja, capaz de mandar ahorcar o decapitar a los que no adivinaban sus acertijos.
Juan: Todos están facultados para solicitarla, incluso el más pobre de los mendigos; iré, pues, al palacio; no tengo más remedio.
Narrador: A la mañana siguiente, Juan, se presentó en el palacio del Rey…
Juan: Majestad, vengo a pediros la mano de vuestra hija.
Rey: No lo intentes, joven, acabarás malamente, como los demás. Es una locura que procures adivinar los malditos acertijos.
Juan: Estoy decidido firmemente, señor.
Rey: Ven, acompáñame al jardín y verás lo que te espera. ¡Ya lo ves! !Mira qué macabro panorama! Te espera la misma suerte que a todos ésos: la muerte. Mejor es que renuncies. Me harías sufrir mucho, pues no puedo soportar estos horrores.
Narrador: Pero nada obtuvo el Rey. Debía presentarse en palacio a la mañana siguiente y si acertaba la primera adivinanza tendría que volver otras dos veces.

Segunda Parte.
Narrador: Al anochecer, en la posada, el amigo de Juan preparó un buen ponche.
Compañero: Vamos a alegrarnos y a brindar por la salud de la princesa.
Juan: Sí, brindemos por ella.
Compañero: Y por tu suerte. Bebe, bebe, Juan y descansa.
Narrador: Una vez que Juan quedó sumido en un profundo sueño, su compañero cogió las grandes alas que había cortado al cisne y se las sujetó a la espalda. Cogió las varas recibidas de la vieja de la pierna rota, abrió la ventana, y, echando a volar por encima de la ciudad, se dirigió al palacio. Allí se posó en un rincón, bajo la ventana del aposento de la princesa.
Dieron las doce en el reloj, se abrió la ventana, y la princesa salió volando, envuelta en un largo manto blanco y con alas negras, alejándose en dirección a una alta montaña. El compañero de Juan se hizo invisible, para que la doncella no pudiese notar su presencia, y se lanzó en su persecución. Cuando la alcanzó, se puso a azotarla con su vara, con tanta fuerza que la sangre fluía de su piel. A cada azote la princesa exclamaba:
Princesa: ¡Qué manera de granizar!
Narrador: Finalmente, llegó a la montaña y la hija del Rey, seguida de modo invisible por el amigo de Juan, entró en una espaciosa sala, toda ella construida de plata y oro. ¡Qué espanto! En el centro del piso había un trono, soportado por cuatro esqueletos de caballo. Ocupaba el trono un viejo hechicero que invitó a la princesa a sentarse a su lado, mientras daba la orden para que empezase la música:
Hechicero: ¡Que suene la música y comience el baile!
Narrador: Jamás se ha visto tal concierto. Pequeños trasgos negros con fuegos fatuos en la gorra danzaban por la sala. Los cortesanos no eran sino palos de escoba rematados por cabezas de repollo, a las que el brujo había infundido vida y recubierto con vestidos bordados.
Terminado el baile, la princesa contó al hechicero que se había presentado un nuevo pretendiente.
Princesa: ¿Qué enigma debo plantearle cuando mañana se presente en palacio?
Hechicero: Te diré... Yo elegiría algo que sea tan fácil que ni siquiera se le ocurra pensar en ello. Piensa... en tus zapatos; no lo adivinará. Entonces lo mandarás decapitar, y cuando vuelvas mañana por la noche, no te olvides de traerme sus ojos, pues me los quiero comer.
Narrador: A la mañana siguiente, en la posada…
Compañero: Sabes, Juan, he tenido un extraño sueño acerca de la princesa y de su zapato. Un malvado brujo, que vivía en el interior de una montaña, le decía a la hija del Rey que te preguntara en qué estabas pensado y la respuesta era que en tus zapatos.
Juan: Lo mismo puede ser esto que otra cosa. Tal vez sea precisamente lo que has soñado. Sea como fuere, nos despediremos, pues si yerro no nos volveremos a ver.
Narrador: Se abrazaron, y Juan se encaminó al palacio. Ya en él…
Princesa: Buenos días. ¿Estás dispuesto para la prueba?
Juan: Sí, princesa. Podéis formularla.
Princesa: Bien. ¡Veremos de qué eres capaz! ¿En qué estoy pensando?
Juan: En sus zapatos.
Princesa: ¡Oh, has acertado!
Rey: ¡Bravo, joven, bravo! ¡Jejeje, es el primero que acierta! ¡Vamos, mis cortesanos, aplaudan, aplaudan; muestren su alegría como yo! (6)
Narrador: La segunda prueba también la superó Juan gracias a su compañero cuando acertó al responder al segundo enigma de la princesa …:
Princesa: Bien. ¿En qué estoy pensando?
Juan: ¡Guantes!
Narrador: Ya sólo faltaba que Juan adivinase la tercera vez; si lo conseguía, se casaría con la bella muchacha, y a la muerte del anciano Rey heredaría el trono; pero si fallaba, perdería la vida, y el brujo se comería sus hermosos ojos azules.
Aquella noche, en la sala de la montaña…
Princesa: Juan lo ha acertado por segunda vez; no podemos permitir que lo haga una tercera vez. Me vería obligada a casarme con él y no podré volver nunca más a la montaña.
Hechicero: ¡No lo adivinará! Pensaré algo que jamás pueda ocurrírsele, a menos que sea un encantador más grande que yo. Esta noche te acompañaré de regreso al palacio. Entonces te diré en voz baja en qué debes pensar. Creo que en esta sala alguien puede estar escuchando lo que no debe.
Narrador: Ya de regreso, volaban a través de una terrible tormenta…
Hechicero: ¡Nunca una tormenta me azotó de un modo tan doloroso!
Princesa: Dime, ¿en qué debo pensar?
Hechicero: Aquí estamos seguro, nadie puede oírnos. Piensa en mi cabeza.
Narrador: Cuando el brujo dejó a la princesa y se disponía a regresar a la montaña, el misterioso compañero de Juan, agarrándolo por la luenga barba, de un sablazo, le separó la horrible cabeza de los hombros, sin que el mago lograse verlo. Luego arrojó el cuerpo al lago para que fuera devorado por los peces. Después envolvió la cabeza en un paño y, una vez que llegó a la posada, se acostó.
A la mañana siguiente entregó el envoltorio a Juan, diciéndole que no lo abriese hasta que la princesa le preguntase en qué había pensado.
Princesa: ¿En qué he pensado, Juan?
Narrador: Por toda contestación, éste desató el paño, y todos quedaron horrorizados al ver la fea cabeza del hechicero.
Rey: ¡Guardad, silencio!
Princesa: Has acertado de nuevo. Esta noche se celebrará la boda.
Rey:¡Eso está bien! ¡Así se hacen las cosas! ¡Ahora, sí! ¡Vamos, mis cortesanos, aplaudan, aplaudan!
Narrador: Sin embargo, la princesa seguía aún embrujada y no podía sufrir a Juan. El compañero de viaje dio a Juan tres plumas de las alas del cisne y una botellita que contenía unas gotas, diciéndole cómo debía proceder…:
Compañero: Coloca junto a la cama un gran barril lleno de agua, échale las plumas blanca y las gotas. Empuja a la princesa para que caiga en el agua y sumérgela tres veces. No te olvides, ¡sumérgela tres veces! Con esto quedará desencantada y se enamorará de ti.
Juan: Así lo haré, querido amigo. ¡Tres veces!
Narrador: Juan lo hizo tal y como su compañero le había indicado. En la primera, la princesa adquirió la figura de un enorme cisne negro de ojos centelleantes; la segunda vez que la zambulló salió el cisne blanco; nuevamente sumergió el ave en el agua, y en el mismo instante quedó convertida en una hermosísima princesa. Era todavía más bella que antes, y con lágrimas en los maravillosos ojos le dio las gracias por haberla librado de su hechizo.
A la mañana siguiente, el primero en llegar a palacio fue el compañero de viaje, con un bastón en la mano y el hato a la espalda.
Compañero: Debo partir, querido Juan.
JJuan: Ven a mis brazos, querido amigo. Te ruego que no te marches, quédate a mi lado pues a ti debo toda mi felicidad.
Compañero: No, mi hora ha sonado. No hice sino pagar mi deuda. ¿Te acuerdas de aquel muerto con quien quisieron cebarse aquellos malvados? Diste cuanto tenías para que pudiese descansar en paz en la tumba. Pues aquel muerto soy yo.
Narrador: Y en el mismo momento desapareció.
Juan y la princesa se amaron entrañablemente, y el anciano Rey vivió días felices, en los que pudo sentar a sus nietecitos sobre sus rodillas y jugar con ellos con el cetro.



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lunes, 27 de junio de 2016

Un robot para las vacaciones.



Un robot para las vacaciones.
(Marie Tenaille y Monique Touvay. Adaptado)

Narrador: Era el momento… era el minuto esperado. Por fin el profesor Nikelec sabría de qué era capaz el pequeño robot que había construido en su taller.
Nikelec: ¡Ya está: conectado! ¡Bien, funciona! Te llamarás Gotou. Te he construido como un ser inteligente. Las conexiones que hay dentro de tu cabeza harán que me obedezcas al sonido de mi voz. Tú sabrás hacer de todo. ¡Serás Gotou el HáceloTodo!
Goto: O.K. de acuerdo. Me gustaría que me llamaras Goto-el Robot.
Nikelec: Entonces serás Goto.
Narrador: El profesor Nikelec, un poco asombrado, creyó que sería necesario algún tipo de ajuste, todavía. Pero lo haría a la mañana siguiente y dejó al muñeco de metal en el estudio y él se fue al jardín a regar sus claveles.
El pequeño robot se dirigió, con paso decidido, hacia la puerta del taller. Giró el picaporte y salió. Avanzó con rapidez por un camino de tierra. No tardó en dejar atrás su casa y acercarse a la autopista. En un par de minutos alcanzó una gasolinera. Un auto de color rojo se estacionó frente al dispensador de combustible. El pequeño robot, muy cerca del auto, sin saber por qué, levantó su brazo derecho.
Alec: Mira, un robot que está haciendo auto-stop.
Cecile: Subámoslo, antes que papá reanude la marcha.
Narrador: De un salto Goto se encaramó en el asiento trasero. Ya se había instalado.
Ludó:¡Oye! me aplastas. Este es mi lugar.
Alec y Cecile: Shiss. ¡El robot es nuestro secreto! Calla Ludó, papá y mamá no pueden darse cuenta.
Narrador: Atrás, en el asiento trasero, retomada la autopista, Ludó, Alec y Cecile cuchicheaban sin parar. Le preguntaban cientos de cosas al robot.
Cecile: ¿Qué sabes hacer?
Goto: Todo. Un poco de todo.
Alec: Eso estará por verse...
Mamá: Chicos, ¿qué cuchicheáis por ahí?
Alec: ¡Mamá! ¿Por qué no jugamos a las preguntas y a las respuestas?
Mamá: Buena idea. ¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?
Goto: Rosado.
Alec: Rosado.
Todos: ¡Ja,ja,ja,ja!
Papá: ¿Cuál es la altura de la Giralda?
Goto: Cuatrocientos un metros.
Cecile: Cuatrocientos un metros.
Papá: ¡Error! La cifra es al revés.
Mamá: ¿Altura del Mulhacén?
Goto: Tiene 8.743 metros.
Niños: 8.743 metros.
Mamá: Hoy no han acertado ninguna. ¿Qué les sucede?
Papá: Estamos llegando, chicos. Ahí está el albergue. Comienzan nuestras vacaciones.
Mamá: Niños, descargad el coche mientras papá y yo vamos a revisar las habitaciones.
Alec: Quédate dentro del coche. Que papá y mamá no te vean.
Cecile: Solo nosotros sabremos que estás aquí. Nosotros bajaremos las maletas.
Goto: O.K. de acuerdo.
Cecile: Es muy divertido.
Ludó: Un poco chiflado a veces.
Alec: A mí me encanta cómo es.
Goto: O.K., de acuerdo.
Narrador: ¡Rayos! De repente, sin que los niños lo pudieran contener, Goto tomó las maletas y volvió a ponerlas dentro del coche. Decididamente todo lo hacía al revés.
Mamá: ¡Oh, qué es esto!
Papá: ¡Un robot doméstico! Mirad niños; un robot. Apuesto a que nunca habían visto uno así.
Goto: Brrrmmm... Aggggg.....
Alec: Lo hemos tomado en la gasolinera, cuando estaba haciendo auto-stop.
Ludó: Es nuestro amigo.
Cecile: Y se llama Goto.
Papá: ¿Y qué sabe hacer?
Alec: Él sabe hacer de todo y comprende todo.
Goto: ¿Quieren que haga algo?
Narrador: Grave error porque Goto todo lo hacía al revés: untaba betún en las tostadas en vez de mantequilla, mojaba con la manguera a todo el mundo en lugar de regar el jardín, confundía la botella de agua mineral con la del fregasuelos... En fin, para evitar nuevos errores tomaron a Goto y se lo llevaron a una de las habitaciones. Allí, en la televisión, aparecía el profesor Nikelec que hacía una petición a la audiencia. Goto lo reconoció.
Nikelec: Mi pequeño robot Goto se ha escapado de casa y lo grave es que aún yo no había verificado todas sus conexiones. Puede cometer errores. Sabe hacer de todo, pero le falta un gramo de razón. Si lo ven o lo encuentran, por favor devuélvanmelo. Se lo suplico.
Papá: Es necesario devolverlo a su inventor.
Mamá: Es lo mejor.
Narrador: Por primera vez en el día los niños estaban de acuerdo. Una hora después estaban en casa del profesor Nikelec. Cuando el robot bajó del coche corrió a los brazos de su padre. Éste lo estrechó con cariño. Los niños observaban emocionados.
Nikelec: ¿Goto, mi pequeño! ¿Dónde te habías metido? ¡Ven a mis brazos!
Goto: ¿Papá Nikelec...!
Nikelec: Voy de inmediato a corregir las conexiones...
Narrador: En el taller destapó con sumo cuidado la cabeza de su muñeco. Desconectó los cables que comandaban las múltiples acciones del pequeño robot, esas que conducían a locuras y errores; solo dejó en su lugar los “chips” del habla y del movimiento, y de paso reconectó el cable amarillo, ese que controlaba las emociones de su invento y generaba un sentimiento parecido al amor, en el pecho rígido de Goto.

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