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miércoles, 13 de marzo de 2019

Fu, el tigre despistado

Fu, el tigre despistado.
(Manuel L. Alonso. Adaptado. Ilustraciones, Irene Blasco)

Narrador: Un tigre recién nacido no es un peligro para nadie. Pesa menos de un kilo y cabe en un zapato viejo.
Con el tiempo, llega a medir un metro de altura y pesa trescientos kilos. Entonces sí es peligroso y los animales procuran no ponerse a su alcance. Por eso los tigres son animales solitarios.
Cuando nació Fu, todos los vecinos acudieron a conocerlo. Todos estaban muy contentos porque era la primera vez en mucho tiempo que nacía un tigre. Los únicos que no aparecieron por allí fueron sus padres. Dijeron que unos cazadores se los habían llevado posiblemente a un zoo.
Elefante: Yo, como elefante que soy, propongo que entre todos nos ocupemos del bebé.
Leona: Bien dicho. Y yo, como leona, me encargaré de alimentarlo.
Ciervo: Los de mi familia, los ciervos, le enseñaremos a correr.
Ardilla: Ah, y yo a trepar a los árboles. Las ardillas somos las mejores para esto.
Osa: Bueno, y una osa como yo, no le faltará por las noches.
Narrador: Todos se echaron a reír cuando la rana se ofreció.
Rana: Y yo le enseñaré a cazar. (Risas)
Elefante: Tú sólo sabes cazar mosquitos y los tigres no cazan mosquitos, jajaja.
Leona: ¿Y cómo vamos a llamarle?
Ciervo: Mirad, se está despertado. Parece que quiere decir algo.
Fu: ¡Fu!
Osa: Lo llamaremos Fu.
Narrador: Pasó el tiempo y Fu creció protegido por sus vecinos. A decir verdad, creció poco. Nunca llegaría a ser un gran tigre. Si hubiese crecido mucho, los demás le habrían dejado solo. Era tan pequeño que no asustaba a nadie. Lo más que conseguía hacer era:
Fu: ¡Fu! ¡Fuuu!
Narrador: No obstante, Fu vivía preocupado temiendo que llegara el momento en el que todos le rechazaran por su tamaño y fiereza.
Un día, le confesó a Ojos de Miel, la joven leona:
Fu: No quiero quedarme solo. ¿Qué podría hacer?
Leona: Pide consejo a la bruja Coruja. Ella lo sabe casi todo.
Fu: Está bien. Me pondré en camino y no pararé hasta dar con ella.
(Transición musical)
¿Álguien sabe donde vive la bruja Coruja?
Voz 1: Está en el campo, entre las hierbas.
Voz 2: En las rocas.
Voz 3: No, no, vive en una cueva.
Fu: Y, tú, señora cigüeña, que has viajado tanto, ¿sabes dónde vive la bruja Coruja?
Cigüeña: Sólo sé que vive en una árbol, pero no sé en cuál.
Narrador: Fu se pasó mucho tiempo buscando a la bruja de árbol en árbol. Cuando llegó al gran bosque, se echó al pie de un gran árbol; ¡estaba tan cansado...!
Fu: Dormiré aquí. Mañana continuaré buscando a la bruja Coruja.
Coruja: ¿Quién anda ahí? ¿Es que una no puede dormir en paz?
Fu: Perdone, estoy buscando la casa de la bruja Coruja.
Coruja: Yo soy la bruja Coruja y esta es mi casa.
Narrador: Fu miró lleno de esperanza hacia lo alto. El animal que le hablaba era muy raro. Era un ave no muy grande, con la cara en forma de corazón y los ojos redondos. Una lechuza.
Coruja: ¿Qué te trae por aquí a estas horas de la noche? Es peligroso andar solo por estos parajes. ¿Qué problema tienes?
Fu: Vera, es que no quiero llegar a ser un tigre peligroso porque todos me dejarán solo por temor.
Coruja: ¡Jajajajaja!
Fu: ¿Puedo saber de qué se ríe?
Coruja: Sí, de que eres tonto. ¿De veras te crees que alguna vez serás un tigre adulto? ¿Y no te parece raro que hasta ahora no hayas asustado nunca a nadie? Anda, vuelve con tus amigos y vive tranquilo. Nunca serás un tigre peligroso.
Fu: ¿Por qué?
Coruja: Porque no eres tigre sino gato.
Fu: ¿Gato?
Coruja: Gato. Te advierto que ser gato no está nada mal. Nunca intentarán cazarte para llevarte a un zoo. Serás libre y nadie saldrá huyendo cuando te vea. Solamente los ratones.
Narrador: Fu dio las gracias a la lechuza y volvió con los suyos.
Y a partir de entonces empezó una nueva vida. La primera de las siete vidas que tienen todos los gatos.


El audio de este relato lo puedes oír, aquí.


jueves, 20 de septiembre de 2018

Los tres cabritillos


Los tres cabritillos.

Narrador: Había una vez tres cabritillos que eran hermanos. Un día decidieron pasar a lo otra orilla del río donde había una hierba verde que estaba diciendo: "Cómeme, cómeme".
Para atravesar el río debían atravesar un puente y debajo de él tenía su guarida un ogro feo y gruñón.
El primero en querer atravesar el puente fue el más joven de los cabritillos: 

Ogro: ¿Quién pasa por encima de mi puente? 
Cabritillo 1: Soy yo, el más pequeño de los tres cabritillos del bosque. Voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿Y a quién has pedido permiso? Te voy a comer ahora mismo. Cabritillo 1: No, no lo hagas, que soy muy pequeño y estoy muy flaco. Espera un poco que más atrás viene mi hermano que es mayor que yo.  
Ogro: Bueno, bueno. Si es así, puedes marchar. 
Narrador: Al poco rato llegó el segundo de los cabritillos y, al pasar, se oyeron sus pezuñas. 
Ogro: ¿Quién está cruzando por encima de mi puente?  
Cabritillo 2: Soy yo, el segundo cabritillo del bosque que voy a la montaña a comer hierba fresca y verde.  
Ogro: ¿No sabes que debes avisar? Espera un poco que voy a comerte. 
Cabritillo 2: Bueno; pero antes te quiero decir que, si tienes un poco de paciencia, por allí viene mi hermano, el mayor, que tiene mejor bocado.  
Ogro: Está bien. Esperaré. Puedes irte. 
Narrador: Un momento más tarde, el mayor de los cabritillos llegó al puente. 
Ogro: ¿Quién anda par ahí? ¿Quién pasa por mi puente?
Narrador: Gritó el ogro relamiéndose de gusto, al ver que ya tenía un buen banquete.  
Cabritillo 3: Soy yo, el cabritillo mayor del bosque, que quiero pasar a la montaña a comer hierba fresca y verde.
Ogro: Ah, ¿Eres tú? Te esperaba. No te vayas, que te voy a hincar el diente.  
Cabritillo 3: Ven, aquí me tienes, acércate que te voy a traspasar con mis cuernos.
Narrador: Y dicho y hecho. Se lanzó sobre el ogro, le dio unos cuantos topetazos y lo tiró al río. Menudo susto y remojón.
Sin más, atravesó tranquilamente el puente y se reunió con sus hermanos. Y en los prados se quedaron comiendo cuanto quisieron.

El audio y el vídeo de este cuento lo tienes aquí.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Una curiosa merienda.

Una curiosa merienda.
( Mariana Acosta)

Narrador: Entre las hierbas de un bosque, cerca de un estanque había una flor roja y elegante.
Una mañana la abeja se posó sobre ella y le dijo:
Abeja: Disculpe flor distinguida y elegante, tengo un hambre apremiante, necesito comer su polen y volver a la colmena con vuelo danzante.
Flor: ¡Adelante!
Narrador: La abeja apenas había comenzado a extraer el polen de la flor, cuando intempestivamente llegó la araña y le dijo:
Araña: Disculpe señora abeja, pero las arañas comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Narrador: La abeja la miró de reojo y le contestó malhumorada:
Abeja: Sé que soy su insecto predilecto pero aún estoy comiendo el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: La araña se sentó pacientemente bajo la flor a esperar que la abeja terminara de comer el polen, cuando inesperadamente llegó el grillo y le dijo:
Grillo: Disculpe señora araña, pero los grillos comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Araña: Sé que soy su insecto predilecto, pero a usted no le tengo mucho afecto, estoy esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El grillo se sentó pacientemente detrás de la araña a esperar, cuando de pronto llegó el sapo dando intrépidos saltos y le dijo:
Sapo: Disculpe don grillo, pero los sapos también comemos insectos y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Grillo: Sé que soy su insecto predilecto, pero a usted no le tengo mucho afecto, estoy esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El sapo se sentó pacientemente en la fila detrás del grillo a esperar, cuando de pronto llegó arrastrándose sobre la tierra la serpiente. Ella se detuvo y enroscándose frente al sapo le dijo:
Serpiente: Disculpe don sapo, pero las serpientes comemos carne de sapo y usted es uno de mis predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Sapo: Sé que soy su carne predilecta, pero le pido que sea correcta, estoy esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: La serpiente se enroscó pacientemente en la fila detrás del sapo a esperar, cuando de pronto un cernícalo de corona azul y hermosas alas, se posó frente a ella y le dijo:
Cernícalo: Disculpe doña serpiente, pero los cernícalos comemos carne de serpiente, cruda o crujiente y tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Serpiente: Sé que soy su carne predilecta, pero le pido que sea un ave correcta, estoy esperando al sapo, quién está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El cernícalo se sentó pacientemente en la fila detrás de la serpiente a esperar, cuando de pronto un zorro se detuvo frente a sus ojos y saboreándose le dijo:
Zorro: Disculpe don cernícalo, pero los zorros comemos carne de ave y usted es uno de mis manjares predilectos, tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Cernícalo: Sé que mi carne para usted es un gran bocado, pero debe ser un carnívoro educado, estoy esperando a la serpiente, quien está esperando al sapo, quién está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El zorro se sentó pacientemente en la fila detrás del cernícalo a esperar. De pronto desde lo alto de un árbol saltó a tropezones un viejo y apelmazado puma, y mostrando sus gastados colmillos le dijo:
Puma: Disculpe, los pumas comemos carne de zorro y usted sigue siendo mi plato preferido y tengo un hambre apremiante ¿podría ser usted mi merienda, sin que por ello se espante?
Zorro: Sé que mi carne para usted es un gran bocado, pero le pido que sea un carnívoro educado, estoy esperando al cernícalo, quien está esperando a la serpiente, quien está esperando al sapo, quien está esperando al grillo, quien está esperando a la araña, quien está esperando a la abeja que termine de comer el polen de la flor elegante, tenga usted paciencia y no sea arrogante.
Narrador: El arrugado puma se sentó pacientemente en la fila detrás del zorro a esperar. De pronto vio un cóndor volando en círculos sobre su cabeza y con sus alas abiertas como dos gigantes volantines. Todos sabían que esta gran ave tenía garras de acero y era el animal más temido de los carroñeros.
Apenas la abeja terminó de saciarse con el polen de la flor, la araña abrió sus pequeñas mandíbulas y justo en el momento en que estaba a punto de tragarse las alitas de la abeja, un ensordecedor y escalofriante sonido retumbó en el aire desde la escopeta de un necio cazador. Todos los animales se miraron estupefactos de horror.
El cóndor se alejó del puma volando despavorido hacia la montaña, el puma se alejó del zorro trepando velozmente a un árbol, el zorro se alejó del cernícalo huyendo horrorizado hacia una cueva, el cernícalo se alejó de la serpiente volando raudamente a su nido, la serpiente se alejó del sapo hundiéndose de golpe en la tierra, el sapo se alejó del grillo saltando al instante hasta el estanque, el grillo se alejó de la araña caminando a toda prisa hasta un tronco y la araña aterrada por el estridente sonido del necio cazador, abrió sus pequeñas mandíbulas y soltando a la abeja de su boca, arrancó en un dos por tres a esconderse bajo las piedras.
¡Qué aterradores son los intrusos y necios cazadores!

Al día siguiente entre las hierbas de un bosque y cerca de un estanque, había una flor amarilla y elegante.
Una abeja se posó sobre ella y le dijo:
Abeja: Disculpe flor distinguida y elegante, tengo un hambre apremiante, necesito comer su polen y volver a la colmena con vuelo danzante.
Flor: ¡Adelante!

Narrador:
Algunos comen hierbas.
Otros insectos, carne o una nuez.
Solitarios o en manadas.
¿Quieres leerlo otra vez?




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miércoles, 10 de agosto de 2016

Los tres osos.

Los tres osos.

Narrador: Había una vez tres osos que vivían juntos, en una casa en mitad del bosque. Uno de ellos era un oso muy, muy pequeño; el segundo era un oso de tamaño mediano y el tercero era un enorme oso.
Cada uno de ellos tenía una escudilla para su sopa; una escudilla pequeñita para el oso pequeñito, una escudilla mediana para el oso mediano, y una escudilla grandísima, para el enorme, enorme oso.
Y cada uno tenía una silla para sentarse: una silla pequeña para el oso pequeñito, una silla mediana para el oso mediano, y una silla muy grande para el oso grande.
Y tenían también cada uno una cama para acostarse, una cama grandísima para el oso grande, una cama mediana para el oso mediano, y una cama pequeñita, pequeñita, para el pequeño, pequeñísimo oso.
Un día, después de haber cocido sus sopas y haberlas vertido en sus escudillas, fueron a dar un paseo por el bosque, mientras la sopa se enfriaba. Era una sopa buenísima.
Y mientras se paseaban, llegó a la casa una niña llamada Ricitos de Oro. No conocía aquel sitio, ni había visto jamás la casita de los osos. Era una casita tan graciosa que olvidó todas las reglas que su mamá le recordaba siempre.
Miró por la ventana, después por el ojo de la cerradura y, viendo que no había nadie en la habitación, abrió la puerta y entró. Se relamió de gusto al ver la comida que se enfriaba sobre la mesa.
Si Ricitos de Oro hubiera recordado lo que su mamá le decía siempre, habría esperado la vuelta de los osos y seguramente ellos le habrían dado un poco de sus sopas porque eran muy buenos.
Un poco bruscos ¡claro!, es su manera de ser.
Pero, a pesar de ello, muy acogedores. Pero Ricitos de Oro lo olvidó todo y ella misma, se sirvió.
Primero la sopa del oso grande, pero estaba demasiado caliente.
Después probó la sopa del oso mediano, pero estaba demasiado fría.
Entonces fue hacia la escudilla del oso pequeño y también la probó. No estaba ni fría ni caliente, sino en su justo punto; tan buena la encontró que se la comió toda.
Después Ricitos de Oro se subió a la silla del oso grande pero la encontró demasiado dura.
Probó después la del oso mediano, pero la encontró demasiado blanda.
Entonces probó la silla del oso pequeño y no la encontró ni demasiado dura ni demasiado blanda, sino justo como debía ser. Se hundió tan profundamente en el fondo de la silla que se rompió.
Se levantó, subió por la escalera y entró en la habitación de arriba donde estaban las tres camas de los osos. También probó las tres camas y se acostó finalmente sobre la cama del oso pequeño. Ricitos de Oro se tapó con la colcha y se durmió profundamente.
Entre tanto, los osos se dirigían hacia su casa. Ricitos de Oro había dejado las cucharas dentro de las escudillas.
Oso grande: ¡Alguien ha tocado mi sopa!
Narrador: Y cuando el oso mediano miró su escudilla, vio que la cuchara también estaba dentro.
Oso mediano: ¡Alguien también ha tocado mi sopa!
Oso pequeño: ¡Alguien ha tocado mi sopa y se la ha comido toda!
Narrador: Al ver esto, los tres osos comprendieron que alguien había entrado en la casa y se dispusieron a buscar a su alrededor.
Oso grande: ¡Alguien se ha sentado en mi silla!
Oso mediano: ¡Alguien se ha sentado en mi silla!
Oso pequeño: ¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto completamente, ¡oh, oh, oh!
Narrador: Entonces, al ver los osos que allí no encontraban nada, decidieron subir a la habitación de arriba. Pero Ricitos de Oro había cambiado de lugar la almohada y el edredón.
Oso grande: ¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Oso mediano: ¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Narrador: Y cuando el pequeño, pequeñísimo oso fue a mirar la suya, encontró que la almohada estaba en su sitio, que el edredón estaba en su sitio, y... sobre la almohada vio algo dorado, era... ¡el pelo de Ricitos de Oro!
Oso pequeño: Alguien se ha acostado en mi cama y... ¡todavía está en ella!
Narrador: Ricitos de Oro había oído durante su sueño el vozarrón del oso grande, pero creyó que era un trueno. Luego, había oído la voz mediana del oso mediano, pero creyó que le hablaban en sueños.
Pero la voz aflautada del oso pequeño traspasó sus oídos y la despertó. Se sentó sobre la cama y, cuando vio los tres osos a un lado, saltó por el otro, y corrió hacia la ventana. La ventana estaba abierta y Ricitos de Oro saltó por ella y corrió a casa con su mamá, tan deprisa como sus piernas pudieron llevarla.


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domingo, 13 de marzo de 2016

La reina de las abejas




La reina de las abejas.
(Hermanos Grimm).
Narrador: Un rey tenía dos hijos, que salieron un día en busca de aventuras, pero llevaron una vida tan turbulenta y desordenada que no volvieron a casa.
El más joven, que se llamaba Bobalicón, se puso en camino para buscar
a sus hermanos. Al fin los encontró, pero se burlaron de él diciendo que
cómo quería, siendo tan tonto, abrirse paso en el mundo, ya que ellos
tampoco lo habían logrado siendo mucho más listos.
Partieron los tres juntos y llegaron a un hormiguero. Los dos mayores
querían escarbarlo y ver cómo se arrastraban llenas de miedo las peque
ñas hormigas, pero Bobalicón dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los molestéis.
Narrador: Siguieron andando y llegaron a un lago en el que nadaban muchos, muchos patos. Los dos hermanos quisieron coger unos cuantos y asarlos, pero Bobalicón no lo permitió y dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los matéis.
Narrador: Finalmente llegaron a una colmena, en la que había tanta miel que ésta fluía por el tronco. Los dos quisieron prender fuego bajo el árbol y ahogar a las abejas para poder coger la miel. Bobalicón los retuvo de nuevo y dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los queméis.
Narrador: Por fin llegaron a un palacio, donde en los establos no había más que caballos de piedra y no se veía a ningún ser viviente. Recorrieron todos los salones hasta que al final llegaron ante una puerta en la que había tres cerraduras. Sin embargo, en medio de la puerta había una mirilla por la que se podía mirar al interior de la habitación. Vieron entonces a un hombrecillo gris sentado ante una mesa. Lo llamaron una y otra vez, pero no oía, hasta que finalmente a la tercera se levantó, abrió las cerraduras y salió. No pronunció
no que los llevó a una mesa repleta de manjares. Cuando terminaron de
comer y beber, llevó a cada uno a su dormitorio. A la mañana siguiente, el hombrecillo fue a la habitación del mayor, le hizo señas para que lo siguiera y lo condujo ante una pizarra de piedra en la que estaban escritas las tres
pruebas que, sí las superaba, harían que el castillo se desencantara.
La primera consistía en lo siguiente: en el bosque, debajo del musgo, se encontraban las mil perlas de la hija del rey; había que buscarlas y, si antes de la puesta de sol faltaba una sola, el que las buscaba se vería convertido en piedra.

El mayor se dirigió allí y buscó durante todo el día, pero cuando el día tocaba a su fin, no había encontrado más que cien. Y pasó lo que estaba escrito en la pizarra, que se convirtió en piedra.
Al día siguiente emprendió el segundo hermano la aventura. No le fue mejor que al mayor: no encontró más que doscientas perlas y se convirtió en piedra. Finalmente le tocó el turno a Bobalicón; buscó en el musgo, ¡pero era tan difícil encontrarlas y se iba con tanta lentitud! Se sentó en una piedra y se puso a llorar. Mientras estaba allí sentado, llegó el rey de las hormigas, al que le había salva do la vida, con cinco mil hormigas.

Poco tiempo después los animalillos habían reunido todas las perlas en un montón.
La segunda prueba consistía en sacar del mar la llave del dormitorio de
la princesa. Cuando Bobalicón llegó al mar, aparecieron nadando los patos que él había salvado. Se sumergieron y sacaron la llave del fondo.
La tercera prueba era la más difícil: entre las tres hijas del rey que estaban dormidas había que elegir a la más joven y más amable. Pero eran tan iguales como gotas de agua y sólo se diferenciaban en que, antes de dormirse, habían tomado distintos dulces: la mayor un terrón de azúcar, la segunda un poco de jarabe y la tercer a una cucharada de miel. Entonces llegó la reina de las abejas, a la que Bobalicón había protegido del fuego. Probó los labios de las tres princesas, y se quedó en los labios de la que había comido miel: así reconoció el hijo del rey a la más joven y más amable. El encantamiento había desaparecido, todos se vieron libres del sueño y todos los convertidos en piedra recuperaron su figura humana. Bobalicón se casó con la más joven y
amable, y fue rey después de la muerte de su padre. Sus dos hermanos tomaron como esposas a las otras dos hermanas.

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miércoles, 6 de mayo de 2015

Molestón Verruga y los visitantes.


Molestón Verruga y los visitantes.
(Pilar Valdés)

Narradora: Molestón Verruga se llamaba así, porque tenía en la punta de su nariz, una verruga del tamaño de una oruga. A pesar de su aspecto, él a su verruga le tenía un enorme aprecio.
Vivía en un lugar llamado “Cuarto y Mitad”. Un lugar tan pequeño tan pequeño, que él era el único habitante. Aunque de vez en cuando pasaba por
allí, algún que otro visitante. “Cuarto y Mitad “ era muy singular. Cuando alguien llegaba, se agrandaba y cuando se marchaba, menguaba. Igual que un globo se inflaba y se desinflaba. Se inflaba y se desinflaba.
La casa de Molestón era muy pequeña. Tanto, que cuando dormía casi se
le salían las piernas. Y en la esquina de su casa había crecido una flor, que él
regaba cuando caía un chaparrón.
Era un día bastante soleado, Molestón con su verruga miraba al cielo con
los ojos guiñados. Se llevó una gran sorpresa al ver un pajarillo en su jaula
volando y este le preguntó a Molestón no precisamente cantando:
Pajarillo: Por favor ¿puede en su casa esconderme para que no puedan verme?
Molestón: ¡Pero no ves que mi casa es muy pequeña!
Pajarillo: Ni que yo fuera una cigüeña.
Narradora: Y sin muchas ganas Molestón, cogió la jaula por el asa y metió al pájaro en su casa. Un espantapájaros que pasaba por allí, preguntó a Molestón con cierto rentin-tin:
Espantapájaros: ¿Ha visto usted un pajarillo con su casa a cuestas?
Molestón: Por supuesto, por allí. No, por allí. No, no. Creo que se fue por allí.
Narradora: El espantapájaros mareado, de mirar por todos lados, salió de allí espantado. El pajarillo con su jaula se asomó y al ver que se había marchado, levantó el vuelo con tanto brío, que se fue de allí sin decir ni pío.
El día parecía movidito, ahora pasó por allí un cerdito y le dijo a Molestón:
Cerdito: Buenos días, ¿podría usted decirme si…?
Molestón: ¡Es usted un cerdo!
Cerdito: ¡Vaya! Por la forma de decirlo ha estado usted poco fino.
Molestón: Bueno, es usted un cochino.
Cerdito: Lo que le quería preguntar, que no me ha dejado terminar, es que me quedé dormido muy a gusto en un charco y al despertarme ¡me he llevado un chasco! ¡El charco ha desaparecido! ¿Sabe usted dónde se ha ido?
Molestón: ¡Por Dios! ¡Eso es que se ha secado el charco! Ahora habrá que esperar a que caiga algún chubasco!
Narradora: Y sin dar las gracias y con mucho tino se largo de allí el muy cochino. De pronto una cigüeña apareció y en el techo de la casa se posó.
Molestón: ¡¡Pero bueno esto qué es!! ¿Pues no parece que estoy en “el Arca de Noé”’?
Cigüeña: Por favor déjeme quedarme. Solo dormiré un poco, me iré al
despertarme.
Molestón: Muy bien, entonces tendrás que escuchar mis chistes de pasotas.
Cigüeña: ¿Te has creído que soy idiota? ¡Anda y cuéntale tus chistes, a mi prima la gaviota!
Narradora: Y sin más vacilación, alzó el vuelo la cigüeña y se marchó. Como solía ocurrir en “Cuarto y Mitad” se iba agrandado cuando los habitantes iban llegando y menguaba cuando se marchaban. A todo esto una mosca, se posó en su verruga del tamaño de una oruga.
Mosca: Disculpe, ¿podría decirme si ha visto una cagarruta de mi amiga, la vaca Cicuta?
Narradora: Y Molestón Verruga bizco perdido comenzó a dar chillidos.
Molestón: ¡¡Fuera de mí verruga mosca peluda!!
Narradora: La mosca se asustó tanto que se fue de allí zumbando.
Serpiente: Pzz. Pzz¡
Narradora: Molestón miró sus pies y vio a una serpiente sin su cascabel.
Serpiente: Perdone ¿ha vizzzto usted mi cazzzcabel? No zzé que pazza que lo
pierdo una y otra vez.
Molestón: ¡¡Pero bueno que os habéis creído, acaso tengo un cartel que diga “Aquí objetos perdidos”! ¡Sujétate bien la pieza, o lo que perderás será la cabeza!
Serpiente: Ezzzte hombre ezzzta loco perdido, que manera de dar chillidozzz.
Molestón: ¡Lo que estoy perdiendo es la paciencia! ¡A este paso de animales abriré una tienda!
Narradora: Y la serpiente en silencio y muy lentamente se fue de allí haciendo eses.
Nuevamente Molestón se llevó un gran susto, como si hubiera escuchado una traca. Ahora quien apareció a su lado era una vaca. Y allí se quedo parada, mirándole muy, muy descarada y sin decir nada. Por no decir no dijo ni “mu”.
Molestón: ¿A que vienes vaca? ¿Vienes a dar la lata?
Narradora: La vaca muy tranquila y a su bola le dijo moviendo su cola.
Vaca: ¿Ha visto usted una mosca que es muy bruta y muy tosca?
Molestón: ¡Ah!! ¿Con que tú eres la vaca Cicuta? ¡Pues la he mandado muy lejos a buscar tu cagarruta!
Narradora: Y con paso lento la vaca se marchó y en una fiesta con su cola se coló. Molestón con un humor de perros y de un lado para otro como si fuera un potro decía:
Molestón: ¡Esto no es lógico! ¿Habrá por aquí un zoológico?
Narradora: Y continuaron las sorpresas. De pronto apareció un conejo, que por su aspecto era sabio y muy viejo.
Molestón: ¡Vaya! Deje que adivine, usted quiere preguntarme si he visto su zanahoria, o… ¿se ha perdido y quiere saber por dónde se va a Soria?
Conejo: No que va, que va, lo que he perdido ha sido la memoria. Verá deje que le explique. Tengo una chistera y yo vivo dentro ella. El caso es que he ido a dar un paseo y sin darme cuenta, mire, aquí me veo. No se dónde estoy. Claro que a mis años, como...
Molestón: ¡Por favor quiere dejar de hablar! ¡La cabeza me va a estallar!
Conejo: Oiga, estoy viejo pero no sordo ¿Me permite un consejo de este conejo sabio y viejo? Esta usted muy acalorado, ande, váyase y tómese un helado.
Molestón: ¿Y este es el consejo de un conejo sabio y viejo? ¡Pues le voy a dar yo otro para que se vaya! ¡No muy lejos de aquí, si no me equivoco hay una playa!
Narradora: Con mucho atrevimiento y sin ningún complejo, continuó diciendo el señor conejo.
Conejo: Acabo de acordarme… Verá conozco una ferretería, vaya usted de
parte mía. Es de mi gran amigo “el grillo”, ande, vaya y dígale que le falta un tornillo.
Narradora: Molestón no daba crédito a sus oídos, iba a lanzarle otro de sus chillidos, cuando… quedó perplejo, como por arte de magia había desaparecido el conejo. Sollozando y sin consuelo decía:
Molestón: Esto es una pesadilla, prefiero mil, mil veces que me hagan cosquillas.
Narradora: Pero la cosa no acabó ahí. Molestón se quedó sin palabras ahora a su lado, había una cabra.
Cabra: ¿Perdone ha visto usted a un chivo?
Molestón: ¡Y a mi qué me dice! ¡Lárguese y pregunte usted en Lugo o en Vigo!
Cabra: ¡Es usted un mal educado!
Molestón: ¡Y usted una cabra loca!
Cabra: ¡Oh! ¡Retire esa palabrota!
Molestón: ¿Cuál? ¿Cabra o loca?
Narradora: Se quedó con la boca abierta y tan indignada que no supo decir nada, hasta que por fin dijo la cabra:
Cabra: ¡Pasapalabra!
Molestón: Muy bien, pues yo le digo ¡Que se vaya por donde ha venido!
Narradora: La cabra no se inmutó, como una estatua quieta se quedó.
Molestón: ¡¡Con que esas tenemos!! Pues utilizaré mi magia. ¡Abracadabra! ¡Abracadabra! ¡Que con sus patas tire al monte la cabra!
Narradora: De pronto se escuchó un berrido. Era su cabrito, que se había perdido. Y muy cabreada y sin mediar palabra, se fue con su chivo la cabra.
Molestón: ¡Esto es un sin vivir! ¡Me voy ahora mismo a mi casa a dormir!
Narradora: Y eso hizo. Con aire iracundo quedó Molestón Verruga sumido en un sueño profundo. Nadie lo diría. Con los ojos cerraditos ¡parecía un angelito! Entre tanto, del techo y con muchísimo sigilo, bajaba una araña pendiendo de un hilo. La araña que tenía mucha maña, se posó en su verruga. Molestón sintió tal picor, que sus ojos abrió.
Molestón: ¡Si no lo veo no lo creo! ¡Largo de mi verruga araña peluda!
Narradora: La araña no hizo caso, se quedó allí quieta, sin dar un paso. Y con una amplia sonrisa dijo sin ninguna prisa:
Araña: ¡Que ojos más grandes tienes!
Molestón: ¡Es para ver por donde vienes!
Araña: Y qué verruga más blandita.
Molestón: ¿¡Pues muy bien! ¡Ahora vete derecha a tu casita!
Araña: Pues ahora me quedo aquí. Esta verruga es para mí.
Molestón: ¡No es mía!
Araña: ¡Mía! ¡Mía!
Narradora: Comenzó así una lucha encarnizada por una verruga a una nariz pegada. Hasta que llegó un momento que frotándose los ojos y las pestañas se dio cuenta que no había ni tela, ni araña, que su verruga seguía ahí en la punta de su nariz. Todo lo ocurrido había sido un mal sueño y él de su verruga seguía siendo el dueño.
Molestón: ¡Oh, verruguita mía que terrible pesadilla! ¿Qué te parece si lo celebramos comiendo peladillas?
Narradora: Y colorado, colorín la historia de Molestón Verruga, ¿acabó por fin?


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miércoles, 22 de abril de 2015

El campesino, el osos y la zorra.




El Campesino, el Oso y la Zorra.
(Afanasiev. Adaptado)

Narrador: Un día un campesino estaba labrando su campo,cuando se acercó a él un Oso y le gritó:
Oso: ¡Campesino, te voy a matar!
Campesino: ¡No me mates! Yo sembraré los nabos y luego los repartiremos entre los dos; yo me quedaré con las raíces y te daré a ti las hojas.
Narrador: Consintió el Oso y se marchó al bosque. Llegó el tiempo de la recolección. El campesino empezó a escarbar la tierra y a sacar los nabos, y el Oso salió del bosque para recibir su parte.
Oso: ¡Hola, campesino! Ha llegado el tiempo de recoger la cosecha y cumplir tu promesa.
Campesino: Con mucho gusto, amigo. Si quieres, yo mismo te llevaré tu parte.
Narrador: Y después de haber recogido todo, le llevó al bosque un carro cargado de hojas de nabo. El Oso quedó muy satisfecho de lo que él creía un honrado reparto.
Un día el aldeano cargó su carro con los nabos y se dirigió a la ciudad para
venderlos; pero en el camino tropezó con el Oso, que le dijo:
Oso: ¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?
Campesino: Pues, amigo, voy a la ciudad a vender las raíces de los nabos.
Oso: Muy bien, pero déjame probar qué tal saben.
Narrador: Apenas el Oso los probó, rugió furioso:
Oso: ¡Ah, miserable! ¡Cómo me has engañado! ¡Las raíces saben mucho mejor que las hojas! Cuando siembres otra vez, me darás las raíces y tú te quedarás con las hojas.
Campesino: Bien.
Narrador: Y en vez de sembrar nabos sembró trigo. Llegó el tiempo de la recolección y tomó para sí las espigas, las desgranó, las molió y de la harina amasó y coció ricos panes, mientras que al Oso le dio las raíces del trigo.
Viendo el Oso que otra vez el campesino se había burlado de él, rugió:
Oso: ¡Campesino! ¡Estoy muy enfadado contigo! ¡No te atrevas a ir al bosque por leña, porque te mataré en cuanto te vea!
Narrador: Cuando no tuvo más remedio entró sigilosamente en el bosque en busca de leña. La zorra salió a su encuentro.
Zorra: ¿Qué te pasa? ¿Por qué andas tan despacito?
Campesino: Tengo miedo de encontrar al Oso, que se ha enfadado conmigo, amenazándome con matarme si me atrevo a entrar en el bosque.
Zorra: No te apures, yo te salvaré; pero dime lo que me darás a cambio.
Campesino: No seré avaro: si me ayudas, te daré una docena de gallinas.
Zorra: Conforme. No temas al Oso; corta la leña que quieras y entre tanto yo
daré gritos fingiendo que han venido cazadores. Si el Oso te pregunta qué significa ese ruido dile que corren los cazadores por el bosque persiguiendo a los lobos y a los osos.
Narrador: El campesino se puso a cortar leña y pronto llegó el Oso corriendo a todo correr.
Oso: ¡Eh, viejo amigo! ¿Qué significan esos gritos?
Campesino: Son los cazadores que persiguen a los lobos y a los osos.
Oso: ¡Oh, amigo! ¡No me denuncies a ellos! Protégeme y escóndeme debajo de tu carro.
Narrador: Entretanto la Zorra, que gritaba escondiéndose detrás de los zarzales, preguntó:
Zorra: ¡Hola, campesino! ¿Has visto por aquí a algún oso?
Campesino: No he visto nada.
Zorra: ¿Qué es lo que tienes debajo del carro?
Campesino: Es un tronco de árbol.
Zorra: Si fuese un tronco no estaría debajo del carro, sino en él y atado con una cuerda.
Narrador: Entonces el Oso dijo en voz baja al campesino:
Oso: Ponme lo más pronto posible en el carro y átame con una cuerda.
Narrador: El campesino no se lo hizo repetir. Puso al Oso en el carro, lo ató con una cuerda y empezó a darle golpes en la cabeza con el hacha hasta que lo mató.
Pronto acudió la Zorra y dijo al campesino:
Zorra: ¿Dónde está el Oso?
Campesino: Ya está muerto.
Zorra: Está bien. Ahora, amigo mío, tienes que cumplir lo que me prometiste.
Campesino: Con mucho gusto, amiguita; vamos a mi casa y allí te daré las gallinas.
Narrador: El campesino se sentó en el carro y se dirigió a su casa, y la Zorra iba corriendo delante.
Al acercarse a su cabaña, el campesino silbó a sus perros azuzándolos para que cogiesen a la Zorra. Ésta echó a correr hacia el bosque, y una vez allí se escondió en su cueva. Después de tomar aliento empezó a preguntar:
Zorra: ¡Hola, mis ojos! ¿Qué habéis hecho mientras corría?
Ojos: ¡Hemos mirado el camino para que no dieses un tropezón!
Zorra: ¿Y vosotros, mis oídos?
Oídos: ¡Hemos escuchado si los perros se iban acercando!
Zorra: ¿Y vosotros, mis pies?
Pies: ¡Hemos corrido a todo correr para que no te alcanzaran los perros!
Zorra: Y tú, rabo, ¿qué has hecho?
Rabo: Yo me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo, te
cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.
Zorra: ¡Ah, canalla! ¡Pues recibirás lo que mereces!
Narrador: Y sacando el rabo fuera de la cueva, exclamó:
Zorra: ¡Comedlo, perros!
Narrador: Éstos cogieron con sus dientes el rabo, tiraron, sacaron a la Zorra de su cueva y la hicieron pedazos. 
 

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