jueves, 25 de septiembre de 2008

BOLLITO DE PAN. CAPÍTULO I.


BOLLITO DE PAN.


Allí estaba, en el fondo del gran cajón de aluminio de una panadería; entre bollos, vienas y barras de pan. Bollito de pan había quedado solo, sin venderse aquella mañana. Pero cuando el panadero fue a cerrar el despacho llegó doña Flor. Y sólo pudo llevarse a Bollito de pan.

- Me queda un bollo de pan, doña Flor; tiene usted que venir antes porque sino...

- No importa, me lo llevo. Ya me aviaré con algo que tengo congelado.

Y así fue a parar a la cesta de doña Flor, envuelto en un papel como si fuese un caramelo, entre hojas de lechuga que le hacían cosquillas.

Ya en la casa, doña Flor disponía con soltura la mesa: vasos, cucharas, tenedores, platos, servilletas color naranja… Bollito de pan, contemplaba el escenario, acunado en una pequeña cesta de mimbre cubierta por una servilleta blanca, como si de una sábana se tratara.

- ¡Qué bien me encuentro aquí! Mejor que en la panadería, sin todas esas barras encima... ¡Qué buena fiesta me han preparado! ¡Qué bien huele! Y yo en el centro con mi sabanita limpia...

Bollito de pan no sabía lo que le esperaba. Bien pronto lo supo. Juanito, el hijo pequeño de doña Flor, llegó a casa.

- ¡Hola mamá!

- ¡Hola Juanito! No te comas el pan; pronto comeremos…

- Sí, mamá, sólo un piquito, ¿vale?

- ¡Ay!, ¿qué es esto? Me han mutilado. ¡Socorro!

En ese momento, espabilado por el pellizco, le salieron a Bollito de pan ojos y boca; brazos y piernas no más grandes que un dedo. De un salto, tomó el suelo, llegó hasta la puerta de la casa y se escondió detrás del paragüero. Aprovechando que don Julián entraba, salió entre sus piernas, y, sin mirar atrás, saltó de uno en uno los escalones hasta llegar a la calle y se paró aliviado al borde de la acera.

- ¡Por fin! Casi no lo cuento. Piquito a piquito me hubieran dejado sin cuerpo.

La lluvia había dejado charcos en los que ahora se reflejaba un celeste azul cielo. Un coche - ¡pi-pi! - con mucha prisa se acerca al borde de la acera y con sus negras ruedas despierta al charco donde dormía un trozo de cielo. Bollito de pan, empapado y con lamparones de barro, cruzó la calle, salió corriendo; se perdió entre las gentes, donde a punto estuvo de morir aplastado por tanques que eran zapatos y lanzas que eran paraguas que ya no apuntaban al cielo.

- ¡Qué horror, mejor vivía cuando era grano de trigo! ¡Odio a los panaderos! ¡Salvado, estoy salvado! Allí está todo verde.

Pobre Bollito de pan, ¡qué ignorante!, no sabía los peligros ahora le esperaban en el parque. Tumbado sobre la hierba y mimado por el sol, cerró los ojos. Soñó que era espiga verde en lucha con el viento en un día de Mayo. Soñó que era un pájaro cantor que volando jugaba en el cielo...

Un picotazo lo despertó: ¡Qué horror, eran pájaros y lo estaban atacando!

- ¿Qué tendré yo que todos quieren comerme?

Emprendió de nuevo la huida. Los pájaros tras él lo iban persiguiendo. Salió del parque, llegó al campo, cruzó sembrados y los pájaros seguían -¡pic, pic!- picoteando y no se espantaban aunque él moviera los brazos. Llegó a la ribera de un río y, sin pensarlo, se arrojó a él: ¡estaba a salvo! Su cuerpo, llevado por la corriente, flotaba mansamente y giraba como hoja que cae al suelo.
Pero, ¡¿qué estaba pasaba?! ¡Se estaba hundiendo! Su cuerpo era una esponja y los peces venían a por él, a lo lejos. No podía nadar: era como un trozo de plomo que caía sin balanceo. ¡Sí, allí estaba, en el fondo del río, un trozo de plomo...!

- Si hay plomo, hay anzuelo.


Nadando como pudo, llegó hasta él. Agarrando el sedal con sus manos, tensó para que el pescador sintiera su peso. Con un golpe seco el pescador tiró de la caña, salió del río, subió por el aire, se soltó...

- ¡Cielo santo, ahora me estrello!

Un halcón peregrino, con sus garras lo atrapó al vuelo. Miró su presa; no era un conejo. Era una masa blanda que chorreaba agua...

-¡Qué asco, no lo quiero!

Lo dejó caer desde lo alto. ¡Quién fuera ahora pájaro!, ¿verdad, Bollito?

- Se acabó mi suerte, no soy trapecista. Sólo me esperan las pinzas de las hormigas, los picos de los jilgueros, y luego…, luego…, luego la nada.

Pero doña Sol, había salido a tender sus sábanas. Sólo una vez al año no las colgaba como banderas, como pantallas. Con cuatro pinzas entre dos cordeles, como un mantel mecido por el viento, las sábanas esperaban a Bollito de Pan. Y allí quedó. Tumbado al sol reposando en silencio. Bollito de pan, una vez seco, emprendió su camino algo más ajado, con picotazos en su cuerpo. Aprendió que debe cuidarse bien de aquellos que sólo lo buscan a uno como alimento.

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado


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EL PEQUEÑO HÉROE DE HARLEM.




El pequeño héroe de Harlem.

Cerca de la ciudad de Harlem, célebre por sus tulipanes, vivía un muchacho llamado Hans. Un día salió a pasear con su hermanito a lo largo del dique.
Y llegaron lejos, muy lejos, hasta un lugar donde no había ni casas ni granjas, sólo campos de cebada y flores silvestres. Hans estaba cansado; trepó por el dique y se sentó encima; su hermano se quedó abajo para coger violetas. De repente, el hermanito le llamó:

-¡Hans, mira que agujerito más divertido! ¡Salen de él pompas de jabón!
-¿Un agujero? ¿Dónde?
-Aquí, en el muro. El agua entra por él. Se dejó resbalar hasta abajo y miró.
-Es un agujero en el dique.


Miró a su derecha, nadie; a su izquierda, nadie; ¡Y la ciudad estaba tan lejos, tan lejos! Hans sabía que muy pronto el agua atravesaría el agujero si no lo cerraban en seguida. ¿Qué hacer? ¿Correr hasta la ciudad? Los hombres habían salido de pesca. ¡Quién sabe cuando volverían! Ahora las gotitas se habían convertido en un hilillo de agua que se deslizaba con regularidad y alrededor del agujero. De pronto, Hans tuvo una idea. Hundió su dedo índice en el agujero y dijo a su hermano:


-Corre, ¡de prisa, de prisa! ¡Dieting! Di a la gente que hay un agujero en el dique. Diles que lo mantendré taponado hasta que vengan.


El niño comprendió por la mirada de su hermano que se trataba de algo grave y se puso a correr tan deprisa como sus piernecitas podían llevarle. Y Hans se quedó solo, con el dedo en el dique. De vez en cuando, una ola que había roto más fuerte, rociaba con su espuma los cabellos del muchacho. Poco a poco su mano se fue quedando tiesa. Intentó frotársela con la mano, pero se iba quedando cada vez más tiesa. Miró hacia la ciudad y su larga carretera blanca. Nadie. El frío le subió por la muñeca a lo largo del brazo y hasta el hombro. Le pareció que hacía horas que se había ido su hermano. ¡Se sentía tan solo y tan cansado! Apoyó su cabeza contra el muro para descansar un poco. Entonces le pareció oír la voz del mar que le decía:

-Soy el océano. Nadie puede luchar contra mí. ¿Quién eres tú para querer impedir mi paso? ¡Ten cuidado, ten cuidado!

El corazón de Hans latía fuertemente. ¿Acaso no vendrá nadie jamás?
Y el agua chapoteaba contra las piedras murmurando:

-¡Pasaré, pasaré, pasaré! ¡Y te ahogaré, te ahogaré, te ahogaré!


Hans sintió deseos de retirar su dedo. ¡Tenía tanto miedo! Pero, ¿y si el agujero se hacía más grande y rompía el dique? Apretó los dientes, y hundió su dedo más profundamente que antes.


-¡Tú no pasarás¡ ¡Y yo no huiré!


En aquel momento oyó gritar. Lejos, muy lejos, en la carretera se vislumbraba una nube de polvo y luego, una masa negra que avanzaba. ¡Sí, eran los hombres de la ciudad! Reconoció enseguida a su padre y a sus vecinos. Traían cestos y gritaban: ¡Ánimo! ¡Ya llegamos! ¡Resiste! Y al cabo de un instante, ya estaban allí. Cuando vieron a Hans, pálido de frío y de sufrimiento, con su dedo apretando contra las piedras, lanzaron un “¡Hurra!” de entusiasmo. Su padre le tomó en brazos y frotó sus miembros rígidos y los hombres le dijeron que era un verdadero héroe y que había salvado la ciudad. Una vez reparado el dique, volvieron a la ciudad llevando triunfalmente a Hans sobre sus hombros. Y todavía hoy se cuenta en Harlem la historia del muchacho que salvó la ciudad.

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sábado, 20 de septiembre de 2008

LA MICOLOGÍA

La micología.


Al rayar el alba el setero sale de su casa con un bastón y una cesta. Toma la carretera hasta que llega a un pinar. De tanto en tanto se para. Aparta con el bastón la capa de pinocha seca y va recogiendo setas.

De golpe ve el sombrero redondeado, escarlata y jaspeado de blanco, de la amanita muscaria. Para que nadie la coja le da un puntapié. En medio de la nube de polvo que la seta forma al desangrarse, aparece un gnomo con gorro verde, barba blanca y botas puntiagudas con cascabeles, flotando a medio metro del suelo.

- Buenos días, buen hombre. Soy el gnomo de la suerte que nace de algunas amanitas cuando se desintegran. Eres un hombre afortunado. Sólo en una de cada cien mil amanitas hay un gnomo de la suerte. Formula un deseo y te lo concederé.

El setero lo miró despavorido.

- No me lo puedo creer.

- Te lo creerás. Formula un deseo y verás como, pidas lo que pidas, aunque parezca inmenso o inalcanzable, te lo concederé.


¿Qué pedir? El gnomo le lee el pensamiento.

- Pide cosas tangibles. Nada de abstracciones. Si lo que pides te hace o no realmente feliz, es cosa tuya.

El setero dudaba. ¿Cosas tangibles? ¿Un yate? ¿Una compañía aérea? ¿El trono de un país de los Balcanes? El gnomo pone cara de impaciencia.

- No puedo esperar eternamente. Antes no te lo he dicho porque pensaba que no tardarías tanto, pero tenías cinco minutos para decidirte. Ya han pasado tres.

- Quiero…

- ¿Qué quieres? Di.

- Es que elegir así, a toda prisa, es una barbaridad. No se puede pedir lo primero que a uno se le pase por la cabeza.

- Te queda un minuto y medio.

Quizá más que cosas, lo mejor sería pedir dinero: una cifra concreta. Mil billones, por ejemplo. O un trillón. No se decide por ninguna cifra porque, en realidad, en una situación como ésta, tan cargada de magia, pedir dinero le parece vulgar, poco sutil, nada ingenioso.

- Un minuto.

La rapidez con que pasa el tiempo le impide razonar fríamente. Es injusto. ¿Y si pidiera poder?

- Treinta segundos.

Cuanto más le apremia el tiempo más le cuesta decidirse.

- Quince segundos.

Renuncia definitivamente al dinero. Un deseo tan excepcional como éste debe ser más sofisticado, más inteligente.

- Dos segundos. Di.

- Quiero otro gnomo como tú.

Se acaba el tiempo. El gnomo se esfuma en el aire y de inmediato, plop, en el lugar exacto que ocupaba aparece otro gnomo, igualito al anterior.

- Buenos días, buen hombre. Soy el gnomo de la suerte que nace de algunas amanitas cuando se desintegran, Eres un hombre afortunado. Sólo en una de cada cien mil amanitas hay un gnomo de la suerte. Formula un deseo y te lo concederé.

Han empezado a pasar los cinco nuevos minutos para decidir qué quiere. Sabe que si no le alcanzan le queda la posibilidad de pedir un nuevo gnomo igual a éste, pero eso no lo libra de la angustia.


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viernes, 19 de septiembre de 2008

POLLITO PIPÍ SE RESFRIÓ.



Pollito Pipí se resfrió.


Un día Patito Cuacuá estaba nadando en la laguna. Su amigo, el Pollito Pipí, lo miraba desde la orilla. Veía que Cuacuá metía la cabeza en el agua y la sacaba otra vez. Entonces Pipí le preguntó:

- Patito, ¿Por qué metes la cabeza en el agua?

- Porque veo pasar bichitos ricos y me los como.

- ¿Hay comidita debajo del agua?

- Claro. ¿Por qué no vienes conmigo?

- Ah, porque mi mamá no quiere que me meta en el agua.

- Pero ahora tu mamá no te ve. Échate al agua, ¡es lindo!

- ¿Sabes, Cuacuá?...yo tengo miedo...- confesó Pollito.

- ¿Miedo de qué? Mira, yo tengo la misma edad que tú y no tengo miedo. ¡Métete de golpe, Pipí!

Pipí se acercaba y de pronto...¡plaf! se tiró al agua. Pobrecito ¡cómo gritaba!

- Pío, pío, pío...¡me ahogo...me ahogo!...pííoo!

En ese momento pasaba por ahí la vieja perra Pacha y se detuvo a escuchar.

- ¡Pero esa es la voz de Pollito Pipí! - dijo Pacha. Y corriendo, corriendo se metió en la laguna. Llegó donde estaba el pobre Pipí, lo alzó con los labios y lo sacó chorreando agua. Así lo llevó hasta donde estaba la mamá.

- Señora Gallina, aquí le traigo a su hijo. Está hecho una sopa.

- Muchas gracias Doña Pacha. ¿Qué te pasó, hijo mío?

Pollito Pipí lloraba y le dijo:

- Me caí al agua, mamá.

- ¿Y cómo te caíste al agua?, di la verdad, hijito.

- ¿Sabes mamá? yo...yo...me metí en la laguna para nadar como Cuacuá.

- Ay Pipí...Mamá siempre te dice:”Pipí, los patos están hechos para nadar por el agua; las gallinas estamos hechas para andar por la tierra”... ¿Viste cómo mamá tiene razón? Y ahora ven a secarte...,¡porque este remojón a mí no me gusta nada!

Pero por más que mamá lo secó bien, Pollito Pipí se resfrió. ¡Y tosió toda la noche!

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POR QUÉ EL PINO, EL ABETO Y EL ENEBRO CONSERVAN SUS HOJAS EN INVIERNO.

POR QUÉ EL PINO, EL ABETO Y EL ENEBRO CONSERVAN SUS HOJAS EN INVIERNO.

Una vez, hace mucho tiempo, hacía mucho frío; el invierno estaba cerca. Todos los pájaros emigrantes se habían marchado hacia el sur, para quedarse allí hasta que llegase la primavera. Pero quedaba un pajarito que tenía un ala rota y no podía volar. No sabía qué hacer. Miró a su alrededor para ver si encontraba un lugar donde abrigarse y vio los hermosos árboles del enorme bosque:

- Quizá los árboles me cobijarán durante el invierno-, pensó el pobre pajarito.

Llegó al lindero del bosque. El primer árbol que encontró fue un álamo blanco de hojas plateadas.

- Álamo precioso. ¿Me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
- ¡Ahhh...! ¡Vaya una idea! Bastante trabajo tengo con vigilar mis propias ramas. ¡Fuera de aquí!

El pobre pajarito, aleteando lo mejor que pudo con su ala rota, llegó al árbol siguiente. Era un roble grande y frondoso.

- Roble, buen roble, ¿me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
- ¡Vaya una pregunta! Si te dejo vivir en mis ramas picotearás todas mis bellotas. ¡Fuera de aquí!

Aleteando lo mejor que pudo llegó a un gran sauce que crecía a orillas del río.

- Precioso sauce, ¿me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
- No, de ninguna manera. Yo no cobijo jamás a desconocidos. ¡Fuera de aquí!

El pobre pajarito no sabía ya a quién dirigirse. Muy pronto le vio el abeto y le dijo:

- ¿Dónde vas, pajarito?
- No lo sé, los árboles no quieren cobijarme y yo no puedo volar lejos con mi ala rota.
- Ven a mis ramas puedes escoger la que más te guste; mira, me parece que en este lado se está más caliente.
- Muchas gracias, pero ¿podré quedarme todo el invierno?
- ¡Claro! Así me harás compañía.

El pino estaba muy cerca de su primo el abeto, y cuando vio al pajarito que brincaba y revoloteaba sobre las ramas del abeto, le dijo:

- Mis ramas no son frondosas, pero puedo proteger del viento al abeto, porque soy grande y fuerte.

Cuando el enebro se enteró, dijo que daría comida al pajarito durante todo el invierno. Sus ramas estaban cubiertas de hermosas bayas negras, y las bayas del enebro son un gran alimento para los pájaros.
El pajarito estaba muy contento en su casa, tan caliente y bien abrigada, y todos los días iba a comer a las ramas del enebro.
Aquella noche el viento del norte pasó por el bosque. Sopló sobre los árboles con su aliento helado y hoja que tocaba, hoja que caía. Quería tocar todas las hojas porque al viento del norte le gusta ver los árboles desnudos.

- ¿Puedo jugar con todos los árboles? -preguntó el viento del norte a su padre, el Rey de la Escarcha.
- No -dijo el Rey-, los árboles que han sido buenos con el pajarito, pueden conservar sus hojas.

Y el viento del norte los dejó en paz, y el pino, el abeto y el enebro conservaron sus hojas todo el invierno hasta que brotaron las nuevas. Y desde entonces, siempre ha sido así.

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EL SOLDADO DE PLOMO.



El soldado de plomo.

Veinticinco soldados de plomo todos iguales fue uno de los regalos que recibió aquel niño el día de su cumpleaños. Cada soldado era idéntico al otro, excepto uno que sólo tenía una pierna porque fue fundido el último y no quedaba plomo suficiente. De todos los juguetes que había en aquella habitación, al soldadito de plomo le gustaba especialmente una bailarina toda ella de papel con una falda de muselina y que levantaba muy alto una pierna.

Cuando toda la gente de la casa se fue a la cama, todos los juguetes comenzaron a jugar. Había tanto jaleo que el canario se despertó y empezó a charlar por los codos…

Dieron las doce y saltó la tapa de la caja de sorpresas y salió un duendecillo negro.

-¡Soldado de plomo! ¿Qué haces ahí mirando lo que no te importa?

Pero el soldado de plomo hizo como si no le hubiera oído.
A la mañana siguiente fue a parar a la ventana y cayó de cabeza clavando la bayoneta en los adoquines. Los niños le buscaron, pero no dieron con él; no le pareció bien gritar “estoy aquí” estando de uniforme.

Después comenzó a llover, ¡qué fuerte aguacero! Dos golfillos con un periódico hicieron un barco de papel, lo pusieron en él y lo echaron a navegar arroyo abajo. De pronto, el barco se metió bajo el puente de una alcantarilla. Apretado a su mosquetón navegaba por aquel oscuro arroyo sin rumbo ni destino, perseguido por una gran rata de agua.

El barco se hundía más y más a medida que el papel se deshacía, mientras él pensaba en la bella bailarina, a la que no volvería a ver.
En aquel momento el papel acabó de rajarse. El soldado de plomo se hundió del todo y en seguida se lo tragó un gran pez. ¡Aquello si que estaba oscuro!

-¡Un soldado de plomo!

Y es que al pez lo habían pescado, lo llevaron al mercado, lo vendieron y lo trajeron a la cocina, donde la criada lo abrió con un gran cuchillo.

La criada lo llevó a la sala de estar y ¡qué pequeño es el mundo! se encontró en la misma habitación en la que había estado antes. Vio a los mismos niños y los mismos juguetes. Él miró a la preciosa y diminuta bailarina, ella le miró a él, pero no se dijeron nada.
De pronto, uno de los niños lo agarró y, sin motivo alguno, lo tiró a la chimenea.
El soldado de plomo se encendió y miró a la bailarina, que le devolvió la mirada. En aquel momento, una puerta se abrió y el viento se llevó a la bailarina que voló hasta la chimenea, junto al soldado de plomo. Al día siguiente, la criada, al retirar las cenizas, encontró un pequeño corazón de plomo y una lentejuela de la bailarina calcinada por el fuego.

(Adaptación de un cuento de Hans Christian Andersen).

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jueves, 18 de septiembre de 2008

EL PEQUEÑO ABETO.



EL PEQUEÑO ABETO.


Había una vez un pequeño abeto que era muy desgraciado porque, en medio de todos los árboles que tenían hojas verdes, el sólo tenía agujas, y sólo agujas... ¡Cómo se quejaba!:

- Todos mis amigos tienen hermosas hojas verdes; en cambio yo, sólo tengo espinas... Quisiera tener...; quisiera tener todas mis hojas de oro.

A la mañana siguiente el pequeño abeto vio cumplido su deseo y amaneció todo cubierto de oro. En el bosque, los árboles comentaron así:

- ¡El pequeño abeto es todo de oro!

Un ladrón escuchó lo que dijeron los árboles, esperó a que llegara la noche, se adentró en el bosque con un saco y despojó al pequeño abeto de todas sus hojas de oro.
A la mañana siguiente, el pequeño abeto se quejaba así:

- Ya no quiero más hojas de oro..., vienen los ladrones y te dejan sin nada. Quisiera tener..., ¡quisiera tener mis hojas de cristal, que también brillan!

A la mañana siguiente su deseo se vio cumplido. Todos los árboles del bosque comentaron así:

- ¡El pequeño abeto tiene sus hojas de cristal!

Pero al llegar la noche, se presentó la tormenta y un fuerte viento lo dejó completamente desnudo, sin que sus quejas le sirvieran de nada... A la mañana siguiente, al ver el destrozo, el pequeño abeto se puso a llorar:

- ¡Qué desgraciado soy! Otra vez estoy desnudo. Han robado mis hojas de oro y han roto mis hojas de cristal. Quisiera tener..., ¡quisiera tener como mis amigos hermosas hojas verdes!

A la mañana siguiente su deseo se vio cumplido y amaneció cubierto de hermosas hojas verdes, como sus amigos... Sus vecinos los árboles del bosque comentaron así:

- ¡El pequeño abeto ya es como nosotros!

Pero la cabra salió de paseo con sus cabritillos y al ver al pequeño abeto les dijo así:

- ¡Venid, niñitos míos! ¡Venid, hijos míos! Saboread esta comida y no dejéis nada.

Los cabritillos se acercaron y en un instante lo devoraron todo. El pequeño abeto al verse completamente desnudo y tiritando, se puso a llorar de nuevo como un niño:

- ¡Se lo han comido todo! Ya no me queda nada. He perdido mis hojas, mis hermosas hojas verdes, como mis hojas de cristal y mis hojas de oro. ¡Si al menos pudiera tener mis antiguas agujas...!

A la mañana siguiente, cuando se despertó, se encontró sus antiguas agujas y no supo qué decir. Ya nunca más se quejó de ellas; se había curado de su orgullo. Y en el bosque se oyó a sus vecinos decir:

- ¡El pequeño abeto es como antes! ¡El pequeño abeto es como antes..., como antes...!

Y colorín, colorado, este cuento, se ha terminado.

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LA FLOR Y EL VIENTO.

LA FLOR Y EL VIENTO

Había una vez, en lo más alto de una afilada montaña, que se levantaba hacía el cielo como una aguja, un diminuto jardín no más grande que una alfombra: Una alfombra llena de flores de mil colores. Pero ellas cada mañana, como vivían tan apretadas, cuando el sol se colgaba en el cielo, luchaban entre sí por conquis­tar sus rayos. Sólo la Flor Amarilla no se peleaba con sus compañe­ras. Al final de cada jornada podía verse en el suelo de la montaña un hermoso tapiz de pétalos. La Flor Amarilla, en cambio, conservaba intactos todos sus pétalos. Ella no quería peleas con sus hermanas las flores; dedicaba todas sus fuerzas a una misión muy importante: El cultivo de su néctar. Su néctar era mágico, pues era capaz de curar el mal de amores... Por eso el sol, que todo eso lo sabía, cada mañana, cuando se colgaba en el cielo, la saludaba así:

- ¡Hola, pequeña¡ ¿Cómo te encuentras hoy? Abre tu cáliz para que pueda calentar tu néctar. Algún día vendrá alguien que necesite de él; alguien que sufra el terrible mal de amores...

Y la Flor Amarilla lo saludaba abriendo y aleteando sus pétalos.

Un día don Viento, en su pelea diaria con el mar, llegó más enfadado que de costumbre (Don Viento silba muy fuerte).

- ¡Eh, tú, don Viento,

no sigas soplando así,

o acabaré yo también muriendo¡

Pero don Viento no la oía... Una nubecilla que pasaba por allí, al ver a la Flor Amarilla en peligro, descendió sobre la montaña y la cubrió con su húmedo manto blanquecino. Don Viento, al ver que la nube no huía, le dijo así:

- ¡Apártate de mi camino diminuta nubecilla¡ ¿No ves que hoy estoy muy enfadado?

- ¡Tú siempre andas igual: soplando por aquí, soplando por allí...¡ ¡ No miras por donde soplas¡ ¿No sabes que estoy protegiendo a la Flor Amarilla?

- No veo ninguna Flor Amarilla...

- ¿Cómo la vas a ver?: ¡Yo te la tapo¡

- Claro, por eso no la veo.

- ¿No sabes que ella es mágica? ¿No sabes que su néctar cura el mal de amores? ¡Anda vete..., y sopla por ahí¡

- Pero para irme por ahí, tengo que pasar por aquí; y para pasar por aquí no tengo más remedio que soplar... ¡Ugggss¡

- ¿Estás loco o qué? ¿No sabes soplar de otra manera?

- Bueno, bueno..., lo intentaré. (Don Viento silba).

Y don Viento descubrió el ¡SILBIDO¡ Y unos pastores que estaban en el valle con sus ovejas, lo oyeron silbar y comenzaron ellos a hacer lo mismo (melodía silbido). Y esta melodía se corrió por todos los valles y campos..., y de esta manera les fue revelado a los hombres el silbido. Pero allí, en lo alto de la montaña, aún sigue nuestra Flor Amarilla, esperando que alguien venga a recoger su néctar; alguien que padezca el terrible mal de amores...

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.


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LA RANA Y EL BUEY.


LA RANA Y EL BUEY.


Una rana vio a un buey. Y el buey le pareció her­mosísimo.

“¡Qué grande es! ¡Qué grande es! -se dijo-. Yo soy muy pequeña y no me gusta, quisiera ser tan grande como el buey.”

Y la ranita empezó a comer mucho para llegar a ser grande, grande como el buey. No tenía siempre hambre, pero no dejaba de comer, y le decía a su her­manita rana:


-Mírame bien, hermana mía, mira a ver si crezco, mira si soy tan grande como el buey.

-¡Oh, no! No eres tan grande como el buey.


La ranita comía todavía más y engordó tanto que casi no podía saltar.


-Mírame ahora, si soy tan grande como el buey.

-¡Oh, no! No eres tan grande como el buey. Eres muchísimo más pequeña. Nunca serás tan grande como el buey.


Pero la ranita quería ser grande como el buey. Y se puso a comer hierba y moscas y todo lo que encontraba para comer. Se había convertido en una gorda, gordísima rana, pero no era tan grande como el buey y su hermanita se burlaba de ella:


-Comes en vano, nunca serás como el buey, eres sólo una ranita. ¿Por qué quieres ser tan grande como el buey?


Pero la rana no hacia caso de su hermana. ¡Seguía comiendo! ¿Y sabéis lo que pasó? ¡Comió demasiado, se puso enferma y se murió!

¡Ah! Tonta y envidiosa ranita. ¿Por qué no quiso ser una ranita? Las ranas son muy graciosas, ¡tan pequeñas...! ¡Qué feas serían si fuesen grandes como bueyes! ¡No podrían saltar sobre la hierba!, ni esconderse entre las hojas o en los cañaverales, cuando alguien las quiere coger.

(Adaptación de un cuento publicado por Sara Cone Bryant).


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martes, 16 de septiembre de 2008

EL CUENTO DE RATAPÓN




EL CUENTO DE RATAPÓN.

Había una vez un conejito gris que vivía con su mamá en una bonita madriguera bajo la hierba espe­sa. Se llamaba Ratapón y su mamá Mariquita Cola-corta. Todas las mañanas cuando Mariquita Cola-corta iba a buscar la comida, decía a su hijo:

-Ahora, Ratapón, quédate quieto y no hagas rui­do. Veas lo que veas, oigas lo que oigas, no te muevas. Recuerda que no eres más que bebé-conejo y escón­dete bien.

Y Ratapón decía: «Sí, mamá».

Un día un pájaro se posó sobre una rama gritando:

-Ladrón, ladrón.

Pero Ratapón no movió ni pie ni pata.

Otro día, una mariquita de San Antón, dio un pa­seo a lo largo de un tallo de hierba, pero como pesaba demasiado, al llegar arriba, bajó rodando hasta el suelo. Ratapón tenía muchas ganas de reír, pero no movió ni pie ni pata. Y permaneció quieto.

Aquel día el sol calentaba mucho y todo parecía dormir.

De repente, Ratapón oyó un ruidito, lejos..., muy lejos, como si alguien hiciera chss-chss-chss muy sua­vemente. Escuchó. Era un ruido muy raro: primero más débil, luego más cerca.

“¡Es curioso! -pensó Ratapón-. ¿Qué podrá ser? Es como si alguien se acercara; pero siempre que alguien se acerca, oigo sus pasos y ahora no oigo más que chss-chss-chss. ¿Qué podrá ser? ”

El ruido era cada vez más fuerte. De pronto, Ratapón olvidó las órdenes de mamá y se levantó sobre sus patas traseras. El ruido cesó.

-¡Bah! Ya no soy un bebé, tengo tres semanas; quiero saber que es esto.

Sacó la cabeza fuera de la madriguera y vio... los ojos de una espantosa serpiente fijos en los suyos.

-¡Ma... má! ¡Ma... má! ¡Oh! Ma...

Pero ya no pudo gritar más porque la malvada ser­piente ya le había cogido de una oreja y se enroscaba alrededor de su cuerpecito. ¡Pobre Ratapón!

Pero su mamá le había oído. Saltó sobre las pie­dras, brincó por los collados y corrió como el viento a través de la hierba y a través de los brezos. Ya no era la tímida Mariquita Cola-corta, sino una mamá que iba a salvar a su hijito. Cuando vio a Ratapón y a la serpiente, tomó impulso, saltó sobre el lomo del horrible animal y le arañó con sus uñas. La serpiente silbó con rabia pero no soltó a Ratapón. Mariquita Cola-corta, saltó de nuevo y, esta vez, le rasgó la piel y le hizo tanto daño que la serpiente se retorció, pero sin soltar a Ratapón. Por fin, mamá Coneja, saltó por tercera vez, y desgarró la piel de la serpiente con sus uñas. Mordía y arañaba tanto, que la serpiente tuvo que soltar al conejito y Ratapón rodó como una pelota y empezó a correr.

-¡Corre, deprisa! ¡Corre, deprisa! -gritaba la madre; y ya podrás imaginar cómo trotaba! Unos mo­mentos después, Mariquita Cola-corta le alcanzó y le enseñó el camino. Cuando la madre corría, se veía la manchita blanca de su cola, y Ratapón seguía la man­chita.

Le llevó lejos, muy lejos, a través de la hierba espesa, hasta un lugar donde la malvada serpiente no pudiera volver a encontrarles y allí construyó otra madriguera. Y ya te darás cuenta que, ahora, cuando la madre dice a Ratapón que se quede escondido, no le quedan ganas de desobedecer.

(Adaptación de un cuento de Ernst Thompson Seton).


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LOS NUDOS DE LA RED




LOS NUDOS DE LA RED.

Un día, dos niños llegaron a una pequeña aldea junto a la mar, para ver a un marinero que conocían. Encontraron a un marinero sentado a la puerta de su casa, frente al océano, haciendo nudos en un cabo.

-Buenos días, ¿cómo estáis?

-Muy bien, gracias. Hemos oído decir que usted tenía un barco y hemos pensado que quizá quisiera llevarnos para que pudiéramos aprender su manejo.

-Esto es lo que deseamos por encima de todo.

-Cada cosa a su tiempo. Ahora estoy muy ocupado, pero quizá cuando haya terminado mi trabajo, lleve a uno de vosotros conmigo; si estáis dispuestos a aprender. Ahora debo marcharme, pero he ahí unos cabos que deben ser anudados; podríais hacerlo vosotros, porque es necesario que esto se haga.

Les enseñó la manera de hacer los nudos y se fue. Cuando estuvo lejos, el mayor de los niños corrió hacia la ventana y miró hacia fuera.

-Veo el mar. Las olas llegan hasta la playa, junto a la casa. Están cubiertas de espuma, como los caballos que se encabritan y luego se vuelven hacia atrás. ¡Ven a verlo!
-No puedo. Estoy a punto de hacer un nudo.
-¡Veo la barca! Baila en el mar como una bailarina. No he visto jamás nada tan bonito. ¡Ven a verlo!
-¡No puedo! Estoy a punto de hacer otro nudo.
-Sería maravilloso navegar. Creo que el marinero me llevará con él, porque soy el mayor y sé más que tú. No necesito mirar cómo se hacen los nudos, porque ya lo sé.

En aquel preciso momento volvió el marinero.

-¡Bien! Ya he terminado. ¿Qué habéis hecho mientras me esperabais?
-Yo he mirado el barco. ¡Qué bello es! ¡Me alegro de poder subir a él!
-Yo he hecho nudos.
-Entonces ven tú. Te llevaré conmigo en mi barco y te enseñaré a pilotarlo.
-¡Pero yo soy el mayor! ¡Y sé mucho más que él!
-Puede ser. Pero es necesario aprender a hacer un nudo antes de querer navegar.
-Yo he aprendido a hacer nudos. Los hago muy bien.
-¿Cómo puedes saberlo, si nos has hecho ninguno?
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

(Adaptación de un cuento de Sara Cone Bryant).

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BLANCA NIEVES




BLANCA NIEVES.

Hubo una vez reina que cosía, a mitad del invierno. Se pinchó en un dedo con la aguja y tres gotas de sangre cayeron en la nieve. La reina deseó tener una criatura tan blanca como la nieve y tan encarnada como la sangre. Al poco tiempo la reina tuvo una hija como la deseada a la cual llamaron Blanca Nieves. Pero al dar a luz, la reina expiró.

Su padre, el rey, volvió a casarse. Su nueva mujer era muy guapa, pero muy soberbia y altanera, y no podía soportar que hubiese alguien más bella. La envidia y el orgullo crecieron tanto en su corazón que un día ordenó a un cazador que matase a Blanca Nieves en el bosque y que le trajese como prenda su hígado y sus pulmones. El cazador la dejó con vida y mató a un jabato, le quitó el hígado y los pulmones y los llevó a la reina como prenda. La perversa mujer se los comió creyendo que eran los de Blanca Nieves.

Ella corrió hasta llegar a una casa donde todo era muy pequeño. La casa de los siete enanitos. Les contó cómo había llegado allí y ellos le dijeron que podía quedarse y que nada le faltaría. Cada mañana, los enanitos iban a las montañas a buscar oro mientras Blanca Nieves se ocupaba de la casa.

Pero la malvada madrastra supo por su espejito mágico que Blanca Nieves seguía con vida. Entonces fue a una habitación solitaria y muy secreta y allí preparó una manzana envenenada. Su aspecto era bellísimo, pero bastaría probarla para caer muerto al instante.
Se disfrazó de campesina, cruzó las siete montañas y llegó a la casa de los siete enanos. Le ofreció la manzana a Blanca Nieves y ella tuvo miedo.

-¿Temes que esté envenenada? Mira, voy a cortarla en dos; tú te comes la mitad roja y yo la blanca.

Blanca Nieves no se pudo resistir, alargó la mano y tomo la parte envenenada. Apenas la probó, cayó muerta en el piso. Los enanos, cuando volvieron, la pusieron sobre un catafalco de cristal y lo llevaron a la montaña donde alguno de ellos estaba siempre a su lado. Allí pasó mucho, mucho tiempo. Parecía dormida. Se mantenía tan blanca como la nieve y tan encarnada como la sangre.

Sucedió que un día el hijo del rey la encontró y al verla quiso llevarla a palacio. Los buenos enanos se compadecieron y le dieron el catafalco. Pero los siervos que la transportaban tropezaron y el pedazo de manzana envenenada que había mordido salió de su garganta. Abrió los ojos, se incorporó y recuperó la vida.

-Te amo más que nadie en el mundo. Ven al palacio de mi padre para que seas mi esposa.

Y Blanca Nieves amó al príncipe desde ese momento. Los esponsales fueron celebrados con enorme lujo y esplendor.
Y a la malvada madrastra le calzaron unas zapatillas de hierro que habían sido calentadas sobre carbones encendidos. No tuvo más remedio que ponerse las zapatillas al rojo vivo y bailar con ellas sin descanso hasta que cayó muerta.

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EL TOMTEN




El Tomten.

Vienen los inviernos y los veranos van, los años se suceden a los años, pero en la vieja granja del bosque el Tomten pasea todas las noches entra las casas con sus pasitos callados. Las estrellas brillan en el cielo y hace mucho frío. La gente se guarece en sus casitas y atiza el fuego de la chimenea.

Todos duermen en esta granja solitaria. Todos, menos uno…

El invierno es largo, oscuro y frío. A veces el Tomten sueña con el verano:
Van y vienen los inviernos,
vienen y van los veranos.
¡Las golondrinas pronto vendrán!

Allí en un rinconcito del pajar, el gato lo espera porque quiere leche. El Tomten le habla en la lengua silenciosa de los tomten, un lenguaje que un gato puede comprender.

-Claro que puedes quedarte conmigo y leche te daré.

Entra de puntillas en el cuarto de los niños y los contempla dormir. Por la mañana los niños encuentran su rastro: una hilera de huellas diminutas en la nieve.
Todos duermen en la noche invernal, sin saber que el Tomten está allí.

En la perrera le espera su amigo Caro. El Tomten le habla en el silencioso lenguaje que un perro puede comprender.

-Caro, mi amigo, ¿hace frío esta noche? Te traeré más paja y podrás dormir.

Con silentes pasitos se dirige al gallinero y las gallinas cacarean satisfechas a su llegada.

-Pongan un huevo mis queridas amigas y les daré maíz para comer.

Cuando lo atisban en la puerta, le balan con suavidad.

-Mis borregos, mis corderos,
fría es la noche pero cálida la luna
y hay hojas de álamo para comer.

La luna brilla en la cuadra. Allí Dobbin, un caballo dócil y fiel, está meditando.

- Van y vienen los inviernos,
vienen y van los veranos
¡Entre los tréboles pronto estarás!

El Tomten va al establo. Las vacas sueñan que el verano ha llegado y están pastando en los prados.
- Van y vienen los inviernos,
vienen y van los veranos.
¡Pronto en la vega pastaréis!

El Tomten está en vela. Vive en un rincón del pajar y sale por la noche, cuando duermen los seres humanos. Nadie lo ha visto nunca, pero saben que está allí. Cuando se despiertan ven las huellas de sus pies en la nieve… Brillan las estrellas en el cielo, la nieve cubre todo de blanco, la helada es cruel. Todos duermen en la granja solitaria. Todos menos uno…

(Adaptación de un cuento popular sueco).

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EPAMINONDAS Y SU MADRINA




EPAMINONDAS Y SU MADRINA.


Había una vez una buena mujer que sólo tenía un hijo. Como era muy pobre quiso ponerle un gran nombre. Por eso le llamó Epaminondas, que es el nombre de un antiguo general griego.
El niño tenía pues un nombre glorioso, pero eso no le importaba demasiado.
Su madrina le quería mucho y le daba alguna cosa cuando Epaminondas iba a visitarla.

Un buen día la madrina le regaló un bizcocho.

- No lo pierdas, Epaminondas, no lo pierdas. Llévatelo a casa muy apretado.
- No temas, madrina, no lo perderé.

Pero apretó la mano con tanta, tanta fuerza, que cuando llegó a casa ya no quedaban más que unas pocas migajas.

-¿Qué traes aquí, Epaminondas?
- Un bizcocho, madre.
-¡Un bizcocho! ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? ¿Qué maneras son esas de llevar un bizcocho? Un bizcocho se envuelve, muy bien envuelto, en un papel de seda, y después se mete dentro del sombrero. Entonces te pones el sombrero y, muy despacio y muy derecho para que no se te caiga, vienes tranquilamente a casa. ¿Has entendido?
- Sí, madre.

A los pocos días fue otra vez a casa de su madrina y ésta le regaló mantequilla fresca para su madre.
Epaminondas cogió la mantequilla, la envolvió en un papel de seda cuidadosamente y la puso dentro de su sombrero; luego se colocó el sombrero sobre la cabeza y empezó a andar hacia su casa, muy derecho y despacio.
Era verano y el sol abrasaba; la mantequilla empezó a derretirse dentro del sombrero y goteaba por todas partes. Y cuando Epaminondas llegó a su casa la mantequilla no estaba dentro del sombrero, sino encima de Epaminondas.
La madre, al verle, se echó las manos a la cabeza.

- ¡Epaminondas! ¿Qué traes aquí?
- Mantequilla, madre.
- ¿Mantequilla? ¡Válgame Dios, Epaminondas! ¿Qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? La mantequilla tienes que envolverla en hojas frescas. La mojarás, una y otra vez, en todas las fuentes que veas hasta llegar a casa. ¿Has entendido?
- Sí, madre.

La vez siguiente, cuando Epaminondas fue a visitar a su madrina, le regaló un perrito muy mono. Epaminondas, lo envolvió en unas grandes y frescas hojas, y por el camino lo fue mojando en todas las fuentes hasta llegar a casa; y cuando llegó el pobre perrito estaba medio muerto y tiritando.

- ¿Epaminondas, hijo mío, qué traes aquí?
- Un perrito, madre.
- ¿Un perrito? Epaminondas, ¿qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? Esta no es manera de llevar un perrito. Un perrito se lleva atándole una cuerda al cuello y tirando de ella con mucho cuidado, «así», para que el animalito ande. ¿Has entendido?
- Sí, madre.

Cuando volvió a casa de su madrina, la buena mujer le regaló un pan recién sacado del horno.
Epaminondas le ató una cuerda, y tirando de él con mucho cuidado, «así» volvió a su casa.

- ¿Qué traes aquí, Epaminondas, hijo mío?
- Un pan, madre, que me ha regalado mi madrina.
-¿Un pan? ¡Ay, Epaminondas! No tienes ni así de inteligencia, ni nunca has tenido, ni nunca tendrás. Ni volverás a casa de tu madrina ni te explicaré nada ya. Desde ahora iré yo a todas partes.

Al día siguiente su madre se preparó para ir a casa de su madrina y le dijo:

- Epaminondas, tú has visto que acabo de cocer en el horno seis pasteles y los he puesto sobre una tabla delante de la puerta, para que se enfríen. Vigila que no se los coma el gato y, si tienes que salir, mira bien cómo pasas por encima de ellos con cuidado.
- Sí, madre.

Y cuando Epaminondas quiso salir “miró muy bien cómo pasaba por encima de ellos con cuidado” mientras ponía exactamente los pies encima de cada pastel.
¿Y sabéis lo que pasó cuando volvió su madre? Nadie ha sabido explicármelo, pero a lo mejor vosotros lo adivináis.
Lo que es seguro es que Epaminondas no probó aquellos pasteles.

(Adaptación de un cuento de Sara Cone Bryant).

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YO DOS Y TÚ UNO.



Yo dos y tú uno.


Dicen que era un matrimonio que no tenía familia. Ya llevaban muchos años de casados. Una noche se pusieron a cenar y, como siempre, preparó ella tres huevos fritos: uno para ella y dos para su marido. Pero aquella noche no sé que bicho le picó a la mujer, que dice:

- Mira, ya estoy harta de que todas las noches te comas tú dos huevos y yo uno. Esta noche va a ser al revés: tú uno y yo dos.

- Ni hablar. Yo dos y tú uno. Como siempre.

- ¿Y eso por qué?

- Porque lo digo yo y en casa la autoridad la tiene el marido.

- Pues ni hablar. Esta noche, tú uno y yo dos.

- Que no.

- Que sí.

Bueno, pues estuvieron discutiendo un rato y ninguno daba su brazo a torcer. Ya cansado el marido, le dice:

- Como insistas, me muero.

- Pues muérete.

Entonces él se hizo el muerto y la mujer salió a la calle gritando:

- ¡Ay, que mi maridito se ha muerto! ¡Que se me ha muerto mi marido!

Vino el cura y le prepararon el entierro. Ya lo llevaban para el cementerio, y la mujer se acercaba a las andas, diciendo:

- ¡Dejadme, dejadme que lo bese por última vez!

Y con este pretexto se le acercaba a la cara y le decía al oído:

- Tú uno y yo dos.

- Yo dos y tú uno.

Y el entierro seguía. Ya llegaban al cementerio y otra vez se acercaba ella:

- Mira que voy a dejar que te entierren.

- La autoridad es la autoridad: yo dos y tú uno.

Conque llegaron al cementerio. Lo bajan de las andas y ya van a ponerlo en la sepultura. Otra vez ella, gritando, se le echa encima y le dice al oído:

- ¡Dejadme, dejadme que lo bese por última vez! Por última vez: Tú uno y yo dos.

- Ni hablar. Que me entierren.

Y como ya lo iban bajando, dice ella:

- ¡Está bien, cómete los tres pedazo de animal!

Y entonces él se incorporó de un salto y salió gritando:

- ¡Que me como tres, que me como tres!

La gente, que no sabía lo que estaba pasando, echó a correr atemorizada, y un cojo que iba en la comitiva decía:

- No corráis tanto, hombre, por lo menos que pueda escoger.

Y colorín colorado, el que no levante el culo del asiento será enterrado.

(Adaptación de un cuento de Antonio Rodríguez Almodóvar).

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