miércoles, 30 de septiembre de 2015

El rey y su halcón

El rey y su halcón.
(Adaptado del original de Tomás Jefferson)

Narrador: Gengis Kan fue un gran rey y un guerrero. Condujo a su ejército hasta China y Persia y conquistó muchas tierras. En todos los países, la gente hablaba de sus grandes hazañas y decían que, desde Alejandro Magno, no había habido otro rey como él.
Una mañana salió con unos amigos hacia un bosque cercano para cazar. Cabalgaron como siempre con sus arcos y flechas. También lo seguían lo seguían los sirvientes con los perros.
Formaban una partida de caza tan alegre que el bosque se llenó de sus gritos y sus risas. Y esperaban regresar a casa con gran cantidad de presas al anochecer.
Posado en su muñeca, el rey transportaba a su halcón favorito, ya que en esos tiempos los halcones eran entrenados para cazar. Cuando su amo se lo ordenaba, alzaban el vuelo y oteaban a su alrededor en busca de una presa. Si tenían la suerte de ver un ciervo o un conejo, se precipitaban sobre ellos, veloces como una flecha.
Al caer la tarde, mientras los demás cazadores volvían a casa por el camino más corto, Gengis Kan se internó por una senda que atravesaba un valle entre dos montañas.
Había sido un día caluroso y el rey estaba sediento. Su halcón amaestrado había abandonado su muñeca y alzado el vuelo. El ave sabía con certeza que encontraría el camino de regreso.
El rey recordaba haber visto un arroyuelo cerca de ese camino. Estaba sediento y deseaba encontrarlo. Pero el calor de verano había secado todos los arroyos de las montañas.
Por fin, vio un hilillo de agua que se deslizaba por la hendidura de una roca y dedujo que un poco más arriba habría un manantial.
El rey echó pie a tierra, cogió un pequeño vaso de plata que llevaba en su zurrón de cazador y lo acercó a la roca para recoger las gotas de agua.
Tardó mucho tiempo en llenar el vaso. Cuando el vaso estuvo casi lleno, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber.
De repente, un zumbido cruzó el aire y el vaso cayó de sus manos. Y el agua se derramó por el suelo.
El rey levantó la vista para ver quién había provocado el accidente y descubrió que había sido su halcón.
El pájaro pasó volando unas cuantas veces y finalmente se quedó posado en las rocas cerca del manantial.
El rey recogió el vaso y volvió a llenarlo. Esta vez no esperó tanto. Cuando el vaso estaba a la mitad, se lo llevó a los labios. Pero antes de que pudiera beber, el halcón se lanzó hacia él e hizo caer de nuevo el recipiente.
El rey se puso furioso. Volvió a repetir la operación, pero, por tercera vez, el halcón le impidió beber. Ahora el rey estaba verdaderamente enfadado.
Gengis Kan: ¿Cómo te atreves a comportarte así? Si te tuviera en mis manos, te retorcería el pescuezo.
Narrador: Y volvió a llenar el vaso. Pero antes de beber desenvainó su espada.
Gengis Kan: Ahora, señor Halcón, no volverás a jugármela.
Narrador: Apenas había pronunciado estas palabras, cuando el halcón se dejó caer en picado y derramó el agua otra vez.
Pero el rey lo estaba esperando. Con un rápido mandoble, alcanzó al halcón. El pobre animal cayó mortalmente herido a los pies de su amo.
Gengis Kan: Esto es lo que has conseguido con tus bromas.
Narrador: Al buscar el vaso, vio que éste había rodado entre dos rocas, donde no podría recogerlo.
Gengis Kan: Tendré que beber directamente de la fuente.
Narrador: Entonces se encaramó al lugar de donde procedía el agua. No era fácil y cuanto más subía, más sediento estaba. Por fin alcanzó el lugar. Encontró, en efecto, un charco de agua. Pero allí, justo en medio, yacía muerta una enorme serpiente de las más venenosas.
El rey se paró en seco y olvidó la sed. Sólo podía pensar en el pobre halcón muerto tendido en el suelo.
Gengis Kan: El halcón me ha salvado la vida. ¿Y cómo se lo he pagado? Era mi mejor amigo y le he dado muerte.
Narrador: Descendió del talud, cogió al pájaro con suavidad y lo metió en su zurrón de cazador. Entonces montó su corcel y cabalgó velozmente hacia su casa. Y se dijo así mismo:
Gengis Kan: Hoy he aprendido una triste lección: nunca hagas nada cuando estés furioso.


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jueves, 3 de septiembre de 2015

El hacha del leñador.

El hacha del leñador.
(Fábula)
Narrador: Un pobre leñador salía cada mañana con su hacha al hombro camino del bosque para ganarse la vida para él y toda su familia.
Un día tuvo la desgracia que cortando una encina su hacha se le cayera al río. Angustiado comenzó a gemir.
Leñador: ¡Triste de mí! ¿Con qué voy a ganarme la vida ahora si acabo de perder la única herramienta que poseo para ello?
Narrador: De pronto vio aparecer un ser desconocido y extraño.
Genio: Buen hombre, ¿qué te pasa? ¿Por qué gimes en mi bosque? Soy el genio que cuida este encinar y no me gusta que la gente que me visita esté triste.
Leñador: ¡Ay, buen genio! Mucho siento apenarte, pero se me acaba de caer al río la única herramienta que tengo para darle pan a mis hijos. ¡Ay, qué será de nosotros!
Genio: ¡Bah!, no te preocupes por tan poca cosa; pronto la tendrás de nuevo; vas a ver.
Narrador: Metió el genio su enorme brazo dentro del río y sacó un hacha de plata.
Genio: ¿Es ésta tu hacha, buen hombre?
Leñador: ¡Oh no, señor! Mi hacha es simplemente de hierro y ésta es de plata.
Genio: Está bien. Probaré de nuevo. A ver, a ver...; ya la tengo, aquí está. ¿Es ésta tu hacha, leñador?
Leñador: ¡Oh no, señor genio! Este hacha es de oro y la mía es de hierro.
Genio: Está bien. Probaré de nuevo. A ver, a ver...; aquí parece que hay algo afilado..., sí, sí ¡aquí hay otro hacha! ¿Es ésta tu hacha, leñador?
Leñador: Sí, señor, muchas gracias, ésta es mi hacha.
Genio: Eres un buen hombre y tu honradez bien merece un premio. Toma estas otras dos hachas: la de plata y la de oro. Además toma también esta bolsa ; cógela, está llena de monedas de oro; te la mereces por tu honradez.
Narrador: Tan feliz y contento marchó el leñador que al llegar a su casa contó a grandes voces a su mujer e hijos lo que le había pasado. Un vecino envidioso y egoísta oyó lo que decía, cogió su hacha y se dirigió al bosque. Directamente echó el hacha al río y comenzó a gemir.
Genio: ¿Qué te ocurre?
Vecino: ¡Ay, qué mala suerte tengo! Soy pobre y encima se me cae el hacha al río, maldita sea.
Genio: No maldigas, todo se puede arreglar. Verás la buscaré con mi brazo dentro del río. A ver, a ver...¡Ya la tengo! ¿Es ésta tu hacha, leñador?
Vecino: ¡Que va señor! Ese hacha es de plata y la mía, aunque sea pobre, es de oro.
Genio: ¡Ah sí! ¿Conque esas tenemos? Eres un egoísta y embustero. Ahora te quedarás sin nada, no tendrás ni hacha de plata, ni de oro, ni siquiera de hierro, porque yo no pienso tomarme la molestia de sacar del río la que acabas de tirar.

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domingo, 2 de agosto de 2015

El valiente Juan Chiruguete mata a ocho y espanta a siete.



A partir de 8 años.
El valiente Juan Chiruguete mata a ocho y espanta a siete
 (Cuento popular)
Narrador: En Soria había un zapatero remendón, que se pasaba el día arreglando zapatos sin ganar casi nada.
Un día estaba muy cansado y en una caja de betún cayeron mil moscas, le dio el zapatero un fuerte manotazo y mató ocho moscas y espantó siete. Enseguida cogió un papel y escribió este rótulo: “El valiente Juan de Chiruguete mata ocho y espanta siete.” Y se lo puso en el sombrero. Tan orgulloso estaba de su proeza que decidió cerrar la tienda y correr mundo.
Ya por la tarde llegó al palacio de un rey, y éste al verlo le dijo:

Rey: ¡Eh, buen hombre! ¿Es cierto que mataste a ocho y espantaste a siete? 
Juan: Sí, majestad, es cierto. 
Rey: ¿Y te atreverías a matar a un terrible gigante que vive en un cercano castillo y nos tiene a todos atemorizados? 
Juan: Señor, Juan Chiruguete, es capaz de todo. La duda ofende. Yo no tengo miedo a nada. ¿Es cierto, majestad, lo que he oído por ahí que quien mate al gigante se casará con la princesa, vuestra hija? 
Rey: Sí, es cierto. Y ahora... ¿qué te hace falta?  
Juan: Comer bien y diez monedas. No necesito más.  
Rey: Pero, Juan Chiruguete, ¿cómo vas a matar al gigante sin armas?
Juan: Si os lo dijera ahora sabríais igual que yo. A su debido tiempo ya os lo explicaré. Perdonad. 
Narrador: Al día siguiente, con las diez monedas compró una cuerda, un pájaro, un huevo y un moral. Luego se dirigió al castillo de su enemigo el gigante. Éste cuando se acercó le vio el letrero y se echó a reír:
Gigante: Con que mata ocho y espanta siete de un golpe, ¿eh? ¡Vaya una gracia! ¡Verás como te zampo de un solo bocado... 
Juan: Eso hemos de verlo. Si se cree tan listo, ¿por qué no acepta una apuesta? Veamos quién tira una piedra más lejana. 
Narrador: Tiró el gigante primero. Y cuando el gigante estaba mirando su piedra para ver donde caía, soltó don Juan el pájaro. El gigante se quedó con la boca abierta viendo cómo, lo que él creía una piedra, se perdía en la lejanía. Gigante: ¡Diablo, me has ganado, ratón! Bueno, veamos ahora a ver quién saca más agua de una piedra.
Narrador: Y fueron a ver quién sacaba más agua de una piedra. Cogió el gigante una piedra y la hizo pedazos apretándola. Juan sacó disimuladamente el huevo del morral y lo apretó también. Claro, como salía más agua del huevo, dijo el gigante admirado: 
Gigante: ¡Diablo, que me has ganado otra vez! 
Juan: Si todavía no está usted convencido de que a todo le gano, vamos a otra cosa. 
Gigante: Pues ahora vamos al que coma más gachas.  
Narrador: Y fueron al que comiera más gachas. El gigante hizo un puchero de gachas y se pusieron a comer. El gigante comía una barbaridad. Pero Juan se hacía el que comía y echaba las gachas en el morral que se había atado al cuello. Cuando el gigante se hartó: 
Gigante: Bueno, Juan Chiruguete, yo ya no como más. Y tú ¿qué tal estás de gachas? 
Juan: Cállese, hombre, que yo apenas voy comenzando a comer. 
Narrador: Y con las dos manos hacía que comía gachas, y las echaba en el morral. Y ya el gigante dijo: 
Gigante: ¡Basta ya, hombre del diablo! Ya me has ganado otra vez. Ahora vamos a la última. Vamos a correr, que a eso no me gana nadie. 
Juan: Está bien, pero en mi pueblo al pequeño siempre le dan ventaja y le dejan correr primero.  
Gigante: Está bien, te daré hasta aquel árbol de ventaja. ¡Vamos, empieza a correr! 
Narrador: Cuando Juan perdió de vista el gigante, comenzó a tirar las gachas de su morral por todo el camino. El gigante al ver las gachas en el suelo dijo: Gigante: ¡Pillastre, conque te has abierto la panza para sacar las gachas y así correr más aprisa. Ahora verás, yo haré lo mismo.
Narrador: Y el muy tonto sacó su cuchillo y se abrió la panza de arriba a bajo. Claro está, en menos de cinco minutos había muerto. Entonces salió Juan de su escondite, lo ató con la cuerda que llevaba y dejándolo tendido en el suelo, se encaminó hacia el palacio del rey. Cuando llegó éste le preguntó: 
Rey: Juan, ¿has matado al gigante?  
Juan: Sí, majestad, en medio del bosque está, atado y con las tripas al aire. Narrador: Entonces trajeron al gigante a palacio y el rey muy contento casó a su hija la princesa con Juan de Chiruguete. Éste muy contento no paraba de repetir: 
Juan: Yo soy Juan de Chiruguete, mata ocho y espanta siete. 
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viernes, 19 de junio de 2015

La roca del camino.


LA ROCA DEL CAMINO

Narrador: Había una vez un rey que estaba muy preocupado porque quería servir lo mejor posible a su pueblo. Como él no podía llevar solo el gobierno ideó un original método para encontrar a los mejores ministros.
Un día, el rey, con gran esfuerzo, empujó una enorme roca en medio de un camino. La reina, que le acompañaba y que al igual que él iba disfrazada para no ser reconocida, le preguntó extrañada.
Reina: ¿Por qué habéis colocado esa enorme piedra en medio del camino? Los caminantes tendrán que sortearla y los carros no podrán pasar.
Rey: Mi querida esposa, necesito un ministro que sea generoso y emprendedor. Para encontrarlo, he colocado esta roca obstaculizando el paso. He decido que quien la retire será el elegido.
Narrador: El rey y la reina se escondieron tras unos arbustos para observar qué ocurría sin ser vistos. Entonces pasó un rico mercader que muy indignado dijo en voz alta.
Mercader: ¿Qué hace aquí esta roca impidiendo el paso? ¡Qué escándalo! Si el rey supiese que yo tenía que pasar por aquí, habría mandado quitarla. En fin, la sortearé.
Narrador: El mercader sorteó la piedra sin más preocupación porque estorbase y se marchó. Al poco rato llegó una a dama elegantemente vestida.
Dama: ¡Oh...! ¿Y esto? ¡Una roca me impide el paso! Tendré que sortearla y… ¡se me estropeará la ropa!
Narrador: La dama también sorteó la roca y se alejó quejándose. Allí seguía la roca en medio del camino estorbando a todo el que pasaba; todos se quejaban, pero ninguno hacía nada.
Al caer la tarde pasó una pareja de ancianos. Él se ayudaba de un bastón para caminar mientras ella se apoyaba en su brazo.
Anciano: ¡Qué piedra tan grande! ¡Ya casi no tengo fuerzas para moverme! ¡No podremos retirar la piedra nosotros solos!
Anciana: ¡Es verdad, es demasiado pesada para nosotros!
Narrador: En ese momento pasó una joven campesina que al ver que intentaban mover la roca les dijo:
Campesina: Buenos días señores. ¿Les ocurre algo?
Anciano: Esta roca nos cierra el paso y no podremos atravesar los matorrales.
Anciana: ¡Tendremos que volver por donde hemos venido! ¡Con lo cansado que estamos…!
Campesina: Esperad un momento. Intentaré quitarla para dejar el camino libre. ¿Por favor, me deja su bastón?
Anciano: ¿Para qué lo necesitas?
Campesina: Para usarlo como palanca y así poder mover la roca.
Anciano: Eres una chica lista y generosa.
Campesina: ¡Uf, qué pesada es! ¡Uhmmm! ¡Ea, ya pueden pasar!
Narrador: En ese momento, salió el rey de los matorrales y acercándose a la campesina le dijo:
Rey: Buena mujer, quiero que sepas que soy el rey y eres la única que ha pensado en los demás y ha retirado el obstáculo del camino. Por ello quiero que vengas conmigo a palacio y seas mi ministra.
Narrador: Y así, mediante pruebas como esta, el rey y la reina fueron encontrando ministros capaces para el mejor gobierno de su reino, gentes que siempre pensaban en los demás.



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miércoles, 10 de junio de 2015

Rikki Tikki Tavi.


Rikki-tikki-tavi.
(Rudyard Kiplin. Adaptado)
Narrador: Ésta es la historia de la gran batalla que sostuvo Rikki-tikki-tavi, sin ayuda de nadie, en los cuartos de baño del gran bungalow que había en el acuartelamiento de Segowlee. Era una mangosta, parecida a un gato pequeño en la piel y la cola, pero mucho más cercana a una comadreja en la cabeza y las costumbres. Un día, una de las grandes riadas de verano la sacó de la madriguera en que vivía con su padre y su madre, y la arrastró a una zanja al borde de la carretera. Cuando se reanimó, estaba tumbada al calor del sol en mitad del sendero de un jardín, rebozada de barro, y un niño pequeño decía:
Teddy: Una mangosta muerta. Vamos a enterrarla.
Madre: No, vamos a meterla dentro para secarla. Puede que no esté muerta.
Narrador: La llevaron a la casa, y un hombre grande la cogió entre el índice y el pulgar y dijo que no estaba muerta, sino medio ahogada.
Padre: Ahora, no la asusten, y vamos a ver qué hace.
Narrador: Asustar a una mangosta es lo más difícil del mundo y Rikki-tikki hacía honor a su raza. Se puso a dar vueltas alrededor de la mesa; se sentó alisándose la piel y rascándose, y subió al hombro del niño de un salto.
Padre: No te asustes, Teddy. Eso es que quiere hacerse amiga tuya.
Teddy: ¡Ay! Me está haciendo cosquillas debajo de la barbilla y ahora me oliquea en la oreja.
Madre: Pero ¡bueno! ¿Y esto es un animal salvaje? Será que se está portando bien porque hemos sido amables con él.
Padre: Todas las mangostas son así. Si Teddy no la coge por la cola, o intenta meterla en una jaula, se pasará todo el día entrando y saliendo de la casa. Vamos a darle algo de comer.
Narrador: Le dieron un trocito de carne cruda. A Rikki-tikki le gustó muchísimo y entonces empezó a sentirse mejor.
Rikki: Aún me quedan tantas cosas por descubrir en esta casa, que los de mi familia tardarían toda una vida en conseguirlo. Pienso quedarme y enterarme de todo.
Narrador: Se dedicó a dar vueltas por la casa durante el resto del día. Al anochecer se metió en el cuarto de Teddy y cuando Teddy se metió en la cama, Rikki-tikki hizo lo mismo; pero era un compañero muy inquieto, porque tenía que estar levantándose toda la noche, cada vez que oía un ruido, para ver de dónde venía. A última hora, la madre y el padre de Teddy entraron a echar un vistazo a su hijo, y Rikki-tikki estaba despierta encima de la almohada.
Madre: Esto no me gusta. Puede que muerda al niño.
Padre: No va a hacer nada semejante. Teddy está más seguro con esa fierecilla que si tuviera a un sabueso vigilándolo. Si ahora mismo entrara una serpiente en este cuarto...
Madre: No me asustes, no quiero ni pensar en algo tan horrible.
Narrador: Por la mañana temprano, Rikki-tikki fue a la terraza a desayunar, montada sobre el hombro de Teddy. Después Rikki-tikki se fue al jardín para ver si había algo que mereciera la pena.
Rikki: Esto es un coto de caza espléndido.
Narrador: Correteó por todo el jardín, olisqueando por aquí y por allí hasta que oyó unas voces muy tristes que venían de un espino. Era Darzee, el pájaro tejedor, y su mujer, que estaban sentados en el borde del nido, llorando.
Rikki: ¿Qué ocurre?
Darzee: Estamos desolados. Uno de nuestros hijos se cayó del nido ayer, y Nag se lo comió.
Rikki: ¡Hmm!, eso es muy triste..., pero yo no soy de aquí. ¿Quién es Nag?
Narrador: Entonces fue saliendo de la hierba la cabeza y la capucha abierta de Nag, la enorme cobra negra, y miró a Rikki-tikki con esos ojos tan malvados que tienen las serpientes, que nunca cambian de expresión, piensen lo que piensen.
Nag: ¿Que quién es Nag? Yo soy Nag. ¡Mírame y tiembla!
Rikki: Bueno, ¿te parece bonito comerse a las crías que se caen de los nidos?
Narrador: Nag sabía que, si empezaba a haber mangostas en el jardín, acabaría significando una muerte segura para él y su familia, tarde o temprano, pero quería coger a Rikki-tikki desprevenida. Dejó caer un poco la cabeza hacia un lado.
Nag: Hablemos. Tú comes huevos. Y yo, ¿por qué no voy a poder comer pájaros?
Darzee: ¡Detrás! ¡Mira detrás de ti!
Narrador: Rikki-tikki dio un salto hacia arriba y justo por debajo de ella pasó silbando la cabeza de Nagaina, la malvada esposa de Nag. Rikki-tikki cayó casi encima de su espalda y, de haber sido una mangosta vieja, habría sabido que ése era el momento adecuado para romperle el espinazo de un mordisco. Mordió, pero no durante el tiempo suficiente, dejando a Nagaina herida y furiosa.
Nag: ¡Darzee! ¡Malvado! ¡Malvado!
Narrador: Nag y Nagaina desaparecieron entre la hierba. Rikki-tikki era consciente de ser una mangosta joven, y precisamente por ello, estaba muy satisfecha de haber esquivado un ataque por la espalda. Le dio confianza en sí misma, y cuando Teddy se acercó corriendo por el sendero, Rikki-tikki estaba dispuesta a dejarse acariciar.
Pero justo en el momento en que Teddy se agachaba, algo dio un respingo en el polvo, y su vocecita dijo:
Karait: ¡Cuidado! ¡Soy la muerte!
Narrador: Era Karait, la culebra diminuta de color marrón y cuyo mordisco es tan peligroso como el de la cobra. Rikki-tikki se lanzó, cayó encima de la serpiente, mordió lo más cerca de la cabeza que llegó, y se alejó rodando. Aquel mordisco dejó a Karait paralizada. Teddy se volvió hacia la casa, gritando:
Teddy: ¡Miren! ¡Nuestra mangosta está matando una serpiente!
Narrador: Aquella noche, en cuanto Teddy se durmió, fue a darse un paseo nocturno por la casa, y en la mitad de la oscuridad se encontró con Chuchundra, el ratón almizclero, correteando pegado a la pared. Chuchundra se pasa toda la noche lloriqueando y haciendo gorgoritos, intentando decidirse a salir al centro de la habitación, pero nunca consigue llegar.
Chuchundra: No me mates. Rikki-tikki, no me mates.
Rikki: ¿Tú crees que el que mata serpientes mata ratones almizcleros?
Chuchundra: Los que matan serpientes son matados por serpientes. ¿Y cómo voy a estar seguro de que Nag no me confunda contigo en una noche oscura?
Rikki: No hay ningún peligro; además, Nag está en el jardín, y sé que tú no sales nunca.
Chuchundra: Mi prima Chua, la rata, me ha dicho...
Rikki: ¿Te ha dicho qué?
Chuchundra: ¡Sssh! Nag está en todas partes, Rikki-tikki. Deberías haber hablado con Chua en el jardín.
Rikki: Pues no he hablado con ella..., así que tienes que decírmelo tú. ¡Rápido, Chuchundra, o te doy un mordisco!
Chuchundra: Soy un pobre desgraciado. Nunca he tenido el suficiente valor para salir al centro de la habitación. ¡Sssh! Es mejor que no te diga nada. ¿No oyes algo, Rikki-tikki?
Rikki: Es Nag o Nagaina y está deslizándose por la compuerta del cuarto de baño. Tienes razón, Chuchundra.
Narrador: Se dirigió sigilosamente al cuarto de la madre de Teddy. Oyó a Nag y Nagaina cuchicheando fuera, a la luz de la luna.
Nagaina: Cuando no quede gente en la casa, se tendrá que ir, y entonces volveremos a tener el jardín para nosotros solos. No hagas ruido al entrar, y recuerda que el hombre que mató a Karait es el primero a quien hay que morder. Luego sal a contármelo, y buscaremos a Rikki-tikki los dos juntos.
Nag: Pero ¿estás segura de que matar a la gente tiene alguna ventaja?
Nagaina: Por supuesto, Nag. Cuando no había gente en la casa, ¿teníamos una mangosta en el jardín? Mientras el bungalow esté vacío, seremos el rey y la reina del jardín; y recuerda que, cuando se abran los huevos que hemos puesto en el melonar (cosa que puede ocurrir mañana), a los pequeños les va a hacer falta más espacio y tranquilidad.
Nag: No había pensado en eso, Nagaina. Iré, pero no es necesario que busquemos a Rikki-tikki después. Yo voy a matar al hombre grande y a su mujer, y al niño si puedo, y a irme tranquilamente. Entonces el bungalow estará vacío, y Rikki-tikki se irá.
Narrador: Entonces apareció la cabeza de Nag por la compuerta de desagüe del cuarto de baño, con sus casi dos metros de cuerpo helado detrás. Nag se enroscó, levantó la cabeza, y miró al interior del cuarto de baño en la oscuridad, y Rikki vio cómo le brillaban los ojos.
Rikki: Bueno..., si lo mato aquí Nagaina se enterará: y si lucho con él en mitad de la habitación, todas las probabilidades están a su favor. ¿Qué debo hacer?
Nag: A ver..., cuando mataron a Karait, el hombre grande llevaba un palo. Puede que aún lo tenga, pero cuando venga a bañarse por la mañana no lo traerá. Voy a esperar aquí hasta que entre. Nagaina..., ¿me oyes? Voy a esperar aquí, al fresco, hasta que llegue el día.
Narrador: No hubo contestación desde fuera, por lo que Rikki-tikki supo que Nagaina se había marchado. Rikki-tikki se quedó tan quieta como un muerto. Al cabo de una hora empezó a moverse. Nag estaba dormido, y Rikki-tikki contempló su inmensa espalda, pensando en cuál sería el mejor sitio para dar un mordisco.
Rikki: Si no le parto el espinazo al primer salto, podrá seguir luchando, y, como luche..., ¡ay, Rikki! Tendrá que ser en la cabeza; en la cabeza, por encima de la capucha, y una vez que esté ahí, no debo soltar.
Narrador: Entonces se lanzó sobre la cabeza de Nag mordiéndola cada vez con más fuerza. Después se vio zarandeada de un lado a otro, como una rata cogida por un perro. Estaba mareada, dolorida, y le parecía estar hecha pedazos cuando, de repente algo estalló como un trueno justo detrás de ella. El hombre grande se había despertado con el ruido, y había disparado los dos cañones de una escopeta recortada justo detrás de la capucha de Nag.
Padre: Aquí tenemos a la mangosta otra vez, Alice; ahora nuestra amiga nos ha salvado la vida a nosotros.
Narrador: Al llegar la mañana, casi no podía moverse, pero estaba muy satisfecha de sus hazañas.
Rikki: Ahora tengo que arreglar cuentas con Nagaina, y va a ser peor que cinco Nags, y además, no hay manera de saber cuándo van a empezar a abrirse los huevos de los que hablaba. ¡Caramba! Tengo que hablar con Darzee.
Narrador: Sin esperar al desayuno, Rikki-tikki fue corriendo al espino, donde encontró a Darzee cantando una canción triunfal a pleno pulmón.
Rikki: ¡Bah, estúpido montón de plumas sin seso! ¿Crees que es éste momento para ponerse a cantar?
Darzee: ¡Nag está muerto..., muerto..., muerto! La valiente Rikki-tikki lo agarró por la cabeza y no lo soltó. ¡El hombre grande trajo el palo que hace ruido y Nag quedó partido en dos! No volverá a comerse a mis pequeños.
Rikki: Todo eso es cierto; pero ¿dónde está Nagaina?
Darzee: Nagaina llegó a la compuerta del cuarto de baño y llamó a Nag. Y Nag salió colgado de un palo, porque el hombre que barre lo cogió así y lo tiró al estercolero. ¡Cantemos a la gran Rikki-tikki, la de los ojos rojos!
Rikki: ¡Si pudiera llegar a tu nido, echaría al suelo todas tus crías! No sabes lo que hay que hacer, ni cuándo hacerlo. Tú estarás muy seguro ahí arriba, en tu nido, pero yo estoy en plena guerra. Deja de cantar un momento, Darzee.
Darzee: Por complacer a la grande y hermosa Rikki-tikki, pararé. ¿Qué quieres, justiciera de Nag, el Terrible?
Rikki: Por tercera vez, ¿dónde está Nagaina?
Darzee: En el estercolero, junto a los establos, llorando la muerte de Nag. ¡Qué grande es Rikki-tikki, la de los dientes blancos!
Rikki: ¡Vete a paseo con mis dientes blancos! ¿Sabes dónde guarda sus huevos?
Darzee: En el melonar, en el lado que está más cerca de la pared, donde da el sol durante todo el día. Los escondió allí hace semanas ya.
Rikki: ¿Y no se te había ocurrido que sería buena idea contármelo? ¿En el lado que está más cerca de la pared, has dicho?
Darzee: Rikki-tikki, ¡no irás a comerte los huevos!
Rikki: No; a comérmelos, precisamente, no. Darzee, si tienes una pizca de sentido común, irás volando a los establos y harás como si se te hubiera roto un ala, dejando que Nagaina te persiga hasta este arbusto. Yo tengo que llegar al melonar, pero si voy ahora me va a ver.
Narrador: Darzee era un animalillo con la cabeza llena de serrín. Pero su esposa era un pájaro sensato, y sabía que los huevos de cobra significaban cobras jóvenes al cabo de algún tiempo; por eso salió volando del nido dejando que Darzee se quedara dando calor a los pequeños y cantando sobre la muerte de Nag. Darzee se parecía bastante a un hombre en algunas cosas.
Ella se puso a revolotear delante de Nagaina, junto al estercolero, y gritó:
Esposa de Darzee: ¡Ay, tengo un ala rota! El niño de la casa me ha tirado una piedra y me la ha roto.
Nagaina: Tú avisaste a Rikki-tikki cuando yo iba a matarla. Y, la verdad sea dicha, has cogido un sitio muy malo para ponerte a cojear.
Esposa de Darzee: ¡El niño me la ha roto con una piedra!
Nagaina: Bueno, pues puede que te sirva de consuelo saber que, cuando estés muerta, yo arreglaré cuentas con ese niño. Mi marido yace en el estercolero esta mañana, pero, antes de que caiga la noche, el niño de la casa también yacerá inmóvil. ¿De qué sirve intentar escapar? Te voy a coger de todas formas. ¡Tonta! ¡Mírame!
Narrador: La mujer de Darzee era demasiado lista para hacerle caso, porque un pájaro que mira a una serpiente a los ojos se queda tan asustado que no puede moverse. Rikki-tikki las oyó y se apresuró hacia el lado del melonar que estaba más cerca de la pared. Allí, en un lecho de paja, hábilmente ocultos entre los melones, encontró veinticinco huevos más o menos del tamaño de los de una gallina, pero cubiertos de piel blanquecina en lugar de cáscara.
Rikki: Menos mal que he venido hoy.
Narrador: Rikki-tikki sabía que, en cuanto rompieran los huevos, ya tendrían fuerza para matar a un hombre o a una mangosta. Fue mordiendo la punta de cada huevo, asegurándose de aplastar las cobritas. En ese momento, oyó a la mujer de Darzee gritando:
Esposa de Darzee: Rikki-tikki, he llevado a Nagaina hacia la casa, y ha subido a la terraza, y, ay, ven corriendo... ¡Va a matar!
Narrador: Rikki-tikki con el último huevo que le quedaba por aplastar en la boca, rodó hacia atrás por el melonar dirigiéndose hacia la terraza todo lo deprisa que le permitían las patas. Teddy, su padre, y la madre, estaban sentados a la mesa para desayunar. Parecían estatuas, y tenían las caras blancas. Nagaina estaba junto a la silla de Teddy, tan cerca de la pierna desnuda del niño, que podía lanzarse sobre ella sin ningún esfuerzo.
Nagaina: Hijo del hombre grande que mató a Nag, no te muevas. Aún no estoy preparada. Espera un poco. Quédense muy quietos, los tres. Si se mueven, ataco, y si no se mueven, también ataco. ¡Ay, esta gente estúpida, que mató a mi Nag...!
Narrador: Teddy no apartaba los ojos de su padre, y éste no podía hacer más que susurrar:
Padre: Estate quieto, Teddy. No te muevas. Teddy, estate quieto.
Narrador: Entonces se acercó Rikki-tikki y gritó:
Rikki: Date la vuelta, Nagaina. ¡Date la vuelta y lucha!
Nagaina: Cada cosa a su tiempo. Voy a arreglar cuentas contigo en seguida. Mira a tus amigos, Rikki-tikki. Están quietos y blancos; tienen miedo. No se atreven a moverse y, si tú te acercas un paso más, los atacaré.
Rikki: Ve a ver tus huevos el melonar, junto a la pared. Ve a mirar, Nagaina.
Nagaina: ¡Aah! Dame ese huevo que llevas.
Narrador: Rikki-tikki puso las patas una a cada lado del huevo; tenía los ojos ensangrentados.
Rikki: ¿Cuál es el precio de un huevo de serpiente? ¿Y el de una cobra joven? ¿Y el de una cobra gigante joven? ¿y el de la última..., la ultimísima de una nidada? Las hormigas se están comiendo las demás ahí abajo, en el melonar.
Narrador: Nagaina giró en redondo, olvidándose de todo por aquel único huevo; y Rikki-tikki vio cómo el brazo del padre de Teddy salía disparado, agarraba al niño por el hombro y lo pasaba por encima de la mesa y de las tazas de té, poniéndolo fuera del alcance de Nagaina.
Rikki: ¡Te lo has creído! ¡Te lo has creído! ¡Te lo has creído! El niño está a salvo y fui yo..., yo, yo..., quien cogió a Nag por la capucha ayer por la noche, en el cuarto de baño. Me sacudió hacia todos lados, pero no logró librarse de mí. Estaba muerto antes de que el hombre grande lo volara en pedazos. Fui yo. ¡Rikki-tikki! Anda, ven, Nagaina. Ven a luchar conmigo. Ya te queda poco de ser viuda.
Nagaina comprendió que había perdido su oportunidad de matar a Teddy, y que el huevo estaba entre las patas de Rikki-tikki.
Nagaina: Dame el huevo, Rikki-tikki. Dame el último de mis huevos y me iré y no volveré jamás.
Rikki: Sí, te irás y no volverás nunca, porque vas a acabar en el estercolero, con Nag. ¡Lucha, viuda! ¡El hombre grande ha ido a buscar su escopeta! ¡Lucha!
Narrador: Rikki-tikki daba saltos alrededor de Nagaina sin parar, manteniéndose justo fuera de su alcance, y sus ojillos parecían un par de brasas. Rikki-tikki se había olvidado del huevo. Seguía encima de la terraza, y Nagaina se fue acercando a él poco a poco, hasta que finalmente lo cogió en la boca, se volvió hacia las escaleras de la terraza, y bajó por el sendero como una flecha. Cuando la serpiente se metió en la ratonera en que había vivido con Nag, la mangosta había logrado clavarle los dientes blancos en la cola; y bajó tras ella..., aunque hay muy pocas mangostas que se atrevan a seguir a una cobra al interior de su agujero. Éste estaba muy oscuro. Entonces la hierba que rodeaba la entrada del agujero dejó de moverse, y Darzee dijo:
Darzee: Estamos desolados.
Narrador: Pero la hierba empezó a moverse otra vez, y Rikki-tikki, cubierta de barro, se arrastró fuera del agujero, sacando las patas de una en una y relamiéndose los bigotes.
Rikki: Todo ha terminado. La viuda no volverá a salir. Ahora voy a volver a la casa. Cuéntaselo al Herrerillo, Darzee, que ya se encargará él de informar a todo el jardín sobre la muerte de Nagaina.
Narrador: Cuando Rikki llegó a la casa, Teddy, la madre y el padre de Teddy salieron y casi se pusieron a llorar encima de ella; y aquella noche comió todo lo que le dieron, hasta que ya no pudo más, y se fue a dormir montada en el hombro de Teddy, y allí estaba cuando la madre fue a echarle un vistazo a última hora.
Madre: Nos ha salvado la vida, y a Teddy también.
Padre: ¡Fíjate! ¡Nos ha salvado la vida a todos!
Narrador: Rikki-tikki se despertó, dando un respingo, porque todas las mangostas tienen un sueño ligero.
Rikki: Ah, son ustedes. ¿De qué se preocupan tanto? Todas las cobras están muertas, y, si queda alguna, aquí estoy yo. 
 

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miércoles, 6 de mayo de 2015

Molestón Verruga y los visitantes.


Molestón Verruga y los visitantes.
(Pilar Valdés)

Narradora: Molestón Verruga se llamaba así, porque tenía en la punta de su nariz, una verruga del tamaño de una oruga. A pesar de su aspecto, él a su verruga le tenía un enorme aprecio.
Vivía en un lugar llamado “Cuarto y Mitad”. Un lugar tan pequeño tan pequeño, que él era el único habitante. Aunque de vez en cuando pasaba por
allí, algún que otro visitante. “Cuarto y Mitad “ era muy singular. Cuando alguien llegaba, se agrandaba y cuando se marchaba, menguaba. Igual que un globo se inflaba y se desinflaba. Se inflaba y se desinflaba.
La casa de Molestón era muy pequeña. Tanto, que cuando dormía casi se
le salían las piernas. Y en la esquina de su casa había crecido una flor, que él
regaba cuando caía un chaparrón.
Era un día bastante soleado, Molestón con su verruga miraba al cielo con
los ojos guiñados. Se llevó una gran sorpresa al ver un pajarillo en su jaula
volando y este le preguntó a Molestón no precisamente cantando:
Pajarillo: Por favor ¿puede en su casa esconderme para que no puedan verme?
Molestón: ¡Pero no ves que mi casa es muy pequeña!
Pajarillo: Ni que yo fuera una cigüeña.
Narradora: Y sin muchas ganas Molestón, cogió la jaula por el asa y metió al pájaro en su casa. Un espantapájaros que pasaba por allí, preguntó a Molestón con cierto rentin-tin:
Espantapájaros: ¿Ha visto usted un pajarillo con su casa a cuestas?
Molestón: Por supuesto, por allí. No, por allí. No, no. Creo que se fue por allí.
Narradora: El espantapájaros mareado, de mirar por todos lados, salió de allí espantado. El pajarillo con su jaula se asomó y al ver que se había marchado, levantó el vuelo con tanto brío, que se fue de allí sin decir ni pío.
El día parecía movidito, ahora pasó por allí un cerdito y le dijo a Molestón:
Cerdito: Buenos días, ¿podría usted decirme si…?
Molestón: ¡Es usted un cerdo!
Cerdito: ¡Vaya! Por la forma de decirlo ha estado usted poco fino.
Molestón: Bueno, es usted un cochino.
Cerdito: Lo que le quería preguntar, que no me ha dejado terminar, es que me quedé dormido muy a gusto en un charco y al despertarme ¡me he llevado un chasco! ¡El charco ha desaparecido! ¿Sabe usted dónde se ha ido?
Molestón: ¡Por Dios! ¡Eso es que se ha secado el charco! Ahora habrá que esperar a que caiga algún chubasco!
Narradora: Y sin dar las gracias y con mucho tino se largo de allí el muy cochino. De pronto una cigüeña apareció y en el techo de la casa se posó.
Molestón: ¡¡Pero bueno esto qué es!! ¿Pues no parece que estoy en “el Arca de Noé”’?
Cigüeña: Por favor déjeme quedarme. Solo dormiré un poco, me iré al
despertarme.
Molestón: Muy bien, entonces tendrás que escuchar mis chistes de pasotas.
Cigüeña: ¿Te has creído que soy idiota? ¡Anda y cuéntale tus chistes, a mi prima la gaviota!
Narradora: Y sin más vacilación, alzó el vuelo la cigüeña y se marchó. Como solía ocurrir en “Cuarto y Mitad” se iba agrandado cuando los habitantes iban llegando y menguaba cuando se marchaban. A todo esto una mosca, se posó en su verruga del tamaño de una oruga.
Mosca: Disculpe, ¿podría decirme si ha visto una cagarruta de mi amiga, la vaca Cicuta?
Narradora: Y Molestón Verruga bizco perdido comenzó a dar chillidos.
Molestón: ¡¡Fuera de mí verruga mosca peluda!!
Narradora: La mosca se asustó tanto que se fue de allí zumbando.
Serpiente: Pzz. Pzz¡
Narradora: Molestón miró sus pies y vio a una serpiente sin su cascabel.
Serpiente: Perdone ¿ha vizzzto usted mi cazzzcabel? No zzé que pazza que lo
pierdo una y otra vez.
Molestón: ¡¡Pero bueno que os habéis creído, acaso tengo un cartel que diga “Aquí objetos perdidos”! ¡Sujétate bien la pieza, o lo que perderás será la cabeza!
Serpiente: Ezzzte hombre ezzzta loco perdido, que manera de dar chillidozzz.
Molestón: ¡Lo que estoy perdiendo es la paciencia! ¡A este paso de animales abriré una tienda!
Narradora: Y la serpiente en silencio y muy lentamente se fue de allí haciendo eses.
Nuevamente Molestón se llevó un gran susto, como si hubiera escuchado una traca. Ahora quien apareció a su lado era una vaca. Y allí se quedo parada, mirándole muy, muy descarada y sin decir nada. Por no decir no dijo ni “mu”.
Molestón: ¿A que vienes vaca? ¿Vienes a dar la lata?
Narradora: La vaca muy tranquila y a su bola le dijo moviendo su cola.
Vaca: ¿Ha visto usted una mosca que es muy bruta y muy tosca?
Molestón: ¡Ah!! ¿Con que tú eres la vaca Cicuta? ¡Pues la he mandado muy lejos a buscar tu cagarruta!
Narradora: Y con paso lento la vaca se marchó y en una fiesta con su cola se coló. Molestón con un humor de perros y de un lado para otro como si fuera un potro decía:
Molestón: ¡Esto no es lógico! ¿Habrá por aquí un zoológico?
Narradora: Y continuaron las sorpresas. De pronto apareció un conejo, que por su aspecto era sabio y muy viejo.
Molestón: ¡Vaya! Deje que adivine, usted quiere preguntarme si he visto su zanahoria, o… ¿se ha perdido y quiere saber por dónde se va a Soria?
Conejo: No que va, que va, lo que he perdido ha sido la memoria. Verá deje que le explique. Tengo una chistera y yo vivo dentro ella. El caso es que he ido a dar un paseo y sin darme cuenta, mire, aquí me veo. No se dónde estoy. Claro que a mis años, como...
Molestón: ¡Por favor quiere dejar de hablar! ¡La cabeza me va a estallar!
Conejo: Oiga, estoy viejo pero no sordo ¿Me permite un consejo de este conejo sabio y viejo? Esta usted muy acalorado, ande, váyase y tómese un helado.
Molestón: ¿Y este es el consejo de un conejo sabio y viejo? ¡Pues le voy a dar yo otro para que se vaya! ¡No muy lejos de aquí, si no me equivoco hay una playa!
Narradora: Con mucho atrevimiento y sin ningún complejo, continuó diciendo el señor conejo.
Conejo: Acabo de acordarme… Verá conozco una ferretería, vaya usted de
parte mía. Es de mi gran amigo “el grillo”, ande, vaya y dígale que le falta un tornillo.
Narradora: Molestón no daba crédito a sus oídos, iba a lanzarle otro de sus chillidos, cuando… quedó perplejo, como por arte de magia había desaparecido el conejo. Sollozando y sin consuelo decía:
Molestón: Esto es una pesadilla, prefiero mil, mil veces que me hagan cosquillas.
Narradora: Pero la cosa no acabó ahí. Molestón se quedó sin palabras ahora a su lado, había una cabra.
Cabra: ¿Perdone ha visto usted a un chivo?
Molestón: ¡Y a mi qué me dice! ¡Lárguese y pregunte usted en Lugo o en Vigo!
Cabra: ¡Es usted un mal educado!
Molestón: ¡Y usted una cabra loca!
Cabra: ¡Oh! ¡Retire esa palabrota!
Molestón: ¿Cuál? ¿Cabra o loca?
Narradora: Se quedó con la boca abierta y tan indignada que no supo decir nada, hasta que por fin dijo la cabra:
Cabra: ¡Pasapalabra!
Molestón: Muy bien, pues yo le digo ¡Que se vaya por donde ha venido!
Narradora: La cabra no se inmutó, como una estatua quieta se quedó.
Molestón: ¡¡Con que esas tenemos!! Pues utilizaré mi magia. ¡Abracadabra! ¡Abracadabra! ¡Que con sus patas tire al monte la cabra!
Narradora: De pronto se escuchó un berrido. Era su cabrito, que se había perdido. Y muy cabreada y sin mediar palabra, se fue con su chivo la cabra.
Molestón: ¡Esto es un sin vivir! ¡Me voy ahora mismo a mi casa a dormir!
Narradora: Y eso hizo. Con aire iracundo quedó Molestón Verruga sumido en un sueño profundo. Nadie lo diría. Con los ojos cerraditos ¡parecía un angelito! Entre tanto, del techo y con muchísimo sigilo, bajaba una araña pendiendo de un hilo. La araña que tenía mucha maña, se posó en su verruga. Molestón sintió tal picor, que sus ojos abrió.
Molestón: ¡Si no lo veo no lo creo! ¡Largo de mi verruga araña peluda!
Narradora: La araña no hizo caso, se quedó allí quieta, sin dar un paso. Y con una amplia sonrisa dijo sin ninguna prisa:
Araña: ¡Que ojos más grandes tienes!
Molestón: ¡Es para ver por donde vienes!
Araña: Y qué verruga más blandita.
Molestón: ¿¡Pues muy bien! ¡Ahora vete derecha a tu casita!
Araña: Pues ahora me quedo aquí. Esta verruga es para mí.
Molestón: ¡No es mía!
Araña: ¡Mía! ¡Mía!
Narradora: Comenzó así una lucha encarnizada por una verruga a una nariz pegada. Hasta que llegó un momento que frotándose los ojos y las pestañas se dio cuenta que no había ni tela, ni araña, que su verruga seguía ahí en la punta de su nariz. Todo lo ocurrido había sido un mal sueño y él de su verruga seguía siendo el dueño.
Molestón: ¡Oh, verruguita mía que terrible pesadilla! ¿Qué te parece si lo celebramos comiendo peladillas?
Narradora: Y colorado, colorín la historia de Molestón Verruga, ¿acabó por fin?


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