miércoles, 2 de mayo de 2018

El pájaro de fuego

El pájaro de fuego.
(Cuento popular ruso)
Narrador: En cierto reino vivía el zar Berendei con sus tres hijos. Poseía un hermoso jardín con un manzano que daba frutos de oro, pero sucedió que comenzaron a robarle las manzanas de oro por las noches. El zar redobló la vigilancia, pero nadie descubrió al ladrón. Sus tres hijos decidieron guardar el jardín, pero los dos mayores fracasaron. Cuando Iván, el menor de los hermanos, hizo su guardia permaneció totalmente despierto. Vio que un pájaro de fuego estaba posado en una rama del manzano y picoteaba las manzanas de oro.
Iván asió de la cola al ave, pero el pájaro de fuego se debatió con tanta fuerza que logró escapar, dejando en la mano del príncipe una pluma de su cola.
A la mañana siguiente, Iván se presentó ante su padre.
Zar Berendéi: Di, querido Iván, ¿has visto al ladrón?
Iván: No lo he atrapado, querido padre, pero sé ya quién comete fechorías en vuestro jardín. Aquí tienes un recuerdo del ladrón. Es el pájaro de fuego.
Zar Berendéi: Queridos hijos ¿por qué no vais a recorrer el mundo hasta encontrar al pájaro de fuego? Si no lo hacéis así, cualquier día volverá por aquí a robarme mis manzanas.
Narrador: Los hijos se pusieron en camino, cada uno en una dirección. Iván cabalgó mucho tiempo y llegó a una encrucijada. Allí, en un mojón de piedra, estaba escrito:
Iván: “Aquel que siga por el camino de en medio, sufrirá frío y hambre; el que coja el de la derecha, saldrá sano y salvo, pero perderá su caballo; y el que vaya por el de la izquierda, será asesinado, pero su caballo vivirá.”
Narrador: Iván tomó el camino de la derecha. Poco después su caballo fue ferozmente atacado y degollado por un lobo gris que desapareció en la espesura. Al anochecer, el gran lobo gris surgió del bosque:
Lobo: ¿Por qué, Iván, te veo tan triste, tan abatido?
Iván: ¿Cómo no voy a estarlo, lobo gris? Me he quedado sin mi buen caballo.
Lobo: Tú fuiste quien escogió este camino. Sin embargo me da pena verte tan cabizbajo. Dime ¿qué te lleva tan lejos? ¿A dónde vas?
Iván: Mi padre, el zar Berendei, me ha enviado a recorrer el mundo en busca del pájaro de fuego.
Lobo: En tu buen caballo no hubieras encontrado el pájaro de fuego en tres años. Sólo yo sé dónde anida y sólo yo puedo ayudarte a atraparlo. En fin, ya que me he comido tu caballo, te serviré fielmente. Monta en mi lomo y sujétate con fuerza.
Narrador: Cruzaron bosques y lagos y, por fin, llegaron a una fortaleza de altas murallas. El lobo se detuvo y dijo:
Lobo: Escúchame y recuerda bien lo que te digo. Salta la muralla y en un palacete verás una ventana en la que hay una jaula de oro con el pájaro de fuego. Toma el pájaro pero no toques la jaula o te sucederá una gran desgracia.
Narrador: Todo lo realizó como dijo el lobo pero, cuando vio la jaula, Iván fue tentado por la codicia...
Iván: ¿Acaso puedo dejar aquí una jaula tan preciosa?
Narrador: En cuanto sus dedos la rozaron, la guardia se despertó, lo apresaron y fue llevado ante el zar Afrón.
Zar Afrón: ¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿De qué padre eres hijo?
Iván: Me llamo Iván, hijo del zar Berendéi. Tu pájaro de fuego acostumbra robar las manzanas de oro del jardín de mi padre. Él me envió a buscarlo y atraparlo.
Zar Afrón:¡Qué vergüenza! ¡El hijo de un zar metido a ladrón! Si me prestas un servicio, te perdonaré e incluso te daré el pájaro de fuego. Tendrás que cruzar los veintinueve países, hasta llegar al trigésimo, donde reina el zar Kusmán, y traerme su caballo de crines de oro.
Narrador: En poco tiempo el lobo gris llevó a Iván a la fortaleza del zar Kusmán.
Lobo: Salta el muro, Iván. La guardia está durmiendo. Ve a la cuadra y saca de allí el caballo, pero ten buen cuidado de no tocar la brida, o volverá a sucederte una gran desgracia.
Narrador: Pero, de nuevo, la brida de oro despertó la codicia de Iván y al tocarla la guardia despertó y lo llevaron ante la presencia del zar. Éste, cuando supo quien era, le propuso un trato.
Zar Kusmán: ¡Si hubieras venido a mi encuentro honradamente, yo, por respeto a tu padre, te hubiera regalado mi caballo! En fin, te perdonaré si me prestas un servicio. El zar Dalmat tiene una hija que se llama Elena la Hermosa. Tráela aquí y te daré el caballo de crines de oro con su brida.
Narrador: Cuando regresó a donde lo esperaba el lobo...:
Lobo: Yo me desvivo por servirte y tú lo echas todo a perder! Esta vez, Iván, iré yo mismo a buscar a la princesa. Tú emprende el regreso, que pronto te daré alcance.
Narrador: Poco después, el lobo gris asió de sus ropas a Elena la Hermosa y dio alcance a Iván. Por fin, llegó con Elena la Hermosa e Iván al reino del zar Kusmán. El lobo le preguntó ...:
Lobo: ¿Por qué te veo tan triste y abatido, Iván?
Iván: ¿Cómo quieres que no esté triste, lobo gris? ¡Amo a Elena la Hermosa con todo mi corazón! ¿Acaso puedo cambiarla por un caballo?
Lobo: No te separaré de tu amada. Voy a transformarme en Elena y tú me entregarás al zar Kusmán. Mientras, la princesa te aguardará en este bosque y, cuando tengas el caballo de crines de oro, vendrás a buscarla. Partid enseguida los dos, que yo me reuniré con vosotros un poco más tarde.
Narrador: Escondieron a Elena en una cabaña. El lobo, tras dar una voltereta, se convirtió en Elena la Hermosa e Iván la llevó ante el zar Kusmán.
Zar Kusmán: Te agradezco mucho, Iván Zarévich, que me hayas traído la novia. Toma el caballo de crines de oro con su brida.
Narrador: Sólo quedaba dirigirse al reino del zar Afrón para entregarle el caballo a cambio del pájaro de fuego. Iván se encaprichó esta vez con el corcel de las crines de oro. El lobo gris de transformó en el caballo y fue llevado ante el zar Afrón. Éste, tomándolo por auténtico, entregó el pájaro de fuego a Iván que pronto se reunió en el bosque con Elena y el corcel verdadero. Por su parte, el lobo, en la primera oportunidad, transformado en caballo, se encabritó, el zar saltó de la silla y cayó de cabeza en un cenagal. En lugar de un caballo con las crines de oro, fue un lobo gris el que se dio a la fuga.
Iván se casó con Elena la Hermosa y vivieron muchos años felices, tan unidos que no podían pasar ni un minuto el uno sin el otro.


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martes, 1 de mayo de 2018

Piojito y Pulguita



Piojito y pulguita.
(Grimm)
Narrador: Un piojito y una pulguita vivían juntos en el mismo hogar y estaban fabricando cerveza en una cáscara de huevo. El piojito entonces cayó dentro y se abrasó. La pulguita al verlo se puso a gritar. La pequeña puerta del cuarto dijo entonces:
Puerta: ¿Por qué gritas, pulguita?
Pulguita: Porque el piojito se ha abrasado.
Narrador: La puertecita se puso a chirriar. Habló entonces una escobita que había en un rinconcito:
Escoba: ¿Por qué chirrías, puertecita?
Puerta: ¿Cómo no voy a chirriar si el piojito se ha abrasado y la pulguita está llorando?
Narrador: Así, la pequeña escoba se puso a barrer terriblemente. Pasó entonces por allí un carrito y dijo:
Carro: ¿Por qué barres, escobita?
Escoba: ¿Cómo no voy a barrer si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando y la puertecita chirriando?
Narrador: El carrito dijo entonces que iba a correr terriblemente, y se puso a correr terriblemente. Pasó corriendo junto al montoncito de estiércol y éste dijo:
Estiércol: ¿Por qué corres, carrito?
Carro: ¿Cómo no voy a correr si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando y la escobita barriendo?
Narrador: El montoncito de estiércol dijo entonces que iba a empezar a arder, y se puso a arder terriblemente. Había allí un arbolito que le dijo:
Árbol: Montoncito de estiércol, ¿por qué ardes?
Estiércol: ¿Cómo no voy a arder si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo y el carrito corriendo?
Narrador: Entonces el arbolito dijo que se iba a sacudir, y se sacudió y perdió todas sus hojas. Aquello lo vio una muchachita que llevaba un cantarito y dijo:
Muchacha: Arbolito, ¿por qué te sacudes?
Árbol: ¿Cómo no me voy a sacudir si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo, el carrito corriendo y el montoncito de estiércol ardiendo?
Narrador: La muchachita dijo que iba a hacer pedazos su cantarito e hizo pedazos su cantarito.
Fuente: Muchachita, ¿por qué haces pedazos tu cantarito?
Narrador: Dijo entonces la fuentecita.
Muchacha: ¿Cómo no voy a hacer pedazos mi cantarito si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo, el carrito corriendo, el montoncito de estiércol ardiendo y el arbolito sacudiéndose?
Fuente: Ay, pues entonces yo me voy a desaguar.
Narrador: Y se puso a desaguarse tan terriblemente que se ahogaron todos: la muchachita, el arbolito, el montoncito de estiércol, el carrito, la escobita, la pulguita y el piojito.

El audio de este cuento lo tienes aquí.

El hombrecito de mazapán


 
El hombrecito de mazapán.

Narrador: Había una vez un viejecito y una viejecita que se sentían muy solos porque no tenían hijos.
Un día la viejecita hizo un Hombrecito de Mazapán. Su chaquetita la hizo de chocolate y el gorro y los zapatos de azúcar reluciente.
Había acabado de poner pasas negras para hacer los botones de su chaquetita... cuando el Hombrecito saltó y salió corriendo de la casa, hacia el jardín y la calle.
El viejecito y la viejecita le persiguieron hasta el final del pueblo... pero él, riéndose, gritó:
Hombrecito: ¡Corred, corred lo más rápido que podáis! ¡No me podréis coger, pues soy el Hombre de Mazapán!
Narrador: Y no le pudieron coger. El Hombrecito de Mazapán pasó junto a una vaca blanca y negra que pasaba cerca del camino.
Vaca:¡Detente, Hombrecito de Mazapán! ¡Me gustaría comerte!
Narrador: Pero el Hombrecito se alejó corriendo y riéndose:
Hombrecito: Me he escapado de un viejecito y una viejecita, y también podré escaparme de ti. ¡No me podrás coger, pues soy el Hombre de Mazapán!
Narrador: Y la vaca no pudo cogerle. El Hombrecito de Mazapán corrió y corrió hasta que llegó a una granja en donde había algunos granjeros trabajando. Cuando le vieron, pararon de trabajar y le dijeron:
Granjero: Espera un poco Hombrecito de Mazapán, nos gustaría poderte comer.
Hombrecito: ¡Me he escapado de una viejecita, de un viejecito y de una vaca, y también podré escaparme de vosotros! ¡Corred, corred lo que podáis! ¡No me podréis coger, pues soy el Hombrecito de Mazapán!
Narrador: Entonces pensó que nadie podría cogerle, así que cuando un zorro comenzó a perseguirle en el bosque, él se rió:
Hombrecito: Me he escapado de una viejecita, un viejecito, una vaca y de una granja llena de granjeros. ¡Y también podré escaparme de ti! ¡Corre, corre lo que más puedas! ¡No podrás cogerme, pues soy el Hombrecito de Mazapán!
Narrador: Luego llegó a la orilla de un río y vio que no podía cruzarlo nadando.
Zorro: Salta sobre mi cola, yo te cruzaré.
Narrador: Cuando se habían alejado un poco de la orilla, le dijo el zorro:
Zorro: ¡Eres muy pesado para mi cola, Hombrecito de Mazapán, salta sobre mi lomo! Creo que ahí te estás mojando, salta sobre mi hombro. Oh, mi hombro se está hundiendo; ponte en mi nariz.
Narrador: Y el Hombrecito de Mazapán se colocó con cuidado sobre la nariz del zorro.
En aquel momento llegaron a la otra orilla del río, cuando de repente el zorro echó hacia atrás su cabeza... ¡para dar un mordisco!
Hombrecito: ¡Oh, soy una cuarta parte menos! ¿Cómo?, ¡ahora ya soy la mitad menos! ¡Por todos los cielos, ahora soy tres cuartas partes menos!
Narrador: Y después de esto, el Hombrecito de Mazapán nunca volvió a decir una sola palabra más.

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Las tres hojas de la serpiente


Las tres hojas de la serpiente.
(Hermanos Grimm)
Narrador: Vivía una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. Díjole entonces éste:
Hijo: Padre mío, estáis muy necesitado, y soy una carga para vos. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.
Narrador: El padre le dio su bendición y se despidió con honda tristeza.
El joven se alistó en el ejército y partió para la guerra.
Hijo: ¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!
Narrador: Fue tal su arrojo y valentía en el campo de batalla que el rey, al saber que sólo gracias a él se debió la derrota del enemigo, lo recompensó nombrándolo el primero del reino.
Tenía el monarca una hija hermosísima, pero muy caprichosa. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido, que no prometiese antes que, en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura:
Princesa: Si de verdad me ama, ¿para qué querrá seguir viviendo?.
Narrador: Por su parte, ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes el marido. Tal condición había ahuyentado a todos los pretendientes; pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, la pidió a su padre, el rey.
Rey: ¿Sabes la promesa que has de hacer?
Hijo: Que debo bajar con ella a la tumba, si muere antes que yo. Tan grande es mi amor, que no me arredra este peligro.
Narrador: Consintió entonces el Rey, y se celebró la boda. Vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Cuando hubo muerto, su esposo recordó la promesa que había hecho. Le horrorizaba la
idea de ser sepultado en vida; pero no había escapatoria posible. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil pensar en la huida. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta de piedra.
Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Cuando hubiera consumido aquellas vituallas, habría de morir de hambre y sed.
Una vez que tenía la mirada fija en la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó:
Hijo: ¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!
Narrador: Y la partió en tres pedazos. Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta y despedazada. Pero regresó a los pocos momentos, llevando en la boca tres hojas verdes. Cogió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al príncipe se le ocurrió que quizás las milagrosas hojas tendrían también efecto sobre las personas. Las recogió y aplicó una en la boca de la difunta, y las dos restantes, en sus ojos. Y he aquí que apenas lo hubo hecho, la sangre empezó a circular y restituyó al lívido rostro su color sonrosado. Respiró la muerta y, abriendo los ojos, dijo:
Princesa: ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
Hijo: Estás conmigo, esposa querida.
Narrador: Luego se dirigieron a la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuertemente, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó personalmente a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida. Todos se alegraron sobremanera ante la inesperada solución del triste caso. El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:
Hijo: Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarlas!
Narrador: Sin embargo, se produjo un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, quiso él emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre, y los dos esposos embarcaron. Ya en la nave, comenzó a sentir inclinación hacia el piloto que los conducía. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, cogiendo ella a su marido por la cabeza y el otro por los pies, lo arrojaron al mar. Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:
Princesa: Regresemos ahora a casa; diremos que murió en ruta. Yo te alabaré ante mi padre en términos tales, que me casará contigo y te hará heredero del reino.
Narrador: Pero el fiel criado, que había asistido a la escena, bajó al agua un botecito sin ser advertido de nadie, sacó del agua el cuerpo del ahogado, y, con ayuda de las tres hojas milagrosas que llevaba consigo lo restituyó felizmente a la vida.
Los dos remaron con todas sus fuerzas y llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Éste, al conocer la perversidad de su hija, dijo:
Rey: No puedo creer que haya obrado tan criminalmente; mas pronto la verdad saldrá a la luz del día.
Narrador: Poco después llegó el barco, y la princesa se presentó ante su padre con semblante de tristeza.
Rey: ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
Princesa: ¡Ay, padre querido! Ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte, y puede contároslo todo.
Rey: Voy a resucitar al difunto.
Narrador: Y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres. Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón. Pero el Rey dijo:
Rey: No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te restituyó la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.
Narrador: Fue embarcada junto con su cómplice en un navío perforado y llevada a alta mar, donde muy pronto los dos fueron tragados por las olas.



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El maestro sufí


El maestro sufí.
(Jorge Bucay, adaptado)

Narradora: El maestro sufí contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían el sentido de la misma. Una tarde, uno de ellos, le dijo con cierto enfado:
Alumno: Maestro, tú nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado...  
Maestro: Pido perdón por eso. Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico melocotón. 
Alumno: Gracias maestro. 
Maestro: Quisiera, para agasajarte, pelarte tu melocotón yo mismo. ¿Me permites? 
Alumno: Sí. Muchas gracias, maestro. 
Maestro: ¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano un cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo...?  
Alumno: Me encantaría... Pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro. 
Maestro: No es un abuso si yo te lo ofrezco. Solo deseo complacerte. Permíteme que te lo mastique antes de dártelo...
Narradora: El discípulo se quedó sorprendido ante aquella propuesta tan grosera del maestro, impropia de una persona educada como él.
Alumno: No, maestro. ¡No me gustaría que hicieras eso!  
Narradora: El maestro hizo una pequeña pausa, apartó la vista del alumno con el que había estado departiendo y mirando al conjunto de la clase, dijo: Maestro: Si yo les explicara el sentido de cada cuento... sería como darles a comer una fruta masticada.

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El porquerizo


El porquerizo.
(Christian Andersen)

Narrador: Érase una vez el príncipe de un reino muy pequeño que deseaba casarse. Era bastante osado y se propuso pedírselo a la hija del emperador. Entonces, pensó qué debía enviarle algunos presentes para obsequiarla y así poder llamar su atención.
Príncipe: ¡Decidido, sí! No encontrará fragancia más suave que la rosa que da el rosal que crece sobre la tumba de mi padre. Ah, y también le enviaré mi ruiseñor, su canto le entusiasmará.
Narrador: Los regalos fueron llevados al salón del palacio en dos grandes cajas de plata. La princesa, que se encontraba allí con sus damas y su padre, el emperador, estaba ansiosa por abrirlos:
Princesa: ¡Cuánto me gustaría que fuese un pequeño gatito! ¡Oh, qué desilusión es una rosa!
Dama: ¡Qué linda es!
Emperador: Es más que bonita, ¡es hermosa!
Todos: ¡Hermosa!
Narrador: Dijeron las damas y el emperador, pero a la princesa algo le molestó
Princesa: ¡Ay, papá, qué lástima! ¡No es artificial, sino natural!
Dama: ¡Qué lástima! ¡Es natural!
Emperador: Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja.
Narrador: Y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.
Emperador: Este pájaro me recuerda la caja de música de mi difunta esposa, la emperatriz. Es la misma melodía, el mismo canto. ¡Oh, cuánto la echo de menos...!
Princesa: Espero que este pájaro no sea natural, ¿verdad?
Emperador: Pues, sí que lo es; es un pájaro de verdad.
Princesa: Entonces, dejadlo en libertad. Ah, y decidle al mensajero que ha traído los regalos... que no quiero ver a su príncipe.
Dama: ¡Un pájaro de verdad y una rosa natural, ¡qué vulgaridad! Este príncipe ha de ser muy inculto y maleducado.

Narrador: Pero el príncipe no se dio por vencido. Se embadurnó la cara de color terroso y, calándose un sombrero hasta las orejas, se presentó en la escalinata que daba acceso al palacio donde casualmente tomaba el sol el emperador.
Príncipe: Buenos días, señor Emperador. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?
Emperador: Bueno. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos, muchos cerdos.
Narrador: Y así pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un mísero cuartucho junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Se pasaba el día trabajando, y al anochecer elaboraba un pucherito, rodeado de cascabeles; tan pronto el pucherito rompió a hervir las campanillas tocaron una vieja melodía:

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.


He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo:
Princesa: ¡Es mi canción favorita! Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.
Dama: Como dispongáis mi señora, pero antes me calzaré estos zuecos. Eh, tú, porquero, ¿cuánto pides por tu puchero?
Príncipe: Diez besos de la princesa.
Dama: ¡Dios nos asista!
Príncipe: Éste es el precio, no puedo rebajarlo.
Princesa: ¿Qué te ha dicho?
Dama: No me atrevo a repetirlo. Es demasiado indecente.
Princesa: Entonces dímelo al oído.
Dama: (Bisbiseo).
Princesa: ¡Oh, qué grosero! ¡Vámonos!

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.

Escuchad, suena otra vez mi canción. Ve de nuevo y pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.
Narrador: Pero su respuesta fue...:
Príncipe: Muchas gracias. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.
Princesa: ¡Es un fastidio! Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.
Narrador: Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.
El porquerizo no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses del mundo.
Un día al pasar por el lugar... (suena una carrañaca seguida de vals)
Princesa: ¡Oh, esto es magnífico! ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?
Dama: Esta vez, ¡pide cien besos de la princesa!
Princesa: ¡Este hombre está loco! Pero hay que estimular el Arte. Por algo soy la hija del Emperador. Está bien, poneos delante de mí como la otra vez Dile que le daré diez besos, como la otra vez.
Narrador: Y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla. En ese momento el Emperador salió al balcón para tomar algo de aire fresco y se caló las lentes.
Emperador: ¿Qué alboroto hay en la pocilga? Las damas de la Corte que cestán haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.
Dama: Ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis...
Narrador: El Emperador llegó a donde estaban las damas y al contemplar la escena entró en cólera y golpeó a su hija con la zapatilla en la cabeza.
Emperador: ¿Qué significa esto? ¡Qué besuqueo es éste! ¡Fuera todos de aquí! ¡No quiero volver a verte jamás! ¡Fuera de mi reino, hija infame! ¡Y vosotras también! ¡Fuera de mi vista todo el mundo!
Narrador: Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.
Y he aquí a la princesa llorando, mientras llovía a cántaros.
Princesa: ¡Ay, mísera de mí! ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!
Narrador: Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe.
Príncipe: Ahora sé que mereces todo mi desprecio. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, pero sí creíste que, para divertirte, podías besar al porquerizo; ¡puesto esto es lo que has salido ganando!
Narrador: Y una vez hubo pronunciado estas palabras, le dijo adiós para siempre y regresó a su reino, mientras ella se quedó allí sola y abandonada.

El audio de este cuento lo tienes aquí.


El hueso cantor

El hueso cantor.
(Grimm)
Narrador: Había una vez gran alarma en un país por causa de un jabalí que asolaba los campos, destruía el ganado y clavaba a las personas sus colmillos. El Rey prometió una gran recompensa a quien librase al país de aquel azote; pero la fiera era tan corpulenta y forzuda, que nadie se atrevía a acercarse al bosque donde tenía su morada. Finalmente, el Rey hizo salir a un pregonero diciendo que otorgaría por esposa a su única hija a aquel que capturase o diese muerte a la alimaña.
Vivían a la sazón dos hermanos en aquel reino, hijos de un hombre pobre, que se ofrecieron a intentar la empresa. El mayor era astuto y listo; y el menor, ingenuo y de buen corazón. Dijo el Rey:
Rey: Para estar seguros de encontrar el animal, entraréis en el bosque por los extremos opuestos.
Narrador: El mayor entró por el lado de Poniente, y el menor, por el de Levante. Al poco rato de avanzar éste, acercósele un hombrecillo que llevaba en la mano un pequeño venablo, y le dijo:
Hombrecillo: Te doy este venablo porque tu corazón es inocente y bondadoso. Con él puedes enfrentarte sin temor con el salvaje jabalí; no te hará daño alguno.
Narrador: El muchacho dio las gracias al hombrecillo y, echándose el arma al hombro, siguió su camino sin miedo. Poco después avistó a la fiera, que corría furiosa contra él; pero el joven le presentó la jabalina, el animal embistió ciegamente y se atravesó el corazón con el arma. El muchacho se cargó la fiera a la espalda y se volvió para presentarla al Rey.
Al salir del bosque, encontró en la puerta de una taberna a su hermano que se divertía con más gente bailando y empinando el codo. Al ver a su hermano menor que salía del bosque con el jabalí a cuestas, su envidioso y perverso corazón no le dejó ya un instante en reposo.
Hermano mayor: Ven, hermano, descansarás un poco y te reanimarás con un vaso de vino.
Narrador: El pequeño, que no pensaba mal, entró y le contó su encuentro con el hombrecillo que le había dado la jabalina para matar el jabalí.
El mayor lo retuvo hasta el anochecer, y entonces partieron los dos juntos. Al llegar, ya oscurecido, a un puente que cruzaba el río, el mayor hizo que el otro pasara delante, y cuando estuvo en la mitad, le asestó a traición un fuerte golpe y lo mató. Lo enterró bajo el puente y, cargando con el jabalí, lo llevó al Rey, afirmando que lo había cazado y muerto, hazaña por la cual obtuvo la mano de la princesa. Al extrañarse la gente de que no regresara el hermano, dijo:
Hermano mayor: Seguramente que el animal lo habrá despedazado.
Narrador: Y todo el mundo lo creyó así. Pero como la verdad lucha por no quedar oculta, también aquella negra fechoría hubo de salir a la luz. Unos años más tarde, un pastor que conducía su rebaño por el puente vio abajo, entre la arena, un huesecillo blanco como la nieve, y pensó que con él podría fabricarse una boquilla para su flauta. Así lo hizo, y al probar el instrumento con la nueva pieza, el huesecillo se puso a cantar, con gran asombro del pastor:


"Ay, amable pastorcillo,
que soplas mi huesecillo,
mi hermano me ha matado
y bajo este puente enterrado.
El jabalí se llevaba
y la princesa me robaba."
Pastor: ¡Vaya un cuerno prodigioso, que canta solo! Voy a llevarlo al Rey.
Narrador: No bien hubo llegado a presencia del Rey, el cuerno volvió a entonar su canción. El Rey, comprendiendo el sentido, mandó excavar la tierra debajo del puente y apareció el esqueleto entero del asesinado. El mal hermano no pudo negar el hecho. Lo cosieron en un saco y lo echaron al río para que muriera ahogado. Los huesos del muerto fueron depositados en el cementerio y allí reposan en paz.


El audio de este cuento lo tienes aquí.