martes, 7 de mayo de 2013

El peral de la tía Miseria.

El peral de la tía Miseria.

La tía Miseria era una mujer pobre y vieja, muy muy vieja. Pero ella no quería morirse. Vivía en una choza a las afueras del pueblo y no tenía más que un peral a la puerta de su casa. Pero ocurría que, como las peras eran tan buenas, los chicos del pueblo venían y se las robaban y ella sólo podía recoger las que dejaban.
Un día apareció a la puerta de su casa un pobre y la tía Miseria lo invitó a pasar y a compartir unas sopas de pan que había hecho. Luego, le cedió su jergón para que durmiera en su casa.
A la mañana siguiente, cuando la tía Miseria vio que el pobre se levantaba ya para marcharse, le dijo:
Miseria: Espere usted, que voy al pueblo a buscar unos pedazos de pan que me habían prometido ayer y los traigo para que se vaya usted desayunado.

El pobre se negó y la tía Miseria insistió tanto que al final se vio obligado a decirle que él era en realidad un santo del cielo y que Dios le había mandado al mundo para ver cómo se ejercía la caridad y que, haciendo este encargo, había dado con ella. Y le dijo:

Pobre: En vista de tu bondadoso corazón voy a concederte una gracia, la que tú me pidas.
Miseria: Verá usted, le voy a pedir una gracia: que siempre que alguien se suba al peral a comerse mis peras, no pueda volver a bajar de él sin que yo se lo mande.
Pobre: Sea; concedido.

Desde entonces, después de un par de escarmientos, no volvieron a quitarle una pera. Y, así pasaron los años y la tía Miseria cumplió más de noventa.
Un día llegó a la puerta de su casa uno que parecía hombre y mujer, cubierto con una gran capa negra y con una guadaña al hombro y le dijo a la tía Miseria:
Muerte: Vamos, Miseria, que ha llegado tu hora.
La tía Miseria reconoció en seguida a la Muerte. Y empezó a protestar:
Miseria: ¡Mira tú! Ahora que estaba pasando unos años tranquila, ahora que estoy viviendo yo tan a gusto con mis cuatro cosas, quieres que te acompañe. Pues no me quiero morir.
Porfió la tía Miseria, pero al fin vio que no podía esquivarla y entonces le dijo a la Muerte:
Miseria: Bueno, está bien, ya me voy; pero, mientras me arreglo, haz el favor de cogerme esas cuatro peras que quedan en el peral, que las quiero para el camino.
La Muerte accedió y se subió al árbol a coger las peras; y al ir a bajar vio que no podía y que se había quedado agarrada a él. Hizo todos los esfuerzos que sabía, pero nada, allí se quedó. Y la tía Miseria, que la observaba desde el ventanuco, le gritó:
Miseria: Ahí te quedas tú y aquí me quedo yo, que sin mi permiso no puedes bajar.
Así pasaron otros pocos años y, entretanto, en el mundo empezó a sentirse la ausencia de la Muerte y nadie se moría. Los viejos se hacía más viejos, pero ninguno moría. No se moría la gente ni en las guerras. Los que, desesperados, se suicidaban, sólo quedaban malheridos. Había muchos enfermos que pedían a los médicos que los mataran y los médicos, a su vez, no podían con todos y andaban buscando algún modo de que se muriese la gente. La desesperación era muy grande y cada vez aumentaba más y muchísima gente odiaba la vida y trataba de deshacerse de ella. Pero no había manera, porque la Muerte estaba colgada del peral de la tía Miseria.
Entonces los médicos tomaron la decisión de encontrar a la Muerte donde fuera y se esparcieron por todo el mundo a buscarla. Uno de ellos acertó a pasar cerca de la choza de la tía Miseria. Y al verlo, la muerte le llamó:
Muerte: ¡Eh, tú, médico!
El médico la reconoció de inmediato:
Médico: ¡Vaya, vaya, al fin, mi amiga la Muerte! Sabrás que te andamos buscando por medio mundo.
Muerte: Sácame de aquí, que estoy atrapada en el peral.
El médico, ni corto ni perezoso, se subió al árbol para ayudar a la Muerte y quedó preso él también. Y así estuvo día y noche junto a la Muerte hasta que sus familiares lo encontraron agarrado al árbol. Llamaron a otros del pueblo que llegaron con hachas para derribar el peral; pero en esto la tía Miseria apareció y les gritó:
Miseria:¡No me cortéis el peral, que es lo que más quiero en el mundo!
Médico: Pues tenemos que hacerlo para librar a la Muerte, porque los enfermos, los viejos, los heridos y todo el mundo están que ya no pueden más de tantas calamidades.
Miseria: Pues aunque me cortéis el árbol no se soltará de él nadie que esté agarrado. Así que yo soltaré a la Muerte con una condición.
Muerte: ¿Cuál es la condición?
Miseria: Que no vengas por mí hasta que yo te llame tres veces.
Muerte: De acuerdo.
Y la tía Miseria la dejó ir. La Muerte, apenas se vio libre, empezó a segar vidas con su guadaña y la gente empezó a morir por todas partes.
Mientras tanto, la tía Miseria siguió viviendo en su choza con su peral, su jergón, su silla, su cesto y su perro, tan tranquila por más que pasaron los años, pidiendo limosna y vendiendo sus peras. Y cuentan que es por esta razón por la que siempre ha habido Miseria en el mundo, aunque no sabemos si algún día la Miseria, cansada de tanto vivir, será ella quien busque a la Muerte.


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domingo, 31 de marzo de 2013

El brillante y la rosa.


El brillante y la rosa.

Narrador: El maguid de Dubno era famoso por sus parábolas. Cada vez que alguien le hacía una consulta o le pedía consejo, el maguid respondía narrando una historia.
Un día, un estudiante que paseaba con el maguid le confesó:
Estudiante: Tengo una forma de ser, maguid, que no me gusta nada, pues me encuentro decenas de defectos. Dime: ¿qué puedo hacer para convertirme en una persona mejor?
Maguid: Te contaré una parábola: Érase una vez un rey que poesía uno de los diamantes más bellos del mundo. Estaba muy orgulloso de aquella piedra, que era perfecta en cada uno de sus detalles, y no dudaba en enseñársela a todos los dignatarios que pasaban por su palacio.
Un día, el rey notó que en el interior del diamante había aparecido una grieta. Aunque la grieta era muy fina, estropeaba por completa el magnífico juego de brillos que despedía la piedra.”¡Que desastre!” , pensó el rey. “¡Ojalá haya algún modo de reparar el defecto!”.Al instante, el rey llamó a los mejores talladores de joyas de su reino y les preguntó:
¿Qué podéis hacer para que el brillante recupere su perfección original?”
Los talladores permanecieron muy serios. De pronto, en medio del silencio general, un joven alzó la voz. Se llamaba Elías, y acabada de terminar su aprendizaje con uno de los mejores talladores del reino.
-Majestad –dijo Elías-,ya que no es posible restaurar el brillante, tal como admiten todos los maestros talladores aquí presentes, yo quisiera crear una joya nueva a partir de esa imperfección .
Como el rey no tenía otra salida,dio su consentimiento.
Elías trabajó duro, en secreto, durante varios días. Cuando terminó su tarea, acudió a palacio para mostrarle el resultado al rey. El monarca se moría de impaciencia por ver cómo había quedado su diamante. A decir verdad, no tenía grandes esperanzas. Suponía que Elías habría partido el brillante en dos, siguiendo la grieta, para convertirlo en dos piezas de menor tamaña.”Es una lastima”,pensó el rey, consciente de que dos brillantes pequeños no valen nada en comparación con uno grande. Sin embargo,¿qué otra cosa se podía esperar?
Cuando Elías sacó el diamante del paño que lo envolvía, el rey sonrió de satisfacción. El joven no había partido el diamante en dos. No, había tenido una idea mucho más ingeniosa. En lugar de considerar la grieta como una imperfección, la había aprovechado para embellecer el diamante. En aquella grieta, había visto el tallo de una rosa, así que había tallado en el brillante el resto de la flor: las raíces por debajo, las hojas a los lados y los pétalos por encima. De ese modo, había transformado lo imperfecto en hermoso. Con aquella rosa, el brillante resultaba la piedra más original y bella del reino, y tal vez del mundo. El rey, que siempre había valorado su diamante, lo apreció desde aquel día un poco más.
Narrador: Acabada la historia, el maguid de Dubno se volvió hacia el estudiante y le dijo:
Maguid: Igual que ese brillante , todos tenemos faltas. Pero depende de nosotros mismos convertirlas en algo atractivo, útil y valioso.
Narrador: Y tras decir tales palabras, el maguid se calló, y siguió caminando en silencio al lado del estudiante.

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sábado, 2 de marzo de 2013

Chimpiribipubín.


Chimpiribipubín (Luis Alberto Molina)
Chimpiribipubín, es un conejo, siempre anda a los saltitos, yo lo veo desde lejos. Chimpiribipubín, tiene largas orejas, las que siempre se les doblan, pero el nunca se queja. Chimpiribipubín, come zanahorias, y mientras las mastica, Le gusta contar historias. Cuenta que esa tarde, cuando la siesta dormía, sintió algo muy extraño. ¿Qué afuera sucedía? Salió presuroso por saber qué allí pasaba
Vio gente reunida que muy atentos escuchaban, a un loro muy elegante que desde arriba les hablaba. Este loro parlanchín, hijo de un loro mayor, quería ser el alcalde, y el mismo se eligió
Un petirrojo le dijo; tu no sabes gobernar, seguro que si viene el zorro muy pronto te escaparás Un lechuzón gordo y viejo lo miraba fijamente, sacudiendo su cabeza mientras limpiaba sus lentes. El hornero comentó; cómo puede este individuo, querer arreglar el bosque miren lo que es su casa, que no tiene ni revoque.
¡Viene el hombre!, ¡viene el hombre! Alguien por allí gritó, y el loro fue el primero que a esconderse corrió.
Era una falsa alarma, que a un bromista se le ocurrió. Cuando todos regresaron, según cuenta este conejo, otro loro recién llegado algo extraño comentó. Los que iban llegando se sumaron a la conversación. Era tal el alboroto, de tantos loros reunidos, que nadie nada entendía. El futuro alcalde no se entendía con sus pares, y los demás animales aburridos en exceso, se fueron alejando dejando sólo al candidato, que también se retiró. Chimpiribipubín el conejo, a su cama regresó. Contento porque en el bosque, hoy la calma renació.


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domingo, 3 de febrero de 2013

Alí Babá y los cuarenta ladrones.

Alí Babá y los cuarenta ladrones.
(Las mil y una noches).
Había una vez un hombre que se llamaba Alí Babá y que tenía un hermano que se llamaba Kassim. Alí Babá era un honesto y pobre leñador. Kassim, sin embargo, era un rico haragán, más agarrado que una urraca. Alí Babá tenía una esposa, una hermosa criada que se llamaba Luz de la Noche, varios hijos y tres mulas. Kassim tenía una esposa y nunca se acordaba de visitar a su hermano, no fuera a ser que le saliera pidiendo algo.
Un día en que Alí Babá estaba en el bosque cortando leña oyó ruido de caballos galopando que se acercaban. Se asustó, pero como era curioso trepó a un árbol.
Vio que eran cuarenta caballos. Sobre cada caballo venía un ladrón, y cada ladrón tenía una bolsa llena de monedas de oro, rubíes, zafiros, ágatas y perlas. Delante de todos iba el jefe de los ladrones.
Los ladrones pasaron debajo de Alí Babá y cuando llegaron a una gran roca el jefe de los ladrones gritó:
Jefe: ¡Sésamo: ábrete!.
Y la roca, como si fuera un sésamo, se abrió por el medio. Los ladrones entraron por la abertura de la roca con caballos y todo, y una vez que estuvieron dentro el jefe gritó:
Jefe: ¡Sésamo: ciérrate!.
Y la roca se cerró. Al cabo de un rato, los ladrones salieron de la cueva y tras pronunciar el jefe de los ladrones las palabras mágicas, la roca se cerró y los ladrones se marcharon a todo galope.
Alí Babá: Yo también entraré en esa roca. El asunto será ver si otra persona, pronunciando las palabras mágicas, puede abrirla. ¡Sésamo: ábrete!.
Y la roca se abrió.
Una vez dentro se encontró con el tesoro más grande del mundo y, con toda tranquilidad, se ocupó de meter en una bolsa una buena cantidad de monedas de oro y rubíes. Abrió y cerró la cueva con las palabras mágicas...:
Alí Babá: ¡Sésamo: ciérrate!
Y él volvió a su casa, cantando de alegría. Cuando su esposa lo vio entrar con la bolsa se puso a llorar.
Esposa de Alí: ¿A quién le robaste eso?
Pero cuando Alí Babá le contó la verdadera historia, la mujer se puso a bailar con él.
Alí Babá: Nadie debe enterarse que tenemos este tesoro, porque si alguien se entera querrá saber de dónde lo sacamos, y si le decimos de dónde lo sacamos querrá ir también él a esa roca mágica, y si va puede ser que los ladrones lo descubran, y si lo descubren terminarán por descubrirnos a nosotros. Y si nos descubren a nosotros nos cortarán la cabeza. Enterremos todo esto.
Esposa de Alí: Antes contemos cuántas monedas y piedras preciosas hay.
Alí Babá: ¿Y terminar dentro de diez años? ¡Nunca!
Esposa de Alí: Entonces pesaré todo esto. Así sabré, al menos aproximadamente, cuánto tenemos y cuánto podremos gastar. Pediré prestada una balanza.
Desgraciadamente, la mujer de Alí Babá tuvo la mala idea de ir a la casa de Kassim y pedir prestada la balanza. Kassim no estaba en ese momento, pero sí su esposa.
Esposa de Kassim: ¿Y para qué quieres la balanza?
Esposa de Alí: Para pesar unos granos.
Esposa de Kassim: ¡Qué raro! Éstos no tienen ni para caerse muertos y ahora quieren una balanza para pesar granos. ¿Y qué clase de granos vas a pesar?
Esposa de Alí: Pues granos...
Esposa de Kassim: Voy a prestarte la balanza.
Pero antes de prestársela, y con todo disimulo, la mujer de Kassim untó con grasa la base de la balanza.
Esposa de Kassim: Algunos granos se pegarán en la grasa, y así descubriré qué estuvieron pesando realmente.
Alí Babá y su mujer pesaron todas las monedas y las piedras preciosas y, luego, las enterraron en un hoyo que Alí Babá había hecho en el patio de la casa. Después devolvieron la balanza. Pero una moneda de oro había quedado pegada a la grasa.
Esposa de Kassim: De manera que éstos son los granos que estuvieron pesando. Se lo mostraré a mi marido.
Cuando Kassim la vio el rubí, casi se muere del disgusto. Y él, que nunca se acordaba de visitar a Alí Babá, fue corriendo a buscarlo.
Kassim: ¡Sinvergüenzas! Ustedes siempre fueron unos pobres gatos. Díganme de dónde sacaron ese maravilloso tesoro si no quieren que los denuncie a la justicia.
Alí Babá, resignado, comprendió que lo mejor sería contarle la verdad.
Kassim: Mañana mismo iré hasta esa roca y me traeré todo a mi casa.
A la mañana siguiente, Kassim estaba frente a la roca dispuesto a pronunciar las palabras mágicas. Había llevado 12 mulas y 24 bolsas; tanto era lo que pensaba sacar.
Kassim: ¿Qué era lo que tenía que decir? Ah, sí, ahora recuerdo... ¡Sésamo: ábrete!.
La roca se abrió y Kassim entró. Después dijo:
Kassim: ¡Sésamo: ciérrate!
Y la roca se cerró con él dentro. Una hora estuvo Kassim parado frente a las montañas de moneda de oro y de piedras preciosas.
Kassim: Aunque tenga que venir todos los días, no dejaré la más mínima cosa de valor que haya aquí. Me lo voy a llevar todo a mi casa. Aunque me las llevaré todas, es mejor que empiece por las más grandes, no vaya a ser que por h o por b mañana no pueda venir y me quede sin las mejores.
La elección le llevó unas cinco horas. Pero en ningún momento se sintió cansado.
Kassim: Es el trabajo más hermoso que hice en mi vida. Gracias al tonto de mi hermano, me he convertido en el hombre más rico del mundo.
Y cuando cargó las 24 bolsas se dispuso a partir.
Kassim: ¿Qué era lo que tenía que decir? Ah, sí, ahora recuerdo... Alpiste: ábrete.
Pero la roca ni se movió.
Kassim: ¡Alpiste: ábrete!
Pero la roca no obedeció.
Kassim: Por Dios, olvidé el nombre de la semilla. ¿Por qué no lo habré anotado en un papelito?
Y, desesperado, empezó a pronunciar el nombre de todas las semillas que recordaba:
Kassim: Cebada: ábrete; Maíz: ábrete; Garbanzo: ábrete.
Al final, totalmente asustado, ya no sabía qué decir:
Kassim: Zanahoria: ábrete; Coliflor: ábrete; Calabaza: ábrete.
Hasta que la roca se abrió. Pero no por Kassim sino por los cuarenta ladrones que regresaban. Y cuando vieron a Kassim, le cortaron la cabeza.
Ladrón 1: ¿Cómo habrá entrado aquí?
Jefe: Ya lo averiguaremos. Lo dejaremos dentro de la cueva y, si alguno viene a recogerlo, sabremos que alguien más conoce nuestro secreto. Ahora salgamos a robar otra vez.
Y se fueron a robar, después de dejar bien cerrada la roca. Pero Alí Babá estaba preocupado porque Kassim no regresaba. Entonces fue a buscarlo a la roca. Cuando entró vio a Kassim muerto y se lo llevó a su casa para darle sepultura. Pero había un problema:
Alí Babá: ¿Qué diremos a los vecinos? Si contamos que Kassim ha sido muerto por los ladrones se descubrirá el secreto, y eso, ya lo sabemos, no nos conviene.
Luz de la Noche: Digamos que murió de muerte natural.
Dijo Luz de Noche, una sirvienta que, además de muy hermosa, era una doncella discreta y agudo ingenio.
Alí Babá: ¿Cómo vamos a decir eso? Nadie se muere sin cabeza.
Luz de la Noche: Yo lo resolveré.
Y fue a buscar a un zapatero. Camina que camina, llegó a la casa del zapatero.
Luz de la Noche: Zapatero, voy a vendarte los ojos y te llevaré a mi casa.
Zapatero: Eso nunca. Si voy, iré con los ojos bien libres.
Luz de la Noche: No. Toma esta moneda de oro.
Zapatero: ¡Vaya! Eso me parece muy bien. ¿Y para qué quieres vendarme los ojos?
Luz de la Noche: Para que no veas adónde te llevo y no puedas decir a nadie dónde está mi casa. Toma, aquí tienes otra moneda de oro.
Zapatero: Gracias. ¿Y qué tengo que hacer en tu casa?
Luz de la Noche: Coser a un muerto.
Zapatero: Ah, no, eso sí que no.
Luz de la Noche: Creo que esta moneda te ayudará a disipar tus dudas y temores.
Zapatero: Sin duda. Está bien, vamos a tu casa.
Y fueron. El zapatero cosió la cabeza del muerto, uniéndola. Y todo lo hizo con los ojos vendados. Finalmente volvió a su casa acompañado por Luz de la Noche y allí se quitó la venda.
Luz de la Noche: No cuentes a nadie lo que hiciste.
Y se fue contenta, porque con su plan ya estaba todo resuelto. De manera que cuando los vecinos fueron informados que Kassim había muerto, nadie sospechó nada.
Pero resulta que los ladrones volvieron a la roca y vieron que Kassim no estaba. Ninguno de los ladrones era muy inteligente que digamos, pero el jefe dijo:
Jefe: Si el muerto no está, quiere decir que alguien se lo llevó. Quiere decir que el que entró pronunció las palabras secretas.
Ladrón 1: ¿Y eso qué quiere decir?
Jefe: ¡Quiere decir que alguien descubrió el secreto!
Todos: ¿Y eso qué quiere decir?
Jefe: ¡Que hay que cortarle la cabeza!
Todos: ¡Muy bien! ¡Cortémosela ahora mismo!
Jefe: Primero tenemos que saber quién es el que descubrió nuestro secreto. Uno de ustedes debe ir al pueblo y averiguarlo.
Ladrón 1: Yo iré.
Cuando el ladrón llegó al pueblo, pasó frente al taller de un zapatero y entró. Dio la casualidad de que era el zapatero que ya sabemos.
Ladrón 1: Zapatero, estoy buscando a un muerto que se murió hace poco. ¿No lo viste?
Zapatero: ¿Uno sin cabeza?
Ladrón 1: El mismo.
Zapatero: No, no lo vi.
Ladrón 1: De mí no se ríe ningún zapatero. Bien sabes de quién hablo.
Zapatero: Sí que sé, pero juro que no lo vi.
Y el zapatero le contó todo.
Ladrón 1: Qué lástima, yo quería recompensarte con esta linda bolsita llena de moneditas de oro.
Zapatero: Un momento, yo no vi nada, pero debes saber que los ciegos tienen muy desarrollados sus otros sentidos. Cuando me vendaron los ojos, súbitamente se me desarrolló el sentido del olfato. Creo que por el olor podría reconocer la casa a la que me llevaron. Véndame los ojos y sígueme. Me guiaré por mi nariz.
Así se hizo. Con su nariz al frente fue el zapatero oliendo todo. Detrás de él iba el ladrón. Hasta que se pararon frente a una casa.
Zapatero: Es ésta. La reconozco por el olor de la leña que sale de ella.
Ladrón 1: Muy bien. Haré una marca en la puerta para que pueda guiar a mis compañeros hasta aquí y cumplir nuestra venganza amparados por la oscuridad de la noche.
Y el ladrón hizo una cruz en la puerta. Después ladrón y zapatero se fueron, cada cual por su camino. Pero Luz de la Noche había visto todo. Entonces salió a la calle y marcó la puerta de todas las casas con una cruz igual a la que había hecho el ladrón. Después se fue a dormir muy tranquila.
Ladrón 1: Jefe, con ayuda de un zapatero descubrí la casa del que sabe nuestro secreto y ahora puedo conducirlos hasta ese lugar.
Jefe: Aún en la oscuridad de la noche, ¿no te equivocarás de casa?
Ladrón 1: No. Porque marqué la puerta con una cruz.
Todos: Vamos.
Y blandiendo sus alfanjes se lanzaron a todo galope.
Ladrón 1: Ésta es la casa.
Jefe: ¿Cuál?
Ladrón 1: La que tiene la cruz en la puerta.
Jefe: ¡Todas tienen una cruz! ¿Cuántas puertas marcaste?
El ladrón casi se desmaya. Pero no tuvo tiempo porque el jefe, enfurecido, le cortó la cabeza. Y, sin pérdida de tiempo, ordenó el regreso. No querían levantar sospechas.
Jefe: Alguien tiene que volver al pueblo, hablar con ese zapatero y tratar de dar con la casa.
Ladrón 2: Iré yo.
Jefe: No, seré yo el vaya mañana y hablaré con ese zapatero.
Al día siguiente el jefe de los ladrones buscó al zapatero. Y lo encontró. Y el zapatero se hizo vendar los ojos. Y lo guió. Y le mostró la casa. Pero el jefe no hizo ninguna cruz en la puerta ni otra señal. Lo que hizo fue quedarse durante diez minutos mirando bien la casa.
Jefe: Ahora soy capaz de reconocerla entre diez mil casas parecidas.
Y fue en busca de sus muchachos.
Jefe: Ladrones, para entrar en la casa del que descubrió nuestro secreto y cortarle la cabeza sin ningún problema, me disfrazaré de vendedor de aceite. En cada caballo cargaré dos tinas de aceite sin aceite. Cada uno de ustedes se esconderá en una tina y cuando yo dé la orden ustedes saldrán de la tina y mataremos al que descubrió nuestro secreto y a todos los que salgan a defenderlo.
Todos: Muy bien.
Los caballos fueron cargados con las tinas y cada ladrón se metió en una de ellas. El jefe se disfrazó de vendedor de aceite y después tapó las tinas.
Llegaron a la casa de Alí Babá y el jefe de los ladrones pidió permiso para pasar.
Alí Babá: ¿Quién eres?
Jefe: Un pacífico vendedor de aceite. Lo único que te pido es albergue, para mí y para mis caballos.
Alí Babá: Adelante, pacífico vendedor.
Y les dio albergue. Y también comida, y dulces y licores. Pero el jefe de los ladrones lo único que quería era que llegara la noche para matar a Alí Babá y a toda su familia.
Y la noche llegó.
Pero resulta que hubo que encender las lámparas.
Luz de la Noche: Nos hemos quedado sin una gota de aceite y no puedo encender las lámparas. Por suerte hay en casa un vendedor de aceites; sacaré un poco de esas grandes tinas que él tiene.
Luz de la Noche tomó un pesado cucharón de cobre y fue hasta la primera tina y levantó la tapa. El ladrón que estaba adentro creyó que era su jefe que venía a buscarlo para lanzarse al ataque, y asomó la cabeza.
Luz de la Noche: ¡Qué aceite más raro!
Exclamó Luz de la Noche, y le dio con el cucharón en la cabeza. El ladrón no se levantó más.
Luz de la Noche fue hasta la segunda tina y levantó la tapa, y otro ladrón asomó la cabeza, creyendo que era su jefe.
Luz de la Noche: Un aceite con turbantes.
Y le dio con el cucharón. El ladrón no se levantó más. Tina por tina recorrió Luz de la Noche, y en todas le pasó lo mismo. A ella y al que estaba adentro. Enojadísima, fue a buscar al vendedor de aceite, y blandiendo el cucharón le dijo:
Luz de la Noche: Es una vergüenza. No encontré ni una miserable gota de aceite en ninguna de sus tinas. ¿Con qué enciendo ahora mis lámparas?
Le dio con el cucharón en la cabeza y el jefe de los ladrones cayó redondo.
Alí Babá: ¿Por qué tratas así a mis huéspedes?
Entonces Luz de la Noche quitó el disfraz al jefe de la banda y todo quedó aclarado. Como es de imaginar, los ladrones recibieron su merecido.
Y eso fue lo que pasó con ellos.
En cuanto a Alí Babá, dicen que al día siguiente fue a buscar algunas monedas de oro a la roca, y que cuando llegó no encontró nada: la roca había desaparecido, con tesoro y todo.

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miércoles, 9 de enero de 2013

La jaula de oro.


                                                              La jaula de oro.

Narrador: Érase una vez una princesa que paseaba por su jardín.De pronto, al pie de un árbol, vio un pájaro muy bello. Le gustó tanto que comenzó a llamar a una de sus doncellas.
Princesa: ¡Es el pájaro más hermoso que he visto en mi vida! ¡Cómo me gustaría quedármelo, para poder mirarlo a todos horas y oír su canto todo el día!
Narrador: Entonces, la doncella volvió corriendo al interior del palacio y avisó a todos lo criados para que la ayudaran a cazar el pájaro.Más de veinte hombres se congregaron en el jardín para cazar al bello animal que tenía entusiasmada a la princesa. Les costó grandes esfuerzos, pero al fin consiguieron atraparlo.
El pájaro acabó encerrado en una jaula de oro. Día y noche, dos sirvientes se ocupaban del bienestar del pájaro. Cada vez que la princesa salía a pasear por el jardín, un criado iba tras ella, con la jaula de oro en la mano, para que la princesa gozase en todo momento con la compañía y el canto de su bellísimo pájaro.
Sin embargo, el pájaro estaba triste. Detestaba vivir en una jaula, y extrañaba mucho los viejos tiempos, cuando podía volar a su aire, subir y bajar por el cielo.
Un día, el pájaro oyó al príncipe cuando decía:
Príncipe: Mañana mismo salgo de viaje. El palacio que tengo que visitar se encuentra en un oasis en mitad del desierto. Estaré de vuelta en el plazo de un mes.
Narrador: Al oír aquello, el pájaro rompió a cantar. El príncipe se extrañó de que trinara con tanta fuerza, así que se acercó a la jaula y miró al animal con mucha atención. De pronto, el pájaro empezó a decir:

Pájaro: Príncipe, cuando vayáis a ese oasis que decís, ¿podríais hacerme un favor?
Príncipe: Con mucho gusto te haré el favor que me pidas. ¿Quieres que te traiga alguna comida especial?
Pájaro: No, no quiero nada de comer. Pero si veis a otros pájaros como yo, ¿podríais decirles que estoy en una jaula, y que les envío muchos recuerdos? ¿Me haréis ese favor?
Príncipe: Por supuesto que sí.

Narrador: Regresó al cabo de un mes.Cuando el pájaro vio al príncipe, cantó para llamar su atención. El príncipe se acercó a la jaula de oro, y entonces el pájaro le dijo:

Pájaro: Príncipe, ¿visteis a algún miembro de mi familia en vuestro viaje?
Príncipe: Sí. Ví un pájaro igual que tú.
Pájaro: ¿Y le disteis recuerdos, tal como os pedí?
Príncipe: Claro que sí. Le conté que estabas en el mejor palacio del reino, en una preciosa jaula de oro, y que le enviabas muchos recuerdos.
Pájaro: ¡Y qué contestó mi pariente?
Príncipe: Ah, querido pájaro, lamento decirte que tu pariente no dijo ni pío. Narrador: En cuanto le conté dónde vivías, resbaló de la rama en que estaba posado y cayó redondo al suelo. ¡El pobre ha muerto!, pensé. Pero, cuando me acerqué para enterrarlo, recobró la vida de pronto y se escapó volando. Así que no me dio ningún mensaje para ti...

Narrador: El pájaro no dijo nada, ni mostró el menor sentimiento.
A la mañana siguiente, la doncella descorrió las cortinas del dormitorio de la princesa y abrió el balcón. La princesa lo primero que hizo, como todas las mañanas, fue darle los buenos días al pájaro. El animal siempre cantaba para responderle, pero aquel día se quedo callado. La princesa, extrañada, saltó de la cama y corrió hacia la jaula. Cuando vio al pájaro, rompió a llorar.

Princesa: ¡Mi pájaro está muerto! ¡Socorro, socorro! !Levántate, pajarito mío! !Ponte a cantar, por favor!

Narrador: La doncella se acercó, vio que el pájaro se hallaba tumbado boca arriba en el suelo de la jaula. Estaba muerto, no había ninguna duda.
Princesa: !Sacad al pájaro de la jaula! !Sopladle el la cara a ver si revive!

Narrador: El criado abrió la puerta de la jaula y agarró al pájaro para tratar de reanimarlo. Luego lo acercó a la ventana a fin de que le diera el aire fresco y, justo cuando el pájaro notó la brisa en la cara, extendió las alas y echó a volar hasta la rama del árbol más cercano. La princesa quedó desconcertada.
Princesa: ¿De modo que todo era una trampa? ¡Querías escaparte y nos has engañado...! Pero ¿por qué te quieres ir, si vives en una jaula preciosa donde no te falta ninguna comodidad. ¿Es que no te he tratado bien? ¿Dónde has aprendido esa trampa tan maliciosa con que nos has engañado ?

Narrador: El pájaro soltó un largo trino de alegría y luego contestó:

Pájaro: Princesa, la mejor jaula del mundo no vale tanto como la libertad de volar a donde me apetezca. Y, puesto que queréis saber cómo aprendí este engaño con el que he logrado la libertad, os lo diré ahora mismo: me lo enseñó un pariente lejano que vive en un oasis en medio del desierto...

Narrador: Tras decir esto, el pájaro volvió a cantar. Luego, subió hacia el cielo describiendo una hermosa espiral en el aire, y nunca más se dejó ver en los lujosos jardines de palacio.

Todos los textos con sus audios de los relatos de esta categoría, aquí.
Sólo el audio, aquí.



miércoles, 5 de diciembre de 2012

El pacto del bosque

 
El pacto del bosque.
(Gustavo Martín Garzo. Adaptación)

Madre: ¡Venga, venga..., a la cama! Vamos, que ya es hora de dormir... Gonzalo, Paula, venga...; hasta que no estéis bien arropaditos no pienso comenzar. Así me gusta, muy bien... En aquel bosque, los lobos eran amigos de los conejos y nunca les hacían daño.
Gonzalo: ¡Yo sé por qué era!
Madre: A ver, señorito sabelotodo, dinos por qué.
Gonzalo: Por algo que les pasó a Orejitas y Lametón.
Madre: ¿Y quienes eran Orejitas y Lametón?
Gonzalo: Dos conejos muy buenos, mami.
Madre: Es verdad. Eran dos hermosos conejitos que desobedecieron a su mamá y un día abandonaron la madriguera sin su permiso. Orejitas tenía unas orejas muy largas y Lametón tenía la manía de chuparlo todo, todo. (Gestos/ risas de los niños). La señora coneja le fabricó un chupete con palo de regaliz, para que no anduviera llevándose a la boca todas las porquerías que encontraba. Orejitas y Lametón se alejaron tanto de su madriguera que acabaron perdiéndose. De repente, se hizo de noche y comenzaron a sentir miedo. Entonces, buscaron un lugar donde esconderse hasta la llegada del nuevo día, pero, de pronto, oyeron el llanto de un animal. Los dos conejos se acercaron y vieron a una enorme loba gris tumbada en el suelo. Tenía la barriga enorme, pues estaba a punto de dar a luz una camada de lobitos, y lloraba sin cesar.
-¿Por qué lloras? -le preguntó Orejitas temblando, pues pensaba que se lo iba a comer.
-Me he quedado ciega. El agua negra del pantano me cegó la vista. ¿Cómo podré alimentar y proteger a mis lobitos cuando nazcan?

Entonces, Lametón, se acercó a sus ojos y comenzó a lamérselos. Y así fue como le quitó el barro de sus párpados, que era la causa de su ceguera, y la loba recuperó la vista. Entonces, la loba, los cobijo junto a su barriga para que pasaran allí calientes la noche.
A la mañana siguiente, los acompañó a su madriguera y les prometió que cuando nacieran los lobitos, vendrían a verlos. Y la loba cumplió su promesa. Cuando alguno de los lobitos se hacía daño, corría junto a Lametón para que le chupara la herida.
Fue así como se selló el pacto del bosque y los lobos dejaron de perseguir a los conejos, pues pensaban que su saliva tenía el poder mágico de curar.

Paula: Pero eso no es cierto, ¿verdad, mamá?
Madre: ¿Quién lo sabe, Paula? En realidad, lo que la curó fue el amor. Y, ahora, a dormir, que ya es hora de que abráis la puerta a vuestros dulces sueños...

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