miércoles, 5 de enero de 2011

Noche de Reyes


Noche de Reyes.
(Adaptación del relato de Andrew Mattews sobre la obra de Shakespeare).

Sebastián y su hermana melliza, Viola, eran como dos gotas de agua. En ocasiones, siendo niños, Viola se ponía la ropa de Sebastián y se hacía pasar por él, lo que confundía a todo el mundo.
Un día, siendo mayores, el barco en el que viajaban chocó contra un arrecife y se fue a pique. Viola se salvó aferrándose al baul de la ropa de su hermano, que la corriente arrastró hasta la costa de Iliria. Allí se dio cuenta de que correría menos peligro si se disfrazaba de hombre, de modo que se hizo un moño, se puso ropa del baúl de Sebastián y se hizo llamar “Cesario”. Buscó a su hermano sin éxito durante tres días, pero al quedarse sin dinero tuvo que entrar al servicio del duque de Orsino, gobernante de Iliria, como paje.
Orsino estaba encantado con su nuevo paje, pero a pesar de ser alto, moreno, rico y amado por su pueblo, no era feliz.
Como muchas otra muchachas, Viola se enamoró de Orsino, y sufría por tener que mantener sus sentimientos en secreto. Un día, se armó de valor y le preguntó al duque qué lo acongojaba.

Orsino: Padezco la peor enfermedad que existe. ¡el amor! Estoy tan enamorado de la condesa Olivia que no sé qué hacer, Cesario. Le he pedido una docena de veces que se case conmigo, pero siempre me rechaza.
Viola: ¡Debe de estar loca! Si vos me pidierais... Quiero decir que si fuera una mujer me casaría con vos sin dudarlo, mi señor.
Orsino: ¿Sabes qué, Cesario? Me parece que podrías ganarte la confianza de Olivia con la misma rapidez con la que te has gando la mía. Ve a verla hoy mismo y dile que si no se casa conmigo me consumiré y me moriré.
Viola: ¿Yo, mi señor?
Orsino: ¡Eres mi ultima esperanza!

Viola: <>

***
Sir Toby Belch, hombre bajito y rechoncho, y tío de la condesa Olivia, vivía con la joven desde que sus padres murieron. Estaba empeñado en que su mejor amigo, sir Andrew Aguecheek, hombre arrugado como un sabueso, se casara con ella. Pero Malvolio, mayordomo de la condesa Olivia, la protegía de los pretendientes poco gratos. El día en que Orsino envió a Viola a convencer a Olivia, sir Toby y sir Andrew conspiraban en la biblioteca de la joven condesa.

Andrew: Me bastaría pasar cinco minutos con ella, pero Malvolio no me deja verla. Ni siquiera le entrega mis cartas.
Toby: Mi sobrina le ha otorgado un control excesivo de sus asuntos. ¡Sin ir más lejos, la otra noche, el muy sin vergüenza, tuvo la desfachatez de decirme que bebo demasiado!
Andrew: ¡Qué bribón!
Toby: Tengo la intención de darle una lección. Ya verás, ya verás, viejo amigo, antes de que cabe el día habre quitado de en medio a Malvolio.

***
Mientras su tío maquinaba en la biblioteca con sir Andrew, la condesa Olivia paseaba por el jardín con su mayordomo Malvolio.

Malvolio: Un joven de nombre Cesario desea veros, mi señora. Trae un mensaje del duque de Orsino.
Olivia: ¡Dile que se vaya!
Malvolio: Eso he hecho, mi señora, pero asegura que si hace falta piensa quedarse toda la puerta ante la puerta. Se trata de un jovencito de lo más insolente.
Olivia: Bueno, pues que pase. Quizá al recibir mi respuesta Orsino abandone por fin toda esperanza de desposarme.

Viola entró en el jardin mientras Olivia fingía estar intersada en las flores de un rosal. Su mirada no reparó en el mensajero de Orsino.

Viola: Encantadora señora, ahora que veo cuán hermosa sois comprendo por qué está tan enamorada de vos mi señor.
Olivia: ¿Hermosa? Tengo ojos, nariz y boca como todo el mundo, si eso es lo que quieres decir.
Viola: Así que sois orgullosa además de encantadora. Que pena que el duque ame a una mujer tan dura de corazón.
Olivia: ¡Orsino no me ama de verdad! Lo que sucede es que está enamorado de la idea de estar enamorado. Ve y dile que no puede forzarme a amarlo sólo porque él lo desee.

Olivia apartó entonces los ojos de las rosas y se encontró con el joven más apuesto que había visto en la vida. Le dio vueltas la cabeza y empezó a palpitarle con fuerza el corazón.

Olivia: Dile que jamás me casaré con él. Luego... regresa a verme de inmediato, Cesario.
Viola: ¿Por qué?
Olivia: Pues... para contarme como responde a mi respuesta.

Viola hizo una reverencia, dio media vuelta y se marchó. Olivia estaba tan confundida que no se percató de que se acercaba Malvolio.

Malvolio: Espero que ese muchacho no os haya ofendido, mi señora.
Olivia: ¿Ofenderme? Claro que no. Quiero decir que... ¡Sí, sí que me ha ofendido! Me ha traído de regalo este anillo del duque. ¡Devuelve el anillo a Cesario y dile que no lo quiero!
Malvolio: Como no, mi señora.
Olivia: Vamos, se ha ido. Si corres tras él lo alcanzarás enseguida.
Malvolio: ¡Ahora mismo voy!

***

Viola andaba a paso lento. Estaba apesadumbrada por Orsino y por si misma...

Malvolio: ¡Cesario! ¡Cesario! ¡Alto! Le has llevado este anillo a mi señora y desea devolvértelo.
Viola: ¡Yo no le he dado ningún anillo!
Malvolio: ¡Pues entonces ahí se queda! No estoy yo para perder el tiempo discutiendo con gente de tu calaña.

Viola se agachó, recogió la joya y apreció en ella el dibujo de dos manos que sostenían un corazón.

Viola: << Pero si es una prenda de amor. ¡Las mujeres no mandan prendas de amor a otras mujeres!
¡Ay, no! Olivia cree que soy un hombre y se ha enamorado de mi>>.

***
Orsino estaba solo cuando llegó Viola y le transmitió el recado de Olivia.

Orsino: ¡Ay! ¡si supieras la tortura que puede comportar el amor, Cesario!
Viola: ¡Lo sé muy bien, mi señor!
Orsino: Toma este broche, Cesario, regresa junto a Olivia, dáselo y dile que, aunque no sea mi esposa, el amor que siento por ella durará tanto como los diamantes engarzados en la joya.

***
Mientras, Malvolio había regresado al jardín. No encontró allí a Olivia, pero, cuando se dirigía hacia la casa en su busca, halló una carta en el sendero y la recogió.

Malvolio: Pero si es la letra de mi señora. Dado que soy su mayordomo y lo que le concierne me concierne a mí, es mi deber leerla. “Malvolio, amor mío: Aunque eres mi sirviente, te has convertido en el amo de mi corazón. Demuestra audacia y mi mano será tuya. Si me amas, ponte calzas amarillas con ligas cruzadas, a modo de señal secreta.”
¡Olivia me ama! ¡Debo ponerme calzas amarillas de inmediato!

Sir Toby y sir Andrew estaban escondidos tras un seto de laurel cercano que en cuanto el mayordomo desapareció empezó a agitarse de risa.

Toby: ¡Ya sabía yo que daría resultado! Imito la letra de mi sobrina tan bien que engañaría a cualquiera. Ahora sólo nos queda...
Andrew: ¡Silencio! Se acerca alguien.

Olivia y Viola, que estaban enfrascados en una conversación, se detuvieron ante el seto de laurel.

Viola: Entonces, ¿no tenéis más respuesta para el duque?
Olivia: ¡No! Dame tu mano. Pero hay respuestas que sí te daría a ti, Cesario, si me hicieras las preguntas.
Viola: Mi señora, no soy todo lo que parezco.
Olivia: Pero yo te amo. Te amo desde el primer momento en que te he visto.
Viola: Igual podríais amar un sueño. Debéis olvidarme, mi señora.

En el seto, sir Andrew temblaba de rabia.

Andrew: ¡Ese jovencito imberbe se ha apoderado del amor de Olivia!
Toby: ¡Tras él! ¡Rétalo a un duelo! Eso lo espantará.
Andrew: ¿Un duelo?
Toby: ¡No se atreverá a batirse contigo! Ese Cesario no es más que una gallina enclenque. Saldrá corriendo en cuanto te vea desenvainar la espada.
Andrew: ¡Ah, bueno...!
***
Mientras sir Andrew iba a abordar a Viola a la puerta del jardín, Olivia se dirigía hacia la casa con los ojos llenos de lágrimas. En ese momento vio a Malvolio, que se acercaba con calzas amarillas como las plumas de un canario y el rostro dominado por una sonrisa que era más bien una mueca espantosa.

Malvolio: ¡Bien hallada, ángel mío!
Olivia: ¿Malvolio, te encuentras bien?
Malvolio: Mejor que nunca corazón. ¿Te has fijado en las calzas amarillas que con ligas cruzadas que visto?
Olivia: ¡Sería imposible no reparar en ellas! Creo que el calor te ha dado fiebre. ¿No te apetecería echarte?
Malvolio: Sí, contigo a mi lado.
Olivia: ¡Socorro! ¡Criados, llevaos a Malvolio de aquí! Ha perdido el juicio.

***
Mientras tanto, Viola, que se sentía aliviada por ir de regreso junto a su amo, el duque, se topó con un furioso sir Andrew.

Andrew: ¡Desenvaina la espada, infame sinvergüenza!
Viola: ¿La espada? Pero ¿por qué?
Andrew: ¡Para poder batirme contigo! ¿O es que eres un cobarde además de un bribón?
Marinero: ¡Alto!

Y apareció por la puerta un robusto marinero.

Marinero: Si le tocáis un pelo a este muchacho, os trincharé entero como si fueseis un pedazo de ternera
Andrew: ¡Ah! Bueno, en ese caso será mejor que me vaya...
Marinero: ¡Corriendo!
Andrew: ¡Sí, señor, ahora mismo! ¡Faltaría más...!
Viola: ¿Cómo podría agradecéroslo, amable desconocido
Marinero: ¿Desconocido? ¡Qué bonito llamar así a quien te salvó de morir ahogado y te ayudó en la búsqueda de tu hermana! ¡Llevo dos días esperándote en la posada que hay cerca de aquí, Sebastián!
Viola: ¿Sebastián? ¡Entonces mi harmano ha sobrevivido!

***
Sebastián había sobrevivido, en efecto, y estaba totalmente desconcertado, ya que cuando se dirigía a reunirse con el marinero que lo había salvado pasó por una casa elegante de la que surgió una hermosa pelirroja que se echó al cuello gritando:

Olivia: ¡Sabía que regresarías, Cesario!
Sebastián: Pero, señora...
Olivia: Llámame Olivia, amor mío.

Sebastián la miró a los ojos y a punto estuvo de aclarar el error cuando se le aceleró el corazón..; y es que el amor empezaba a ejercer en él su magía.

Sebastián: Debe de ser un sueño, pero te ruego que no me despiertes todavía.

Y con estas palabras estrechó entre sus brazos a Olivia. Viola y el marinero, los descubrieron en ese momento. Sebastián reconoció a su hermana, corrió hacia ella y la levantó por los aires ante la mirada atónita de Olivia y del marinero.

Olivia: ¿Hay dos Cesarios? No lo entiendo.
Marinero: Eso parece. En mi opinión, señora, alguien tiene muchas explicaciones que dar.

***
El duque de Orsino, cansado de esperar el regreso de Cesario, pidió su caballo más veloz y se dirigió al galope a casa de Olivia. En el salón encontró a Cesario y a Olivia cogidos del brazo y tras ellos un sacerdote sonreía Biblia en mano.

Orsino: ¡Cesario, suelta a esa dama!
Olivia: No se trata de Cesario, mi señor, sino de Sebastián, el que pronto será mi esposo. Si buscáis a quien llamabais Cesario, mirad a vuestra espalda.

Orsino se volvió y vio a Viola con un vestido que le había prestado Olivia. Estaba tan hermosa que el duque se quedó sin habla y en el acto se enamoró perdidamente de ella.

Olivia: Seguid mi consejo y casaos con ella de inmediato. ¡Os ama con locura!
Orsino: ¡Y ahora que la veo tal como es también yo la amo así!

***
Así pues, se celebró una boda doble en casa de la condesa Olivia y aquella noche las ventanas derrocharon luz y el aire se llenó del sonido de la música y la celebración.

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martes, 2 de noviembre de 2010

Perseo. (2ª Parte)

PERSEO.
(Segunda Parte)

Perseo, hijo del dios Zeus y la mortal Dánae, protegido por la diosa de la guerra, Atenea, y por Mercurio, dios de , ha conseguido la cabeza de Medusa, una de las tres Gorgonas cuyos cabellos son serpientes y capaz de petrificar a aquel que la mire de frente. Con este trofeo, sin el cual no podía volver de nuevo a la isla de Séfiros, gobernada por el tirano Polidectes, pretendiente de su madre, se presenta ante el rey, el cual, ansioso por comprobar la realización de una misión imposible, queda petrificado al abrir el zurrón que contiene tan horrible y repugnante monstruo. Liberada su madre y aclamado por los habitantes de Séfiros, Perseo emprende viaje hacia el reino de Argos, a cuyo trono aspira legítimamente por ser nieto del rey Acrisio, causante de toda esta tragedia.

La fama de las hazañas del hijo de Dánae había llegado a oídos de Acrisio. Su hija y su nieto habían sobrevivido después de haber sido abandonados en un arcón en alta mar. Con el fin de liberarse de la profecía, Acrisio huyó del reino de Argos, y se refugió en la ciudad de Larisa, pues apreciaba más su propia vida que el trono. Al llegar a Argos, Perseo accedió al trono al faltar su abuelo. Una noche, la diosa Atenea, se le apareció y Perseo, postrándose ante ella, le ofreció el zurrón con la cabeza de Medusa y le devolvió el escudo con la que pudo conseguirla:
- Dentro de él va la cabeza de Medusa. ¿Quién podría hacer mejor uso de ella que tú, que eres la diosa tanto de la guerra como de la sabiduría?
- Recibo tu regalo Perseo, y te quedo muy agradecida.
Desde entonces, Medusa, la cabeza con cabellos de serpientes, adorna el escudo de la diosa.
Mientras tanto, el rey de Larisa organizó unos juegos a los que asistió Acrisio, el padre de Dánae. Ya en el estadio a Acrisio le llamó la atención la actitud de un joven atleta que, antes de lanzar el disco, se empeñaba en retroceder has el fono de la arena.
- ¿Qué es lo que teme?
- Le preocupa que el disco llegue demasiado lejos y pueda herir a algún espectador –le explico su vecino de asiento.
- ¿Y quién es ese para creerse tan fuerte?
- Es el nieto del que fuera rey de Argos. Se llama Perseo.
Acrisio, sorprendido y asustado, se puso de pie, pero en la otra punta del estadio el atleta acababa de lanzar el disco… El proyectil voló hasta las primeras filas y chocó contra la cabeza de Acrisio, que cayó muerto al instante.
Y así fue como el héroe Perseo mato a su abuelo, cumpliéndose la profecía.
Se quedó espantado por lo que había hecho, pero Dánae lo consoló diciéndole:
- Hijo mío, no tienes la culpa. Nadie puede escapar a su destino y el tuyo es glorioso.
Dánae no se equivocaba. Perseo tuvo con su esposa, la hermosa Andrómeda, una numerosa prole. Zeus se enamoraría de una de sus nietas, Alcmena, como antes se había enamorado de Dánae. Y de la unión de una mortal y de un dios nacería el más insigne y famoso de los héroes: Hércules.
Pero esa…, esa es otra historia.

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domingo, 3 de octubre de 2010

Perseo. (1ª Parte)


PERSEO.
(Primera Parte)

Acrisio, rey de Argos, emprendió viaje a Delfos para consultar a la Pitia. Ésta anciana a veces con la ayuda de los dioses podía predecir el futuro. El rey le preguntó:
- ¿Tendré algún día un hijo?
- No, Acrisio, jamás. Sin embargo, tu nieto, te matará…¡y ocupará el trono de Argos!
Acrisio volvió a Argos y en su cabeza no paraba de repetirse:
- ¡Tengo que evitar que mi hija Dánae tenga un hijo! ¡No ha de nacer!
Así ordenó que su hija fuera encerrada en una prisión sin puerta ni ventana y ordenó que nadie se le acercara. Dánae pensó que no tardaría en morir de pena.
Pero desde el Olimpo, Zeus, conmovido por su infortunio y, sobre todo, seducido por su belleza, decidió acudir en su ayuda.
Una noche, el rey de todos los dioses, penetró en la celda en forma de lluvia dorada y adquirió forma humana como un apuesto joven.
-¡No temas, Dánae! Te facilitaré la huida…
Dánae se rindió ante los encantos de Zeus y meses después dio a luz a un niño de una hermosura y una fuerza excepcionales.
-Te llamaré Perseo.
Pero un día, Acrisio, oyó los gritos del recién nacido y descubrió que su hija sostenía en brazos al precioso niño.
-¡Padre, perdónanos la vida!
Entonces metió a Dánae y a su nieto en un gran baúl. Mandó que cerraran y sellaran el cofre y luego le dijo al capitán de la galera real:
-Carga el cofre en tu barco y ordena a tus hombres que lo tiren al mar lejos de toda tierra habitada.
Tiraron el cofre por encima de la borda y, después de varios días flotando a merced de las corrientes, llegó a una playa donde un pescador descerrajó el oxidado candado.
-Son hermosos como dioses… ¡Pobrecillos están medio muertos!
Dictis, el pescador, los protegió y cuidó durante años, mientras Perseo se convertía en un muchacho fuerte y valiente.
Un día, Polidectes, tirano de la isla de Séfiros y hermano del pescador, atraído por la belleza de Dánae, se los llevó a palacio. Polidectes se había enamorado de ella y la cortejeaba continuamente hasta que Dánae no tuvo más remedio que acceder a casarse con Polidectes para asegurar su supervivencia y la de su hijo.
La fiesta fue suntuosa y cada invitado llevó un regalo como exigía la costumbre. Polidectes dijo de repente dirigiéndose a Perseo:
- Y bien, Perseo, ¿qué te parecen todos estos regalos?
- Majestad, no veo más que objetos vulgares y corrientes.
- ¡Presuntuoso! ¿Qué cosa tan original querías que me trajeran?
- ¡Qué sé yo…, la cabeza de Medusa, por ejemplo!
Un murmullo de pavor corrió por entre los invitados: Medusa era la mayor y la más peligrosa de las tres Gorgonas. Sus cabellos eran serpientes venenosas y aquel que se atreviera a mirarla de frente se quedaba petrificado, además nadie sabía dónde vivían aquellas tres hermanas monstruosas.
- Te voy a tomar la palabra, Perseo. Te ordeno que me traigas la cabeza de Medusa. No vuelvas a aparecer por palacio sin ella.
Al día siguiente, Perseo recorría la costa de Séfiros sin saber adónde ir.
De repente, Hermes, el mensajero de los dioses, el de los pies alados, se presentó ante él:
- ¡En menudo lío te has metido muchacho! No se dónde se ocultan las Gorgonas, pero sus tres hermanas, las Grayas, sí que lo saben. Además poseen tres cosas que son necesarias para que lleves a cabo tu misión. Súbete a mi espalda que yo te llevaré.
Hermes le llevó a una región árida y sombría donde habitaban las tres Grayas. No tenían ni un solo diente y las cuencas de sus ojos estaban vacías. Discutían acaloradamente, mientras se pasaban incansablemente de una a otra…¡un ojo y un diente! Entonces, Perseo les arrebató el ojo y el diente mientras se lo pasaban:
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡Devuélvenos nuestro diente y nuestro ojo!
- Con estas dos condiciones: que me digáis dónde puedo encontrar a las Gorgonas y que me deis las tres cosas que me permitirán luchar contra ellas.
-Está bien. Las hallarás en una cueva en los confines del mundo y aquí tienes las sandalias que te permitirán llegar hasta allí, el zurrón mágico y el casco del dios Plutón que te hará invisible. ¡Y ahora devuélvenos lo nuestro!
Antes de partir a los confines del mundo, Hermes le dijo:
- Mira de no mirar a Medusa ni a sus hermanas o te quedarás convertido en piedra. Ah, ten: te regalo mi hoz de oro; te será útil.
Cuando llegó a la guarida de las Gorgonas, por los alrededores no se veían más que estatuas de piedra. Eran todos los que se habían enfrentado a ellas y que habían quedado petrificados por su mirada. Sin embargo, se adentró hasta el fondo de la caverna. Viendo lo difícil que le resultaría su empresa, imploró a Atenea que acudiera en su ayuda. Un resplandor iluminó la gruta… y Atenea pareció con su coraza y sus armas.
-Me conmueve tu valor, Perseo. Aquí tienes mi escudo. ¡Enfréntate a Medusa sirviéndote de su reflejo!
Perseo comprendió que podría acercarse de espaldas a los tres monstruos presentándoles el escudo de la diosa, liso y bruñido como un espejo. Eran verdaderamente repugnantes, el cuerpo cubierto de escamas y puntiagudos colmillos en las fauces. Perseo, siempre de espaldas y guiado por el reflejo del escudo, llegó hasta Medusa. Entonces se volvió y con la hoz que le había dado Mercurio le cortó la cabeza de un tajo. En seguida cogió el zurrón y metió dentro de él la cabeza. Vio que del cuerpo decapitado de Medusa salía un gran chorro de sangre y que de aquel líquido surgieron dos seres fabulosos. Uno de ellos, un caballo alado de resplandeciente blancura, Pegaso.
Perseo, en ese momento, se puso el casco de Plutón e inmediatamente se hizo invisible. Cuando alcanzó la salida, de un salto subió a lomos del caballo alado y remontaron el vuelo. Del zurrón que llevaba en la mano caían gotas de sangre y cada una de ellas, al llegar al suelo, se convertía en una serpiente. Por eso, hoy día, hay tantas en el desierto.
Cuando Perseo llegó a la isla de Séfiros se presentó ante el rey Polidectes. El soberano le dijo furioso:
-¡Dánae ha huido! Se ha refugiado con mi hermano Dictis en un templo convencida de que los dioses los protegerán. Los tengo asediados. ¿Y tú, de dónde sales?
- Señor, he cumplido lo que me ordenaste: aquí te traigo la cabeza de Medusa.
- ¿Te burlas de mí? ¡Ya me gustaría a mí verla!
Perseo agarró la cabeza de Medusa y se la plantó delante a Polidectes, el cual se quedó convertido en estatua de piedra. Entonces Perseo fue a liberar a su madre y a su fiel protector, Dictis. Los habitantes de la isla de Séfiros, cuando se vieron liberados del tirano Polidectes, le pidieron que se convirtiera en su rey, pero Perseo les respondió:
- No, el único trono al que puedo aspirar legítimamente es el de Argos, mi patria. Y hacia allí voy a dirigirme.

Pero esa…, esa es otra historia…


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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Los cisnes salvajes.

Los cisnes salvajes.
(Adaptación del cuento de Andersen).

Allá lejos hubo un rey que tenía once hijos y una hija. Los niños eran dichosos desde el amanecer hasta que se iban a dormir.
Pero pasaron los años y el rey se casó con una reina malvada, que además era bruja, y que quería librarse de los príncipes. La reina confinó a Elisa en casa de unos labradores y convirtió a sus hermanos en grandes cisnes sin voz condenados a volar.
Transcurrieron los años y cuando Elisa cumplió los quince fue llevada a palacio. A la mañana siguiente la malvada reina fue a la sala de baños y al verla tan hermosa decidió alejarla para siempre. Enfurecida, desgarró las ropas de Elisa, enmarañó hu hermoso cabello y le embarró en la cara un asqueroso ungüento. El rey exclamó que esa no era su hija y Elisa huyó por montes y campos decidida a encontrar a sus hermanos aunque en ello le fuera la vida.
Al anochecer llegó llegó a un extenso bosque y a la mañana siguiente se puso en camino cuando se encontró con una anciana que llevaba una canasta de moras. Le preguntó por sus hermanos y ella le dijo:
-No he visto príncipe alguno, pero sí once cisnes que llevaban coronas de oro y nadaban en un río cerca de aquí.
Elisa siguió el curso del río hasta llegar a una playa donde lloró de impotencia ante la inmensidad del mar. De pronto vio en la playa once plumas de cisne. Las juntó en un ramillete y decidió permanecer allí hasta que aparecieran las aves. Por fin aparecieron y se posaron sobre en la arena y Elisa pudo ver cómo al caer el sol las plumas se borraban y aparecían sus once hermanos. Elisa dio un grito de alegría, corrió a abrazarlos y llamó por su nombre a cada uno de ellos. Su hermano mayor le contó que mientras el sol brillaba volaban por el mundo como cisnes salvajes, pero al caer la tarde recobraban su figura humana, por eso debían pisar tierra sólida al llegar el crepúsculo.
Los hermanos emplearon toda la noche en tejer una red para poder llevarla consigo alzada con sus picos. A la mañana siguiente emprendieron el vuelo, cruzaron el mar y pasaron la noche en un diminuto peñasco azotado por la tormenta. Al llegar el alba, volvieron a alzar el vuelo hasta que por fin llegaron al país que era el término de su travesía. Al caer la tarde del tercer día, depositaron a Elisa frente a una cueva para que pasara allí la noche. Elisa se dispuso a dormir cuando deseo:
-Me gustaría soñar la forma de liberarlos del hechizo.
Absorta en esta idea, soñando en los palacios que había visto desde el cielo, una bella hada salió a recibirla:
-Es posible liberarlos, pero tendrás que sufrir mucho para lograrlo. Fíjate en la ortiga que llevo en la mano. Arranca únicamente las ortigas que crecen en los cementerios. Aunque te destrocen la la piel tienes que triturarlas hasta convertirlas en lino. Con él hilarás once túnicas. Cuando las arrojes sobre los cisnes salvajes el embrujo quedará roto. De principio a fin de tu trabajo debes guardar absoluto silencio. Si dices algo, esa sola palabra atravesará como un espada el corazón de tus hermanos.
La mujer tocó la mano con la irritante ortiga y la despertó. En la caverna había una ortiga idéntica a la del sueño. Elisa llena de emoción comenzó su tarea. Trituró las ortigas hasta sacar lino verde y después hiló incansablemente.
Al caer la tarde, cuando regresaron sus hermanos, se alarmaron ante su silencio. Enseguida comprendieron lo que estaba haciendo. El más joven lloró sobre sus manos y desapareció el dolor y se borraron las ampollas.
Elisa ya había terminado la primera túnica cuando escuchó los cuernos de caza. Era el rey de aquel país que al verla en la cueva le dijo:
-¿Por qué te ocultas aquí? Ven conmigo. No puedes quedarte en esta caverna.
Y aunque Elisa lloraba, la montó en su caballo y al galope atravesaron las montañas. La llevó a su palacio y todos se inclinaban ante su radiante hermosura. El rey decidió tomarla como esposa. Únicamente al arzobispo disgustó la idea pues pensaba que se trataba de una bruja que hechizado al rey y enceguecido a todos los demás.
El rey se casó con ella y Elisa sin hablar ni siquiera con el rey, su esposo, continuó tejiendo las capas para sus hermanos. Pero al iniciar la séptima se quedó sin lino verde. Las ortigas que debía cortar con su propia mano se daban sólo en el cementerio. Se disfrazó y salió de palacio y el arzobispo la siguió hasta allí para espiarla. Ahora ya estaba seguro, la reina era una bruja y debía comunicárselo al rey.
La duda entró por primera vez en el corazón del rey cuando escuchó sus palabras. El rey entristeció pero Elisa continuó su tarea. Sólo falta una túnica cuando volvió al cementerio por más ortigas. El rey y el arzobispo fueron tras ella. El rey se negó a ver nada más:
-Que el pueblo la juzgue -dijo el rey. Y el pueblo decidió que Elisa debía morir en la hoguera.
En un sombrío calabozo, a la espera de su muerte, continuó tejiendo la última túnica cuando su hermano menor al fin logró encontrarla. Poco antes del amanecer, los once hermanos se presentaron en palacio solicitando ver al rey, pero antes de que pudieran hablar con él, salió el sol y sólo pudo ver a once cisnes salvajes sobrevolando sobre sus torreones y almenas.
Llegó el momento de la ejecución. Todos los habitantes de la ciudad se reunieron ante la pira en la que la bruja iba morir quemada viva. Elisa fue conducida en una carreta y continuaba torciendo el lino para terminar la undécima capa. Todos se arrojaron contra ella, pero los cisnes batiendo sus alas descendieron hacia la carreta. La multitud retrocedió temerosa. Y cuando el verdugo la tomó de la mano Elisa arrojó las once túnicas sobre los cisnes salvajes. De pronto aparecieron once apuestos jóvenes. Nadie dudó que se trataba de príncipes.
-Ahora ya puedo hablar: ¡Soy inocente!
Y al decir esto se desmayó en brazos de sus hermanos, exhausta por la terrible prueba que había soportado. Entonces aparecieron grandes bandadas de pájaros y las campanas de todo el país se echaron a vuelo.

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domingo, 13 de junio de 2010

El silfo y la princesa.



El silfo y la princesa.

Antes de comenzar esta historia debéis saber que el silfo es una diminuta criatura, algo más grandes que el dedo pulgar, que vive en el interior del tronco de un árbol. Se alimentan de sus savia y se visten con con sus hojas y a cambio él, destruye sus parásitos, limpia su corteza y saca brillo a sus brotes... Es tal la unión que se establece entre ambos, que si el árbol muere, el silfo muere con él.
Un día Gus, un leñador de Las Árdenas, volvió abatido a su choza y sacó de sus alforjas un minúsculo cuerpo sin vida. Los ojos de su mujer Pernette se llenaron de lágrimas y le dijo:

-¡Pobre pequeño! Pero ¿qué ha ocurrido?
-Pierrot, mi aprendiz, ha cortado su árbol sin darse cuenta.
-¡Qué idiota ese Pierrot! No sé porqué cargas con un inútil semejante...
Y comenzó a acunar con tristeza al pequeño cadáver. Al sentir las caricias, el cuerpecillo se estremeció y Pernette extremó sus cuidados, y lo hizo tan bien, que el silfo sobrevivió.
El silfo fue llamado Silvano y durante muchas años no dio más que satisfacciones a sus padres. Les hablaba del bosque, imitaba el sonido del viento, el susurro de las fuentes o el galopar de un cervatillo. Gus y su mujer, nunca habían sido tan felices...
Cierta mañana de primavera, el rey paseaba a caballo por el bosque en compañía de su hija, la princesa Matilda, y fue a pasar por delante de la cabaña donde vivía el leñador Gus y su mujer. La princesa vio a Silvano tumbado tomando el sol en el alféizar de la ventana e inmediatamente lo quiso para ella. El rey, que tenía totalmente consentida a la princesa, se dirigió a Pernette, que estaba sola en casa:

-Ese juguete te lo compro. Te daré el dinero que me pidas.
-¡No es un juguete y no está en venta, señor!
-Ni siquiera por diez mil ducados.
-Ni por todo el oro del mundo. Silvano es mi hijo, la alegría de mi vejez. No puedo separarme de él, ni siquiera por una princesa.
-Pues tendrás que hacerlo. O aceptas el trato, u os mando a la cárcel, ¡a tí y al bribón de tu marido!
Silvano saltó al hombro de Pernette y le dijo al oído.
-Dí que sí madre. Embólsate el dinero y confía en mí. ¡Soy vuestro, bella dama!

Y así fue como comenzó la vida de palacio de Silvano, rodeado de lujos y placeres. Pero Silvano no apreciaba esos privilegios, echaba de menos a sus padres y al bosque. Pronto empezó a pasar todo el tiempo suspirando mientras contemplaba el cielo. Matilda, entoces, comenzó a perder interés por él, pero no estaba dispuesta a devolverle la libertad.

-O tú eres demasiado pequeño, o yo soy demasiado grande. ¿Ay, si fuésemos del mismo tamaño, qué bien me lo pasaría contigo!

Aquello le dio una idea a Silvano. Una noche, se subió a la rata que usaba como montura, y regresó a casa de sus padres. Ellos se llevaron una gran alegría al verlo y, pasada la primera alegría, Silvano les explicó su atrevido plan. Lo primero que hicieron fue ir a por Pierrot, el apuesto jovenzuelo que Gus tenía como aprendiz, que aunque era más simple que un besugo, en sus ojos negros brillaba esa mirada que enamora a las chicas.

-¿Quieres convertirte en príncipe?
-Sí.
-Entonces, sigue mis instrucciones al pie de la letra.

Recogieron hojas de todos los tamaños y formas y le cosieron a Pierrot un traje similar al de Silvano; luego se lo llevó al castillo y le ordenó a Pierrot que subiera por una hiedra hasta la habitación de la princesa. Esta sentado en la ventana contemplando las primeras luces del alba, cuando se despertó la princesa y contempló, en lugar de a un silfo, a un hombre hecho y derecho.

-¿Quién eres?
-Soy Silvano. Tus deseos han sido escuchados: esta noche, he crecido. Ahora soy de tu tamaño... ¡y estoy a tu disposición!

No hace falta que tengáis mucha imaginación para averiguar qué pasó después. Claro..., Matilda y Silvano, se casaron, fueron felices y tuvieron muchos hijos.
En cuanto a Silvano, regresó a su bosque y allí debe de seguir todavía, ya que la vida de los silfos es como la de los árboles: si la idiotez de los hombres no la trunca, ¡puede durar siglos!

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miércoles, 5 de mayo de 2010

El león y el ratón.



El león y el ratón
(Fábula. Esopo)
Una vez dormía tranquilamente un león, cuando un ratón empezó a juguetear encima de su cuerpo. Despertó el león y rápidamente atrapó al ratón. Lo tenía entre sus garras y abrió la boca para comérselo cuando el ratoncito suplicó:

- Por favor, león, rey de los animales, señor de la selva, ¡no me comas! Apenas soy un bocadito. Si me dejas ir, algún día podré ayudarte.

El león lo miró asombrado y se echó a reír:

- ¿Ayudarme, una cosita tan débil y pequeña como tú? Me das tanta risa que, por esta vez, no te comeré.

Pasó el tiempo, pero un día, el león, rey de los animales y señor de la selva, cayó en una trampa que le habían tendido los cazadores. Lo cubría una red muy gruesa y allí quedó atrapado, rugiendo de rabia.
El ratoncito escuchó sus rugidos y corrió hasta él. Entonces, con sus buenos dientes de ratón, empezó a roer la soga hasta que ésta se rompió. ¡Y el león pudo salir por el boquete y librarse de la trampa!
Ese día, el señor de la selva, el rey de los animales, aprendió que todos, hasta los más débiles y pequeñitos, pueden ayudar.

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sábado, 10 de abril de 2010

El ratón de campo y el ratón de ciudad.


En un pequeño pueblo perdido entre montañas, vivía una vez un ratoncito muy simpático y muy trabajador.
Llevaba el ratoncito un buen rato trabajando en el campo, cuando pasó el topo repartiendo el correo.
¡Hay correo para ti!
El ratoncito, que rabiaba de curiosidad, se apresuró a leer la carta.
- Es carta de mi primo, el que vive en la ciudad. ¡Qué bien! ¡Me invita a pasar unos días en su casa!
El ratoncito muy contento porque, por fin, iba a conocer la casa donde vivía su rico primo, preparó un hatillo con cuatro cosas.
Iba dichoso y feliz pues su primo le había hablado de lo bien que vivía en la ciudad: No tenía que trabajar y, además, disponía del mejor queso; y ya sabéis cuánto le gusta el queso a los ratones…
Nada más llegar a la ciudad, tuvo su primer tropiezo. Un coche, con sus negras ruedas, estuvo apunto de aplastarlo contra el asfalto.
- ¡Socorro! ¡Ese monstruo ha estado a punto de matarme!
Cansado y muy asustado, llegó por fin a la casa donde vivía su primo. La dueña de la casa abrió la puerta en ese momento y ¡vuelta a correr…!
- ¡Vamos de prisa! ¡No deben verte! ¡Nadie sabe aquí viven ratones!
- ¡Uy¡ ¡Voy contigo!
Ya más tranquilos, su primo presumía delante de él:
- Como verás, querido primo, aquí tengo de todo y no tengo que trabajar, como tú haces, para conseguir comida.
- Ahora que la mencionas, no estaría mal comer algo. Llevo todo el día sin probar nada.
- Eso está hecho.
Su primo le llevó a la cocina y aprovechando que el palo de la escoba estaba
apoyado sobre el mueble, comenzaron a trepar por él. El pobre ratón de campo que estaba agotado, llegó arriba con mucho dificultad.
- Vamos, primo, un último esfuerzo.
-¡Ay, no puedo más!
Al final, recibieron su recompensa, un delicioso queso para ellos solos.
- ¡Qué rico está!
De repente, apareció el que faltaba, el señor gato:
- ¡Mira que agradable sorpresa! ¡Mi amiguito tiene visita! Encantado de conocerte, monín.
En ese momento, los dos ratones se arrojaron al suelo y comenzaron a correr.
- ¡Sálvese quien pueda! ¡Que nos pilla!
- ¡Ay, aquí no hay quien pare! ¡De ésta no salgo!
- No corráis tanto, ratones. ¡Oye, tú, no sean mal educado, preséntame a tu amiguito!
Cuando, por fin salieron de ésta, el ratón de campo cogió su hatillo y le dijo a su primo:
- Ahí te quedas, querido primo, prefiero un mendrugo saboreado con tranquilidad en el campo que un banquete rodeado de peligros en la ciudad.
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