sábado, 6 de octubre de 2012

Por qué los animales tienen cola.

Por qué los animales tienen cola.
(Adapatado de Natha Caputo. Un cuento para cada día. Sara Cone Bryant y Natha Caputo. Edit. SM.)

Érase que se era cuando los animales no tenía cola: ni el zorro, ni el conejo, ni la comadreja, ni el ratón... Entonces se organizó una feria donde se venderían colas, miles de colas de todos los tamaños y colores.Nunca se había visto una feria así.
El zorro, deseoso de tener cola, corrió tanto que llegó el primero. Se encontró con un montón de colas en venta. Las había gruesas, finas, largas, cortas, espesas, rayadas, lisas, ásperas…
El zorro eligió la que más le gustaba. Una bonita y espesa cola, ideal para un zorro tan elegante como él.
Por el camino se encontró con el perro y éste le pregunto:

Perro: ¿Quedan todavía colas para mi?
Zorro: ¡Sí, claro que sí, pero ninguna tan bonita como la mía!

Cuando llegó a la feria el perro eligió una cola que le parecía bien y en camino de regreso se encontró con el gato con el que por entonces no se llevaba mal:

Gato: ¿Quedan todavía colas en venta?
Perro: ¡Sí, sí..., todavía hay muchas, pero ninguna tan bonita como la mía! Seguro que encuentras una para ti.

El gato encontró una larga y rayada cola que parecía que se movía sola y se la quedó. Pero en el camino de vuelta se encontró con el caballo. El caballo inquieto le preguntó:

Caballo: ¿Quedan todavía colas en venta para mi?
Gato: ¡Sí, sí, hay muchas colas en venta, pero ninguna tan bonita como la mía.

El caballo encontró una gran cola con largas crines que le gustó mucho y la compró. Pero en el camino de vuelta se encontró con la vaca:

Vaca: ¿Quedan todavía colas por vender?
Caballo: Sí, sí, señora vaca, todavía quedan, pero las más espesas y con más pelos ya se han vendido. No encontrará ninguna tan bonita como la mía.

La vaca buscó y rebuscó hasta que encontró una larga cola que le gustó mucho y se quedó con ella.
Al final llegó el cerdito y sólo encontró una pequeña cola en espiral que la encontró muy bonita y se la colocó rápidamente no fuera a quedarse sin ella. Le pareció muy bonita y se la colocó. El cerdito se fue para su casa repitiendo:

Cerdo: ¡Tengo una bonita cola! ¡Tengo una bonita cola!

Y desde entonces todos los animales tienen cola, aunque fue el zorro el que se llevó la cola más bonita.
Y colorín, colorado, este cuento que traerá cola, se ha terminado.

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lunes, 2 de julio de 2012

Apolo y Dafne.

Apolo y Dafne.

Hace mucho tiempo, cuando los dioses disputaban entre sí y las ninfas habitaban las frescas arboledas, ocurrió esta hermosa historia.
Apolo, dios del sol y de las artes, era un excelente arquero, capaz de abatir cualquier bestia salvaje con una sola flecha. Cegado por la vanidad, el dios comenzó a comportarse de forma arrogante y a burlarse de Eros.
Eros era el dios del amor. Bajo se inocente apariencia de niño, se oculta el enorme poder de manejar caprichosamente los sentimientos de los demás. Él también llevaba un arco y unas flechas, con los que rendía los corazones al fuego del amor.
Un día, las burlas de Apolo llegaron demasiado lejos:

Apolo: ¡Deja esas flechas, Eros!
Eros: ¿Y por qué he de dejarlas?
Apolo:Resulta ridículo que un niño como tú las lleve. Las flechas son armas de valiente...
Eros: Todos sabemos que tus flechas son temibles, Apolo. Pero te aseguro que nadie puede resistirse a las mías. Ni siquiera tú... !Te lo demostraré!

Tras proferir aquella inquietante amenaza, Eros se marchó de allí.Y desde ese mismo instante, esperó pacientemente el momento de ejecutar su venganza.
Una mañana, siguiendo su costumbre, Apolo salió a pasear por el bosque. No podía sospechar que Eros lo esperaba oculto entre los matorrales.Cuando el niño tuvo a Apolo a su alcance, le disparó una flecha. Era una flecha de madera de ciprés, con la punta de oro: la flecha del amor. Satisfecho, Eros se dirigió velozmente a un arroyo cercano. Allí se encontraba Dafne, la hermosa ninfa hija del río Peneo. El pequeño dios le disparó a la ninfa una flecha con la punta de bronce. Quienes resultaban heridos por ella rechazaban a los que se atrevían a amarlos. Así comenzó una historia de amor imposible.
Un día, Dafne recogía flores silvestres cuando Apolo , de repente, la vio. Él sintió que su
corazón se agitaba e intentó acercarse a la ninfa para hablar con ella. Ella, al advertir su presencia, se escondió entre los árboles.
Desde ese momento, una y otra vez, Apolo recorrió incansable el lugar donde había visto a Dafne. Ya no podía disfrutar con el frescor de las mañanas o los hermosos colores del atardecer , sólo quería encontrar a la ninfa y declararle su amor. Muchas veces Apolo conseguía verla , pero ella siempre lo rehuía:

Apolo: ¡Detente! Por favor, no corras , no quiero hacerte daño …

Pero Dafne escapaba y Apolo sufría imaginando que ella pudiera tropezar y lastimarse en su huída.
Una mañana, mientras Dafne descansaba junto a un árbol, Apolo intentó acercarse sigilosamente. En cuanto ella se dio cuenta, echó a correr como otras veces. Apolo la persiguió entre los árboles, junto al claro del camino, por la orilla del río... Dafne estaba agotada.
Y,afligida por aquella situación que la obligada a huir sin tregua, suplicó a Peneo:

Dafne: Ayúdame, padre! Tú tienes poderes divinos. Quítame esta apariencia que me atormenta. Te lo ruego: concédeme otro cuerpo en el que vivir sin turbación.

Dafne no había acabado de hablar cuando notó que sus pies se hacían pesados. Luego, se sintió atada a la Tierra: le habían brotado raíces. Su piel se cubrió de una tierna corteza, los brazos se convirtieron en ramas y el pelo se llenó de hojas alargadas de color verde oscuro...La ninfa se había convertido en un hermoso árbol, un esbelto laurel de frondosa copa. Cuando Apolo llegó, aún pudo advertir en aquel árbol el alma de su amada y comprendió lo ocurrido. Llorando, abrazó el tronco del laurel y dijo:

Apolo: Dafne, querida mía …, no te olvidaré nunca. Siempre te llevaré conmigo.

Y tomando unas hojas del árbol, tejió una corona que se colocó sobre la cabeza. Desde entonces, la corona de laurel ha acompañado las glorias de los héroes.


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domingo, 3 de junio de 2012

Una cartera llena de relojes.

Una cartera llena de relojes.

El Miguel trabajaba en una relojería. Aunque era un simple aprendiz, su jefe le tenía tanta confianza que lo envío a la capital a recoger una importante remesa de relojes de oro. En el viaje de vuelta, Miguel cabalgaba a todo galope. Tenía miedo, pues sabía que los caminos no eran seguros. Temía que le robasen la cartera llena de relojes de oro que llevaba colgada de la silla de montar. De pronto, en el camino se cruzó un hombre a caballo.

Bandido:¡Baja del caballo o disparo!
Miguel:¡Tranquilo! ¡Ahora mismo bajo!
Bandido:¡Dame tu reloj!
Miguel obedeció sin rechistar. Sacó su reloj del bolsillo y se lo tendió al bandolero.
Bandido:¡Ahora dame todo el dinero que lleves encima!

Miguel soló tenía una idea en la cabeza: que el bandolero no le pidiera la cartera donde iban los relojes de oro. Pero la suerte no le acompañó. De pronto, el ladrón reparó en la en la cartera:

Bandido:¡Ahora quiero esa cartera que llevas colgada de la silla! ¡Y no hagas movimientos bruscos, o disparo!

A regañadientes, desató la cartera y se la entregó al salteador. El ladrón la abrió con el único propósito de meter en ella el reloj y las monedas que acababa de robarle a Miguel, pero, cuando vio lo que había dentro de la cartera , sonrió de oreja a oreja. Entonces, Miguel se dirigió al ladrón:

Miguel:Señor, esos relojes de oro no son míos: he ido a la ciudad a recogerlos por encargo de mi jefe. Cuando vuelva a la relojería donde trabajo, mi jefe pensará que he sido yo quien se ha quedado con los relojes, y me molerá a palos. Es probable incluso que me denuncie ante la policía y me ahorquen por ladrón. ¡Será toda una vergüenza para mis padres!
Bandido:¡Y qué quieres que haga yo!
Miguel:Tiene que quedar claro que me han robado. ¡Ayúdeme, por favor!
Bandido:¿Que te ayude? ¿Y qué quieres que haga?
Miguel:Que dispare a mi ropa, para que mi jefe vea que no tuve más remedio que entregar los relojes. Tiene que parecer que me he resistido hasta el final. Por favor, dispare unas balas contra mi sombrero. Así parecerá que me he escapado por los pelos...
Bandido:Si eso es lo que quieres, lo haré con mucho gusto.

Entonces, Miguel se quitó el sombrero y lo dejó colgando de su mano, lo más separado posible del cuerpo. El salteador disparó alegremente contra el sombrero. Luego, Miguel volvió a ponérselo y dijo:

Miguel:¡Dispáreme también en el abrigo, y así mi jefe no podrá dudar de que me he enfrentado a todo un ladrón!

Miguel se quitó el abrigo y lo sostuvo con una mano, a cierta distancia de su cuerpo, y el salteador volvió a dispar unas cuantas balas. Cuando acabó, Miguel señaló una parte del abrigo y dijo:

Miguel:Un disparo más aquí, en el bolsillo.

Entonces el salteador apretó el gatillo de la pistola, pero todo lo que se oyó fue un pequeño “clic”. Había disparado tantas veces que no quedaba ni una sola bala en el colgador. Sin perder un segundo Miguel tiró el abrigo contra la cara del ladrón, le arrancó la cartera de las manos, montó en su caballo y se alejó a todo galope.
Cuando Miguel llegó a la ciudad y contó lo ocurrido, su jefe rió de buena gana y dijo: 
 
Jefe: Esta claro que la astucia puede más que la maldad. 
 
Luego, el relojero le entregó a Miguel una buena recompensa, además de un abrigo y un sombrero nuevos. Y, desde aquel día los dos tuvieron una buena historia que contar a todo el que quisiera escucharla.

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jueves, 3 de mayo de 2012

Los higos



Los higos.
(Adaptación cuento tradicional hebreo)
El emperador volvía a caballo de recorrer sus tierras cuando vio al margen del camino a un anciano que estaba plantando un árbol. Lleno de curiosidad, el emperador se apeó del caballo y le dijo al anciano:

Emperador: ¿Por qué te molestas en plantar un árbol con la edad que tienes?¿No ves que,cuando empiece a dar frutos, lo más seguro es que ya estés muerto?¡Deja la tarea de plantar árboles para tus hijos y tus nietos!
Anciano:Majestad, planto árboles igual que lo hicieron mis padres y mis abuelos. Cuando yo nací, había ya muchos árboles en el mundo, porque los habían plantado nuestros antepasados. Así que ahora me toca a mí plantar los árboles del futuro para que los disfruten mis hijos y mis nietos. Seguro que este árbol que veis aquí, de ramas tan desnudas y esmirriadas, será algún día una buena higuera.
Emperador: ¡Me encantan los higos! Si todavía estás vivo cuando tu higuera empiece a darlos, tráeme unos cuantos a palacio, porque me gustará mucho probarlos. Ojalá que Dios te dé muchos años de vida para que puedas seguir plantando árboles y comiendo sus frutos.

Tras decir esto, el emperador subió de nuevo al caballo y siguió su camino.
Tiempo después, la higuera empezó a echar hojas, y a los tres años dio sus primeros frutos. Entonces, el anciano tomó su mejor cesta, la limpió hasta sacarle brillo y la llenó con sus higos más lozanos. Luego, le pidió a un vecino suyo un paño para taparlos y, tras colgarse la cesta del brazo, salió camino de palacio.
Cuando llegó, los guardias del emperador le cerraron el paso. Tomaron al viejo por un mendigo, incluso por un loco.

Anciano: Fue el emperador quien me pidió los higos.

Los guardias no se lo creyeron. Con todo, fueron a consultar con el emperador, quien, tras hacer memoria, dijo:

Emperador: Sí, creo recordar que, hace tres o cuatro años, vi a un anciano en el campo plantando una higuera y me paré a hablar con él. Dejadle entrar.
Cuando el anciano estuvo ante el emperador, le entregó los higos. El emperador los olió y quedó encantado con su fragancia. Luego, tomó uno y se lo comió con gran placer.

Emperador: ¡Hum! Si todos lo higos de tu higuera son tan dulces como éste, no hay duda de que hiciste muy bien al plantarla. Espero que tengas una larga vida. Y, para que veas cuánto me gustan tus higos, voy a corresponderte con un regalo. Tesorero, llena la cesta de este anciano de monedas de oro.

El anciano hizo el camino de vuelta con una sonrisa en los labios. Ya estaba a la puerta de su casa cuando se cruzó con su vecino, el que le había prestado el paño para cubrir los higos. Lleno de curiosidad, el vecino le preguntó:

Vecino: ¿De dónde vienes? Veo que te has vestido con tus mejores ropas, así que no hay duda de que has ido ha visitar a una persona importante. Ven a tomar el té y nos lo cuentas todo.

El anciano aceptó la invitación y entró en casa de su vecino. Dejó la cesta sobre la mesa y levantó el paño con el que había tapado los higos.

Anciano: Aquí tenéis vuestro paño. Mil gracias por habérmelo dejado.

El vecino y su mujer se quedaron embobados mirando las monedas de oro que había dentro de la cesta. El anciano les contó que el emperador se las había regalado para agradecerle unos higos.
Cuando el anciano se volvió a su casa, la mujer del vecino se plantó delante de su esposo y le dijo:

Mujer: ¡Mira que eres tonto ! ¡Tantos años pensando en un modo de hacerte rico y no se te había ocurrido el más simple de todos! ¡Ahora mismo vas a llenar una cesta de higos y se las vas a llevar al emperador! Le dices que se los coma y luego le pides que te llene la cesta de monedas de oro. Venga, ¿a qué esperas? Ve preparándote, que yo voy a buscar la cesta.

Cuando llegó al palacio, les pidió a los guardias que le dejasen entrar, pero ellos se negaron.
Vecino: ¿Cómo que no me dejáis pasar?

Justo entonces, el emperador paso por allí y oyó la discusión.

Emperador: ¿Por qué querrías verme?
Vecino: Majestad, mi vecino os trajo una cesta de higos y le pagásteis con una buena cantidad de monedas de oro. Yo también os traigo unos higos excelentes. ¿Verdad que me merezco una recompensa ?
Emperador: ¡Ah, cuando tu vecino me dio los higos, me los regaló de todo corazón, y sin esperar nada a cambio ! Pero no te preocupes, que también a ti daré lo que te mereces.

Entonces, el emperador ordenó a sus guardias que ataran a aquel hombre a la puerta del palacio y que dejaran la cesta llena de higos en el suelo. Y luego añadió:

Emperador: ¡Ordeno que el que pase por aquí tome un higo y se lo lance a la cara a este mentecato !

Y así se hizo. Todo el que pasó por delante del palacio sacó un higo de la cesta y lo estampó con las narices del hombre atado. Cuando los higos se acabaron, el emperador mandó soltar al hombre y le permitió que volviera a casa.
Su esposa lo esperaba en la puerta, impaciente por ver la monedas de oro. Cuando vió la cesta vacía, exclamó muy decepcionada:

Mujer: Pero, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Dónde están las monedas de oro?
Vecino: ¡Ay, esposa querida, no sabes lo estúpidas que llegan a ser tus ideas! ¿Conque me iban a dar oro a cambio de unos pocos higos, eh? ¡Pues entérate de que me los han tirado todos a la cara! ¿Y aún tengo que estar agradecido... ?
Vecino: ¿Agradecido? ¿Por qué?
Mujer: Porque nuestro vecino tuvo la buena idea de plantar una higuera. ¡Imagínate qué habría sido de mí si se le hubiera ocurrido plantar un limonero!

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martes, 3 de abril de 2012

El lobo y la zorra.



El lobo y la zorra.

Hace mucho tiempo un lobo y una zorra decidieron vivir juntos en una cueva. Al poco tiempo, el lobo comenzó a portarse mal con la zorra, la trataba de manera cruel. La zorra lo soportaba, pero un día se dijo: “Este maldito lobo no tiene arreglo. O yo acabo con él o será él quien acabe conmigo”.
Y he aquí que un día se le presentó la ocasión. Estaba merodeando por el campo cuando observó que el muro que cercaba un viñedo tenía una brecha por la que se podía entrar. “Y si fuese una trampa?”, pensó la zorra. Metió lentamente la cabeza por el agujero y efectivamente el dueño de la viña había cavado un pozo y lo había disimulado con ramas para capturar a los animales que quisieran robarle sus uvas.
Zorra: Qué cierto es que la prudencia es la mitad de la inteligencia. ¡Qué bien estaría que el lobo cayera en esta trampa! Me libraría de él y me comería todas las uvas -pensó la zorra.
La zorra regresó corriendo a la cueva y le contó al lobo su descubrimiento:
Zorra: Lo tienes fácil, amigo lobo. Podrás entrar en un viñedo cargadito de uvas a través de una brecha que hay en el muro. Yo acabo de entrar y sus vides están repletas. Yo me he paseado por ellas con entera libertad.
El lobo, cegado por la gula, echó a correr en dirección al viñedo mientras la zorra le seguía a corta distancia. El muy tonto se lanzo por la brecha y cayó en la trampa. La zorra lloraba de alegría al verlo allí, atrapado, sin poder salir.
Lobo: Querida zorra, ya veo por tus lágrimas cómo te apena el verme aquí, sin poder salir. Por favor, ayúdame a encontrar la forma de hacerlo.
Zorra: Te aseguro que no lloro por lástima, sino de alegría... ¡Tenía tantas ganas de verte ahí, en el fondo de ese hoyo! Has recibido el castigo que merecías. Adiós, me voy.
Lobo: ¡Por favor, no me abandones! Avisa al menos a mis hermanos para que vengan a auxiliarme...
Zorra: Ni por todo el oro del mundo te ayudaría... Quien la hace la paga.
Lobo: ¡Ay de mí! ¡Perdido estoy! Piedad para mi alma y perdón pido por lo mal que me porté contigo. Prometo no volver a maltratar a los más débiles si salgo de esta.
La zorra, conmovida por las palabras del lobo, se asomó al hoyo y éste aprovechó la ocasión. Atrapó su larga cola y la zorra cayó dentro de la fosa.
Lobo: ¡Ya te tengo, maldita zorra! Ahora recibirás mi terrible castigo por ser tan despiadada y cruel. Comprobarás con tus propios ojos cómo pongo fin a tu vida antes de que me veas muerto.
Pero la zorra agudizo su ingenio y reaccionó de inmediato.
Zorra: Querido lobo, ¿cómo has podido llegar a pensar que no iba a ayudarte? Te mostré mi cola por la boca de este hoyo de muerte para que pudieras subir por ella.
Lobo: Crees que soy tonto.
Zorra: Nunca lo pensaría. Te tengo por mi mejor amigo. No seas tan desconfiado. Además, ¿qué ganarías tú con matarme? ¿Quién te sacaría entonces de aquí? Tengo una idea estupenda para salvarnos los dos. Hazme caso.
Lobo: ¿Ah, sí? ¿De qué idea se trata?
Zorra: Mira. Si tú te levantas sobre tus patas traseras y yo trepo por tu espalda, podré alcanzar de un salto el borde del hoyo. Luego iría veloz por un palo al que te puedas agarrar para salir de aquí.
Lobo: No me fío de tí ni un pelo, pero no me queda más remedio. Venga, trepa por mi espalda.
Cuando la zorra estuvo fuera el lobo le dijo:
Lobo: Venga, ¿a qué esperas? Ve a buscar ayuda enseguida.
Zorra: ¡Eschúchame, lobo del demonio! ¿Cómo has podido llegar a pensar qué deseara salvarte? ¡Ahí te quedas para siempre!
Entonces, la zorra, comenzó a lanzar unos gritos ensordecedores para atraer la atención de los campesinos, que corrieron hacia ella nada más verla. Ella huyó velozmente y los campesinos descubrieron al lobo en el fondo del hoyo. Se armaron con piedras y palos y lo golperon hasta matarlo. Mientras, la zorra, se dio un gran festín de uvas en el otro extremo de la viña.

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jueves, 1 de marzo de 2012

Las tres hijas.



LAS TRES HIJAS.
(Natha Caputo. Adaptado)

Esto era una vez una mujer que tenía tres hijas. La mujer se esforzaba mucho durante todo el día para poder darles de comer y vestir por que era pobre y estaba sola en el mundo.
Las tres pequeñas crecieron y se convirtiron en tres jovencitas alegres y bellas. Las tres se fueron casando una tras otra y se marcharon con sus maridos.
Pasaron los años y la pobre mujer se hizo muy viejecita hasta que un día cayó muy enferma. Quería volver a ver a sus tres hijas y así mandó en su busca a su buena amiga la pequeña ardilla roja.
-Ardillita, amiga, diles que vengan pronto, que me encuentro muy mal.
La ardilla salió corriendo y llegó a casa de la mayor de las hijas que estaba fregando dos barreños, dale que te friego, venga a limpiar. Al enterarse de la mala noticia, esto se le ocurrió:
-Oh, qué pena, iría ahora mismo pero es que tengo que fregar estos dos barreños que están muy sucios. Mira qué sucios están.
-¿De verdad que tienes que fregar estos barreños antes que nada? -dijo la ardillita-. Muy bien, querida que sepas que no te separarás nunca de ellos.
Y, de repente, los dos barreños saltaron del fregadero y fueron a colocarse, uno sobre la espalda y el otro sobre la barriga de la hija, quedando atrapada como si fuera una concha. Parecía una tortuga andando a cuatro patas... Una torpe y lenta tortuga con cara, brazos y piernas de mujer.
Luego la ardillita roja corrió y corrió hasta la casa de la otra hija. Ella esta tejiendo una preciosa alfombra con la cara del sol en su telar. Cuando se enteró de la mala noticia, sólo se le ocurrió decir:
-¡Oh, qué pena, qué pena! Iría ahora mismo, pero antes tengo que tejer esta alfombra para venderla en la feria.
-¿De verdad que tienes que tejer una alfombra para venderla en al feria antes que nada? Muy bien, querida, tejerás..., ¡tejerás!, tejerás el resto de tu vida, ¡tejerás para siempre!
En un instante, la hija, se vio convertida en una enorme araña que tejía; sí, que tejía su propia tela, su propia tela de araña.
Y por fin llegó a casa de la tercera hija, pero antes corrió y corrió. Allé estaba ella, amasando harina para hacer una tortas. Y al saber las malas noticias. No dijo nada. Salió corriendo hacia la casa de su madre.
-¡Tú sí que eres una buena hija! -dijo la ardillita-. Darás al mundo dulzura y felicidad. Y todos te cuidarán y amarán: tus hijos, tus nietos y bisnietos.
Y así fue. Ella vivió mucho tiempo, amada y mimada por todo el mundo.
Cuando llegó su hora de morir, se convirtió en una bonita abeja dorada.
Y, desde entonces, durante los largos días de verano, recoge la miel de las flores desde la mañana hasta noche. Y, cuando llega el invierno, duerme apaciblemente en una cálida colmena, y, cuando, se despierta, se alimenta de azúcar y miel.

Original e ilustraciones publicado por S.M. , "Un cuento para cada día", Sara Cone Bryant y Natha Caputo.

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miércoles, 8 de febrero de 2012

La mitad de la manta.


                                                      
                                                            La mitad de la manta.

Hubo una vez un rico mercader que tenia un hijo. A medida que el padre se hacía mayor, el niño fue creciendo. Cuando el hijo llegó a la adolescencia, empezó a trabajar con su padre, y se convirtió también él en hábil mercader. Entonces se casó y tuvo un hijo que lo colmó de felicidad.
Pensaron algunos años, y un día, el viejo mercader sintió que empezaban a faltarle las fuerzas para seguir trabajando y le anunció a su hijo.

Padre: Creo que ha llegado la hora de retirarme. Todo el mundo me considera un mercader honrado, y confío en que sabrás mantener el buen nombre de nuestra familia. He decidido darte todo lo que poseo ahora que aún estoy vivo. Gozarás de mis bienes, y de este modo, yo podré disfrutar también de tu éxito en los negocios. Estoy seguro de que me darás todo lo que necesite.
Hijo: ¡Por supuesto que sí, padre! No sabes cuánto agradezco lo mucho que confías en mí!

Al principio, el hijo honraba a su padre, y le contaba cada paso que daba en su negocio. Muchas veces le pedía consejo, y el padre lo ayudaba encantado. Con el tiempo, sin embargo, el hijo dejó de darle explicaciones al padre y de buscar su consejo. Incluso le aburría oírlo, así que, cuando el anciano le hablaba, el hijo no le hacía el menor caso.
Un día, el hijo interrumpió a su padre cuando estaba hablando y le dijo de muy malos modos:

Hijo:¡Deja de decir tonterías! ¡Sé muy bien cómo dirigir mis negocios, y no necesito tus consejos! ¡Me he cansado de oír tus bobadas, y no tengo ganas de aguantarte más, así que tendrás que marcharte!
Padre: ¿Marcharme? ¿Y dónde voy a ir? Soy demasiado viejo para dejar mi casa.
Hijo:Eso no es asunto mío. Y recuerda que esta casa ya no es tuya. Tendrás que irte al amanecer, o de lo contrario haré que te echen.

El anciano, pues, no tuvo más remedio que marcharse de casa. Desde aquel día, se dedicó a pedir limosna por la calle.
Una mañana en que hacía muchísimo frío, el anciano se acercó a la casa que en otro tiempo había sido suya, y vio a su pequeño nieto jugando en el patio. Había nevado mucho, y el anciano estaba helado. El niño, en cambio, se lo estaba pasando en grande con la nieve. En cierto momento, miró hacia la calle y vio a un anciano que no le quitaba la vista de encima. El niño se preguntó quién sería aquel hombre y por qué rondaba su casa.

Padre: Soy tu abuelo.

El niño se quedó muy asombrado. ¿Sería verdad lo que estaba diciendo aquel mendigo?

Nieto: ¿Quieres algo?
Padre: Te agradecería mucho que le pidieras a tu padre una manta para abrigarme. Ha nevado mucho, y estoy muerto de frío.

El niño corrió al interior de la casa y le dijo a su padre.

Nieto: Papá, en la puerta hay un viejo que dice que es mi abuelo.¡Seguro que se ha equivocado! El pobre tiene tanto frío que me ha pedido una manta. ¿Dónde puedo encontrar una?
El padre se quedó pensativo un momento, y respondió:

Hijo: Hay una manta vieja en el desván, dentro de un baúl. Dásela a tu abuelo si quieres.

El niño subió al desván a todo correr, y se pasó allí tanto rato que el padre empezó a extrañarse. Temiendo que le hubiera pasado algo malo, fue a buscarlo. Al llegar al desván, vio que el niño estaba cortando la manta con ayuda de un cuchillo.

Hijo: ¿Qué haces, hijo?
Nieto: Estoy cortando la manta en dos para darle la mitad al abuelo.
Hijo: ¿Y qué vas hacer con la otra mitad?
Nieto: La guardaré para ti. Cuando te hagas viejo y tengas que mendigar en la calle, en medio de la nieve, te daré esta mitad de la manta para que puedas calentarte.
Al oír aquello, el padre se entremeció. Bajo la escalera corriendo y cruzó la casa en dirección al patio. Cuando salió al exterior, tenía los ojos llenos de lágrimas. Su anciano padre le estaba esperando, completamente quieto, en mitad de la nieve. Primero lo abrazó, y luego le dijo:

Hijo: Perdóname, padre, por favor. Tendría que estarte agradecido y honrarte de por vida por todas las cosas que me has dado. Te prometo que a partir de ahora todo cambiará. Entra en tu casa, por favor.

Desde aquel momento, en efecto, todo cambió. El anciano perdonó a su hijo y volvió a vivir en la casa. Aquella noche, mientras el abuelo se calentaba ante el fuego de la chimenea, su nieto se acercó para sentarse a su lado. Llevaba con él las dos mitades de la manta. El anciano agarró una y se la echó por encima al niño. Después, agarró la otra y se tapó con ella. 

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