viernes, 1 de abril de 2011

La historia de Erika


La historia de Erika.
(Adaptación del relato de Ruth Vander Zee).

Conocí a la protagonista de esta historia sentado en un banco con mi mujer frenta al ayuntamiento de Rothenburgo, Alemania. Mirábamos cómo un equipo de limpieza recogía las tejas rotas que un tornado había tirado la noche anterior. Una mujer que estaba sentada a nuestro lado se presentó así misma como Erika y nos preguntó si estábamos de viaje. Le dijimos que durante dos semanas habíamos estado estudiando en Jerusalem. Observé que llevaba al cuello una cadena con la estrella de David, así que le comenté, que después de estar en Israel, habíamos pasado por Austria donde habíamos visitado el campo de concentración de Mathausen. Erika nos dijo que en una ocasión había llegado hasta las mismas puertas de Dachau, pero que no había sido capaz de entrar.
Entonces nos contó su historia...
*
Entre 1.933 y 1.945, seis millones de los míos fueron asesinados. Unos murieron de un tiro. Otros murieron de hambre. Y otros muchos murieron en hornos crematorios o asfixiados en cámaras de gas.
Nací en 1.944. No sé qué nombre me pusieron. No sé en qué ciudad o en qué país vine al mundo. Tampoco sé si tuve hermanos. Lo que sé con certeza, es que cuando apenas tenía unos meses me salvé del Holocausto.

*
Imagino cómo sería la vida de mi familia durante las últimas semanas que pasamos juntos. Imagino a mis padres despojados de cuanto poseían, forzados a vivir en un gueto. Quizás después nos trasladaron a otro lugar. Deberían estar ansiosos por abandonar aquella zona de la ciudad cercada por alambres de espino en la que habían sido recluídos.
*
Me pregunto qué sintieron mientras eran conducidos como un rebaño a la estación de ferrocarril junto con otros cientos de judios. De pie. Apiñados en un vagón para ganado. ¿Qué sentirían al oír el golpe seco del cerrojo de la puerta?
*
Seguramente el tren fue de pueblo en pueblo, atravesando hermosos paisajes, extrañamente ajenos al terror.

*
Me imagino a mi madre acurrucándome entre sus brazos para protegerme del hedor, de los llantos y del miedo que había dentro de aquel vagón. Sin duda, ya sabían que no se dirigían a un buen lugar...

*
Hubo un momento en el que se vieron obligados a tomar la difícil decisión. Mi madre se abriría paso entre la gente para llegar a la pared de madera del vagón -”déjenme paso por favor, por favor...”-, mientras me envolvía con cariño en una manta, susurrando mi nombre, llenándome la cara de besos..., llorando y rezando...

*
Quizá mi madre, cuando el tren redujo la marcha al pasar por un pueblo, miró a través del ventanuco del vagón; y con la ayuda de mi padre, forzó el alambre de espino que cubría el hueco. Probablemente me aupó por encima de su cabeza, hacia la tenue claridad que por allí entraba. Lo único de lo que estoy segura es de lo que ocurrió después.

*
Mi madre me tiró del tren.
La gente que estaba esperando a que pasara el tren junto un paso a nivel vio cómo me arrojaban desde un vagón de ganado.
En su camino hacia la muerte, mi madre me lanzó a la vida.
*
Alguien me recogió y me entregó a una mujer para que me cuidara. Ella arriesgó su vida por mi. Decidió que me llamaría Erika. Me dio un hogar, me alimentó, me vistió y me mandó a la escuela. Fue buena conmigo. A los veinte años me casé con un hombre maravilloso. Él me liberóa de la tristeza que a menudo me embargaba y supo entender mi deseo de formar una familia. Tuvimos tres hijos y ellos tuvieron sus propios hijos. En sus caras, me reconozco a mí misma.

En audio de este relato lo encuentras aquí.
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jueves, 17 de marzo de 2011

La Cenicienta.


La Cenicienta.
(Charles Perrault.Texto adaptado)
Había una vez un hombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en todo.
El marido, por su lado, tenía una hija dulce y bondadosa; condición que había heredado de su madre, la mejor persona del mundo.
Tan pronto se celebró la boda, la madrastra sacó su mal carácter; pues, no podía soportar las cualidades de la joven, que hacían aparecer todavía más odiosas a sus hijas. La obligaba a realizar las tareas más duras de la casa: fregaba el suelo, limpiaba los cuartos, planchaba...; y, a cambio,dormía en el desvan sobre un duro jergón, mientras sus hermanas lo hacían en mullidos lechos y disponían de espejos en los que se podían mirar de cuerpo entero.
La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía a quejarse ante su padre. Cuando terminaba sus quehaceres, se instalaba en el rincón de la chimenea sentándose sobre las cenizas para descansar, por eso la llamaban Cenicienta; sin embargo, Cenicienta, con sus míseras ropas, era cien veces más hermosa que sus hermanas que andaban tan ricamente vestidas.
Sucedió que un día el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las personas distinguidas; por supuesto, nuestras dos señoritas también fueron invitadas. Estaban tan satisfechas y preocupadas que no hablaban más que de la forma en que irían vestidas y peinadas.
-Yo, me pondré mi vestido de terciopelo rojo y mis adornos de Inglaterra.
-Yo,iré con mi falda sencilla; pero en cambio, me pondré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes, que no pasarán desapercibidos.
Mientras Cenicienta las peinaba, ellas le decían:
-Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
-Ay, señoritas, os estáis burlando, eso no es cosa para mí.
-Tienes razón.
Otra les habría arreglado mal los cabellos, pero ella tan buena que las peinó con toda perfección.
Finalmente, llegó el día feliz; partieron las hermanas y cuando Cenicienta las perdió de vista se puso a llorar. Sucedió entonces que su hada madrina al verla anegada en lágrimas se le apareció y le dijo:
-¿Te gustaría ir al baile, no es cierto?
-¡Ay, sí!
-¡Eres una buena chica! Está bien, voy a arreglar las cosas para que vayas. Corre al jardín y trae una calabaza.
Cenicienta le llevó la mejor que encontró y su madrina la vació dejando solamente la cáscara. Luego, la tocó con su varita mágica e instantáneamente la calabaza se convirtió en una carroza dorada.
-Bueno, ahora llévame a la ratonera.¡Alguien tendrá que tirar de este carruaje, ¿no?!
-Enseguida.
-Necesito seis caballos. Muy bien, estos ratones me servirán. Ahí tienes seis hermosos caballos grises. Ahora, llévame a la trampa de las ratas. ¡Ah, estupendo...! Esta rata de imponentes barbas se convertirá en un cochero de precioso bigote.
Y a cada golpe de vara mágica, todo se transformaba según sus deseos...
-Baja al jardín, muchacha. Allí encontrarás seis lagartos detrás de la regadera; tráemelos.
Tan pronto los trajo, la madrina los trocó en seis lacayos que se subieron en seguida a la parte posterior del carruaje. El hada dijo entonces a Cenicienta:
-Bien, ya tienes todo listo para ir al baile.¿Estás contenta?
-Pero, ¿cómo voy a presentarme con este vestido tan viejo?
-¡Eso tiene solución...!
No hizo más que tocarla con su varita, y al momento sus ropas se convirtieron en un magnífico vestido; finalmente le dio un par de zapatillas de cristal, y antes de partir en el carruaje su hada madrina le recomendó:
-Debes regresar antes de la medianoche. Si te quedas en el baile un minuto más, la carroza volverá a convertirse en calabaza, los caballos en ratones, los lacayos en lagartos, y tus viejos vestidos recuperarán su forma primitiva.
-Te prometo que saldré del baile antes de la medianoche.
Al fin partió la carroza llevando en su interior al ser más radiante y feliz.
Avisaron al príncipe de la llegada de una hermosa princesa que nadie conocía. Él corrió a recibirla; y, dándole la mano al bajar del carruaje, la llevó al salón donde todos quedaron absortos contemplando la gran belleza de aquella joven desconocida. Hasta el mismo rey comentó:
-¡Qué hermosa es! Hace mucho tiempo no veía a una joven tan bella y graciosa.
El príncipe bailó y bailó con la bella desconocida y Cenicienta lo hacía con tanta gracia que aún se le admiraba más.
De pronto sonaron unas campanas en el reloj de palacio y Cenicienta con una reverencia se despidió de todos saliendo lo más de prisa que pudo.
Apenas hubo llegado, fue a buscar a su madrina:
-¡Gracias madrina, me habéis hecho tan feliz...! El príncipe me ha pedido que no falte al baile que tendrá lugar mañana.
-Me alegro jovencita. Mañana estarás de nuevo allí. Y ahora debo desaparecer..., tus dos hermanastras están al llegar y no quiero ni verlas.
Y así sucedió efectivamente. Sus dos hermanas se presentaron en el desván que servía de habitación de Cenicienta para ufanarse de la fiesta a la que ellas habían asistido.
-Si hubieras ido al baile no te habrías aburrido; asistió la más bella princesa, la más bella que jamás se haya visto.
-¡Nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limones...!
-Y..., decidme, ¿cómo se llama tan hermosa joven?
-Nadie lo sabe.
-Ni el mismo príncipe, que bailó sin cesar con ella, fue capaz de pronunciar su nombre en toda la noche.
-¿Tan bonita era? Dios mío, felices vosotras...
Al día siguiente las dos hermanas fueron al baile, y Cenicienta también. El príncipe, nada más verla, no se separó de ella: toda una noche de risas, bailes y palabras que eran susurros de amor... De repente, el implacable reloj de palacio marcó la primera campanada de medianoche y Cenicienta salió corriendo, ligera como una gacela. El príncipe salió tras ella sin poder alcanzarla, sólo pudo recoger una zapatilla de cristal que la joven había perdido en la escalinata de palacio en su precipitada huida.
Cenicienta llegó a casa sofocada, sin carroza, sin lacayos, con el viejo vestido de todos los días...; en un instante, su deslumbrante apariencia había desaparecido, y sólo una zapatilla oculta entre sus manos, igual a la que se le había caído, quedó como recuerdo de aquella maravillosa noche.
A los pocos días el hijo del rey hizo proclamar que se casaría con la persona cuyo pie se ajustara a la zapatilla.
Empezaron probándola con lo pies de princesas, duquesas: ¡toda la corte!, pero fue inútil, a nadie le entraba. Pasaron los días y, al fin, la llevaron a la casa donde vivían las dos hermanas, que hicieron todo lo posible para que el pie cupiera dentro de la zapatilla, pero no pudieron.
-¡Ummh..!, ya entra, ya entra, ¡ummh..! ¡Ay, qué dolor!
Entonces Cenicienta, que había reconocido su zapatilla, pidió humildemente:
-¿Puedo probar si a mí me calza?
-¿Tú, mocosa? ¿Cómo te atreves? No me hagas reír...
-¡Vete a sentarte sobre las cenizas, que es lo tuyo!
-Es los justo. Tengo órdenes de probarla a todas las jóvenes-, dijo el gentilhombre que probaba la zapatilla.
Hizo sentarse a Cenicienta y acercando la zapatilla a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que era hecha a su medida.
Grande fue el asombro de las dos hermanas, pero más grande aún cuando Cenicienta sacó de su bolsillo la otra zapatilla y se la puso. En esto llegó la madrina y tocado con su varita el vestido de Cenicienta, lo volvió más deslumbrante que los anteriores.
Cenicienta fue conducida a palacio ante el joven príncipe y pocos días después se casaron con la alegría y el esplendor que ya todos conocéis. Y no me preguntéis qué fue de las dos hermanas: ¡Bien lo sabéis! Y ahora borrad de vuestros rostros esa cara de bobos que se os ha colgado que ya llega la orquesta que tocó en la boda y ¡a bailar!.

El audio de este cuento lo tienes picando aquí.
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lunes, 28 de febrero de 2011

El Gato con Botas.


El gato con botas.
(Adaptación del cuento de Perrault)

Érase una vez un viejo molinero muy pobre que tenía tres hijos. Cuando murió sólo pudo dejarles el molino, un burro y un gato.
Al pequeño le tocó el gato y se lamentaba diciendo:
-¡Vaya suerte la mía! ¿Qué puedo hacer con un gato? Cuando me haya comido el gato y me haya hecho un manguito con su piel, me moriré de hambre.
-No te apures, yo te serviré. Si me das un saco y unas botas, te demostraré que has recibido la mejor parte de la herencia –dijo el gato.
El muchacho le entregó lo que había pedido y el gato se puso rápidamente las botas y se fue.
Al poco rato, el gato metió en el saco algunas hierbas y se escondió. Un conejo se acercó al saco y, al oler su comida favorita, se metió el solito en la trampa. Con rapidez, el gato salió de su escondite, cerró el saco con el conejo dentro y se lo volvió a echar en al hombro.
Todo orgulloso, se dirigió al palacio del rey.
-Traigo un regalo para el rey.
Cuando tuvo al rey delante de él, hizo una reverencia y exclamó:
-Os traigo este conejo de parte de mi amo, el marqués de Carabás.
-Dile a tu amo que le agradezco el regalo.
Durante los tres meses siguientes, el gato le siguió llevando conejos al rey.
Un día, el rey dijo que quería ir a comer a la orilla del río con su hija. El gato, cuando se enteró, fue a hablar con su amo:
-¡Date prisa, mi amo! ¡Ve a bañarte al río!
-¿Te has vuelto loco?
-¡Venga, al agua!
-¿Qué tramará ese maldito gato?
De pronto, se oyó el carruaje del rey y…
-¡Socorro, socorro! Mi amo el marqués de Carabás se está ahogando y unos bandoleros la han robado la ropa.
-¡Que traigan un traje para el señor marqués!
Cuando el hijo del molinero se puso la ropa tan bonita que le habían traído, parecía un marqués de verdad, y la hija del rey se enamoró de él al instante.
-Subid con nosotros a la carroza –le dijo el monarca.
Mientras tanto, el gato echó a correr y al ver a unos campesinos les dijo:
-Amigos, os propongo una cosa. Si cuando pase el rey le decís que estas tierras son del marqués de Carabás, echaré de vuestras casas a todos los ratones.
Y así fue como, al pasar la carroza del rey, los segadores exclamaban:
-¡Estas tierras son del marqués de Carabás!
El gato, viendo que se dirigían hacia el castillo que había hacia el otro lado del molino, se adelantó para hablar con el ogro que vivía allí.
-¿Qué quieres? –gruñó el ogro con muy mal humor.
-Siento molestaros, gran señor. Me he enterado que tus poderes son inmensos… Dicen que te puedes transformar en todo tipo de animales, incluso en león.
-Así es, te lo voy a demostrar.
Un instante después, en el centro del salón el ogro se había convertido en un terrible león que rugía con toda su potencia.
-¡Oh, magnífico, señor! Es cierto lo que cuentan de ti. ¿También eres capaz de transformarte en un animal muy pequeño? En..., un ratón, por ejemplo…
-Por supuesto, es un juego de niños. ¡Mira!
Y, al momento, el ogro se transformó en un pequeño ratón que se puso a corretear por el suelo.
El gato, nada más verlo, se lanzó sobre él y se lo zampó de un bocado. Y justo en ese momento se oyó el ruido de la carroza real que atravesaba el puente del castillo.
-Señor, ¡bienvenido al castillo del marqués de Carabás! –dijo el gato al rey.
Éste, al comprobar el amor de los jóvenes, dijo:
-Señor marqués, nada me haría más feliz que aceptaseis la mano de mi hija y fueseis mi yerno.
-¡Sería un placer, Majestad!
Y así fue como el hijo del molinero se convirtió en miembro de la realeza. En cuanto al gato, no volvió a trabajar ni a perseguir ratones en toda su vida y se dedicó a coleccionar sus objetos favoritos, que no eran otros que las botas.

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martes, 1 de febrero de 2011

Espejo


Espejo.
(Adaptado del cuento de Kestutis Kasparavicius.
Cosas que a veces pasan.” Edit. Thule).


A primera vista, Espejo se parece mucho a un cuadro. Tiene un hermoso marco y cuelga de la pared como un cuadro. Pero nada hay pintado en él.
Espejo es bien extraño y curioso. No tiene cara propia. Le gusta tomar prestada la cara de los demás. Podría decirse que es un falso, apenas se acerca alguien de inmediato se pone su cara. Si mamá se mira mientras se cepilla el pelo, Espejo muestra la cara de mamá e imita lo que ella hace. Cuando papá se acerca, cambia de cara y se pone bigote y gafas. Espejo lo imita todo. Cuando hacemos muecas frente a él, poniendo cara de rana boba, Espejo hace exactamente lo mismo.
Sin embargo, Espejo es muy útil. En él siempre puedes ver tu reflejo para saber si hoy estarás contento o triste. Incluso puedes intentar mirar dentro de tu alma. Aunque cuidado, porque aparece al revés y no debe tomarse demasiado en serio.
Cuando extiendes la mano, Espejo también extiende una amistosa mano hacia ti. Detrás de tu reflejo siempre puedes ver otra habitación en Espejo, pero no se puede entrar en ella. Bueno, quizá alguien lo consiga algún día.
Hasta entonces, Espejo se mantendrá lleno de secretos sin revelar.

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miércoles, 5 de enero de 2011

Noche de Reyes


Noche de Reyes.
(Adaptación del relato de Andrew Mattews sobre la obra de Shakespeare).

Sebastián y su hermana melliza, Viola, eran como dos gotas de agua. En ocasiones, siendo niños, Viola se ponía la ropa de Sebastián y se hacía pasar por él, lo que confundía a todo el mundo.
Un día, siendo mayores, el barco en el que viajaban chocó contra un arrecife y se fue a pique. Viola se salvó aferrándose al baul de la ropa de su hermano, que la corriente arrastró hasta la costa de Iliria. Allí se dio cuenta de que correría menos peligro si se disfrazaba de hombre, de modo que se hizo un moño, se puso ropa del baúl de Sebastián y se hizo llamar “Cesario”. Buscó a su hermano sin éxito durante tres días, pero al quedarse sin dinero tuvo que entrar al servicio del duque de Orsino, gobernante de Iliria, como paje.
Orsino estaba encantado con su nuevo paje, pero a pesar de ser alto, moreno, rico y amado por su pueblo, no era feliz.
Como muchas otra muchachas, Viola se enamoró de Orsino, y sufría por tener que mantener sus sentimientos en secreto. Un día, se armó de valor y le preguntó al duque qué lo acongojaba.

Orsino: Padezco la peor enfermedad que existe. ¡el amor! Estoy tan enamorado de la condesa Olivia que no sé qué hacer, Cesario. Le he pedido una docena de veces que se case conmigo, pero siempre me rechaza.
Viola: ¡Debe de estar loca! Si vos me pidierais... Quiero decir que si fuera una mujer me casaría con vos sin dudarlo, mi señor.
Orsino: ¿Sabes qué, Cesario? Me parece que podrías ganarte la confianza de Olivia con la misma rapidez con la que te has gando la mía. Ve a verla hoy mismo y dile que si no se casa conmigo me consumiré y me moriré.
Viola: ¿Yo, mi señor?
Orsino: ¡Eres mi ultima esperanza!

Viola: <>

***
Sir Toby Belch, hombre bajito y rechoncho, y tío de la condesa Olivia, vivía con la joven desde que sus padres murieron. Estaba empeñado en que su mejor amigo, sir Andrew Aguecheek, hombre arrugado como un sabueso, se casara con ella. Pero Malvolio, mayordomo de la condesa Olivia, la protegía de los pretendientes poco gratos. El día en que Orsino envió a Viola a convencer a Olivia, sir Toby y sir Andrew conspiraban en la biblioteca de la joven condesa.

Andrew: Me bastaría pasar cinco minutos con ella, pero Malvolio no me deja verla. Ni siquiera le entrega mis cartas.
Toby: Mi sobrina le ha otorgado un control excesivo de sus asuntos. ¡Sin ir más lejos, la otra noche, el muy sin vergüenza, tuvo la desfachatez de decirme que bebo demasiado!
Andrew: ¡Qué bribón!
Toby: Tengo la intención de darle una lección. Ya verás, ya verás, viejo amigo, antes de que cabe el día habre quitado de en medio a Malvolio.

***
Mientras su tío maquinaba en la biblioteca con sir Andrew, la condesa Olivia paseaba por el jardín con su mayordomo Malvolio.

Malvolio: Un joven de nombre Cesario desea veros, mi señora. Trae un mensaje del duque de Orsino.
Olivia: ¡Dile que se vaya!
Malvolio: Eso he hecho, mi señora, pero asegura que si hace falta piensa quedarse toda la puerta ante la puerta. Se trata de un jovencito de lo más insolente.
Olivia: Bueno, pues que pase. Quizá al recibir mi respuesta Orsino abandone por fin toda esperanza de desposarme.

Viola entró en el jardin mientras Olivia fingía estar intersada en las flores de un rosal. Su mirada no reparó en el mensajero de Orsino.

Viola: Encantadora señora, ahora que veo cuán hermosa sois comprendo por qué está tan enamorada de vos mi señor.
Olivia: ¿Hermosa? Tengo ojos, nariz y boca como todo el mundo, si eso es lo que quieres decir.
Viola: Así que sois orgullosa además de encantadora. Que pena que el duque ame a una mujer tan dura de corazón.
Olivia: ¡Orsino no me ama de verdad! Lo que sucede es que está enamorado de la idea de estar enamorado. Ve y dile que no puede forzarme a amarlo sólo porque él lo desee.

Olivia apartó entonces los ojos de las rosas y se encontró con el joven más apuesto que había visto en la vida. Le dio vueltas la cabeza y empezó a palpitarle con fuerza el corazón.

Olivia: Dile que jamás me casaré con él. Luego... regresa a verme de inmediato, Cesario.
Viola: ¿Por qué?
Olivia: Pues... para contarme como responde a mi respuesta.

Viola hizo una reverencia, dio media vuelta y se marchó. Olivia estaba tan confundida que no se percató de que se acercaba Malvolio.

Malvolio: Espero que ese muchacho no os haya ofendido, mi señora.
Olivia: ¿Ofenderme? Claro que no. Quiero decir que... ¡Sí, sí que me ha ofendido! Me ha traído de regalo este anillo del duque. ¡Devuelve el anillo a Cesario y dile que no lo quiero!
Malvolio: Como no, mi señora.
Olivia: Vamos, se ha ido. Si corres tras él lo alcanzarás enseguida.
Malvolio: ¡Ahora mismo voy!

***

Viola andaba a paso lento. Estaba apesadumbrada por Orsino y por si misma...

Malvolio: ¡Cesario! ¡Cesario! ¡Alto! Le has llevado este anillo a mi señora y desea devolvértelo.
Viola: ¡Yo no le he dado ningún anillo!
Malvolio: ¡Pues entonces ahí se queda! No estoy yo para perder el tiempo discutiendo con gente de tu calaña.

Viola se agachó, recogió la joya y apreció en ella el dibujo de dos manos que sostenían un corazón.

Viola: << Pero si es una prenda de amor. ¡Las mujeres no mandan prendas de amor a otras mujeres!
¡Ay, no! Olivia cree que soy un hombre y se ha enamorado de mi>>.

***
Orsino estaba solo cuando llegó Viola y le transmitió el recado de Olivia.

Orsino: ¡Ay! ¡si supieras la tortura que puede comportar el amor, Cesario!
Viola: ¡Lo sé muy bien, mi señor!
Orsino: Toma este broche, Cesario, regresa junto a Olivia, dáselo y dile que, aunque no sea mi esposa, el amor que siento por ella durará tanto como los diamantes engarzados en la joya.

***
Mientras, Malvolio había regresado al jardín. No encontró allí a Olivia, pero, cuando se dirigía hacia la casa en su busca, halló una carta en el sendero y la recogió.

Malvolio: Pero si es la letra de mi señora. Dado que soy su mayordomo y lo que le concierne me concierne a mí, es mi deber leerla. “Malvolio, amor mío: Aunque eres mi sirviente, te has convertido en el amo de mi corazón. Demuestra audacia y mi mano será tuya. Si me amas, ponte calzas amarillas con ligas cruzadas, a modo de señal secreta.”
¡Olivia me ama! ¡Debo ponerme calzas amarillas de inmediato!

Sir Toby y sir Andrew estaban escondidos tras un seto de laurel cercano que en cuanto el mayordomo desapareció empezó a agitarse de risa.

Toby: ¡Ya sabía yo que daría resultado! Imito la letra de mi sobrina tan bien que engañaría a cualquiera. Ahora sólo nos queda...
Andrew: ¡Silencio! Se acerca alguien.

Olivia y Viola, que estaban enfrascados en una conversación, se detuvieron ante el seto de laurel.

Viola: Entonces, ¿no tenéis más respuesta para el duque?
Olivia: ¡No! Dame tu mano. Pero hay respuestas que sí te daría a ti, Cesario, si me hicieras las preguntas.
Viola: Mi señora, no soy todo lo que parezco.
Olivia: Pero yo te amo. Te amo desde el primer momento en que te he visto.
Viola: Igual podríais amar un sueño. Debéis olvidarme, mi señora.

En el seto, sir Andrew temblaba de rabia.

Andrew: ¡Ese jovencito imberbe se ha apoderado del amor de Olivia!
Toby: ¡Tras él! ¡Rétalo a un duelo! Eso lo espantará.
Andrew: ¿Un duelo?
Toby: ¡No se atreverá a batirse contigo! Ese Cesario no es más que una gallina enclenque. Saldrá corriendo en cuanto te vea desenvainar la espada.
Andrew: ¡Ah, bueno...!
***
Mientras sir Andrew iba a abordar a Viola a la puerta del jardín, Olivia se dirigía hacia la casa con los ojos llenos de lágrimas. En ese momento vio a Malvolio, que se acercaba con calzas amarillas como las plumas de un canario y el rostro dominado por una sonrisa que era más bien una mueca espantosa.

Malvolio: ¡Bien hallada, ángel mío!
Olivia: ¿Malvolio, te encuentras bien?
Malvolio: Mejor que nunca corazón. ¿Te has fijado en las calzas amarillas que con ligas cruzadas que visto?
Olivia: ¡Sería imposible no reparar en ellas! Creo que el calor te ha dado fiebre. ¿No te apetecería echarte?
Malvolio: Sí, contigo a mi lado.
Olivia: ¡Socorro! ¡Criados, llevaos a Malvolio de aquí! Ha perdido el juicio.

***
Mientras tanto, Viola, que se sentía aliviada por ir de regreso junto a su amo, el duque, se topó con un furioso sir Andrew.

Andrew: ¡Desenvaina la espada, infame sinvergüenza!
Viola: ¿La espada? Pero ¿por qué?
Andrew: ¡Para poder batirme contigo! ¿O es que eres un cobarde además de un bribón?
Marinero: ¡Alto!

Y apareció por la puerta un robusto marinero.

Marinero: Si le tocáis un pelo a este muchacho, os trincharé entero como si fueseis un pedazo de ternera
Andrew: ¡Ah! Bueno, en ese caso será mejor que me vaya...
Marinero: ¡Corriendo!
Andrew: ¡Sí, señor, ahora mismo! ¡Faltaría más...!
Viola: ¿Cómo podría agradecéroslo, amable desconocido
Marinero: ¿Desconocido? ¡Qué bonito llamar así a quien te salvó de morir ahogado y te ayudó en la búsqueda de tu hermana! ¡Llevo dos días esperándote en la posada que hay cerca de aquí, Sebastián!
Viola: ¿Sebastián? ¡Entonces mi harmano ha sobrevivido!

***
Sebastián había sobrevivido, en efecto, y estaba totalmente desconcertado, ya que cuando se dirigía a reunirse con el marinero que lo había salvado pasó por una casa elegante de la que surgió una hermosa pelirroja que se echó al cuello gritando:

Olivia: ¡Sabía que regresarías, Cesario!
Sebastián: Pero, señora...
Olivia: Llámame Olivia, amor mío.

Sebastián la miró a los ojos y a punto estuvo de aclarar el error cuando se le aceleró el corazón..; y es que el amor empezaba a ejercer en él su magía.

Sebastián: Debe de ser un sueño, pero te ruego que no me despiertes todavía.

Y con estas palabras estrechó entre sus brazos a Olivia. Viola y el marinero, los descubrieron en ese momento. Sebastián reconoció a su hermana, corrió hacia ella y la levantó por los aires ante la mirada atónita de Olivia y del marinero.

Olivia: ¿Hay dos Cesarios? No lo entiendo.
Marinero: Eso parece. En mi opinión, señora, alguien tiene muchas explicaciones que dar.

***
El duque de Orsino, cansado de esperar el regreso de Cesario, pidió su caballo más veloz y se dirigió al galope a casa de Olivia. En el salón encontró a Cesario y a Olivia cogidos del brazo y tras ellos un sacerdote sonreía Biblia en mano.

Orsino: ¡Cesario, suelta a esa dama!
Olivia: No se trata de Cesario, mi señor, sino de Sebastián, el que pronto será mi esposo. Si buscáis a quien llamabais Cesario, mirad a vuestra espalda.

Orsino se volvió y vio a Viola con un vestido que le había prestado Olivia. Estaba tan hermosa que el duque se quedó sin habla y en el acto se enamoró perdidamente de ella.

Olivia: Seguid mi consejo y casaos con ella de inmediato. ¡Os ama con locura!
Orsino: ¡Y ahora que la veo tal como es también yo la amo así!

***
Así pues, se celebró una boda doble en casa de la condesa Olivia y aquella noche las ventanas derrocharon luz y el aire se llenó del sonido de la música y la celebración.

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martes, 2 de noviembre de 2010

Perseo. (2ª Parte)

PERSEO.
(Segunda Parte)

Perseo, hijo del dios Zeus y la mortal Dánae, protegido por la diosa de la guerra, Atenea, y por Mercurio, dios de , ha conseguido la cabeza de Medusa, una de las tres Gorgonas cuyos cabellos son serpientes y capaz de petrificar a aquel que la mire de frente. Con este trofeo, sin el cual no podía volver de nuevo a la isla de Séfiros, gobernada por el tirano Polidectes, pretendiente de su madre, se presenta ante el rey, el cual, ansioso por comprobar la realización de una misión imposible, queda petrificado al abrir el zurrón que contiene tan horrible y repugnante monstruo. Liberada su madre y aclamado por los habitantes de Séfiros, Perseo emprende viaje hacia el reino de Argos, a cuyo trono aspira legítimamente por ser nieto del rey Acrisio, causante de toda esta tragedia.

La fama de las hazañas del hijo de Dánae había llegado a oídos de Acrisio. Su hija y su nieto habían sobrevivido después de haber sido abandonados en un arcón en alta mar. Con el fin de liberarse de la profecía, Acrisio huyó del reino de Argos, y se refugió en la ciudad de Larisa, pues apreciaba más su propia vida que el trono. Al llegar a Argos, Perseo accedió al trono al faltar su abuelo. Una noche, la diosa Atenea, se le apareció y Perseo, postrándose ante ella, le ofreció el zurrón con la cabeza de Medusa y le devolvió el escudo con la que pudo conseguirla:
- Dentro de él va la cabeza de Medusa. ¿Quién podría hacer mejor uso de ella que tú, que eres la diosa tanto de la guerra como de la sabiduría?
- Recibo tu regalo Perseo, y te quedo muy agradecida.
Desde entonces, Medusa, la cabeza con cabellos de serpientes, adorna el escudo de la diosa.
Mientras tanto, el rey de Larisa organizó unos juegos a los que asistió Acrisio, el padre de Dánae. Ya en el estadio a Acrisio le llamó la atención la actitud de un joven atleta que, antes de lanzar el disco, se empeñaba en retroceder has el fono de la arena.
- ¿Qué es lo que teme?
- Le preocupa que el disco llegue demasiado lejos y pueda herir a algún espectador –le explico su vecino de asiento.
- ¿Y quién es ese para creerse tan fuerte?
- Es el nieto del que fuera rey de Argos. Se llama Perseo.
Acrisio, sorprendido y asustado, se puso de pie, pero en la otra punta del estadio el atleta acababa de lanzar el disco… El proyectil voló hasta las primeras filas y chocó contra la cabeza de Acrisio, que cayó muerto al instante.
Y así fue como el héroe Perseo mato a su abuelo, cumpliéndose la profecía.
Se quedó espantado por lo que había hecho, pero Dánae lo consoló diciéndole:
- Hijo mío, no tienes la culpa. Nadie puede escapar a su destino y el tuyo es glorioso.
Dánae no se equivocaba. Perseo tuvo con su esposa, la hermosa Andrómeda, una numerosa prole. Zeus se enamoraría de una de sus nietas, Alcmena, como antes se había enamorado de Dánae. Y de la unión de una mortal y de un dios nacería el más insigne y famoso de los héroes: Hércules.
Pero esa…, esa es otra historia.

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domingo, 3 de octubre de 2010

Perseo. (1ª Parte)


PERSEO.
(Primera Parte)

Acrisio, rey de Argos, emprendió viaje a Delfos para consultar a la Pitia. Ésta anciana a veces con la ayuda de los dioses podía predecir el futuro. El rey le preguntó:
- ¿Tendré algún día un hijo?
- No, Acrisio, jamás. Sin embargo, tu nieto, te matará…¡y ocupará el trono de Argos!
Acrisio volvió a Argos y en su cabeza no paraba de repetirse:
- ¡Tengo que evitar que mi hija Dánae tenga un hijo! ¡No ha de nacer!
Así ordenó que su hija fuera encerrada en una prisión sin puerta ni ventana y ordenó que nadie se le acercara. Dánae pensó que no tardaría en morir de pena.
Pero desde el Olimpo, Zeus, conmovido por su infortunio y, sobre todo, seducido por su belleza, decidió acudir en su ayuda.
Una noche, el rey de todos los dioses, penetró en la celda en forma de lluvia dorada y adquirió forma humana como un apuesto joven.
-¡No temas, Dánae! Te facilitaré la huida…
Dánae se rindió ante los encantos de Zeus y meses después dio a luz a un niño de una hermosura y una fuerza excepcionales.
-Te llamaré Perseo.
Pero un día, Acrisio, oyó los gritos del recién nacido y descubrió que su hija sostenía en brazos al precioso niño.
-¡Padre, perdónanos la vida!
Entonces metió a Dánae y a su nieto en un gran baúl. Mandó que cerraran y sellaran el cofre y luego le dijo al capitán de la galera real:
-Carga el cofre en tu barco y ordena a tus hombres que lo tiren al mar lejos de toda tierra habitada.
Tiraron el cofre por encima de la borda y, después de varios días flotando a merced de las corrientes, llegó a una playa donde un pescador descerrajó el oxidado candado.
-Son hermosos como dioses… ¡Pobrecillos están medio muertos!
Dictis, el pescador, los protegió y cuidó durante años, mientras Perseo se convertía en un muchacho fuerte y valiente.
Un día, Polidectes, tirano de la isla de Séfiros y hermano del pescador, atraído por la belleza de Dánae, se los llevó a palacio. Polidectes se había enamorado de ella y la cortejeaba continuamente hasta que Dánae no tuvo más remedio que acceder a casarse con Polidectes para asegurar su supervivencia y la de su hijo.
La fiesta fue suntuosa y cada invitado llevó un regalo como exigía la costumbre. Polidectes dijo de repente dirigiéndose a Perseo:
- Y bien, Perseo, ¿qué te parecen todos estos regalos?
- Majestad, no veo más que objetos vulgares y corrientes.
- ¡Presuntuoso! ¿Qué cosa tan original querías que me trajeran?
- ¡Qué sé yo…, la cabeza de Medusa, por ejemplo!
Un murmullo de pavor corrió por entre los invitados: Medusa era la mayor y la más peligrosa de las tres Gorgonas. Sus cabellos eran serpientes venenosas y aquel que se atreviera a mirarla de frente se quedaba petrificado, además nadie sabía dónde vivían aquellas tres hermanas monstruosas.
- Te voy a tomar la palabra, Perseo. Te ordeno que me traigas la cabeza de Medusa. No vuelvas a aparecer por palacio sin ella.
Al día siguiente, Perseo recorría la costa de Séfiros sin saber adónde ir.
De repente, Hermes, el mensajero de los dioses, el de los pies alados, se presentó ante él:
- ¡En menudo lío te has metido muchacho! No se dónde se ocultan las Gorgonas, pero sus tres hermanas, las Grayas, sí que lo saben. Además poseen tres cosas que son necesarias para que lleves a cabo tu misión. Súbete a mi espalda que yo te llevaré.
Hermes le llevó a una región árida y sombría donde habitaban las tres Grayas. No tenían ni un solo diente y las cuencas de sus ojos estaban vacías. Discutían acaloradamente, mientras se pasaban incansablemente de una a otra…¡un ojo y un diente! Entonces, Perseo les arrebató el ojo y el diente mientras se lo pasaban:
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡Devuélvenos nuestro diente y nuestro ojo!
- Con estas dos condiciones: que me digáis dónde puedo encontrar a las Gorgonas y que me deis las tres cosas que me permitirán luchar contra ellas.
-Está bien. Las hallarás en una cueva en los confines del mundo y aquí tienes las sandalias que te permitirán llegar hasta allí, el zurrón mágico y el casco del dios Plutón que te hará invisible. ¡Y ahora devuélvenos lo nuestro!
Antes de partir a los confines del mundo, Hermes le dijo:
- Mira de no mirar a Medusa ni a sus hermanas o te quedarás convertido en piedra. Ah, ten: te regalo mi hoz de oro; te será útil.
Cuando llegó a la guarida de las Gorgonas, por los alrededores no se veían más que estatuas de piedra. Eran todos los que se habían enfrentado a ellas y que habían quedado petrificados por su mirada. Sin embargo, se adentró hasta el fondo de la caverna. Viendo lo difícil que le resultaría su empresa, imploró a Atenea que acudiera en su ayuda. Un resplandor iluminó la gruta… y Atenea pareció con su coraza y sus armas.
-Me conmueve tu valor, Perseo. Aquí tienes mi escudo. ¡Enfréntate a Medusa sirviéndote de su reflejo!
Perseo comprendió que podría acercarse de espaldas a los tres monstruos presentándoles el escudo de la diosa, liso y bruñido como un espejo. Eran verdaderamente repugnantes, el cuerpo cubierto de escamas y puntiagudos colmillos en las fauces. Perseo, siempre de espaldas y guiado por el reflejo del escudo, llegó hasta Medusa. Entonces se volvió y con la hoz que le había dado Mercurio le cortó la cabeza de un tajo. En seguida cogió el zurrón y metió dentro de él la cabeza. Vio que del cuerpo decapitado de Medusa salía un gran chorro de sangre y que de aquel líquido surgieron dos seres fabulosos. Uno de ellos, un caballo alado de resplandeciente blancura, Pegaso.
Perseo, en ese momento, se puso el casco de Plutón e inmediatamente se hizo invisible. Cuando alcanzó la salida, de un salto subió a lomos del caballo alado y remontaron el vuelo. Del zurrón que llevaba en la mano caían gotas de sangre y cada una de ellas, al llegar al suelo, se convertía en una serpiente. Por eso, hoy día, hay tantas en el desierto.
Cuando Perseo llegó a la isla de Séfiros se presentó ante el rey Polidectes. El soberano le dijo furioso:
-¡Dánae ha huido! Se ha refugiado con mi hermano Dictis en un templo convencida de que los dioses los protegerán. Los tengo asediados. ¿Y tú, de dónde sales?
- Señor, he cumplido lo que me ordenaste: aquí te traigo la cabeza de Medusa.
- ¿Te burlas de mí? ¡Ya me gustaría a mí verla!
Perseo agarró la cabeza de Medusa y se la plantó delante a Polidectes, el cual se quedó convertido en estatua de piedra. Entonces Perseo fue a liberar a su madre y a su fiel protector, Dictis. Los habitantes de la isla de Séfiros, cuando se vieron liberados del tirano Polidectes, le pidieron que se convirtiera en su rey, pero Perseo les respondió:
- No, el único trono al que puedo aspirar legítimamente es el de Argos, mi patria. Y hacia allí voy a dirigirme.

Pero esa…, esa es otra historia…


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