martes, 1 de mayo de 2018

Las tres hojas de la serpiente


Las tres hojas de la serpiente.
(Hermanos Grimm)
Narrador: Vivía una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. Díjole entonces éste:
Hijo: Padre mío, estáis muy necesitado, y soy una carga para vos. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.
Narrador: El padre le dio su bendición y se despidió con honda tristeza.
El joven se alistó en el ejército y partió para la guerra.
Hijo: ¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!
Narrador: Fue tal su arrojo y valentía en el campo de batalla que el rey, al saber que sólo gracias a él se debió la derrota del enemigo, lo recompensó nombrándolo el primero del reino.
Tenía el monarca una hija hermosísima, pero muy caprichosa. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido, que no prometiese antes que, en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura:
Princesa: Si de verdad me ama, ¿para qué querrá seguir viviendo?.
Narrador: Por su parte, ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes el marido. Tal condición había ahuyentado a todos los pretendientes; pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, la pidió a su padre, el rey.
Rey: ¿Sabes la promesa que has de hacer?
Hijo: Que debo bajar con ella a la tumba, si muere antes que yo. Tan grande es mi amor, que no me arredra este peligro.
Narrador: Consintió entonces el Rey, y se celebró la boda. Vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Cuando hubo muerto, su esposo recordó la promesa que había hecho. Le horrorizaba la
idea de ser sepultado en vida; pero no había escapatoria posible. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil pensar en la huida. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta de piedra.
Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Cuando hubiera consumido aquellas vituallas, habría de morir de hambre y sed.
Una vez que tenía la mirada fija en la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó:
Hijo: ¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!
Narrador: Y la partió en tres pedazos. Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta y despedazada. Pero regresó a los pocos momentos, llevando en la boca tres hojas verdes. Cogió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al príncipe se le ocurrió que quizás las milagrosas hojas tendrían también efecto sobre las personas. Las recogió y aplicó una en la boca de la difunta, y las dos restantes, en sus ojos. Y he aquí que apenas lo hubo hecho, la sangre empezó a circular y restituyó al lívido rostro su color sonrosado. Respiró la muerta y, abriendo los ojos, dijo:
Princesa: ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
Hijo: Estás conmigo, esposa querida.
Narrador: Luego se dirigieron a la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuertemente, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó personalmente a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida. Todos se alegraron sobremanera ante la inesperada solución del triste caso. El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:
Hijo: Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarlas!
Narrador: Sin embargo, se produjo un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, quiso él emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre, y los dos esposos embarcaron. Ya en la nave, comenzó a sentir inclinación hacia el piloto que los conducía. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, cogiendo ella a su marido por la cabeza y el otro por los pies, lo arrojaron al mar. Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:
Princesa: Regresemos ahora a casa; diremos que murió en ruta. Yo te alabaré ante mi padre en términos tales, que me casará contigo y te hará heredero del reino.
Narrador: Pero el fiel criado, que había asistido a la escena, bajó al agua un botecito sin ser advertido de nadie, sacó del agua el cuerpo del ahogado, y, con ayuda de las tres hojas milagrosas que llevaba consigo lo restituyó felizmente a la vida.
Los dos remaron con todas sus fuerzas y llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Éste, al conocer la perversidad de su hija, dijo:
Rey: No puedo creer que haya obrado tan criminalmente; mas pronto la verdad saldrá a la luz del día.
Narrador: Poco después llegó el barco, y la princesa se presentó ante su padre con semblante de tristeza.
Rey: ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
Princesa: ¡Ay, padre querido! Ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte, y puede contároslo todo.
Rey: Voy a resucitar al difunto.
Narrador: Y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres. Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón. Pero el Rey dijo:
Rey: No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te restituyó la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.
Narrador: Fue embarcada junto con su cómplice en un navío perforado y llevada a alta mar, donde muy pronto los dos fueron tragados por las olas.



El audio y vídeo de este cuento lo tienes aquí.


El maestro sufí


El maestro sufí.
(Jorge Bucay, adaptado)

Narradora: El maestro sufí contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían el sentido de la misma. Una tarde, uno de ellos, le dijo con cierto enfado:
Alumno: Maestro, tú nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado...  
Maestro: Pido perdón por eso. Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico melocotón. 
Alumno: Gracias maestro. 
Maestro: Quisiera, para agasajarte, pelarte tu melocotón yo mismo. ¿Me permites? 
Alumno: Sí. Muchas gracias, maestro. 
Maestro: ¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano un cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo...?  
Alumno: Me encantaría... Pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro. 
Maestro: No es un abuso si yo te lo ofrezco. Solo deseo complacerte. Permíteme que te lo mastique antes de dártelo...
Narradora: El discípulo se quedó sorprendido ante aquella propuesta tan grosera del maestro, impropia de una persona educada como él.
Alumno: No, maestro. ¡No me gustaría que hicieras eso!  
Narradora: El maestro hizo una pequeña pausa, apartó la vista del alumno con el que había estado departiendo y mirando al conjunto de la clase, dijo: Maestro: Si yo les explicara el sentido de cada cuento... sería como darles a comer una fruta masticada.

El audio de este cuento lo tienes aquí.





El porquerizo


El porquerizo.
(Christian Andersen)

Narrador: Érase una vez el príncipe de un reino muy pequeño que deseaba casarse. Era bastante osado y se propuso pedírselo a la hija del emperador. Entonces, pensó qué debía enviarle algunos presentes para obsequiarla y así poder llamar su atención.
Príncipe: ¡Decidido, sí! No encontrará fragancia más suave que la rosa que da el rosal que crece sobre la tumba de mi padre. Ah, y también le enviaré mi ruiseñor, su canto le entusiasmará.
Narrador: Los regalos fueron llevados al salón del palacio en dos grandes cajas de plata. La princesa, que se encontraba allí con sus damas y su padre, el emperador, estaba ansiosa por abrirlos:
Princesa: ¡Cuánto me gustaría que fuese un pequeño gatito! ¡Oh, qué desilusión es una rosa!
Dama: ¡Qué linda es!
Emperador: Es más que bonita, ¡es hermosa!
Todos: ¡Hermosa!
Narrador: Dijeron las damas y el emperador, pero a la princesa algo le molestó
Princesa: ¡Ay, papá, qué lástima! ¡No es artificial, sino natural!
Dama: ¡Qué lástima! ¡Es natural!
Emperador: Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja.
Narrador: Y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.
Emperador: Este pájaro me recuerda la caja de música de mi difunta esposa, la emperatriz. Es la misma melodía, el mismo canto. ¡Oh, cuánto la echo de menos...!
Princesa: Espero que este pájaro no sea natural, ¿verdad?
Emperador: Pues, sí que lo es; es un pájaro de verdad.
Princesa: Entonces, dejadlo en libertad. Ah, y decidle al mensajero que ha traído los regalos... que no quiero ver a su príncipe.
Dama: ¡Un pájaro de verdad y una rosa natural, ¡qué vulgaridad! Este príncipe ha de ser muy inculto y maleducado.

Narrador: Pero el príncipe no se dio por vencido. Se embadurnó la cara de color terroso y, calándose un sombrero hasta las orejas, se presentó en la escalinata que daba acceso al palacio donde casualmente tomaba el sol el emperador.
Príncipe: Buenos días, señor Emperador. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?
Emperador: Bueno. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos, muchos cerdos.
Narrador: Y así pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un mísero cuartucho junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Se pasaba el día trabajando, y al anochecer elaboraba un pucherito, rodeado de cascabeles; tan pronto el pucherito rompió a hervir las campanillas tocaron una vieja melodía:

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.


He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo:
Princesa: ¡Es mi canción favorita! Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.
Dama: Como dispongáis mi señora, pero antes me calzaré estos zuecos. Eh, tú, porquero, ¿cuánto pides por tu puchero?
Príncipe: Diez besos de la princesa.
Dama: ¡Dios nos asista!
Príncipe: Éste es el precio, no puedo rebajarlo.
Princesa: ¿Qué te ha dicho?
Dama: No me atrevo a repetirlo. Es demasiado indecente.
Princesa: Entonces dímelo al oído.
Dama: (Bisbiseo).
Princesa: ¡Oh, qué grosero! ¡Vámonos!

(Canción)
Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.

Escuchad, suena otra vez mi canción. Ve de nuevo y pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.
Narrador: Pero su respuesta fue...:
Príncipe: Muchas gracias. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.
Princesa: ¡Es un fastidio! Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.
Narrador: Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.
El porquerizo no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses del mundo.
Un día al pasar por el lugar... (suena una carrañaca seguida de vals)
Princesa: ¡Oh, esto es magnífico! ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?
Dama: Esta vez, ¡pide cien besos de la princesa!
Princesa: ¡Este hombre está loco! Pero hay que estimular el Arte. Por algo soy la hija del Emperador. Está bien, poneos delante de mí como la otra vez Dile que le daré diez besos, como la otra vez.
Narrador: Y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla. En ese momento el Emperador salió al balcón para tomar algo de aire fresco y se caló las lentes.
Emperador: ¿Qué alboroto hay en la pocilga? Las damas de la Corte que cestán haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.
Dama: Ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis...
Narrador: El Emperador llegó a donde estaban las damas y al contemplar la escena entró en cólera y golpeó a su hija con la zapatilla en la cabeza.
Emperador: ¿Qué significa esto? ¡Qué besuqueo es éste! ¡Fuera todos de aquí! ¡No quiero volver a verte jamás! ¡Fuera de mi reino, hija infame! ¡Y vosotras también! ¡Fuera de mi vista todo el mundo!
Narrador: Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.
Y he aquí a la princesa llorando, mientras llovía a cántaros.
Princesa: ¡Ay, mísera de mí! ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!
Narrador: Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe.
Príncipe: Ahora sé que mereces todo mi desprecio. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, pero sí creíste que, para divertirte, podías besar al porquerizo; ¡puesto esto es lo que has salido ganando!
Narrador: Y una vez hubo pronunciado estas palabras, le dijo adiós para siempre y regresó a su reino, mientras ella se quedó allí sola y abandonada.

El audio de este cuento lo tienes aquí.


El hueso cantor

El hueso cantor.
(Grimm)
Narrador: Había una vez gran alarma en un país por causa de un jabalí que asolaba los campos, destruía el ganado y clavaba a las personas sus colmillos. El Rey prometió una gran recompensa a quien librase al país de aquel azote; pero la fiera era tan corpulenta y forzuda, que nadie se atrevía a acercarse al bosque donde tenía su morada. Finalmente, el Rey hizo salir a un pregonero diciendo que otorgaría por esposa a su única hija a aquel que capturase o diese muerte a la alimaña.
Vivían a la sazón dos hermanos en aquel reino, hijos de un hombre pobre, que se ofrecieron a intentar la empresa. El mayor era astuto y listo; y el menor, ingenuo y de buen corazón. Dijo el Rey:
Rey: Para estar seguros de encontrar el animal, entraréis en el bosque por los extremos opuestos.
Narrador: El mayor entró por el lado de Poniente, y el menor, por el de Levante. Al poco rato de avanzar éste, acercósele un hombrecillo que llevaba en la mano un pequeño venablo, y le dijo:
Hombrecillo: Te doy este venablo porque tu corazón es inocente y bondadoso. Con él puedes enfrentarte sin temor con el salvaje jabalí; no te hará daño alguno.
Narrador: El muchacho dio las gracias al hombrecillo y, echándose el arma al hombro, siguió su camino sin miedo. Poco después avistó a la fiera, que corría furiosa contra él; pero el joven le presentó la jabalina, el animal embistió ciegamente y se atravesó el corazón con el arma. El muchacho se cargó la fiera a la espalda y se volvió para presentarla al Rey.
Al salir del bosque, encontró en la puerta de una taberna a su hermano que se divertía con más gente bailando y empinando el codo. Al ver a su hermano menor que salía del bosque con el jabalí a cuestas, su envidioso y perverso corazón no le dejó ya un instante en reposo.
Hermano mayor: Ven, hermano, descansarás un poco y te reanimarás con un vaso de vino.
Narrador: El pequeño, que no pensaba mal, entró y le contó su encuentro con el hombrecillo que le había dado la jabalina para matar el jabalí.
El mayor lo retuvo hasta el anochecer, y entonces partieron los dos juntos. Al llegar, ya oscurecido, a un puente que cruzaba el río, el mayor hizo que el otro pasara delante, y cuando estuvo en la mitad, le asestó a traición un fuerte golpe y lo mató. Lo enterró bajo el puente y, cargando con el jabalí, lo llevó al Rey, afirmando que lo había cazado y muerto, hazaña por la cual obtuvo la mano de la princesa. Al extrañarse la gente de que no regresara el hermano, dijo:
Hermano mayor: Seguramente que el animal lo habrá despedazado.
Narrador: Y todo el mundo lo creyó así. Pero como la verdad lucha por no quedar oculta, también aquella negra fechoría hubo de salir a la luz. Unos años más tarde, un pastor que conducía su rebaño por el puente vio abajo, entre la arena, un huesecillo blanco como la nieve, y pensó que con él podría fabricarse una boquilla para su flauta. Así lo hizo, y al probar el instrumento con la nueva pieza, el huesecillo se puso a cantar, con gran asombro del pastor:


"Ay, amable pastorcillo,
que soplas mi huesecillo,
mi hermano me ha matado
y bajo este puente enterrado.
El jabalí se llevaba
y la princesa me robaba."
Pastor: ¡Vaya un cuerno prodigioso, que canta solo! Voy a llevarlo al Rey.
Narrador: No bien hubo llegado a presencia del Rey, el cuerno volvió a entonar su canción. El Rey, comprendiendo el sentido, mandó excavar la tierra debajo del puente y apareció el esqueleto entero del asesinado. El mal hermano no pudo negar el hecho. Lo cosieron en un saco y lo echaron al río para que muriera ahogado. Los huesos del muerto fueron depositados en el cementerio y allí reposan en paz.


El audio de este cuento lo tienes aquí.


domingo, 15 de enero de 2017

¿Quién recoge las cacas del perro?

Ilustración: Gusti
¿Quién recoge las cacas del perro?
(Ricardo Alcántara, adaptado)


Madre: ¡Pablo o Papá, uno de vosotros, que abra la puerta!
Pablo: Yo voy, mamá. Estoy levantado, iba para el cuarto. ¿Quién será tan tarde? ¡Oh, qué perro más simpático! ¡Es precioso! ¡Papá, mamá, mirad qué perro nos han dejado en la puerta de la casa!
Padre: ¡Oh, qué cachorrito más lindo! ¡Se nota que es de raza!
Madre: ¡Alto ahí los dos! ¿Que os conozco! En casa no quiero perros.
Pablo y Padre: Pero, ¿¡por qué!?
Madre: Pues... porque yo tendría que ocuparme de él.
Padre: No digas eso, mamá. Te equivocas, nosotros lo cuidaríamos, ¿verdad, Pablo?
Pablo: Claro que sí, papá.
Madre: Ah... ¡como si no os conociera!
Narrador: Ya tenemos al perro durmiendo, aquella misma noche, en una caja junto a la chimenea.
A la mañana siguiente.
Pablo: Uhmm..., ¿qué te parece Zambo?
Padre: No sé, no sé..., no me gusta. Zambo es la persona que tiene juntas las rodillas.
Pablo: Papá, llevamos ya más de media hora así, sin ponernos de acuerdo sobre el nombre...
Padre: ¿Y Tento?
Pablo: ¡Mira, está moviendo el rabo! Parece que le gusta.
Padre: Y mucho. No para de moverse.
Pablo: ¡Tento! ¡Tento! Mi cachorrín. Así te llamaremos, ¿verdad, papá?
Padre: Bonito nombre: corto y sonoro. ¡Tento!
Madre: Mmmm..., esto no me gusta nada.
Narrador: Tento era divertido y cariñoso, pero como cualquier perro tenía sus inconvenientes... ¡también hacía caca!
Madre: ¡Lo que faltaba! ¡Haciendo sus necesidades en medio de la cocina! ¡Eh, vosotros, los amantes de los perros, ya estáis sacando a Tento a la calle a que haga sus necesidades! ¿Entendido?
Pablo: No te preocupes, mamá. Nosotros nos encargaremos, ¿verdad, papá?
Padre: Por supuesto. Lo sacaremos dos veces al día. Así no ensuciará la casa.
Madre: Ya podéis estar comprándole una correa para cuando lo saquéis de paseo.
Pablo: A la orden. Vamos, papá, a por la correa.

Narrador: A la mañana siguiente con Tento de paseo por la calle, se encontraron con un policía municipal.
Policía: Buenos días.
Padre: Buenos días.
Policía: Bonito perro. ¿Es vuestro?
Pablo y Padre: Sí.
Policía: ¿Supongo que recogerán las cacas de esta monada de perro? Porque en caso contrario les recuerdo que tengo un talonario de multas que les está esperando.
Padre: No se preocupe agente. Vamos, Pablo, que Tento está sospechosamente dándoles vueltas a aquel árbol.
Pablo: Corre, papá, cógelo en brazos antes de que se la haga.

Narrador: Ya en casa...
Pablo: ¡Qué susto, mamá, Tento estuvo a punto de hacerse caca con el policía allí delante!
Madre: ¿Y quién pensáis que va a recoger las cacas del perro?
Padre: ¡Oh, yo desde luego no, qué asco!
Pablo: ¡Pues anda que a mí! Yo de pensarlo, tengo fatigas.
Pablo y Padre: ¡Qué asco!
Madre: Pues alguien tendrá que recogerlas.
Pablo: Ya lo tengo: le enseñaremos a hacerlo en el water, como hacemos las personas.
Padre: No veo esa solución muy clara, Pablo. ¿Tú lo ves sentado en la taza del water?
Pablo: La verdad es que no, papá...
Madre: Me parece que no hay otra solución: ¡tendremos que regalarlo! ¡Y a ver quién lo quiere!
Padre: Eso no es una solución, querida, ¡es un disparate!
Pablo: Mirad, Tento, parece que nos ha oído y ha salido disparado.
Madre: ¿¡No habrá salido corriendo para hacer otra vez caca en la cocina!?
Pablo: No, mamá, se ha escondido debajo de mi cama.
Padre: Creo que tienes razón, no tendremos más remedio que regalarlo. Pablo, ven, tendremos que dar el perro a alguien...
Pablo: ¡Papá...!
Madre: ¡Vaya par de inútiles! Me ocuparé yo de las cacas del perro.
Narrador: Al oírla, Tento corrió a su lado, mientras saltaba y meneaba el rabo lleno de alegría.
A partir de entonces, Tento solo atendía a su ama. A los otros les ignoraba como si no les viera.
Pablo: Anda, Tento, ven, toma una galleta rellena de chocolate.
Padre: Tento, bonito, coge la pelotita.
Narrador: Y Tento, ni caso, a ninguno de los dos. Toda su atención se la dedicaba a su ama. Claro, Pablo y su padre rabiaban de celos porque el perro ni siquiera les dirigía la mirada.
Pablo: ¿Qué podríamos hacer para que nos eche cuenta, papá?
Padre: No lo sé, hijo.
Madre: Yo sí lo sé. Cuidad a Tento como yo lo hago y ya veréis como todo cambia.
Narrador: Aunque a regañadientes, no tuvieron más remedio que aceptar la idea de la madre. ¡No había otra salida! Así que cuando llegó la hora de sacarlo a la calle para hacer sus necesidades le pusieron su correa y salieron sin protestar.
Pablo: ¡Vamos, Tento!
Narrador: Y cuando llegó el momento más delicado, Pablo y su padre, recogieron las cacas del perro en una bolsa de plástico.
Pablo: Ánimo, papá.
Narrador: A partir de entonces, Tento jugaba con unos y otros volviendo la normalidad a toda la familia. 

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domingo, 18 de diciembre de 2016

Miguelín, el valiente


Miguelín, el Valiente.
(Antonio Rodríguez Almodóvar. Adaptado)
Narrador: Había una vez un matrimonio que tenía tres hijos. El menor de ellos se llamaba Miguelín y, aunque pequeño, era muy listo y valiente. Un día, como sus padres eran muy pobres, les dijeron que ya no podían seguir manteniéndolos y que tenían que salir a buscarse la vida.
Anda que anda, llegaron a una casa enorme cuando la noche se tragaba la luz de la tarde. Llamaron a la puerta y salió a recibirlos una horrible giganta:
Giganta: ¿Qué andáis buscando por aquí?
Miguelín: Nada, señora. Nos hemos perdido y no sabemos donde pasar la noche.
Giganta: Está bien, muchachos, podéis quedaros aquí. Os daré algo de cenar y mañana seguiréis vuestro camino. Pasad.
Narrador: El gigante se alegro mucho al verlos. Como sólo tenían una cama, arrimó a sus tres hijas, que ya estaban dormidas, al lado de la ventana y ellos se acostaron al filo de la cama. Miguelín sospechaba de tanta amabilidad y permanecía despierto. Le oyó decir al gigante:
Gigante: En cuanto se duerman les corto el pescuezo y ya tenemos comida para mañana.
Narrador: Miguelín despertó a sus hermanos:
Miguelín: Vamos, despertad, no hagáis ruido. Pasemos a las tres hijas al filo de la cama y hagámonos los dormidos.
Narrador: Llegó de puntillas en la oscuridad el gigante con un cuchillo y, sin saber que eran ellas, mató a sus tres hijas. Al amanecer los tres hermanos escaparon por una ventana.
Corriendo, corriendo llegaron al castillo del rey. Éste nombró a Miguelín consejero para asuntos de gigantes y sus hermanos le tomaron más envidia. Un día le dijeron al rey:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que el gigante tiene el caballo más hermoso del mundo, y que Miguelín es capaz de traéroslo?
Rey: Lo quiero, lo quiero. Miguelín, tráelo.
Narrador: Miguelín se puso en camino y cuando llegó a casa del gigante se coló en la cuadra entrando por la gatera. Le amarró al caballo unos trozos de sacos en la pezuñas para que no hiciera ruido al andar, se montó en él y, tan campante, se lo llevó al rey. Los hermanos se morían de la envidia.
Otro día le dijeron a la reina:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que la giganta tiene el loro más parlanchín que se haya visto y oído, y que Miguelín es capaz de traéroslo?
Narrador: Allá que fue otra vez Miguelín a casa de la giganta. Se metió por la gatera, llegó hasta el dormitorio y cuando fue a echarle mano al loro, éste empezó a gritar:
Loro: ¡Giganta, que me roban! ¡Giganta, que me roban!
Giganta: ¡Qué dices, mamarracho! ¡Si aquí no hay nadie...! ¡Toma para que no me despiertes más en una temporada!
Narrador: Y le dio un manotazo al loro que lo dejó listo. La giganta se volvió a dormir y pudo llevarse al loro como si tal cosa.
La reina quedó contentísima con su loro, pero la envidia crecía y crecía en los corazones de los hermanos. Otro día le dijeron a la hija del rey:
Hermano: Majestad, ¿sabe usted que en la cama de los gigantes está la manta más bonita del mundo, y que Miguelín dice que le gustaría traérosla para regalo de boda?
Narrador: Y Miguelín tuvo que volver por tercera vez a la casa de los gigantes. Se escondió debajo de la cama y comenzó a tirar de la manta:
Gigante: Giganta, deja de tirar de la manta o te doy un sopapo.
Giganta: ¡No soy yo quien tira, eres tú como siempre!
Gigante: ¿Yo...? !Ahora verás!
Narrador: Y comenzaron a perseguirse por la casa el uno al otro sin dejar de darse guantazos. Miguelín aprovechó la confusión para coger la manta y salir corriendo.
Cuando la princesa vio aquella manta tan preciosa se quedó enamoradita de Miguelín. El rey y la reina consintieron la boda, que fue muy sonada. Y Miguelín lo primero que hizo fue mandar a sus hermanos a casa de sus padres, cargados de regalos, para quitárselos de encima. Y colorín, colorado, este gigantesco cuento se ha acabado.



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jueves, 8 de diciembre de 2016

La princesa rana

La princesa rana.
(Afanasiev. Adaptado)
Narrador: Érase una vez cierto reino en el que vivía un zar que tenía tres hijos. Cuando se hicieron mayores, el zar los reunió y les dijo:
Rey: Mis queridos hijos, quisiera casaros antes de hacerme viejo, deseo tener nietos y entretenerme con ellos. Tomad cada uno una flecha, salid al campo y disparadla. Allí donde caiga vuestra flecha, allí tendréis que buscar esposa.
Narrador: Las flechas de los dos hermanos mayores mayores fueron recogidas por las hijas de un noble y un rico mercader. La flecha del hermano menor, el príncipe Iván, llegó a un pantano. Había allí una rana, que saltaba de piedra en piedra y sostenía la flecha entre sus patas.
Iván: Rana, ranita, dame mi flecha.
Rana: Cásate conmigo.
Iván: ¿Qué dices? ¿Acaso puedo yo casarme con una rana?
Rana: Cásate conmigo, esa es tu suerte.
Narrador: Hubo tres bodas en el palacio del zar: la del hijo mayor con la hija de un noble, la del mediano con la hija del mercader y la de Iván con la rana. Un buen día, el zar hizo llamar a sus hijos y les dijo:
Rey: Quisiera saber cuál de vuestras mujeres tiene mejores manos para la
costura. Decidles que, para mañana, deben hacerme una camisa cada una.
Narrador: Cuando la rana supo los deseos del rey, por la noche, se desprendió de su piel, se convirtió en Vasilisa la Sabia, batió las palmas y dijo:
Vasilisa: ¡Madrecitas, ayas mías, acudid sin dilación! Haced, para mañana por la mañana, una camisa como la de mi padre.
Narrador: A la mañana siguiente los hermanos llevaron a su padre las tres camisas. El rey al ver la que le mostraba el príncipe Iván dijo:
Rey: ¡Oh, verdaderamente, ésta es la más hermosa! ¡Digna de ser lucida en una fiesta! Veamos cuál de vuestras mujeres es la mejor haciendo pan. Que cada una me cueza para mañana un pan blanco y tierno.
Narrador: A la mañana siguiente, el príncipe Iván se presentó con un pan
dorado, relleno de pasas y decorado con torres y palacios, mientras que los otros dos hermanos llevaron un pan quemado y negro como un tizón.
Rey: ¡Oh, este pan es para ser comido en los días de fiesta! Esta tarde quiero que acudáis con vuestras esposas a una fiesta que voy a celebrar.
Narrador: Iván regresó a sus aposentos con el corazón apesadumbrado.
Rana: Croac-croac, Iván Zarévich ¿Qué pena te acongoja? ¿Es que tu padre no ha sido cariñoso contigo?
Iván: Tengo una buena razón para atormentarme. Ha ordenado mi padre que vaya contigo a su fiesta. Dime, ¿puedo, acaso, mostrarte delante de la gente?
Rana: No te apenes Iván, ve solo a la fiesta, yo iré después y me reuniré allí contigo. Cuando oigas ruidos y truenos diles a los invitados: Es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Narrador: Ya en la fiesta los hermanos, acompañados por sus engalanadas esposas, se burlaban de él.
H. mayor: ¿Por qué has venido sin tu mujer? Podrías haberla traído envuelta en el pañuelo. ¿Dónde has encontrado a esa beldad? ¡Seguro que tuviste que hurgar en fangosos pantanos y apestosos ríos para dar con ella!
Iván: No teman, queridos invitados, sólo es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Narrador: Ante la puerta del palacio se detuvo una carroza de oro tirada por seis caballos blancos, y de ella descendió Vasilisa la Sabia vistiendo un traje azul cuajado de estrellas.
Después del baile, Vasilisa, sacudió la manga izquierda, y ante ella apareció un lago; sacudió la derecha, y por la superficie del lago se deslizaron unos cisnes de plumaje blanco como la nieve. El zar y sus invitados no cabían en sí del asombro.
Mientras tanto, Iván salió sin ser visto, corrió a sus aposentos, encontró la piel de la rana y la arrojó al fuego.
Cuando Vasilisa la Sabia vio que la piel había desaparecido, reprochó a su esposo con tristeza:
Vasilisa: ¡Ay, Iván! ¿Qué has hecho? Si hubieras esperado tres días más, habría sido tuya para siempre. Ahora tendremos que separarnos. Búscame más allá de los veintinueve países, en el trigésimo reino, en los dominios de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Narrador: Vasilisa la Sabia se transformó en un cuclillo gris y salió volando por la ventana. Iván se despidió de su tierra y salió en busca de su mujer.
Nadie supo cuánto anduvo, pero sus botas quedaron sin suelas y sus ropas se hicieron jirones. Un buen día se encontró con un viejo en mitad de un camino.
Viejo: ¡Buenos días joven! ¿A dónde vas, qué camino llevas?
Narrador: Iván le contó sus penas y el anciano le dijo:
Viejo: ¡Ay, Iván! ¿Por qué quemaste la piel de la rana? No se la habías
puesto tú, y no eras tú quien debía quitársela. Vasilisa la Sabia nació más lista, más inteligente que su padre. Enfadado por eso, él le ordenó que viviera tres años transformada en rana. En fin, quiero ayudarte. Toma este ovillo de hilo, déjalo rodar y síguelo adonde quiera que te lleve.
Narrador: Iván echó a andar en pos del ovillo y por el camino perdonó la vida a un oso, un ánade, una liebre a los que no mató con sus flechas.
Siguiendo el ovillo, llegó a la orilla del mar. Un sollo agonizaba boqueando sobre la arena.
Sollo: ¡Ay, Iván, compadécete de mí, échame al mar azul! ¡No me dejes morir y algún día te prestaré un buen servicio!
Narrador: Echó el sollo al mar y pasado cierto tiempo el ovillo llegó a un bosque. Había allí una casa. Iván entró y vio durmiendo a la bruja Yagá Pata de Palo, los dientes sobre un estante y la nariz clavada en el techo.
Yagá: ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Qué vientos te traen? ¿Vas en busca del destino o huyes de él sin tino?
Iván: ¿Es forma ésta de acoger a un forastero? Primero hay que ofrecerle un baño, darle de comer hasta saciar su hambre y darle de beber hasta apagar su sed. Luego, cuando haya descansado, se le puede interrogar, antes no.
Narrador: Ya satisfecho, Iván le contó a la bruja Yagá que iba en busca de su mujer, Vasilisa la Sabia.
Yagá: Ya estaba enterada. Tu mujer vive ahora en el palacio de Koschéi el Inmortal. Difícil te va a ser quitársela, vencer a Koschéi no es coser y cantar.
La muerte de Koschéi se encuentra en la punta de una aguja, la aguja está encerrada en un huevo, el huevo en el interior de un pato, el pato vive dentro de una liebre, la liebre está encerrada en un cofre de piedra, y el cofre se halla en la copa de un alto roble del que cuida Koschéi como de las niñas de sus ojos.
Narrador: A la mañana siguiente reanudó el camino. Mucho anduvo pero por fin vio un alto roble en cuya copa descansaba el cofre de piedra.
De pronto apareció un oso que arrancó de cuajo el roble. El cofre cayó y se hizo añicos. Salió de él una liebre que echó a correr pero otra liebre le dio alcance. De la liebre muerta salió un pato que voló alto en el cielo. Pero un ánade se precipitó sobre él y le dio un terrible aletazo. El pato dejó caer un huevo, y el huevo se hundió en las profundidades del mar. ¿Cómo iba a encontrar el huevo en el fondo del mar? Pero, de pronto, un sollo nadó hacia la orilla, llevando en la boca el huevo. Iván cogió el huevo y con él fue en busca de Koschéi.
Al ver el huevo, Koschéi se echó a temblar. Entonces Iván cascó el huevo, sacó de dentro la aguja y le rompió la punta. Y éste fue el fin de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Vasilisa la Sabia salió corriendo al encuentro de su esposo y le besó en los labios.
Regresaron Iván y Vasilisa a su hogar, y en él vivieron felices y contentos hasta el fin de los tiempos.

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