domingo, 10 de abril de 2016

La princesa y el guisante.


LA PRINCESA Y EL GUISANTE
(Hans Christian Andersen, adaptado)

Hace muchísimo tiempo, había un príncipe que buscaba esposa. Tenía menudo problema el joven, pues deseaba casarse con una princesa auténtica. Recorrió el mundo entero y conoció a muchas princesas, pero todas ellas tenían algún aspecto sospechoso que le impedía saber si eran verdaderas. Por tanto, se dio por vencido y retornó a su reino.
Cierta noche en que una tormenta terrible arreciaba, sintieron que alguien golpeaba en el castillo. Cuando el sirviente regresó, lo acompañaba una joven empapada que aseguraba ser una princesa.
La reina no creyó en su palabra y dispuso una prueba. Ordenó al ama de llaves que preparara el lecho para la princesa y le dio instrucciones de cómo hacerlo.
El ama obedeció a la reina y colocó un guisante sobre la cama y sobre éste, colocó veinte colchones y sobre ellos veinte edredones. Así estuvo listo el lecho para la princesa.
La princesa pasó la noche en la recámara que le asignaron y a la mañana siguiente, cuando se levantó y bajó a desayunar, los reyes le preguntaron cómo había pasado la noche, a lo que respondió:
-No pude pegar un ojo. Había algo duro en la cama y tengo el cuerpo lleno de magulladuras.
Al oír esto, los reyes supieron que estaban delante de una verdadera princesa, pues solamente una, podría sentir el guisante debajo de tantos colchones.
Esta noticia puso feliz al príncipe, quien le propuso matrimonio de inmediato. La princesa aceptó y se casaron.
El guisante fue llevado al museo, donde todavía se exhibe, a menos que alguien lo haya comido.
Esta es una historia verdadera.


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domingo, 13 de marzo de 2016

La reina de las abejas




La reina de las abejas.
(Hermanos Grimm).
Narrador: Un rey tenía dos hijos, que salieron un día en busca de aventuras, pero llevaron una vida tan turbulenta y desordenada que no volvieron a casa.
El más joven, que se llamaba Bobalicón, se puso en camino para buscar
a sus hermanos. Al fin los encontró, pero se burlaron de él diciendo que
cómo quería, siendo tan tonto, abrirse paso en el mundo, ya que ellos
tampoco lo habían logrado siendo mucho más listos.
Partieron los tres juntos y llegaron a un hormiguero. Los dos mayores
querían escarbarlo y ver cómo se arrastraban llenas de miedo las peque
ñas hormigas, pero Bobalicón dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los molestéis.
Narrador: Siguieron andando y llegaron a un lago en el que nadaban muchos, muchos patos. Los dos hermanos quisieron coger unos cuantos y asarlos, pero Bobalicón no lo permitió y dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los matéis.
Narrador: Finalmente llegaron a una colmena, en la que había tanta miel que ésta fluía por el tronco. Los dos quisieron prender fuego bajo el árbol y ahogar a las abejas para poder coger la miel. Bobalicón los retuvo de nuevo y dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los queméis.
Narrador: Por fin llegaron a un palacio, donde en los establos no había más que caballos de piedra y no se veía a ningún ser viviente. Recorrieron todos los salones hasta que al final llegaron ante una puerta en la que había tres cerraduras. Sin embargo, en medio de la puerta había una mirilla por la que se podía mirar al interior de la habitación. Vieron entonces a un hombrecillo gris sentado ante una mesa. Lo llamaron una y otra vez, pero no oía, hasta que finalmente a la tercera se levantó, abrió las cerraduras y salió. No pronunció
no que los llevó a una mesa repleta de manjares. Cuando terminaron de
comer y beber, llevó a cada uno a su dormitorio. A la mañana siguiente, el hombrecillo fue a la habitación del mayor, le hizo señas para que lo siguiera y lo condujo ante una pizarra de piedra en la que estaban escritas las tres
pruebas que, sí las superaba, harían que el castillo se desencantara.
La primera consistía en lo siguiente: en el bosque, debajo del musgo, se encontraban las mil perlas de la hija del rey; había que buscarlas y, si antes de la puesta de sol faltaba una sola, el que las buscaba se vería convertido en piedra.

El mayor se dirigió allí y buscó durante todo el día, pero cuando el día tocaba a su fin, no había encontrado más que cien. Y pasó lo que estaba escrito en la pizarra, que se convirtió en piedra.
Al día siguiente emprendió el segundo hermano la aventura. No le fue mejor que al mayor: no encontró más que doscientas perlas y se convirtió en piedra. Finalmente le tocó el turno a Bobalicón; buscó en el musgo, ¡pero era tan difícil encontrarlas y se iba con tanta lentitud! Se sentó en una piedra y se puso a llorar. Mientras estaba allí sentado, llegó el rey de las hormigas, al que le había salva do la vida, con cinco mil hormigas.

Poco tiempo después los animalillos habían reunido todas las perlas en un montón.
La segunda prueba consistía en sacar del mar la llave del dormitorio de
la princesa. Cuando Bobalicón llegó al mar, aparecieron nadando los patos que él había salvado. Se sumergieron y sacaron la llave del fondo.
La tercera prueba era la más difícil: entre las tres hijas del rey que estaban dormidas había que elegir a la más joven y más amable. Pero eran tan iguales como gotas de agua y sólo se diferenciaban en que, antes de dormirse, habían tomado distintos dulces: la mayor un terrón de azúcar, la segunda un poco de jarabe y la tercer a una cucharada de miel. Entonces llegó la reina de las abejas, a la que Bobalicón había protegido del fuego. Probó los labios de las tres princesas, y se quedó en los labios de la que había comido miel: así reconoció el hijo del rey a la más joven y más amable. El encantamiento había desaparecido, todos se vieron libres del sueño y todos los convertidos en piedra recuperaron su figura humana. Bobalicón se casó con la más joven y
amable, y fue rey después de la muerte de su padre. Sus dos hermanos tomaron como esposas a las otras dos hermanas.

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martes, 1 de marzo de 2016

Los siete cuervos.

Los siete cuervos.
(Grimm)
Narrador: Había una vez un hombre que tenía siete hijos, y no tenía ninguna hija, aunque deseaba tener una. Por fin su esposa concibió y dio a luz una niña. La pequeña era tan enfermiza que tuvieron que bautizarla en casa. El padre envió a uno de sus muchachos con una jarra a que fuera de prisa al pozo para que trajera agua para el bautizo. Los otros seis lo acompañaron, y como cada uno quería ser el primero en llenarla, discutieron y se les cayó la jarra en el pozo.
Se quedaron paralizados, y no sabían que hacer, y ninguno quería volver a la casa. Como ellos no retornaban, el padre se impacientó y dijo:
Padre: ¡De seguro se quedaron jugando y olvidaron su deber, esos irresponsables muchachos! ¡Desearía que todos se convirtieran en cuervos!
Narrador: Un escandaloso ruido de alas en el aire se escuchó sobre su cabeza y vio a siete negros cuervos alejándose. Los padres, muy tristes por la pérdida de sus siete hijos, se consolaban con la existencia de su pequeña hija, que pronto se restableció y fue creciendo sana y bondadosa.
Ella no supo que tenía hermanos, pues sus padres se cuidaron de no mencionarlo. Pero un día, accidentalmente escuchó a otra gente hablando de ella:
Vecina: ¡Pobre muchacha! Es encantadora. Será mejor que siga sin saber que ella fue la culpable de la mala fortuna que tuvieron sus siete hermanos.
Narrador: Entonces preguntó a sus padres si era cierto que ella tenía hermanos, y qué había sido de ellos. Los padres no pudieron ocultar más el secreto. La joven pensó que tenía que salvar a sus hermanos y un día se marchó secretamente para encontrar la pista de sus hermanos y liberarlos, le costara lo que fuera. No llevaba nada con ella, a excepción de un pequeño anillo de sus padres como amuleto, un bollo de pan contra el hambre, una pequeña botella de agua contra la sed y una pequeña silla como provisión contra el cansancio.
Y ella avanzaba continuamente hacia adelante, lejos y más lejos, hacia el puro final del mundo. Y llegó hasta donde el sol, pero era muy caliente y terrible. Rápidamente ella corrió, y fue hacia la luna, pero era muy helada, y también horrible y maliciosa, y cuando la vio a ella, dijo:
Luna: Me huele, me huele a carne humana.
Narrador: Escapó velozmente y llegó hasta las estrellas, que fueron amables y buenas. Cada una de ellas estaba sentada en su propia sillita particular. Pero la estrella matutina se levantó, y le dio el hueso de una pata de pollo, y dijo:
Estrella: Si tú no tienes ese hueso, no podrás abrir la Montaña de Cristal, y es en esa montaña donde están tus hermanos.
Narrador: La joven tomó el hueso de pollo, lo envolvió cuidadosamente en una manta, y siguió adelante hasta llegar a la Montaña de Cristal. La puerta estaba cerrada, y pensó que debería sacar el hueso, pero cuando desenvolvió la manta, estaba vacía, y se dio cuenta de que había perdido el regalo de la buena estrella.
¿Qué debería hacer ahora? Ella deseaba rescatar a sus hermanos, y no tenía la llave de la Montaña de Cristal. La buena hermana tomó un cuchillo, cortó uno de sus pequeños dedos, lo puso en la puerta y exitosamente se abrió. En cuanto entró, un pequeño enano se le acercó y le dijo:
Enano: Mi muchachita, ¿qué andas buscando?
Niña: Busco a mis hermanos, los siete cuervos.
Enano: Los señores cuervos no están en casa, pero si quieres esperar hasta que regresen, pasa, adelante.
Narrador: Enseguida el pequeño enano trajo la comida de los cuervos y la pequeña hermana comió una pizca de cada plato, y un pequeñito sorbo de cada vaso, pero en el último vaso dejó caer el anillo que ella había cargado consigo. De pronto se oyó el aleteo de alas y un zumbido por el aire:
Enano: ¡Ahora los señores cuervos están llegando a casa!
Narrador: Y ellos llegaron, buscaron sus pequeños platos y vasos. Entonces se dijeron unos a otros:
Cuervo 1: ¿Quién habrá comido algo de mi plato?
Cuervo 2: ¿Quién habrá bebido algo de mi vaso?
Cuervo 3: ¡Es la huella de una boca humana!
Narrador: Y cuando el séptimo llegó al fondo de su vaso, el anillo rodó contra su boca. Entonces lo miró, y vio que era el anillo que pertenecía a su padre y madre.
Cuervo 7: ¡Alabada sea nuestra suerte! Si nuestra hermana se encuentra aquí, estaríamos salvados.
Narrador: Cuando la joven, que se había quedado observando detrás de la puerta, escuchó el deseo, se acercó a ellos, y en ese instante los cuervos retornaron a su forma humana de nuevo. Y se abrazaron y besaron, y regresaron felizmente a su casa.



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jueves, 11 de febrero de 2016

Los trabajos de Hércules II

Los trabajos de Hércules II.
(Basado en Los doce trabajos de Hércules, Christian Grenier, Anaya, y Los trabajos de Hércules, Milan)

Narradora: Hércules había realizado siete trabajos para su primo Euristeo, pero aún debía de saldar su deuda para expiar su culpa con seis terribles tareas más. Atrapó a la cierva de los pies de bronce; se apoderó del cinturón de Hipólita, reina de las Amazonas; robó los bueyes de Gerión; custodiados por un perro de dos cabezas y un dragón de siete; limpió los establos del rey Augías, desviando la corriente de un río, que albergaban tres mil bueyes y no habían sido limpiados en treinta años; pero, sin duda, la tarea más complicada fue cuando su primo Euristeo le ordenó que realizara el que sería su último trabajo:
Euristeo: Hércules, quiero que me traigas a Cerbero, el guardián de los infiernos.
Hércules: ¡Euristeo, sabes que es una locura! ¡Sabes que solo los muertos pueden acceder a la región del Tártaro! ¡Nadie conoce donde se encuentra la cueva por la que penetrar al reino de Plutón!
Euristeo: ¡Tráeme a Cerbero y habrás cumplido las órdenes del oráculo!
Narradora: Efectivamente, Hércules debía visitar una región subterránea, el Tártaro, donde el dios Plutón gobernaba el reino de los muertos, si quería saldar su deuda. Caronte era el barquero encargado de que las almas atravesaran el río Estigio. Ya en la otra orilla, se abrían las puertas del Tártaro. Nadie podía regresar. El can Cerbero, un perro con tres cabezas y cola de dragón, guardaba las puertas siempre abiertas para que ninguna alma pudiera salir.
Júpiter, consciente de la dificultad de la tarea, mandó a Mercurio que lo llevase a la caverna que comunicaba con el reino subterráneo. Ya en el interior apareció un lago de hirvientes aguas negras que emitían un hedor nauseabundo. Una barca más negra que el propio río, conducida por un arisco y barbado anciano, apareció entre las sombras.
Almas ambiente: ¡Déjame subir, déjame subir! ¡Te lo suplico!¡Cógeme a mi, barquero, traigo las monedas para el viaje! ¡Caronte, apiádate de nosotros! ¡No nos vuelvas a dejar en esta infecta orilla! ¡Por piedad, sácanos de aquí!
Caronte: ¡Apartaos! ¡Apartaos! ¡No, tú no, baja de la barca! Al morir no pensante en meter en tu boca el óbolo para pagar el viaje, ¿verdad? Vete a penar a la orilla que prefieras de los cuatro ríos otros cien años, miserable. ¡Apartaos, os he dicho!
Mercurio: Caronte, ¿me recuerdas?
Caronte: Como no. Bien sé que sois Mercurio, el hijo de Júpiter.
Mercurio: Es voluntad de mi padre que llevéis a Hércules a la otra orilla.
Caronte: Pero bien sabéis...
Mercurio: Sin rechistar, ¿entendido? A él solo en ese viaje.
Caronte: Así sea. No seré yo quien se niegue a la voluntad de los dioses.
Mercurio: Aquí termina mi misión. Ahora tendrás que arreglártelas tú solo.
Caronte: ¡No te muevas, joven! ¡Vas a conseguir que nos caigamos a las aguas mágicas del Estigio!
Hércules: ¡Aquiles bien que se bañó en ellas!
Caronte: No sé bañó. Su madre, para que fuera inmortal, lo sumergió en las aguas del río cuando era un niño. Pero como lo sostuvo por el talón, esa parte de su cuerpo quedó vulnerable. Cuidado, que vamos a atracar. Y un buen día, Aquiles encontró la muerte por una flecha clavada en el talón.
Hércules: ¿Qué camino he de tomar ahora?
Caronte: Ese es el Campo de la Verdad. Allí es donde los ayudantes de Plutón pesan las almas de los muertos. Las almas buenas serán enviadas a los Campos Elíseos por aquel camino que asciende; sin embargos, los pecadores, se verán condenados a las profundidades del Tártaro. Tomad el sendero que baja si es a ese nefasto lugar a donde queréis ir.
Narradora: Algo después, Hércules atravesó dos puertas monumentales y vio al dios Plutón sentado en su trono.
Plutón: ¿Quién eres?
Hércules: Mi nombre es Hércules. Mi primo Euristeo, al que debo obediencia, me ha ordenado que le lleve tu perro, Cerbero.
Plutón: ¡Desde luego no te falta valor! Conozco tu fama. ¿Así que quieres enfrentarte a él? Está bien. Pero lo harás sin ningún arma. Y bien, Cerbero, ¿a qué esperas para atacar y morder?
Narradora: Hércules agarró al animal por el cuello y apretó hasta sofocarlo. Sus gemidos se hicieron cada vez más débiles.
Plutón: ¡Espera! No mates a mi fiel Cerbero. Toma esta correa para que te lo puedas llevar. Sin él las sombras podrán escapar de mi reino.
Narradora: En el camino de regreso hacia Tirinto, por su mente pasó todo lo que su primo le había encargado: las doce hazañas y los ocho años de servicio. Ya en los muros de la ciudad...
Hércules: Euristeo, aquí tienes lo que me pediste; al guardián del Tártaro.
Euristeo: Pero...¿es Cerbero? ¿El guardián de los Infiernos? Y... ¿lo has traído hasta aquí?
Hércules: ¿No es eso lo que querías?
Euristeo: Has conseguido llevar a cabo todos los trabajos que te impuse, Hércules. Has logrado tu libertad y has ganado.
Hércules: No te confundas Euristeo, en esta partida tú y yo sólo hemos sido simples peones en manos de los dioses, que dirimían sus diferencias valiéndose de nosotros.
Euristeo: Contéstame, Hércules, ¿qué ocurrirá ahora con las sombras..., con las almas de los muertos...?
Hércules: Tarde te acuerdas de las consecuencias de tu desafío al mismísimo Plutón. Ahora nada les impedirá salir del Tártaro.
Euristeo: ¡Hércules, te lo ruego, ve y devuelve este animal a su amo!
Hércules: ¿No juraste que mi último trabajo sería capturar a Cerbero? ¿Aún tendré que hacer una tarea más?
Euristeo: ¡Hércules, hazlo por mí!
Hércules: ¿Por ti? No, Euristeo, por ti, no; lo haré por el bien de todos, para que aquellos que han maltratado a sus semejantes permanezcan para siempre en los Infiernos.
Narradora: A la mañana siguiente, volvió a emprender el camino hacia los Infiernos y devolvió a Cerbero a su amo.
Absuelto de sus faltas y liberado de los castigos a los que había sido condenado, sentía su mente liberada y su corazón ligero. Al final de su existencia, tras un último suplicio, su alma regresaría al Olimpo, a casa de su padre divino.


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miércoles, 3 de febrero de 2016

Los trabajos de Hércules I



Los trabajos de Hércules I.
(Basado en Los doce trabajos de Hércules, Christian Grenier, Anaya, y Los trabajos de Hércules, Milan)

Narrador: Hércules se dirigió a Tirinto para ponerse a las órdenes de su primo, Euristeo, rey de la ciudad, y así realizar durante ocho años los trabajos que aquél le ordenase; única forma de lavar sus crímenes ante los dioses.
Venció al terrible León de Nemea que, invulnerable a cualquier tipo de armas, Hércules estranguló con sus propias manos. Dio caza al gigantesco Jabalí del monte Erimanto tras cinco días de persecución sin tregua. Se enfrentó a Las aves del lago Estimfalo, que devoraban a los hombres y a los rebaños; con El toro de Creta; con Los caballos del rey Diomedes, que se alimentaban de carne humana; con La hidra del pantano de Lerna, cuyas cabezas volvían a crecer cada vez que se las cortaba. Hércules salió vencedor de todas esas empresas gracias no sólo al empleo se la fuerza sino también de la inteligencia.
Un día, el cruel Euristeo, le dijo:
Euristeo: Hércules, quiero que me traigas las manzanas doradas del jardín de las Hespérides.
Hércules: Euristeo, nadie sabe dónde se encuentra ese jardín. Además, sus manzanas son sagradas; fueron el regalo que Gea hizo a Juno con motivo de su matrimonio con Júpiter.
Euristeo: ¿Acaso olvidas que has de obedecer mis órdenes, Hércules? Márchate, y cuanto antes mejor. ¡Y no vuelvas si no es con ellas...!
Narrador: Tras una larga e infructuosa búsqueda, las ninfas del río Eridán le dijeron:
Ninfa: Nosotras no lo sabemos, pero pregúntale a nuestro padre.
Hércules: ¿Vuestro padre?
Ninfa: Sí, el dios Nereo. Lo encontrarás dormitando a la sombra de una roca. Es un anciano lleno de arrugas.
Nereo: ¡Insolente! ¿Cómo te atreves a interrumpir mi sueño?
Narrador: Al instante, Nereo, se transformó en un león y se abalanzó sobre él. Hércules no tardó en dominar a la fiera. Luego, Nereo, se convirtió en una serpiente y agarrándola por el cuello...:
Hércules: Nereo, no me das miedo...
Nereo: ¡Jajaja! ¡Está bien, Hércules, no cabe duda que eres obstinado! Has de saber que el jardín de las Hespérides se encuentra cerca del famoso monte Atlas.
Hercules: ¿Donde habita el gigante que sostiene la bóveda celeste?
Nereo: Efectivamente. Pero ten cuidado, Hércules, porque Ladón, el dragón de cien cabezas, custodia la entrada al jardín.
Hercules: No le tengo miedo.
Nereo: Hazme caso, emplea tu astucia y procura que sea el mismo Atlas quien consigas las manzanas por ti.
Hercules: Nereo, ¿cómo podré agradecértelo?
Nereo: Sigue tu camino y deja que siga durmiendo la siesta.
Narrador: Caminaba ya cerca de las cimas del monte Atlas cuando se quedó maravillado al contemplar en el pico de la montaña al gigante más impresionante que jamás hubiera conocido. Sus brazos sostenían por encima de su cabeza la inmensa bóveda celeste. Hércules le explicó quién era y por qué estaba allí.
Atlas: Sólo tienes que pedirle al fiel guardián del jardín, Ladón, que te lleve hasta el árbol.
Hercules: Escucha, te propongo sustituirte mientras tu vas por la manzanas doradas; así podrás descansar.
Atlas: ¿Estarías dispuesto a hacer eso por mi?
Hercules: Lo intentaré, Atlas, pero tendrás que darte prisa, pues no soy tan fuerte como tú.
Narrador: Atlas se alejó mientras Hércules con el paso del tiempo se impacientaba y temía no poder resistir. De repente, lo vio aparecer portando una cesta en la que resplandecían las manzanas doradas.
Hercules: Temí que no volvieras.
Atlas: He estado pensando que sostienes muy bien la bóveda celeste y que seré yo el que vaya a llevarle las manzanas a Euristeo. Así te ahorro el viaje de vuelta y yo podré darme un paseo. !Jajaja! ¡Estoy encantado de haber encontrado sustituto!
Hercules: ¡Espera, espera! No te marches aún. El cielo no está bien acomodado en mis hombros. ¡Ayúdame a equilibrar bien el peso antes de partir!
Atlas: ¡Qué quieres que haga?
Hercules: Sostenlo un momento mientras yo adopta la postura adecuada. Así, eso es, muy bien, cógela tú ahora!
Narrador: Hércules le pasó el pesado fardo y luego le dijo:
Hercules: Te agradezco que depositaras tanta confianza en mi, pero debo ser yo el que entregue esas manzanas a Euristeo. Sigue así, que lo haces muy bien. Sin duda, eres el más adecuado para sostener el cielo.
Narrador: Cuando llegó a Tirinto, Euristeo, asustado, al ver las manzanas dijo:
Euristeo: ¡Hércules! Estas frutas son de Juno, sé que son sagradas. No pensé que las conseguirías...¡quédatelas tú, no las quiero volver a ver!
Narrador: Minerva, diosa de la guerra y de la sabiduría, que sabía los peligros que corría Hércules al tener las manzanas propiedad de Juno, se le apareció en sueños:
Minerva: Hércules, puedes estar tranquilo. Vengo a recuperar las manzanas de oro. Yo misma las devolveré.
Narrador: Cuando Hércules despertó, en el cesto ya no había nada más que unas extrañas frutas, para él desconocidas, que se parecían vagamente a las famosas manzanas. Hércules probó su zumo; su sabor era ácido y delicioso. Aquellas frutas que Minerva había colocado en el lugar de las manzanas de oro se llamarían más tarde igual que su color: naranjas.
A Hércules aún le quedaban más trabajos que realizar para expiar su culpa, pero esa..., esa es otra historia.

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viernes, 22 de enero de 2016

¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?

¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién lo sabe?
(Cuento popular chino)
Una historia china habla de un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaban para consolarle, y lamentar su desgracia, el labrador les replicó:<<¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?>> Una semana después, el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su buena suerte. Este les respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?». Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salvajes, cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?». Una semana más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota le dejaron tranquilo. ¿Había sido buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?


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viernes, 8 de enero de 2016

Las trs naranjas encantadas.


Las tres naranjas encantadas.
(Cuento popular español)
Narrador: Esto era una vez un príncipe de buen corazón, valiente e inteligente. Cierto día se estaba lavando con una jofaina de oro y al terminar, sin darse cuenta, echó el agua por el balcón. Una vieja mujer que pasaba por allí se mojó toda, de los pies a la cabeza. Muy enfadada, como era medio bruja, le echó esta maldición:
Mujer 1ª: ¡Muérete si no logras encontrar las tres naranjas encantadas, sin ellas jamás podrás saber lo que es el amor!
Narrador: Inmediatamente decidió salir en busca de aquellas tres naranjas. Después de mucho cabalgar, un día, al anochecer, llegó a una lujosa mansión en medio del camino. Una hermosa señora vestida de seda y oro acudió a abrirle la puerta.
Luna: ¿Qué deseas forastero?
Príncipe: Señora, ando peregrinando en busca de las tres naranjas encantadas. Sólo encontraré el amor si logro apoderarme de ellas.
Luna: Así está escrito en el libro de las estrellas, mis eternas compañeras de la noche, pero no sé dónde se encuentran; mejor será que sigas cabalgando hasta el palacio de mi hermano el sol; él, que todo lo ilumina, es fácil que las haya visto en alguna parte.
Narrador: Cabalgó días y días hasta que por fin encontró el palacio del sol.
Sol: Bienvenido, príncipe; ya me avisó mi hermana Luna de tu extraño deseo que te hace viajar tan lejos de tu país. Tan poco yo sé dónde está lo que buscas, pero mi hermano el aire que está en todas partes es posible que lo sepa. Su palacio queda muy cerca de aquí.
Narrador: Llegó a su palacio del que se levantaban enormes cúpulas que llegaban hasta el cielo envueltas en espesa niebla y el Aire le habló así:
Aire: Las tres preciosas naranjas que buscas se encuentran en el jardín mágico, exactamente en el cuarto naranjo empezando por la derecha. Pero has de tener mucho cuidado porque un duende vigila el parque todo el día. ¡Que tengas suerte, muchacho!
Narrador: El príncipe llegó al jardín mágico y sin entrar en él, encaramado en la tapia, logró apoderarse de las tres naranjas. Luego partió veloz en su caballo y el duende no logró alcanzarlo. Ya lejos se detuvo para que su caballo pastara y bebiera. Él notaba su garganta seca y partió una naranja. Al momento apareció ante él una hermosa doncella con un niño.
Doncella: Dame agua para lavarme, toalla para secarme y peine para peinarme, si no me vuelvo a mi naranjal.
Narrador: El príncipe se quedó mudo ante aquella extraña petición. Entonces la naranja se volvió a cerrar sola y la doncella y el niño volvieron a quedar dentro; luego la naranja se le escapó de sus manos y se perdió en el aire. Muy triste montó en su caballo para regresar al palacio de su padres. Cuando abrió la segunda naranja también le ocurrió lo mismo. Entonces decidió no abrir la tercera naranja hasta no tener en sus manos lo que con certeza le iba a pedir la tercera doncella. Después de mucho cabalgar llegó a una aldea y en una posada pidió que le trajeran una jofaina con agua, una toalla y un peine. Entonces partió la tercer naranja y salió de ella la más hermosa doncella del mundo con un niño en brazos.
Doncella: Dame agua para lavarme, toalla para secarme y peine para peinarme, si no me vuelvo a mi naranjal.
Vaya, lo tenías todo preparado. Bueno, mejor será que me lleve todo esto a la fuente, debajo de un árbol. Es más agradable lavarse y peinarse allí que en un cuarto de una pobre posada.
Narrador: Ya en la fuente, al pie de un frondoso árbol el príncipe le dijo.
Príncipe: Mira, yo me adelantaré con mi caballo al palacio de mis padres para recogerte con una rica carroza. Así, mis padres estarán prevenidos de que regreso a casa.
Doncella: Como tú desees, pero no tardes mucho, mi amor; mientras te esperaré subida en el árbol.
Narrador: Después de haberse marchado el príncipe llegó a la fuente una fea y desagradable mujer con un cántaro. Entonces vio reflejada en la superficie del agua la hermosa cara de la muchacha y la del pequeñín que le acompañaba. Asombrada, levantó la cabeza y descubrió a la doncella y al niño sentados en una rama. La perversa mujer le dijo melosamente.
Mujer 2ª: Linda muchacha que te estás peinando, ¿quieres que te peine yo resalada? Mis manos son de plata para trenzar el cabello. Prueba y verás.
Narrador: Bajó del árbol y empezó a peinarle, pero de pronto le clavó un grueso alfiler en la cabeza y en lugar de la hermosa doncella apareció a los pies de la malvada mujer una blanca paloma que empezó a revolotear a los pies del niño. El príncipe se quedó mudo de asombro al ver convertida en una mujer tan fea aquella hermosa muchacha a la que él había dejado allí. Muy compungido los llevó a palacio, mientras el pequeñín no apartaba la vista de una preciosa paloma que durante el trayecto les venía siguiendo.
Mujer 2ª: Amado mío, has de matar a esa impertinente paloma que no para de revolotear en torno al niño.
Príncipe: ¿Y por qué tengo que matar a una indefensa paloma que además distrae al niño?
Narrador: Entonces el niño cogió la paloma entre sus manos y al ver que tenía algo clavado en su cabeza se lo arrancó con fuerza. Al instante la paloma se convirtió en la hermosa joven de la naranja. El príncipe la abrazo emocionado y la malvada mujer, al verse descubierta, saltó de la carroza con tan mala fortuna que los cascos de los caballos la pisaron y acabaron con su vida. Y así termina este cuento. Tal como me lo contaron, yo te lo cuento.



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